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Julio Valdeón Baruque

Tertulia de los sábados en el Imperial. De izquierda a derecha, Domingo Sánchez Zurro, Julio Valdeón, Jose G. Martín Moreno, Domingo Sanjuán, Fernando Manero, Miguel Sánchez-Friera y Justo de Pablo (7 de Diciembre de 2007)


El Norte de Castilla, 22 de Junio de 2009


Julio Valdeón Baruque (Olmedo, 1936) falleció el dia 21 de Junio de 2009 en Valladolid a los 72 años. Catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Valladolid, fue Premio Nacional de Historia 2004 y Premio Castilla y León de Ciencias Sociales. Ha sido uno de mis amigos más próximos y entrañables. Dos días antes de su muerte, envié este artículo al diario en el que colaboro, recordando, aún en vida, su figura y su obra.



He decidido escribir este artículo sobre Julio Valdeón Baruque por dos razones. La primera, porque hacia tiempo que lo deseaba después de tantos años de relación personal, que aportan una perspectiva más que suficiente sobre lo que esta relación ha dado de sí, apoyada en proyectos comunes, sensibilidades coincidentes, peripecias conjuntas y experiencias compartidas; y, la segunda, porque, ahora que la mirada se le pierde en el vacío y el murmullo apagado de su voz apenas deja intuir la palabra o la idea deseada, siento la necesidad de evocar las conversaciones mantenidas y brindarle, por si pudiera entenderme, el testimonio imperecedero de la memoria acumulada, del recuerdo que permanece sempervirente. Dirigido a él que tanto ha hablado y tanto ha escrito.


Ciertamente no podría entender aspectos esenciales de mi vida sin la amistad entrañable y sincera que he mantenido con Julio durante más de treinta años. Hemos visto, comentado, discutido y compartido de todo, y, lo que también es importante, sin fracturas en el tiempo ni en el sentimiento. Han sido relaciones imbricadas en el mundo de la proximidad casi cotidiana y a la par engarzadas por aspiraciones que trababan el ánimo merced a la ilusión mantenida en pro de objetivos que, aun lejanos en el calendario, reviven en la memoria como si del día en que sucedieron se tratase. No es, empero, el tiempo transcurrido lo que define la valoración que una persona pueda merecer sino la grandeza del balance de lo que ha hecho, analizado con visión retrospectiva y dentro del contexto en que ha tenido lugar.


Considero que el nombre de Julio Valdeón ha de ir siempre asociado a dos aspectos fundamentales: su decidido empeño por hacer del reconocimiento de la Historia un saber crítico al servicio de la formación integral del ciudadano y de una sociedad más consciente y solidaria, y su esforzada tarea como editor. Su relevancia como historiador es de sobra conocida y no hay más que observar la obra realizada y el palmarés conseguido para darse cuenta del alcance de sus aportaciones, que han logrado rebasar ampliamente nuestras fronteras. Mas no cabe duda que esa dedicación a la Historia tiene mucho que ver con su decidido propósito de reafirmar el valor de un enfoque riguroso de los hechos ocurridos frente a las pretensiones de mixtificación de que adolecen muchos de los argumentos utilizados para escribirla de manera sesgada. Congruente con este fin, luchó para que fuese herramienta convincente ante quienes en su momento trataron de cuestionar el sentido de Castilla y León como espacio integrado por la historia y plenamente justificado en su consideración como Comunidad Autónoma. Pocos como él supieron entender e interpretar lo que el espacio integrado por las nueve provincias que hoy la componen podría suponer como reafirmación de una personalidad histórica adaptada a las nuevas coordenadas de la España contemporánea. Sólo podía hacerlo quien estaba acreditado como excelente cultivador de la Historia, tarea en la que compartió inquietudes y sensibilidades con José Luis Martín, el inolvidable colega salmantino. Y es que “la Historia no puede ser utilizada para la defensa de intereses de grupo, so pena de vivir en el engaño y en la manipulación”, dijo en una conferencia pronunciada en Burgos cuando la experiencia castellana y leonesa comenzaba su entonces incierta singladura.


A partir de 1982, la experiencia de Ámbito comenzó también a cobrar cuerpo. Todo un tratado podría hacerse de lo que aquello representó cuando nadie creía que la iniciativa podía salir adelante. Y salió porque hubo quienes creyeron en ella, porque tuvo una capacidad movilizadora realmente insospechada y porque Julio Valdeón no se arredraba ante nada y ante nadie. Asumió la dirección de un proyecto colectivo, repleto de voluntarismo y no poca improvisación, aunque bien pronto logró fraguar porque sus obras se necesitaban, eran reclamadas por una sociedad ávida en conocimiento de sus personalidades ocultas o difuminadas, porque las instituciones creyeron en él y porque la dosis de generosidad de quienes colaboraron con la editorial supondrá para siempre una deuda impagable.


La crisis sufrida en 2006 le afectó profundamente e hizo mella en su salud, pero también le sirvió para conocer mejor a las personas, para discernir entre los que le apreciaban de verdad y quienes se servían de él, y a la vez superar esa dosis de ingenuidad que a menudo le llevó a no saber decir que no a sugerencias que no le favorecían. Esa etapa coincidió con el momento en que la niebla comenzó a inundar los paisajes lúcidos de su mente de siempre, hasta apoderarse de ellos. Mas para entonces las misiones importantes de su vida, intensa y fecunda, ya estaban cumplidas, y por doquier hay constancias fehacientes de lo que ha hecho, de cómo lo ha hecho y cuándo. A la postre, ha prevalecido su condición de universitario comprometido con un tiempo dilatado, que hunde sus raíces en los esfuerzos desplegados en la transición a la democracia y en el nacimiento de Castilla y León y que le permitieron superar, aunque sin olvidarlo, la tragedia vivida por su familia a comienzos de la guerra civil.


Acabo de hacerle una visita y, mientras escribo estas líneas, tras observar que me ha recibido con una sonrisa que ya no es la suya, me vienen de repente a la memoria tres momentos de la vida en los que su imagen emerge fresca, lúcida y atractiva. Recuerdo aquel singular mitin en Tordesillas en la primavera del 77, a punto de celebrarse las primeras elecciones de la naciente democracia, como senador en ciernes; la explicación minuciosa y concienzuda que nos dio a Carlos París, a José Luis Barrigón y a mí en la Librería Villalar cuando se estaba fraguando la España autonómica sobre lo que había significado la unión de León y Castilla; y, desde luego, aquellas inolvidables veladas frente al mar en los veranos de Llanes, cuando la juventud y la ilusión marcaban el horizonte de nuestras vidas profesionales y familiares.

2 comentarios:

* HADA ISOL dijo...

Me has conmovido mucho! que privilegio han tenido ambos al poder mantener una amistad a lo largo de tantos años,el homenaje que le hiciste me hace conocer a este magnifico amigo tuyo y admirarlo profundamente,mi más sentido pésame.

Poli dijo...

Coincido con Hada, cuando dice que tanto sentimiento plasmado aquí hace a uno conocerlo, pero también me hace concerte más a vos y confirmar mi admiración a tu estilo, a tu manera de escribir. No sabía de este lugar, de estas miradas sin fronteras.
Mi más sentido pésame.
Gracias por compartirlo.
Un abrazo.
Poli

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