Entre las múltiples
lecciones extraídas de la experiencia vital de lucha contra la pandemia, parece
pertinente llamar la atención sobre las que previsiblemente van a traer consigo
un replanteamiento de las relaciones mantenidas con la cultura, lo que nos va a permitir valorar hasta
qué punto este suceso va a suponer una discontinuidad respecto a las que han definido
nuestros hábitos culturales antes del desencadenamiento de la crisis sanitaria, que asuela y desestabiliza profundamente el mundo de nuestros días. Es una
preocupación que ha de ser entendida no como la expresión de un abatimiento, por más que las manifestaciones de la crisis que estamos observando resulten demoledoras, sino como aliciente justificativo de
reflexiones encaminadas a no desfallecer en la valoración de la cultura como el
mejor soporte para afrontar la tragedia en la que nos estamos sumidos por el impacto de la Covid19. Por eso, cuando recorremos las calles
vacías, observamos que los teatros y los cines están cerrados, nos detenemos
ante las puertas clausuradas de los museos y las librerías o nos acercamos, consternados,
a las salas que no hace tanto tiempo acogían los actos y las convocatorias
relacionados con las cuestiones más diversas, tenemos la sensación de que algo
muy importante de nuestras vidas nos ha sido arrebatado, y que nadie cabía
suponer. Esperemos que no sea para siempre. Y es que queremos pensar que se
trata de una situación temporal, que el paréntesis va a alargarse hasta que la
lucha médica contra la enfermedad neutralice sus efectos, pero en estos momentos
resulta imposible hacerse una idea del tiempo que haya de transcurrir hasta que
eso suceda. En cualquier caso, y con independencia de cuando se alcance la
normalidad deseada, no cabe duda de que la experiencia vivida ha aportado desde
la perspectiva cultural varias consideraciones aleccionadoras. De momento, me
detendré fundamentalmente, y de manera sucinta, en las que considero más significativas.
Como primera observación a
tener en cuenta, parece razonable la aportada por Paolo Giordano cuando afirma
que, pese a las circunstancias excepcionales en que nos encontramos, y que
propenden al afianzamiento de la individualización de la vida como factor de
seguridad, la pandemia puede que contribuya a fortalecer el sentimiento de
pertenencia a una comunidad de intereses, preocupaciones y afanes compartidos, susceptibles de materializarse a todas las escalas.
Situados ante un escenario en el que la crisis sanitaria se dentifica como un
problema de dimensión global, en el que la información no deja de acentuar el
sentido de los vínculos anudados en torno a una tragedia que con enorme rapidez
ha rebasado las fronteras, la cultura se convierte, en sus diversas
manifestaciones, en el elemento capaz de vertebrar ese deseo de conocimiento apoyado en los valores culturales entendidos como un patrimonio favorecedor de
la supervivencia, y cuyo conocimiento nos aproxima a la valiosa riqueza
cultural del mundo que nos ha tocado vivir cuando finaliza la segunda década
del siglo XXI.
Por otro lado, percibo
que estamos asistiendo a una gran paradoja. No deja de ser sorprendente el
hecho de que, mientras observamos el gran deterioro económico ocasionado por el
confinamiento en las diferentes manifestaciones de que es capaz la creatividad
cultural, aumenta la conciencia de que la cultura constituye un producto de
primera necesidad, indispensable para hacer frente a la soledad y dar sentido
al mucho tiempo de que se dispone durante el aislamiento y la distancia
socio-espacial obligada. En esas circunstancias, se explica fácilmente la
tendencia al consumo intensivo de cultura que seguramente ha caracterizado la
forma de ocupar el tiempo para muchos durante el confinamiento. Las opciones
para hacerlo son tan numerosas como las oportunidades a nuestro alcance, brindadas
por las omnipresentes herramientas que sustentan la digitalización de la
sociedad y de sus formas de vida. Al amparo de Internet y, en conjunto, de la
capacidad de transmisión del conocimiento y de la imagen posibilitada por el
complejo tecnológico, el ciudadano ha podido tener a
su disposición cantidades inimaginables de contenidos culturales, que han
podido colmar con creces y en todo momento las apetencias de descubrimiento y
formación. Todo o casi todo ha estado a su servicio sin salir de casa, lo que
ha proporcionado una idea de autosuficiencia que ha contribuido a afianzar esa exigencia
de privacidad que los temores al contagio han transmitido con una fuerza argumental
que no admitía réplica.
Cabe preguntarse, sin embargo y para completar de momento la reflexión,
si las percepciones que esta sensación paradójica está provocando pueden
contribuir a la redefinición de los vínculos interactivos que la sociedad ha de
mantener en adelante con la cultura a partir de la contradicción que supone
disfrutar del inmenso caudal de bienes culturales a su alcance mientras acepta
que la brutal crisis sufrida por el sector, y las desatenciones de que es
objeto, pueden llegar a ser asumidas como algo inevitable o, peor aún, irreversible.
Si es así, creo que nos enfrentamos a un serio problema, que tal vez ponga en
peligro uno de los pilares sobre los que descansa el buen funcionamiento y la
calidad de la vida social en nuestros días y de cara al futuro. Resumiendo, diría
que la cuestión principal estriba en no perder la fidelidad a los hábitos que
han caracterizado hasta ahora las formas de acceso a la cultura precisamente
porque, más allá de la satisfacción personal que proporcionan y los contactos
que propician, significan la preservación de los engarces afectivos y de
enriquecimiento mutuo en el contexto de una sociedad culturalmente estructurada,
plural y activa. Se trata, en otras palabras, de levantar en un contexto de emergencia - sobre el que la UNESCO ha realizado interesantes aportaciones - la voz en pro del
enriquecimiento de la formación y de la creatividad cultural teniendo muy presente el sentido de la convivencia que proporciona
hacer uso de la cultura en los entornos físicos en los que se crea, se organiza
y se materializa. Y es que cuesta mucho apreciarla en toda su riqueza de
matices y en toda su dimensión creadora y cualificadora de sensibilidades al
margen de su contexto espacial, ya que no en vano espacio y cultura han de
seguir siendo realidades indisociables, so pena de vernos inmersos en las
desazones de una permanente distopía.
En
situaciones críticas es inevitable, y aconsejable, mirar hacia el futuro. Los autores de obras
literarias en las que se describen con detalle las situaciones provocadas por las epidemias, que periodicamente afectan a la Humanidad con resultados a veces devastadores, transmiten al lector la sensación de que, tras la tragedia, habrán de venir momentos
diferentes. No serán necesariamente felices. Les basta a sus protagonistas –
tras sufrir “grandes males y grandes errores por una peste de la que se tiene
una idea indeterminada”, como señala Allessandro Manzoni en “Los novios” (1827) - con señalar que serán distintos, pues el deseo
de contraste entre lo vivido y lo aún por vivir se impone como una necesidad. De
ahí el deseo de sentir que lo sufrido abra paso de una u otra manera, y cuanto
antes, a la normalidad, haga posible recuperar el tiempo perdido, culmine los
deseos bloqueados por la epidemia, restablezca las relaciones económicas y
sociales, tan profundamente alteradas, y satisfaga los anhelos que el disfrute
de la libertad proporciona. De nuevo la percepción de esa conveniencia de
cambio aflora cuando el mundo se encuentra afectado por la mayor pandemia
ocurrida desde hace un siglo, cuando estalló la mal llamada “gripe española”,
exhaustivamente analizada desde todas las perspectivas posibles. Cien años después, a caballo entre la primera
y la segunda década del siglo XXI, la expansión acelerada e indiscriminada del
COVID-19 ha provocado una conmoción global con dimensiones nunca conocidas.
Ante la magnitud de sus impactos se imponen la reflexión y el debate, pues es
evidente que los hechos vividos, las medidas adoptadas para afrontarlos, las representaciones
mentalmente elaboradas mediante las experiencias que cada cual haya podido
tener no pueden establecer una solución de continuidad sin más respecto a la
ocurrido hasta ahora.
La reflexión surge de
la necesidad intelectual de dar respuesta a las numerosas incógnitas que día a
día el ciudadano se plantea con la vista puesta en el futuro y en medio de la
clausura a la que se haya sometido. Es lógico y pertinente plantearse las
preguntas relativas a cómo van a evolucionar los hechos cuando la actividad
habitual se recupere. Hasta que eso suceda, no está de más someter a
consideración, de cara a las actitudes que convenga adoptar en los días que
vendrán, de qué manera los hechos vividos y observados están contribuyendo a
modificar la percepción de cuanto nos rodea. En este sentido, es evidente que
el interés por acercarse a lo que el futuro depara gravita en torno a dos temas
fundamentales: de un lado, todo cuanto hace referencia a los efectos
traumáticos ocasionados en la actividad económica y en el empleo; y, de otro,
no menor curiosidad suscitan los aspectos referidos a los cambios producidos en
la percepción de la dimensión espacio-temporal de los fenómenos que la crisis
sanitaria ha puesto al descubierto con tanta nitidez como realidades
sorprendentes para muchos.
Es evidente que ambos aspectos se hallan
interrelacionados, toda vez que los traumatismos producidos en la economía y
particularmente sus manifestaciones más graves – el deterioro del tejido
empresarial, el incremento exponencial del desempleo y el agravamiento de las
situaciones de marginalidad – introducen, más allá de las medidas correctoras
que pudieran introducirse por el Gobierno, dinámicas de desestructuración del
sistema socio-productivo susceptibles de desencadenar tensiones muy fuertes a
la hora de afrontar el proceso de recuperación. Nadie puede en estos momentos
presagiar las pautas que lo han de orientar a corto y medio plazo, entre otras
razones porque se carece de precedentes a los que acogerse y porque no es fácil
pronosticar el grado de efectividad que los instrumentos aplicados pudieran
tener. Durante algún tiempo la incertidumbre primará sobre la seguridad.
En este contexto no carece de sentido
tener en cuenta la perspectiva socio-espacial, muy conectada con el interés que
tiene conocer las formas de comportamiento que se construyen entre las personas
y el entorno territorial en el que se desenvuelven. No en vano estamos ante una
cuestión de gran importancia geográfica, en la medida en que los procesos
cognitivos y de razonamiento espacial que los individuos desarrollan en situaciones
excepcionales como la que nos afecta tienden a plasmarse en una nueva forma de
entender las relaciones sociales y la toma de decisiones, coincidiendo con el
despliegue de la autocrítica a todos los niveles y la posible modificación de
la jerarquía de valores. De ahí que tenga pleno sentido hacerse una pregunta
clave: ¿Qué principios fundamentarán los comportamientos humanos
en los días que vendrán? La dureza de la experiencia no permite afrontar el
futuro como si nada hubiera pasado o con la idea de que lo ocurrido es un mero
paréntesis en nuestra singladura por la vida. Es probable que, cuando volvamos
a la calle y admitiendo que esos comportamientos sobrevivirán a la catástrofe, veamos de nuevo a nuestros amigos, recuperemos la cercanía de la
familia, coincidamos con el vecino, entremos en el establecimiento de
proximidad que siempre nos acogía o acudamos a una consulta médica, tres nociones
claves sobrevolarán nuestros pensamientos. A saber, reconocimiento de la
extrema vulnerabilidad en que vivimos, sentido de pertenencia a un espacio de
riesgos y solidaridades compartidos, la ponderación inequívocamente positiva de
lo público y de quienes lo atienden y de los oficios dedicados a atender las
necesidades de la ciudadanía... y apoyo sin fisuras a los investigadores que
ayudan a que las sociedades sobrevivan a la catástrofe. Todo se resume en la
valoración de quienes menos reciben, de los peor pagados, de quienes están
sumidos en el anonimato sin otra compensación que la que aporta el orgullo por
la labor cumplida. Toda una lección laudatoria de la humildad y la honradez
profesional, que quizá trascienda, como cabría esperar, al modo de entender y llevar a cabo el ejercicio de la
política.
En el panorama de
intensas transformaciones experimentadas por el fenómeno turístico contemporáneo,
las más sorprendentes son las que tienen que ver con el llamado turismo
cultural. La experiencia adquirida pone al descubierto hasta qué punto estamos asistiendo desde mediados de los años noventa a un proceso de renovación que afecta tanto al
propio concepto como a los planteamientos que en torno a él se suscitan desde
la perspectiva de su relevancia como factor de desarrollo económico, de
modificación de los comportamientos sociales y de reequilibrio territorial. Si la capacidad de atracción de
los bienes de reconocida dimensión cultural está enraizada en el tiempo - como quedó recogido en la Carta de Venecia (1965) y posteriormente en la Carta del Turismo Cultural, elaborada
por ICOMOS en 1976 y actualizada en 1999 - es evidente que ha presentado tradicionalmente
un carácter selectivo, circunscrito a elementos singulares, de gran significado
histórico, identificados con edificios arquitectónicamente singulares oemblemáticos espacios museísticos, cuya
excepcionalidad aporta un poderoso valor simbólico a los lugares donde se ubican.
Aunque siguen conservando una
posición preeminente en el amplio inventario de bienes susceptibles de ser apetecidos
culturalmente, el complejo en el que se apoya el afán de consumo cultural se ha
diversificado sobremanera al compás de las circunstancias que han modificado el
entendimiento del espacio en función de los cambios ocurridos en los
comportamientos del expansivo mercado del ocio. A ello ha contribuido la toma
en consideración de nuevos valores, asociados al incremento de las sensibilidades
y a los alicientes creados por la curiosidad, lo que ha supuesto un cambio de
actitud, coherente con las expectativas abiertas por las disponibilidades de
tiempo libre, por la mejora de las formas de conocimiento propiciadas por los
soportes tecnológicos deinformación,
comunicación y gestión ligados al complejo GAFA (Google, Amazon, Facebook,
Apple), por la intensificación de la movilidad y por la amplitud de
las apetencias culturales y ambientales intelectualmente asumidas.
Se ha abierto así un escenario de opciones
recreativas para el despliegue de un turismo activo favorecidas por ese interesante
juego de estimulación recíproca creado entre la oferta y la demanda, cuya
diversificación abre paso a la formación de una amplia gama de productos
turísticos, que hacen posible la superación progresiva de los estereotipos en
los que se fundamentan los esquemas de funcionamiento convencionales para
sentar las bases que hacen del turismo cultural una enriquecedora experiencia
de descubrimientos y de estimable potencialidad económica. De ello participan
tanto los espacios urbanos como significativamente también los rurales, que
tratan de encontrar en esta estrategia expectativas de desarrollo y de
reconocimiento de su propia existencia. De ahí emana el amplio abanico de
formas de relación de que son susceptibles los vínculos entre la sociedad y los
elementos que configuran una realidad repleta de referencias potencialmente
valiosas que inducen a la indagación, a la interacción con el entorno y al encuentro
de las explicaciones que permitan entenderlas.
Mas este amplio margen de
posibilidades no está exento de cautelas dignas de tener en cuenta. No es
difícil observar cómo la heterogeneidad encubre situaciones muy diferenciadas
en cuanto a la calidad del recurso ofrecido, ya que las tradiciones inventadas,
las mixtificaciones históricas o las situaciones de deterioro no son
infrecuentes, del mismo modo que las infraestructuras creadas adolecen a vez de
clamorosas insuficiencias cualitativas. A la postre, laevolución del aprovechamiento de que unos y
otros bienes pueden ser objeto acaba por discriminar lo fundamental de lo
circunstancial, lo consistente de lo efímero, lo destacable de lo banal, hasta
determinar la diferenciación entre lo que merece la consideración de Patrimonio
de aquello que no lo es. Bajo estas premisas lo que entendemos como turismo
cultural afianza su propia fortaleza cuando, dentro del mismo concepto, se logra
una imbricación entre los bienes que forman parte del acervo creativo con los
valores inherentes a la belleza de los paisajes construidos a partir de los
procesos naturales. Cultura y paisaje – englobados bajo la denominación de Cultural Heritage Tourism– construyen una estructura integrada que brinda a quien se
interesa por conocerla e interpretarla tantas enseñanzas como satisfacciones.
No hay que olvidar, en fin, que el
turismo cultural es una actividad generadora de impactos, que ofrece
manifestaciones múltiples, en ámbitos muy dispares y con diferentes niveles de intensidad. Si en
determinados espacios la presión turística llega a ser preocupante, al rebasar la
“capacidad de carga “del ámbito que la acoge, la tendencia dominante por parte
de los agentes con capacidad de iniciativa se manifiesta proclive al
reconocimiento de la incitación turística como estrategia principal de
desarrollo o como opción alternativa cuando el modelo productivo histórico
declina o se transforma con reducción sensible del empleo. En cualquier caso, y
dada su implantación generalizada, no hay que hacer caso omiso de las voces que
insisten en la necesidad de concebirlo con una visión prospectiva, a largo
plazo, acorde con un tratamiento sostenible de los recursos y no como un factor
de desarrollo basado en el mero voluntarismo cortoplacista. Y, como la
experiencia resulta muy aleccionadora, no está de más recordar los principios
defendidos en la Conferencia Internacional de Lanzarote (1995) en la Carta del
Turismo Sostenible, en la que expresamente se abogaba por un “desarrollo turístico
basado en criterios de sostenibilidad, es decir, soportable a largo plazo desde
el punto de vista ecológico, viable económicamente y equitativo en el plano
ético y social para las poblaciones locales”.
Si las Ferias dedicadas a la promoción y a la venta del libro
son acontecimientos que anual y felizmente marcan un momento destacado a la par que concurrido en la
vida cultural de una ciudad, también constituyen, ya cerradas las casetas y
recuperada la normalidad en el espacio donde se han ubicado, un buen momento
para reflexionar sobre los cambios experimentados en torno a ese producto que
tanto ha significado en la historia de la humanidad. Quienes aman los libros,
se deleitan con ellos y encuentran en sus páginas el instrumento básico de su
preparación ante los retos que la vida presenta, no pueden permanecer
indiferentes a las implicaciones que desde hace una década aproximadamente está
trayendo consigo la modificación del significado del libro y de cuanto lo rodea
en los comportamientos culturales de la sociedad y en la propia transformación
del espacio a él destinado. A la vista de
las tendencias observadas cabe decir que cuanto sucede en nuestros días en
torno al libro ofrece un panorama contradictorio. Nunca se ha publicado tanto
(87.262 libros en España, incluidas las reimpresiones, en 2017), nunca ha sido tan
elevada la cifra de editoriales (en torno a las 3.000), nunca la oferta tan abundante ni las posibilidades lectoras tan extensas y variadas. Y, sin
embargo, el complejo formado por las obras editadas se enfrenta en el mercado a
un panorama acusadamente crítico. Basta con analizar los datos ofrecidos por
los organismos oficiales o las entidades de carácter privado relacionadas con
el sector para percibir con claridad el sentido de una tendencia que,
esencialmente, viene marcada por tres rasgos significativos: el descenso de la
facturación en las librerías, netamente observada a partir de 2017, la concentración de la estructura editorial coincidente
con la proliferación de pequeñas empresas artífices de un catálogo reducido y
el incremento de la piratería, responsable de un lucro cesante estimado en 200
millones de euros. A ello cabría sumar el hecho de que la tercera parte de los
ejemplares editados no fueron vendidos y, lo que no es menos significativo, la
constatación de que la importancia económica del libro digital mantiene una
tendencia progresiva, que eleva hasta el 6% su peso en el volumen de
facturación. Los datos son
elocuentes y, como es obvio, hay que apoyarse en ellos cuando se trata de
reflexionar sobre el significado y el alcance que se deriva de la
transformación de cuanto se relaciona con el libro como producto al servicio de
la formación y del entretenimiento de una sociedad. Asistimos, en efecto, a una reestructuración
integral derivada de los cambios que están teniendo lugar en los hábitos de
lectura y en el funcionamiento de las formas de relación y de los espacios
vertebrados en torno a este poderoso instrumento de transmisión cultural.
Aunque el
alcance de tales transformaciones - entre las que la tecnológica (libro electrónico)
presenta también un alto nivel de impacto, pese a que no ha contrarrestado las
formas convencionales de edición - ha
llevado incluso a hablar del “fin de la civilización del libro”, creo que esta
interpretación resulta aún exagerada. Todo parece indicar que lo que realmente
se ha producido no es una crisis de la lectura como modalidad de aprehensión
del conocimiento sino del modo de llevarla a cabo y, lo que no es menos
importante, de las formas de comunicación que el libro ha favorecido históricamente
como producto material y a la vez como instrumento creador de relaciones
socioculturales, sobre las que es posible construir vínculos permanentes de carácter
afectivo.
Y es que, al tiempo que en las estructuras dominantes de organización
empresarial, sujetas a un proceso intensivo de concentración, dominan los criterios comercialmente
selectivos, relegando la posición de las pequeñas editoriales a una función tan
encomiable como testimonial,no es
difícil comprobar hasta qué punto tienden a primar los criterios de una demanda
en las que la información prevalece sobre el conocimiento ( o, lo que es lo
mismo, “el flujo frente a lo patrimonial”·, en acertada expresión de Christian
Godin).Tanto es así que no son
infrecuentes las opiniones – como se ha reflejado en uno de las debates de la
Feria del Libro de Madrid – que apuntan a que quizá convendría replantearse el peso
que el libro puede desempeñar dentro de los paradigmas que rigen la llamada
“nueva economía de la cultura”.
En este
contexto no es ocioso ni banal reivindicar con fuerza la necesidad de pervivencia del
libro mismo admitiendo de antemano que la competencia entre los dos grandes
formatos (electrónico y papel) resulta inexorable y debe ser asumida, al tiempo que aprovechada pues no resulta incompatible merced a las múltiples posibilidades de realización que la lectura permite. Con todo,
y en cualquier caso, esta postura reivindicativa obliga a seguir defendiendo las pautas que en el
tiempo han afianzado al libro como herramienta de importancia capital en la
evolución intelectual de las sociedades y, en función de él, la importancia de
las librerías como referencias positivas en la configuración de los espacios de
relación y de formación de una sociedad culta y avanzada. No en vano representan
ámbitos de comunicación y sociabilidad esenciales en la configuración del
espacio urbano, al que enriquecen con su presencia en la medida en que ejercen
una positiva capacidad de ensamblaje entre información, comunicación y
asesoramiento en un entorno de maravillosa complicidad entre el librero y el
cliente. Es una cualidad que debe ser preservada.
Durante años esta placa marcó el lugar de la sede de Ámbito Ediciones en la Calle Héroes de Alcántara de Valladolid
Difícilmente se puede entender la Comunidad Autónoma
de Castilla y León sin asociarla a la valiosa aportación bibliográfica que la Editorial Ámbito ha
llevado a cabo para contribuir a su mejor conocimiento y proyección. Coherente
con el momento histórico que la vio nacer a comienzos de los ochenta, fue el fecundo resultado de una tarea mantenida
durante dos décadas y media, a lo largo de las cuales sacó a la luz un valioso catálogo de publicaciones con el
que fue posible subsanar el vacío hasta entonces existente.
Ámbito
Ediciones surgió de la confluencia de dos factores: de un lado, la sensibilidad ante los desafíos del proceso
autonómico incipiente, particularmente delicado por lo que respecta a la
configuración integrada de ese espacio formado por Castilla y por León; y, de
otro, la necesidad de crear un “ámbito”
de encuentro, de reflexión y de clarificación sobre el pasado y el presente de un territorio tan complejo como controvertido. Tal es el espíritu que animó el despliegue de la idea promovida en
principio por Gonzalo Blanco y Ovidio
Fernández Carnero, contando desde el primer momento con quienes en sus albores nos sumamos a ella. Fue
la finalidad de la reunión efectuada con
fines organizativos en la casa que el medievalista José Luis Martín tenía en el
pueblo salmantino de Zarapicos, y a la
que asistieron, además de los citados, Julio Valdeón, Domingo Sánchez Zurro, Ángel
García Sanz, Javier Paniagua y quien esto escribe. Anoté la fecha: 18 de abril de 1981, a cinco días de la celebración de Villalar.
Si desde
entonces las vicisitudes fueron numerosas, también el resultado que se iba
consiguiendo deparaba satisfacciones indudables. Concebida como una sociedad anónima sin
ánimo de lucro, mereció el respaldo desinteresadamente ofrecido por una
amplísima relación de socios, que llegó a alcanzar los seis centenares; comprobar la
incorporación como autores de algunos de los mejores escritores y especialistas
de la región y fuera de ella; observar de qué manera se avanzaba en el
conocimiento de la Historia,
de la Geografía,
de la Historia
del Arte, de la Literatura
y de cuantos temas permitían descubrir
aspectos que en muchos casos eran inéditos; y no menos gratificante era también dejar constancia de la recuperación de obras señeras,
editadas en facsímil, y testimonio de un admirable legado que se recuperaba con esmero para
que no quedase sumido en el olvido. En conjunto, un catálogo de más de 300
títulos forma el acervo transmitido por Ámbito a la cultura, con resonancias
que han desbordado los límites regionales y asegurado su proyección a todas las
escalas. La concesión en 1988 del Premio Castilla y León de Humanidades, con Valdeón y Blanco en la dirección, ratificó
el reconocimiento y el éxito de una experiencia que no admitía parangón en el conjunto de las Comunidades Autónomas
españolas.
La
crisis sobrevino en 2006. Fue una crisis financiera, asociada a las
dificultades inherentes al mundo del libro y a la par debida a la ausencia de
horizontes viables, aunque bien es cierto que el panorama de futuro estaba muy
condicionado por el modelo de gestión llevado a cabo y por su crítico balance desde el punto de vista económico.
El asesoramiento legal prestado por Juan Barco y Teodoro Primo ayudó muchísimo
a afrontar una situación grave en todos los sentidos. Basta remitirse además a
las comprobaciones y cálculos efectuados por el concurso voluntario de
acreedores, que necesariamente hubo que presentar, y admitido a trámite el 26
de octubre de 2006. Sus datos lo reflejaron inequívocamente, y así constan en
los juzgados. Por fortuna la salida a la
catástrofe pudo ser paliada temporalmente merced a la absorción efectuada por
Gráficas Simancas, en la que jugó un gran papel el empeño mostrado por Ricardo
Sainz para mantener viva la llama de un proyecto editorial tan arraigado. Fue,
con todo, una salida efímera, que pronto
se enfrentó a las circunstancias de esa crisis global que tanta mella ha hecho
sobre la cultura en general. A la postre, sobrevino el desastre presagiado y el
peor de los riesgos: la posible desaparición de un catálogo de publicaciones tan
laboriosamente fraguado.
De ello
fui informado en octubre de 2014 por el administrador concursal encargado de
gestionar la crisis de Gráficas Simancas, Oscar Nieto, cuya diligencia y
eficacia han sido decisivas. De no mediar ofertas dispuestas a hacerse cargo
del fondo, sería destruido como papel: eso me dijo en la reunión celebrada el
día 2 de ese mes. Y entonces no las había. Era preciso evitar que sucediera. Muchos
han sido los pasos, algunos fallidos, dados en ese sentido en los últimos meses.
Lo creí perdido para siempre hasta que
la gestión realizada con el alcalde de Villalar de los Comuneros, Luis Alonso
Laguna, ha cumplido el objetivo deseado: asume el compromiso de preservar el
mantenimiento de una colección de todos
los títulos disponibles como depósito esencial de una Biblioteca sobre Castilla
y León, ubicada en la simbólica villa comunera. Y lo hace una vez efectuado el inventario y
llevada a cabo su adquisición por Maximiano San José, propietario de la
librería Maxtor de Valladolid, con vistas a su comercialización y como
proveedor de la parte que ha de nutrir la dotación con destino a la Biblioteca de Villalar.
Zarapicos (Salamanca). En esta casa se celebró la reunión fundacional del proyecto editorial comentado Con la
conciencia de que el legado de Ámbito quedaba, al fin, asegurado, decidí hace
unos días viajar a Zarapicos. Deseaba visitar de nuevo la casa de José Luis
Martín y observar su estado actual. Mientras me acercaba a ella, la soledad de
las calles era absoluta. Ni un alma. Aunque la casa está cerrada, asomarse al porche, invadido
por la vegetación, abandonado y silente,
permitía evocar aquella tarde de primavera en la que, treinta y
cuatro años antes, un grupo de amigos
nos reunimos allí con el convencimiento de acometer una iniciativa cultural que
iba a ser beneficiosa para una Comunidad Autónoma en la que todo estaba por
construir.
Cuando un país, como ahora sucede
en España, persigue fortalecer su imagen mediante una política de acreditación
hacia el exterior, que ponga al descubierto la dimensión y la relevancia de sus
valores distintivos como factor de atracción, es que quizá algo falla en los
rasgos de la proyección que se pretende ofrecer en el momento en el que tal
objetivo se plantea. ¿Será porque son numerosos los claroscuros que se ciernen
sobre ella? ¿O tal vez porque existe en sus destinatarios una visión
distorsionada que, a juicio de quien trata de contrarrestarla, es preciso
corregir?
Sea lo que
sea, lo cierto es que en estos tiempos en los que prima la mercadotecnia en
aras de la elaboración de un producto, amparado en cualidades que favorezcan su
consideración positiva, es obvio que las posibilidades del intento están
condicionadas por la fortaleza de los mensajes transmitidos y, sobre todo, por
la solidez y continuidad de los argumentos en los que se apoyan. No todos los
productos son iguales ni revisten la misma complejidad, pues su naturaleza
difiere en función de lo que significan y del tipo de demanda hacia la que van
destinados. De ahí el riesgo de simplificación que puede suponer el hecho de
limitar una imagen a la presentación formal de ideas atractivas, nombres
rutilantes o referencias de gran impacto
mediático que, aun no siendo baladíes, tienden más a confundir, dada su
diversidad, que a aclarar el valor objetivo de los hechos con los que se trata
de identificar, sobre la base de criterios bien definidos, la naturaleza de la
“marca“ en cuestión.
Frente
al riesgo de banalización, que resulta de entender el reconocimiento como la mera comercialización de un producto
prefabricado, se impone la necesidad de
ratificarlo más bien como la expresión de una serie de valores intrínsecos que,
debidamente relacionados entre sí y fortalecidos a través del conocimiento a
gran escala que de ellos se consiga, permitan
su identificación coherente por parte de los destinatarios del mensaje, de modo
que se conviertan en referencias sólidas, consistentes y alejadas de la
fugacidad con que habitualmente se
plantean las campañas publicitarias.
La
experiencia revalida hasta qué punto el atractivo de un Estado es indisociable
de las cualidades que lo caracterizan por encima de las coyunturas, de las
modas efímeras o de las circunstancias específicas de una situación determinada.
Admitiendo que la historia desempeña a este respecto una importancia decisiva,
no es menos patente que la capacidad para sintonizar con los valores que
sobreviven a la erosión del tiempo constituye la mejor garantía para entender
lo que representa la defensa de unos caracteres firmemente cimentados. Y es
que, más que una marca, tan propensa al reduccionismo en función de los
limitados perfiles a que conduce su transmisión puntual, la imagen y el
prestigio se construyen sobre pilares dotados de la suficiente consistencia
como para justificar el hecho de que lo importante no es conseguirlos sino
asegurar su perduración.
De ahí la
conveniencia de clarificar bien lo que haya de entenderse como la imagen de
España, que, más allá de los símbolos o emblemas propalados con tal fin, no debiera quedar desprovista de los cuatro
pilares que han de sustentar una proyección digna a la par que convincente,
visible y con seguras perspectivas de futuro. Aunque no es posible detenerse en
cada uno dado el espacio disponible, su consideración destaca la utilidad del
engarce que entre ellos debiera producirse como fundamento de una estrategia de
promoción basada en la calidad y en las credenciales que aportan las cosas bien
hechas en aspectos sustanciales de la vida del país y a la vez de gran valor
comparativo.
Si es evidente
que el desarrollo de la plataforma científica e investigadora ocupa una
posición primordial, hasta el punto de que las restricciones efectuadas en este
sentido presentan un efecto demoledor para el reconocimiento de la categoría
que se pretende, no es menos relevante, por otro lado, el predicamento que a un
país proporcionan las aportaciones realizadas en el ámbito de la cultura y de
la buena administración de sus valores patrimoniales. En ellos se asientan las
formas de expresión que en mayor medida demuestran la capacidad creativa,
libre, crítica e innovadora de una sociedad, susceptible de configurar una
oferta dotada de la dimensión cualitativa que haga posible su reconocimiento
internacional y el apoyo merecido, por encima de las frustraciones que pudieran
derivar de un tratamiento basado en medidas sesgadas o entorpecedoras del
adecuado despliegue de las fortalezas existentes en este sentido.
Y en la misma
línea cabría hacer hincapié en la resonancia que, a efectos de consolidar una
imagen favorablemente reconocida, posee el empeño de las administraciones para
asegurar el buen funcionamiento de los mecanismos que hagan posible la cohesión
social y económica de sus ciudadanos, garantizando la equidad y la eficiencia
que procura las buenas prácticas aplicadas a la gestión de los servicios
públicos esenciales. Objetivo básico que, para completar el elenco de factores
que nos ocupan, no puede ser entendido al margen de los directrices inherentes
a la preservación de la calidad y de los comportamientos éticos de su sistema
institucional, pues no en vano - y precisamente
cuando se hallan lesionados por los defensores del corto plazo, del sálvese
quien pueda y de la visión especulativa aplicada a las actuaciones que afectan
a su ámbito de responsabilidad - de su
cumplimiento dependen el margen de respeto, la seguridad jurídica y la efectividad del marco
regulador en los que se amparan tanto los derechos de los propios como la
confianza asumible por parte de los ajenos.
En definitiva,
ciencia, cultura, cohesión socio-económica y calidad institucional: las cuatro
“c” de la marca España, los fundamentos que han de arropar la credibilidad y los
méritos objetivos de nuestro país.
La lengua es mucho más que un factor de identidad cultural. Representa un vehículo esencial de comunicación que trasciende al individuo y a las sociedades para convertirse en un elemento sustantivo del patrimonio que acredita y valoriza a un territorio. Cuando la frontera política se diluye para convertirse en un ámbito de permeabilidades múltiples y en todas las direcciones, es obvio que la lengua hablada a uno y otro lado acusa los efectos de la contigüidad física, modificando sustancialmente el alcance de las manifestaciones con que se acusaban tradicionalmente. El significado de este encuentro admite valoraciones desde múltiples perspectivas, pues diversas son, en efecto, las implicaciones que presenta. Y entre ellas no es irrelevante la que concierne a la interpretación de los efectos percibidos desde el punto de vista socio-territorial en aquellos escenarios donde más expresivamente se acusa un fenómeno de enriquecimiento mutuo que a lo largo del tiempo he tenido ocasión de comprobar in situ, es decir, en los ámbitos de intercambio idiomático construidos entre la lengua española y la lengua portuguesa y en función de los cuales se ha configurado un nuevo tipo de espacio.
Tanto en la frontera que separa Brasil de Uruguay como en la que marca la delimitación histórica entre España y Portugal el tiempo se ha encargado de fraguar vínculos de toda índole, que inevitablemente han repercutido en la formación de una trama lingüística sin la cual serían difícilmente comprensibles. Hace años tuve la oportunidad de conocer de cerca cómo se planteaban estas relaciones en las ciudades uruguayas de Rivera y Tacuarembó. No eran entonces, a finales de los noventa, relaciones simétricas. La preeminencia del portugués era sensible, por más que con frecuencia los términos utilizados por unos y otros se identificasen con ese dialecto característico de las áreas de borde conocido como el “portuñol”. Conviene destacar que en esa urdimbre de relaciones constantes, intensificadas por la pluralidad de circunstancias, de encuentros y desencuentros que confluyen entre los pueblos latinoamericanos, las palabras surgían y evolucionaban en un contexto de plena libertad, ajenas a los cánones convencionales que orientan el funcionamiento normalizado de una lengua. De la mixtura de ambas emanaba esa capacidad para el entendimiento común, que llevaba a descifrar con facilidad el sentido de las transacciones realizadas, hasta el punto de que en ocasiones no resultaba fácil deslindar los umbrales de frecuencia que una y otra lengua presentaban en la conversaciones cotidianas, aunque la complejidad cobraba aún más cuando de operaciones comerciales se trataba.
Sin embargo, las conexiones mantenidas entre España y Portugal a lo largo y ancho de las tierras de frontera han diferido tradicionalmente del esquema asimétrico observado en el Cono Sur. Son numerosos los testimonios directos, avalados por el copioso bagaje científico de que se dispone a propósito de la cooperación transfronteriza, que abundan en la idea de que la difusión de la lengua española ha supuesto un factor de unificación cultural y socio-económica, sin duda motivado por la disposición de los portugueses a utilizarla como un recurso valorizado en franca contraposición con el desinterés mostrado por los españoles hacia la lengua de Pessoa. Tampoco ha surgido, a diferencia del caso anterior, un dialecto basado en la mixtura aleatoria de lenguajes diferentes. Los límites idiomáticos han estado mucho más marcados, salvo la excepción singular de Galicia por razones que huelga comentar. Cuando en la última década del siglo pasado, acometimos el estudio encaminado a fortalecer la cooperación interempresarial en la llamada Región Fluvial del Duero, la asimetría era patente, hasta el punto de que las salas de reunión de la Fundación Rei Afonso Henriques, en Zamora, se convirtieron en testigos fidedignos de ese modo desigual de entender la palabra del otro mediante el aprendizaje correspondiente.
Cambios importantes han sucedido desde entonces y es muy probable que sus manifestaciones actuales, proclives a un nuevo entendimiento de los equilibrios lingüisticos transfronterizos, perduren quizá irreversiblemente. De ello pude percatarme tras la visita efectuada a mediados de este año a Uruguay y asimismo con motivo de las averiguaciones llevadas a cabo en los órganos directivos de la Agrupación Europea de Cooperación Territorial Duero-Douro. En ambos casos la tendencia parece cada vez más clara y decidida a la consideración mutua y a la búsqueda de las sinergias que derivan de la complementariedad. Sabidos son los esfuerzos de Brasil por fomentar el uso de la lengua española, a lo que contribuye sin duda el convencimiento del margen de posibilidades que ellos permite tanto desde la perspectiva de su posición en Mercosur como en la dimensión geopolítica y económica que España reviste para Brasil. Y del mismo modo tampoco parecen desdeñables los esfuerzos realizados por los españoles para conocer y entender el aspecto más sustantivo de la personalidad portuguesa que es precisamente su forma de expresión lingüística. Aunque se trata de un proceso de asimilación de las interdependencias culturales que habrá que analizar con cuidado, no cabe duda de que en esos ámbitos de identidad espacial identificados con las fronteras la lengua española, en sus relaciones con la portuguesa, se ha convertido en un factor de articulación de estrategias, de suerte que, lejos de ser un objeto de conflicto, se ha convertido en un elemento de valorización de las posibilidades territoriales compartidas.
Se han esforzado ellos mucho más y antes que nosotros. En realidad lo español nunca ha sido atendido por los hablantes de la lengua portuguesa con el desdén que los cultivadores de la de Cervantes han aplicado durante mucho tiempo a cuanto culturalmente provenía de Portugal o de Brasil. La falta de reciprocidad sólo ha sido superada cuando desde la parte más remisa, la nuestra, se ha comprobado que los valores y las capacidades de la lusofonía poseían un vigor y una calidad que justificaba el esfuerzo de tenerla en cuenta. De hecho ha habido que esperar al cambio de siglo para que ambas culturas fraguasen entre sí los nexos favorecedores de un avance significativo en la toma de conciencia de lo que pueden ser capaces, si operan con objetivos de proyección coordinada,en el mundo globalizado. Y es que la lengua viva es mucho más que una herramienta de comunicación. Bastaría recordar la afirmación de Fernand Braudelcuando señaló que “Francia es la lengua francesa” o la identificación que, a propósito del catalán, establece Joan Solà entre “pueblo y lengua como estamentos inseparables” para concebirla como uno de los elementos nucleares de una sociedad y de su territorio, como uno de los valores más representativos de su identidad patrimonial.
He ahí, pues, la importancia de todo ese amplio muestrario de perspectivas a que se abre el redescubrimiento de lo español y de lo portugués en el seno de la comunidad ibérica a ambos lados del Atlántico. ¿De qué forma pudiera llegar a apreciarse esa voluntad de encuentro en la península del Suroeste europeo?, ¿en qué circunstancias tiende a plantearse como proyecto ambicioso y prometedor en el caso de la América meridional?. Sonescenarios distintos, con tradiciones no siempre complementarias ni obedientes a un objetivo común. Pero sin duda definen un aspecto esencial en la trayectoria cultural del mundo, sobre la que conviene hablar de vez en cuando para no perder jamás la perspectiva de lo que representan y, sobre todo, de lo que pudieran llegar a representar.
Todos sabemos que entre España y Portugal las relaciones no han sido fáciles ni es probable que en mucho tiempo logre superarse por completo un desencuentro que hunde sus raíces en un aprendizaje cuestionable de la historia y de la geografía y en posturas de recelo que propenden a la incertidumbre cuando se trata de abordar proyectos e iniciativas de larga singladura en el tiempo. Señalaba Miguel Torga la preocupación que le causaba el no sentirse reconocido en España, pues al escribir su obra siempre sentía la necesidad de que fuera atendida allende la raya. En términos similares se expresan los escritores portugueses cuando se les recibe en nuestro país y resulta una de las advertencias recurrentes de José Saramago, tan sensible a las particularidades de ese espacio diferenciado que concibió como una “balsa de piedra”. No ha sido ésta la postura mantenida por la mayoría de los creadores españoles, que rara vez aluden a Portugal cuando piensan en los destinatarios de sus realizaciones.
Algo , empero, está cambiando. Poco a poco se van abriendo espacios para el encuentro y el engarce de sensibilidades. Mas, si es cierto que la raya ya no es tan impermeable como antaño, todavía marca un hiato que sólo la voluntad política y el esfuerzo empeñado en acometer objetivos económicos y culturales de envergadura podrán ir difuminando para siempre, por más que las discontinuidades en el proceso de acercamiento hayan de definir por algún tiempo la pauta dominante.
En cambio, al visitar Brasil la perspectiva se enriquece tras superar el asombro que suscita un país de tal magnitud. Bien pronto la visión condicionada por la desmesura queda difuminada por el hecho de que, a pesar de su enorme escala, se trata de una sociedad muy desigual pero culturalmente con rasgos de homogeneidad bien marcados. Cobra fuerza la percepción de que ha entendido perfectamente lo que significa la lengua española en el contexto latinoamericano como elemento de oportunidad para ciudadanos que a menudo – en la prensa, en los debates, en los congresos científicos - aluden a la importancia que tiene familiarizarse con una lengua que les relaciona más fácilmente con el Mercosur, con el resto del continente e incluso con la mirada puesta en Europa, al considerar a España como un eslabón más, tan útil como Portugal, en la deseada reafirmación de sus vínculos con la Unión Europea.
Con qué claridad lo entendió en su día Joao Gilberto al asumir el ministerio de Cultura en el primer gobierno de Lula. Apenas dos años transcurrieron desde que éste tomase posesión como Presidente de la República brasileña para que adquiriese carta de naturaleza la voluntad política de hacer de la lengua española un vehículo de transmisión de la palabra en una sociedad que no encontraría grandes dificultades en interiorizarla. A partir del 6 de Agosto de 2005 entró en vigor la Ley – “Ley del Espanhol”, la llaman – por la que todos los centros de enseñanza secundaria deben incluirla en sus planes de formación, como una opción que rápidamente ha sido seleccionada por más de la mitad de los escolares, con la expectativa de que a finales de esta década pueda ser hablada con soltura por más de 70 millones de personas.
Sorprende visitar los Estados del Sur de Brasil y comprobar la enorme difusión de nuestra lengua en las áreas de mayor dinamismo económico y social. Hace no mucho lo destacó Tarso Genro, ex alcalde de Portoalegre, y artífice de una de las ciudades emblemáticas en el fomento de la participación ciudadana aplicada a las políticas públicas urbanas. “El portugués y el español forman parte de nuestra identidad cultural y son nuestra mejor carta de presentación en el mundo”, dijo en un acto municipalista. Resumió perfectamente lo que supone pasar de una historia de confrontación e indiferencia a la voluntad de hacer propias las posibilidades de una experiencia compartida, apoyada en el valor de las lenguas ibéricas y en el reconocimiento de la riqueza de las culturas y de las sociedades que las sustentan.
Todas las fotografías son irrepetibles. Cada una representa la imagen obtenida en un instante que nunca volverá a ser igual. Son documentos específicos que evidencian la elección de un momento con la finalidad de que perdure en la memoria y reproduzca para quien los realiza y quienes los contemplan las sensaciones que motivaron su registro para siempre. Ahí reside precisamente el valor de esas representaciones que nos llevan a acudir a ellas cuando deseamos dar perennidad al recuerdo y preservar los matices que, en ausencia de la prueba gráfica, corren el riesgo de quedar desleídos en la simple evocación.
La fotografía es una construcción cultural, concebida para descifrar, desde la perspectiva de quien la realiza, los matices de una escena que, una vez fijada en la imagen, se abre a toda suerte de interpretaciones. De ahí la capacidad que posee la buena fotografía para vencer su estatismo formal, su rigidez aparente,y ofrecerse como un panorama de referencias visuales susceptibles de cobrar dinamismo, vida y expresividad cambiante en función de las reacciones adoptadas por cuantos las miran, analizan o simplemente se deleitan con su contemplación. Walter Benjamín ya nos advirtió en su excelente Pequeña historia de la fotografía de la capacidad de esa forma de expresión para transmitir sensaciones invisibles al ojo corriente.
Cuando el intelectual comprometido con su sociedad y con su tiempo emprende la tarea de captar con la cámara cuanto sucede a su alrededor logra en ocasiones brindar muestras de un talento que el paso del tiempo no ha hecho sino corroborar. Si ya tuvimos no hace mucho en España la oportunidad de apreciarlo en la exposición de las imágenes recogidas por RyszardKapuscinskien África, muy recomendable es apreciar la sensibilidad desplegada por Émile Zola a través de las fotografías que revelan una afición para muchos desconocida y que ahora es dada a conocer en una exposición sencilla y al tiempo clarificadora de hacia dónde se encauzaba la sensibilidad estética del ilustre escritor francés, que tanto hizo por la causa de la libertad y de los derechos humanos.
El intelectual que supo interpretar como pocos la realidad de su época convulsa tuvo la coherencia de hacer suyas las posibilidades aún en ciernes de una asombrosa herramienta de expresión, que le permitió, a través de la fotografía, sintonizar con las ideas impresionistas que marcaron con letras de oro un episodio excepcional en la historia de la pintura europea. No hay que buscar en la muestra grandes escenarios en el despliegue de esta sensibilidad. Basta con ser testigo de lo que representa lo inmediato, lo que se tiene cerca, lo que cambia en el entorno, lo que se renueva y permanece, para dejar constancia de una realidad que acaba trascendiendo al autor para convertirse en una obra de arte imperecedera. La que deriva del compromiso consciente con el momento histórico que le ha tocado vivir y que no podía quedar relegado a la desmemoria.
Frente a las ambigüedades de que, en opinión de numerosos especialistas, adolecen varios aspectos de la Constitución española hay uno que en su formulación no admite duda. Nada de confusión encierra, en efecto, el Art. 3º cuando, tras subrayar que “el castellano es la lengua española oficial del Estado, que todos los españoles tienen el deber de conocer y el derecho a usar”, ratifica la cooficialidad de las demás en sus respectivas Comunidades Autónomas, identificando a las distintas modalidades lingüísticas de España como un patrimonio cultural “que será objeto de especial respeto y protección”. Tratándose, pues, de una cuestión definida con claridad en la norma básica, lo lógico sería pensar que el paso del tiempo, la consolidación del modelo autonómico, el consenso alcanzado en sus directrices primordiales y la propia evolución de la sociedad, abierta a un panorama en el que las identidades coexisten con el desarrollo de vínculos proyectados a escalas más amplias, se han encargado de eliminar viejas reticencias y asumir las ventajas que derivan de las relaciones de complementariedad y enriquecimiento mutuo en un Estado complejo como el nuestro, donde la defensa de todas las sensibilidades culturales se halla suficientemente garantizada. Decir lo contrario es faltar, interesadamente, a la verdad.
De ahí que no dejen de sorprender las sensaciones contradictorias con las que a menudo uno se topa cuando entra en contacto con la realidad catalana. Al menos son las que yo he experimentado durante una reciente visita a Barcelona por motivos profesionales. De un lado, he tenido la oportunidad de conocer y valorar en directo los impresionantes cambios que están teniendo lugar en esa ciudad y su espacio metropolitano. Cambios expresivos de las nuevas perspectivas en que se inscribe el futuro – económico, social y urbanístico- de Barcelona y su área de influencia y que me han permitido ponerme al día, refrescar los análisis, someter a debate y valoración crítica lo que hay que de realidad y lo que, en cambio, permanece sumido en las buenas intenciones. Y es que Barcelona siempre aporta cosas nuevas, provoca curiosidad e induce a la reflexión. No en vano, sigue siendo esa “ciudad de los prodigios”, que con tanta expresividad describió hace tiempo Eduardo Mendoza en una novela que nadie interesado en la Cataluña y en la España moderna debiera dejar de leer.
Sin embargo, la casualidad ha hecho que también pudiera contemplar en su propio escenario las circunstancias que cuestionan el cumplimiento del compromiso a que, en materia lingüística, obliga la lealtad constitucional. La señal de alarma ha estado, en principio, provocada, por el tono virulento que a menudo aflora en el ambiente político, alentado por un discurso intelectual de marcado signo catastrofista. No de otro modo cabría calificar la intervención del último Premi d’Honor de las Lletres Catalanes, el lingüista Joan Solá, que en el Parlamento del Parc de la Ciutadella ha presentado el 1 de Julio un panorama dramático, instando a los legisladores a “actuar en defensa del catalán para que deje de ser una lengua degradada, subordinada políticamente, incansablemente y de mil maneras atacada por los poderes mediáticos, visceralmente rechazada por los otros pueblos de España”. Incluso llegó a decir que “al pactar la Constitución se aceptó que quedara en situación de inferioridad respecto al castellano” (sic), para finalizar con un diagnóstico desolador: “somos una comunidad lingüísticamente enferma desde hace muchos años”, lo que justifica que “debemos estar dispuestos a llegar hasta donde sea preciso para preservar nuestra personalidad”.
El aplauso mayoritario que recibieron estas palabras encontró eco inmediato en la aprobación el mismo día de la Ley de Educación de Catalunya, con los votos de CiU, ERC y el PSC. Cuán lejos ha estado en este momento el socialismo catalán de la actitud mostrada en 1932 por la Juventud Socialista de Barcelona, dispuesta a defender, como requisito para dar su apoyo al Estatuto de Nùria, que “en las escuelas, en los Institutos, en las Normales y en la Universidad del Estado no debe usarse otro idioma que el español”. Pero ahora no ha ocurrido así. Con esta Ley, el catalán se convierte en la lengua vehicular dominante para la transmisión del conocimiento, eliminando la aplicación de la tercera hora de enseñanza del castellano, que establece la normativa estatal. Se trata, en pocas palabras, de “blindar el modelo de la escuela catalana: en lengua y contenidos”, en expresión rotunda de Irene Rigau, portavoz de Educación de Convergencia i Unió.
Acoso, blindaje, preservación a ultranza de la personalidad cuestionada. Palabras contundentes, con cuyo empleo da la impresión de que se trata de defender una fortaleza asediada. Mas, ¿qué hay de verdad en todo ello?, ¿tan grave es el problema que obliga a transgredir los principios constitucionales como si de una situación de emergencia se tratase?. Puesto que interpretarlo desde la perspectiva de Castilla y León pudiera parecer sesgado y en mi ánimo nunca he abrigado el mínimo atisbo de anticatalanismo, me limitaré a traer a colación las elocuentes palabras vertidas sobre el tema por Baltasar Porcel, fallecido el mismo día que los acontecimientos señalados. En su edición de 2 de Julio, la Vanguardia reproducía estas declaraciones del afamado escritor de Andratx: “el catalanismo ha fracasado políticamente. Se ha aferrado a la cultura, la ha instrumentalizado, pero en este país las empresas colectivas siempre fracasan (…). El problema no es la lengua catalana, el problema es Catalunya. Esta sociedad, incluso una parte que se proclama catalanista, no habla, no lee, no siente en catalán. Esta es una sociedad cargada de autoanálisis, autoodio y autoexcusas. El catalanismo es a veces una superestructura que queda despegada de la realidad, que va por otro lado”. Frente a esta reflexión de quien es considerado una de las figuras preeminentes de la cultura catalana ¿qué podría decir yo como simple observador de una política lingüística que respeto aun sin lograr comprenderla?.