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17 de diciembre de 2010

Los espacios fronterizos de la lengua española


El Norte de Castilla, 8 de diciembre de 2010




La lengua es mucho más que un factor de identidad cultural. Representa un vehículo esencial de comunicación que trasciende al individuo y a las sociedades para convertirse en un elemento sustantivo del patrimonio que acredita y valoriza a un territorio. Cuando la frontera política se diluye para convertirse en un ámbito de permeabilidades múltiples y en todas las direcciones, es obvio que la lengua hablada a uno y otro lado acusa los efectos de la contigüidad física, modificando sustancialmente el alcance de las manifestaciones con que se acusaban tradicionalmente. El significado de este encuentro admite valoraciones desde múltiples perspectivas, pues diversas son, en efecto, las implicaciones que presenta. Y entre ellas no es irrelevante la que concierne a la interpretación de los efectos percibidos desde el punto de vista socio-territorial en aquellos escenarios donde más expresivamente se acusa un fenómeno de enriquecimiento mutuo que a lo largo del tiempo he tenido ocasión de comprobar in situ, es decir, en los ámbitos de intercambio idiomático construidos entre la lengua española y la lengua portuguesa y en función de los cuales se ha configurado un nuevo tipo de espacio.


Tanto en la frontera que separa Brasil de Uruguay como en la que marca la delimitación histórica entre España y Portugal el tiempo se ha encargado de fraguar vínculos de toda índole, que inevitablemente han repercutido en la formación de una trama lingüística sin la cual serían difícilmente comprensibles. Hace años tuve la oportunidad de conocer de cerca cómo se planteaban estas relaciones en las ciudades uruguayas de Rivera y Tacuarembó. No eran entonces, a finales de los noventa, relaciones simétricas. La preeminencia del portugués era sensible, por más que con frecuencia los términos utilizados por unos y otros se identificasen con ese dialecto característico de las áreas de borde conocido como el “portuñol”. Conviene destacar que en esa urdimbre de relaciones constantes, intensificadas por la pluralidad de circunstancias, de encuentros y desencuentros que confluyen entre los pueblos latinoamericanos, las palabras surgían y evolucionaban en un contexto de plena libertad, ajenas a los cánones convencionales que orientan el funcionamiento normalizado de una lengua. De la mixtura de ambas emanaba esa capacidad para el entendimiento común, que llevaba a descifrar con facilidad el sentido de las transacciones realizadas, hasta el punto de que en ocasiones no resultaba fácil deslindar los umbrales de frecuencia que una y otra lengua presentaban en la conversaciones cotidianas, aunque la complejidad cobraba aún más cuando de operaciones comerciales se trataba.


Sin embargo, las conexiones mantenidas entre España y Portugal a lo largo y ancho de las tierras de frontera han diferido tradicionalmente del esquema asimétrico observado en el Cono Sur. Son numerosos los testimonios directos, avalados por el copioso bagaje científico de que se dispone a propósito de la cooperación transfronteriza, que abundan en la idea de que la difusión de la lengua española ha supuesto un factor de unificación cultural y socio-económica, sin duda motivado por la disposición de los portugueses a utilizarla como un recurso valorizado en franca contraposición con el desinterés mostrado por los españoles hacia la lengua de Pessoa. Tampoco ha surgido, a diferencia del caso anterior, un dialecto basado en la mixtura aleatoria de lenguajes diferentes. Los límites idiomáticos han estado mucho más marcados, salvo la excepción singular de Galicia por razones que huelga comentar. Cuando en la última década del siglo pasado, acometimos el estudio encaminado a fortalecer la cooperación interempresarial en la llamada Región Fluvial del Duero, la asimetría era patente, hasta el punto de que las salas de reunión de la Fundación Rei Afonso Henriques, en Zamora, se convirtieron en testigos fidedignos de ese modo desigual de entender la palabra del otro mediante el aprendizaje correspondiente.


Cambios importantes han sucedido desde entonces y es muy probable que sus manifestaciones actuales, proclives a un nuevo entendimiento de los equilibrios lingüisticos transfronterizos, perduren quizá irreversiblemente. De ello pude percatarme tras la visita efectuada a mediados de este año a Uruguay y asimismo con motivo de las averiguaciones llevadas a cabo en los órganos directivos de la Agrupación Europea de Cooperación Territorial Duero-Douro. En ambos casos la tendencia parece cada vez más clara y decidida a la consideración mutua y a la búsqueda de las sinergias que derivan de la complementariedad. Sabidos son los esfuerzos de Brasil por fomentar el uso de la lengua española, a lo que contribuye sin duda el convencimiento del margen de posibilidades que ellos permite tanto desde la perspectiva de su posición en Mercosur como en la dimensión geopolítica y económica que España reviste para Brasil. Y del mismo modo tampoco parecen desdeñables los esfuerzos realizados por los españoles para conocer y entender el aspecto más sustantivo de la personalidad portuguesa que es precisamente su forma de expresión lingüística. Aunque se trata de un proceso de asimilación de las interdependencias culturales que habrá que analizar con cuidado, no cabe duda de que en esos ámbitos de identidad espacial identificados con las fronteras la lengua española, en sus relaciones con la portuguesa, se ha convertido en un factor de articulación de estrategias, de suerte que, lejos de ser un objeto de conflicto, se ha convertido en un elemento de valorización de las posibilidades territoriales compartidas.

3 de octubre de 2009

Llegó la hora de Brasil


El Norte de Castilla, 3 de Octubre de 2009


Los últimos Juegos Olímpicos (2008) pusieron al descubierto la extraordinaria potencia económica de la República Popular China, un año antes de que conmemorase con gran pompa y circunstancia su sexagésimo aniversario. Concebidos y diseñados como su gran carta de presentación ante el mundo, aún resuenan en nuestra memoria las imágenes de tan espectacular epopeya, que deslumbró como pocos acontecimientos deportivos lo han hecho hasta ahora. Ocho años después, y tras la edición de Londres (2012) que nos devuelve la antorcha al Viejo Mundo, Brasil tratará de reproducir de nuevo, en 2016, lo mucho que representan en el panorama del siglo XXI los llamados países emergentes, esa categoría de Estados que, secundarios en el panorama internacional hacen apenas veinte años, ahora se erigen como los colosos de una economía que une innovación, enormes potenciales de mercado interno y elevados contingentes de mano de obra “very cheap” y con numerosos efectivos altamente cualificados. A ello habría que sumar una estrategia de proyección internacional dotada de extraordinario pragmatismo, a medida que su presencia en los grandes foros de encuentro y de decisión se ha hecho cada vez más activa e incluso determinante.


Todo ello aparece embarnecido en este caso por la figura de un político singular que, surgido de las filas del sindicalismo más combativo, ha logrado situarse entre los grandes dirigentes del planeta, al tiempo que, adormecidas las críticas internas, le cabe el indudable mérito – más allá del eterno problema ambiental de la Amazonia maltratada- de haber sabido conciliar la sensibilidad por los problemas de los más desfavorecidos con la preocupación de ofrecer una imagen de pais moderno, atractivo y con reconocida capacidad de liderazgo en su región. Todos los ingredientes, pues, para fortalecer la competitividad y la imagen prometedora de Brasil frente a una Europa que se debate en un mar de contradicciones y cuyo futuro admite toda clase de pronósticos.


Rio de Janeiro versus Madrid en la pugna a merced de un olimpismo regido por criterios inmunes a los empeños publicitarios, por muy convincentes que parezcan. Difícil competidor, quizá imposible de antemano. Tengo la impresión de que la suerte ha estado echada hace mucho tiempo. Es la primera vez que el mayor espectáculo del mundo, el más costoso, el más impactante, el más seguido y emblemático, visita la América Latina. Al fin. Y lo hace por la única puerta por la que podía entrar. Rio no será posiblemente la mejor ciudad del mundo para organizar un evento así y nadie duda que ocasionará grandes quebraderos de cabeza a quienes se han lanzado a esta aventura. Pero no es Rio de Janeiro la que ha ganado. Ha ganado Brasil como símbolo de una región que pugna por ser redescubierta y de las nuevas potencias que se afianzan sin apenas réplica en este azaroso e incierto siglo XXI.

3 de septiembre de 2009

Lenguas ibéricas, espacios compartidos

El Norte de Castilla, 3 de Septiembre de 2009

Se han esforzado ellos mucho más y antes que nosotros. En realidad lo español nunca ha sido atendido por los hablantes de la lengua portuguesa con el desdén que los cultivadores de la de Cervantes han aplicado durante mucho tiempo a cuanto culturalmente provenía de Portugal o de Brasil. La falta de reciprocidad sólo ha sido superada cuando desde la parte más remisa, la nuestra, se ha comprobado que los valores y las capacidades de la lusofonía poseían un vigor y una calidad que justificaba el esfuerzo de tenerla en cuenta. De hecho ha habido que esperar al cambio de siglo para que ambas culturas fraguasen entre sí los nexos favorecedores de un avance significativo en la toma de conciencia de lo que pueden ser capaces, si operan con objetivos de proyección coordinada, en el mundo globalizado. Y es que la lengua viva es mucho más que una herramienta de comunicación. Bastaría recordar la afirmación de Fernand Braudel cuando señaló que “Francia es la lengua francesa” o la identificación que, a propósito del catalán, establece Joan Solà entre “pueblo y lengua como estamentos inseparables” para concebirla como uno de los elementos nucleares de una sociedad y de su territorio, como uno de los valores más representativos de su identidad patrimonial.

He ahí, pues, la importancia de todo ese amplio muestrario de perspectivas a que se abre el redescubrimiento de lo español y de lo portugués en el seno de la comunidad ibérica a ambos lados del Atlántico. ¿De qué forma pudiera llegar a apreciarse esa voluntad de encuentro en la península del Suroeste europeo?, ¿en qué circunstancias tiende a plantearse como proyecto ambicioso y prometedor en el caso de la América meridional?. Son escenarios distintos, con tradiciones no siempre complementarias ni obedientes a un objetivo común. Pero sin duda definen un aspecto esencial en la trayectoria cultural del mundo, sobre la que conviene hablar de vez en cuando para no perder jamás la perspectiva de lo que representan y, sobre todo, de lo que pudieran llegar a representar.

Todos sabemos que entre España y Portugal las relaciones no han sido fáciles ni es probable que en mucho tiempo logre superarse por completo un desencuentro que hunde sus raíces en un aprendizaje cuestionable de la historia y de la geografía y en posturas de recelo que propenden a la incertidumbre cuando se trata de abordar proyectos e iniciativas de larga singladura en el tiempo. Señalaba Miguel Torga la preocupación que le causaba el no sentirse reconocido en España, pues al escribir su obra siempre sentía la necesidad de que fuera atendida allende la raya. En términos similares se expresan los escritores portugueses cuando se les recibe en nuestro país y resulta una de las advertencias recurrentes de José Saramago, tan sensible a las particularidades de ese espacio diferenciado que concibió como una “balsa de piedra”. No ha sido ésta la postura mantenida por la mayoría de los creadores españoles, que rara vez aluden a Portugal cuando piensan en los destinatarios de sus realizaciones.

Algo , empero, está cambiando. Poco a poco se van abriendo espacios para el encuentro y el engarce de sensibilidades. Mas, si es cierto que la raya ya no es tan impermeable como antaño, todavía marca un hiato que sólo la voluntad política y el esfuerzo empeñado en acometer objetivos económicos y culturales de envergadura podrán ir difuminando para siempre, por más que las discontinuidades en el proceso de acercamiento hayan de definir por algún tiempo la pauta dominante.

En cambio, al visitar Brasil la perspectiva se enriquece tras superar el asombro que suscita un país de tal magnitud. Bien pronto la visión condicionada por la desmesura queda difuminada por el hecho de que, a pesar de su enorme escala, se trata de una sociedad muy desigual pero culturalmente con rasgos de homogeneidad bien marcados. Cobra fuerza la percepción de que ha entendido perfectamente lo que significa la lengua española en el contexto latinoamericano como elemento de oportunidad para ciudadanos que a menudo – en la prensa, en los debates, en los congresos científicos - aluden a la importancia que tiene familiarizarse con una lengua que les relaciona más fácilmente con el Mercosur, con el resto del continente e incluso con la mirada puesta en Europa, al considerar a España como un eslabón más, tan útil como Portugal, en la deseada reafirmación de sus vínculos con la Unión Europea.

Con qué claridad lo entendió en su día Joao Gilberto al asumir el ministerio de Cultura en el primer gobierno de Lula. Apenas dos años transcurrieron desde que éste tomase posesión como Presidente de la República brasileña para que adquiriese carta de naturaleza la voluntad política de hacer de la lengua española un vehículo de transmisión de la palabra en una sociedad que no encontraría grandes dificultades en interiorizarla. A partir del 6 de Agosto de 2005 entró en vigor la Ley – “Ley del Espanhol”, la llaman – por la que todos los centros de enseñanza secundaria deben incluirla en sus planes de formación, como una opción que rápidamente ha sido seleccionada por más de la mitad de los escolares, con la expectativa de que a finales de esta década pueda ser hablada con soltura por más de 70 millones de personas.

Sorprende visitar los Estados del Sur de Brasil y comprobar la enorme difusión de nuestra lengua en las áreas de mayor dinamismo económico y social. Hace no mucho lo destacó Tarso Genro, ex alcalde de Portoalegre, y artífice de una de las ciudades emblemáticas en el fomento de la participación ciudadana aplicada a las políticas públicas urbanas. “El portugués y el español forman parte de nuestra identidad cultural y son nuestra mejor carta de presentación en el mundo”, dijo en un acto municipalista. Resumió perfectamente lo que supone pasar de una historia de confrontación e indiferencia a la voluntad de hacer propias las posibilidades de una experiencia compartida, apoyada en el valor de las lenguas ibéricas y en el reconocimiento de la riqueza de las culturas y de las sociedades que las sustentan.