22 de junio de 2009

Julio Valdeón Baruque




El Norte de Castilla, 22 de Junio de 2009
Julio Valdeón Baruque (Olmedo, 1936) falleció el dia 21 de Junio de 2009 en Valladolid a los 72 años. Catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Valladolid, fue Premio Nacional de Historia 2004 y Premio Castilla y León de Ciencias Sociales. Ha sido uno de mis amigos más próximos y entrañables. Dos días antes de su muerte, envié este artículo al diario en el que colaboro, recordando, aún en vida, su figura y su obra.


He decidido escribir este artículo sobre Julio Valdeón Baruque por dos razones. La primera, porque hacia tiempo que lo deseaba después de tantos años de relación personal, que aportan una perspectiva más que suficiente sobre lo que esta relación ha dado de sí, apoyada en proyectos comunes, sensibilidades coincidentes, peripecias conjuntas y experiencias compartidas; y, la segunda, porque, ahora que la mirada se le pierde en el vacío y el murmullo apagado de su voz apenas deja intuir la palabra o la idea deseada, siento la necesidad de evocar las conversaciones mantenidas y brindarle, por si pudiera entenderme, el testimonio imperecedero de la memoria acumulada, del recuerdo que permanece sempervirente. Dirigido a él que tanto ha hablado y tanto ha escrito.

Ciertamente no podría entender aspectos esenciales de mi vida sin la amistad entrañable y sincera que he mantenido con Julio durante más de treinta años. Hemos visto, comentado, discutido y compartido de todo, y, lo que también es importante, sin fracturas en el tiempo ni en el sentimiento. Han sido relaciones imbricadas en el mundo de la proximidad casi cotidiana y a la par engarzadas por aspiraciones que trababan el ánimo merced a la ilusión mantenida en pro de objetivos que, aun lejanos en el calendario, reviven en la memoria como si del día en que sucedieron se tratase. No es, empero, el tiempo transcurrido lo que define la valoración que una persona pueda merecer sino la grandeza del balance de lo que ha hecho, analizado con visión retrospectiva y dentro del contexto en que ha tenido lugar.

Considero que el nombre de Julio Valdeón ha de ir siempre asociado a dos aspectos fundamentales: su decidido empeño por hacer del reconocimiento de la Historia un saber crítico al servicio de la formación integral del ciudadano y de una sociedad más consciente y solidaria, y su esforzada tarea como editor. Su relevancia como historiador es de sobra conocida y no hay más que observar la obra realizada y el palmarés conseguido para darse cuenta del alcance de sus aportaciones, que han logrado rebasar ampliamente nuestras fronteras. Mas no cabe duda que esa dedicación a la Historia tiene mucho que ver con su decidido propósito de reafirmar el valor de un enfoque riguroso de los hechos ocurridos frente a las pretensiones de mixtificación de que adolecen muchos de los argumentos utilizados para escribirla de manera sesgada. Congruente con este fin, luchó para que fuese herramienta convincente ante quienes en su momento trataron de cuestionar el sentido de Castilla y León como espacio integrado por la historia y plenamente justificado en su consideración como Comunidad Autónoma. Pocos como él supieron entender e interpretar lo que el espacio integrado por las nueve provincias que hoy la componen podría suponer como reafirmación de una personalidad histórica adaptada a las nuevas coordenadas de la España contemporánea. Sólo podía hacerlo quien estaba acreditado como excelente cultivador de la Historia, tarea en la que compartió inquietudes y sensibilidades con José Luis Martín, el inolvidable colega salmantino. Y es que “la Historia no puede ser utilizada para la defensa de intereses de grupo, so pena de vivir en el engaño y en la manipulación”, dijo en una conferencia pronunciada en Burgos cuando la experiencia castellana y leonesa comenzaba su entonces incierta singladura.

A partir de 1982, la experiencia de Ámbito comenzó también a cobrar cuerpo. Todo un tratado podría hacerse de lo que aquello representó cuando nadie creía que la iniciativa podía salir adelante. Y salió porque hubo quienes creyeron en ella, porque tuvo una capacidad movilizadora realmente insospechada y porque Julio Valdeón no se arredraba ante nada y ante nadie. Asumió la dirección de un proyecto colectivo, repleto de voluntarismo y no poca improvisación, aunque bien pronto logró fraguar porque sus obras se necesitaban, eran reclamadas por una sociedad ávida en conocimiento de sus personalidades ocultas o difuminadas, porque las instituciones creyeron en él y porque la dosis de generosidad de quienes colaboraron con la editorial supondrá para siempre una deuda impagable.

La crisis sufrida en 2006 le afectó profundamente e hizo mella en su salud, pero también le sirvió para conocer mejor a las personas, para discernir entre los que le apreciaban de verdad y quienes se servían de él, y a la vez superar esa dosis de ingenuidad que a menudo le llevó a no saber decir que no a sugerencias que no le favorecían. Esa etapa coincidió con el momento en que la niebla comenzó a inundar los paisajes lúcidos de su mente de siempre, hasta apoderarse de ellos. Mas para entonces las misiones importantes de su vida, intensa y fecunda, ya estaban cumplidas, y por doquier hay constancias fehacientes de lo que ha hecho, de cómo lo ha hecho y cuándo. A la postre, ha prevalecido su condición de universitario comprometido con un tiempo dilatado, que hunde sus raíces en los esfuerzos desplegados en la transición a la democracia y en el nacimiento de Castilla y León y que le permitieron superar, aunque sin olvidarlo, la tragedia vivida por su familia a comienzos de la guerra civil.

Acabo de hacerle una visita y, mientras escribo estas líneas, tras observar que me ha recibido con una sonrisa que ya no es la suya, me vienen de repente a la memoria tres momentos de la vida en los que su imagen emerge fresca, lúcida y atractiva. Recuerdo aquel singular mitin en Tordesillas en la primavera del 77, a punto de celebrarse las primeras elecciones de la naciente democracia, como senador en ciernes; la explicación minuciosa y concienzuda que nos dio a Carlos París, a José Luis Barrigón y a mí en la Librería Villalar cuando se estaba fraguando la España autonómica sobre lo que había significado la unión de León y Castilla; y, desde luego, aquellas inolvidables veladas frente al mar en los veranos de Llanes, cuando la juventud y la ilusión marcaban el horizonte de nuestras vidas profesionales y familiares.

17 de junio de 2009

¿Nos hace la globalización más vulnerables?


El Norte de Castilla, 17 de Junio de 2009



El mundo se ha hecho más pequeño y nosotros hemos agrandado nuestra perspectiva respecto a él. Conseguimos entender la distancia como una variable superada, que en poco condiciona la movilidad a gran escala mientras se afianza en nuestra mente la sensación de que nada de lo que ocurre más allá de nuestras fronteras nos es ajeno. Viajamos a largas distancias y, en apenas unas horas de viaje, lugares geográficamente remotos nos pueden ser tan familiares como las referencias espaciales que habitualmente nos resultan más afines. A medida que esto sucede aumenta en nosotros la sensación de que, controlando la percepción del espacio, los problemas que le aquejan, dada la simultaneidad del tiempo, nos pueden llegar a afectar de una u otra manera sin que podamos evitarlo. Nos hemos hecho inmunes a la distancia. La vecindad en el reconocimiento de los problemas se ha acabado imponiendo sobre la lejanía con que puedan tener lugar. Mc Luhan lo denominó la “aldea global”. Más propiamente cabría entenderlos como expresión del universo de lo inmediato.


Ahora bien, si las posturas ideológicas de cada cual relativizan la sensibilidad mostrada hacia la gravedad de la situación en que se encuentran los más desfavorecidos, generando solidaridades o indiferencias en quienes las sienten como parte o no de su percepción del mundo que les rodea, apenas hay matices entre unos y otros cuando nos damos cuenta de que situaciones críticas distantes en el espacio, que no distintas en la realidad, nos pueden hacer mella en un tiempo que somos incapaces de controlar de antemano. Lo mismo en Nueva York que en Madrid o en Yakarta las reacciones convergen ante un panorama de tragedias, amenazas o incertidumbres.


El impresionante caudal de información de que se dispone ayuda a que eso ocurra. La información es instantánea y, cuando transmite problemas y riesgos globales, lo hace con toda contundencia y con un efecto in crescendo, que no cesa de aumentar la magnitud del hecho hasta hacerlo tan agobiante como insoslayable. La propia noción de catástrofe se ha ido modificando al compás no tanto de sus manifestaciones más traumáticas como de la toma de conciencia de que los factores que las pueden provocar se escapan a los mecanismos habituales de control, lo que lleva a tener la sensación de que, aun no existiendo objetivamente los factores naturales que pudieran ocasionarlas, no se descarta la posibilidad de que ello pudiera ocurrir, al amparo de la visión de proximidad que aporta el conocimiento del hecho con independencia de donde suceda. ç


Hace unos meses la prensa estadounidense se ha hecho eco, algo sorprendente hasta ahora, de la conmoción provocada en la sociedad norteamericana por el terremoto que afectó al centro de Italia, con imágenes sobrecogedoras que han contribuido a la idea de que en Europa también puede suceder tragedias de efectos devastadores. Tragedias de las que tampoco se han visto liberados los Estados Unidos, donde las imágenes de la Nueva Orleáns asolada por el huracán siguen presentes en una sociedad en la que curiosamente son los riesgos los que promueven actitudes de solidaridad con el resto del mundo por encima de las que cupiera atribuir a las sensibilidades con los pobres de la Tierra. Ciertamente vivimos, en suma, en una época en la que la catástrofe, o la idea de poder sufrirla, no deja a casi nadie indiferente.


Y, dentro de las catástrofes, hay tres que con especial acuidad pueden llegar a desestabilizar, ya lo están haciendo, objetiva y subjetivamente, nuestras vidas. Ocurre con las manifestaciones asociadas, directa o indirectamente, a los siniestros de carácter climático en la idea de que pudieran deriva del calentamiento de la Tierra y de sus consecuencias a escala planetaria; está ocurriendo con la crisis económica, que ha convulsionado y puesto totalmente en entredicho la estructura de un modelo de internacionalización del capital apoyado en la especulación y en el descontrol, con gravísimas repercusiones para los trabajadores y las empresas; y ocurre ante todo con el accidente o la enfermedad, sin duda los riesgos que más nos inquietan y aterran. Conmocionados ante los accidentes aéreos, el temor por la pérdida de la salud explica el pánico surgido con la proliferación sorprendente del Ebola, permanentemente aflora cuando se habla del Sida que no cesa, hizo acto de presencia en nuestras pantallas cuando se descubrió el síndrome de Creufeldt-Jakob, el llamado mal de las vacas locas, o nos alarma sobremanera cuando se nos habla de la difusión incontrolada de los virus gripales que, pasando de los animales a las personas, o viceversa, y propensos a mutaciones imprevisibles, nos sitúan en un escenario de indefensión e incertidumbre, que la propia psicosis de alarma se encarga de alentar, incluso irracionalmente, sin dejarnos apenas otra capacidad de respuesta que la de la espera, la resignación o la confianza en que, al fin y con mucha suerte, no llegue a afectarnos.


La globalización y sus secuelas nos han aportado muchas cosas, contradictorias entre sí pero ineludibles en un contexto de mundialización económica e informativa imposible de neutralizar. Mas de lo que no cabe duda es que, en cuanto a la percepción que tenemos del peligro, nos coloca en una posición de gran fragilidad, posiblemente exagerada y no tanto porque a veces podamos desconfiar de los medios capaces de neutralizarlo como por el hecho de que nuestra capacidad psicológica de resistencia se ha ido debilitando a medida que se afianza el convencimiento de que lo que pasa lejos puede ocurrir también cerca, en nuestro entorno más próximo, en cualquier momento y sin que podamos evitarlo.