24 de abril de 2016

Justo de Pablo: el profesor que más sabía de los comicios romanos


La primera vez que oí hablar de Justo de Pablo de las Heras fue en la primavera de 1966 cuando, incapaz yo de aprender algunos aspectos organizativos del mundo romano, recogidos en un infausto manual de imposible asimilación racional, un compañero de clase me comentó que conocía a un profesor que vivía en la provincia de Sevilla al que consideraba un experto cualificadísimo en el tema, indescifrable para mí, de los comicios romanos. Confieso que el nombre de aquel profesor constituyó en ese momento un horizonte de esperanza, a la espera de que algún día pudiera descifrarme aquel galimatías.

Fue la primera vez y, desde luego, no fue la última. Quizá no recuerde bien las fechas, pero la memoria no me traiciona cuando evoco el conocimiento personal de Justo en algunas de las visitas que periódicamente efectuaba a Valladolid mientras estuvo en Andalucía, particularmente aquélla en la que coincidimos Julio Valdeón, Domingo Sánchez Zurro, Felipe Heras y yo con él al poco de llegar el primero a la Universidad de Valladolid. El encuentro, más afable y prolongado que en ocasiones anteriores, tuvo lugar en la Casa de Galicia, donde descubrí a una persona que enseguida identifiqué con el arquetipo del hombre castellano, cordial, simpático, atrevido y con el que era fácil congeniar nada más comenzar la conversación. No era preciso preámbulo necesario para que la empatía aflorase. De inmediato se sintonizaba con él, acaparador como era de la velada frente a la mayor timidez de los demás, aunque quizá en aquella ocasión la cercanía y el ambiente de complicidad venían favorecidos por el tema de conversación, centrado en el castillo de Portillo y en la celebración de la visita que todos los años lleva a cabo a esa espléndida atalaya la Facultad de Filosofía y Letras.

Desde entonces, la personalidad de Justo de Pablo ha formado parte indisociable de mi vida, lo mismo que ha sucedido con quienes durante décadas han configurado su grupo de amigos más estrecho y habitual, y sin duda también de muchos de los que de una u otra manera, y en las ocasiones y lugares más dispares, se han cruzado en su camino, siquiera sea fugazmente. Un camino, el de Justo, personalísimo que ofrecía numerosas trayectorias y un sinfín de particularidades y matices, que motivaban interés y atraían la atención.

Por eso, el día en que emprende el último viaje sin retorno parece procedente, y justo también, reivindicar aquí – creyendo representar también a buena parte de quienes mejor le conocieron y trabaron con él amistad – la categoría personal y profesional de una persona sin la cual nuestras vidas hubieran sido diferentes.

Y es que, si Justo de Pablo fue la sal de la tierra, el hombre de la sonrisa franca, de la palabra ocurrente, de la anécdota sagaz, del humor suscitado con brillantez, el hombre desinteresado, sin el menor atisbo de egoísmo y vanagloria, es evidente que fue todo eso y mucho más. Seguramente quienes os encontráis aquí tenéis múltiples experiencias y anécdotas que pudieran enriquecer mucho más la perspectiva que yo pudiera aquí. Pero no creo equivocarme cuando enfatizo y subrayo tres rasgos fundamentalmente.

En primer lugar, Justo de Pablo fue un buen profesor y un enamorado de la enseñanza pública. Llegó a ser Catedrático de Instituto proveniente de las entrañas del mundo rural profundo de la postguerra española. Nadie podrá negar lo que eso suponía en una época como aquella ni el esfuerzo personal e intelectual que esa promoción representaba. Pasó por el Seminario, llegó a la Universidad, culminó satisfactoriamente una carrera universitaria y accedió a la función pública por sus propios méritos. Nada debió a nadie más que a sí mismo y a su familia. Profesionalmente plasmó en los inicios su actividad en la España del Sur, en Andalucía, en Sevilla, hasta llegar a la Dirección del Instituto de Utrera. Ese universo andaluz – que de cuando en cuando emergía con cierta añoranza en sus recuerdos y manifestaciones - marcó una etapa que perduraría en su carácter y en su sensibilidad de por vida. Imaginando cómo sería aquella tierra en aquellos años, no podemos por menos de reflexionar acerca del mérito que supone ser aceptado como lo fue, admirado, querido y respetado. Dejó una huella indeleble.
Cuando regresó a Valladolid el mundo de la enseñanza pudo beneficiarse, aunque fuese en periodos más breves, de su presencia en Tordesillas y en el Instituto Zorrilla para posteriormente desplegar hasta su jubilación, y a la vera de Domingo Sánchez Zurro, sus responsabilidades en el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad. Su despacho siempre estaba abierto y disponible para la consulta, el asesoramiento y el consejo pertinente. Como responsable del CAP, le recuerdo atendiendo con deferencia a quien se lo pidiera, organizando los Cursos de las diferentes áreas, asistiendo a muchos de ellos, preocupándose por el cumplimiento de los compromisos contraídos con y por los profesores, supervisando la calidad de los aprendizajes en los Centros donde se impartían las prácticas. Nunca aparecía como una autoridad académica, que lo era, sino como el compañero con el que todos querían encontrarse. Y no cabe duda que esa predisposición al diálogo, al encuentro, a la confidencia, a la comunicación distendida y cordial suponía una garantía de que la labor realizada podía ser más eficaz y positiva desde el punto de vista docente. Sin ser un pedagogo, e incluso denostando la pedagogía banal y simplificadora, el exdirector del Instituto de Utrera hacía de la pedagogía práctica y experimental, la que realmente merece la pena, su más relevante aportación a la mejora de la enseñanza.

Por otro lado, la personalidad de Justo de Pablo ha estado siempre asociada a una visión ferviente de la lealtad y la sinceridad en las relaciones con sus amigos.  Paladín incuestionable de ese valor tan amenazado como es la amistad entendida en su acepción más valiosa, Justo la practicaba sin restricciones, a toda prueba y sin riesgo alguno de quebranto siempre que fuera justamente correspondido. Leal hasta la médula, ofreció muestras ejemplificadoras de lo que significa ser un amigo en el que confiar sin temor al desengaño o a la decepción. En alguna ocasión he señalado, incluso por escrito, que pocos ejemplos tan elocuentes y reveladores hay  de lo que eso significa en la realidad como la relación mantenida por Justo de Pablo con Julio Valdeón, con Domingo Sánchez Zurro y con Santiago de los Mozos. Una amistad fusionada con la fraternidad, firme e indeleble como una roca. Una amistad también labrada al calor de experiencias memorables, entre las que cabría destacar las veladas vividas con Julio al caer la tarde en San Benito el Real, propiciadas por la hospitalidad del Dr. Teófanes Egido. Mas igualmente esa sensación de cercanía y confianza amistosa, , que yo procuré observar con atención a lo largo de la vida, era extensible a un sinnúmero de personas, muchas de las cuales se dan cita en el día de la despedida, dejando constancia hasta qué punto Justo logró crear un panorama de relaciones en la que la amistad prevaleció sin fisuras por encima del tiempo y del espacio.

Y, finalmente, en coherencia con esta forma de ser, no podemos pasar por alto su condición de persona transmisora de bondad, alegría y sensibilidades  sin cuento hacia el mundo que le rodeaba. Defensor de la libertad y de la solidaridad, era capaz de construir a su alrededor un ambiente en el que uno se sentía siempre confortado y a gusto. Hablar con él era un placer, una vivencia que siempre podía deparar gratas y llamativas sorpresas. La risa y la sonrisa estallaban a menudo, acompañadas también de la emoción. Humanidad a raudales. Para empezar era una entusiasta de su familia. Las numerosas referencias de cariño hacia Marisol, el orgullo por sus hijos, Elena y Alejandro, con cuyos éxitos se complacía, sin vanidad, sin arrogancia, con la satisfacción del legado que la vida de sus hijos, de los que Luis acabó formando parte, y de su nieta Carolina representaba y podría representar hacia el futuro. Las frecuentes alusiones a sus hermanos y sobrinos nos los hacían más cercanos y entrañables.


Y cómo olvidar la convivencia grata y placentera que aportaban las vivencias compartidas en las diferentes circunstancias en que ello era posible. En los viajes, a la orilla del mar, en las tertulias de los sábados y de los domingos, en los encuentros casuales o esperados, en las posibilidades de relación que permitía la vida cotidiana. Los hijos de sus amigos, que también eran sus amigos, lo recuerdan  bien. Pedro, Arantxa, Álvaro y Pablo; Julio y Fernando; Nerea y Felipe;  Ana y Fernando; Pedro y María Isabel; Guillermo y Andrea; Marta y Juan. Todos han sabido y saben de la generosidad de Justo, de sus ocurrencias para ponerles nombres geniales que no olvidarán, de las complicidades con sus travesuras, de las advertencias aleccionadoras, de las bromas ingeniosas de quien sabe bien lo que a un niño agrada y motiva.

Todo eso ha sido Justo, por más que piense que se podía decir y comentar muchísimo más.  No esperábamos que se fuese tan pronto. Su salud no le acompañaba en los últimos años, pero todos confiábamos en su reciedumbre castellana y en su optimismo innato como garantía de una vida algo más prolongada. Le echaremos mucho de menos. Se ha ido en las fechas en que fallecieron Miguel de Cervantes y William Shakespeare. El Dia del Libro. El Día de Villalar. Un día señalado en la historia de la cultura y de nuestra tierra. “Se ha ido como un jilguero en un día de primavera”,  en atinada metáfora expresada ayer en este mismo lugar por Mariano González. Se ha ido y por eso su ausencia se nos hace más dolorosa e inasumible. Pero mantenemos la memoria para saber lo que su vida representó y dejar constancia de que, ante todo y sobre todo, fue una persona excepcional, henchida de valores que, unidos también a sus contradicciones y defectos, le harán inolvidable. Y siempre lo será así aunque nunca tuvo tiempo para explicarme lo mucho que sabía de los comicios romanos ni para realizar al fin ese viaje tantas veces programado que nos permitiera descubrir las delicias gastronómicas y las bellezas históricas y naturales de la villa vallisoletana de Portillo.