12 de diciembre de 2013

Roberto Bustos: De la Amazonia a Bahía Blanca pasando por Peñafiel


A finales de 2013, Marcelo Sili, del Departamento de Geografía de la Universidad Nacional del Sur (Bahía Blanca), me solicitó un texto alusivo a los recuerdos que me ligaban a la figura de Roberto Bustos Cara, geógrafo prestigioso de esa Universidad y con el que he mantenido, desde que nos conocimos en 2004, una buena amistad. Estas son las líneas que le envié. Forman parte de una obra colectiva - Itinerarios geográficos. Experiencias y recuerdos con Roberto Bustos Cara - editada por la Universidad Nacional del Sur: 

Siempre me pareció un hombre sencillo y cordial, amigo leal de sus amigos, compañero sincero con sus compañeros y una persona dotada  de una sensibilidad excepcional  hacia  los problemas de su país y de su tiempo.  Predominaba en su rostro más la sonrisa que el gesto adusto, más la mirada atenta que la expresión evasiva, más la palabra sosegada que las alocuciones ruidosas. Por lo que yo recuerdo y he vivido en su compañía, la conversación con Roberto Bustos Cara siempre transcurre calmosa, impregnada de ese acento argentino inconfundible pero, lo que es más importante, he observado que lo que expone, dice y plantea jamás adolece de banalidad o de reflexión superficial. En las diferentes ocasiones en que he tenido oportunidad de hablar con él  he percibido una actitud respetuosa con las opiniones ajenas, propia de una persona que sabe escuchar y que, mientras escucha los argumentos de su interlocutor, va preparando cuidadosamente la respuesta pertinente y atinada. Por esa razón las conversaciones con él nunca son cortas ni resultan irrelevantes. Transcurren en un ambiente relajado en el que la ausencia de tensión facilita el empleo riguroso de las argumentaciones, el análisis pormenorizado de los hechos, el pertinente tratamiento dialéctico de las cuestiones planteadas. Se trata, en suma, de una relación enriquecedora que progresivamente abre camino a la amistad, cimentada en el trato personal y en las complicidades intelectuales amparadas en el apego común hacia la Geografía.
Mucho antes de que tuviera la oportunidad de conocerle y tratarle personalmente, el nombre de Roberto Bustos me resultaba próximo. Había oído hablar de él a colegas diversos de España, Argentina, México y Francia con los que había comentado cuestiones diversas relacionadas con la realidad geográfica latinoamericana, cuya interpretación es indisociable de las aportaciones efectuadas por los estudiosos más relevantes de ese territorio que tanto me ha interesado y fascinado siempre.  Supe con más detalle de su personalidad intelectual a raíz de la celebración en Valladolid del VI Congreso de Geografía de América Latina, que tuvo lugar a finales de septiembre de 2011 y que contó con una significada representación de geógrafos y arquitectos argentinos, algunos de los cuales me comentaron la labor realizada desde las Universidades de aquel país, entre las que mención especial merecía la Nacional del Sur, en Bahía Blanca, donde trabajaba un plantel relevante de compañeros a los que valía la pena descubrir. Años después, en mayo de 2004, oí de nuevo su nombre en Mendoza, coincidiendo con los días que pasé en esa ciudad, que tan bien le conoce, pues nació en ella, como profesor de una Maestría en Ordenamiento territorial amablemente invitado por Ana Alvarez y Berta Fernández, y posteriormente por Marilyn Gudiño,  de la Universidad Nacional de Cuyo.
Por ese motivo me llamó la atención oír casualmente el nombre de Roberto en un lugar y en un momento que para mí resultan insólitos. Fue a comienzos de junio de 2004 en el barco que transportaba a un nutrido grupo de profesionales ocupados en el estudio de las transformaciones económicas del territorio con destino a la Isla de Marajó, tras haberse producido el agrupamiento de los expedicionarios en la ciudad de Belem, en el estado brasileño de Pará. Yo había llegado días antes, tras un complicado y azaroso viaje desde Madrid, repleto de incomodidades que pronto quedaron subsanadas gracias a los interesantísmos viajes organizados en los días previos a la reunión de Marajó con el fin de conocer aspectos significativos de las economías agrarias en la baja cuenca del río Amazonas. Con ese bagaje previo, la utilidad del viaje a Marajó estaba garantizada,  por más que la casi totalidad de los participantes me fueran desconocidos. Mientras, apoyado en la barandilla del ferry, comentaba la espectacularidad de la travesía en un grupo de compañeros bolivianos, alguien cercano mencionó en alto el nombre de Roberto Bustos. Presté atención a esa voz y al punto hacia el que se dirigía, justo en el otro extremo donde yo me encontraba, para localizar a la persona que entonces me apetecía saludar y conocer personalmente. Me dirigí a él y le saludé con las palabras que formalmente se utilizan en ese tipo de situaciones. Era casi mediodía y el ambiente acusaba el calor propio de la época, aunque dulcificado por la brisa del enorme cauce en el que el barco que nos transportaba avanzaba solitario hacia un destino que jamás pensé que podría llegar a conocer. La conversación con Bustos fue entonces breve, apenas unos comentarios sobre el interés compartido por conocernos, la belleza del entorno, el interés de la iniciativa que nos había llevado hasta allí como partícipes en una Red científica de cerca de cincuenta personas de Universidades y Centros de Investigación de América Latina y la Unión  Europea. La curiosidad que suscitaba la travesía, las conversaciones iniciadas con personas a las que se veía por vez primera y las expectativas por el horizonte de relación y comunicación programado para los días del encuentro impidieron un contacto más prolongado en ese momento.
Sin embargo, los días transcurridos en Marajó, en el magnífico entorno creado en el espacio de ocio de la Posada dos Guarás, ofrecieron durante la semana allí vivida una excelente oportunidad para el descubrimiento de unos y otros, integrados en un ambiente de comunicación para el debate sobre cuestiones de interés común, plasmadas en las presentaciones sobre resultados de los trabajos científicos llevados a cabo por miembros de la red acerca de las transformaciones del espacio provocadas por los frentes pioneros en la cuenca del Amazonas. En ese ambiente la participación era muy activa e intensa, aunque el peso de las intervenciones recaía sobre todo en los colegas latinoamericanos; de entonces tengo anotadas las palabras de Bustos en varias ocasiones, esencialmente sobre aspectos metodológicos y de enfoque de los temas abordados. Las ideas allí vertidas no se limitaban al estricto marco de las sesiones. Como corresponde a una reunión circunscrita a un espacio permanentemente compartido las conversaciones ligadas al oficio adobaban también las mantenidas en las veladas que seguían al almuerzo o a la cena. Fueron momentos gratos y de los que saqué grandes lecciones de calidad humana y  personal, como en concreto sucedió en la visita al Museo de Marajó en un día lluvioso, que nos permitió descubrir la misteriosa belleza de del Norte de la isla o cuando, ya de regreso en Belém, un grupo de compañeros, entre los que se encontraba Roberto, dimos un paseo por la ciudad histórica y el impresionante mercado de Ver-o-Peso. Me llamó la atención un hecho puntual: cuando todo el mundo confiaba en sus máquinas de foto digitales, que por entonces comenzaban a hacer furor, Bustos andaba preocupado por comprar un carrete convencional, a sabiendas de que la calidad de la resolución de la imagen perduraba mucho en ese formato, algo que finalmente consiguió. Recuerdo haberle felicitado por ello.
Los encuentros en la desembocadura del Amazonas sentaron las bases de una relación profesional muy satisfactoria para mí que se prolongó en años sucesivos al participar ambos en las reuniones organizadas en el marco del Programa Alfa y del Proyecto SMART, en las que tanto empeño como excelente organización pusieron Jean François Tourrand, Doris Sayago y sus colaboradores. La confianza adquirida con Roberto cobró mayor entidad en las convocatorias de la Red de Brasilia (2005) y de Puyo (Ecuador) (2006), que mantuvieron viva la llama de los contactos ya consolidados, abiertos al tratamiento de nuevos temas que no hicieron sino profundizar en el conocimiento de las investigaciones realizadas en el seno del grupo. Interesantes fueron sin duda las sesiones que tuvieron lugar en el Centro Cultural de Brasilia en marzo de 2005. Tuvieron un carácter fundamentalmente técnico, a base de largas jornadas de presentaciones y debates, con intervenciones numerosas centradas en la metodología de los modelos multiagentes, en cuya explicación Tourrand ponía un énfasis contagioso del que era imposible evadirse. Recuerdo que en aquella ocasión Roberto y yo mantuvimos conversaciones más habituales, que, entre otros aspectos, me permitieron conocer de manera más detallada sus esfuerzos por impulsar la carrera de Turismo en la Universidad Nacional del Sur, lo que tuve oportunidad de comprobar ese mismo año cuando en el mes de septiembre conocí en Mendoza a Silvia Marenco, su esposa, con motivo de la reunión del CIFOT, en la que presentó los resultados de algunas de las investigaciones que sobre el significado económico-espacial del turismo estaba llevando a cabo con Roberto en Bahia Blanca. Afianzada la relación en Brasilia, el contacto de nuevo en Ecuador, en mayo de 2006, permitió dar un paso más en el conocimiento mutuo, aprovechando el sinfín de sugerencias, comentarios y reflexiones a que se prestaban tanto los debates colectivamente mantenidos  como el conocimiento in situ de una realidad muy interesante que, entre otros episodios memorables, con visitas a un amplio muestrario de formas de explotación agraria, ejemplificaría en la realizada a la cooperativa de aprovechamiento del cacao en Puyo o el encuentro con los responsables locales del gobierno municipal de Baeza.
Al despedirnos en Ecuador, Roberto y yo quedamos en vernos, pues todo parecía indicar que las convocatorias de la Red, tal y como se habían hecho hasta entonces, tocaban ya a su fin. Y la verdad es que la propuesta surtió efectos casi inmediatos. Para mi esposa y para mí fue muy agradable saber de su intención de visitarnos en Valladolid aprovechando la ciudad como punto de tránsito en uno de los viajes que habitualmente ha hecho a Francia. Fue una visita fugaz, que lamento no se prolongase más, ya que muchos eran los hechos que deseaba mostrarle en la Vieja Castilla y los temas que podían aflorar a poco que no afanáramos en ello. Aunque no acompañó el tiempo en aquel ya otoñal mes de octubre de 2006, no desaprovechamos la oportunidad de  efectuar una visita fugaz a una de las áreas más emblemáticas de la economía vitivinícola europea. El viaje a Peñafiel no dio de sí todo lo que yo hubiera deseado, pero tengo la satisfacción de haberle descubierto,  siquiera por un día, los lugares donde adquieren personalidad y prestigio los vinos de la Ribera del Duero, la relevancia histórica de la ciudad medieval de Peñafiel o el poblado de colonización  de Valbuena. No dispongo de imágenes de aquel viaje pero seguro que lo recordará. También esta carencia es un buen pretexto para volver algún día, acompañado de Silvia, a estas tierras donde tanto se les aprecia.
En algunas de las conversaciones mantenidas durante este tiempo me comentó la posibilidad de invitarme a impartir un curso intensivo en la Universidad de Bahía Blanca. Obviamente, me atrajo la idea y acepté de antemano, aunque confieso que no pensaba que iba a ser tan pronto. A mediados de septiembre de 2007, se puso en contacto conmigo para formalizar el compromiso y concertar las fechas. Al coincidir con el inicio de la actividad académica en Valladolid, tuve que modificar rápidamente mi agenda docente, acoplándola a mis días de trabajo en Argentina, pues de ninguna manera quería desaprovechar esa oportunidad. Llegué a Bahía Blanca el 15 de octubre de 2007, tras una escala breve en Buenos Aires. Me esperaban en el aeropuerto Silvia y Roberto. En el camino hacia la ciudad no paramos de hablar, como si faltara el tiempo para abordar todo lo que podía interesarnos en aquel encuentro, para mí inolvidable. Tengo muy presente en la memoria aquel viaje, que anoté con el detalle que la experiencia merecía. El trato recibido fue exquisito y en el recuerdo conservo las atenciones recibidas por los compañeros de aquella Universidad, entre ellos a Ilda Ferrera y Patricia Ercolani, que me dedicaron parte de su tiempo y me enseñaron espacios representativos de la ciudad y su entorno. Al concluir el curso, del que aprendí más de lo que enseñé, Silvia y Roberto me dedicaron todo un fin  de semana para ampliar mis conocimientos y vivencias sobre Argentina y la provincia de Buenos Aires. Es uno de los viajes que más he agradecido en todos los sentidos. Ignoro si  lo habían preparado de antemano, pero lo cierto es que todo salió a la perfección. El recorrido me permitió descubrir los espacios pampeanos, las grandes estancias, los paisajes infinitos de las llanuras donde la vista lo abarca casi todo, y al tiempo apreciar con detenimiento los espacios del turismo de costa de los que sólo tenía noticias vagas y que entonces concreté. El conocimiento de cerca del Complejo Turístico de las Dunas y de la ciudad de Miramar, ilustrada con las explicaciones de un  compañero de Roberto tan solícito como bien informado, culminó con la llegada a Mar del Plata, ciudad que, al fin, tuve la oportunidad de visitar. Desde casi la azotea del hotel Luz y Fuerza, donde nos alojamos, divisé uno de los amaneceres más espectaculares que recuerdo en mi vida. El recorrido a la mañana siguiente a lo largo del impresionante paseo marítimo y la visión a unos pasos del edificio del Casino, que tantas veces había visto en imágenes, para culminar en la última parada en la ciudad de Necochea, tras cruzar su curioso puente colgante, justificaron con creces un viaje que nunca agradeceré suficientemente a los anfitriones que lo hicieron posible.

Desde mi partida de Bahia Blanca  el 22 de octubre de 2007 no he vuelto a ver personalmente a Roberto Bustos Cara. Le he seguido en sus actividades científicas y me complace que se cuente conmigo como evaluador de la Revista de Geografía que edita su Departamento. Hablé de él con Silvia Marenco en Buenos Aires, cuando nos vimos en el Congreso de Geocrítica celebrado en la capital argentina a comienzos de mayo de 2010. Se lo dije entonces y no dejaré de recordárselo: siempre tendrán unos buenos amigos y compañeros en Valladolid. Ellos lo saben bien y espero que no lo olviden cuando en algunos de sus viajes por España o rumbo a Francia, y tras haberse detenido en Burgos, mi ciudad natal y cuyo frío tanto les impresionó, decidan hacer un alto en el camino y ser agasajados como se merecen en la ciudad donde falleció Cristóbal Colón, y que también es la suya.

23 de junio de 2013

Los cuatro pilares de la marca España


El Norte de Castilla, 25 junio 2013


Cuando un país, como ahora sucede en España, persigue fortalecer su imagen mediante una política de acreditación hacia el exterior, que ponga al descubierto la dimensión y la relevancia de sus valores distintivos como factor de atracción, es que quizá algo falla en los rasgos de la proyección que se pretende ofrecer en el momento en el que tal objetivo se plantea. ¿Será porque son numerosos los claroscuros que se ciernen sobre ella? ¿O tal vez porque existe en sus destinatarios una visión distorsionada que, a juicio de quien trata de contrarrestarla, es preciso corregir?
Sea lo que sea, lo cierto es que en estos tiempos en los que prima la mercadotecnia en aras de la elaboración de un producto, amparado en cualidades que favorezcan su consideración positiva, es obvio que las posibilidades del intento están condicionadas por la fortaleza de los mensajes transmitidos y, sobre todo, por la solidez y continuidad de los argumentos en los que se apoyan. No todos los productos son iguales ni revisten la misma complejidad, pues su naturaleza difiere en función de lo que significan y del tipo de demanda hacia la que van destinados. De ahí el riesgo de simplificación que puede suponer el hecho de limitar una imagen a la presentación formal de ideas atractivas, nombres rutilantes  o referencias de gran impacto mediático que, aun no siendo baladíes, tienden más a confundir, dada su diversidad, que a aclarar el valor objetivo de los hechos con los que se trata de identificar, sobre la base de criterios bien definidos, la naturaleza de la “marca“ en cuestión.
            Frente al riesgo de banalización, que resulta de entender el reconocimiento  como la mera comercialización de un producto prefabricado, se impone la necesidad  de ratificarlo más bien como la expresión de una serie de valores intrínsecos que, debidamente relacionados entre sí y fortalecidos a través del conocimiento a gran escala que de ellos se consiga,  permitan su identificación coherente por parte de los destinatarios del mensaje, de modo que se conviertan en referencias sólidas, consistentes y alejadas de la fugacidad  con que habitualmente se plantean las campañas publicitarias.
            La experiencia revalida hasta qué punto el atractivo de un Estado es indisociable de las cualidades que lo caracterizan por encima de las coyunturas, de las modas efímeras o de las circunstancias específicas de una situación determinada. Admitiendo que la historia desempeña a este respecto una importancia decisiva, no es menos patente que la capacidad para sintonizar con los valores que sobreviven a la erosión del tiempo constituye la mejor garantía para entender lo que representa la defensa de unos caracteres firmemente cimentados. Y es que, más que una marca, tan propensa al reduccionismo en función de los limitados perfiles a que conduce su transmisión puntual, la imagen y el prestigio se construyen sobre pilares dotados de la suficiente consistencia como para justificar el hecho de que lo importante no es conseguirlos sino asegurar su perduración.
De ahí la conveniencia de clarificar bien lo que haya de entenderse como la imagen de España, que, más allá de los símbolos o emblemas propalados con tal fin,  no debiera quedar desprovista de los cuatro pilares que han de sustentar una proyección digna a la par que convincente, visible y con seguras perspectivas de futuro. Aunque no es posible detenerse en cada uno dado el espacio disponible, su consideración destaca la utilidad del engarce que entre ellos debiera producirse como fundamento de una estrategia de promoción basada en la calidad y en las credenciales que aportan las cosas bien hechas en aspectos sustanciales de la vida del país y a la vez de gran valor comparativo.
Si es evidente que el desarrollo de la plataforma científica e investigadora ocupa una posición primordial, hasta el punto de que las restricciones efectuadas en este sentido presentan un efecto demoledor para el reconocimiento de la categoría que se pretende, no es menos relevante, por otro lado, el predicamento que a un país proporcionan las aportaciones realizadas en el ámbito de la cultura y de la buena administración de sus valores patrimoniales. En ellos se asientan las formas de expresión que en mayor medida demuestran la capacidad creativa, libre, crítica e innovadora de una sociedad, susceptible de configurar una oferta dotada de la dimensión cualitativa que haga posible su reconocimiento internacional y el apoyo merecido, por encima de las frustraciones que pudieran derivar de un tratamiento basado en medidas sesgadas o entorpecedoras del adecuado despliegue de las fortalezas existentes en este sentido.
Y en la misma línea cabría hacer hincapié en la resonancia que, a efectos de consolidar una imagen favorablemente reconocida, posee el empeño de las administraciones para asegurar el buen funcionamiento de los mecanismos que hagan posible la cohesión social y económica de sus ciudadanos, garantizando la equidad y la eficiencia que procura las buenas prácticas aplicadas a la gestión de los servicios públicos esenciales. Objetivo básico que, para completar el elenco de factores que nos ocupan, no puede ser entendido al margen de los directrices inherentes a la preservación de la calidad y de los comportamientos éticos de su sistema institucional, pues no en vano -  y precisamente cuando se hallan lesionados por los defensores del corto plazo, del sálvese quien pueda y de la visión especulativa aplicada a las actuaciones que afectan a su ámbito de responsabilidad -  de su cumplimiento dependen el margen de respeto, la  seguridad jurídica y la efectividad del marco regulador en los que se amparan tanto los derechos de los propios como la confianza asumible por parte de los ajenos.
En definitiva, ciencia, cultura, cohesión socio-económica y calidad institucional: las cuatro “c” de la marca España, los fundamentos que han de arropar la credibilidad y los méritos objetivos de nuestro país.



24 de enero de 2013

La importancia de la Geografía en la Universidad de Valladolid


El Norte de Castilla, 24 de Febrero 2013


Como corresponde a una institución sensible con los cambios que afectan al entorno que la rodea, la Universidad ha manifestado siempre una voluntad notable para adaptarse a ellos procurando a la vez no poner en peligro los valores que la han prestigiado a lo largo del tiempo. En esa capacidad para lograr un engarce positivo entre la innovación y la tradición, siempre que una y otra estén fundamentadas en pilares consistentes, radica precisamente lo que identifica a la realidad universitaria y la sitúa por encima de las contingencias coyunturales. Más aún, de su fortalecimiento, y en función de las posibilidades que de ello se derivan,  depende el mérito de una Universidad, enriquecida por la confluencia de saberes complementarios, concebidos al servicio de una sociedad cada vez más compleja, con exigencias diversas y en permanente proceso de cambio y readaptación.
Coherente con lo señalado, la Universidad está  obligada a enfrentarse - ayer, hoy y mañana -   a desafíos permanentes que someten a prueba la solidez de sus cimientos y la calidad de los recursos de que dispone para desempeñar de modo satisfactorio su labor en los campos de responsabilidad – en la docencia y en la investigación – que específicamente la competen. Hacerlo en tiempos de crisis no resulta tarea fácil, ya que es entonces cuando, debido a los condicionamientos y a las limitaciones que introduce, las medidas restrictivas tienden a limitar las capacidades existentes, cuando no a debilitarlas e incluso a poner en entredicho el legado que han sabido desarrollar con no poco esfuerzo y en circunstancias muchas veces difíciles, adversas y complicadas.
Conviene traer a colación este aspecto cuando se plantea, como sucede actualmente en Castilla y León, un proceso de reestructuración de la oferta académica que se invoca como necesario al albur de los indicadores habitualmente limitados  a circunscribir la atención en una magnitud – el número de alumnos – que con frecuencia enmascara la realidad de un balance favorable, tanto por los elementos de juicio cualitativos que particularmente lo definen como por los valores intrínsecos acumulados a lo largo de una dilatada trayectoria, construida en momentos incluso más difíciles que los actuales.
En este contexto, y ante un escenario de sensibilización que no puede ser ignorado, deseo llamar la atención sobre la importante y valiosa contribución que la Geografía, sustentada por los profesionales que la han cultivado y la cultivan, ha hecho al bagaje global de la Universidad de Valladolid, aunque siempre,  y como es lógico, con la mirada puesta en las escalas de referencia que, a nivel regional, nacional e internacional, se han nutrido de sus numerosas aportaciones. Profesor de esta Universidad desde el año 1972, dispongo de la suficiente perspectiva y experiencia para destacar la importancia de la tarea realizada y, por tanto, para reclamar que se asuma la fortaleza de este caudal como soporte justificativo de la titulación en Geografía como un elemento acreditado de su estructura docente y científica. Y lo hago no porque se vea amenazada su continuidad sino porque, ante un escenario de imprevisiones no deseadas, siempre es pertinente revalidar el ámbito académico y científico en el que cada cual y quienes con él comparten empeños e ilusiones se desenvuelven  con la sola pretensión de que sus destinatarios principales, es decir, los ciudadanos, conozcan objetivamente la realidad universitaria concebida a su servicio.
Más allá de la información que respalda la envergadura alcanzada, convendría destacar lo que realmente significa el reconocimiento del valor añadido que la Geografía aporta en nuestros días al acervo universitario radicado en Valladolid. Y es que no en vano el estudio de la Geografía – apoyado en el desarrollo de los propios conceptos y en los instrumentos técnicos destinados al tratamiento optimizado de la información espacial y a su correcta representación gráfica y cartográfica - ayuda a  interpretar mejor el mundo que nos rodea, a comprender, en sus diferentes escalas, la diversidad de manifestaciones en las que se proyecta  la acción humana sobre el medio natural, expresada a través de los diferentes tipos de paisaje. Permite asimismo comprender las lógicas en las que se apoyan los impactos que permanentemente modelan el territorio en función de los objetivos que en cada momento de la historia - y con especial intensidad en nuestro tiempo - han orientado las decisiones adoptadas por quienes ostentan la capacidad y el poder para llevarlas a cabo y así proceder a su ordenación racional.
Conocer, entender y expresar el espacio para mejor intervenir sobre él: de eso sustancialmente se trata, merced tanto al  aprendizaje teórico-práctico como a la profesionalización a partir de las destrezas adquiridas, por lo que no está de más invocar el peso adquirido en este sentido por el Colegio de Geógrafos, con más de una década de existencia y con un meritorio caudal de realizaciones en su hoja de servicios. Y de ahí también la justicia de reconocer a la Geografía una posición relevante en el conjunto de los saberes de los que la sociedad debe hacer uso eficaz para ser más consciente de la compleja y contrastada realidad espacial en la que su vida se organiza y desarrolla. Argumentos en este sentido no faltan y la experiencia los avala con holgura, como sucede con la  fraguada concretamente en nuestra Universidad, en la que  no es desestimable en modo alguno ese esfuerzo dilatado e ininterrumpido a favor de la transmisión del conocimiento geográfico sobre cuestiones que permiten a quienes lo reciben adquirir las bases necesarias para abordar el tratamiento de los problemas que afectan a un panorama territorial necesitado de profesionales capaces de interpretarlo con la debida solvencia cultural y científica.