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22 de marzo de 2023

Reflexiones en torno a los impactos de la Covid 19: un debate inconcluso

 

Cuando han transcurrido tres años desde la aparición de la pandemia causante del fallecimiento de (cifra aproximada) 17 millones de personas en el mundo la perspectiva apoyada en las variables y en los elementos de juicio disponibles induce a reflexionar sobre sus implicaciones más significativas. Y es que, como se ha podido ver de manera reiterada, la pandemia ha contribuido con fuerza a la reactivación de reflexiones y debates que ya estaban latentes como reacción a los impactos provocados por la crisis financiera de 2008. Aunque las motivaciones de una y otra son distintas, no están ausentes de los rasgos y las tendencias que definen un panorama repleto de problemas irresueltos, que inducen necesariamente a la reflexión con fines interpretativos susceptibles de facilitar la corrección de factores y situaciones con frecuencia asociados a su desencadenamiento. Y es que no en vano una epidemia constituye, como señala Laurence Monnais, una “realidad multifactorial, necesitada de una salud pública interdisciplinar”.  

            Son, en esencia, grandes y perentorios desafíos intelectuales suscitados ante la necesidad de dar respuesta a problemas acuciantes que, de forma general, quedaron identificados con los efectos de la globalización, un fenómeno positivamente valorado en sus fundamentos básicos para acabar sometido a evaluaciones críticas, que incluso apuntan al fin del orden liberal globalizado,  y a la elaboración de propuestas alternativas, acordes con la necesidad de un modelo socialmente más equitativo, más sostenible desde el punto de vista ambiental y, por ende, fiel a los ineludibles compromisos a que obliga la lucha contra el calentamiento global, de gravedad creciente. Estamos asistiendo, y en un momento crítico de la geopolítica mundial, a una etapa abierta a la búsqueda de nuevos horizontes interpretativos, exigentes en autocrítica y en labor prospectiva de cara a una visión a medio y largo plazo de los procesos que han de afectar a las sociedades tanto individual como colectivamente.

            Con la perspectiva temporal disponible resultan patentes las disrupciones que está trayendo consigo desde el punto de vista territorial hasta cimentar las bases de un replanteamiento de las realidades espaciales a partir de las nuevas formas de relación entre las sociedades y los entornos en los que se organizan y desenvuelven. No en vano el patógeno SARS-CoV-2 se ha convertido, como afirma Michel Lussault,, en un potente operador geográfico que incide sobre el Sistema-Mundo, dando lugar a transformaciones que en esencia se corresponden con una performance geográfica global. Convendría detenerse en lo que significa este fenómeno con el fin de apreciar el alcance de los cambios, ya producidos o en vías de hacerlo, en la configuración de las realidades espaciales, afectadas – o en vías de afectación - por rupturas flagrantes respecto a las tendencias consolidadas en la etapa previa al desencadenamiento de la peste.

            A modo de aproximación a un tema cuyos perfiles se encuentran todavía pendientes de constataciones bien definidas, cabe estimar que los procesos detectados gravitan en torno a tres tendencias fundamentales, que operan como argumentos determinantes de nuevos comportamientos y estrategias. Abiertos al debate, a la contrastación empírica y a la reflexión prospectiva, no son sino la plasmación de metamorfosis decisivas en las formas de vida y en la manera de entender las cambiantes relaciones que las sociedades mantienen con el espacio y con el tiempo. Un fenómeno solo entendible desde la visión del “tiempo largo de las epidemias”, de que habla Jeoffrey Vigneron.

            - En un mundo hiperconectado la evolución de la enfermedad y la consecuente crisis sanitaria han puesto al descubierto la espectacular capacidad de propagación del virus, plenamente superado el condicionamiento de la distancia. El hecho de que los impactos hayan sido comprobados simultáneamente en escenarios tan distantes entre sí ha revalidado la percepción de un mundo compartido, entendible en su globalidad y complejidad, y en el que la difusión de la enfermedad elimina por completo la sensación limitativa de la discontinuidad fronteriza, por más que ésta se haya utilizado como medida profiláctica frente al contagio. Situados ante la epidemia más documentada de la Historia, se ratifica la envergadura de sus implicaciones merced al caudal de datos generados por la numerización masiva del conocimiento. No es posible sustraerse en un contexto así a la toma en consideración de sus manifestaciones espaciales como son las relacionadas con su incidencia en la exacerbación de las desigualdades sociales (en función del género, del nivel social y del origen geográfico), en el agravamiento de la brecha tecnológica como factor clave de diferenciación socio-espacial, en el deterioro de las formas de trabajo – “los trabajadores invisibles”, de que hablan Nicolas Dagorn y Luxemburg -, en la afectación de las relaciones sociales y de la propia vida, hasta el punto de que la alteración de los comportamientos ha sido calificada como “la servidumbre de los cuerpos”. Todo ello sin olvidar los contrastados niveles de calidad y efectividad de los servicios asistenciales, sometidos a presiones que han mediatizado su capacidad de respuesta para asumir el incremento exponencial de las necesidades a que se han enfrentado los sistemas públicos de atención sanitaria. 

- Por otro lado, y como corresponde al hecho de que la pandemia desencadena una triple crisis (política, económica y cívica) los respectivos espacios de vida se han visto afectados de manera generalizada en función de los hábitos inducidos por el obligado confinamiento y el repliegue a favor de la salvaguarda de la privacidad como réplica a la aglomeración social, entendida como ámbito desestimable. La reclusión se atiene a la dosis de sacrificio y renuncia que antepone la seguridad a la libertad, como forma de autoprotección y como eliminación de las dudas e inseguridades que suscita el hecho de encontrarse ante una situación de riesgo letal e imprevisible. Si esta disyuntiva ha seguido respondiendo a los mismos esquemas valorativos que Watts planteaba en su Elogio de la inseguridad en los años cincuenta, no estaría de más invocar la elocuente y oportuno reflexión de Delumeau, para quien “la inseguridad no nace solo de la presencia de la enfermedad sino también de la desestructuración de los elementos que construyen el entorno cotidiano, en el que todo es diferente”.   En este contexto cobra fuerza el empeño por avanzar en el aprovechamiento de las ventajas inherentes a la modelización de los fenómenos y tendencias observados. Particularmente considero oportuno traer a colación la idea planteada a los pocos días del estallido generalizado de pandemia por la prestigiosa Revista Science (número 367, de 27 de marzo de 2020) al subrayar que  “with COVID-19, modeling takes on life and death importance. Epidemic simulations shape national responses“.

 

-Y, como observación aún pendiente de verificaciones contrastadas, no es descartable que el binomio espacio-tiempo se muestre en gran medida trastocado por las nuevas lógicas que tienden a alterar la configuración física de los territorios. A ello han de contribuir decisivamente dos factores decisivos: de un lado, las restricciones y cautelas aplicadas a uno de los soportes que en mayor medida han sustentado la dimensión del proceso globalizador, como es el ejercicio de la movilidad a todas las escalas, en la que el transporte colectivo aparece sujeto a profunda revisión; y, de otro, la modificación de las pautas de conducta asumidas por las personas y las empresas en un contexto propicio además a la recuperación de la confianza en el Estado. Sobre la confluencia de ambos procesos descansan nuevos horizontes estratégicos, cuyo alcance sorprende antes de que sus efectos se plasmen de manera explícita. De ellos deriva lo que se ha venido en definir como un “capitalismo de plataforma”, que se fundamenta en la explotación de la información y en el despliegue de una potencia formidable para el desarrollo del comercio electrónico, en la importancia asignada a los algoritmos que sustentan la inteligencia artificial y su logística con el consiguiente impacto en el trabajo, en la enseñanza a distancia y en la propia transformación de los servicios (telemedicina), el uso de la energía y los sistemas productivos industriales (vehículos autónomos, equipos médicos, etc.). 

Y, si observables son también en las reestructuraciones habidas en el uso formativo y recreativo del espacio y en la intensificación del trabajo no presencial, no carecen de importancia los fenómenos que repercuten en la concepción, con criterios alternativos, de la ordenación de los ámbitos urbanos y rurales, así como de las interrelaciones producidas entre ambos, en el replanteamiento funcional de las actividades educativas o, como hecho de enorme trascendencia, en la proyectada reordenación de las cadenas mundiales de valor, mediante la revisión a fondo del modelo de integración asimétrica de la producción industrial a que ha conducido un proceso deslocalizador hoy cuestionado al amparo de una mundialización en crisis.  Ivan Krastev lo ha señalado con gran expresividad: “ha hecho falta que llegara un virus para poner al mundo patas arriba”.

8 de septiembre de 2020

Los impactos espaciales de la pandemia

 


La pandemia que está trastocando el mundo en los inicios de la tercera década del siglo XXI ha contribuido con fuerza a la reactivación de reflexiones y debates que ya estaban latentes como reacción a los impactos provocados por la crisis financiera de 2008. Aunque las motivaciones de una y otra son distintas, no están ausentes de los rasgos y las tendencias que definen un panorama repleto de problemas irresueltos, que inducen necesariamente a la reflexión con fines interpretativos y correctores. Son, en esencia, grandes y perentorios desafíos intelectuales suscitados ante la necesidad de dar respuesta a problemas acuciantes que, de forma general, quedaron identificados con los efectos de la globalización, un fenómeno positivamente valorado en sus fundamentos básicos para acabar sometido a evaluaciones críticas, que incluso apuntan al fin del orden liberal globalizado,  y a la elaboración de propuestas alternativas, acordes con la necesidad de un modelo socialmente más equitativo, más sostenible desde el punto de vista ambiental y, por ende, fiel a los ineludibles compromisos a que obliga la lucha contra el calentamiento global, de gravedad creciente. Estamos asistiendo, y en un momento crítico de la geopolítica mundial, a una etapa abierta a la búsqueda de nuevos horizontes interpretativos, exigentes en autocrítica y en labor prospectiva de cara a una visión a medio y largo plazo de los procesos que han de afectar a las sociedades tanto individual como colectivamente.

Con la perspectiva temporal disponible resultan patentes las disrupciones que está trayendo consigo desde el punto de vista territorial hasta cimentar las bases de un replanteamiento de las realidades espaciales a partir de las nuevas formas de relación entre las sociedades y los entornos en los que se organizan y desenvuelven. No en vano el patógeno SARS-CoV-2 se ha convertido, como afirma Lussault, en un potente operador geográfico que incide sobre el Sistema-Mundo, dando lugar a transformaciones que en esencia se corresponden con una performance geográfica global. Convendría detenerse en lo que significa este fenómeno con el fin de apreciar el alcance de los cambios, ya producidos o en vías de hacerlo, en la configuración de las realidades espaciales, afectadas – o en vías de afectación - por rupturas flagrantes respecto a las tendencias consolidadas en la etapa previa al desencadenamiento de la peste.

            A modo de aproximación a un tema cuyos perfiles se encuentran todavía pendientes de constataciones bien definidas, cabe estimar que los procesos detectados gravitan en torno a tres tendencias fundamentales, que operan como argumentos determinantes de nuevos comportamientos y estrategias. Abiertos al debate, a la contrastación empírica y a la reflexión prospectiva, no son sino la plasmación de metamorfosis decisivas en las formas de vida y en la manera de entender las cambiantes relaciones que las sociedades mantienen con el espacio y con el tiempo. Un fenómeno solo entendible desde la visión del “tiempo largo de las epidemias”, de que habla Vigneron.

En un mundo hiperconectado la evolución de la enfermedad y la consecuente crisis sanitaria han puesto al descubierto la espectacular capacidad de propagación del virus, plenamente superado el condicionamiento de la distancia. El hecho de que los impactos hayan sido comprobados simultáneamente en escenarios tan distantes entre sí ha revalidado la percepción de un mundo compartido, entendible en su globalidad y complejidad, y en el que la difusión de la enfermedad elimina por completo la sensación limitativa de la discontinuidad fronteriza, por más que ésta se haya utilizado como medida profiláctica frente al contagio. Situados ante la epidemia más documentada de la Historia, se ratifica la envergadura de sus implicaciones merced al caudal de datos generados por la numerización masiva del conocimiento. No es posible sustraerse en un contexto así a la toma en consideración de sus manifestaciones espaciales como son las relacionadas con su incidencia en la exacerbación de las desigualdades sociales (en función del género, del nivel social y del origen geográfico), en el agravamiento de la brecha tecnológica como factor clave de diferenciación socio-espacial, en el deterioro de las formas de trabajo – “los trabajadores invisibles”, de que hablan Dagorn y Luxemburg -, en la afectación de las relaciones sociales y de la propia vida, que Durán ha calificado en estas páginas como “la servidumbre de los cuerpos”. Todo ello sin olvidar los contrastados niveles de calidad y efectividad de los servicios asistenciales, sometidos a presiones que han mediatizado su capacidad de respuesta para asumir el incremento exponencial de las necesidades a que se han enfrentado los sistemas públicos de atención sanitaria.  

- Por otro lado, los respectivos espacios de vida se han visto afectados de manera generalizada en función de los hábitos inducidos por el obligado confinamiento y el repliegue a favor de la salvaguarda de la privacidad como réplica a la aglomeración social, entendida como ámbito desestimable. La reclusión se atiene a la dosis de sacrificio y renuncia que antepone la seguridad a la libertad, como forma de autoprotección y como eliminación de las dudas e inseguridades que suscita el hecho de encontrarse ante una situación de riesgo letal e imprevisible. Si esta disyuntiva ha seguido respondiendo a los mismos esquemas valorativos que Watts planteaba en su Elogio de la inseguridad en los años cincuenta, no estaría de más invocar la elocuente y oportuno reflexión de Delumeau, para quien “la inseguridad no nace solo de la presencia de la enfermedad sino también de la desestructuración de los elementos que construyen el entorno cotidiano, en el que todo es diferente”.  

-Y, como observación aún pendiente de verificaciones contrastadas, no es descartable que el binomio espacio-tiempo se muestre en gran medida trastocado por las nuevas lógicas que tienden a alterar la configuración física de los territorios. A ello han de contribuir decisivamente dos factores decisivos: de un lado, las restricciones y cautelas aplicadas a uno de los soportes que en mayor medida han sustentado la dimensión del proceso globalizador, como es el ejercicio de la movilidad a todas las escalas, en la que el transporte colectivo aparece sujeto a profunda revisión; y, de otro, la modificación de las pautas de conducta asumidas por las personas y las empresas en un contexto propicio además a la recuperación de la confianza en el Estado. Sobre la confluencia de ambos procesos descansan nuevos horizontes estratégicos, cuyo alcance sorprende antes de que sus efectos se plasmen de manera explícita. Bien observables en las reestructuraciones habidas en el uso recreativo del espacio y en la intensificación del trabajo no presencial, no carecen de importancia los fenómenos que repercuten en la concepción, con criterios alternativos, de la ordenación de los ámbitos urbanos y rurales, así como de las interrelaciones producidas entre ambos, en el replanteamiento funcional de las actividades educativas o, como hecho de enorme trascendencia, en la proyectada reordenación de las cadenas mundiales de valor, mediante la revisión a fondo del modelo de integración asimétrica de la producción industral a que ha conducido un proceso deslocalizador hoy cuestionado al amparo de una mundialización en crisis.  Krastev lo ha señalado con gran expresividad: “ha hecho falta que llegara un virus para poner al mundo patas arriba”.

 

7 de abril de 2020

La dimensión socio-espacial del coronavirus








En situaciones críticas es inevitable, y aconsejable, mirar hacia el futuro. Los autores de obras literarias en las que se describen con detalle las situaciones provocadas por las epidemias, que periodicamente afectan a la Humanidad con resultados a veces devastadores, transmiten al lector la sensación de que, tras la tragedia, habrán de venir momentos diferentes. No serán necesariamente felices. Les basta a sus protagonistas – tras sufrir “grandes males y grandes errores por una peste de la que se tiene una idea indeterminada”, como señala Allessandro Manzoni en “Los novios” (1827) -  con señalar que serán distintos, pues el deseo de contraste entre lo vivido y lo aún por vivir se impone como una necesidad. De ahí el deseo de sentir que lo sufrido abra paso de una u otra manera, y cuanto antes, a la normalidad, haga posible recuperar el tiempo perdido, culmine los deseos bloqueados por la epidemia, restablezca las relaciones económicas y sociales, tan profundamente alteradas, y satisfaga los anhelos que el disfrute de la libertad proporciona. De nuevo la percepción de esa conveniencia de cambio aflora cuando el mundo se encuentra afectado por la mayor pandemia ocurrida desde hace un siglo, cuando estalló la mal llamada “gripe española”, exhaustivamente analizada desde todas las perspectivas posibles.  Cien años después, a caballo entre la primera y la segunda década del siglo XXI, la expansión acelerada e indiscriminada del COVID-19 ha provocado una conmoción global con dimensiones nunca conocidas. Ante la magnitud de sus impactos se imponen la reflexión y el debate, pues es evidente que los hechos vividos, las medidas adoptadas para afrontarlos, las representaciones mentalmente elaboradas mediante las experiencias que cada cual haya podido tener no pueden establecer una solución de continuidad sin más respecto a la ocurrido hasta ahora.

            La reflexión surge de la necesidad intelectual de dar respuesta a las numerosas incógnitas que día a día el ciudadano se plantea con la vista puesta en el futuro y en medio de la clausura a la que se haya sometido. Es lógico y pertinente plantearse las preguntas relativas a cómo van a evolucionar los hechos cuando la actividad habitual se recupere. Hasta que eso suceda, no está de más someter a consideración, de cara a las actitudes que convenga adoptar en los días que vendrán, de qué manera los hechos vividos y observados están contribuyendo a modificar la percepción de cuanto nos rodea. En este sentido, es evidente que el interés por acercarse a lo que el futuro depara gravita en torno a dos temas fundamentales: de un lado, todo cuanto hace referencia a los efectos traumáticos ocasionados en la actividad económica y en el empleo; y, de otro, no menor curiosidad suscitan los aspectos referidos a los cambios producidos en la percepción de la dimensión espacio-temporal de los fenómenos que la crisis sanitaria ha puesto al descubierto con tanta nitidez como realidades sorprendentes para muchos.

Es evidente que ambos aspectos se hallan interrelacionados, toda vez que los traumatismos producidos en la economía y particularmente sus manifestaciones más graves – el deterioro del tejido empresarial, el incremento exponencial del desempleo y el agravamiento de las situaciones de marginalidad – introducen, más allá de las medidas correctoras que pudieran introducirse por el Gobierno, dinámicas de desestructuración del sistema socio-productivo susceptibles de desencadenar tensiones muy fuertes a la hora de afrontar el proceso de recuperación. Nadie puede en estos momentos presagiar las pautas que lo han de orientar a corto y medio plazo, entre otras razones porque se carece de precedentes a los que acogerse y porque no es fácil pronosticar el grado de efectividad que los instrumentos aplicados pudieran tener. Durante algún tiempo la incertidumbre primará sobre la seguridad.  

En este contexto no carece de sentido tener en cuenta la perspectiva socio-espacial, muy conectada con el interés que tiene conocer las formas de comportamiento que se construyen entre las personas y el entorno territorial en el que se desenvuelven. No en vano estamos ante una cuestión de gran importancia geográfica, en la medida en que los procesos cognitivos y de razonamiento espacial que los individuos desarrollan en situaciones excepcionales como la que nos afecta tienden a plasmarse en una nueva forma de entender las relaciones sociales y la toma de decisiones, coincidiendo con el despliegue de la autocrítica a todos los niveles y la posible modificación de la jerarquía de valores. De ahí que tenga pleno sentido hacerse una pregunta clave: ¿Qué principios fundamentarán los comportamientos humanos en los días que vendrán? La dureza de la experiencia no permite afrontar el futuro como si nada hubiera pasado o con la idea de que lo ocurrido es un mero paréntesis en nuestra singladura por la vida. Es probable que, cuando volvamos a la calle y admitiendo que esos comportamientos sobrevivirán a la catástrofe, veamos de nuevo a nuestros amigos, recuperemos la cercanía de la familia, coincidamos con el vecino, entremos en el establecimiento de proximidad que siempre nos acogía o acudamos a una consulta médica, tres nociones claves sobrevolarán nuestros pensamientos. A saber, reconocimiento de la extrema vulnerabilidad en que vivimos, sentido de pertenencia a un espacio de riesgos y solidaridades compartidos, la ponderación inequívocamente positiva de lo público y de quienes lo atienden y de los oficios dedicados a atender las necesidades de la ciudadanía... y apoyo sin fisuras a los investigadores que ayudan a que las sociedades sobrevivan a la catástrofe. Todo se resume en la valoración de quienes menos reciben, de los peor pagados, de quienes están sumidos en el anonimato sin otra compensación que la que aporta el orgullo por la labor cumplida. Toda una lección laudatoria de la humildad y la honradez profesional, que quizá trascienda, como cabría esperar,  al modo de entender  y llevar a cabo el ejercicio de la política.


25 de marzo de 2020

Una aproximación a los impactos geoeconómicos de la pandemia: el afianzamiento de la potencia industrial de China







Este texto participa del debate organizado por la Asociación de Geógrafos Españoles sobre la dimensión espacial de la epidemia por coronavirus


La magnitud alcanzada por la pandemia del Covid-19 representa un desafío ineludible, que incide, por sus múltiples implicaciones, sobre el compromiso intelectual de los geógrafos. En modo alguno, nuestra disciplina y quienes la cultivan pueden permanecer ajenos ante un hecho de tanta trascendencia territorial, pues no cabe duda de que la crisis epidémica provocada por el coronavirus ha de marcar un hito clave en la evolución histórica de la Tierra y en la reestructuración del espacio y de las relaciones internacionales que en él tienen lugar a escala global.  Evidentes y de enorme envergadura son, en efecto, los impactos espaciales, ya constatados y previsibles, que derivan de su dimensión holística, total, ostensible tanto en la generalización de sus efectos traumáticos sobre la salud a escala planetaria como en las profundas alteraciones provocadas en el sistema productivo, en la estructura y reorientación estratégica y locacional de las empresas, en la organización de las relaciones interempresariales, en las formas de trabajo, en el comportamiento del empleo y en la justicia espacial. Nos enfrentamos, por tanto, a un cúmulo de transformaciones concatenadas y decisivas, de enorme alcance geográfico  y sobre los que habremos de profundizar con el fin de sentar las bases interpretativas de las nuevas lógicas asociadas a la mayor crisis sanitaria que ha vivido el mundo desde la Segunda Guerra Mundial.
Entre ellos, y dada su trascendencia, quisiera centrarme de momento en el análisis y la valoración del significado adquirido por la República Popular de China en este dramático y convulso panorama.  La mera verificación de los hechos, en sus diversas variables y manifestaciones, sitúa a dicho país en el foco de la atención, debido a las múltiples ramificaciones que ofrece. Desde la aparición de los primeros contagios en la ciudad de Wuhan en los últimos días del mes de enero de 2020 hasta la aplicación de las medidas de lucha contra el coronavirus, que movilizan la acción de los gobiernos, en la casi totalidad de los Estados del mundo en el primer tercio del año, la referencia a la posición de China, y a sus políticas reactivas, se muestra omnipresente. Sin perder de vista el margen de responsabilidad que la concierne en el desencadenamiento de pandemia – potencialmente atribuible a las alteraciones ecológicas y a las manipulaciones llevadas a cabo en la vida animal (Sonia Shah, 2020)[1] -  la relevancia del peso alcanzado por el país asiático justifica la toma en consideración de una tendencia que se reafirma de manera inequívoca, al comprobar que la lucha contra la pandemia está contribuyendo a robustecer sobremanera su hegemonía en el contexto de la mundialización.  Ello supone un salto cuantitativo y estratégico de primer orden en el proceso que a lo largo de las dos últimas décadas ha convertido a China en uno de los centros neurálgicos capitales de la economía globalizada. En este sentido conviene recordar que, a comienzos del siglo XXI, cuando se desencadenó el SRAS (Síndrome Respiratorio Agudo Severo) la participación de China en el Producto Interior Bruto mundial apenas representaba el 5 %. Su ingreso en 2001 en la Organización Mundial del Comercio propició un aumento progresivo de su entidad en las estructuras comerciales internacionales hasta el punto de que dos décadas después esa participación se había cuadriplicado. Concentrando la quinta parte de la riqueza mundial, su mayor relevancia en términos relativos cobra entidad cuando se calcula que en los inicios del actual decenio de China proviene la tercera parte del crecimiento económico del mundo, un porcentaje similar al volumen alcanzado por las transacciones comerciales y, lo que es aún más significativo, el 36 % de la fabricación manufacturera. Este poderío industrial, que no cesa de crecer, está en la base de su liderazgo como expresión, entre otros factores primordiales, de los efectos que, tras la integración en la OMC, han traído consigo las estrategias de deslocalización llevadas a cabo por firmas muy representativas de la industria europea, cuyos capitales han fluido en esa dirección bajo el señuelo de los bajos costes de mano de obra y la elevada productividad consecuente, ligada a su vez a la dureza de las condiciones de trabajo.
No sorprende, pues, la afirmación de Philippe Waetcher[2] cuando resume estos hechos con una conclusión – “China condiciona el mundo” - tan contundente como difícilmente rebatible. Y es que, a la postre, y en un periodo muy corto, el país que nos ocupa, y que actualmente domina el escenario mediático con enorme profusión, se ha convertido en la “fábrica del mundo”, en el foco prevalente de la economía mundial hasta el punto de elevar de manera sensible la dependencia que ésta tiene de China. En realidad, se trata de una dependencia superior a la que su presencia cuantitativa en la industria mundial la concede, ya que conviene subrayar, como indicador de prevalencia, su elevado umbral de participación en las cadenas de valor de los productos fabriles de alto valor añadido, como es el caso del automóvil, de los componentes electrónicos, del textil, del juguete…y del sector farmacéutico. En todos ellos, y sin agotar la relación, su posición es esencial a la par que condicionante, insistiendo en la idea de Waetcher. Por lo que respecta al mundo de la farmacia, baste señalar, a modo de ejemplo, que, en estos momentos, y aunque la industria del medicamento presenta aún firmas muy potentes en Estados Unidos y Europa, los principios activos están mayoritariamente fabricados en China, donde se produce el 90 % de la penicilina, el 60% del paracetamol y la mitad del ibuprofeno, lo que les confiere una importancia clave en las importaciones realizadas por los países del desarrollo, por lo que la posibilidad de ralentización productiva constituye un riesgo con frecuencia señalado. De ahí que el funcionamiento de la industria farmacéutica en el mundo y su adecuación a las necesidades de un mercado permanentemente expansivo son tributarios de la producción obtenida en China y del enorme potencial científico configurado al amparo de esta enorme ventaja comparativa. 
Cuando el estudioso de la realidad internacional contempla este escenario no puede por menos de sorprenderse de una fortaleza impensable en los años setenta, cuando China aparecía sumida en una profunda crisis económica, política y social. El viraje producido en los años ochenta fu determinante. Consistió en el tránsito del totalitarismo y de una economía semiautárquica a un modelo de economía de mercado sujeta a una estrategia dirigista, eficientemente controlada, con la mirada puesta en su progresiva integración en los mercados internacionales, en un primer momento con destino a su propia región y posteriormente al resto del mundo. El éxito de la experiencia, vigorosamente afianzada en el siglo XXI, es congruente con una voluntad de internacionalización que encuentra en las líneas estratégicas planteadas por el Estado el soporte de su posición en el mundo. En este sentido, resulta evidente la fortaleza aportada por la capacidad del Estado chino para superar ventajosamente para él las dependencias y fragilidades de las que en el contexto de la globalización adolecen las estructuras políticas y de gestión estratégica cuando se encuentran estatalmente debilitadas. China, en cambio, ha sabido aprovechar las posibilidades del mercado global de forma que los movimientos de capital y los beneficios asociados a los flujos comerciales redundaran en su propio beneficio.  Son aspectos que me parece interesante subrayar cuando observamos que, ante la crisis epidémica que la expansión planetaria del coronavirus, la forma más efectiva de afrontarlo es a través de la intervención vigorosa, firme y disciplinada, ejercida por los Estados. Sin ella, es decir, cuando las estructuras estatales son frágiles o no existen, los impactos sobre la economía y la sociedad pueden llegar a ser desastrosos. Desde esta perspectiva, y como corolario añadido de lo que China representa en la lucha contra la crisis epidémica, y haciendo gala de cómo la ha afrontado, no parece desacertado considerar que para ese país esa tragedia constituye una oportunidad para mostrarse ante el mundo como un socio del que no se puede prescindir.
De todos modos, me atrevo a afirmar que la conmoción provocada por esta pandemia tal vez obligue a reflexionar sobre el modelo de globalización que actualmente estructura la articulación del espacio mundial. Y es hasta probable que no tardemos en ver aflorar en el escenario político e intelectual reflexiones, tan interesantes como necesarias, sobre las localizaciones industriales, las interdependencias generadas, las desigualdades que se han producido, los costes sociales a que han dado lugar y, lo que también considero importante, el papel que cabe desempeñar a los Estados, una vez comprobado que sólo con Estados sólidos, y necesariamente democráticos, es posible mitigar los tremendos efectos ocasionados por la catástrofe.




[1] Sonia Shah: “Contre les pandémies…l’écologie”. Le Monde Diplomatique. Mars, 2020. Muy interesante también David Quammen: Spillover: Animal Infection and the Next Human Pandemic. Norton, 2012, 592 pp.  Sobre los efectos espaciales de las epidemias, cabe destacar la obra de Andrew Cliff y Peter Haggett: Spatial aspects of influenza epidemics. London, Pion Limited, 1986. 280 pp.