26 de enero de 2009

PENSAR Y DECIDIR


El Norte de Castilla, 26 de Enero de 2009


Recientemente he seguido por televisión la entrevista que Antonio Sanjosé ha hecho, en su programa “Cara a cara” (CNN+), al ex ministro Jesús Caldera, presidente de la Fundación Ideas para el Progreso. En un determinado momento, el Sr. Caldera destacó que, entre los asesores con los que pensaba contar para dar ideas, estaba Paul Krugman, crítico implacable de la gestión presidencial de George W. Bush y Premio Nobel de Economía 2008, que se uniría a la prestigiosa relación de colaboradores, en la que figuran personajes tan relevantes como Joseph Stiglitz o Jeffrey Sachs, entre otros. A la pregunta del periodista sobre los motivos del fichaje del Nobel, el ilustre bejarano respondió que se debía al hecho de que “Krugman es un decidido defensor de las instituciones públicas y de los mecanismos de supervisión económica”. La obviedad elevada a la categoría de idea prodigiosa. Y seguramente cara.


Es una prueba más de por dónde va la moda de los “think tanks”- grupos, fundaciones o asociaciones encargadas de elaborar ideas orientadas al asesoramiento externo- que han proliferado por doquier, como los hongos en otoño. No hay partido político que se precie ni administración pública con pretensiones de lucimiento que no coloque en su nómina una representación de lo que consideran lo más granado de la intelectualidad, ya sea real o ficticia, para que les suministren ideas con las que construir un mundo de creatividades, innovaciones y futuros esperanzadores.


Aunque ocurre en todo tipo de circunstancias, se observa una tendencia a la proliferación cuando el panorama social y económico se ensombrece. Las situaciones de crisis e incertidumbre suelen ser propicias para que afloren iniciativas de esta naturaleza, que buscan, en medio del piélago de la confusión, crear un terreno estable en el que moverse con el deseo de recuperar la confianza perdida. Una confianza orientada tanto hacia el autoconvencimiento de quienes la promueven como de cara a cuantos en la sociedad muestran síntomas de inquietud, propensos a suavizarse cuando las medidas correctoras emanan de sesudos asesores dispuestos a respaldarlas con todo su prestigio y su poder de convicción mediática.


Y hasta tal punto acaban configurando una corte de asesoramiento poderosa que bien pronto se superpone a los órganos que en la estructura de los sistemas de gestión están, o debieran estar, encargados de afrontar, con su conocimiento de los problemas, sus fuentes de información y la propia competencia que se les presume, los desafíos cuya resolución se encomienda a los asesores. Bien es cierto que no tienen porqué colisionar entre sí, pero, en el caso de que así sea, no es improbable que el consejo cualificado prime sobre la opinión profesionalizada, con independencia de que eso suponga una infrautilización de las capacidades disponibles a la hora de perfilar las estrategias más convenientes en cada caso.


Esto es en teoría, porque la experiencia ofrece un balance que no siempre resulta tan satisfactorio como pudiera parecer. La cuestión estriba en saber hasta qué punto los instrumentos capacitados para este tipo de funciones - agencias ligadas a la administración pública dotadas con sólida capacidad para los estudios de prospectiva, sistema universitario, centros privados de investigación o, en determinados temas, ONGs especializadas – pueden ceder el paso con la suficiente garantía a modalidades de consulta creadas en función de la idoneidad de quienes son elegidos para ello aunque en la mayor parte de los casos deriven de la confianza personal y política, hasta el punto de quizá poner en entredicho alguno o todos de los tres requisitos indispensables para que una labor de asesoramiento sea tan consistente y fecunda como se desea.


Tres principios básicos se imponen, en efecto, para el correcto funcionamiento de una tarea abocada a esta finalidad, esto es, competencia, independencia y coherencia. Pueden darse aisladamente, pero de nada sirven si no están firmemente imbricados entre sí y procuran la garantía necesaria para que cumplan con honestidad la función asignada. Con gran acierto lo ha señalado Ralph Dahrendorf en su excelente obra ”La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación autoritaria” (Trotta, 2005), en la que hace un llamamiento a la defensa “irrenunciable” de la independencia y de la libertad frente al sesgo que pudiera condicionar una forma de entender el ejercicio intelectual sesgado a favor del cliente o legitimador de sus pretensiones. Son muchos los riesgos y las incógnitas que depara una acción de este tipo, tal y como vienen insistiendo muchos de cuantos han analizado en países emergentes de América Latina la actuación de los “think tanks”, cuyo balance es sumamente crítico.


Nada impide adoptar una actitud cautelosa ante la incidencia real que estas iniciativas, habitualmente bien retribuidas, pudieran tener, ya que uno no puede por menos de preguntarse: ¿para qué sirven los think tanks como fermento de ideas si éstas, en la mayor parte de los casos, como la experiencia avala, acaban volatilizándose en el aire?, ¿dónde están las fuentes del pensamiento que alimentan a la política que realmente se hace: en estos órganos de reflexión de cara a la galería o en los grupos de presión que todo lo controlan y que abogan por “el que todo cambie para que todo siga igual”, al más puro estilo Lampedusa?, ¿los partidos políticos son receptivos a lo que les sugieren estos líderes sin poder y que se afanan por ser escuchados, cuando en realidad sus voces claman en el desierto, aunque los fondos que reciban permitan sufragar ambiciosos programas de debate y reflexión para autoconvencerse de que aún siguen siendo alguien?