31 de diciembre de 2009

Lo pequeño es hermoso



El Norte de Castilla, 31 de Diciembre de 2009
No hace mucho comenté en estas páginas que las fotografías son documentos singulares que evidencian la elección de un momento y de un objeto con el propósito de que perduren en la memoria y reproduzcan para quien los realiza y quienes los contemplan las sensaciones que motivaron su registro para siempre. Pero la fotografía es también algo más: sirve para aproximarnos a las realidades y a los valores que a menudo son desestimados o que pasan desapercibidos. Los recupera, los enaltece, a la par que los procura esa perspectiva generadora de nuevas sensibilidades, que nos hacen más cultos y respetuosos con nuestro entorno.


Desde luego, no podría entenderse de otro modo la gran aportación que a la cultura fotográfica ha hecho Justino Diez, cuyas cualidades ya conocía y que he visto de nuevo ratificadas con creces en la magnífica exposición que, con el título “Flora Humilis” ha concebido y presenta en el Centro de Propuestas Ambientales Educativas (PRAE) de la Junta de Castilla y León. Es de visita obligada (hasta el 17 de Enero). He ahí con toda su naturalidad la vegetación en el centro del objetivo, seleccionada con esmero a fin de desentrañar el sinfín de matices que toda planta encierra, incluso la más insignificante. Pues no hay elemento botánico que no merezca ser visualizado tanto en su apariencia externa como en las sutilezas de sus detalles y particularidades, difíciles de descubrir si no se examinan con atención, con el ojo escrutador que se sumerge en el fondo de la forma hasta hacer de ambos una estructura visual de gran poder educativo. Y a su lado aparece el ser humano, entusiasta y sensible, entendido desde la conciencia de lo que tiene entre manos. Rostros de todas las edades, expresiones que denotan experiencia, sabiduría y buen hacer. Placer por encontrarse en el lugar y ante el motivo que da razón a sus vidas. Gentes que mantienen con las plantas vínculos de complicidad que sólo ellos conocen y que cuidadosamente resumen en los textos que acompañan la imagen del binomio construido en cada caso. Son textos expresivos, unidos entre sí por un aspecto que los engarza: la concepción de la planta como recurso natural y como motivo de vida, ya que no otra conclusión se extrae de la intimidad con la que cada persona entiende su relación con el elemento vegetal que le identifica y del que forma parte.


Con todos estos ingredientes, Justino Diez ha puesto la fotografía al servicio de una causa noble, que bien justifica el tesón y la paciencia que normalmente suele requerir la búsqueda de la perfección cuando se trata de valorizar realidades que con harta frecuencia son subestimadas, por más que se acrediten como los pilares de nuestro conocimiento de la realidad natural, dotada de posibilidades – científicas, económicas y culturales - infinitas. Descubrir la riqueza que ofrecen las diferentes formas de relación entre la persona y el hecho vegetal constituye una proeza cuando se evita la simplificación y cada fotografía es merecedora de una interpretación individualizada. Es una de las muestras de fotografía más hermosas e ilustrativas que he visto nunca. Aúna calidad y belleza con lección y sensibilidad. Imbrica referencia científica y advertencia sobre su envergadura ambiental y cultural. Impresionan los motivos elegidos, las técnicas utilizadas, la selección de los textos. Pero el argumento trasciende a la planta como tema central. Es la simbiosis entre la persona, con su rostro y su expresividad específica, y la naturaleza. Esa simbiosis que permite valorar lo que realmente significan las relaciones entre las sociedades y la botánica, fraguadas en los paisajes asombrosos de Castilla y León, al tiempo que consigue transmitir un mensaje en pro de la preservación de los valores que las cosas pequeñas encierran, hasta convertirlas en grandes cuando se las identifica como tales. Y es que, como bien se sabe, the small is beatiful.

23 de diciembre de 2009

Andrzej Dembicz (1939-2009): el geógrafo que descubrió América Latina en la Europa del Este

La primera vez que oí hablar de Andrzej Dembicz  fue en una conversación mantenida a comienzos de los años noventa con Miguel Panadero Moya, Catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Castilla- La Mancha con ocasión de un encuentro en Madrid sobre cuestiones relacionadas con América Latina. Sus comentarios crearon en mí la curiosidad de conocer más a fondo la personalidad de un colega polaco que había dedicado su vida profesional al conocimiento y estudio de la realidad latinoamericana en un país que por entonces estaba abriéndose a nuevos horizontes políticos y culturales y cuya transición a la democracia no dejaba de suscitar también gran interés. Ambas motivaciones me llevaron a asistir en Varsovia, en el verano de 1995, a una reunión del Centro de Estudios Latinoamericanos, convocada por el propio Dembicz, y que por vez primera me permitió conocer aspectos esenciales de Polonia que siempre identificaré con  la figura y la personalidad de Andrzej, así como las gratas experiencias vividas a su lado. Desde entonces mantuve con él una relación muy cordial que, tanto humana como profesionalmente, me deparó numerosas satisfacciones. Tantas como las que pueda proporcionar una personalidad que hizo de la Geografía una preocupación intelectual permanente, enriquecida con el compromiso que al tiempo le llevaría a la defensa de la libertad en su país y al impulso de las investigaciones sobre América Latina con un balance muy meritorio  y aportaciones valiosas, coherentes con una trayectoria académica y científica digna de ser resaltada. 
            Nació en un momento especialmente crítico de la historia polaca: el 3 de julio de 1939 en la ciudad de Kowel, actualmente en la República de Ucrania. En 1963 recibiría el título de Maestro en Geografía en el Instituto de Geografía de la Universidad de Varsovia, actualmente Facultad de Geografía y Estudios Regionales, para alcanzar el grado de Doctor en 1973 y acceder en 1984 a la Cátedra de Geografía de dicha Universidad. La labor realizada en esa Institución ha sido realmente ecomiable. En ella desempeñó la Dirección del  Departamento de Estudios Regionales sobre América Latina (1988-1991) y la del Instituto de las Américas y Europa (2002-2007), que compatibilizó con la responsabilidad máxima del  Centro de Estudios Latinoamericanos (CESLA UV), desde el momento de su creación en 1988. Mas uno de sus mayores orgullos lo tuvo cuando ocupó entre 2001-2007 la Presidencia  del Consejo Europeo de Investigaciones Sociales de Amé­rica Latina (CEISAL), mientras ejerció un protagonismo clave en la organización y promoción de los Congresos Internacionales de Americanistas, entre ellos el celebrado en Varsovia en 2000,  y que recuerdo especialmente por el nivel intelectual y la hospitalidad con que fue realizado. Esta dedicación a las investigaciones sobre América Latina representa una constante en su vida y en el despliegue de su labor intelectual, que ofrece manifestaciones explícitas en sus responsabilidades como director de Revistas científicas, de merecido reconocimiento en el ámbito de esta línea de trabajo. No en vano a Dembicz se debe la proyección de tres importantes publicaciones periódicas: Actas Latinoamericanas de Varsovia (1984-1995), Ameryka Lacinska (1994-2002) y  la Revista del CESLA desde 2000. 
            Esta orientación científica, claramente centrada en la temática latinoamericana, no puede entenderse al margen de una vinculación intelectual muy estrecha con el conocimiento de las realidades territoriales en las que centró sus preocupaciones científicas desde los inicios de su carrera profesional.  El punto de partida habría que encontrarlo en los trabajos realizados a mediados de los sesenta, como becario del gobierno cubano, sobre Cuba y el Caribe, que posteriormente ampliaría a México y a diversos países de la América meridional. Los principales  proyectos llevados a cabo a lo largo de su vida dan fiel testimonio de una especialización bien definida en torno a cuatro líneas de investigación preeminentes, en las que lograría relevantes aportaciones: el análisis de los sistemas de producción y organización de las actividades agrarias en el ámbito tropical; la interpretación de las transformaciones sociales en el contexto de los cambios ocurridos en las actividades económicas y en los procesos de reestructuración territorial asociados a ellas; la valoración del significado de los procesos de integración económica acometidos en el continente, como expresión de una voluntad política sustentada en la necesidad de  fortalecer la articulación de los mercados; y, de forma llamativamente pionera, la explicación de los vínculos interculturales – definido por él como “Diálogo Interregional”- construidos entre América Latina y la Europa Centro-Oriental, lo que, a la postre, hizo de Dembicz un precursor de las iniciativas que en ese sector de Europa supieron comprender la importancia de Latinoamérica como objeto de ininterrumpida preocupación cultural y científica. El balance ofrecido por su obra no le va a la zaga. Trescientos títulos en su bibliografía dan buena idea del formidable esfuerzo efectuado, entre los que destacan un total de 49 libros, bien como autor o editor, y doscientos artículos científicos, cincuenta de ellos en revistas extranjeras.
            Las relaciones con el mundo trasatlántico le abrieron a un amplio abanico de experiencias tanto de trabajos de campo, efectuados periódicamente en una docena de países, como de activa colaboración profesional. Así, tras iniciar su experiencia en este sentido como Profesor visitante en la Academia de Ciencias de Cuba y en la Universidad de la Habana en 1969, desempeñaría funciones similares en México (Universidad Autónoma del Estado de México y en la UNAM), en Argentina (Universidad Nacional del Comahue) y en Brasil (Pontificia Universidade Católica de Săo Paulo y  Universidade do Estado do Rio de Janeiro). Estos vínculos académicos cristalizaron al tiempo en reconocimientos que no hacían sino avalar su prestigio humano y profesional. En 1977 fue condecorado en Cuba con la Medalla del XX Aniversario, recibiendo en 1985 el Doctorado Honoris Causa por la Universidad Autónoma del Estado de México en Toluca. Años después en Perú, donde figuraba desde 1970 como Miembro Correspondiente de la Sociedad Geográfica de Lima, se le otorgó la Orden del Mérito de la República, mientras en Brasil le fue impuesta la Orden Cruzeiro do Sul en 2002, recibiendo un  año después la Medalla de la Universidad de Chile. Méritos de los que, en fin,  también se haría acreedor en la Europa del Este, al serle otorgadas la Medalla de la Universidad Económica de Bratislava (2000) y la  Cruz de Caballero de la Orden del Renacimiento de Polonia (2004).

            En medio de ese panorama de trabajo incesante, tuvo en septiembre de 2001 la oportunidad de acercarse a Valladolid, donde actuó como ponente invitado en el VI Congreso de Geografía de América Latina, que tuvo lugar en esta ciudad y en Tordesillas. Acompañado de su esposa, compartió con nosotros momentos muy agradables, mientras descubría lo mucho que encierran estas tierras que no habia recorrido hasta entonces. Quedó impresionado en la visita que hicimos al Archivo General de Simancas, de cuya importancia en la historia americana tenía noticia cabal. Me confesó sentirse emocionado mientras recorría sus impresionantes salas. “Nunca pensé que iba a estar aquí”, me señaló en voz baja. Es una de las grandes satisfacciones que le deparó uno de sus últimos viajes a España, y que había prometido repetir cuando tuviera ocasión. Desgraciadamente, no ha ocurrido. Por eso, cuando me informaron sus colegas eslovacos de que había fallecido en Varsovia el 29 de noviembre de 2009 tuve, aparte del dolor personal, la sensación de que la Geografía - en particular, la dedicada al conocimiento de la realidad latinoamericana -  había sufrido una grave e irreparable pérdida.  

7 de diciembre de 2009

África a la deriva, África codiciada


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El Norte de Castilla, 7 de Diciembre de 2009
Países que no lo son, sociedades desestructuradas y en conflicto permanente, Estados instrumentalizados por potencias extranjeras e incapaces de controlar sus propios territorios, administraciones corruptas e insensibles a los problemas de sus ciudadanos, catástrofes que perduran en el tiempo sin que el tiempo consiga amortiguarlas ni, menos aún, ponerlas fin. Desolación y sufrimiento sin paliativos, impotencia ante la dificultad, miserias por doquier. Tal es el panorama que impera en el África de nuestros días, en ese continente donde ningún Estado puede homologarse en puridad con lo que entendemos como tal en nuestro mundo de solidaridades internas y estables al amparo de una ley respetada.

¿Qué ha pasado para que el continente en el que aún destaca la figura política ejemplar de Nelson Mandela, y al que Patricio Lumumba definió como el “futuro del mundo”, tras brindar entusiasmado por la independencia del Congo, vague a la deriva, incapaz de asumir su propio futuro y a merced de todas las ambiciones que en torno a él se concitan?. La historia constituye siempre la herramienta a la que recurrir para encontrar una explicación lógica a los procesos que transforman las sociedades y sus espacios, elevando a la categoría de justificación convincente lo que no es sino la interpretación sin ambigüedades de los factores que en su secuencia temporal han ido construyendo las relaciones de poder, complicidad y dominación en un mundo que desde el siglo XVI, desde que el continente africano padeció el terrible desgarro del tráfico humano esclavista, ha encontrado siempre en África las fuentes de provisión de cuanto necesitaba y al menor costo posible. Desposeídos de sus tierras, infravalorados como seres humanos, estigmatizados por los prejuicios raciales más abyectos, los africanos han sido víctimas de su situación geográfica, de la magnitud y variedad de su riqueza y del entramado de intereses exteriores y afanes incontrolados de enriquecimiento de que han hecho gala sus propios dirigentes corruptos. Todo un cúmulo, pues, de circunstancias que han convertido al continente en el escenario propicio para el saqueo permanente, un inmenso botín susceptible de ser obtenido sin pudor mediante procedimientos que siempre han primado el corto plazo y la satisfacción lo más lucrativa posible por parte de quienes lo han controlado a lo largo de las diferentes fases del expolio y en estrecha relación con los ciclos económicos marcados por el aprovechamiento de cada recurso, ya fuese humano, minero, agrario, pesquero o cultural.

Con palabras premonitorias ya lo advirtió a comienzos de los sesenta René Dumont cuando publicó “L’Afrique noire est mal partie” (“África negra ha empezado mal”) una obra emblemática sobre el tema, planteada desde la perspectiva de un agrónomo, con sólidos conocimientos geográficos e históricos, que, tras analizar a fondo las características y resultados del proceso de descolonización, advertía sobre los riesgos y las amenazas a que se enfrentaban los nuevos países. Sus pronósticos se han cumplido al pie de la letra, e incluso en algunos aspectos se han quedado por debajo de lo sucedido realmente si tenemos en cuenta el nivel de degradación a que han llegado las prácticas llevadas a cabo de forma generalizada. Descarnadamente y con meticulosidad las ha descrito François-Xavier Verschave en su impresionante “De la Françafrique à la Mafiafrique” (2004), sobrecogedor compendio de las actuaciones acometidas por Francia en el amplio número de países con los que ha mantenido una vinculación neocolonial durante décadas, incluyendo las relaciones con su gran aliado del Norte, el reino de Marruecos, cuyas actuaciones ilegales y ominosas en el Sahara Occidental, respaldadas sin fisuras por los gobiernos franceses, se inscriben precisamente en este contexto de vínculos inconfesables, aunque decisivos para entender el actual estado de las cosas y su rechazo a la legalidad internacional.

La historia se mantiene porque la base institucional capaz de orientar los procesos de otra manera se ha debilitado enormemente o se ha doblegado a las presiones externas o simplemente ha desaparecido. A los ciclos, ya clásicos, determinados por el expolio minero, agroforestal o marino, e intensificados en función de los comportamientos de una demanda insaciable, se ha superpuesto en nuestros días lo que algunos autores han llegado a denominar el “rapto definitivo de África”. Con ello se hace referencia a la compra masiva de tierras que los Gobiernos enajenan al margen por completo de los intereses y las necesidades de la población, con especial menosprecio a las comunidades indígenas. La FAO ha llamado la atención sobre este tema, que alcanza umbrales escalofriantes, aunque manifiesta no poder hacer nada por evitarlo. En los últimos cuatro años cerca de 70.000 millones de dólares se han invertido en la adquisición de tierras por parte de empresas controladas por los gobiernos (State-Owned Enterprises) al servicio de los intereses de poderosas firmas transnacionales, entre las que sobresalen las grandes de la energía o las auspiciadas por China, cuya presencia en África alcanza niveles de magnitud insospechados y acorde con la lógica del lucro máximo. Ante un panorama en el que el sistema de poder está mediatizado por la corrupción y la connivencia espuria entre lo público y lo privado no cabe entender de otra forma la plena sumisión de África al círculo vicioso del subdesarrollo, responsable de ese caldo de cultivo en el que hacen acto de presencia y se agravan la corrupción, el pillaje y la criminalidad.