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21 de octubre de 2009

Crisis económica y cultura empresarial


El Norte de Castilla, 21 de Octubre de 2009

Aunque parezca una obviedad, en el desencadenamiento y en la gestión de una crisis económica las causas y los instrumentos son siempre complejos y ni en un caso ni en otro los análisis pueden limitarse a interpretaciones simplificadoras. Joseph Stiglitz ya lo ha señalado hace tiempo al subrayar la conveniencia de que, tanto a la hora de valorar la magnitud de los problemas como de diseñar las estrategias que permitan afrontarlos, prime la honestidad de reconocer los errores cometidos a fin de llegar a puntos de encuentro y de compromiso de suerte que cuantos se hallan implicados asuman la cuota de responsabilidad que les concierne.

Si el diagnóstico sobre los factores de la recesión actual está aún por clarificar en toda su amplitud de perspectivas, y cuando en nuestro marco internacional observamos debates muy abiertos en los que se cuestionan las versiones esquemáticas, lo cierto es que en España prevalece un discurso monocorde, a modo de clave irrebatible en la interpretación de una crisis que afecta a nuestra economía y a nuestra sociedad con niveles de gravedad superiores a los que se registran en la Unión Europea.

Mientras el indicador más preocupante – el desempleo - mantiene cotas elevadísimas y la destrucción del trabajo enrarece el escenario en el que trágicamente se desenvuelven muchas familias españolas, el ambiente está dominado por las ideas que centran la atención en una terapia sin la cual no habría forma de salir de ese pantanal. Todas abundan en un argumento al que se otorgan valores taumatúrgicos: la solución a los problemas ha de venir estrictamente de la reforma drástica e inmediata del mercado de trabajo. En ello coinciden el gobernador del Banco de España, conspicuos profesores de ciencia económica – hace unos días asistí en Valladolid a una conferencia del profesor Barea Tejeiro, que habló decididamente en esa dirección - y, con insistencia obsesiva, el hombre que dirige la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, al que no se le oye otra palabra que la que abunda en la desregulación del trabajo, aunque esta opinión se muestre mucho más matizada por parte del Presidente de la Confederación de la Pequeña y Mediana Empresa.

Si todas las servidumbres de nuestra economía se identifican con las deficiencias subsistentes en el mercado laboral, y al tiempo observamos que los Expedientes de Regulación de Empleo proliferan como hongos mientras las cifras de paro aumentan sin cesar, ¿es justo admitir que en la ordenación del trabajo residen todos los males?. Quizá esta reiteración no pretende otro objetivo que el de fortalecer un pensamiento único, que justifique el abaratamiento del despido, la congelación salarial y la reducción a las cotizaciones a la Seguridad Social. En definitiva, la lógica del recorte de los derechos, las restricciones a cualquier reivindicación que pudiera plantearse y la voluntad de gravitar la solución de la crisis sobre los sacrificios de los trabajadores, pues, dicho de otro modo, si no es a costa de ellos no hay manera de salir a flote.

Sesgado el discurso de modo tan selectivo, no ha lugar en quienes abogan por esta medidas a consideraciones que amplíen racionalmente la casuística del problema, siquiera sea como aproximación a un debate necesitado de un recorrido y de una perspectiva mucho más amplios. En este enfoque dominante nunca aflora la más mínima autocrítica por parte de sus defensores. Da la impresión de que, hallándose en posesión de la verdad y de la lógica más abrumadora, cualquier atisbo de corrección del modelo de crecimiento, de sus instrumentos de gestión o de sus líneas estratégicas están fuera de lugar. No veremos en este panorama reflexión alguna que ponga en entredicho el margen de responsabilidad que, en mayor o menor medida, compete a los agentes que controlan el capital en el origen del desbarajuste que vivimos. Con una convicción sin fisuras, nunca el presidente de la CEOE ha mostrado el mínimo rasgo de apertura a la explicación de un problema que no puede entenderse desde una perspectiva unilateral, para la que los obstáculos provienen exclusivamente del funcionamiento del mercado de trabajo o de la falta de previsión del Gobierno, sin que los otros actores de una escena llena de interdependencias tengan absolutamente nada, o muy poco, que ver.

Todos sabemos que existen en la economía española empresarios ejemplares que merecen pleno reconocimiento, que arriesgan, se esfuerzan y se muestran refractarios al despido masivo, a la venta de su empresa al mejor postor y al abandono del compromiso mantenido con el entorno en el que se insertan. Responden a esa denominación de “capitanes de empresa” que en una de sus novelas utilizó Raúl Guerra para significar ese relevante grupo de promotores de iniciativas, que asumen riesgos, afrontan momentos críticos, crean empleo y dignifican la imagen de sus campos de actividad. Pero también nos consta hasta qué punto la economía española adolece con frecuencia de falta de un empresariado innovador, moderno, con visión de futuro, con proyección internacional, capaz de aprovechar la subvención para emprender nuevos rumbos en un mercado globalizado en vez de utilizar, como se hace, visiones inerciales y carentes de proyección que vayan más allá de la coyuntura favorable y de los beneficios que genera.

En suma, si todos somos conscientes de que a veces prima la cultura especulativa, aferrada al corto plazo, frente a la cultura empresarial moderna, sensible de horizontes más sólidos, ¿no estaríamos de acuerdo en firmar que ese énfasis obsesivo en la reforma del mercado laboral no es sino una especie de cortina de humo destinada a ocultar, en los casos en que así sucede, las ineptitudes y las malas prácticas que ponen en cuestión los principios en que hoy se amparan los rasgos éticos de la “nueva cultura empresarial”, a los que precisamente hacen referencia las aportaciones de Elinor Osrom y Oliver E. Williamson, flamantes Premios Nobel de Economía 2009?.


2 de agosto de 2007

DOS EMPRESARIOS DE REFERENCIA


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El Norte de Castilla, 2 de Agosto de 2007
La casualidad nos ha situado ante dos sucesos luctuosos ocurridos casi en la misma fecha. Las muertes de Santiago López y de Jesús de Polanco han permitido evocar la vida y a la obra de dos personajes representativos de lo mejor del empresariado español en la segunda mitad del siglo XX. Poco importa que no se conocieran o que sus posiciones ideológicas y políticas discrepasen. Las disensiones que han afectado a la historia reciente de España, y que uno y otro vivieron, cada cual desde su perspectiva, con la intensidad propia de quien siente implicado de lleno en la trayectoria de su país, no han impedido que, a la postre, prevalezca el denominador común que los distingue como referentes a los que remitirse para ejemplificar, sobre la base de sus respectivos legados, lo mucho que significa su aportación al desarrollo y a la transformación positiva de las sociedades y de los espacios en los que desplegaron sus respectivos proyectos e inquietudes.

Esta valoración se basa en su identificación con la figura del empresario entendido en el sentido más encomiable del término. Es una categoría que lograron dignificar en medio de un panorama de dificultades e incertidumbres, poniendo al descubierto lo que verdaderamente acredita el espíritu de empresa frente a los intentos de trivializar el concepto y de atribuirlo indebidamente a cuantos presumen de tenerlo sin los requisitos inherentes a esta cualidad, es decir, la capacidad de iniciativa para la puesta en marcha de proyectos innovadores, la audacia frente al riesgo, la tenacidad en la lucha por objetivos de amplio alcance y largo plazo, la autoridad moral, el rechazo a las prácticas especulativas, el liderazgo para crear equipos solventes y el sentido de la oportunidad histórica. Rasgos, en fin, capaces de marcar líneas de comportamiento y de gestión que acaban cristalizando en obras sólidas, resistentes al paso de tiempo y que a la par implican efectos positivos, de gran impacto en sus entornos.

Si con razón se ha señalado la responsabilidad de Santiago López en la transformación de la ciudad de Valladolid como uno de los artífices del despegue industrial que hizo aflorar una nueva sociedad y una dinámica urbana sin precedentes, aunque no exenta de fuertes contradicciones, considero que su huella rebasa con creces la dimensión vallisoletana. Debemos mencionar su papel como uno de los impulsores de la moderna industria del automóvil en España, en la medida en que la creación de FASA - en la que como artífice de la iniciativa desempeñó también un eminente protagonismo la labor de Manuel Jiménez Alfaro - supuso, en un campo dominado por la acción pública, la materialización del primer gran proyecto planteado desde la iniciativa privada con criterios de racionalización tecnológica, que actuaría a su vez como catalizador de la presencia extranjera – en este caso, de Renault -, lo que le convierte en uno de los soportes sobre el que se apoyaría el fuerte despegue en los sesenta de la automoción en España al amparo de su atractivo para la implantación de las grandes firmas multinacionales del sector.

Al propio tiempo no es baladí el mérito que le cupo como polemista cualificado sobre cuestiones de interés económico que desbordaban la escala local. En el Departamento de Geografía le conocíamos como “el termómetro”, pues atentamente seguíamos el pulso de los cambios económicos a través los comentarios que con frecuencia realizaba en El Norte de Castilla y en otros medios sobre la evolución de la economía, en los que hacia alarde de una visión crítica, amplia de miras, siempre coherente con la defensa de la industria como motor del crecimiento, y con un horizonte que apuntaba al conjunto de la región, cuando esta dimensión era ignorada o considerada irrelevante. Sus reflexiones sobre los Planes de Desarrollo, que seguí de cerca, merecen ser recordadas como unas de las más perspicaces que en su momento se hicieron.

Tampoco fue tarea fácil la acometida por Jesús de Polanco cuando a mediados de los setenta supo entender lo que podría representar el proyecto periodístico concebido por José Ortega Spottorno y al que se adhirió, asumiendo gran riesgo y coste personal, consciente del decisivo papel que iba a desempeñar la información libre y de calidad en un proceso tan azaroso y complicado como iba a ser la transición a la democracia en España. Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, y sin olvidar las polémicas suscitadas en torno a la obra del editor fallecido, su acritud pierde consistencia frente a los méritos de una labor que suscita tanta consideración como respeto por parte de quienes con sus productos editoriales competían con él en buena lid. Decía Servan-Schreiber que “la calidad del periodismo se mide por el rigor y la objetividad de la información suministrada, por el rechazo a cualquier forma de sectarismo y por la fidelidad a los principios que amparan la libertad de expresión”.
Pues bien, más allá de las controversias que pudiera suscitar la trayectoria de la cabecera – el diario “El Pais” - identificada con la aportación de Polanco al periodismo, no cabe duda de lo que supuso su salida a la calle cuando todavía el horizonte de la democracia se mostraba confuso y la demanda de libertad e información, aun insatisfecha, era un clamor creciente en la sociedad española. Mucho tiempo ha transcurrido desde que Santiago López y Jesús de Polanco pusieron en marcha las iniciativas que les han singularizado, mas su impronta pervive en el recuerdo y en la realidad. Una impronta asociada a aquellas ideas - desarrollo, innovación, voluntad de cambio, visión de futuro – que ambos protagonizaron y a las que tanto debe la modernización de la España contemporánea.

20 de junio de 1990

Crisis, sociedad postindustrial y calidad de vida


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Con bastante asombro y no sin cierta ansiedad estamos asistiendo en esta épo­ca de fin de siglo a la formulación de posiciones nuevas que modifican sustancialmente muchos de los postulados que, asumidos con firmeza y seguridad, pare­cían hasta ahora poco menos que intangi­bles. Es evidente que la crisis económica y la serie de manifestaciones asociadas a ella ha contribuido de forma decisiva a replantear gran parte de los axiomas vi­gentes en las sociedades occidentales de­sarrolladas, a medida que se impone con fuerza la necesidad de reorientar las líneas maestras del crecimiento, cuestiona­do en sus implicaciones más contrapro­ducentes y negativas. Surge así toda una corriente de pensamiento que, si emana de los sectores más sensibilizados de la sociedad, aparece también alentada por algunos de los protagonistas principales del sistema, afanados por asentar las ba­ses teóricas sobre las que ha de reposar la construcción de un modelo articulado en torno a los principios de la llamada socie­dad «postindustrial». Es, en suma, el tiempo de las revisiones a fondo, que, más allá del mero ejercicio autocrítico, siempre saludable y necesario, denotan por parte de éstos el verdadero alcance de una resuelta voluntad de cambio, conce­bida al propio tiempo como garantía para la supervivencia de la lógica, ésta sí inva­riable, sustentadora de su misma razón de ser.

Y es que, en efecto, los fundamentos que justifican tal viraje obedecen no sólo a la necesidad de formular propuestas alternativas al cúmulo de contradicciones desencadenadas por el voluntarismo y los inconvenientes de un pretendido crecimiento sin límites, generador de pro­blemas múltiples, como al propósito de lograr un acomodo lo más rápido y eficaz posible a las nuevas reglas de juego im­puestas por la transformación de los fac­tores de producción y por los requeri­mientos de la demanda social, que presio­na también decididamente en esta direc­ción. A la postre, la convergencia de ambas premisas, claramente interrelacionadas, está provocando, con una celeri­dad insólita, la adopción de nuevas pau­tas de conducta, preconizadas por quie­nes, ostentando un gran poder de decisión y con notoria resonancia en los círculos internacionales, se hallan en condiciones de contribuir en un plazo relativamente corto a la redefinición de los modelos de crecimiento imperantes en las sociedades industrializadas y, en virtud de ello, en la propia dinámica interna de los espacios afectados.

Aunque, por supuesto, el tema reviste numerosas dimensiones y variadas pers­pectivas de análisis, me parece oportuno llamar la atención, por las posibles impli­caciones que pueda tener sobre nuestro marco de referencia más próximo, acerca de la envergadura que, en este contexto, comienza a cobrar una de las tendencias más llamativas y esclarecedoras de la etapa de revisión en que nos encontra­mos. Me refiero, en concreto, al creciente significado que progresivamente se con­cede a la variable medioambiental como componente básico de las directrices pro­pugnadas por relevantes figuras del mundo empresarial, vinculado a la industria en su proyección transnacional más am­plia, y, por ende, con un peso específico capaz de conferirles especial crédito co­mo expresión de una actitud digna de proyección a gran escala. Supone, dicho de otro modo, el reconocimiento explíci­to de la responsabilidad ecológica como principio de actuación estratégica, plan­teado a su vez de acuerdo con la tendencia a la fijación de los definidos por Von Weizsácker como los «valores límite» en que ha desenvolverse el frágil equilibrio establecido entre la actividad económica y la sociedad, por encima de los cuales tienden a surgir situaciones de ruptura y confrontación, netamente perjudiciales tanto por el ecosistema como para el logro de una adecuada calidad de vida, entendi­da en su acepción más plena y globalizadora.

A modo de muestra, nada tan elocuen­te en este sentido como las reveladoras afirmaciones hace unos días por persona­lidades señeras de la industria automovi­lística mundial en el expresivo marco del barrio parisino de La Défense, escenario emblemático del capitalismo moderno y punto de encuentro de un Simposio sue­co-francés sobre el Medio Ambiente, al que tuve la oportunidad de asistir con-ocasión de un reciente viaje de estudios a la siempre espléndida capital francesa. Y ha sido precisamente en este foro donde los dirigentes del grupo Volvo y de la Régie-Renault han coincidido en una re­flexión, que testifica el auténtico valor de una postura públicamente defendida y, ya de forma más específica, el posible inicio de una nueva etapa en la trayecto­ria de uno de los sectores claves en la organización del espacio y de la sociedad contemporáneos, y cuya incidencia eco­lógica parece a todas luces incuestionable.

Partiendo de un análisis crítico sobre la gravedad alcanzada por los impactos más negativos derivados de la utilización ma­siva del vehículo individual, no carece de interés el hecho de que sean los portavo­ces de dos de las principales firmas mun­diales del sector quienes aboguen no sólo por la corrección tecnológica de los efec­tos contaminantes, sino, y esto es lo verdaderamente revelador, por la racio­nalización del uso del automóvil, abun­dando incluso en la necesidad de restrin­gir su acceso a las ciudades, con el fin de liberar a éstas del que sin duda se ha convertido en uno de los factores primor­diales de la problemática urbana, con indudables repercusiones lesivas para la calidad de vida y el bienestar de los ciudadanos. Al señalar R. Levy, presiden­te de Renault, «qu'il faudra bien un jour que la ville se débarrase del'automobile» no daba la impresión de estar inducido por una postura demagógica sino por el deseo de sintonizar con la evidencia de una realidad palmaria, cada vez más os­tensible como factor de distorsión de la vida cotidiana y de degradación me­dioambiental. Incidencias, en cualquier caso, de imposible solución si se mantie­nen invariables las premisas que han hecho de este elemento de transporte el soporte básico de la circulación y uno de los principales símbolos de los comporta­mientos y actitudes, no menos cuestiona­bles a su vez, imperantes en las socieda­des occidentales.

Entiendo por ello que la reflexión plan­teada reviste una especial trascendencia, ya que no se limita únicamente a denun­ciar la gravedad de un fenómeno tan conocido como preocupante. A mi juicio, son varias las consideraciones deducibles de esta declaración de principios que, en virtud de su procedencia, no merece ser soslayada, pues responde a algo más que al simple propósito de ofrecer una imagen sensible y solidaria con el medio ambien­te, como testimonio al propio tiempo de un fenómeno al que no ha de permanecer ajena la dinámica general del sistema productivo, supeditado a condiciona­mientos más o menos similares. Revela, en consonancia con los parámetros in­dustriales emergentes tras la crisis, el significado de las tendencias en que se halla sumido un epígrafe clave de la pro­ducción, en cierto modo paradigmático dentro de este proceso.

Pues, en efecto, se trata de una activi­dad forzada a conciliar en su seno la aplicación de altos niveles de racionalización tecnológica con la resolución de los problemas que se derivan de sus destaca­das implicaciones medioambientales a todos los niveles. De ahí que si a corto plazo sus directrices básicas se materiali­zan en la formalización de acuerdos inte­rempresariales y en una inexorable y fe­bril carrera a favor de la productividad máxima, es obvio que a la larga se verá obligada a asumir la evidencia de que sus comportamientos clásicos han entrado ya en contradicción con el margen de tole­rancia que le permite la propia realidad espacial, incapaz de aceptar los niveles de progresión alcanzados hasta ahora. Y es también en este sentido como habría que entender el reconocimiento explícito de que la configuración racional de los espa­cios urbanos exige necesariamente la fun­ción reguladora -entendida en términos de restricción y control- del que sin duda se ha convertido en el principal problema para la satisfacción de los objetivos que identifican la ciudad como un ámbito de uso colectivo y de relación óptima, difícil­mente compatible con el crecimiento ex­ponencial del parque automovilístico y la serie de efectos recurrentes que tal progre­sión implica. Es, por tanto, a partir de este conflicto dialéctico surgido entre trans porte individual y calidad de vida urbana como hay que interpretar la redefinición de las estrategias formuladas, en las que la reivindicación medioambiental se con­vierte en criterio básico de actuación, perfectamente asumible en virtud de las condiciones de versatilidad que caracteri­zan el funcionamiento de la gran empresa moderna y de su capacidad para abrirse a nuevos campos de la producción, sin poner en entredicho, como ya sucede con el grupo Volvo, los pilares de su liderazgo industrial y financiero.

De acuerdo con ello, no resulta ocioso, finalmente, plantearse en qué medida tales comportamientos pueden repercutir sobre el modelo de crecimiento industrial que ha sustentado el afianzamiento de la personalidad fabril vallisoletana. Tal vez sea prematuro hacer aún estimaciones prospectivas sobre el impacto que las nuevas corrientes suscitadas vayan a pro­vocar en enclaves que, como ocurre en nuestra ciudad, han cimentado las líneas maestras de su crecimiento en un sector sometido hoy a controversia o, en todo caso, a la reformulación más o menos intensa de sus esquemas de actuación tradicionales. Pero lo cierto es que el mantenimiento de sus umbrales de vitalidad económico-industrial requiere nece­sariamente la superación de las condicio­nes de dependencia excesiva a la dinámi­ca y a las vicisitudes de una actividad dominante, cuyos riesgos se vislumbran en el horizonte, para, en su lugar y como alternativa necesaria, garantizar la aper­tura a nuevas líneas de actividad, que al tiempo que mitiguen los niveles de incertidumbre propicien la aparición de meca­nismos compensadores antes de que los efectos de la crisis desencadenen los cos­tos sociales que con tanta virulencia han lesionado a las áreas excesivamente vin­culadas a los segmentos más vulnerables del aparato productivo.
Es obvio que ante esta nueva etapa se imponen al tiempo nuevos desafíos, entre los cuales ha de ocupar una posición relevante el lugar que se conceda a la salvaguarda y defensa del medio ambiente como garantía de un funcionamiento satisfactorio de ese difí­cil binomio planteado en las sociedades industrializadas, y en cuya compatibili­dad, ya no tan utópica en el momento actual, descansa la armonización preten­dida entre crecimiento económico y el logro de una auténtica calidad de vida.