10 de septiembre de 2021

En defensa de un Pacto por la Sanidad Rural en Castilla y León

Este texto expone y desarrolla las ideas planteadas en el debate organizado por Televisión Castilla y León en su programa "Cuestión de Prioridades" el dia 8 de septiembre de 2021



Consultorio del SACYL en Arcillera (comarca de Aliste, Zamora)  (Fotografia de Rocío Pérez, 2021)


Estas ideas, expuestas en el programa mencionado, las reitero ahora con el fin de dejar constancia de ellas: la reestructuración de la sanidad en el mundo rural es uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta la Comunidad de Castilla y León. No hay un caso igual en la Unión Europea. Y es que, siendo también un problema destacado en otras regiones españolas y europeas, enfrentadas en este tema a una situación preocupante, las características específicas de esta región - magnitud territorial, dispersión del poblamiento, estructura demográfica- acentúan sus aspectos críticos y dificultan las opciones estratégicas para ordenar con criterios de eficacia y equidad ese servicio básico. Un servicio que además tropieza con las insuficiencias de que adolece la dotación de profesionales sanitarios, afectada en España por una mala política de Estado, que está haciendo, en función de los recortes aplicados en el periodo 2009-2018, mella dramática en el ejercicio de la medicina en el conjunto del país y, con especial impacto, en el ámbito rural. No sorprende, por tanto, el hecho de que, considerado por los alcaldes de Aliste como "un buen plan" el presentado por la Consejería de Sanidad, se insiste en la dificultad que supone su aplicación debido a la escasez de médicos para llevarlo a la práctica.

Debido a condicionamientos de esa naturaleza, y que son difícilmente soslayables, cualquier toma de decisiones es arriesgada y proclive a la polémica e incluso a la demagogia. Siempre lo será. Mas, por algún sitio hay que empezar. Y eso es lo que ha tratado de hacer la Consejería de Sanidad de la Junta de Castilla y León. Es decir, hay que empezar a desbrozar el camino en un panorama tortuoso y dificilísimo de abordar como se quisiera y de manera óptima, habida cuenta de que el óptimo no existe. Ante una tendencia regresiva de la población, mantener dotación completa y permanente de médico y enfermería en 3.669 consultorios y 247 Centros de Salud (organizados en 161 Zonas Básicas de Salud rurales) es materialmente inviable e incluso carente de sentido. Cuando la consejera Verónica Casado compareció el día 3 de septiembre para dar cuenta del asunto quien esto escribe tomó buena nota del alud que a la señora Casado se le venia encima. Llamé a mis amigos médicos y enfermeras del Aliste para comentario... y coincidimos: "ha empezado pero nadie sabe cómo va a terminar".

Ya ha empezado, en efecto, como propuesta, como proyecto, como conjunto de ideas a tener en consideración. Conocemos, de momento, cuales son sus directrices básicas:

- extender y hacer efectiva la cita previa (como sucede en el conjunto del sistema de atención)

- reordenación del mapa de gestión sanitaria, lo que obligará a que municipios de una zona básica de salud puedan integrarse, con criterios de racionalidad geográfica, en la que mejor facilite la accesibilidad a la atención sanitaria

- posibilidad de crear nuevas áreas que permitan mejorar la prestación asistencial

- redistribuir la población entre los profesionales: mínimo de 400 pacientes por médico

- todo ciudadano tendrá un médico y un profesional de enfermería asignados y de referencia

- organizar los servicios de movilidad como garantía de un tratamiento efectivo con la mayor inmediatez posible

Naturalmente, queda aún mucho trayecto por recorrer, un trayecto cuyo horizonte depende de la iniciativa política y de la capacidad para afrontar el enorme reto planteado: que nadie quede desatendido, poniendo a su servicio las infraestructuras que lo hagan posible. El planteamiento se corresponde con una de las medidas esenciales de la política de Ordenación del Territorio, respaldada por el Parlamento regional, consistente en la creación y organización de los servicios públicos a través de las Unidades Básicas de Ordenación y Servicios del Territorio. No es, por tanto, ajeno a un enfoque de racionalización funcional del territorio ya aprobado en las Leyes de  ordenación territorial de 1998 y 2013, de las que deriva el Mapa que -  orientado a “garantizar los servicios públicos autonómicos en el medio rural” - el Gobierno regional ratificó el 26 de enero de 2017.

Es un tema pendiente de debate, discusión, aclaración y alternativas. Y también necesitado de una explicación, clara, convincente y sincera por parte de las autoridades en sus diferentes niveles de responsabilidad. Y eso es precisamente de lo que se trata. Sin haber acometido aún el debate sobre la propuesta, no es convincente introducir en ese escenario una crisis política que eclipsa el fondo del problema y desvía la atención hacia otro tipo de intereses y preocupaciones. Adelantar elecciones supone la paralización del proceso y posponer su elaboración conforme a los criterios y los objetivos que cada opción política pueda plantear, y no a corto plazo sino en el horizonte de la legislatura, que razonablemente puede, en los dos años que restan, centrarse en tan complicada cuestión, que es lo que sin duda los ciudadanos esperan de sus representantes.

Tras la aprobación de la Proposición No de Ley presentada por el Partido Socialista en contra de la reforma sanitaria propuesta y aprobada con el apoyo del Partido Popular, todos los partidos aparecen situados corresponsablemente ante el tema que nos ocupa. Ha llegado la hora de verdad. Nadie puede eludir su responsabilidad, entendida como compromiso colectivo. De ahí que, como muchos profesionales y representantes locales proclaman, se impongan el consenso, el acuerdo, ese gran PACTO de Comunidad que Castilla y León necesita para que esta cuestión quede satisfactoriamente resuelta. Es la hora de la política a medio y largo plazo, no cortoplacista. Estoy convencido de que, si esa idea del compromiso compartido llegase a cuajar, Castilla y León habrá dado un paso de gigante hacia el futuro. Y los ciudadanos lo sabrán reconocer.

25 de junio de 2021

Despoblación y nuevas ruralidades

 

El Norte de Castilla, 25 de junio de 2021


La atención concedida a la desvitalización demográfica de las áreas rurales explica la abundancia de las reflexiones desplegadas en torno a un tema que, conocido y valorado desde hace mucho tiempo, ha cobrado una relevante dimensión política y cultural. La reunión organizada (Presura 20) por la Asociación El Hueco en la ciudad de Soria el pasado 28 de mayo, en la que se dieron cita todos los líderes políticos del país, con el fin de abordar el problema a la búsqueda de un gran consenso nacional, revela que nos encontramos ante uno de los principales desafíos a afrontar cuando comienza la tercera década del siglo XXI. El hecho de celebrarse en Castilla y León demuestra hasta qué punto nuestra Comunidad constituye un espacio representativo de las múltiples perspectivas que confluyen en torno a un fenómeno tan complejo como difícil de acometer con resultados ostensibles.

            Si la despoblación rural no es un hecho accidental tampoco aparece como un proceso fácilmente reversible. Más allá de las medidas que se puedan adoptar para neutralizarlo, y que hay que evaluar con el rigor necesario, conviene recordar el fundamento que lo explica. Responde, como es bien sabido, a los efectos derivados de la desaparición gradual y definitiva de las pautas organizativas de la actividad agraria tradicional, basada en la escasa productividad de la tierra, en el bajo nivel de las técnicas aplicadas, en la abundancia de mano de obra y en una economía de limitados rendimientos, con débil excedente y en la que abundaban las situaciones de pobreza y extrema precariedad de las formas de vida. Las situaciones excepcionales que pudieran darse apenas alteraban este panorama dominante.

            Suficientemente estudiados los factores que a partir de los años setenta y ochenta del siglo XX dan al traste con este modelo, inadaptado a la internacionalización de las estrategias productivas y comerciales, conviene dirigir la mirada a los rumbos que actualmente definen la reconfiguración del mundo agrario y los decisivos impactos espaciales que ello trae consigo. En medio de la sensación de silencio en la que aparece sumido este escenario, afectado por un descenso acelerado de sus efectivos demográficos y en un contexto de reducción material de los servicios públicos tradicionalmente disponibles in situ (aunque las prestaciones, favorecidas por la movilidad, se mantengan), la observación directa de la realidad  pone al descubierto que el abandono de elementos tradicionales de la estructura del territorio abre paso a formas de aprovechamiento que indican modificaciones sustanciales en la configuración de la ruralidad.

            En esencia, nos encontramos ante un proceso de dualización del espacio acorde con la desigual utilidad del suelo, y, por tanto, con las diferentes estrategias para rentabilizarlo. Y es que, mientras el aprovechamiento agrario se intensifica - apenas existe el barbecho, las superficies de regadío no paran de crecer, las explotaciones aumentan de tamaño, la mecanización es espectacular y las especializaciones vitivinícola y hortícola alcanzan la excelencia - las tierras menos apetecidas para la productividad agrícola - más baratas y más fácilmente acaparables en grandes superficies - son los espacios elegidos, o potencialmente elegibles, para la instalación de granjas ganaderas intensivas y la implantación de enormes complejos para la producción de energías renovables. Esta tendencia a favor del aprovechamiento selectivo del espacio parece bien reafirmada, y se muestra congruente con objetivos asumidos por los protagonistas del mundo rural, aunque lógicamente las discrepancias también afloren de vez en cuando.

            En cualquier caso, aunque la vida aparente es muy débil y la soledad impera por doquier, no es menos cierto que la actividad no ha desaparecido. No es un espacio vacío, ni vaciado (conceptos caídos en el estereotipo), sino en profunda reestructuración y digno de ser atendido en su especificidad. La vida relacional persiste y se constata cuando uno la busca, la encuentra y se interesa por ella. No hay pobreza ni marginalidad, pues los hábitos de residencia y comunicación han dejado de ser los de antaño mientras la movilidad, es decir los desplazamientos entre lugares de diferente escala demográfica, ya con fines personales o para la prestación de servicios, se impone en distancias cortas y posiblemente cada vez más largas, favorecidas además por el transporte a la demanda y las modalidades de gestión telemática. El funcionamiento en red tiende a regular las pautas de la cotidianeidad.

            Hay vida latente, aunque la dimensión del envejecimiento en los pequeños pueblos marque la impronta perceptiva dominante y las construcciones y rehabilitaciones de viviendas coexistan con la ruina del caserío heredado de otro tiempo y ya innecesario. Es otra forma de concebir el uso del espacio no urbano que hay que analizar a fondo, y que cristaliza en la configuración de “nuevas ruralidades”. No basadas éstas ya en el soporte cuantitativo del trabajo agrario como ocurría en otro tiempo, manifiestan al tiempo la posibilidad de incorporar otros campos de actividad como las oportunidades abiertas a las instalaciones industriales, a los potenciales residentes teletrabajadores y al aprovechamiento recreativo de los riquísimos recursos patrimoniales (naturales e históricos) de los que la región dispone y cuya preservación no puede hacerse al margen del reto que supone garantizarla frente a los impactos, paisajística y ambientalmente lesivos, de las macroinstalaciones asociadas a la ganadería intensiva y al desarrollo, al margen de una rigurosa evaluación de sus implicaciones espaciales, de las energías renovables.

2 de junio de 2021

La utilidad inútil de los intelectuales

 


El Norte de Castilla, 3 junio 2021


Recurro al expresivo título de la conocida obra de Nuccio Ordine – “La utilidad de lo inútil”- para motivar la reflexión en torno a un hecho importante que no debe pasar desapercibido, por más que a veces haya quien le reste importancia y gravedad Me refiero al progresivo debilitamiento de la presencia de los intelectuales en el panorama de la toma de decisiones adoptadas y aplicadas por los agentes dotados de responsabilidad operativa, tanto públicos como privados. No supone este oxímoron un sesgo pesimista sino la simple constatación de una tendencia que parece evolucionar en sintonía con la modificación de las condiciones que tradicionalmente han caracterizado los vínculos entre el intelectual y la sociedad, en cuyo funcionamiento ha llegado a ocupar un papel clave la labor intermediadora ejercida por quienes, al fin y legítimamente, ostentaban la capacidad decisional efectiva.

            Lejos están ya los tiempos en los que intelectuales relevantes se mostraban como la conciencia crítica a la que se atendía en momentos cruciales de la vida pública: eran esa “conciencia histórica y social de su tiempo”, de que hablaba Simone de Beauvoir. Traer a colación, entre otras muchas, las figuras de Zola, Larra, Sartre, Zweig, Pardo Bazán o Giner de los Ríos, resulta pertinente a la par que nostálgica, cuando se trata de estimar las aportaciones que hicieron en ocasiones trascendentales de su época, en las que su voz emergía con fuerza hasta adquirir una resonancia que sobrepasaba con creces los horizontes en los que había sido planteada. La conocida cita de Stefan Zweig –“la razón y la política siguen raramente el mismo camino y son estas ocasiones las que dan a la historia su carácter dramático” – encierra una idea que tal vez resulta exagerada en función de los terribles episodios vividos por el autor, pero sin duda transmite la preocupación que suscitan las desavenencias producidas entre el modo de interpretar a fondo la realidad y las pautas aplicadas a su transformación. No hay que recurrir a la autocrítica para pensar que esta tendencia sea atribuible a errores, que sin duda los hay, de una y otra parte, cada cual responsable de un distanciamiento conscientemente asumido, sin abandonar la idea a favor de la recuperación de esa deseable simbiosis que tantas orientaciones positivas es capaz aportar en situaciones críticas, cuando todas las variables e indicadores han de ser considerados.

            Sin embargo, se muestra cada vez más patente la subestimación del papel desempeñado por el intelectual en los tiempos en que vivimos. Hay testimonios elocuentes (Krugman, Judt, Ovejero, a modo de ejemplos representativos, se han hecho eco en nuestros días) que insisten en la verificación de que el intelectual ha perdido el reconocimiento que tradicionalmente había tenido, coincidiendo con una puesta en revisión por parte del poder de la responsabilidad social de quienes solo disponen de su capacidad para analizar los hechos mediante la mente y la pluma. Tal revisión no es baladí, ya que va asociada, al menos para un sector importante del entramado decisional, al argumento de que los intelectuales ya no son necesarios ni sus observaciones merecen el valor que ellos pretenden. Ya no cuentan con sus opiniones en los foros de decisión que controlan cómodamente sin posibilidad de réplica ni contestación. A decir verdad, lo que sucede no debería extrañar demasiado, pues responde a una lógica congruente con el signo de una época en la que se han visto sensiblemente modificadas las formas de relación entre el poder y el pensamiento. Basta con remitirse a las cuatro tendencias que, en mi opinión, contribuyen a explicarlo.

            La primera se apoya en las distintas percepciones que una y otra perspectiva tienen de las relaciones construidas entre la teoría y la práctica. Si, como afirma Michel Foucault, no puede plantearse una visión práctica de los hechos sin una sólida fundamentación teórica, no es infrecuente comprobar hasta qué punto el valor de la efectividad prima sobre los planteamientos derivados del examen razonado en los que pudiera sustentarse, con frecuencia condicionados por la duda o por la actitud prudente a que obliga el riesgo de una decisión precipitada. Es evidente que, en segundo lugar, esta disociación que separa lo razonable de lo pragmático no es ajena al enfoque contrastado que se tiene respecto a la idea del tiempo como factor determinante del proceso decisional. De ahí la dicotomía que separa el corto del largo plazo, lo inmediato de lo sometido a las estimaciones susceptibles de aportar la prospectiva con que han de concebirse las actuaciones planteadas. Es un contraste de apreciación que, como tercer aspecto a considerar, remite a la desigual forma de consideración y tratamiento de los problemas, pues es hecho cierto que a menudo el enfoque fragmentario prevalece sobre el de carácter global, mucho más complicado éste que aquél, lo que puede entenderse como un factor limitativo de su aplicabilidad. Y, para concluir, no cabe duda de que en esta búsqueda de las divergencias interpretativas entre pensamiento y acción tiene un peso importante la rentabilización de las decisiones, en función de la relevancia otorgada a la altisonante proyección mediática como canal más efectista de su transmisión a la sociedad, con el positivo efecto de imagen que proporciona. Y es que cuando lo mediático domina sobre lo sistémico, los cauces que orientan la decisión se sienten liberados de la crítica entorpecedora, con independencia de si es o no conveniente y necesaria.   

2 de mayo de 2021

Horizontes de la Ciudad Silenciada. Reflexiones visuales sobre Valladolid en tiempos de pandemia

 

De pronto, imprevisiblemente, todo cambió, y de qué manera. La ciudad era la misma pero todo en ella era diferente. Perspectivas que parecían familiares se tornaron en otras hasta entonces desconocidas ante la mirada atónita del espectador, que también se percató de que los rostros habituales ofrecían una mirada y, sobre todo, una voz distinta, condicionada por unos aires en el ambiente que obligaban a la contención de la espontaneidad. Ni el espacio ni nosotros éramos como antes. Se imponían, sin quererlo, los "horizontes de la ciudad silenciada".




Aunque la esperanza de recobrar las sensaciones anteriores se mantuviera viva, el observador no quería perder la memoria de cómo la ciudad mudó su faz y sus hábitos en aquel año 2020. Cuando fue posible volver a pasear por ella, eran múltiples las señales de las que era necesario dejar constancia. Sin saber el resultado, emprendí, paso a paso y con la mirada en alerta, la elaboración de este libro que hoy acaba de ver la luz. Imagen y palabra. Cincuenta fotografías inéditas, una por cada día del confinamiento total, y con su correspondiente comentario. Estampa y texto. Lo visto y la reflexión que suscita. Todo está apoyado en una interpretación previa sobre el momento histórico y su impresionante dimensión geográfica. Valladolid como ejemplo. Entendido lo local en función de lo global.

Lo he editado personalmente y ya he comenzado su distribución. A partir del sábado 1 de mayo, recuperado el mes de abril que este año no nos ha sido robado, figurará en las librerías. Sin otra pretensión que la de luchar contra el olvido del año más duro de nuestras vidas y en todo el planeta.

La distribución de "Horizontes de la Ciudad Silenciada" me ha permitido retomar el contacto con los libreros de la ciudad de Valladolid. Ha sido un placer. Sus establecimientos me son familiares desde hace muchos años pero la ocasión ha hecho posible las visitas, la recuperación del deleite y el asombro ante las estanterías... y las conversaciones tan apetecidas. He dedicado en la obra un epígrafe a ese mundo fascinante, porque lo siento mío, muy cercano, al que recurro cuando deseo hacerme con algún ejemplar, enamorado como soy del papel impreso y refractario a otro tipo de mercados. Rarezas de la edad? No. Simplemente una muestra de apego firme a quienes están detrás de los mostradores o salen de ellos para asesorar o comentar la riqueza de la que disponen. Libreros y libreras admirables, a los que hay que apoyar. Venden en directo y en remoto, a través de Internet. Yo no lo hago. Apoyo plenamente su negocio.
He visitado, maleta en ristre, y dejado algunos ejemplares en Beagle, Bosque de Hojas, El Árbol de las Letras, El Sueño de Pepa, Margen, Maxtor, Oletvm (las tres ofrecen el libro on line), Petrarca y Sandoval. Todas son librerías emblemáticas del centro de Valladolid.

Y también los he llevado a la Librería Javier, ubicada en Delicias. A ella corresponde la foto que figura en el libro como homenaje a las librerías de barrio. La visité el 13 de noviembre de 2020, en reconocimiento al día que específicamente se dedica a los espacios del libro situados en las periferias urbanas.

13 de diciembre de 2020

Miguel Delibes:De la sensibilidad por el mundo rural a la defensa del paisaje y la protección de la Naturaleza

 

Cuando se profundiza en el conocimiento de la obra literaria de Miguel Delibes, el observador se percata de que cuanto ha escrito constituye una réplica sabia y contundente a la visión estereotipada del concepto de la llamada “España vacía” – entendida como acepción aplicada a un espacio desertizado, cuando en puridad no lo está - en la que parecen haberse sumergido quienes de pronto han descubierto una realidad territorial y demográfica en la que solo unos pocos habían reparado mucho antes con el suficiente y acreditado conocimiento de causa y de las numerosas particularidades que encierra.  El escritor vallisoletano siempre estuvo entre éstos, consciente de que la realidad es mucho más compleja de lo que a simple vista parece. Como tal se mostró coherente con una sensibilidad asentada en el espacio castellano, sobre el que labró y al que dedicó la mayor parte de su acervo creativo. Adentrarse en él ayuda a comprender hasta qué punto el conocimiento del mundo rural – ámbito prevalente de su obra, por más que se extienda también a otros temas y escenarios -  rehúye, desde el sólido estudio empírico de la realidad que le interesa describir, las simplificaciones y los argumentos basados en las intuiciones construidas meramente desde la lejanía urbana o la oportunidad del momento.

            De ahí emana esa capacidad para desentrañar los hechos y las circunstancias más relevantes de las realidades espaciales seleccionadas cuando, desde la humildad y el propósito de aceptarlas como son, el autor toma contacto con ellas sin prejuicio alguno y consciente de lo mucho que, merced a esta actitud abierta, puede aprender con el fin de darlas a conocer literariamente. Revela de ese modo un afán constante por observar, aprender y proyectar cuanto percibe o intuye, pues no otros son los objetivos perseguidos, debidamente coadunados. En el fondo, late en su ánimo no sólo la intención de plasmarlo por escrito sino, ante todo, de transmitirlo de la manera más fidedigna posible con destino a una sociedad que tal vez haya perdido, según él, la conciencia de lo que sucede en un mundo hacia el que detecta una preocupación cada vez más debilitada, cuando no se carece de ella.  Si en torno a esta idea básica gravita la parte sustancial de las experiencias analizadas y descritas por el autor, pretendo plantear en estas líneas una somera reflexión centrada en los tres aspectos que, a modo de muestra representativa y desde la óptica del geógrafo que me corresponde ejercer, avalan algunas de las más relevantes aportaciones extraídas, en mi opinión, de su obra.

            - Sorprende, en primer lugar, la profundidad, repleta de matices, con la que aborda las relaciones entre el ser humano y el entorno en el que su vida se organiza y desenvuelve. La simbiosis entre ambos elementos marca interesantes pautas interpretativas que ayudan a comprender la complejidad de los vínculos que se establecen entre la sociedad y el espacio, y que no pueden ser captadas al margen de una experiencia vital regida por pautas de relación armoniosa y equilibrada con la Naturaleza. Para Delibes el ámbito en el que esta situación se alcanza esencialmente es el espacio de la ruralidad, donde transcurren algunas de sus narraciones más celebradas. No en vano, la figura del campesino, sujeto fundamental de su obra, se identifica – tal y como destaca en Castilla, lo castellano y los castellanos (1979), con el que hecho de que “su vida y su razón de ser es la tierra, trabajar la tierra, sudar la tierra, morir sobre la tierra y, al final, ser cubierto amorosamente por ella”, pues, “la tierra forma parte de sí mismo”, insiste con reiteración.  Abundan los textos en los que conjuga un buen conocimiento del medio, de las actividades de que es objeto y de la psicología de los personajes. Y es que el ser humano, ratificado en su individualidad y sin perder la perspectiva del contexto social e histórico en que se inscribe, ocupa el centro de la escena que desea ofrecer o, lo que es lo mismo, el núcleo primordial de su universo paisajístico. 

Basta detenerse con detenimiento, y a modo de ejemplo, en las descripciones que traban Diario de un cazador (1955) para deleitarse con el sinfín de detalles característicos de la actividad más enraizada en las formas de aprovechamiento de los recursos naturales como es la caza. Bien es verdad que esta consideración del soporte físico como elemento indisociable de la vida humana, y que suele ser objeto de un tratamiento pormenorizado, no parte de una visión idílica, sino impregnada de una gran dosis de realismo y sinceridad, que generalmente conduce a su presentación literaria como un mundo hostil, marcado por las dificultades y las privaciones que hacen mella en las condiciones de vida y en las formas en que son experimentadas. Las palabras utilizadas por el Nini en Las ratas (1962) son de una expresividad impresionante, propias de quien es consciente de la dureza de cuanto le rodea a la vez que se siente fascinado por los rasgos y las estrecheces de esa misma realidad. Es algo que no debe sorprender cuando, como resalta en Castilla, lo castellano…, el carácter del castellano, que sorprendentemente atribuye a unadesconfianza apuntalada por razones climáticas” y “antes de serlo, antes de existir Castilla como tal Castilla, sea, desde su origen, austero, laborioso y tenaz” o, lo que es peor, “un hombre insatisfecho, receloso, que vive en perpetua zozobra”.

            - Por otro lado, y en estrecha simbiosis intelectual con lo señalado, cabría subrayar la valiosa contribución realizada por Delibes al conocimiento de los paisajes y de algunos de los componentes esenciales del legado cultural que lo avalan. En su obra aparecen, en efecto, bien captadas y tratadas las particularidades de la realidad paisajística que sirve de encuadre preciso a las experiencias noveladas. Por lo que respecta a la forma de diseccionar el ámbito de la vida campesina, son memorables las descripciones que realiza del ámbito de la llanura, matizando sobremanera la visión tópica tan reiterada por los autores del noventayocho. No en vano, el propio Delibes insistió en alguna ocasión en la necesidad de “desnoventayochizar” el campo castellano. Frente a la simplificación de que por autores conspicuos ha sido objeto ese tipo de espacio, se impone la descripción sin paliativos ni edulcoramientos. No tiene reparo en poner al descubierto un medio natural poco complaciente cuando se detiene en el paisaje de las llanuras. Si, como hace en Viejas historias de Castilla la Vieja (1964), habla de “la agónica, amarillez del desierto”, tampoco tiene reparos en identificar las superficies de páramo “como una inmensidad desolada”, de modo que “el día que en el cielo hay nubes, la tierra parece el cielo y el cielo la tierra, tan desamueblado e inhóspito es “. Es una percepción que mantiene arraigada en la memoria, pues “cuando yo era un chaval, el páramo no tenía principio ni fin, ni había hitos en él ni jalones de referencia. Era una cosa tan ardua y abierta que solo de mirarle se fatigaban los ojos”. A veces lo trata además como un escenario climáticamente hostil: “el valle en rigor no daba sino dos estaciones: invierno y verano, y ambas eran extremosas, agrias, casi despiadadas” (Siestas con viento sur, 1957).  Sin embargo, la dureza de la visión que le inspiran las llanuras, asociadas a la disposición de los valles, las campiñas y los páramos de la cuenca sedimentaria, y en las que no pierde la curiosidad que le suscitan cambios puntuales de la geología (“las piedras negras”) o la topografía (“la Mesa de los Muertos”), contrasta con la más gratificante y admirativa que la montaña le aporta. “Soy un gran amante del paisaje de la Montaña”, confiesa a César Alonso de los Ríos en una de las conversaciones recogidas en Soy un hombre de fidelidades (2010). Sin escatimar la crítica aplicada a los espacios montanos, que tanto valor le ofrecen como experiencia vital, diríase que Delibes siente fascinación por ellos: “A lo lejos por todas partes – apunta en El camino (1950) - las montañas, que según la estación y el clima alternaban su contextura pasando de una extraña ingravidez vegetal a una solidez densa, mineral y plomiza en los días oscuros. Las inmensas montañas con sus recias crestas recortadas sobre el horizonte imbuían a Moñigo una irritante impresión de insignificancia”. Asume así Delibes la dualidad característica del relieve de la región, tal vez matizada por la trascendencia que en todos los sentidos asigna a su borde montañoso más apetecido: el tramo castellano de la Cordillera Cantábrica, en el sector de las Montañas de Burgos que tanto nos han atraído a los geógrafos y que así las hemos definido y estudiado. Conviene subrayar que la gran atención prestada a los paisajes tiene el mérito de incorporar un valor adicional para su mejor comprensión y más atinada descripción. Sobresale con fuerza la importancia otorgada del lenguaje, el rescate de la palabra perdida o en desuso: he ahí otra de las grandes contribuciones a la dignificación cultural de los espacios que tantas motivaciones le procuraron.   Y lo hizo al dejar bien claro que “el camino es mi camino y lo que tengo que hacer es escribir como hablo, con pocos adornos”. De ahí su empeño, felizmente logrado, de crear un estilo propio, en el que ocupan un lugar destacado las palabras insertas en la descripción del territorio, las expresiones vernáculas, el argot ancestral, las denominaciones, los términos desaparecidos o cercanos al olvido que formaban parte del habla empleada en el universo apegado al aprovechamiento de la tierra. Y es que considero que el buen conocimiento del paisaje lleva al descubrimiento del lenguaje que le pertenece. La insistencia en evitar que ese patrimonio léxico quedase desvaído ha cristalizado en una tarea minuciosa, de la que Jorge Urdiales ha dejado constancia bien patente y sistematizada en las 326 palabras incluidas en su Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes (2006), y en su posterior Castilla sigue hablando, que ha visto la luz el año conmemorativo del centenario del escritor. Por su parte, Ramón Buckley lo ha aseverado con rotundidad: “rescatar el castellano como lengua – o, si se prefiere, como la variedad dialectal del español que se habla en Castilla – ha sido la gran tarea de Delibes”.  

- No puede entenderse, por último, la congruencia de la obra delibesiana desde la perspectiva que he intentado desarrollar sin hacer alusión a las reflexiones centradas en el cuidado y el respeto que, a su juicio, la Naturaleza merece y necesita. De ello se hará eco en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, cuyo título, S.O.S. El sentido del progreso desde mi obra (1976), resume fielmente en el título las señales de alarma por las preocupantes expectativas que se ciernen sobre un medio físico que tiende a ser “envilecido”, a medida que “el hombre paso a paso ha hecho su paisaje amoldándolo a sus exigencias. Con esto el campo ha seguido siendo campo, pero ha dejado de ser naturaleza.” Es la expresión de una convicción no ajena a las advertencias que le suscitaron las reflexiones planteadas en 1968 por el Club de Roma sobre “los límites del crecimiento” así como las conclusiones obtenidas cuatro años después en la Conferencia de Naciones Unidas celebrada en Estocolmo, en la que, como el propio Delibes señala, “por primera vez se acepta que las posibilidades de regeneración del aire, la tierra y el agua no son ilimitadas; por primera vez se acepta la posibilidad de que nuestro mundo se vuelva inhabitable por obra del hombre”. Entendidas en el contexto de su obra, nada tienen de oportunismo ni de interesada adscripción a una corriente de moda. Reflejan, por el contrario, la manifestación inequívoca de una postura sincera, fiel a los retos del momento que le tocó vivir y sólidamente basada en la observación y en el conocimiento de cómo se comportan los procesos naturales, lo que le permitió entender la gravedad de los impactos a que pueden verse sometidos para pronunciarse, frente a ellos, por la defensa del “necesario equilibrio entre el hombre y la naturaleza en el futuro”. Son sensibilidades, en fin, que le acompañaron durante toda la vida y de las que, ante la “angustia” que le provoca el porvenir del planeta, dejará valioso testimonio en La tierra herida (2006), una obra curiosa en la que se reafirman sus principios conservacionistas a través de las interesantes conversaciones mantenidas con su hijo Miguel, y que precisamente comienzan con las reflexiones alusivas al cambio climático, que el escritor sustenta con atinado criterio en las llamativas percepciones y sensaciones físicas que obtiene de su propia experiencia personal al observar las contrastadas temperaturas de los veranos vividos en la villa burgalesa de Sedano. Otra manifestación más de las grandes aportaciones de Miguel Delibes a través del valor asignado a la omnipresencia de la Naturaleza.

16 de octubre de 2020

Miguel Delibes en 2020: advertencias y esperanzas

 


El Norte de Castilla, 16 de octubre de 2020 



¡Qué interesante hubiera sido conocer la opinión de Miguel Delibes sobre las experiencias vividas en el mundo a lo largo de 2020! ¡Cuántas enseñanzas podrían ser extraídas y aprendidas de las reflexiones críticas efectuadas por quien tan aguda e intensamente se mostró sensible, y al margen del tópico tan al uso, hacia cuanto sucedía a su alrededor! Conociendo su obra, y valorando la cualidad visionaria de muchas de las ideas vertidas en sus escritos, podemos imaginarlas, igualmente válidas, en el contexto del año en que los hechos que justifican esta reflexión coinciden con la conmemoración de su centenario. Es una buena ocasión para aproximarnos a la interpretación de lo sucedido y de lo que se avecina con ayuda del legado del autor. Es esa percepción de “la tierra herida”, expresiva noción que identifica otra de sus obras, en este caso compartida con su hijo Miguel, la que cobra plena vigencia y conviene traer a colación en el momento en el que afloran los debates en torno a la pandemia de la covid 19 y la terrible conmoción provocada en la salud, en las actividades económicas y en las formas de vida de todo el mundo.  

            Hay textos en la obra de Delibes que constituyen una premonitoria llamada de atención sobre los hechos acaecidos en “el año que vivimos peligrosamente”, por analogía con el título de la interesante película de Peter Weir. Las señales de alarma, bien cimentadas,  se encuentran ya claramente definidas en el discurso de ingreso en la Real Academia Española, pronunciado en mayo de 1975 con el expresivo título El sentido del progreso desde mi obra, en el que plantea su preocupación por el hecho de que “la naturaleza mancillada se alza contra el hombre en abierta hostilidad”. Basta esa contundente reflexión para interpretar el alcance de las causas que explican la vulnerabilidad y los riesgos que amenazan al ser humano ante las reacciones que los impactos sobre la naturaleza ocasionan en las dinámicas de los seres vivos, dando origen a perturbaciones ecológicas, que periódicamente se materializan en fenómenos biológicos causantes de epidemias, consecuentes a los desequilibrios producidos en el funcionamiento de los ecosistemas. La magnitud de los efectos  asociadas a la pandemia y la diversidad de las implicaciones que desde todas las perspectivas ha traído consigo permiten calibrar de qué manera el año 2020 ha supuesto un periodo traumático singular en el que la crisis sanitaria, económica y financiera  y sus derivaciones nos han situado en un escenario de restricciones y cautelas que han modificado radicalmente las formas de entender las relaciones de la sociedad con el espacio y con el tiempo que nos ha tocado vivir.

            Si la perspectiva disponible después de estos meses arroja elementos de juicio suficientes para valorar las dimensiones de la catástrofe y sorprenderse por los errores cometidos y la ausencia de autocrítica, lo que más importa en estos momentos es utilizar la experiencia previa y la ahora adquirida como soporte sobre el que edificar un futuro diferente. Se trata de un futuro basado en la honesta toma en consideración de lo que aportan las advertencias recibidas, en el fortalecimiento de los instrumentos de supervisión y control, en la eficacia de la coordinación interinstitucional. Medidas todas ellas encaminadas a la corrección de los efectos más lesivos y, sobre todo, a sentar las bases – científicas, intelectuales y estratégicas – que hagan posible alentar una visión esperanzadora de que lo vivido en 2020 pueda cristalizar en la formación de una cultura del riesgo y de superación del miedo, capaz de configurar un horizonte más cauteloso con la dinámica de la Tierra y con los procesos que condicionan la evolución de sus componentes naturales.

            A partir  del interesante debate que enhebra las reflexiones expuestas en La Tierra herida, seguramente Miguel Delibes estaría de acuerdo en que los desafíos a asumir como reacción a la pandemia – ese “ataque planetario”, como lo ha calificado Schadeck - tienen que ver en parte nada desdeñable con la defensa de las sensibilidades y las prácticas que pone de manifiesto a través de su obra, coherente con la relevancia asignada a la naturaleza como testimonio de una preocupación sin fisuras y movido a su vez por el afán, a tenor de lo que el propio subtítulo de la obra subraya,  de dejar el mejor legado posible para las generaciones venideras. Es en este sentido como cabe entender la pertinente recuperación del pensamiento del autor de El camino para fundamentar la postura a favor de un mundo nuevo, asumiendo, mediante el conocimiento científico de los hechos y la acción política más idónea, las oportunidades de futuro que toda crisis provoca como respuesta a las severas lecciones recibidas. Es cierto que aún nos encontramos en un momento en el que las estimaciones de hacia dónde se encamina lo que ha de llegar se resuelven en un panorama repleto de contradicciones y ambigüedades, en el que las posiciones desalentadoras comparten titulares con las más proclives al optimismo y a la voluntad de presagiar un mundo mejor, no sumido en las superficialidades de la utopía. Mas también es obvio que en este ambiente de dudas e incógnitas aún por dilucidar, y a expensas de lo que la experiencia aconseje y las iniciativas públicas y privadas puedan racionalmente desplegar, no carece de sentido invocar la utilidad de esa “conciencia moral universal” que Delibes propuso en su discurso de ingreso en la RAE en 1975, cuando casi nadie hablaba de estos temas, al señalar que “esta conciencia que encarno preferentemente en un amplio sector de la juventud, que ha heredado un mundo sucio en no pocos aspectos, justifica mi esperanza”.

 

8 de septiembre de 2020

Los impactos espaciales de la pandemia

 


La pandemia que está trastocando el mundo en los inicios de la tercera década del siglo XXI ha contribuido con fuerza a la reactivación de reflexiones y debates que ya estaban latentes como reacción a los impactos provocados por la crisis financiera de 2008. Aunque las motivaciones de una y otra son distintas, no están ausentes de los rasgos y las tendencias que definen un panorama repleto de problemas irresueltos, que inducen necesariamente a la reflexión con fines interpretativos y correctores. Son, en esencia, grandes y perentorios desafíos intelectuales suscitados ante la necesidad de dar respuesta a problemas acuciantes que, de forma general, quedaron identificados con los efectos de la globalización, un fenómeno positivamente valorado en sus fundamentos básicos para acabar sometido a evaluaciones críticas, que incluso apuntan al fin del orden liberal globalizado,  y a la elaboración de propuestas alternativas, acordes con la necesidad de un modelo socialmente más equitativo, más sostenible desde el punto de vista ambiental y, por ende, fiel a los ineludibles compromisos a que obliga la lucha contra el calentamiento global, de gravedad creciente. Estamos asistiendo, y en un momento crítico de la geopolítica mundial, a una etapa abierta a la búsqueda de nuevos horizontes interpretativos, exigentes en autocrítica y en labor prospectiva de cara a una visión a medio y largo plazo de los procesos que han de afectar a las sociedades tanto individual como colectivamente.

Con la perspectiva temporal disponible resultan patentes las disrupciones que está trayendo consigo desde el punto de vista territorial hasta cimentar las bases de un replanteamiento de las realidades espaciales a partir de las nuevas formas de relación entre las sociedades y los entornos en los que se organizan y desenvuelven. No en vano el patógeno SARS-CoV-2 se ha convertido, como afirma Lussault, en un potente operador geográfico que incide sobre el Sistema-Mundo, dando lugar a transformaciones que en esencia se corresponden con una performance geográfica global. Convendría detenerse en lo que significa este fenómeno con el fin de apreciar el alcance de los cambios, ya producidos o en vías de hacerlo, en la configuración de las realidades espaciales, afectadas – o en vías de afectación - por rupturas flagrantes respecto a las tendencias consolidadas en la etapa previa al desencadenamiento de la peste.

            A modo de aproximación a un tema cuyos perfiles se encuentran todavía pendientes de constataciones bien definidas, cabe estimar que los procesos detectados gravitan en torno a tres tendencias fundamentales, que operan como argumentos determinantes de nuevos comportamientos y estrategias. Abiertos al debate, a la contrastación empírica y a la reflexión prospectiva, no son sino la plasmación de metamorfosis decisivas en las formas de vida y en la manera de entender las cambiantes relaciones que las sociedades mantienen con el espacio y con el tiempo. Un fenómeno solo entendible desde la visión del “tiempo largo de las epidemias”, de que habla Vigneron.

En un mundo hiperconectado la evolución de la enfermedad y la consecuente crisis sanitaria han puesto al descubierto la espectacular capacidad de propagación del virus, plenamente superado el condicionamiento de la distancia. El hecho de que los impactos hayan sido comprobados simultáneamente en escenarios tan distantes entre sí ha revalidado la percepción de un mundo compartido, entendible en su globalidad y complejidad, y en el que la difusión de la enfermedad elimina por completo la sensación limitativa de la discontinuidad fronteriza, por más que ésta se haya utilizado como medida profiláctica frente al contagio. Situados ante la epidemia más documentada de la Historia, se ratifica la envergadura de sus implicaciones merced al caudal de datos generados por la numerización masiva del conocimiento. No es posible sustraerse en un contexto así a la toma en consideración de sus manifestaciones espaciales como son las relacionadas con su incidencia en la exacerbación de las desigualdades sociales (en función del género, del nivel social y del origen geográfico), en el agravamiento de la brecha tecnológica como factor clave de diferenciación socio-espacial, en el deterioro de las formas de trabajo – “los trabajadores invisibles”, de que hablan Dagorn y Luxemburg -, en la afectación de las relaciones sociales y de la propia vida, que Durán ha calificado en estas páginas como “la servidumbre de los cuerpos”. Todo ello sin olvidar los contrastados niveles de calidad y efectividad de los servicios asistenciales, sometidos a presiones que han mediatizado su capacidad de respuesta para asumir el incremento exponencial de las necesidades a que se han enfrentado los sistemas públicos de atención sanitaria.  

- Por otro lado, los respectivos espacios de vida se han visto afectados de manera generalizada en función de los hábitos inducidos por el obligado confinamiento y el repliegue a favor de la salvaguarda de la privacidad como réplica a la aglomeración social, entendida como ámbito desestimable. La reclusión se atiene a la dosis de sacrificio y renuncia que antepone la seguridad a la libertad, como forma de autoprotección y como eliminación de las dudas e inseguridades que suscita el hecho de encontrarse ante una situación de riesgo letal e imprevisible. Si esta disyuntiva ha seguido respondiendo a los mismos esquemas valorativos que Watts planteaba en su Elogio de la inseguridad en los años cincuenta, no estaría de más invocar la elocuente y oportuno reflexión de Delumeau, para quien “la inseguridad no nace solo de la presencia de la enfermedad sino también de la desestructuración de los elementos que construyen el entorno cotidiano, en el que todo es diferente”.  

-Y, como observación aún pendiente de verificaciones contrastadas, no es descartable que el binomio espacio-tiempo se muestre en gran medida trastocado por las nuevas lógicas que tienden a alterar la configuración física de los territorios. A ello han de contribuir decisivamente dos factores decisivos: de un lado, las restricciones y cautelas aplicadas a uno de los soportes que en mayor medida han sustentado la dimensión del proceso globalizador, como es el ejercicio de la movilidad a todas las escalas, en la que el transporte colectivo aparece sujeto a profunda revisión; y, de otro, la modificación de las pautas de conducta asumidas por las personas y las empresas en un contexto propicio además a la recuperación de la confianza en el Estado. Sobre la confluencia de ambos procesos descansan nuevos horizontes estratégicos, cuyo alcance sorprende antes de que sus efectos se plasmen de manera explícita. Bien observables en las reestructuraciones habidas en el uso recreativo del espacio y en la intensificación del trabajo no presencial, no carecen de importancia los fenómenos que repercuten en la concepción, con criterios alternativos, de la ordenación de los ámbitos urbanos y rurales, así como de las interrelaciones producidas entre ambos, en el replanteamiento funcional de las actividades educativas o, como hecho de enorme trascendencia, en la proyectada reordenación de las cadenas mundiales de valor, mediante la revisión a fondo del modelo de integración asimétrica de la producción industral a que ha conducido un proceso deslocalizador hoy cuestionado al amparo de una mundialización en crisis.  Krastev lo ha señalado con gran expresividad: “ha hecho falta que llegara un virus para poner al mundo patas arriba”.

 

12 de julio de 2020

Miguel Angel Troitiño


Este texto forma parte de la publicación destinada a preservar la memoria de Miguel Ángel Troitiño Vinuesa, Catedrático de Geografía Humana de la Universidad Complutense de Madrid, fallecido el mes de mayo de 2020 como consecuencia de la covid 19. La obra será presentada en Madrid en el mes de septiembre. 




Fueron muchas las cualidades que, a lo largo de una relación mantenida de forma esporádica y siempre alentadora durante casi cinco décadas, fui descubriendo en el prestigioso geógrafo Miguel Ángel Troitiño Vinuesa. Entre ellas, destacaría fundamentalmente cuatro: la bondad personal, el rigor y la honestidad intelectuales, la sensibilidad hacia los problemas del mundo y de la época que le habían tocado vivir, y sus firmes convicciones sobre la responsabilidad social y cultural de la Geografía. En torno a estos rasgos, imbricados plenamente en su forma de ser y de trabajar, desearía articular la presentación de las ideas y las experiencias que tuve la fortuna de compartir con Miguel Ángel. Están apoyadas tanto en la coincidencia temporal en que se desarrollaron, pues no en vano nos unía también la edad, como en las preocupaciones decantadas hacia temas de interés común, sin olvidar el hecho de que ambos pertenecíamos a la misma escuela de formación en el campo de la Geografía, fieles a las directrices de un prestigioso magisterio, gratamente asumido, cimentado en la figura y en el poderoso legado intelectual de Don Manuel de Terán y de sus discípulos más relevantes. Desearía, para concretar, centrar la atención en varios aspectos que considero pueden ilustrar sobre la personalidad del excelente compañero y amigo que nos ha dejado.
            Traeré a colación, para comenzar, los recuerdos que me vinculan a la figura de Troitiño a raíz de los primeros contactos mantenidos a finales de los años setenta, cuando los frecuentes viajes a Madrid venían obligados por las exigencias académicas y administrativas del momento. La incomodidad de los desplazamientos quedaba compensada por las oportunidades que al propio tiempo abrían las Universidades madrileñas para conocer a los compañeros y colegas sumidos en las mismas inquietudes provocadas por las incertidumbres a que se enfrentaba la vida universitaria en los años de transición a la democracia. Esos viajes, relacionados con la asistencia a lectura de Tesis Doctorales, con la asistencia a coloquios y reuniones y con la celebración de oposiciones a cuerpos docentes abrían valiosos horizontes y satisfactorias oportunidades a la investigación y al conocimiento de los colegas procedentes de todas las Universidades del país. Madrid fue en aquellos años un valioso lugar de confluencia personal e intelectual.   Fue en ese contexto en el que tuve la oportunidad de conocer a Miguel Ángel con motivo de una visita celebrada en la Universidad Complutense, en la que acompañé a mi maestro, Jesús García Fernández, para asistir a una de las reuniones en las que se trató la conveniencia de crear una Asociación de geógrafos. Entre los compañeros con los que nos cruzamos en aquel momento en la Facultad de Geografía e Historia recuerdo a Eduardo Martínez de Pisón, Dolores Brandis, Aurora García Ballesteros, Casildo Ferreras y Miguel Ángel Troitiño. Fue Aurora quien me lo presentó. El encuentro fue breve, pero marcó el punto de partida de una relación basada en la confianza y en las sensibilidades compartidas. La primera conversación que mantuve con Troitiño hizo referencia a nuestras respectivas situaciones profesionales, a pocos años de haber presentado la Tesis Doctoral, y a la conveniencia de respaldar la puesta en marcha de la Asociación, sobre la que el compañero recién conocido tenía propuestas e ideas tan pertinentes como acertadas. Convencido de que esa iniciativa podía contribuir a fortalecer el conocimiento mutuo entre los geógrafos, a la defensa de la posición de la Geografía en el campo de la formación y de la actividad profesional, recuerdo la vehemencia con la que expuso estas ideas a Jesús García Fernández, que poco tiempo después sería elegido primer presidente de la Asociación de Geógrafos Españoles (AGE).
            A lo largo de la vida fueron varias las ocasiones en la que tuve oportunidad de seguir la trayectoria de Miguel Ángel, comprobando la coherencia de sus planteamientos y la fidelidad a unos objetivos netamente marcados. En esencia, y con la perspectiva que aporta el tiempo transcurrido, creo que muchos estaremos de acuerdo en reconocer que Troitiño fue uno de los primeros geógrafos españoles en defender la presencia de la Geografía en las reflexiones y debates que contribuyesen no solo al mejor conocimiento del territorio sino también a su ordenación de acuerdo con criterios respetuosos con sus rasgos distintivos y la preservación de los valores que lo identificaban. Aunque no se hablaba aún de sostenibilidad ni de impacto ambiental en los términos aplicados actualmente a ambos conceptos, lo cierto es que el sentido que ambas nociones ofrecen han estado siempre presentes en la obra de nuestro compañero, que las supo transmitir con la convicción y la solvencia que todo intelectual riguroso pone en los principios que defiende y preconiza. Basta un seguimiento detallado de su producción intelectual para darse cuenta fidedigna de todo ello.
            Tales planteamientos se vieron plasmados a través de las orientaciones temáticas que encauzaron su sensibilidad y su quehacer como geógrafo. Como son de todos conocidas, me limitaré a apuntar, a partir de los recuerdos acumulados y de las notas que a lo largo de la vida he ido tomando, aquellas aportaciones que particularmente me han resultado más aleccionadoras y que, precisamente por esa razón, constituyen una parte fundamental de su legado, bien perceptible en la bibliografía que perdura su memoria. Como manifestaciones indelebles de su labor como geógrafo siempre tendremos presente la formidable contribución realizada sobre el conocimiento de esa dimensión tan decisiva desde la perspectiva del desarrollo territorial que gravita en torno a la noción de Patrimonio. Hay que reconocer el carácter pionero e innovador que en esta línea de investigación tuvieron los trabajos de Troitiño. Mucho antes de que afloraran las sensibilidades sobre la importancia de elementos considerados decisivos como valores territoriales a preservar, e incluso adelantándose a los reconocimientos jurídicos que cobraron entidad específica en España en la Ley del Patrimonio de 1985, las aportaciones de este Catedrático de la Universidad Complutense sobre el tema fueron decisivas.
             Los foros en que se plasmaron dieron cuenta fidedigna del interés manifestado por las palabras y las ideas de Miguel Ángel por parte de profesionales de las diferentes ramas del saber relacionadas con dicha temática. Le recuerdo exponerlas con brillantez y atinado sentido de la polémica en numerosas intervenciones. Las descubrí por primera vez en la Academia de San Quirce de Segovia, en unas Jornadas organizadas por Eduardo Martínez de Pisón a comienzos de los años ochenta. Inolvidables me parecieron la solidez de los argumentos utilizados, la claridad expositiva, la rigurosa y bien seleccionada erudición con la que deleitó al auditorio, haciendo uso de su pausada forma de presentar las ideas con su voz inconfundible. Fueron características esenciales y formales que tuve oportunidad de apreciar con frecuencia en otros ámbitos, en los que su presencia era fundamental: en los coloquios nacionales de Geografía y en los organizados por el Grupo de Geografía Urbana de la AGE, que inspiró y dirigió durante años, en el Instituto de Urbanística de la Universidad de Valladolid, del que formó parte y en el que siempre fue una figura admirada y reconocida, en conferencias y mesas redondas en los más diversos escenarios…y, como emocionada evocación lo planteo, en las excursiones y trabajos de campo, realizados en el marco de actividades de carácter científico o como tarea indisociable de la labor docente. En este sentido, considero que logró y marcó un estilo propio a través de las explicaciones efectuadas sobre las Ciudades Patrimonio de la Humanidad, a las que dedicó una atención tan continuada como fecunda. El tándem formado con Antonio Campesino ha dejado una huella imborrable en mi memoria. El complemento entre ambos era tan atractivo como interesante. Observarles dando a conocer los aspectos patrimonialmente más significativos de Salamanca y Cáceres aportaba una sensación de autoridad, confianza y buen hacer que dignifica gratamente la labor de los geógrafos. Es la misma, en fin, que permite dejar constancia y resaltar la proyección conseguida por Miguel Ángel Troitiño en el complejo y controvertido panorama de la Ordenación del Territorio. Fue de los primeros profesionales de la Geografía, un verdadero pionero, que sintió la necesidad de involucrar los compromisos de nuestra disciplina con las posibilidades de un concepto en el que sinceramente creía, consciente de la necesidad de asumirlo con reto ineludible en un país como España tan poco respetuoso con la defensa cualitativa y visión a largo plazo de sus políticas – públicas y privadas -  con impacto territorial. Las convicciones adquiridas al respecto quedaron bien patentes en su trayectoria académica, en su obra científica y en las colaboraciones e intervenciones mantenidas con entidades e instituciones, donde su palabra y sus escritos eran debidamente atendidos. Basta remitirse a los estrechos vínculos mantenidos con FUNDICOT, a su presencia en algunos de los encuentros del CONAMA, donde coincidimos varias veces, o al valioso asesoramiento prestado a la puesta en marcha de la primera Ley de Ordenación del Territorio de Castilla y León (1998). Invitado por el gobierno regional, y a sugerencia mía, a la reunión mantenida en el Instituto Rei Afonso Henriques de Zamora, donde se debatió el tema, las propuestas presentadas por Troitiño,  y de las que aún  conservo anotaciones, son de lo más sólido, serio, innovador y consistente de cuantas he tenido ocasión de conocer en torno a las posibilidades y los horizontes a que ha de abrirse una bien entendida y planteada Ordenación del Territorio en el ámbito de un espacio tan repletos de desafíos en este sentido como es la Comunidad Autónoma de Castilla y León. 
            Ello me permite enlazar, para concluir, con las sensibilidades mostradas por Miguel Ángel con la región más extensa de España. Recuerdo haberlo comentado con él durante la jornada de homenaje que la Universidad de Salamanca ofreció al gran maestro Ángel Cabo Alonso el 9 de abril de 2015. Fue un encuentro memorable, repleto de añoranzas y complicidades. Nos acercábamos ya a la jubilación y, sin pretenderlo, aunque complacidos, durante un rato afloraron los recuerdos y los temas de interés común, que, como es lógico, no eran ajenos a los espacios en los que confluían las sensibilidades acumuladas y a las que en modo alguno queríamos renunciar. Fue una buena ocasión para reflexionar sobre nuestra responsabilidad como geógrafos, para analizar el papel de la Geografía en la enseñanza y en la salvaguarda de los valores territoriales, para ponderar la importante ejecutoria de la AGE, para comentar los problemas y las transformaciones observados en el territorio castellano y leonés. A modo de colofón hizo el macizo de Gredos hizo su aparición en las conversaciones. Hablamos de Ávila, de El Arenal, del Valle del Tiétar, de los espacios inmensos y apetecidos de la Cordillera Central, que tanto le apasionaba. Recordamos nuestras reflexiones compartidas cuando en 1994 coincidimos en Segovia en las Jornadas sobre el Paisaje, que enfáticamente trataron sobre el “Desarrollo Integral de las Áreas de Montaña”.  El habló de Gredos, yo del Guadarrama, embarcado como estaba entonces en un proyecto sobre el Plan Especial de la Sierra. Cuando escribo estas líneas, atendiendo a la feliz iniciativa de recordar a Miguel Ángel Trotiño, y agradecido por la invitación que a participar en ella me hace Joaquín Farinós, no puedo por menos de imaginar su figura contemplando el bellísimo panorama que se divisa desde el Puerto del Pico sin poder evitar la nostalgia y la sensación de pérdida que provoca la ausencia del compañero y del amigo al que tanto echaremos de menos.

2 de junio de 2020

Automoción, territorio e industria




Una de las mayores frustraciones de la industrialización española ha consistido en su incapacidad para consolidar una industria automovilística bajo liderazgo propio, pese a haber logrado poner en marcha importantes iniciativas en el que ha sido uno de los emblemas esenciales de la producción industrial – como “la industria de las industrias” ha sido definido - en el siglo XX. Constituye sin duda la manifestación más representativa de la pérdida del control estratégico en que se encuentra sumido el panorama industrial español, como bien se destaca en el gráfico. 



Publicado en el excelente artículo de Javier Jorrín:  https://www.elconfidencial.com/economia/2020-06-06/desindustrializacion-espana-industria-politica-industrial_2626912/

Por lo que respecta al sector de la automoción, es bien sabido que su trayectoria en España, coherente con el alto nivel alcanzado por la ingeniería, arroja desde la última década del siglo XIX, experiencias interesantísimas, que forman parte de la mejor historia tecnológica de nuestro país. Sorprende, sin embargo, comprobar cómo numerosos testimonios históricos centrados en la fabricación de vehículos automóviles (Hispano Suiza, SEAT, FASA, Motor Ibérica, ENASA, etc.…) no hayan cristalizado en una estable dotación productiva, abierta al amplio mundo de interrelaciones tecnológicas y mercantiles articuladas por el sector y a la vez organizadas sobre la base de las directrices promovidas desde el propio país. Basta con fijarse en el modelo francés, tan próximo geográficamente a España como alejado desde la perspectiva de su capacidad para tomar decisiones que inciden sobre las perspectivas de una actividad conmocionada por factores que auguran un horizonte de cambio trascendental en todo lo que rodea a la cultura del automóvil.

            Las transformaciones van asociadas a dos tendencias bien conocidas, que conviene recordar de nuevo. La primera tiene que ver con las directrices del sistema empresarial, estructurado en función de grandes grupos configurados mediante poderosas alianzas, y dotados de poderosas economías de escala, requeridas tanto por la magnitud de las inversiones como por la necesidad de afrontar los altos niveles de competitividad a que obliga la fuerte competencia internacional. Si la estructuración oligopolística del sector aparece ya claramente fraguada en la última década del siglo XX – de 1999 data la alianza entre Renault-Nissan-Mitsubishi -, las directrices empresariales habrán de verse fuertemente condicionadas por los objetivos aplicados a lo que, en términos generales, se ha denominado “la nueva movilidad”, entendiendo como tal el conjunto de procesos e innovaciones que han de plasmarse en un nuevo tipo de vehículo acomodado a los compromisos internacionales contra el calentamiento global y a las exigencias propias de las nuevas modalidades de comportamiento del mercado y de integración sostenible del transporte en el espacio urbano.

            Nos encontramos en un momento crucial, en el que cabe prever tensiones muy fuertes en consonancia con la magnitud de las estrategias adoptadas por las empresas dentro de la perentoriedad con que han de ser acometidas en un contexto agravado además por la fuerte caída de la demanda como consecuencia de la catástrofe sanitaria, que añade un importante factor de perturbación a las tendencias críticas del mercado. Bajo estas condiciones el futuro de la fabricación automovilística tiende a acomodarse a las nuevas premisas, que han de conjugar la defensa de la calidad ambiental con el afianzamiento de la posición competitiva de los grupos, en sintonía con la normativa europea sobre control de emisiones aplicables durante la década 2020 y las restricciones sobre la comercialización de vehículos de combustión limitados al horizonte 2040. Así se justifica el intenso y generalizado proceso de readaptación a que se encuentra sometida la fabricación y la comercialización de un producto simbólico, en proceso de drástica revisión tecnológica y sometido a desafíos cruciales como son la necesidad de hacer frente a un mercado crecientemente competitivo, la imperiosa obligación de acometer ineludibles programas innovadores, orientados a la prestación de nuevos servicios y a la diferenciación del producto, la fuerte incidencia provocada por el incremento de la productividad sobre el empleo y, por ende,  la distribución geográfica de la fabricación, en la que tienden a primar criterios selectivos tanto en calidad como en costes.

            En torno a este último aspecto gravita el debate sobre la posición que ha de ocupar España en este nuevo escenario, partiendo del hecho de que nuestro país ocupa una de las primeras posiciones en la producción de automóviles como segundo fabricante europeo y a la que se asocian 280.000 empleos directos y cerca de dos millones de inducidos.  Si la relevancia de los datos evidencia el alto grado de competitividad alcanzado por el sector en las instalaciones existentes, su continuidad va a estar necesariamente unida a la preservación de los factores que la han acreditado en el tiempo. El problema estriba en que esa renta de localización tan eficientemente conseguida solo puede estar garantizada si se apoya firmemente sobre dos pilares esenciales. De un lado, precisa de la puesta en práctica de una política industrial, de la que el país no se ha dotado de acuerdo con los ejes que en la actualidad definen una política industrial innovadora - y cuyas carencias han quedado puestas en evidencia con el cierre de la factoría Nissan  en Barcelona -, fortalecida con los requisitos e instrumentos de gestión y cooperación que el concepto exige, y teniendo en cuenta asimismo una estrategia defensora del fortalecimiento y de la diversificación del tejido industrial; y, de otro, esa estrategia debe enmarcarse  en la línea desplegada por Alemania y Francia, en coherencia con el compromiso de revitalización industrial de la Unión Europea, consistente en modernizar la política de competencia mediante la adaptación de las normas sobre ayudas estatales y a favor del desarrollo de la actividad fabril. 

Este engarce va a requerir una firme política de negociación por parte del Estado español en el contexto comunitario al amparo de la utilización del fondo europeo destinado a ese fin, de modo que dichas ayudas no queden circunscritas a los países donde radican los centros de decisión empresarial sino respaldando al propio tiempo la cadena de valor consolidada merced a las plantas ubicadas en los territorios que, como sucede en España y en nuestra región, han logrado acreditar una sólida fortaleza productiva en un sector como el del automóvil, obligado a una readaptación profunda de modelos y estrategias.


14 de mayo de 2020

Cambios y fidelidades en el acceso a la cultura








Entre las múltiples lecciones extraídas de la experiencia vital de lucha contra la pandemia, parece pertinente llamar la atención sobre las que previsiblemente van a traer consigo un replanteamiento de las relaciones mantenidas con la cultura, lo que nos va a permitir valorar hasta qué punto este suceso va a suponer una discontinuidad respecto a las que han definido nuestros hábitos culturales antes del desencadenamiento de la crisis sanitaria, que asuela y desestabiliza profundamente el mundo de nuestros días. 

Es una preocupación que ha de ser  entendida no como la expresión de un abatimiento, por más que las manifestaciones de la crisis que estamos observando resulten demoledoras, sino como aliciente justificativo de reflexiones encaminadas a no desfallecer en la valoración de la cultura como el mejor soporte para afrontar la tragedia en la que nos estamos sumidos por el impacto de la Covid19. Por eso, cuando recorremos las calles vacías, observamos que los teatros y los cines están cerrados, nos detenemos ante las puertas clausuradas de los museos y las librerías o nos acercamos, consternados, a las salas que no hace tanto tiempo acogían los actos y las convocatorias relacionados con las cuestiones más diversas, tenemos la sensación de que algo muy importante de nuestras vidas nos ha sido arrebatado, y que nadie cabía suponer. Esperemos que no sea para siempre. Y es que queremos pensar que se trata de una situación temporal, que el paréntesis va a alargarse hasta que la lucha médica contra la enfermedad neutralice sus efectos, pero en estos momentos resulta imposible hacerse una idea del tiempo que haya de transcurrir hasta que eso suceda. En cualquier caso, y con independencia de cuando se alcance la normalidad deseada, no cabe duda de que la experiencia vivida ha aportado desde la perspectiva cultural varias consideraciones aleccionadoras. De momento, me detendré fundamentalmente, y de manera sucinta, en las que considero más significativas.  

Como primera observación a tener en cuenta, parece razonable la aportada por Paolo Giordano cuando afirma que, pese a las circunstancias excepcionales en que nos encontramos, y que propenden al afianzamiento de la individualización de la vida como factor de seguridad, la pandemia puede que contribuya a fortalecer el sentimiento de pertenencia a una comunidad de intereses, preocupaciones y afanes compartidos, susceptibles de materializarse a todas las escalas. Situados ante un escenario en el que la crisis sanitaria se dentifica como un problema de dimensión global, en el que la información no deja de acentuar el sentido de los vínculos anudados en torno a una tragedia que con enorme rapidez ha rebasado las fronteras, la cultura se convierte, en sus diversas manifestaciones, en el elemento capaz de vertebrar ese deseo de conocimiento apoyado en los valores culturales entendidos como un patrimonio favorecedor de la supervivencia, y cuyo conocimiento nos aproxima a la valiosa riqueza cultural del mundo que nos ha tocado vivir cuando finaliza la segunda década del siglo XXI.

Por otro lado, percibo que estamos asistiendo a una gran paradoja. No deja de ser sorprendente el hecho de que, mientras observamos el gran deterioro económico ocasionado por el confinamiento en las diferentes manifestaciones de que es capaz la creatividad cultural, aumenta la conciencia de que la cultura constituye un producto de primera necesidad, indispensable para hacer frente a la soledad y dar sentido al mucho tiempo de que se dispone durante el aislamiento y la distancia socio-espacial obligada. En esas circunstancias, se explica fácilmente la tendencia al consumo intensivo de cultura que seguramente ha caracterizado la forma de ocupar el tiempo para muchos durante el confinamiento. Las opciones para hacerlo son tan numerosas como las oportunidades a nuestro alcance, brindadas por las omnipresentes herramientas que sustentan la digitalización de la sociedad y de sus formas de vida. Al amparo de Internet y, en conjunto, de la capacidad de transmisión del conocimiento y de la imagen posibilitada por el complejo tecnológico, el ciudadano ha podido tener a su disposición cantidades inimaginables de contenidos culturales, que han podido colmar con creces y en todo momento las apetencias de descubrimiento y formación. Todo o casi todo ha estado a su servicio sin salir de casa, lo que ha proporcionado una idea de autosuficiencia que ha contribuido a afianzar esa exigencia de privacidad que los temores al contagio han transmitido con una fuerza argumental que no admitía réplica.

Cabe preguntarse, sin  embargo y para completar de momento la reflexión, si las percepciones que esta sensación paradójica está provocando pueden contribuir a la redefinición de los vínculos interactivos que la sociedad ha de mantener en adelante con la cultura a partir de la contradicción que supone disfrutar del inmenso caudal de bienes culturales a su alcance mientras acepta que la brutal crisis sufrida por el sector, y las desatenciones de que es objeto, pueden llegar a ser asumidas como algo inevitable o, peor aún, irreversible. Si es así, creo que nos enfrentamos a un serio problema, que tal vez ponga en peligro uno de los pilares sobre los que descansa el buen funcionamiento y la calidad de la vida social en nuestros días y de cara al futuro. Resumiendo, diría que la cuestión principal estriba en no perder la fidelidad a los hábitos que han caracterizado hasta ahora las formas de acceso a la cultura precisamente porque, más allá de la satisfacción personal que proporcionan y los contactos que propician, significan la preservación de los engarces afectivos y de enriquecimiento mutuo en el contexto de una sociedad culturalmente estructurada, plural y activa. 

Se trata, en otras palabras, de levantar en un contexto de emergencia - sobre el que la UNESCO ha realizado interesantes aportaciones -  la voz en pro del enriquecimiento de la formación  y de la creatividad cultural teniendo muy presente el sentido de la convivencia que proporciona hacer uso de la cultura en los entornos físicos en los que se crea, se organiza y se materializa. Y es que cuesta mucho apreciarla en toda su riqueza de matices y en toda su dimensión creadora y cualificadora de sensibilidades al margen de su contexto espacial, ya que no en vano espacio y cultura han de seguir siendo realidades indisociables, so pena de vernos inmersos en las desazones de una permanente distopía.