2 de diciembre de 1998

SENSIBILIDAD NACIONALISTA E INICIATIVA POLITICA



El Norte de Castilla, 2 de Diciembre de 1998


Durante la presente legislatura la cuestión nacionalista ha llegado a alcanzar en España cotas de tensión que no dejan de sorprender tanto a propios como a extraños. A quienes desde fuera del país examinan con curiosidad el decurso de los acontecimien­tos les resulta dificilmente comprensible el hecho de que, cuando se cumplen veinte años del referendum constitucio­nal, que tanto ha contribuido a la resolución de contenciosos históricos pendientes, todavía la configuración del modelo de Estado siga suscitando conflictos, alentando aceradas discrepancias y, lo que es más preocupan­te, manteniendo abierta una sensación de incertidumbre que nadie sabe con seguridad cuándo y cómo será definitivamente superada.


Pero es, sobre todo, en el escenario de los contactos y las relaciones labrados entre los españoles, donde el problema adquiere, como es natural, perfiles de confusión y enrarecimiento que en nada ayudan a afianzar la edificación sólida de ese espacio moderno y fecundo de convivencia que muchos creemos ha de ser España. Ciertamente, la densidad del clima tiene mucho que ver con los ambientes de controversia que periódicamente reverdecen con motivo de las campañas electorales o con circunstancias coyunturalmente propicias para enmarcar dentro de la polémica el resultado deseable de los procesos de negociación, habitual “tour de force” de la política española.

La historia reciente de nuestro país está jalonada por un sinfín de episodios de esta naturaleza, hasta el punto de que los efímeros momentos de libertad vividos desde el último cuarto del siglo XIX hasta nuestros días tienen en la voluntad de afrontar la cuestión de la estructura politico-territorial del Estado uno de sus principales factores de engarce, por más que, como bien se sabe, siempre resultaran fallidos hasta que la Constitución de 1978 trató de saldar un problema histórico, de cuya eficaz solución dependía la consolidación de la democracia.


Me inclino a pensar que la subida de tono a la que hemos asistido en los últimos meses augura que tal vez nos encontremos ante una etapa nueva, distinta de las anteriores, marcada por rumbos imprevisibles, sobre todo cuando se tienen en cuenta la fuerte carga emocional de los argumentos utilizados, las salidas extemporáneas de la mayoría de los líderes políticos, y la dificultad de encontrar, en medio de este pandemonium, opciones de salida realmente satisfactorias para todos. Nunca como hasta ahora se había llegado a una decantación tan rotunda de las posturas ni las razones blandidas para defenderlas se mostraban tan alineadas a favor de posiciones que, pugnando entre sí con escasas posibilidades de confluencia, han llegado incluso a amenazar con poner en entredicho el valor de compromisos - el texto constitucional o las mesas de Ajuria Enea y Madrid - que siempre se habían considerado como los firmes asideros de una voluntad compartida frente a cuestiones de particular relevancia.


En toda esta trayectoria la capacidad de iniciativa ha estado muy pocas veces en manos de quienes desde siempre habían defendido las reglas del juego ya consolidadas y aparentemente asumidas por todos. Desde la firma de la Declaración de Barcelona, en el pasado mes de Julio, toda una serie de hitos y de proclamas, cada vez con mayor resonancia y de todos conocidos, han ido reconduciendo unilateralmente la vida política española hasta desembocar en una situación confusa o, cuando menos, repleta de incógnitas, que solamente podrán ser despejadas cuando la clarificación de las ideas vaya acompañada de la voluntad política necesaria para la toma de decisiones que hagan posible la recuperación del pulso debilitado. Y es necesario que así sea porque, si nos atenemos al cariz de las actitudes en boga o de las que puedan de pronto aparecer en el futuro, el proceso puede acelerarse de manera muy sensible ante el venturoso calendario electoral que se vislumbra en el horizonte.


En mi opinión una parte sustancial del discurso planteado ha seguido poniendo el énfasis en la vieja polémica empeñada en confrontar la vitalidad “per se” de los nacionalismos periféricos con la obsolescencia de una visión castellano-céntrica de España, renuente a asumir la capacidad innovadora que aquéllos representaban como una realidad que, insatisfecha con el modelo de Estado cimentado en la Constitución, perseguía su afianzamiento en el contexto de la posición adquirida en una Europa integrada, en la que las reivindicaciones nacionalistas podrían encontrar una inserción más confortable y afín a sus pretensiones de autogobierno. Sobre esta argumentación, que los partidos nacionalistas vasco y catalán han sacralizado al máximo, se ha sostenido una estrategia que, cerrada a cualquier tipo de polémica, no ha hecho sino profundizar en la dicotomía señalada, hasta convertirla en una especie de fractura crónica entre territorios que es preciso a todas luces superar con inteligencia, audacia y sobre todo con auténtica capacidad de iniciativa política.


Es ésta, por tanto, una ocasión que invita a reflexionar sobre la construcción del Estado desde la perspectiva de los ámbitos político-territoriales que hasta ahora han permanecido silentes, aceptando recriminaciones sin cuento y faltos de reflejos a la hora de aportar ideas, creativas, innovadoras y de progreso, en un tema que a nadie, y menos aún cuando ostenta responsabilidades políticas, puede dejar indiferente. En este envite se echa, en efecto, de menos el caudal de reflexiones provenientes de Castilla y León, máxime cuando “a priori” se ve forzada a desempeñar dos funciones antagónicas y complementarias entre sí: la que se la asigna, por un lado, como artífice y expresión simbólica de una idea de España sometida a rechazo y controversia, y la que la compete, por otro, en su calidad de territorio necesitado de superar una imagen llena de tópicos y de reproches, muchos de ellos fraguados en el clima de simplificación intelectual, al menos por lo que respecta al entendimiento de Castilla, alumbrado hace un siglo y que cien años después es necesario modificar sin más dilaciones ni silencios clamorosos, entre otras razones porque la imagen que el noventayocho pretendió construir de España fue del todo inoperante, agravada por todo lo que sucedería después, para incorporar y dar respuesta a los regionalismos y nacionalismos emergentes.


Una modificación que sólo puede venir de la mano de actitudes que, eliminando trasnochados estereotipos, hagan de ella una región abierta e innovadora, en la que cobren idéntica fuerza las posturas defensoras sin reticencias de la plurinacionalidad del Estado y las que al tiempo subrayan las múltiples ventajas y oportunidades que se derivan de una visión integradora de los diferentes elementos que lo componen. Conciliar las ideas de pluralidad e integración, de reconocimiento del valor de la diferencia y de la solidaridad, e impulsarlas con la consistencia que otorga el propio convencimiento y la solidez de los argumentos esgrimidos, poniendo al descubierto toda la riqueza de connotaciones propositivas que entraña, puede convertirse en una de las principales contribuciones que desde Castilla y León cabría hacer en estos momentos de zozobra e indefiniciones, en los que ni la unilateralidad de los planteamientos ni su artificial confrontación ni los enfoques a corto plazo parecen aconsejables.


Por el contrario, abundar en la línea señalada no sería tampoco una sugerencia baladí para conmemorar con verdadero sentido del momento histórico el doble compromiso que para nuestra región presenta en este año de efemérides conseguir la eliminación de las falacias acuñadas sobre ella hace un siglo y sentar las bases que permitan articular, en el vigésimo aniversario de la Constitución, una reflexión moderna, abierta y con visión de futuro sobre las tres vertientes - político, cultural y constitucional - desde las que necesariamente ha de ser concebida la vigencia y razón de ser de un Estado en el que, al fin, nadie se sienta extraño ni incómodo.

5 de octubre de 1998

ELOGIO DEL MAESTRO


El Norte de Castilla, 5 de Octubre de 1998



Hace algún tiempo, y con ocasión de un debate sobre la situación de la Universidad española, una de los intervinientes, prestigiosa científica madrileña, me señaló que, a su juicio, entre los motivos a los que atribuir la crisis actual de la enseñanza superior no habría que olvidar la falta de reconocimiento de la función del "maestro" como un referente básico de la labor y de los proyectos en ella realizados. Siempre he pensado que esta reflexión, quizá cuestionable hoy para muchos por considerarla equivocadamente reaccionaria, no encerraba ninguna postura nostálgica ni tampoco se hacía eco de añoranzas por la desaparición de los viejos tiempos en que la vida universitaria gravitaba en torno a un limitado número de egregios profesores, que dominaban el ambiente con sus decisiones, ejerciéndolas con esa mezcla de paternalismo y soberbia que tantos sinsabores provocó en quienes se sentían inermes ante dosis excesivas de discrecionalidad. Por suerte, hace tiempo que estos talantes han quedado definitivamente relegados al olvido, aunque a veces se hayan visto sustituidos por intereses y corporativis­mos de nuevo cuño, mucho más mediocres y no menos sectarios que aquéllos.


Pero esa es otra cuestión, en la que ahora no deseo entrar. Mi defensa del maestro universitario, con toda la riqueza de matices y connotaciones que encierra el término, se debe a la convicción de que el proceso formativo del docente y del investigador sólo es realmente sólido y cobra consistencia cuando se fragua al socaire de la relación mantenida con alguien cuya autoridad intelectual, prestigio y profesionalidad le convierten en el depositario de ese enorme caudal de posibilidades capaces de enriquecer una trayectoria que de ninguna manera puede consolidarse en solitario o de forma meramente autodidacta. Da igual que quien merezca este tratamiento se encuentre cercano o distante en el espacio, que la diferencia de edad sea mayor o menor, que la relación se resuelva en un clima de sintonía o de permanente controversia. A la hora de la verdad todo eso es indiferente, porque de lo que se trata es de que la relación entre maestro y discípulo, construida en torno a un equipo y sobre la base de un proyecto sólido de descubrimiento y transmisión del saber, esté claramente definida por el margen de responsabilidades que compete a cada cual y por el propósito compartido de que el contacto sea gratificante para ambas partes y, sobre todo, provechoso para la que, por razones obvias, más tiene que aprender.


Si creo y defiendo estas ideas es porque la fortuna me ha hecho conocer y valorar en toda su plenitud las ventajas que entraña el haber disfrutado de un excelente maestro. Este rango se lo concedo con gratitud y sin reservas de ningún tipo al Profesor D. Jesús García Fernández, Catedrático de Geografía Física, que a finales de este mes concluye por edad su labor académica convencional para encaminarse, ya con todos los parabienes como profesor emérito, hacia una jubilación activa, es decir, sin ruptura alguna con la que ha sido una de las trayectorias científicas más fecundas y meritorias efectuadas en el Alma Mater vallisoletana. No voy a aludir a la importancia que ha tenido para mí una vinculación académica y científica que contabiliza ya siete lustros, en mi caso toda una vida. Circunscribir la valoración a una cuestión meramente personal empequeñecería la talla del personaje, pues la rebasa con holgura para convertirse en algo que, en justicia, no debiera pasar desatendido ni en la ciudad que le vió nacer ni en la región a las que ha dedicado la mayor parte de sus desvelos y muchas de sus contribuciones más conspicuas.


Quienes le conocen sabrán bien de qué estoy hablando y se mostrarán de acuerdo conmigo cuando afirmo que el conocimiento científico de Castilla y León sería muy distinto, y desde luego, mucho más pobre sin la ingente aportación llevada a cabo mucho antes de que se comenzase a hablar con propiedad de lo que hoy constituye, ya sin confusiones para nadie, el territorio de nuestra Comunidad Autónoma, tal y como quedó demostrado en el Primer Congreso sobre la región celebrado en Burgos en 1982, y del que fue su principal artífice. Sus trabajos sobre ella, como parte de una obra muy notable, han definido un modo de entender la realidad en el que encuentran perfecto engranaje la sensibilidad por la tierra y el análisis de los hechos sin concesiones a la especulación vana ni al tópico fácil. Asumiendo los enfoques empiristas y racionalistas que tanto prestigio aportaron a la Geografía Regional francesa, con los mimbres de pensamiento heredados de la Institución Libre de Enseñanza, y fiel albacea intelectual de ese gran maestro de geógrafos que también fue D. Manuel de Terán, su plasmación en el estudio de los ámbitos espaciales que le resultaban más afines - Castilla, como él la ha llamado siempre, la España Atlántica, concepto por él acuñado, o de Valladolid, entre otras líneas cultivadas - hizo de García Fernández un meticuloso indagador de la realidad espacial en todas sus manifestaciones y perspectivas. Una realidad que, tanto en su dimensión histórica como contemporánea, permitió ofrecer de manera integrada, coherente y con una articulación dialéctica sin fisuras la valoración de fenómenos y situaciones que hasta entonces se habían abordado de manera fragmentaria, superficial, más próxima al simple inventario que al documento trabado en el que ha de apoyarse la aportación científica digna de tal nombre.


En sus escritos ha sabido crear además un estilo inconfundible, muy personal, tan original como su letra manuscrita, y con la ventaja añadida de saberlos transmitir con la profundidad y voluntad divulgadora que unicamente pueden provenir de quien está seguro de lo que hace, fiel a unos enfoques que, resistentes al paso del tiempo aunque permeables a la reflexión crítica, han acabado por darle en buena parte la razón. En esta tarea no se ha encontrado sólo, pues, aunque los cambios en la vida universitaria hayan lesionado en los últimos años la supervivencia de la labor en equipo y provocado un exceso de atomización en la forma de organizar el trabajo, la huella de su magisterio se deja sentir, directa o indirectamente, en cuantos en Valladolid y en otras Universidades españolas y extranjeras se sienten tributarios de un entendimiento de la Geografía como ciencia dedicada a la interpretación integradora de las transformaciones espaciales y al servicio de la sociedad. Sin duda, estas cualidades han prevalecido a la postre sobre el contrapunto marcado por un talante peculiar, en el que se entremezclan ciertas dosis de orgullo, de franqueza sin concesiones y de rechazo hacia lo que no se corresponde con su visión estricta de las cosas.


Pero anteponer este argumento a la valoración objetiva de su encomiable bagaje universitario supone una distorsión impropia, sobre todo cuando, por encima de todo ello, prima el balance conseguido y la gallardía demostrada en la defensa de posturas y de actitudes que, en los años dificiles de la dictadura, eran respaldadas excepcionalmente por muy pocos. Tanto entonces como ahora García Fernández ha permanecido fiel a su ideario, sabiendo forjar, con sus iniciativas y su impresionante capacidad de trabajo, un legado que enaltece y prestigia a nuestra Universidad.

15 de mayo de 1998

NACIONALISMOS, MICROESTADOS E INTEGRACION EUROPEA

Más allá de la posible sorpresa provocada o de las reacciones, de uno u otro signo, que eventualmente pudieran suscitar, lo cierto es que nada tienen de originales ni de innovadoras las declaraciones efectuadas de cuando en cuando por algunos de los dirigentes actuales del PNV a propósito de la posibilidad de que a corto plazo el País Vasco logre figurar como uno más entre los Estados que integran la Unión Europea. Posiblemente, tal y como es planteada, y aprovechando el factor de oportunidad que habitualmente la anima, la idea suele llamar la atención y alcanzar con creces el nivel de resonancia pretendido, aunque conviene reconocer que si la proclama es coherente con el arriesgado rumbo emprendido por el nacionalismo vasco democrático en los últimos meses, el fondo de la cuestión ni le resulta privativo ni debe situarse en el terreno estricto de una reivindicación fraguada al calor de sus circunstancias particulares sino que aparece conectado de lleno con la intencionalidad de una corriente mucho más amplia que hace mella en áreas específicas sumidas en una situación de progresivo debilitamiento geopolítico.


La década de los noventa se ha limitado, en efecto, a sancionar en determinados escenarios un proceso larvado con anterioridad a favor de una recomposición profunda, y quizá irreversible, de los cimientos que han asegurado durante décadas sus esquemas de inserción en las relaciones internacionales de equilibrio y, sobre todo, garantizado el respeto del “statu quo” establecido por los límites fronterizos, ya estuvieran fuertemente enraizados en la historia, o bien fuesen acordados tras la Segunda Guerra mundial. Un equilibrio sustentado con firmeza en la lógica del funcionamiento estatal, que, socialmente asumido de forma mayoritaria, se identifica con la aceptación del papel del Estado-nación como ese “modelo de organización globalizante”, definido Edgar Pisani en sintonía con el reconocimiento de las posibilidades abiertas por la sustitución de un sistema simplemente respetuoso de las reglas del juego económico, como el dominante hasta la crisis de los años treinta, por otro dispuesto al desempeño efectivo de una responsabilidad directa en la gestión de los mecanismos de reproducción social.


Sin embargo, a la vista de las tendencias observadas, el rechazo ferviente del sistema no está respondiendo tanto a las ineficiencias generadas por los excesos de la burocratización o a sus rigideces estructurales como a la puesta en entredicho de su capacidad como mecanismo regulador en el contexto de las premisas introducidas por la globalización, cuya dimensión económica va inevitablemente asociada a implicaciones políticas y territoriales de enorme magnitud. Entre ellas merecería resaltar el alcance que sin duda tiene la profunda revisión operada en los esquemas interpretativos de las funciones asignadas al Estado, a medida que su margen de maniobra y sus capacidades potenciales entran en conflicto con la presión ejercida desde los nacionalismos excluyentes que tratan de consolidar sus posiciones a partir de una retórica repetitiva y argumentalmente circular, con la confesada intención de convertirse en factores desencadenantes de un nuevo orden geopolítico, que encuentra su razón de ser y el fundamento de su existencia en el arrumbamiento de buena parte de los principios que hasta hace apenas una década habían hecho posible la etapa de crecimiento y estabilidad que Fourastié calificó como la de los “Treinta Gloriosos”.


En esencia, el apogeo de estos nacionalismos no es ajeno, en mi opinión, a la defensa de pautas de actuación regidas por un hilo conductor trenzado a partir de dos premisas esenciales, entre las que no es difícil percibir tan sutiles como estrechos vínculos de engarce. La primera se corresponde con la búsqueda de la competitividad a partir de los máximos niveles posibles de soberanía, entendida no sólo como el soporte político férreamente defensor de la identidad sino, ante todo, como la palanca capaz de garantizar una plena inserción en la lógica selectiva de la “economía-mundo”, libres de ataduras o dependencias amenazadoras de un objetivo que ha de ser logrado, y satisfactoriamente, a cortísimo plazo.


De ahí que la cuestión de la escala, planteada en términos de superficie, haya experimentado una valoración inversa a la que comúnmente se la había reconocido. Es decir, el tamaño se convierte más en un obstáculo que en una virtualidad dentro de un panorama frenéticamente condicionado por la concurrencia, lo que explicaría, en suma, la acreditación como recurso de la pequeña dimensión física, máxime cuando favorece el pleno dominio sobre el territorio, subraya el hipotético valor competitivo de la homogeneidad y fortalece aquellas economías de escala que en realidad interesan, es decir, las que una gran metrópoli o un sistema urbano particularmente dinámicos sean capaces de engendrar a partir de un poder centralizador de las iniciativas y de la atracción privilegiada de los flujos financieros transnacionales. Mas estas potenciales cualidades encuentran, por otro lado, un asidero perfecto en los argumentos que menosprecian la búsqueda de complementariedades con otros escenarios del propio Estado, desechando los vínculos procurados por una historia compartida, que de pronto se mixtifica o manipula para justificar actitudes renuentes a fórmulas de solidaridad, rechazadas por falaces, obsoletas o esterilizantes.


El mundo actual ofrece sobrados ejemplos de esta tendencia, unos en ciernes, otros ya en fase de avanzada consolidación. Pero es en Europa donde sin duda adquiere su plasmación más elocuente, al abrirse a un variopinto muestrario de situaciones en el que no parece ausente ninguno de los procesos susceptibles de adscribirse con mayor o menor fidelidad el comportamiento señalado, y de los que poca ambigüedad cabe admitir merced al esfuerzo de difusión mediática que sobre ellos y desde ellos se realiza.


Pascal Boniface nos acaba de recordar que si a comienzos de los años veinte el espacio europeo se distribuía en 23 Estados, delimitados entre sí por 18.000 Kms. de fronteras, en 1998 la cifra de entidades políticas soberanas asciende ya al medio centenar y a más de 40.000 los kilómetros del trazado fronterizo, como resultado de un proceso exacerbado durante la última década, en el que al desmantelamiento de la Unión Soviética se ha unido la fragmentación de Checoslovaquia y la brutal demolición de la Federación Yugoslava, como sus hitos más notables. Un panorama que, aunque con los inevitables y justos matices, no está desconectado de las pasionales proclamas de la Liga Norte italiana, que fundamenta su pretendido reconocimiento en la separación del Sur, o de las calculadas presiones a favor del “derecho a la autodeterminación” en algunas de las Comunidades Autónomas más prósperas de España, por más que su fortaleza económica no pudiera entenderse en el tiempo si no dentro del Estado en que se han encontrado históricamente insertas.


En cualquier caso, tras la reafirmación identitaria en la que con ahínco se arropan muchas de estas opciones subyace una voluntad de repliegue sobre sí mismas pero siempre con la mirada puesta en la estrategia más adecuada para facilitar la incorporación de sus ámbitos de actuación, y sin fisuras incómodas, a los postulados de la economía globalizada. Se convierten, por ello, en la expresión más representativa del engarce mecanicista que se produce entre lo global y lo local, tratando de poner al descubierto las aparentes disfuncionalidades que en este panorama de vínculos a gran escala presentan los Estados nacionales, no ya porque su intermediación o sus responsabilidades coordinadoras se antojen anacrónicas sino porque aparezcan drásticamente invalidados los objetivos reequilibradores y de resistencia que les competen frente a las distintas modalidades de segregación al que en ese mismo contexto propenden, fuera de todo mecanismo de control, sistemas socio-económicos y territoriales estructuralmente heterogéneos.


De ahí que, en el empeño por fragilizar el Estado – para llegar al “Estado mínimo”, tal y como lo ha descrito en estas mismas páginas por Gurutz Jáuregui- no sorprenda la insistencia obsesiva en el escenario integrado europeo entendido como el marco óptimo para el desenvolvimiento de esta estrategia, susceptible de verse arropada por las múltiples fórmulas de cooperación interregional o por las presiones incesantes a favor de rupturas graduales en pro de la soberanía. Mas también es cierto que si este discurso se acoge con fruición en la periferia europea a los planteamientos que preconizan el concepto de “Estado-Región” como el paradigma mejor conectado con la lógica de la economía global, no olvidemos que en el “centro” cada vez cobran más resonancia las reflexiones cautelosas o críticas frente a las sugerencias de cesión por el Estado de atribuciones y soberanía a las instancias comunitarias.

9 de mayo de 1998

UNA UNIVERSIDAD PARA EL SIGLO XXI

El Norte de Castilla, 9 de Mayo de 1998



L a notable expectación que cada cuatro años despierta la elección de rector ‑proceso en el que de nuevo se halla embarcada la Universidad de Valladolid‑ no se debe tanto al interés ocasionalmente provocado por una contienda electoral como al hecho de que, a través de ella, se dilucida la personificación de quien ha de desempeñar la que posiblemente tiende a consolidarse como una de las más importantes responsabilidades en el campo de la gestión de los recursos de toda índole. En realidad, tal significado no es ajeno a esa especie de paradoja que todavía sigue caracterizando a la Universidad en el sentido de que, pese a las limitaciones que en ocasiones mediatizan el desarrollo de sus actividades o a las inercias de que adolecen aspectos esenciales de su dinámica de funcionamiento, cada vez son más sólidos los argumentos que ratifican el alcance de su repercusión sobre el entorno que la rodea, hasta el punto de que no es fácil encontrar otras instituciones, al margen, por supuesto, de las relacionadas con la decisión política, dotadas de una capacidad de incidencia tan formidable ya sea desde el punto de vista cualitativo como en conexión con la pluralidad de manifestaciones y de perspectivas hacia las que potencialmente es capaz de proyectarse. Sin embargo, y por más que estas facultades teóricas sean en principio consustanciales a la propia esencia de la realidad universitaria, su materialización concreta y, sobre todo, su nivel de efectividad distan mucho de merecer en todos los casos una valoración uniforme. Por contra, dependen de múltiples y decisivos factores que no deben pasar desapercibidos, pues, como hace tiempo destacó Ramón y Cajal, no es la simple posesión de una cualidad lo que asegura el logro de las ventajas que en teoría propicia sino su correcto acomodo a una línea de acción ‑o «de conducta», en palabras del pensador‑ que verdaderamente lo garantice.


Entre esos factores, y con la mirada puesta en la experiencia universitaria vallisoletana, no se debe olvidar, en primer lugar, el caudal de posibilidades que, como premisa primordial, derivan de una poderosa dimensión de escala sin la cual difícilmente una institución de este tipo estaría en condiciones de afrontar satisfactoriamente los compromisos planteados. Al invocar este criterio no se está haciendo referencia únicamente al tamaño o a la simple magnitud cuantitativa de sus variables principales, sino a la envergadura de su capital formativo y humano, a la entidad de su oferta lectiva, a la potencia y difusión de su labor científica, a la riqueza de sus vínculos con la realidad social y económica en que se inserta, a la amplitud, en suma, de sus horizontes.


De ahí que, cuando esta serie de indicadores son objetivamente analizados el panorama se despeja, estableciendo una nítida divisoria entre las universidades con verdadera solvencia y las que, producto a menudo de una mal entendida equidad territorial, han proliferado por doquier para satisfacción de intereses localistas o de ambiciones políticas que bien poco tienen que ver con el enfoque que desde la Universidad se ha de dar para la correcta resolución de los problemas. Ante la atomización y fragmentación a que ha llegado el sistema universitario en España los planteamientos propugnados por aquellas Universidades en las que ‑como la de Valladolid‑ la tradición se enriquece con los méritos de la propia consistencia no pueden ser otros que los que subrayen el valor de la fortaleza adquirida, y de las ventajas comparativas que ello ha generado, como principio de salvaguarda frente a un panorama concurrencial amenazado por el riesgo de que la utilización demagógica del agravio o la dispersión errática de los recursos lleguen a primar como moneda de cambio frente a pautas de racionalidad y de eficiencia universalmente definidas.


Mas, por otro lado, es obvio que la defensa de una postura como ésta es inseparable de la puesta en práctica de una plan de actuación coherente y ambicioso, concebido para integrar el desarrollo de las propias potencialidades en un verdadero programa de futuro. Si los mecanismos de funcionamiento democrático aparecen explícitos en la norma, la cuestión no estriba ya sólo en limitarse a defenderlos formalmente sino en garantizar que en la práctica responden, para identificarse con él, a un planteamiento bien asentado, compartido por todos, o al menos asumido por la mayoría. ¿Cómo, si no, se podría lograr la articulación en torno a un proyecto operativo de una realidad tan extraordinariamente compleja y dispar como la que hoy configura, por ejemplo, la Universidad de Valladolid, estructurada en 22 centros y 80 departamentos, en los que se integran 2.200 profesores, responsables de la docencia de 40.000 alumnos y donde las funciones de gestión y servicios dependen de la labor de cerca de 900 personas, todo ello repartido en cuatro provincias, diversas entre sí y con particularidades muy marcadas?


La magnitud y heterogeneidad de las variables que organizan una Universidad moderna justifican la afirmación de que tal vez no exista un organismo en el que los propósitos de armonización y convergencia tropiecen con mayor número de cortapisas. De ahí que, centrándonos en nuestro caso, la única forma de aliviar el peso de estas servidumbres estructurales no pueda ser otra que la que provenga de la voluntad de aprovechar al máximo los instrumentos previstos con tal fin en la estructura orgánica del sistema. Si aún queda bastante camino por recorrer en aspectos esenciales de la ordenación y articulación funcional de los departamentos, o en los que conciernen a los centros en un entramado de decisiones cada vez más complejo y obligado a fórmulas flexibles de cooperación, no cabe duda que nunca como ahora cobra tanta fuerza la propuesta a favor de convertir definitivamente al claustro en ese foro activo de reflexión, debate y acuerdo que la Universidad precisa.


Constituye, en efecto, una exigencia imperiosa aunque sólo sea porque, tratándose de su órgano más representativo, opera también como indispensable elemento aglutinante de voluntades dispersas, superador de recelos, y, por ende, el único capaz de favorecer actitudes de encuentro y confluencia sin las que jamás será posible lograr la reforma de los estatutos, inamovibles hasta ahora por mor de absurdas intransigencias e inhibiciones y pesada losa que desde hace años bloquea una y otra vez la voluntad de modernización de epígrafes esenciales de la vida universitaria.


En este marco, con sus indudables logros y aún evidentes carencias, pero con el marbete de ser sin lugar a dudas la más relevante Universidad de Castilla y León, la de Valladolid se abre a una etapa crucial de gestión ydecisiones. Una etapa en la que la identificación personal de la responsabilidad, y del equipo asociado a ella, no es asunto en modo alguno baladí. Pues, más allá de las legítimas pretensiones que animan a quienes persigan ejercerla, la experiencia es harto aleccionadora a la hora de clarificar los perfiles de la idoneidad para afrontar mejor los tiempos, ilusionantes pero inciertos y contradictorios a la vez, que se avecinan. En estas condiciones los requisitos de liderazgo se elevan por encima de la profesionalidad académica, del voluntarismo personal, de las descalificaciones innecesarias o de las proclamas y ocurrencias más o menos ingeniosas o bienintencionadas.


Reclaman, antes bien, cualidades primordiales y en cierto modo innovadoras que, en esencia, conectan de lleno con la capacidad para lograr la búsqueda permanente de los equilibrios más adecuados entre el funcionamiento interno y transparente del complejo universitario y las interrelaciones que lo imbrican con los cambios ocurridos fuera de sus límites estrictos. En otras palabras, el gobierno de la Universidad pasa necesariamente por la defensa y consecución de un triple objetivo: la preservación de su condición de servicio público de calidad, la defensa de una concepción integradora y solidaria de todos sus componentes en sintonía con un proyecto coherente y viable, y una actitud de firmeza en los procesos de negociación que cada vez con más fuerza han de condicionar el cumplimiento de sus fines estratégicos. Tareas nada fáciles pero que, de lograrse, pueden conferir a la experiencia universitaria vallisoletana a construir en los próximos años una dimensión aleccionadora como escenario ejemplar y punto de referencia obligada.

26 de abril de 1998

¿ HACIA DONDE VAMOS?


El Norte de Castilla, 26 de Abril de 1998


Si cualquier momento es bueno para reflexionar sobre Castilla y León y sus perspectivas de futuro, merece la pena aprovechar algunas ocasiones particularmente significativas para suscitar ideas o temas de interés que abran camino al debate o, al menos, aviven esa toma de conciencia crítica de la que tan necesitada está nuestra tierra. Dos acontecimientos de especial relieve avalan esta sugerencia: la celebración del Día de la Comunidad en el año en que se conmemora el decimoquinto aniversario de la aprobación del Estatuto de Autonomía, y la inminente puesta en marcha, a partir del Consejo Europeo convocado el día 3 del próximo mes de Mayo, de la tercera fase de la Unión Económica y Monetaria, que contempla simultáneamente la aceptación de los Estados partícipes ‑ entre ellos, España ‑, la creación del Banco Central Europeo, el establecimiento del Sistema Europeo de Bancos Centrales y la adopción formal del Reglamento de instauración del euro. La diferencia temporal que separa ambos acontecimientos y la especificidad de sus matices respectivos no impiden considerarlos de manera conjunta como factores determinantes de una realidad regional que, firmemente asentada en el tiempo, no ha de permanecer en absoluto ajena a las transformaciones presumibles en el espacio comunitario.


Y es que, a decir de verdad, se echan de menos las aportaciones efectuadas en esta dirección. El copioso acervo teórico acumulado ya sobre las implicaciones económico‑financieras derivadas de la moneda única, y que tras el Consejo Europeo de Amsterdam (junio de 1997) se ha enriquecido de manera espectacular, contrasta con la limitada atención que hasta ahora se ha prestado al análisis de las repercusiones que tan importante decisión puede ocasionar en la evolución de la compleja estructura territorial de la Unión Europea. De ahí los numerosos interrogantes que afloran por necesidad: ¿cómo va a evolucionar la convergencia entre las regiones en un marco tendente a la convergencia macroeconómica entre los Estados?; ¿van a prevalecer los criterios de selectividad y de máxima eficiencia en el comportamiento de los agentes y en la asignación de los recursos, muy por encima de los de equidad propugnados como uno de los pilares básicos de la construcción europea?; o, dicho de otro modo, ¿cómo se van a reorientar, dentro de este contexto, los principios de solidaridad mantenidos a través de los Fondos Estructurales y de Cohesión, en cuya materialización tan decisivo papel jugó a comienzos de los noventa el Gobierno de España?. Son incógnitas abiertas, a las que todavía no se ha dado una respuesta clara y convincente, tal vez porque las preocupaciones se orientan a favor de la consecución sin más reservas de los grandes equilibrios, en sintonía con la voluntad de disciplina económica exigida por Alemania y con la mirada puesta en el reconocimiento de las ventajas de estabilidad y rigor inherentes a la unión monetaria e impelidas por la plena integración a escala mundial de los mercados de bienes y de capitales.


Descender del terreno de los grandes planteamientos teóricos, muy madurados y repletos de redundancias, a la concreción planteada por la dimensión regional no parece ejercicio demasiado confortable cuando se contempla desde la perspectiva de los territorios que integran las "periferias" de la Unión, y sobre todo cuando la tendencia previsible apunta a que gradualmente van a dejar de ser espacios protegidos para identificarse como escenarios plenamente expuestos a los desafíos de la competencia y a las reglas del multilateralismo. Circunstancias éstas que además pudieran agravarse si, como todo parece indicar, culmina a medio plazo la incorporación de algunos países de la Europa oriental y de Chipre, una vez iniciadas las negociaciones a finales del pasado mes de Marzo, y cuyo coste, sólo en la primera fase (2000‑2006), se ha evaluado en doce billones de pesetas, casi tres veces superior a todo el aporte financiero de los Fondos Estructurales durante la programación plurianual 1994‑1999.


Tal es la situación en la que necesariamente hay que insertar el horizonte evolutivo de Castilla y León, por más que nadie cuestione los avances logrados a lo largo de los tres lustros de régimen autonómico. Pero las luces no deben ofuscar ni impedir la valoración sincera de la magnitud de las penumbras, allí donde éstas aparezcan. De algunas se ha hecho eco recientemente un editorial de este diario, al traer a colación cálculos ‑ como " datos preocupantes" las definía muy expresivos efectuados por rigurosos órganos de investigación socio‑económica. Si nuestra región aparece sumida en una profundísima crisis demográfica, producto de la desvitalización natural y de un nivel envejecimiento que no admite parangón con ninguna otra Comunidad Autónoma, no es menos cierto que también acusa severas resistencias a la recuperación del crecimiento en todos los sectores productivos y en el empleo, de forma que la correlación entre ambas variables ha relegado globalmente a Castilla y León en el pasado bienio a la penúltima posición entre las regiones españolas, sólo por delante de una situación tan crítica como la que ofrece el problemático y singular panorama asturiano. Descolgado de las regiones interiores, que sorprendentemente arrojan en este período síntomas progresivos como jamás se habían detectado, el espacio castellano‑leonés se muestra como una realidad marcada por el estancamiento, sin que las manifestaciones locales de vitalidad consigan mitigar una sensación de atonía generalizada.


Por eso, cuando se recorre su bellísimo e inmenso territorio ‑ ¿cómo entenderlo en estas condiciones: como servidumbre o como posibilidad? ‑, y de forma patente tras rebasar el área de impacto directo de Valladolid, se tiene la impresión de que la intensificación de las disparidades marca la nota dominante en la configuración geográfica del marco regional, mostrándose, con todos los matices que se quiera, como una especie de "archipiélago económico", donde emergen islotes o puntos aislados de cierto dinamismo, aunque en la mayor parte de los casos su fragilidad les impida convertirse en auténticos impulsores de sus respectivas áreas de influencia. A lo sumo, la aparición de algunos ejes de desarrollo ‑ vigoroso y consolidado en el bajo Pisuerga, en proceso de reafirmación a lo largo del valle del Duero ‑ o de áreas beneficiadas por su atractivo patrimonial, residencial y de ocio ‑ no hay que perder de vista el significado de los fenómenos de cambio ya percibidos en la provincia de Segovia ‑ compendia el elenco de manifestaciones expansivas de cierta consistencia que, sin embargo, deben ser relativizadas o sometidas a evaluación más rigurosa en otros escenarios en los que prima el carácter puntual, o a veces meramente coyuntural, del crecimiento.


Reflexionar en torno a estas cuestiones ha dejado de ser un ejercicio simplemente académico para convertirse en un tema abierto a la confluencia de enfoques, metodologías y estrategias, pues ciertamente no existen soluciones predeterminadas ni recetarios de validez apriorística o unidimensional. Cuantos nos dedicamos a estos temas sabemos hasta qué punto la lógica del desarrollo regional se muestra reacia a cualquier tipo de simplificación o a planteamientos apoyados en el esquematismo voluntarista. Pero también somos conscientes, a tenor de la experiencia comparada y sobre todo en función del conocimiento a fondo del territorio, de que cualquier medida encaminada a la valorización de un espacio crítico en un contexto fuertemente concurrencial va inevitablemente asociada, al menos como punto de partida, al cumplimiento de dos requisitos primordiales: de un lado, la acreditación, tan bien diseñada como hábilmente abordada, de la Comunidad Autónoma ante el exterior sobre la base de las ventajas comparativas y competitivas que sin duda posee; y, de otro, la implicación efectiva de todos los agentes sociales, lejos de las fragmentaciones y enfrentamientos que tanto perjuicio la han ocasionado, en torno a un proyecto realmente movilizador de estrategias de desarrollo complementarias.

21 de febrero de 1998

UN SOÑADOR PARA UN PUEBLO


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El Norte de Castilla, 21 de Febrero de 1998



Confío en que Buero Vallejo no habría puesto  objeciones a la utilización del título de una de sus obras más celebradas para encabezar la reflexión sobre el reciente homenaje que la Universidad de Valladolid acaba de ofrecer a Millán Santos Ballesteros, una de las figuras más relevantes del Valladolid contemporáneo, aunque su impronta haya rebasado con creces el horizonte de nuestra ciudad. Con el acto celebrado en su marco más emblemático, la institución universitaria ha sabido poner de manifiesto la sinceridad de sus vínculos con la realidad social que la rodea. Ha reconocido también hasta qué punto las iniciativas que tienen que ver con la formación y la cultura no se limitan sólo a las celebradas dentro de los límites de su propio recinto sino que a la par cobran en él dimensión y fuerza las que de forma aislada o en grupo surgen de la sociedad y se proyectan en el entorno, lo vivifican, lo enriquecen y lo dan ese valor añadido que sólo puede provenir de una labor hecha a conciencia, con la sensibilidad y con el tesón de quienes, con la mirada puesta en unas metas tenazmente defendidas, saben sobreponerse a los sinsabores y desalientos que una labor así realizada, a menudo en la soledad del corredor de fondo, suele llevar consigo.

Millán Santos personifica todas esas cualidades y sin lugar a dudas simboliza como pocos lo que toda una vida de dedicación puede dar de sí cuando se es consciente del mundo en el que se vive y de la alta dosis de entrega que es preciso aportar para la consecución de un proyecto o un ideal en el que se cree por encima de todas las cosas. De ahí que haya sido muy acertada esta coincidencia, y no casualidad, que los organizadores del acto, profesores de la Facultad de Educación, han querido establecer entre la evocación científica de la obra de Paulo Freire y el reconocimiento a la trayectoria de un hombre que ha sabido aplicar, con frecuencia en solitario y luchando denodadamente contra el tiempo o en medio de la indiferencia, muchos de los valores que, fieles a la enseñanzas del ilustre pedagogo brasileño, acreditan la transcendencia de esa mezcla de arte, sacrificio y honestidad intelectual que, en palabras de Francisco Ayala, confluyen en el admirable ejercicio de la enseñanza. Pero cuando se trata de enjuiciar lo que realmente supone hoy el balance aportado por Millán, la valoración desborda con amplitud el marco de un acto meramente académico, para abrirse a los tres horizontes hacia los que, a mi juicio, se ha encaminado una tarea de tantos y tantos años.

- En primer lugar, los perfiles de su obra se identifican con la defensa permanente, casi obsesiva, de algo tan en crisis en hoy, pero tan encomiable siempre, como es la dedicación a la enseñanza, al esfuerzo que implica la educación concebida al servicio del desarrollo integral del conocimiento y de la dignidad del ser humano. Luchando contra la corriente que prima la inmediatez, o los resultados a corto plazo y a toda costa, el mérito de Millán ha consistido en demostrar que pocos cometidos son tan meritorios como los que se relacionan con el afán de efectuar honestamente la transmisión organizada y coherente del saber, con ese interés que enaltece al buen profesional de la docencia y le aproxima al alumno a través de un proceso de comunicación mutua del que, a la postre, derivan tantas complacencias y satisfacciones. Pero, lejos de ser una tarea mecanicista, sujeta a estereotipos o a meras fraseologías banales que tratan de enmascarar la inconsistencia del fondo mediante la estéril simplificación del método, la tarea del educador, sea del nivel que sea, desde la Escuela hasta la Universidad, se fundamenta en dos pilares que deben estar sólidamente asentados: de un lado en la propia solidez formativa de quien desempeña esta responsabilidad, apoyada en la reflexión serena y rigurosa de cuanto le concierne para saberlo transmitir con claridad y eficacia; y, de otro, en la firme convicción de que, educando, se fortalece el espíritu crítico del individuo, se le capacita para enfrentarse a la realidad, se le involucra en una sociedad con todas sus posibilidades, virtudes y contradicciones, se le prepara, en fin, para hacer de él un ciudadano testigo de la época que le ha tocado vivir y sensible al entorno social y cultural en que se inserta.

- en segundo lugar, y en perfecto encaje con este planteamiento, la obra de Millán sintoniza con la de quienes atribuyen a la educación la capacidad para hacer frente a los riesgos de la exclusión y la marginalidad. Son muchas, en efecto, las voces que tanto en el mundo de la opulencia como en el del subdesarrollo se alzan a favor de estas posturas, convencidos de que, parafraseando a Celaya, la formación “es un arma cargada de futuro”. Un futuro contrario a la mayor miseria de todas, que es la de la ignorancia, la de la alienación, la del embrutecimiento, la de la ineptitud para la crítica consciente, la de la imposibilidad de acceder a algo tan gratificante como son las fuentes, plurales y siempre enriquecedoras, del conocimiento. Cuestionar las diferencias que el camino hacia el disfrute del saber impone a nuestras sociedades desde la cuna se convierte así en el testimonio más lúcido de las demandas a favor de la igualdad, pues es imposible que las sociedades evolucionen si no lo hacen en un contexto de educación para todos, y sobre todo de una buena educación para todos sin excepciones de ningún tipo. En un mundo lleno de conquistas y de avances científico-técnicos de toda naturaleza ésta sigue siendo todavía una reivindicación insatisfecha, una ilusión que algunas califican de utópica, otros de imposible, los más de costosa o ajena a los paradigmas de la rentabilidad. ¿Qué hacer en estas circunstancias?, ¿cómo oponerse a lo inexorable?. Millán, teniendo muy claro desde el principio lo que hacía, supo dar hace muchos años la respuesta correcta. Si, citando de nuevo a Machado, sólo se labra el camino cuando se anda o el ojo existe porque nos ve, la opción asumida no podía ser otra que la que le llevó con, decisión y firmeza, a afrontar el desafío, ligero de equipaje como el poeta pero, eso sí, con la mochila henchida de proyectos, de ideas, de ilusión y de entusiasmo, a sabiendas de la incomprensión y menosprecio al que se enfrentaba, pero también previsor de que, atento a la empresa o atraído hacia ella, no tardaría en contar con el respaldo de un pueblo que comenzaba a percibir la esencia de su realidad y las contradicciones en que podía quedar sumido su destino.

- ese era el pueblo que habitaba en el barrio de Delicias, en el profundo sureste de la ciudad de Valladolid, de la tremenda ciudad de Valladolid, de los años sesenta. Y aquí llegamos, para terminar, al tercero de los aspectos que otorgan significado a la obra de Millán. ¿Cómo entenderla al margen del tiempo en que se produjo y del espacio hacia el que se proyectó?. Nada hay de vago, de evanescente o de artificial en la labor comentada. Hijo de una época, será también vigía permanente y sin fisuras de su territorio. Tareas, desde luego, nada fáciles ni en la una ni en el otro. Valladolid sigue siendo hoy una ciudad compleja, bastante heteróclita en su estructura, no exenta de insuficiencias en la organización de algunos de sus elementos constitutivos.Mas nadie ignora la intensidad de su metamorfosis y el esfuerzo gigantesco de quienes desde 1979 la han gobernado y la gobiernan para hacer de ella un ámbito de convivencia, de calidad y de bienestar en provecho de una sociedad integrada y consciente de vivir en un espacio donde nadie deba sentirse forastero. Casi ninguno de estos rasgos definían a Valladolid cuando Millán decidió acometer la regeneración cultural en un barrio con raiz histórica pero inequívocamente marginal, como lo eran sin excepción todas las piezas urbanas que emergen por entonces en los bordes de la ciudad tradicional, marcando con ella una ruptura prácticamente absoluta. Tanto es así que la única posibilidad de integración pasaba necesariamente por la búsqueda de alternativas endógenas, sustentadas en la propia creatividad, capaces de sortear el abismo existente entre la ciudad y sus barrios, y sembrando la semilla que habría de germinar en una de las experiencias de educación de adultos más acreditadas de España. Lo sucedido me recuerda la frase de aquella estrofa de Zitarrosa cuando dice “el valor todo lo puede, hay que tener confianza, y lo que el valor no puede lo ha de poder la esperanza”. Pero lo cierto es que tampoco resultaba sencillo semejante empeño, pues la realidad social que comenzaba a emerger adolecería de falta de cohesión y de sentimiento de pertenencia a un espacio compartido.Era una sociedad atomizada, fragmentaria, atraída laboralmente por el señuelo de la gran ciudad y afanada en la búsqueda prioritaria de la vivienda.
Con estos mimbres y en un contexto así, Millán, y con él quienes secundaron su iniciativa, emprendieron con tanta voluntad como falta de medios el proceso de dignificación del barrio de las Delicias, que no tardando mucho se convertiría en la iniciativa experimental que emularon otros espacios periféricos, hasta liderar un proceso de recuperación que en buena medida ha contribuido a cimentar las bases del Valladolid moderno, propiciado ya por el margen de expectativas que abre a finales de los setenta la democratización del Ayuntamiento y la serie de ventajas y sensibilidades que ello traerá consigo. Sería largo analizar todo el proceso y seguramente muchos detalles quedarían en el olvido o tal vez minimizados. Pero de lo que no cabe duda alguna es de que la historia de Delicias, que es como decir la historia del Valladolid contemporáneo, no puede escribirse sin conceder un epígrafe destacado a la figura de Millán Santos y a cuantos como él supieron vencer las tinieblas y ayudar a muchas gentes, de todas las procedencias, edades y condición, a descubrir la luz de la cultura y las satisfacciones que depara el sentirse auténtico ciudadano. La sociedad debe estar agradecida por la labor realizada y la consistencia de sus cimientos. En cuanto a mí, sólo se me ocurre hacer mío el verso de una canción que en cierta ocasión oí entonar en una espléndida calle habanera y que decía aquello de quecuando sientas tu herida sangrar, cuando sientas tu voz sollozar, cuenta conmigo”.

14 de febrero de 1998

José Luis Barrigón



Este texto fue redactado a sugerencia de mi buen amigo Manuel Conde del Río, con la intención de que formase parte de una obra donde se recogiesen testimonios de las personas que habían tenido relación con José Luis. No llegó a publicarse como tal, sino a través de una edición limitada, destinada a los amigos y fundamentalmente a Julia Rodriguez de Diego, la maravillosa mujer, archivera de Simancas, con la que compartió su vida, y a sus hijos.

Por más que lo he intentado, no consigo precisar el momento ni el lugar en los que tuve la fortuna de conocer a José Luis Barrigón. Y no es que la memoria me traicione, pues suelo recordar con bastante exactitud, así en el tiempo como en el espacio, los sucesos más entrañables de la etapa de mi vida, por lo que, aunque no consiga precisar el detalle,  sí estoy seguro del momento y de las circunstancias en que él se cruzó en mi camino. La verdad es que tampoco me importa mucho presumir ahora de capacidad memorística, ya que la figura y la imagen de José Luis han estado siempre para mí presentes al margen de un acontecimiento o de una situación determinados. No ha sido, desde luego, una amistad fugaz ni nuestras conversaciones, con independencia del tal vez excesivo tiempo transcurrido entre una y otra en los últimos años, dejaban de estar sólidamente cimentadas en entrañables vivencias episódicas o en puntos de afinidad trenzados con el recuerdo compartido. Eran, para ser exacto, el resultado de una relación con mucha carga histórica detrás, que se mantenía firme pese a los riesgos que ha implicado llegar a la madurez en una época tan propensa al olvido, al individualismo exacerbado o a la fugacidad de los sentimientos solidarios.. Ninguna de esas tres facetas me permiten asociar en el recuerdo ni en la vivencia lo que para mí ha llegado a representar la sintonía personal de tantos años con José Luis.

Aunque de distinto origen - el vallisoletano, yo de Burgos - ambos fuimos madurando bajo los cielos de una ciudad que, si en los primeros años tuvo para mí algo de inhóspito y mucho de inexpresivo, con el tiempo se convertiría en el ámbito donde me siento más a gusto y con el que mejor hoy me identifico. Pero no tuvieron fácil acomodo los afanes de libertad en el Valladolid de finales de los sesenta, cuando el reducido número de estudiantes que nos interesábamos por la Filosofía y por la creatividad cultural en todas sus manifestaciones estábamos obligados a aprovechar encuentros efímeros y ocasionales, en los que en vano vencíamos el frío a base de discusiones acaloradas, que casi siempre terminaban en algunas de las tascas, sórdidas y entrañables, que salpicaban los aledaños de la Plaza de la Universidad. Seguramente en una de esas reuniones, casi siempre celebradas a media tarde del sábado, coincidí con José Luis, del que me había hablado de manera elogiosa un compañero de “comunes”, quien más tarde marcharía a estudiar a Oviedo y del que sólo recuerdo sus ademanes tan rotundos como poco convincentes.

Los que vivimos esa época sabemos lo mucho que representaba la posibilidad de asistir a foros de ese tipo, que, interminables y agotadores, considerábamos un bálsamo enriquecedor o un auténtico oasis en medio de la mediocridad que nos rodeaba en las clases y contra la que en balde pugnábamos cuantos estábamos enamorados de la Filosofía, opción que encaminó mis pasos hacia la Facultad de Letras, alentado por el desafío que en el verano del 64 me había llevado sin éxito a intentar el estudio de esta especialidad en la Universidad de Valencia. Con estos antecedentes, y movido por el afán de aprender “filosofía”, no podía desperdiciar la oportunidad de conversar con quien, un año mayor que yo, era considerado un verdadero maestro, que sabía transmitir al tiempo serenidad y coherencia, sólo explicables sobre la base de un impresionante caudal de conocimientos que sinceramente me causaban tanta admiración como “envidia”. Considero a José Luis uno de mis guías en el dificil pero apasionante arte del pensar, y lo tengo entronizado como una de las personas de las que más he aprendido en una fase crítica de mi vida, pues no tardaría en surgir en mí una sensación de fracaso por el camino universitario emprendido, en el que la enseñanza de la Filosofía suscitaba cualquier cosa menos apasionamiento e interés.

El gusto común por la ciencia del pensamiento pronto se convirtió en el asidero de una relación cordial que se mantendría perenne y sin fisuras, pese a que me viera obligado a modificar enseguida mi rumbo formativo hacia la Geografía, incapaz de seguir asimilando tanta estulticia en los campos del saber que originariamente habían presidido mis horizontes universitarios. Este viraje no supuso frustración alguna, pues en cierto modo el desencanto sufrido fue compensado con creces por mi relación con un verdadero pensador, quien de vez en cuando me comentaba aspectos muy interesantes relacionados con la preparación de su Tesis Doctoral, que seguí con tanta atención que durante algún tiempo mi Biblioteca personal se vería enriquecida con algunas de las obras que él mismo me aconsejaba para ampliar mis conocimientos sobre el pensamiento marxista de la época. Aprendí mucho sin duda, y, por tanto, no me sorprendió nada el éxito cosechado por José Luis el día de la lectura de su Tesis.

Lo recuerdo perfectamente. Era una mañana primaveral y el acto se celebraba en el salón de grados de la Facultad de Derecho, a rebosar. El Doctorado, severo como solía, pero con esa risa campechana que le afloraba al menor comentario, estaba situado a la derecha del estrado, el Tribunal enfrente. Fue una delicia, pues más que una crítica académica y convencional, el momento fue aprovechado para dar rienda suelta a la reflexión y al debate, en el que algunos de los presentes eran verdaderos maestros. No sé si fue en esa ocasión cuando conocí a Gregorio Peces-Barba, pero, desde luego, lo que sí es cierto es que me lo presentó por esas fechas, pues uno de los motivos de la conversación estuvo centrado en torno a la Tesis, que, a juicio de quien fue el artífice y durante mucho tiempo Rector de la Universidad Carlos III, podía ser considerado como “un monumento a la calidad intelectual”.

Pero no fue éste el único encuentro feliz que me procuró la complicidad con el amigo. También me vienen a la memoria algunas experiencias comunes que no desearía pasar por alto. La primera se relaciona con dos o tres conversaciones que ambos mantuvimos con D. José Antonio Rubio Sacristán, prócer vallisoletano donde los haya, empresario de los de antes, de una cultura impresionante y a la sazón creo que Decano de la Facultad de Derecho. Estudiando Letras, yo sentía a veces la curiosidad de conocer otros Centros, otras asignaturas, otras formas de entender la docencia . En el primer curso de la carrera, y aprovechado paréntesis en el horario, asistí a clases de Anatomía, en las que conocí a Pedro Gómez Bosque, de Psicología (ay, el inefable Alfonso Candau), de Matemáticas (acogedor José Martínez Salas) y hasta de Magisterio. Pero, como Derecho me quedaba más cerca, la frecuencia a las aulas de la Facultad vecina se haría más asidua. En una de éstas, y a sugerencia de José Luis, me colé en el recinto donde se impartía una lección de Historia del Derecho.

La decepción fue absoluta, pero el estilo me pareció distinto a la espesura que yo veía en algunos de mis docentes de la planta superior. A la salida, me lo presentó. Lejos de incomodarse por mi intrusismo, Rubio se sintió halagado e incluso bromeó con la posibilidad de que, habiéndome convencido, su fortuito magisterio podría obligarme a reorientar mis pasos hacia la ciencia jurídica. A veces he pensado en cómo habría sido mi vida de atender tal sugerencia, pero los tiempos eran diferentes y no era fácil convencer en mi casa de cualquier veleidad en este sentido. No lo hice y, a la vista de las cosas, tampoco me arrepiento de ello, aunque el Derecho me guste y, a decir verdad, los vínculos actuales con bastantes de sus cultivadores en Valladolid son más estrechos que los que mantengo con mis colegas humanistas.

En aquella ocasión, el conocimiento de Rubio hubiera sido irrelevante, si no es porque, acompañado de Barrigón, nos ofreció la posibilidad de conocer la biblioteca personal que embarnecía su domicilio en la calle de Santiago. Aceptamos, y lo vivido entonces fue una de las experiencias más impactantes de mi hasta ese momento breve estancia en la ciudad del Pisuerga. Fue la primera vivienda particular que yo visité en Valladolid y, desde luego, me impresionó no por este hecho circunstancial sino porque de repente me encontré ante alguien y ante algo que, si en aquel entonces no percibí, más tardía me daría cuenta de su carácter insólito y excepcional. No he vuelto a ver una Biblioteca personal parecida ni una casa decorada de esta manera. Impresionante, magnífica la primera, la segunda era el símbolo paradigmático de un estilo de vida que pálidamente quedaba reflejado en las novelas sobre la gran burguesía europea. Pero lo más curioso es que, en ese marco deslumbrante de dinero y de confort, el anfitrión, quien, por cierto, se limitó a enseñarnos sus estanterías repletas de libros sin brindar refrigerio alguno, nos hizo el sorprendente comentario de que aquellos momentos sus afanes como lector estaban centrados, no en algún tratado jurídico o en selectas obras de ficción coherentes con su clase, sino en el ¡Anti Dhuring de F. Engels!, lo que nos provocó una sorpresa mayúscula que, una vez asimilada, no haría, al menos en mi caso, sino enriquecer al personaje y robustecer sus perfiles como hombre tolerante y de gran amplitud cultural de miras.

Mas, aparte de las relaciones en torno a la Filosofía y al mundo académico, nuestra amistad se fue fraguando también al compás de las tensiones políticas de la época. Las vivencias conjuntas en este sentido no fueron muchas, pero sí llenas de contenido. A menudo coincidí con él en acontecimientos que tuvieron bastante resonancia en la historia de la transición democrática en Valladolid. Los conservo bastante frescos en mi cabeza, y sólo con tiempo podría describirlos con la atención que en su momento merecieron y con el valor de nostalgia que me provocan. Pendiente de ello cuando pueda, me limitaré tan sólo a subrayar ahora la importancia que tuvieron para mí algunos encuentros claves, en los que ambos participamos en compañía de otros amigos, cuya relación sería prolija y tal vez arriesgado comentar.

Destacaré los realizados con José Ramón Recalde, infatigable luchador vasco, más tarde consejero socialista en el Gobierno autónomo y esposo de la propietaria de la Libreria Lagun de San Sebastián, objetivo reiterado del fascismo etarra; con Carlos París, en la trastiende de la hoy casi olvidada Librería Villalar, de la que yo era consejero; con Luis Carandell, a quien invitamos a cenar en el Restaurante Rojo, situado en la Plaza de España, y donde descubrimos la vacuidad y pedantería del personaje; con Pilar Brabo, dirigente estudiantil ya fallecida, con la que compartimos varios cafés y algunas confidencias en las mesas de Granja Terra; con Roberto Fernández de la Reguera, para tratar de imprimir, sin éxito, un nuevo rumbo, más vivo y progresista, a la Librería Villalar; con Pedro Gómez Bosque y Miguel Martín, en los primeros albores de la Junta Democrática, siempre recelosos de las intenciones y artimañas de García Trevijano etc. etc.

Y, por supuesto, cómo olvidar las reuniones organizadas por el Instituto Regional Castellano-Leonés, al que tanta vida dió y tanto tiempo dedicó Manolo Conde, artífice de una de las experiencias más interesantes de la epoca y que debiera ser restacada del olvido. José Luis fue en este sentido firme y decidido. Consciente de que la iniciativa del Instituto Regional era la que mejor se identificaba con los intereses de la región y podía abrir un futuro de esperanza, en el que eran impensables, por ausentes o desconocidos, muchos de los que después se han apropiado de la mortecina entidad regionalista, mi amigo Barrigón supo desde el momento dejar claro su distanciamiento frente a los propósitos de un tal Gonzalo Martínez, fanático debelador de democrátas y enemigo furibundo de la inteligencia, de embarcar en su proyecto de Partido regionalista, o algo así, a alguien tan distanciado de él como pueda estarlo España de Nueva Zelanda.

Es probable que, si dispusiera de más tiempo, la lista de sucesos o anécdotas vividas con José Luis daría para mucho más. Pues, aparte de cuanto me relacionó con él en los tiempos remotísimos ya del fin de franquismo y los inicios de la transición a la democracia, los vínculos se han enriquecido al compartirlos con Maria Antonia, tras unirme a ella en 1975, acompañado en el acontecimiento también por José Luis, quien, tal vez esto no lo sepa nadie, compró la cuna de madera pintada de azul en la que Ana y Fernando durmieron en sus primeros años. Son recuerdos de amigos, de amistad en la inquietud por los problemas vividos en la juventud y de amistad apoyada en la satisfacción pura y simple de la compañía.
Por eso, los nos sumamos a su felicidad cuando se casó, sabedores de la calidad de Julia y de lo bien que le iban a ir con ella las cosas; sentimos que dejara la Universidad, aunque no nos sorprendió en aquel ambiente de miseria y mediocridad en el que se le obligaba a trabajar; conocimos del feliz nacimiento de sus hijos; admiramos su esfuerzo para acceder al cuerpo de Registradores de la Propiedad; seguimos de cerca su periplo de idas y venidas, de destinos y proyectos. Nunca nos serían indiferentes ni su persona ni su familia, por más que las relaciones se distanciaran y los encuentros, cuando se realizaban de tarde en tarde, estuvieran sumidos en la fugacidad. Pero el afecto, a pesar de todo, no sufrió mella alguna. Por eso, cuando supimos de su enfermedad, el impacto fue tan brutal que quisimos rebelarnos contra el destino y el infortunio a que a veces están expuestos los seres a los que queremos. ¿Qué hacer en estas circunstancias?. Permanecer alerta, mostrar solidaridades y desear lo mejor.

Nos vimos por última vez un día de abril del año 1997. En el Café España, de la plaza de Fuente Dorada, a las 12 del mediodía. Cuando María Antonia y yo llegamos no nos sorprendió que estuviera hablando con alguien. Lo hacía apoyado en la barra y gesticulando con la sonrisa y la amabilidad de siempre. No recuerdo a quién nos presentó, pero lo que sí tenemos impresa en la memoria es una conversación increíble e inolvidable. Nada de enfermedad, nada de médicos, nada de tratamiento, nada de dolor, nada de tristeza. Sólo literatura, amor por la vida, recuerdos de los hijos, evocación de los amigos, placer por la conversación, anécdotas del trabajo. No había cambiado un ápice y hasta tal punto nos impresionó su coraje y su distanciamiento de los problemas que le aquejaban que llegamos a pensar que se había afortunadamente recuperado. Por eso, aunque no superaremos nunca su desaparición, tampoco se extinguirán jamás en nuestra memoria su cálido sentido del humor, la persuasión de su palabra y la ternura de su sonrisa.