miércoles

El último viaje con Julio Valdeón

El Mundo-Diario de Valladolid, 8 de Julio de 2009



El lunes 4 de Diciembre de 2006 Julio Valdeón Baruque condujo su automóvil por última vez. Juntos efectuamos viaje a León para acudir a una cita relacionada con la difícil situación financiera que por aquel entonces atravesaba la Editorial Ámbito. Se trataba de una visita obligada por las circunstancias, que debíamos hacer para afrontar el proceloso desafío jurídico que, unos días antes, se había iniciado con la presentación del concurso voluntario de acreedores. Aunque la convocatoria se la hicieron a él personalmente, decidí acompañarle para que se sintiera reconfortado en una situación tan complicada. Mas también he de reconocer que me apetecía compartir esa experiencia después de tanto tiempo de no haber tenido la oportunidad de entablar con calma una conversación que echaba de menos.


Todos sabemos hasta qué punto compartir un viaje significa disponer de libertad para que, al amparo de la confianza y del tiempo disponible, los recuerdos emerjan sin esfuerzo y con espontaneidad. Cuando la amistad arropa el encuentro viajero desaparecen las inhibiciones y salen a flor de piel las palabras, las vivencias, los nombres que cada cual desea recordar. La libertad se impone al formalismo. El trayecto no era largo, pero la moderada conducción que solía practicar el historiador lo ampliaba sobremanera. Al tiempo, el acompañamiento musical inducía al sosiego mientras se buscaba la pieza deseada, cuya selección no suscitaba polémica alguna pues los gustos y las aficiones eran archiconocidos. Recorrer Tierra de Campos a los sones de la copla española o del tango rioplatense, siempre a partir de la autenticidad de quienes los entonaban, suponía una sensación algo extraña, pero muy agradable. Era el adecuado complemento que reclamaba el deseo de hacer lo que más apetecía, sin otra pretensión que la de pasar el tiempo de la forma más grata posible ante lo que se venía encima.


Música acogedora y paisaje familiar fueron propicios ingredientes para la comunicación y el reencuentro deliberadamente buscado. Tan tensos e incómodos habían sido los meses anteriores que se imponía el paréntesis y dar rienda suelta a la imaginación, aprovechando que ésta podría nutrirse de un sinfín de experiencias acumuladas que nada tenían que ver con los sinsabores que en ese momento justificaban el desplazamiento a la ciudad del Bernesga. Durante un tiempo quedaron al margen para ser enseguida y sin interrupción arrumbados por un impresionante caudal de anécdotas, hechos y personajes que, en la memoria de Julio Valdeón, bullían como en torbellino ante la necesidad de ser expresados con el afecto y el reconocimiento que siempre ponía en todo aquello que suscitaba su interés.


Sin necesidad de guión previo, el rumbo de la conversación estuvo marcado por la percepción que del tiempo genera la vida de las personas. En cierto modo, quise ser en aquella ocasión compañero de viaje en la recuperación de los recuerdos que en mayor medida lograron enaltecer la figura y la obra de Julio; de ahí que, con gran respeto a quien siempre me honró con su amistad y su confianza, fuimos desgranando las peripecias que fraguaron una personalidad y una manera singular de entender el trabajo y las relaciones con el mundo que le rodeaba. Salieron a relucir los años duros de la Plaza del Salvador, de cuando data la relación sempiterna mantenida con Domingo Sánchez Zurro. La importancia que siempre asignó a su mundo de la infancia nos transmitió a quienes no lo conocimos la sensación de lo que era el entorno en el que se desenvolvían los niños de la postguerra, personificados sin paliativos en el hombre que nos ocupa.


Pocas alusiones hacía, sin embargo, a sus años de estudiante, apenas esbozados en la somera referencia que publicó con motivo del centenario del Instituto Zorrilla, y, desde luego, esporádicas eran las evocaciones a la Universidad de la época, de la que siempre traía a colación la peculiar forma de explicar de algunos profesores, sin merma del respeto que le merecieron. Lo que sí importaba entonces era el descubrimiento de la amistad, de aquella que le llevó a entablar un vínculo casi fraternal con Justo de Pablo, cuya lealtad no creo que llegase a reconocer nunca de manera suficiente. Esta etapa fue objeto de comentario en la parada de Medina de Rioseco, que no olvidaré. Hacia frío, la ciudad del Almirante estaba desierta. Entramos en un café, sentimos el calor del ambiente y no pudimos reprimir el disfrute – él más que yo- de la bollería, mientras salían a relucir los nombres de Floriano, de Watemberg, de Palol, de Martín Galindo y de García Fernández. Qué tiempos aquellos.


Después vinieron las menciones a Palencia, a Madrid y, sobre todo, a Sevilla. La ciudad del Guadalquivir ha estado omnipresente en la vida de Julio y Maria Elena. Una etapa feliz, venturosa, de buenos amigos y mejores satisfacciones de todo orden. Se resume fácilmente en palabras complacientes, que dan de sí lo que la juventud permite en una ciudad que brinda tantas cosas a quien sabe descubrirla. Pero la etapa en la que la memoria más tiempo se detiene es sin duda en la de Valladolid. La más larga, la más intensa, la más fecunda. En todos los sentidos y perspectivas. Es la que mejor conozco y en la que siempre sus amigos hemos procurado que se sintiera más confortable y reconocido. Con el bagaje acumulado en sus jalones profesionales previos, no es difícil entender esa reiteración que Valdeón hacía sobre personajes que le dejaron huella imborrable: a él e, indirectamente, a quienes le escuchaban. Las menciones a Ramón Carande, a Emilio Lledó, a Don Claudio (Sánchez Albornoz), a Reyna Pastor, a Manuel Tuñón de Lara... eran tan frecuentes como las anécdotas que de ellos fluían y que nos sabemos de memoria. De nuevo me recordó que Carande conoció a Lenin en Ginebra, que Tuñón, cuando ya le quedaba poco de vida, le dijo “qué joven eres, podrás ver lo que va ocurrir en la Unión Soviética tras la caída del muro de Berlín”, sin olvidar la atinada reflexión de Don Claudio cuando, al llegar a España después de muchos años de exilio, se percató de que “las mujeres llevaban las faldas más cortas que en tiempos de la República”.


El mundo que se le abrió en Valladolid conllevó nuevas perspectivas que se añadieron a las anteriores, aunque obviamente determinadas por el momento político que obligaba a asumir nuevos compromisos y nuevas relaciones. Muchas experiencias compartimos por aquel entonces y también en el viaje de referencia volvieron, parcialmente a la luz. Recordamos nombres emblemáticos, como los de José Luis Barrigón, Miguel Martín, Marino Barbero, Pedro Gómez Bosque, José Luis Martín, Pablo Rodríguez (Blas Pajarero), Francisco Tomás y Valiente, cuyo asesinato nos desgarró en su día. Nombres en el recuerdo que, al mencionarlos, provocaban en Julio esa mirada de emoción contenida que venía acompañada por el silencio y el ademán afirmativo. Recordamos las elecciones del setenta y siete, las primeras concentraciones de Villalar, las reuniones de los amigos, siempre en pos del agua vivificadora, los esfuerzos por hacer de las tierras de Castilla y las tierras de León un espacio de encuentro asentado en la experiencia histórica y en el sentido común. Al llegar a Mansilla de las Mulas salió a relucir de nuevo Don Claudio y su famosa frase sobre los años transcurridos desde “la unión fraterna de León y de Castilla”, sobre la que podía estar hablando hasta la extenuación.


Y, ya, al dar acceso al altozano desde el que se divisa la ciudad de León, y a modo de preparatorio del encuentro con la entidad financiera convocante de la cita, se habló de Ámbito, muy de pasada, pues ya el tema le resultaba emocionalmente desestabilizador. Yo le tranquilicé porque nada había que temer. “Tranquilo, Julio, que todo va a salir bien”. Entonces, recordó a Gonzalo Blanco y a Ovidio Fernández Carnero, recordó a Ibarretxe, como uno de los responsables de la edición del Madoz del Pais Vasco, recordó los actos de presentación multitudinarios y, mientras aparcaba en la Plaza de Santo Domingo, recordó a Don Antonino Fernández y a su campaña de mecenazgo a favor de la reina Isabel de Castilla. Todo se agolpaba en la mente de Julio cuando su mente comenzaba ya a flaquear, aturdida por lo que no conseguía entender, por más que lo intentase. Desde ese momento apenas habló. En el camino de vuelta, las nubes y el sol de primera hora de la tarde dibujaban un panorama espectacular de colores y contrastes en la llanura terracampina, mientras El Pali y Gardel colmaban el ambiente con melodías que nos transportaban a otros espacios. Pero estábamos en éste, en ese trayecto de las amplias llanuras alomadas, tantas veces frecuentado y que Julio Valdeón recorrió entonces conmigo por última vez.

3 comentarios:

Cornelivs dijo...

Observo, conmovido, que sigues acordándote de tu amigo, el fallecido Julio. Si, Fernando: me conmueve esa fidelidad del recuerdo a esa noble y varonil amistad hacia el amigo que se fue.

Cosa extraña (por desgbracia), pero harto meritoria y loable en esta época.

En Andalucia hay una frase que decimos a menudo cuando queremos resaltar a esa fidelidad: "ese es... amigo de sus amigos". Con eso está dicho todo, en el mejor sentido.

Sobre la amistad, he aqui un enlace de un post que hice hace poquitos dias. Sobre la amistad. Pensé que la poesia era de Borges; luego resultó NO ser de Borges, y lo hice constar así en la propia entrada. Pero, sea cual fuere su autor, el texto me pareció digno de resaltar.

Si puedes, leelo. Es muy bello.

Como ves, te sigo tambien en este blog.

Un fuerte abrazo.

Cornelivs dijo...

Olvidé ponerte el enlace.

Helo aqui:

http://cornelivs.blogspot.com/2009/07/de-borges-para-los-amigos.html

Reitero mi abrazo.

Miguel Ángel dijo...

Recordar es revivir. Y recordar es volver a pasar por el corazón lo que el corazón retiene. Y si lo retiene es que estuvo en él y ahí continúa estando.

Julio estaba en ti, Fernando, de una manera maravillosa. Simpatía, empatía, compasión giran entorno al mismo gozo, roce, sufrimiento, de quienes son almas gemelas? No sé si tanto, pero en tu relato algo hay de esto, algo se desprende…

Presumo que más que cosas en común, fuisteis “comunes”. Eso es amistad.

Julio seguirá estando, en cuanto hizo y ahí queda; también porque tú le estás trayendo al ahora, desde el recuerdo, desde el cariño, desde la nostalgia, desde tu corazón.

Gracias, una vez más, Fernando, por ser tan “humano”.

Publicar un comentario en la entrada