22 de marzo de 2023

Reflexiones en torno a los impactos de la Covid 19: un debate inconcluso

 

Cuando han transcurrido tres años desde la aparición de la pandemia causante del fallecimiento de (cifra aproximada) 17 millones de personas en el mundo la perspectiva apoyada en las variables y en los elementos de juicio disponibles induce a reflexionar sobre sus implicaciones más significativas. Y es que, como se ha podido ver de manera reiterada, la pandemia ha contribuido con fuerza a la reactivación de reflexiones y debates que ya estaban latentes como reacción a los impactos provocados por la crisis financiera de 2008. Aunque las motivaciones de una y otra son distintas, no están ausentes de los rasgos y las tendencias que definen un panorama repleto de problemas irresueltos, que inducen necesariamente a la reflexión con fines interpretativos susceptibles de facilitar la corrección de factores y situaciones con frecuencia asociados a su desencadenamiento. Y es que no en vano una epidemia constituye, como señala Laurence Monnais, una “realidad multifactorial, necesitada de una salud pública interdisciplinar”.  

            Son, en esencia, grandes y perentorios desafíos intelectuales suscitados ante la necesidad de dar respuesta a problemas acuciantes que, de forma general, quedaron identificados con los efectos de la globalización, un fenómeno positivamente valorado en sus fundamentos básicos para acabar sometido a evaluaciones críticas, que incluso apuntan al fin del orden liberal globalizado,  y a la elaboración de propuestas alternativas, acordes con la necesidad de un modelo socialmente más equitativo, más sostenible desde el punto de vista ambiental y, por ende, fiel a los ineludibles compromisos a que obliga la lucha contra el calentamiento global, de gravedad creciente. Estamos asistiendo, y en un momento crítico de la geopolítica mundial, a una etapa abierta a la búsqueda de nuevos horizontes interpretativos, exigentes en autocrítica y en labor prospectiva de cara a una visión a medio y largo plazo de los procesos que han de afectar a las sociedades tanto individual como colectivamente.

            Con la perspectiva temporal disponible resultan patentes las disrupciones que está trayendo consigo desde el punto de vista territorial hasta cimentar las bases de un replanteamiento de las realidades espaciales a partir de las nuevas formas de relación entre las sociedades y los entornos en los que se organizan y desenvuelven. No en vano el patógeno SARS-CoV-2 se ha convertido, como afirma Michel Lussault,, en un potente operador geográfico que incide sobre el Sistema-Mundo, dando lugar a transformaciones que en esencia se corresponden con una performance geográfica global. Convendría detenerse en lo que significa este fenómeno con el fin de apreciar el alcance de los cambios, ya producidos o en vías de hacerlo, en la configuración de las realidades espaciales, afectadas – o en vías de afectación - por rupturas flagrantes respecto a las tendencias consolidadas en la etapa previa al desencadenamiento de la peste.

            A modo de aproximación a un tema cuyos perfiles se encuentran todavía pendientes de constataciones bien definidas, cabe estimar que los procesos detectados gravitan en torno a tres tendencias fundamentales, que operan como argumentos determinantes de nuevos comportamientos y estrategias. Abiertos al debate, a la contrastación empírica y a la reflexión prospectiva, no son sino la plasmación de metamorfosis decisivas en las formas de vida y en la manera de entender las cambiantes relaciones que las sociedades mantienen con el espacio y con el tiempo. Un fenómeno solo entendible desde la visión del “tiempo largo de las epidemias”, de que habla Jeoffrey Vigneron.

            - En un mundo hiperconectado la evolución de la enfermedad y la consecuente crisis sanitaria han puesto al descubierto la espectacular capacidad de propagación del virus, plenamente superado el condicionamiento de la distancia. El hecho de que los impactos hayan sido comprobados simultáneamente en escenarios tan distantes entre sí ha revalidado la percepción de un mundo compartido, entendible en su globalidad y complejidad, y en el que la difusión de la enfermedad elimina por completo la sensación limitativa de la discontinuidad fronteriza, por más que ésta se haya utilizado como medida profiláctica frente al contagio. Situados ante la epidemia más documentada de la Historia, se ratifica la envergadura de sus implicaciones merced al caudal de datos generados por la numerización masiva del conocimiento. No es posible sustraerse en un contexto así a la toma en consideración de sus manifestaciones espaciales como son las relacionadas con su incidencia en la exacerbación de las desigualdades sociales (en función del género, del nivel social y del origen geográfico), en el agravamiento de la brecha tecnológica como factor clave de diferenciación socio-espacial, en el deterioro de las formas de trabajo – “los trabajadores invisibles”, de que hablan Nicolas Dagorn y Luxemburg -, en la afectación de las relaciones sociales y de la propia vida, hasta el punto de que la alteración de los comportamientos ha sido calificada como “la servidumbre de los cuerpos”. Todo ello sin olvidar los contrastados niveles de calidad y efectividad de los servicios asistenciales, sometidos a presiones que han mediatizado su capacidad de respuesta para asumir el incremento exponencial de las necesidades a que se han enfrentado los sistemas públicos de atención sanitaria. 

- Por otro lado, y como corresponde al hecho de que la pandemia desencadena una triple crisis (política, económica y cívica) los respectivos espacios de vida se han visto afectados de manera generalizada en función de los hábitos inducidos por el obligado confinamiento y el repliegue a favor de la salvaguarda de la privacidad como réplica a la aglomeración social, entendida como ámbito desestimable. La reclusión se atiene a la dosis de sacrificio y renuncia que antepone la seguridad a la libertad, como forma de autoprotección y como eliminación de las dudas e inseguridades que suscita el hecho de encontrarse ante una situación de riesgo letal e imprevisible. Si esta disyuntiva ha seguido respondiendo a los mismos esquemas valorativos que Watts planteaba en su Elogio de la inseguridad en los años cincuenta, no estaría de más invocar la elocuente y oportuno reflexión de Delumeau, para quien “la inseguridad no nace solo de la presencia de la enfermedad sino también de la desestructuración de los elementos que construyen el entorno cotidiano, en el que todo es diferente”.   En este contexto cobra fuerza el empeño por avanzar en el aprovechamiento de las ventajas inherentes a la modelización de los fenómenos y tendencias observados. Particularmente considero oportuno traer a colación la idea planteada a los pocos días del estallido generalizado de pandemia por la prestigiosa Revista Science (número 367, de 27 de marzo de 2020) al subrayar que  “with COVID-19, modeling takes on life and death importance. Epidemic simulations shape national responses“.

 

-Y, como observación aún pendiente de verificaciones contrastadas, no es descartable que el binomio espacio-tiempo se muestre en gran medida trastocado por las nuevas lógicas que tienden a alterar la configuración física de los territorios. A ello han de contribuir decisivamente dos factores decisivos: de un lado, las restricciones y cautelas aplicadas a uno de los soportes que en mayor medida han sustentado la dimensión del proceso globalizador, como es el ejercicio de la movilidad a todas las escalas, en la que el transporte colectivo aparece sujeto a profunda revisión; y, de otro, la modificación de las pautas de conducta asumidas por las personas y las empresas en un contexto propicio además a la recuperación de la confianza en el Estado. Sobre la confluencia de ambos procesos descansan nuevos horizontes estratégicos, cuyo alcance sorprende antes de que sus efectos se plasmen de manera explícita. De ellos deriva lo que se ha venido en definir como un “capitalismo de plataforma”, que se fundamenta en la explotación de la información y en el despliegue de una potencia formidable para el desarrollo del comercio electrónico, en la importancia asignada a los algoritmos que sustentan la inteligencia artificial y su logística con el consiguiente impacto en el trabajo, en la enseñanza a distancia y en la propia transformación de los servicios (telemedicina), el uso de la energía y los sistemas productivos industriales (vehículos autónomos, equipos médicos, etc.). 

Y, si observables son también en las reestructuraciones habidas en el uso formativo y recreativo del espacio y en la intensificación del trabajo no presencial, no carecen de importancia los fenómenos que repercuten en la concepción, con criterios alternativos, de la ordenación de los ámbitos urbanos y rurales, así como de las interrelaciones producidas entre ambos, en el replanteamiento funcional de las actividades educativas o, como hecho de enorme trascendencia, en la proyectada reordenación de las cadenas mundiales de valor, mediante la revisión a fondo del modelo de integración asimétrica de la producción industrial a que ha conducido un proceso deslocalizador hoy cuestionado al amparo de una mundialización en crisis.  Ivan Krastev lo ha señalado con gran expresividad: “ha hecho falta que llegara un virus para poner al mundo patas arriba”.

27 de mayo de 2022

Los cuatro (y necesarios) pilares estratégicos de Castilla y León

 


El Norte de Castilla, 27 mayo 2022


En recuerdo y reconocimiento a la calidad personal y a la labor empresarial de Avelino (+ 1995) y José Antolín Toledano (1936-2022)


Los problemas del momento histórico que estamos viviendo en los inicios de la tercera década del siglo XXI han desencadenado un conjunto de situaciones críticas que inevitablemente debe conducir a la reflexión y al debate tanto sobre los factores que las provocan como sobre las perspectivas que han de orientar el futuro. Si analizar la cuestión de forma global ayuda a comprender la magnitud de los desafíos planteados, tiene también sentido descender en el nivel espacial de referencia para centrar la atención en aquellos escenarios que, en escalas intermedias, no permanecen, como es obvio, al margen de las tendencias generales.  

            Las regiones representan - por su condición de "espacio de coherencia" - un marco geográfico idóneo para ejemplificar el alcance de las transformaciones que en ellas tienen lugar según la capacidad de respuesta que la sociedad y el territorio afectados puedan ofrecer en este contexto de profunda metamorfosis. Mas esa capacidad de respuesta no puede residir en el mero voluntarismo. Su eficacia ha de ir necesariamente asociada al buen gobierno del territorio y a la solvencia política y técnica de las decisiones, vertebradas de manera coherente, concebidas a medio y largo plazo y capaces de motivar al conjunto de la sociedad en torno a un proyecto regional viable y socialmente galvanizador, que asegure el desarrollo sostenible del espacio bajo su responsabilidad. Mas para que ello sea posible se precisan dos requisitos fundamentales: de un lado, un conocimiento riguroso de los problemas existentes, respaldados por el rigor y la objetividad de los diagnósticos; y, de otro, en la asimilación con fines prácticos de las ventajas comparativas que el propio espacio encierra y que, bien gestionadas, constituyen el fundamento de su competitividad socio-territorial y de su poder de atracción inversora.

            Estas consideraciones tratan de apuntalar una idea que considero pertinente: en la Comunidad de Castilla y León existen potencialidades suficientes a la hora de fortalecer su posición en el panorama de las regiones españolas y europeas. No es una tarea sencilla pero tampoco imposible y, desde luego merece ser asumida con voluntad política, y teniendo en cuenta las posibilidades permitidas por las pautas de desarrollo sustentadas sobre cuatro pilares esenciales. Me limitaré a enunciarlos someramente, como propuestas engarzadas en una secuencia lógica y abiertas al necesario debate clarificador.

            En esta urdimbre estratégica cobra especial importancia, como primer gran objetivo, la voluntad de consolidar a Castilla y León como región industrialmente innovadora, al amparo de la poderosa infraestructura de cualificación alcanzada en el campo de la formación y de la investigación científico-técnica, suficientemente acreditada por numerosos estudios que así lo avalan, Ha de ser, a mi juicio, el principal baluarte sobre el que cimentar una estrategia de desarrollo encaminada a la recuperación industrial de la región tanto en los sectores ya afianzados en su tejido productivo como en el contexto de las líneas abiertas al amparo de la automatización y la digitalización de los procesos de fabricación. Es un enfoque coherente con las pautas del horizonte industrial planteado por la Comisión Europea, empeñada en “revertir el papel decreciente de la industria en la Unión”, y en orientar en esta dirección el aprovechamiento del Plan de Recuperación Next Generation, que ha llevado a plantear esta iniciativa como un desafío asumible por las regiones como ámbitos prevalentes de una dinámica industrial para la que Castilla y León ofrece escenarios idóneos de localización en todo el territorio y que a su vez permitirían evitar el éxodo de jóvenes altamente cualificados.  

            La capacidad para afrontar reto tan crucial no es ajena, en segundo lugar, a las posibilidades estratégicas que presenta la Comunidad como gran espacio de encrucijada en el entrenado de relaciones ya construidas y con perspectivas notables de intensificación en el cuadrante noroccidental de la Península Ibérica.  El engarce permitido por la red de comunicaciones de toda índole revalida la “renta de situación” de Castilla y León como espacio de tránsito obligado en sentido meridiano y Este-Oeste, con todo lo que ello representa de cara al afianzamiento de sus vínculos con las áreas portuarias al tiempo que fortalece el nexo, aún infrautilizado, con la mitad septentrional de Portugal.

            El reconocimiento de esta posición geográficamente privilegiada es indisociable a su vez de los valores reconocidos al conjunto de la riqueza patrimonial (paisajística e histórico-artística) inventariada la región de mayor tamaño, y más compleja, de la Unión Europea. Por más que huelgue insistir en este “pilar”, todas las observaciones a su favor serán pocas cuando se trata de asumirlo y aprovecharlo en sintonía con los principios y objetivos rectores de la cultura del desarrollo respetuoso y sostenible. Y, puesto que nunca se alcanza el nivel óptimo de tratamiento en esta línea, las cautelas han de ser máximas para que en modo alguno se debilite o cuestione el elevado umbral de prestigio que aporta a la Comunidad.

            Ahora bien, y como criterio final, las posibilidades mencionadas sólo pueden ser tales, y, por tanto, cristalizar en resultados ostensibles, cuando se gestionen bien en el marco de un espacio regional cohesionado, sabedor de su entidad compartida y consciente de sus posibilidades como Comunidad Autónoma. Asumido el reconocimiento de su diversidad como un valor intrínseco y altamente valorizable, es evidente que sus perspectivas de futuro deben ser incompatibles con una visión fragmentaria de su realidad y de sus problemas del mismo modo que se verían entorpecidas ante la falta de una adecuada cultura de la cooperación y del compromiso interinstitucional capaz de aprovechar en su integridad los valiosos recursos de que dispone.

 

           

 

17 de diciembre de 2021

La industria, un motor esencial para el territorio

 

El Norte de Castilla, 25 diciembre 2021 

La instalación en Valladolid de una factoría de la empresa británica Switch Mobility, subsidiaria de la hindú Ashok Leyland, y destinada a la fabricación de autobuses eléctricos, es, en principio, una muy buena noticia. Más allá de los datos, en inversión y empleo, que revelan la magnitud de la iniciativa y que seguramente adquirirán mayor concreción a medida que espacialmente se materialice, esta decisión pone al descubierto dos aspectos que conviene destacar.

            En primer lugar, y contemplado desde la perspectiva regional, ratifica la relevancia alcanzada por Valladolid y Castilla y León como escenarios atractivos para la implantación industrial en todas sus manifestaciones. La decisión de la firma británica sintoniza con un prestigio acreditado en el tiempo, que asocia la ubicación elegida con la capacidad demostrada para ocupar una posición internacional de primer orden en el campo de la producción automovilística. La sólida tradición acumulada en este sentido, valorada y analizada en numerosas publicaciones, no podría perder continuidad en el panorama repleto de desafíos y estímulos abierto por el proceso de transición numérica y ecológica. Se trata de un enorme reto, condicionado por las implicaciones que derivan de la intensa transformación a que se ven abocados los procesos tecnológicos en el sector que a menudo he definido como “la industria de las industrias”, es decir, el complejo de tareas asociadas a la construcción compleja del automóvil, que en sí mismo supone la integración técnica y funcional de una gran variedad de elementos, todos ellos afectados por innovaciones tan intensas como aceleradas en el tiempo. 

Junto al nivel de calidad alcanzado por las factorías de montaje, justo es destacar el decisivo papel desempeñado por las plantas de elaboración de componentes, que han hecho de la industria auxiliar de la automoción ubicada en diferentes puntos de Castilla y León, y artífice de una trama fabril altamente competitiva, una de las más reconocidas del mundo. Como tampoco habría que ignorar la existencia de un personal altamente cualificado en los diferentes campos relacionados con la especialización tecnológica y organizativa de las empresas. Sobre tales cimientos está plenamente justificada la propuesta a favor de que la ciudad de Valladolid siga manteniendo un peso específico en los rumbos renovados de la automoción. Precisamente en esos términos planteé no hace mucho la conveniencia de que Valladolid mantuviera su condición de espacio privilegiado para el desarrollo de las instalaciones vinculadas al desarrollo de la movilidad sostenible. Así consta en el acta de la reunión del Pleno Consejo Social de la ciudad que, presidido por el alcalde, tuvo lugar el pasado 26 de octubre.  

               La segunda de las lecciones extraídas de la presencia de Switch Mobility en nuestra región – pues su resonancia ha de ser también regional – tiene que ver con lo que representa, a modo de ejemplo, dentro de los nuevos horizontes abiertos a la industrialización española y de la Unión Europea. En ambos casos, no es aventurado traer a colación el nivel de incidencia que el Plan de Recuperación,Transformación y Resilencia pueda tener en el cumplimiento de uno de sus objetivos prioritarios: el impulso de un modelo productivo sustentado fundamentalmente en la industrialización, la digitalización y el cumplimiento de los principios del desarrollo sostenible. Las interrelaciones que se establecen entre estas directrices suponen, en principio, un viraje muy notable respecto a las muestras de debilitamiento de la fortaleza industrial europea en el mundo, más ostensibles aún en términos relativos en el caso de España, donde el sector apenas representa el 15% del PIB, seis puntos por debajo de la media comunitaria europea y casi la mitad de Alemania. Recordemos también que España, según la OMC; ocupaba en 2020 el sexto lugar de la UE y el 15.º del mundo en el ranking de países exportadores de manufacturas, con una cuota en el mercado global de tan solo el 1,8%. Las diferencias provocadas por tales contrastes se han puesto claramente en evidencia durante los años de la Gran Recesión (2007-2008) cuando las limitaciones estructurales de una parte sustancial del tejido productivo español – ese “entramado demasiado vulnerable de pymes” de que habla el Banco de España - han agravado de manera sensible sus costos económicos y socio-laborales.  La resolución de estas limitaciones representa, por tanto, uno de los principales déficits estructurales que ha de ser corregidos en el contexto de las orientaciones estratégicas que globalmente han de marcar la pauta en el proceso de recuperación de la industria española y europea en un mundo globalizado.

               Contundentes son las proclamas emanadas de los órganos de gobierno comunitarios, cuando aluden a la necesidad de afianzar el papel de la industria como factor de impulso del crecimiento económico y del empleo. Y lo hacen en defensa de un complejo de actividades, cuyas premisas deben actualizarse en el contexto de los nuevos enfoques estratégicos a que al mismo tiempo obligan el Brexit – no es baladí que Switch Mobility sea una empresa británica, decidida a instalarse en un país miembro de la UE –, las rupturas producidas en el comercio de suministros y en las cadenas de valor internacionales (con los riesgos que conllevan) y los impactos provocados por la pandemia de la covid 19. No en vano asistimos a una reestructuración global de la Geografía de la industria, que conviene analizar de cerca para valorar sus implicaciones efectivas en España y en Castilla y León sobre la base de sus potencialidades constatadas.

 

20 de noviembre de 2021

Cuando la vida se reduce a un metro cuadrado

 


Aunque cese de inmediato o el ímpetu de su fuerza amaine, los impactos de la erupción que comenzó el 19 de septiembre de 2021, año segundo de la pandemia, marcarán para siempre la configuración del paisaje y de las formas de vida en la isla española de La Palma, en el archipiélago canario. Y también lo hará la percepción de lo que, dentro y fuera de la isla, ese fenómeno ha provocado en un espacio insular de reducida dimensión, de cierta entidad demográfica y con destacada actividad agraria. Son rasgos que agravan la magnitud de la erupción y sus derivaciones.

            Geográficamente es un tema de enorme importancia por su gravedad global. Todo se trastoca, la destrucción es masiva y de manera traumática. No es posible, por más lejos que se viva de aquel escenario, apartar la mirada de las alteraciones producidas en el paisaje y en la vida de quienes allí residen y se afanan por vivir en medio de la catástrofe natural más catastrófica de todas: la ocasionada por la furia interna de la Tierra, inmensa e indómita cuando se desencadena. No hay peor tragedia territorial en espacios habitados que la que traen consigo un volcán y los seísmos que lo acompañan. La tierra tiembla, mientras descubre sus magmáticas interioridades. A diferencia de lo que sucede con otros accidentes naturales, no hay posibilidad alguna de control. Las emisiones acabarán, pero nadie prevé cuándo. Las perturbaciones atmosféricas, siempre anticipables, duran unos días; las telúricas nunca se sabe.

            La incertidumbre crea desasosiego, ansiedad, estrés y mucha sensación de vulnerabilidad. Día tras día, hora a hora, permanentemente, sin descanso. La imaginación queda desbordada  ¿Se hacen una idea de las sensaciones acumuladas por los niños y por las personas en situación de fragilidad? Estruendo incesante, aire enrarecido, luminosidades indeseadas, fulgores que aterrorizan, vertidos incandescentes y sin control, sensación de impotencia, destrucciones erráticas, personas asustadas y a la deriva, con las manos vacías y el rostro entre despavorido y resignado, plantaciones, viviendas e infraestructuras básicas desaparecidas y reemplazadas por hectáreas inabarcables de malpaís, un futuro imposible de planificar hasta que todo acabe. Sus pertenencias, las que presurosamente han podido salvaguardar en medio del pánico, caben en un metro cuadrado de un almacén.

            Todos somos la isla La Palma, el archipiélago canario se imbrica en nuestras vidas. Nos pertenece y lo sentimos nuestro. Aunque el volcán termine, jamás será posible olvidar el otoño de La Palma, aquel en el que el palmero no ha podido decir a la palmerita "que se asome a la ventana, que su amor la solicita". Lo volverá a cantar, pero ya el espacio no será lo mismo. Aunque el paso del tiempo todo lo diluye, no podemos admitir que quede difuminado el recuerdo de las trenzas de lava solidificada, piroclastos y ceniza con su poder arrasador y para siempre.

        La erupción ha finalizado a los 85 días de su estallido. Ha coincidido con la Navidad. Mas la pesadilla no ha terminado. Queda por delante un largo camino hacia la recuperación: de la vida, de lo perdido, de lo abandonado, de la confianza en el futuro. No es un problema estricto de la isla o del archipiélago canario. Es un problema de todos. 

 

24 de septiembre de 2021

Ciudades medias: ¿crisis u oportunidad?

 

Burgos


El Norte de Castilla, 24 septiembre 2021

En el contexto de los interesantes debates planteados en torno a las dinámicas demográficas contemporáneas, afloran de nuevo en los países europeos y, entre ellos, en España, las reflexiones que centran la atención en los cambios que pudieran tener lugar en la reestructuración de los sistemas urbanos a partir de las implicaciones derivadas de la distribución selectiva de la población en el territorio a favor de los grandes complejos metropolitanos. Asumido hasta ahora dicho proceso como algo inexorable, su constatación no impide plantear hasta qué punto ese sesgo a favor de la polarización va a traer consigo un debilitamiento irreversible de las ciudades de pequeño y mediano tamaño o, por el contrario, puede cobrar sentido la hipótesis de una recuperación de sus posibilidades como espacios atractivos, susceptibles de experimentar una dinamización de las actividades económicas, con la consiguiente generación de riqueza y empleo que les permita contribuir a un cierto reequilibrio del territorio.

            Abierta la reflexión a las comprobaciones empíricas que ratifiquen con rigor el sentido de una u otra tendencia a corto y medio plazo, el tema adquiere una notable relevancia en un momento especialmente decisivo, en el que el concepto de ciudad media cobra la dimensión que lo identifica con una reordenación del territorio. No en vano es el momento que revela el desencadenamiento de transformaciones económicas, espaciales y socio-laborales de gran envergadura en coherencia con las reflexiones, actitudes y exigencias provocadas por la era postcovid, por las lecciones y advertencias de ella extraídas, y por las pautas de actuación asociadas la transición ecológica, que se muestra inexorable, con los efectos socio-económicos y espaciales derivados que ha de traer consigo.

            Es evidente que ese proceso de transformación encuentra en las ciudades su campo de experimentación más significativo, y en el que el análisis comparado permite conclusiones valiosas desde el punto de vista estratégico. Es bien sabido que las grandes aglomeraciones conllevan, proporcionalmente en relación con su tamaño, un elevado consumo de suelo y de energía a la par que aumentan su capacidad de impacto ecológico en función de la magnitud de los vertidos y las agresiones producidas a gran escala sobre el medio ambiente. Son aspectos críticos a los que hay que sumar los impactos negativos provocados sobre la calidad de vida de la población debido a problemas inherentes a las escalas urbanas de gran dimensión como son los que tienen que ver con la intensidad y congestión de los desplazamientos, con la conciliación de actividades, con el encarecimiento de la vivienda o con la acentuación de las desigualdades, entre otros muchos. Aparecen, en cualquier caso, sumidos en la contradicción que resulta de contraponer sus posibilidades como espacios de crecimiento económico ya consolidado y como lugares de asentamiento de servicios y centros de dirección de primer nivel, con los condicionamientos y servidumbres que acompañan a los procesos de aglomeración (de ahí el concepto de "deseconomías de aglomeración" que se aplica a las macroestructuras urbanas), limitativos cuando se trata de acometer actuaciones correctoras de los problemas existentes y de acomodar sus estrategias a los requisitos que imponen los objetivos propios de la sostenibilidad. Tanto es así que no deja de llamar la atención la idea formulada por el geógrafo Guillaume Faburel cuando plantea la posibilidad de que las ciudades medias puedan convertirse en el "estrato urbano prioritario"

            No sorprende, pues, que ante este escenario parezca convincente y oportuna la necesidad de llamar la atención acerca el margen de posibilidades que, como opciones alternativas tanto desde el punto de vista del trabajo como residencial, presentan las ciudades en las que los problemas señalados – en virtud de la escala dimensional más racional en la que se plantean y pudieran resolverse - revisten menor gravedad. Quizá pueda parecer excesivo presentarlas de manera genérica como escenarios alternativos en un horizonte cercano, en virtud de las inercias que inducen al mantenimiento del modelo dominante y de las insuficiencias que la mayor parte de ellas presentan desde el punto de vista estratégico para acreditar, con perspectivas de ser tenidas en cuenta, sus potenciales ventajas comparativas (tranquilidad, espacio, dotaciones educativas, coste de la vida proximidad...), con frecuencia tan ignoradas como infrautilizadas.

           Nos encontramos ante un gran desafío reestructurador del territorio, que conviene valorar en toda su dimensión para ser asumido por parte de los órganos responsables de la gestión de la ciudad y de la definición de sus principales orientaciones estratégicas. En este sentido no son desestimables los debates que están teniendo lugar en algunos países de la Unión Europea, en los que no son aisladas las voces que, de manera documentada y con cifras en la mano, dan a conocer las expectativas potencialmente ofrecidas por las ciudades situadas en un umbral de población entre los 10.000 y los 150.000 habitantes, aunque estos límites varían en función de los respectivos contextos territoriales. 

        Ahora bien, más allá de estos umbrales se trata de identificar la importancia económico-espacial de este nivel urbano intermedio, que opera como eslabón de transición entre las grandes áreas metropolitanas y los espacios adscritos a los parámetros propios del mundo rural. Se trata de una categoría que emerge con fuerza en el panorama de las políticas públicas urbanas que preconizan la necesidad de fortalecer el conjunto de ciudades susceptibles de fortalecer las interacciones sociales, afianzar los vínculos de convivencia y asegurar una mayor calidad de vida sobre la base de su capacidad para configurar espacios urbanos inclusivos, seguros, innovadores, cualitativos, resilientes y sostenibles, lo que obliga a una adaptación de las políticas públicas para asumir con garantías los compromisos que esos objetivos implican a la par que incrementan su capacidad de acción con vistas a lograr avances significativos a favor de un mayor equilibrio y mejor aprovechamiento integral del territorio. Suponen, en fin, una forma mucho más creativa de establecer las relaciones con el espacio. Ante este escenario no es ocioso aludir al margen de posibilidades que tal vez pudieran abrirse para las ciudades de Castilla y León, donde este rango urbano presenta potencialidades aún no debidamente aprovechadas.



10 de septiembre de 2021

En defensa de un Pacto por la Sanidad Rural en Castilla y León

Este texto expone y desarrolla las ideas planteadas en el debate organizado por Televisión Castilla y León en su programa "Cuestión de Prioridades" el dia 8 de septiembre de 2021



Consultorio del SACYL en Arcillera (comarca de Aliste, Zamora)  (Fotografia de Rocío Pérez, 2021)


Estas ideas, expuestas en el programa mencionado, las reitero ahora con el fin de dejar constancia de ellas: la reestructuración de la sanidad en el mundo rural es uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta la Comunidad de Castilla y León. No hay un caso igual en la Unión Europea. Y es que, siendo también un problema destacado en otras regiones españolas y europeas, enfrentadas en este tema a una situación preocupante, las características específicas de esta región - magnitud territorial, dispersión del poblamiento, estructura demográfica- acentúan sus aspectos críticos y dificultan las opciones estratégicas para ordenar con criterios de eficacia y equidad ese servicio básico. Un servicio que además tropieza con las insuficiencias de que adolece la dotación de profesionales sanitarios, afectada en España por una mala política de Estado, que está haciendo, en función de los recortes aplicados en el periodo 2009-2018, mella dramática en el ejercicio de la medicina en el conjunto del país y, con especial impacto, en el ámbito rural. No sorprende, por tanto, el hecho de que, considerado por los alcaldes de Aliste como "un buen plan" el presentado por la Consejería de Sanidad, se insiste en la dificultad que supone su aplicación debido a la escasez de médicos para llevarlo a la práctica.

Debido a condicionamientos de esa naturaleza, y que son difícilmente soslayables, cualquier toma de decisiones es arriesgada y proclive a la polémica e incluso a la demagogia. Siempre lo será. Mas, por algún sitio habría que comenzar. Y eso es lo que ha tratado de hacer la Consejería de Sanidad de la Junta de Castilla y León, lo que de entrada compromete al conjunto del gobierno autónomo. Es decir, hay que empezar a desbrozar el camino en un panorama tortuoso y dificilísimo de abordar como se quisiera y de manera óptima, habida cuenta de que el óptimo no existe. Ante una tendencia regresiva de la población, mantener dotación completa y permanente de médico y enfermería en 3.669 consultorios y 247 Centros de Salud (organizados en 161 Zonas Básicas de Salud rurales) es materialmente inviable e incluso carente de sentido. Cuando la consejera Verónica Casado compareció el día 3 de septiembre para dar cuenta del asunto quien esto escribe tomó buena nota del alud que a la señora Casado se le venia encima. Llamé a mis amigos médicos y enfermeras del Aliste para comentario... y coincidimos: "ha empezado pero nadie sabe cómo va a terminar".

Ya ha empezado, en efecto, como propuesta, como proyecto, como conjunto de ideas a tener en consideración. Conocemos, de momento, cuales son sus directrices básicas:

- extender y hacer efectiva la cita previa (como sucede en el conjunto del sistema de atención)

- reordenación del mapa de gestión sanitaria, lo que obligará a que municipios de una zona básica de salud puedan integrarse, con criterios de racionalidad geográfica, en la que mejor facilite la accesibilidad a la atención sanitaria

- posibilidad de crear nuevas áreas que permitan mejorar la prestación asistencial

- redistribuir la población entre los profesionales: mínimo de 400 pacientes por médico

- todo ciudadano tendrá un médico y un profesional de enfermería asignados y de referencia

- organizar los servicios de movilidad como garantía de un tratamiento efectivo con la mayor inmediatez posible

Naturalmente, queda aún mucho trayecto por recorrer, un trayecto cuyo horizonte depende de la iniciativa política y de la capacidad para afrontar el enorme reto planteado: que nadie quede desatendido, poniendo a su servicio las infraestructuras que lo hagan posible. El planteamiento se corresponde con una de las medidas esenciales de la política de Ordenación del Territorio, respaldada por el Parlamento regional, consistente en la creación y organización de los servicios públicos a través de las Unidades Básicas de Ordenación y Servicios del Territorio. No es, por tanto, ajeno a un enfoque de racionalización funcional del territorio ya aprobado en las Leyes de  ordenación territorial de 1998 y 2013, de las que deriva el Mapa que -  orientado a “garantizar los servicios públicos autonómicos en el medio rural” - el Gobierno regional ratificó el 26 de enero de 2017.

Es un tema pendiente de debate, discusión, aclaración y alternativas. Y también necesitado de una explicación, clara, convincente y sincera por parte de las autoridades en sus diferentes niveles de responsabilidad. Y eso es precisamente de lo que se trata. Por eso resultan pertinentes los avances posibilitados por la toma de contacto con otras Comunidades Autónomas afectadas por problema similar. Prueba de ello lo ofrecen las conversaciones mantenidas con las Comunidades de Aragón y Castilla-La Mancha, gobernadas ambas por el Partido Socialista, y de las que han derivado las propuestas acordadas en la reunión celebrada en Soria el 20 de septiembre.

Sin haber acometido aún el debate sobre la propuesta, no es convincente introducir en ese escenario una crisis política que eclipsa y difumina el fondo del problema y desvía la atención hacia otro tipo de intereses y preocupaciones. Adelantar elecciones supone la paralización del proceso y posponer su elaboración conforme a los criterios y los objetivos que cada opción política pueda plantear, y no a corto plazo sino en el horizonte de la legislatura, que razonablemente puede, en los dos años que restan, centrarse en tan complicada cuestión, que es lo que sin duda los ciudadanos esperan de sus representantes. Y es que un adelanto electoral siempre significa un fracaso para el que gobierna.

Tras la aprobación de la Proposición No de Ley presentada por el Partido Socialista en contra de la reforma sanitaria propuesta y aprobada con el apoyo del Partido Popular, todos los partidos aparecen situados corresponsablemente ante el tema que nos ocupa. Ha llegado la hora de verdad. Nadie puede eludir su responsabilidad, entendida como compromiso colectivo. De ahí que, como muchos profesionales y representantes locales proclaman, se impongan el consenso, el acuerdo, ese gran PACTO de Comunidad que Castilla y León necesita para que esta cuestión quede satisfactoriamente resuelta. Es la hora de la política a medio y largo plazo, no cortoplacista. Estoy convencido de que, si esa idea del compromiso compartido llegase a cuajar, Castilla y León habrá dado un paso de gigante hacia el futuro. Y los ciudadanos lo sabrán reconocer.

25 de junio de 2021

Despoblación y nuevas ruralidades

 

El Norte de Castilla, 25 de junio de 2021


La atención concedida a la desvitalización demográfica de las áreas rurales explica la abundancia de las reflexiones desplegadas en torno a un tema que, conocido y valorado desde hace mucho tiempo, ha cobrado una relevante dimensión política y cultural. La reunión organizada (Presura 20) por la Asociación El Hueco en la ciudad de Soria el pasado 28 de mayo, en la que se dieron cita todos los líderes políticos del país, con el fin de abordar el problema a la búsqueda de un gran consenso nacional, revela que nos encontramos ante uno de los principales desafíos a afrontar cuando comienza la tercera década del siglo XXI. El hecho de celebrarse en Castilla y León demuestra con expresividad hasta qué punto nuestra Comunidad constituye un espacio representativo de las múltiples perspectivas que confluyen en torno a un fenómeno tan complejo como difícil de acometer con resultados ostensibles.

            Si la despoblación rural no es un hecho accidental tampoco aparece como un proceso fácilmente reversible. Más allá de las medidas que se puedan adoptar para neutralizarlo, y que hay que evaluar con el rigor necesario, conviene recordar el fundamento que lo explica. Responde, como es bien sabido, a los efectos derivados de la desaparición gradual y definitiva de las pautas organizativas de la actividad agraria tradicional, basada en la escasa productividad de la tierra, en el bajo nivel de las técnicas aplicadas, en la abundancia de mano de obra y en una economía de limitados rendimientos, con débil excedente y en la que abundaban las situaciones de pobreza y extrema precariedad de las formas de vida. Las situaciones excepcionales que pudieran darse apenas alteraban este panorama dominante.

            Suficientemente estudiados los factores que a partir de los años setenta y ochenta del siglo XX dan al traste con este modelo, inadaptado a la internacionalización de las estrategias productivas y comerciales, conviene dirigir la mirada a los rumbos que actualmente definen la reconfiguración del mundo agrario y los decisivos impactos espaciales que ello trae consigo. En medio de la sensación de silencio en la que aparece sumido este escenario, afectado por un descenso acelerado de sus efectivos demográficos y en un contexto de reducción material de los servicios públicos tradicionalmente disponibles in situ (aunque las prestaciones, favorecidas por la movilidad, se mantengan), la observación directa de la realidad  pone al descubierto que el abandono de elementos tradicionales de la estructura del territorio abre paso a formas de aprovechamiento que indican modificaciones sustanciales en la configuración de la ruralidad.

            En esencia, nos encontramos ante un proceso de dualización del espacio acorde con la desigual utilidad del suelo, y, por tanto, con las diferentes estrategias para rentabilizarlo. Y es que, mientras el aprovechamiento agrario se intensifica - apenas existe el barbecho, las superficies de regadío no paran de crecer, las explotaciones aumentan de tamaño, la mecanización es espectacular y las especializaciones vitivinícola y hortícola alcanzan la excelencia - las tierras menos apetecidas para la productividad agrícola - más baratas y más fácilmente acaparables en grandes superficies - son los espacios elegidos, o potencialmente elegibles, para la instalación de granjas ganaderas intensivas y la implantación de enormes complejos para la producción de energías renovables. Esta tendencia a favor del aprovechamiento selectivo del espacio parece bien reafirmada, y se muestra congruente con objetivos asumidos por los protagonistas del mundo rural, aunque lógicamente las discrepancias también afloren de vez en cuando.

            En cualquier caso, aunque la vida aparente es muy débil y la soledad impera por doquier, no es menos cierto que la actividad no ha desaparecido. No es un espacio vacío, ni vaciado (conceptos caídos en el estereotipo), sino en profunda reestructuración y digno de ser atendido en su especificidad. La vida relacional persiste y se constata cuando uno la busca, la encuentra y se interesa por ella. No hay pobreza ni marginalidad, pues los hábitos de residencia y comunicación han dejado de ser los de antaño mientras la movilidad, es decir los desplazamientos entre lugares de diferente escala demográfica, ya con fines personales o para la prestación de servicios, se impone en distancias cortas y posiblemente cada vez más largas, favorecidas además por el transporte a la demanda y las modalidades de gestión telemática. El funcionamiento en red tiende a regular las pautas de la cotidianeidad.

            Hay vida latente, aunque la dimensión del envejecimiento en los pequeños pueblos marque la impronta perceptiva dominante y las construcciones y rehabilitaciones de viviendas coexistan con la ruina del caserío heredado de otro tiempo y ya innecesario. Es otra forma de concebir el uso del espacio no urbano que hay que analizar a fondo, y que cristaliza en la configuración de “nuevas ruralidades”. No basadas éstas ya en el soporte cuantitativo del trabajo agrario como ocurría en otro tiempo, manifiestan al tiempo la posibilidad de incorporar otros campos de actividad como las oportunidades abiertas a las instalaciones industriales, a los potenciales residentes teletrabajadores y al aprovechamiento recreativo de los riquísimos recursos patrimoniales (naturales e históricos) de los que la región dispone y cuya preservación no puede hacerse al margen del reto que supone garantizarla frente a los impactos, paisajística y ambientalmente lesivos, de las macroinstalaciones asociadas a la ganadería intensiva y al desarrollo, al margen de una rigurosa evaluación de sus implicaciones espaciales, de las energías renovables.

2 de junio de 2021

La utilidad inútil de los intelectuales

 


El Norte de Castilla, 3 junio 2021


Recurro al expresivo título de la conocida obra de Nuccio Ordine – “La utilidad de lo inútil”- para motivar la reflexión en torno a un hecho importante que no debe pasar desapercibido, por más que a veces haya quien le reste importancia y gravedad Me refiero al progresivo debilitamiento de la presencia de los intelectuales en el panorama de la toma de decisiones adoptadas y aplicadas por los agentes dotados de responsabilidad operativa, tanto públicos como privados. No supone este oxímoron un sesgo pesimista sino la simple constatación de una tendencia que parece evolucionar en sintonía con la modificación de las condiciones que tradicionalmente han caracterizado los vínculos entre el intelectual y la sociedad, en cuyo funcionamiento ha llegado a ocupar un papel clave la labor intermediadora ejercida por quienes, al fin y legítimamente, ostentaban la capacidad decisional efectiva.

            Lejos están ya los tiempos en los que intelectuales relevantes se mostraban como la conciencia crítica a la que se atendía en momentos cruciales de la vida pública: eran esa “conciencia histórica y social de su tiempo”, de que hablaba Simone de Beauvoir. Traer a colación, entre otras muchas, las figuras de Zola, Larra, Sartre, Zweig, Pardo Bazán o Giner de los Ríos, resulta pertinente a la par que nostálgica, cuando se trata de estimar las aportaciones que hicieron en ocasiones trascendentales de su época, en las que su voz emergía con fuerza hasta adquirir una resonancia que sobrepasaba con creces los horizontes en los que había sido planteada. La conocida cita de Stefan Zweig –“la razón y la política siguen raramente el mismo camino y son estas ocasiones las que dan a la historia su carácter dramático” – encierra una idea que tal vez resulta exagerada en función de los terribles episodios vividos por el autor, pero sin duda transmite la preocupación que suscitan las desavenencias producidas entre el modo de interpretar a fondo la realidad y las pautas aplicadas a su transformación. No hay que recurrir a la autocrítica para pensar que esta tendencia sea atribuible a errores, que sin duda los hay, de una y otra parte, cada cual responsable de un distanciamiento conscientemente asumido, sin abandonar la idea a favor de la recuperación de esa deseable simbiosis que tantas orientaciones positivas es capaz aportar en situaciones críticas, cuando todas las variables e indicadores han de ser considerados.

            Sin embargo, se muestra cada vez más patente la subestimación del papel desempeñado por el intelectual en los tiempos en que vivimos. Hay testimonios elocuentes (Krugman, Judt, Ovejero, a modo de ejemplos representativos, se han hecho eco en nuestros días) que insisten en la verificación de que el intelectual ha perdido el reconocimiento que tradicionalmente había tenido, coincidiendo con una puesta en revisión por parte del poder de la responsabilidad social de quienes solo disponen de su capacidad para analizar los hechos mediante la mente y la pluma. Tal revisión no es baladí, ya que va asociada, al menos para un sector importante del entramado decisional, al argumento de que los intelectuales ya no son necesarios ni sus observaciones merecen el valor que ellos pretenden. Ya no cuentan con sus opiniones en los foros de decisión que controlan cómodamente sin posibilidad de réplica ni contestación. A decir verdad, lo que sucede no debería extrañar demasiado, pues responde a una lógica congruente con el signo de una época en la que se han visto sensiblemente modificadas las formas de relación entre el poder y el pensamiento. Basta con remitirse a las cuatro tendencias que, en mi opinión, contribuyen a explicarlo.

            La primera se apoya en las distintas percepciones que una y otra perspectiva tienen de las relaciones construidas entre la teoría y la práctica. Si, como afirma Michel Foucault, no puede plantearse una visión práctica de los hechos sin una sólida fundamentación teórica, no es infrecuente comprobar hasta qué punto el valor de la efectividad prima sobre los planteamientos derivados del examen razonado en los que pudiera sustentarse, con frecuencia condicionados por la duda o por la actitud prudente a que obliga el riesgo de una decisión precipitada. Es evidente que, en segundo lugar, esta disociación que separa lo razonable de lo pragmático no es ajena al enfoque contrastado que se tiene respecto a la idea del tiempo como factor determinante del proceso decisional. De ahí la dicotomía que separa el corto del largo plazo, lo inmediato de lo sometido a las estimaciones susceptibles de aportar la prospectiva con que han de concebirse las actuaciones planteadas. 

Es un contraste de apreciación que, como tercer aspecto a considerar, remite a la desigual forma de consideración y tratamiento de los problemas, pues es hecho cierto que a menudo el enfoque fragmentario prevalece sobre el de carácter global, mucho más complicado éste que aquél, lo que puede entenderse como un factor limitativo de su aplicabilidad. Y, para concluir, no cabe duda de que en esta búsqueda de las divergencias interpretativas entre pensamiento y acción tiene un peso importante la rentabilización de las decisiones, en función de la relevancia otorgada a la altisonante proyección mediática como canal más efectista de su transmisión a la sociedad, con el positivo efecto de imagen que proporciona. Y es que cuando lo mediático domina sobre lo sistémico, los cauces que orientan la decisión se sienten liberados de la crítica entorpecedora, con independencia de si es o no conveniente y necesaria.   

13 de diciembre de 2020

Miguel Delibes:De la sensibilidad por el mundo rural a la defensa del paisaje y la protección de la Naturaleza

 

Cuando se profundiza en el conocimiento de la obra literaria de Miguel Delibes, el observador se percata de que cuanto ha escrito constituye una réplica sabia y contundente a la visión estereotipada del concepto de la llamada “España vacía” – entendida como acepción aplicada a un espacio desertizado, cuando en puridad no lo está - en la que parecen haberse sumergido quienes de pronto han descubierto una realidad territorial y demográfica en la que solo unos pocos habían reparado mucho antes con el suficiente y acreditado conocimiento de causa y de las numerosas particularidades que encierra.  

El escritor vallisoletano siempre estuvo entre éstos, consciente de que la realidad es mucho más compleja de lo que a simple vista parece. Como tal se mostró coherente con una sensibilidad asentada en el espacio castellano, sobre el que labró y al que dedicó la mayor parte de su acervo creativo. Adentrarse en él ayuda a comprender hasta qué punto el conocimiento del mundo rural – ámbito prevalente de su obra, por más que se extienda también a otros temas y escenarios -  rehúye, desde el sólido estudio empírico de la realidad que le interesa describir, las simplificaciones y los argumentos basados en las intuiciones construidas meramente desde la lejanía urbana o la oportunidad del momento.

            De ahí emana esa capacidad para desentrañar los hechos y las circunstancias más relevantes de las realidades espaciales seleccionadas cuando, desde la humildad y el propósito de aceptarlas como son, el autor toma contacto con ellas sin prejuicio alguno y consciente de lo mucho que, merced a esta actitud abierta, puede aprender con el fin de darlas a conocer literariamente. Revela de ese modo un afán constante por observar, aprender y proyectar cuanto percibe o intuye, pues no otros son los objetivos perseguidos, debidamente coadunados. En el fondo, late en su ánimo no sólo la intención de plasmarlo por escrito sino, ante todo, de transmitirlo de la manera más fidedigna posible con destino a una sociedad que tal vez haya perdido, según él, la conciencia de lo que sucede en un mundo hacia el que detecta una preocupación cada vez más debilitada, cuando no se carece de ella.  Si en torno a esta idea básica gravita la parte sustancial de las experiencias analizadas y descritas por el autor, pretendo plantear en estas líneas una somera reflexión centrada en los tres aspectos que, a modo de muestra representativa y desde la óptica del geógrafo que me corresponde ejercer, avalan algunas de las más relevantes aportaciones extraídas, en mi opinión, de su obra.

            - Sorprende, en primer lugar, la profundidad, repleta de matices, con la que aborda las relaciones entre el ser humano y el entorno en el que su vida se organiza y desenvuelve. La simbiosis entre ambos elementos marca interesantes pautas interpretativas que ayudan a comprender la complejidad de los vínculos que se establecen entre la sociedad y el espacio, y que no pueden ser captadas al margen de una experiencia vital regida por pautas de relación armoniosa y equilibrada con la Naturaleza. Para Delibes el ámbito en el que esta situación se alcanza esencialmente es el espacio de la ruralidad, donde transcurren algunas de sus narraciones más celebradas. No en vano, la figura del campesino, sujeto fundamental de su obra, se identifica – tal y como destaca en Castilla, lo castellano y los castellanos (1979), con el que hecho de que “su vida y su razón de ser es la tierra, trabajar la tierra, sudar la tierra, morir sobre la tierra y, al final, ser cubierto amorosamente por ella”, pues, “la tierra forma parte de sí mismo”, insiste con reiteración.  Abundan los textos en los que conjuga un buen conocimiento del medio, de las actividades de que es objeto y de la psicología de los personajes. Y es que el ser humano, ratificado en su individualidad y sin perder la perspectiva del contexto social e histórico en que se inscribe, ocupa el centro de la escena que desea ofrecer o, lo que es lo mismo, el núcleo primordial de su universo paisajístico. 

Basta detenerse con detenimiento, y a modo de ejemplo, en las descripciones que traban Diario de un cazador (1955) para deleitarse con el sinfín de detalles característicos de la actividad más enraizada en las formas de aprovechamiento de los recursos naturales como es la caza. Bien es verdad que esta consideración del soporte físico como elemento indisociable de la vida humana, y que suele ser objeto de un tratamiento pormenorizado, no parte de una visión idílica, sino impregnada de una gran dosis de realismo y sinceridad, que generalmente conduce a su presentación literaria como un mundo hostil, marcado por las dificultades y las privaciones que hacen mella en las condiciones de vida y en las formas en que son experimentadas. Las palabras utilizadas por el Nini en Las ratas (1962) son de una expresividad impresionante, propias de quien es consciente de la dureza de cuanto le rodea a la vez que se siente fascinado por los rasgos y las estrecheces de esa misma realidad. Es algo que no debe sorprender cuando, como resalta en Castilla, lo castellano…, el carácter del castellano, que sorprendentemente atribuye a unadesconfianza apuntalada por razones climáticas” y “antes de serlo, antes de existir Castilla como tal Castilla, sea, desde su origen, austero, laborioso y tenaz” o, lo que es peor, “un hombre insatisfecho, receloso, que vive en perpetua zozobra”.

            - Por otro lado, y en estrecha simbiosis intelectual con lo señalado, cabría subrayar la valiosa contribución realizada por Delibes al conocimiento de los paisajes y de algunos de los componentes esenciales del legado cultural que lo avalan. En su obra aparecen, en efecto, bien captadas y tratadas las particularidades de la realidad paisajística que sirve de encuadre preciso a las experiencias noveladas. Por lo que respecta a la forma de diseccionar el ámbito de la vida campesina, son memorables las descripciones que realiza del ámbito de la llanura, matizando sobremanera la visión tópica tan reiterada por los autores del noventayocho. No en vano, el propio Delibes insistió en alguna ocasión en la necesidad de “desnoventayochizar” el campo castellano. Frente a la simplificación de que por autores conspicuos ha sido objeto ese tipo de espacio, se impone la descripción sin paliativos ni edulcoramientos. No tiene reparo en poner al descubierto un medio natural poco complaciente cuando se detiene en el paisaje de las llanuras. Si, como hace en Viejas historias de Castilla la Vieja (1964), habla de “la agónica, amarillez del desierto”, tampoco tiene reparos en identificar las superficies de páramo “como una inmensidad desolada”, de modo que “el día que en el cielo hay nubes, la tierra parece el cielo y el cielo la tierra, tan desamueblado e inhóspito es “. 

Es una percepción que mantiene arraigada en la memoria, pues “cuando yo era un chaval, el páramo no tenía principio ni fin, ni había hitos en él ni jalones de referencia. Era una cosa tan ardua y abierta que solo de mirarle se fatigaban los ojos”. A veces lo trata además como un escenario climáticamente hostil: “el valle en rigor no daba sino dos estaciones: invierno y verano, y ambas eran extremosas, agrias, casi despiadadas” (Siestas con viento sur, 1957).  Sin embargo, la dureza de la visión que le inspiran las llanuras, asociadas a la disposición de los valles, las campiñas y los páramos de la cuenca sedimentaria, y en las que no pierde la curiosidad que le suscitan cambios puntuales de la geología (“las piedras negras”) o la topografía (“la Mesa de los Muertos”), contrasta con la más gratificante y admirativa que la montaña le aporta. “Soy un gran amante del paisaje de la Montaña”, confiesa a César Alonso de los Ríos en una de las conversaciones recogidas en Soy un hombre de fidelidades (2010). Sin escatimar la crítica aplicada a los espacios montanos, que tanto valor le ofrecen como experiencia vital, diríase que Delibes siente fascinación por ellos: “A lo lejos por todas partes – apunta en El camino (1950) - las montañas, que según la estación y el clima alternaban su contextura pasando de una extraña ingravidez vegetal a una solidez densa, mineral y plomiza en los días oscuros. Las inmensas montañas con sus recias crestas recortadas sobre el horizonte imbuían a Moñigo una irritante impresión de insignificancia”. Asume así Delibes la dualidad característica del relieve de la región, tal vez matizada por la trascendencia que en todos los sentidos asigna a su borde montañoso más apetecido: el tramo castellano de la Cordillera Cantábrica, en el sector de las Montañas de Burgos que tanto nos han atraído a los geógrafos y que así las hemos definido y estudiado. Conviene subrayar que la gran atención prestada a los paisajes tiene el mérito de incorporar un valor adicional para su mejor comprensión y más atinada descripción. 

Sobresale con fuerza la importancia otorgada del lenguaje, el rescate de la palabra perdida o en desuso: he ahí otra de las grandes contribuciones a la dignificación cultural de los espacios que tantas motivaciones le procuraron.   Y lo hizo al dejar bien claro que “el camino es mi camino y lo que tengo que hacer es escribir como hablo, con pocos adornos”. De ahí su empeño, felizmente logrado, de crear un estilo propio, en el que ocupan un lugar destacado las palabras insertas en la descripción del territorio, las expresiones vernáculas, el argot ancestral, las denominaciones, los términos desaparecidos o cercanos al olvido que formaban parte del habla empleada en el universo apegado al aprovechamiento de la tierra. Y es que considero que el buen conocimiento del paisaje lleva al descubrimiento del lenguaje que le pertenece. La insistencia en evitar que ese patrimonio léxico quedase desvaído ha cristalizado en una tarea minuciosa, de la que Jorge Urdiales ha dejado constancia bien patente y sistematizada en las 326 palabras incluidas en su Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes (2006), y en su posterior Castilla sigue hablando, que ha visto la luz el año conmemorativo del centenario del escritor. Por su parte, Ramón Buckley lo ha aseverado con rotundidad: “rescatar el castellano como lengua – o, si se prefiere, como la variedad dialectal del español que se habla en Castilla – ha sido la gran tarea de Delibes”.  

- No puede entenderse, por último, la congruencia de la obra delibesiana desde la perspectiva que he intentado desarrollar sin hacer alusión a las reflexiones centradas en el cuidado y el respeto que, a su juicio, la Naturaleza merece y necesita. De ello se hará eco en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, cuyo título, S.O.S. El sentido del progreso desde mi obra (1976), resume fielmente en el título las señales de alarma por las preocupantes expectativas que se ciernen sobre un medio físico que tiende a ser “envilecido”, a medida que “el hombre paso a paso ha hecho su paisaje amoldándolo a sus exigencias. Con esto el campo ha seguido siendo campo, pero ha dejado de ser naturaleza.” 

Es la expresión de una convicción no ajena a las advertencias que le suscitaron las reflexiones planteadas en 1968 por el Club de Roma sobre “los límites del crecimiento” así como las conclusiones obtenidas cuatro años después en la Conferencia de Naciones Unidas celebrada en Estocolmo, en la que, como el propio Delibes señala, “por primera vez se acepta que las posibilidades de regeneración del aire, la tierra y el agua no son ilimitadas; por primera vez se acepta la posibilidad de que nuestro mundo se vuelva inhabitable por obra del hombre”. Entendidas en el contexto de su obra, nada tienen de oportunismo ni de interesada adscripción a una corriente de moda. Reflejan, por el contrario, la manifestación inequívoca de una postura sincera, fiel a los retos del momento que le tocó vivir y sólidamente basada en la observación y en el conocimiento de cómo se comportan los procesos naturales, lo que le permitió entender la gravedad de los impactos a que pueden verse sometidos para pronunciarse, frente a ellos, por la defensa del “necesario equilibrio entre el hombre y la naturaleza en el futuro”. 

Son sensibilidades, en fin, que le acompañaron durante toda la vida y de las que, ante la “angustia” que le provoca el porvenir del planeta, dejará valioso testimonio en La tierra herida (2006), una obra curiosa en la que se reafirman sus principios conservacionistas a través de las interesantes conversaciones mantenidas con su hijo Miguel, y que precisamente comienzan con las reflexiones alusivas al cambio climático, que el escritor sustenta con atinado criterio en las llamativas percepciones y sensaciones físicas que obtiene de su propia experiencia personal al observar las contrastadas temperaturas de los veranos vividos en la villa burgalesa de Sedano. Otra manifestación más de las grandes aportaciones de Miguel Delibes a través del valor asignado a la omnipresencia de la Naturaleza.

16 de octubre de 2020

Miguel Delibes en 2020: advertencias y esperanzas

 


El Norte de Castilla, 16 de octubre de 2020 



¡Qué interesante hubiera sido conocer la opinión de Miguel Delibes sobre las experiencias vividas en el mundo a lo largo de 2020! ¡Cuántas enseñanzas podrían ser extraídas y aprendidas de las reflexiones críticas efectuadas por quien tan aguda e intensamente se mostró sensible, y al margen del tópico tan al uso, hacia cuanto sucedía a su alrededor! Conociendo su obra, y valorando la cualidad visionaria de muchas de las ideas vertidas en sus escritos, podemos imaginarlas, igualmente válidas, en el contexto del año en que los hechos que justifican esta reflexión coinciden con la conmemoración de su centenario. Es una buena ocasión, que no conviene desaprovechar, para aproximarnos a la interpretación de lo sucedido y de lo que se avecina con ayuda del legado del autor. Es esa percepción de “la tierra herida”, expresiva noción que identifica otra de sus obras, en este caso compartida con su hijo Miguel, la que cobra plena vigencia y conviene traer a colación en el momento en el que afloran los debates en torno a la pandemia de la covid 19 y la terrible conmoción provocada en la salud, en las actividades económicas y en las formas de vida de todo el mundo.  

            Hay textos en la obra de Delibes que constituyen una premonitoria llamada de atención sobre los hechos acaecidos en “el año que vivimos peligrosamente”, por analogía con el título de la interesante película de Peter Weir. Las señales de alarma, bien cimentadas en su propia experiencia,  se encuentran ya claramente definidas en el discurso de ingreso en la Real Academia Española, pronunciado en mayo de 1975 con el expresivo título El sentido del progreso desde mi obra, en el que plantea su preocupación por el hecho de que “la naturaleza mancillada se alza contra el hombre en abierta hostilidad”. Basta esa contundente reflexión para interpretar el alcance de las causas que explican la vulnerabilidad y los riesgos que amenazan al ser humano ante las reacciones que los impactos sobre la naturaleza ocasionan en las dinámicas de los seres vivos, dando origen a perturbaciones ecológicas, que periódicamente se materializan en fenómenos biológicos causantes de epidemias, consecuentes a los desequilibrios producidos en el funcionamiento de los ecosistemas. La magnitud de los efectos  asociadas a la pandemia y la diversidad de las implicaciones que desde todas las perspectivas ha traído consigo permiten calibrar de qué manera el año 2020 ha supuesto un periodo traumático singular en el que la crisis sanitaria, económica y financiera  y sus derivaciones nos han situado en un escenario de restricciones y cautelas que han modificado radicalmente las formas de entender las relaciones de la sociedad con el espacio y con el tiempo que nos ha tocado vivir.

            Si la perspectiva disponible después de estos meses arroja elementos de juicio suficientes para valorar las dimensiones de la catástrofe y sorprenderse por los errores cometidos y la ausencia de autocrítica, lo que más importa en estos momentos es utilizar la experiencia previa y la ahora adquirida como soporte sobre el que edificar un futuro diferente. Se trata de un futuro basado en la honesta toma en consideración de lo que aportan las advertencias recibidas, en el fortalecimiento de los instrumentos de supervisión y control, en la eficacia de la coordinación interinstitucional. Medidas todas ellas encaminadas a la corrección de los efectos más lesivos y, sobre todo, a sentar las bases – científicas, intelectuales y estratégicas – que hagan posible alentar una visión esperanzadora de que lo vivido en 2020 pueda cristalizar en la formación de una cultura del riesgo y de superación del miedo, capaz de configurar un horizonte más cauteloso con la dinámica de la Tierra y con los procesos que condicionan la evolución de sus componentes naturales.

            A partir  del interesante debate que enhebra las reflexiones expuestas en La Tierra herida, seguramente Miguel Delibes estaría de acuerdo en que los desafíos a asumir como reacción a la pandemia – ese “ataque planetario”, como lo ha calificado Schadeck - tienen que ver en parte nada desdeñable con la defensa de las sensibilidades y las prácticas que pone de manifiesto a través de su obra, coherente con la relevancia asignada a la naturaleza como testimonio de una preocupación sin fisuras y movido a su vez por el afán, a tenor de lo que el propio subtítulo de la obra subraya,  de dejar el mejor legado posible para las generaciones venideras. Es en este sentido como cabe entender la pertinente recuperación del pensamiento del autor de El camino para fundamentar la postura a favor de un mundo nuevo, asumiendo, mediante el conocimiento científico de los hechos y la acción política más idónea, las oportunidades de futuro que toda crisis provoca como respuesta a las severas lecciones recibidas. Es cierto que aún nos encontramos en un momento en el que las estimaciones de hacia dónde se encamina lo que ha de llegar se resuelven en un panorama repleto de contradicciones y ambigüedades, en el que las posiciones desalentadoras comparten titulares con las más proclives al optimismo y a la voluntad de presagiar un mundo mejor, no sumido en las superficialidades de la utopía. Mas también es obvio que en este ambiente de dudas e incógnitas aún por dilucidar, y a expensas de lo que la experiencia aconseje y las iniciativas públicas y privadas puedan racionalmente desplegar, no carece de sentido invocar la utilidad de esa “conciencia moral universal” que Delibes propuso en su discurso de ingreso en la RAE en 1975, cuando casi nadie hablaba de estos temas, al señalar que “esta conciencia que encarno preferentemente en un amplio sector de la juventud, que ha heredado un mundo sucio en no pocos aspectos, justifica mi esperanza”.