19 de septiembre de 2019

En torno a la capitalidad regional



El Mundo-Diario de Valladolid, 19 septiembre 2019





En 2016 asistí en la ciudad de Toulouse, designada capital de la región de Languedoc-Rousillon-Midi Pyrenées en lugar de Montpellier, a un interesante debate sobre la reforma regional que entonces se estaba llevando a cabo en Francia. Se trataba de reestructurar el proceso de regionalización que el país había emprendido en 1982 con la creación de 22 regiones y que, tras la reforma de 2015, quedó finalmente fijado en trece. Una de las cuestiones esenciales de la reforma consistía en identificar las ciudades que habrían de desempeñar en cada región el papel de capital administrativa. Adoptada por el gobierno central, la decisión fue, en principio, objeto de fuertes controversias, suscitadas en un ambiente multidisciplinar en el que los diferentes enfoques aparecían complementados a la búsqueda de argumentos justificativos que, a la postre, condujesen a pensar que la elección podía ser la más idónea, convincente y eficaz de cara al futuro. Las reflexiones, sólidamente apuntaladas por las explicaciones de los servicios técnicos del Gobierno francés en colaboración con los Consejos Regionales, se centraron en una idea primordial,  basada en la importancia de la escala y de la centralidad geográfica como criterios justificativos de una posición destacada en la jerarquía urbana, que no hacía sino ratificar una realidad incuestionable.  Se pretendía asumir operativamente, y con la mirada puesta en lo que pudiera ser más favorable para el conjunto de la región, las ventajas potenciales que en un contexto de movilidad creciente, favorece la situación geográficamente más lógica, lo que no debe implicar una pérdida de vitalidad o la minoración de las posibilidades de desarrollo del conjunto de la trama urbana que vertebra el espacio regional.


            A partir de esta experiencia, enriquecida con la que al tiempo aportan los Lander alemanes, opino que los recelos a la aceptación de Valladolid como capital de la Comunidad Autónoma pertenecen a una etapa y a unos debates definitivamente superados, que han de poner término a las sorprendentes simplificaciones con que a menudo se interpreta. Después de casi cuatro décadas de singladura autonómica, el sentido común aconseja asumir los hechos consolidados y orientar las preocupaciones y la gestión en la dirección que en mayor medida permita cohesionar los afanes y los objetivos del conjunto de la sociedad. En mi opinión, las reflexiones deberían dar respuesta en estos momentos a dos cuestiones fundamentales, relacionadas entre sí.  En primer lugar, y como expresión de un proyecto regionalmente compartido, conviene aclarar, entender y profundizar en el reconocimiento del papel que Castilla y León ha de desempeñar en la España actual y en el contexto de las transformaciones que se vislumbran en la reconfiguracion de la Unión Europea. En este proceso, todos los elementos que integran las estructuras territoriales de la Comunidad Autónoma tienen mucho que decir a la hora de contribuir al fortalecimiento de su capacidad comparativa y competitiva en ambos contextos.  


            Y, por otro lado, pertinente y aconsejable resulta recuperar y dar cumplimiento a los objetivos que han orientado, hasta ahora limitados a su mera formulación teórica, la política de ordenación del territorio. El tema reviste una notable trascendencia. Por su dimensión superficial, por su relevante situación estratégica en el suroeste de Europa, por la particular configuración de su poblamiento, y por sus rasgos ecológicos, histórico-artísticos, económicos y sociodemográficos, Castilla y León es una región singular en el conjunto de la Unión Europa. Son numerosas las ocasiones en las que estos rasgos estructurales han sido considerados como un tema de interés científico al tratarse de un escenario repleto de desafíos para la experimentación de políticas públicas efectivas, debidamente adaptadas a las particularidades del espacio geográfico. Sorprende, sin embargo, que, aunque elaborada mediante dos leyes (1998 y 2013), merecedoras, a mi juicio, de una valoración positiva, la plataforma jurídica en la que han de apoyarse se encuentre aún inédita o, peor aún, políticamente postergada sin horizonte de cumplimiento claramente definido. Los instrumentos y las figuras en ellas contemplados – en especial las que inciden en las posibilidades asociadas al buen funcionamiento de la cooperación intermunicipal - merecen ser tenidos en cuenta y ser aplicados sobre la base de un compromiso político en el que todas las opciones representativas se vean involucradas y decididamente resueltas a satisfacer los objetivos que las propias leyes destacan de acuerdo con los niveles de prioridad que las estrategias de desarrollo y el tratamiento de los problemas requieren. No en vano una buena política de ordenación del territorio, que implica también su modernización, permite abordar los temas desde una perspectiva integrada, equitativa y reequilibradora a la par que neutraliza esa tendencia a la fragmentación con la que es imposible dar salida a las aspiraciones comunes y hacer frente a los cruciales retos que se avecinan.


            Defiendo la idea de  que afrontar este compromiso acabará diluyendo las discrepancias durante tanto tiempo mantenidas en torno al tema tensionado que nos ocupa. De ahí que resolver en este escenario el reconocimiento explícito de la ciudad de Valladolid como sede de la capital regional significa no solo dar cumplimiento a lo previsto en el art. 3.1 del Estatuto de Autonomía, poniendo fin a una omisión insólita en España, sino también, y lo que es más importante, normalizar en el ánimo de la sociedad castellana y leonesa una realidad “de iure” plenamente compatible con el despliegue de las capacidades de desarrollo inherentes al conjunto de las unidades territoriales que, en el mundo urbano y rural, integran la Comunidad autónoma, y que habrán de fortalecer, con visión de futuro y acreditando la complementariedad de sus diversidades, esa apropiación perceptiva y práctica del hecho regional que tanto se echa de menos.

16 de septiembre de 2019

El turismo cultural: posibilidades y prevenciones





El Norte de Castilla. 14 septiembre 2019


En el panorama de intensas transformaciones experimentadas por el fenómeno turístico contemporáneo, las más sorprendentes son las que tienen que ver con el llamado turismo cultural. La experiencia adquirida pone al descubierto hasta qué punto estamos  asistiendo desde mediados de los años noventa  a un proceso de renovación que afecta tanto al propio concepto como a los planteamientos que en torno a él se suscitan desde la perspectiva de su relevancia como factor de desarrollo económico, de modificación de los comportamientos sociales y de reequilibrio  territorial. Si la capacidad de atracción de los bienes de reconocida dimensión cultural está enraizada  en el tiempo - como quedó recogido en la Cartade Venecia (1965) y posteriormente en la Carta del Turismo Cultural, elaborada por ICOMOS en 1976 y actualizada en 1999 -  es evidente que ha presentado tradicionalmente un carácter selectivo, circunscrito a elementos singulares, de gran significado histórico, identificados con edificios arquitectónicamente singulares o  emblemáticos espacios museísticos, cuya excepcionalidad aporta un poderoso valor simbólico a los lugares donde se ubican.


            Aunque siguen conservando una posición preeminente en el amplio inventario de bienes susceptibles de ser apetecidos culturalmente, el complejo en el que se apoya el afán de consumo cultural se ha diversificado sobremanera al compás de las circunstancias que han modificado el entendimiento del espacio en función de los cambios ocurridos en los comportamientos del expansivo mercado del ocio. A ello ha contribuido la toma en consideración de nuevos valores, asociados al incremento de las sensibilidades y a los alicientes creados por la curiosidad, lo que ha supuesto un cambio de actitud, coherente con las expectativas abiertas por las disponibilidades de tiempo libre, por la mejora de las formas de conocimiento propiciadas por los soportes tecnológicos de  información, comunicación y gestión ligados al complejo GAFA (Google, Amazon, Facebook, Apple), por la intensificación de la movilidad y por la amplitud de las apetencias culturales y ambientales intelectualmente asumidas.


            Se ha abierto así un escenario de opciones recreativas para el despliegue de un turismo activo favorecidas por ese interesante juego de estimulación recíproca creado entre la oferta y la demanda, cuya diversificación abre paso a la formación de una amplia gama de productos turísticos, que hacen posible la superación progresiva de los estereotipos en los que se fundamentan los esquemas de funcionamiento convencionales para sentar las bases que hacen del turismo cultural una enriquecedora experiencia de descubrimientos y de estimable potencialidad económica. De ello participan tanto los espacios urbanos como significativamente también los rurales, que tratan de encontrar en esta estrategia expectativas de desarrollo y de reconocimiento de su propia existencia. De ahí emana el amplio abanico de formas de relación de que son susceptibles los vínculos entre la sociedad y los elementos que configuran una realidad repleta de referencias potencialmente valiosas que inducen a la indagación, a la interacción con el entorno y al encuentro de las explicaciones que permitan entenderlas.


            Mas este amplio margen de posibilidades no está exento de cautelas dignas de tener en cuenta. No es difícil observar cómo la heterogeneidad encubre situaciones muy diferenciadas en cuanto a la calidad del recurso ofrecido, ya que las tradiciones inventadas, las mixtificaciones históricas o las situaciones de deterioro no son infrecuentes, del mismo modo que las infraestructuras creadas adolecen a vez de clamorosas insuficiencias cualitativas. A la postre, la  evolución del aprovechamiento de que unos y otros bienes pueden ser objeto acaba por discriminar lo fundamental de lo circunstancial, lo consistente de lo efímero, lo destacable de lo banal, hasta determinar la diferenciación entre lo que merece la consideración de Patrimonio de aquello que no lo es. Bajo estas premisas lo que entendemos como turismo cultural afianza su propia fortaleza cuando, dentro del mismo concepto, se logra una imbricación entre los bienes que forman parte del acervo creativo con los valores inherentes a la belleza de los paisajes construidos a partir de los procesos naturales. Cultura y paisaje – englobados bajo la denominación de CulturalHeritage Tourism– construyen una estructura integrada que brinda a quien se interesa por conocerla e interpretarla tantas enseñanzas como satisfacciones.


            No hay que olvidar, en fin, que el turismo cultural es una actividad generadora de impactos, que ofrece manifestaciones múltiples, en ámbitos muy dispares y con  diferentes niveles de intensidad. Si en determinados espacios la presión turística llega a ser preocupante, al rebasar la “capacidad de carga “del ámbito que la acoge, la tendencia dominante por parte de los agentes con capacidad de iniciativa se manifiesta proclive al reconocimiento de la incitación turística como estrategia principal de desarrollo o como opción alternativa cuando el modelo productivo histórico declina o se transforma con reducción sensible del empleo. En cualquier caso, y dada su implantación generalizada, no hay que hacer caso omiso de las voces que insisten en la necesidad de concebirlo con una visión prospectiva, a largo plazo, acorde con un tratamiento sostenible de los recursos y no como un factor de desarrollo basado en el mero voluntarismo cortoplacista. Y, como la experiencia resulta muy aleccionadora, no está de más recordar los principios defendidos en la Conferencia Internacional de Lanzarote (1995) en la Carta del Turismo Sostenible, en la que expresamente se abogaba por un “desarrollo turístico basado en criterios de sostenibilidad, es decir, soportable a largo plazo desde el punto de vista ecológico, viable económicamente y equitativo en el plano ético y social para las poblaciones locales”.

15 de julio de 2019

Aproximación a las causas de la desafección política





El Norte de Castilla, 15 de julio de 2019




Por más que le incomode, el ciudadano no puede permanecer ajeno al contexto político en el que se desenvuelve. Hay que  partir de esta obviedad para justificar la responsabilidad que le compete a la hora de enjuiciar cuanto sucede a su alrededor como manifestación expresa de las actuaciones y las decisiones adoptadas por quienes le representan. No es necesario dedicarse a la política para hacer política, toda vez  que la política nos pertenece y compromete aunque no nos demos cuenta. Cuando, por fortuna, y como es nuestro caso, vivimos en una democracia consolidada, los cauces que, particular o colectivamente, orientan las opiniones de la ciudadanía cobran una especial trascendencia cuando centran su atención en la valoración de los comportamientos protagonizados por los que desempeñan tareas de poder libremente asumidas como demostración de la confianza que la sociedad  les presta con la estricta finalidad de atender sus necesidades y afrontar los problemas que le afectan. Se trata de una especie de contrato en el que, en aras de la deseable calidad de la democracia, ambas partes ostentan sus respectivas cuotas de responsabilidad durante un tiempo a cuyo término se somete de nuevo a la voluntad popular el mantenimiento o no de dicha confianza.            


Aceptada como una realidad que a todos concierne, parece razonable suscitar la reflexión en torno a las causas que justifican esa tendencia, reiteradamente reflejada por las encuestas de opinión, a la desafección o a la pérdida de confianza hacia cuantos forman parte de ese conjunto identificado, con cierta connotación peyorativa, como la “clase política”. No deja de llamar la atención el hecho de que esas reacciones se planteen cuando son tantas las advertencias y enseñanzas con sentido corrector legadas por la historia reciente de nuestro país. Con la perspectiva acumulada desde la época de la transición, la memoria abunda en testimonios contundentes sobre la diferencia que separa las buenas prácticas de las que, por el contrario, resultan repudiables. Lo que sorprende es que, pese a las actuaciones penalizadas por la justicia, a las lecciones extraídas de la crisis, a las descalificaciones recibidas de forma explícita desde la opinión pública o al rechazo de que hayan podido ser objeto desde el punto de vista electoral, muchas de estas modalidades negativas de comportamiento siguen persistiendo, hasta el punto de que muestran un nivel de arraigo en el panorama político que está muy lejos de haberse desvanecido. Aunque conviene evitar el riesgo de generalización, pues en un conjunto tan dispar es justo reconocer la existencia de políticos con admirables trayectorias e inequívoca honestidad, la observación del panorama global pone  al descubierto el efecto demoledor asociado fundamentalmente a tres pautas habituales de comportamiento con reconocido impacto en esa visión descalificadora de la política, entendida, lo que es muy grave y preocupante, en un sentido global.
         
   En primer lugar, cabe aludir a la infrecuencia, cuando no excepcionalidad, que ofrecen las posiciones que hacen de la autocrítica, sincera y abierta, una herramienta correctora de los errores cometidos. Si sabemos que el error, la equivocación, el desacierto son hechos consustanciales a la acción humana, no se comprende la resistencia a asumirlos como algo susceptible de reconocimiento con vistas a su rectificación. Decidir no es tarea sencilla, máxime cuando se plantea como resultado de un análisis previo a partir de opciones múltiples, con frecuencia incluso contradictorias, que llevan a la toma de decisiones no siempre coherentes con los objetivos programáticos en los que se basa el apoyo recibido. Cuando eso ocurre, al ciudadano le cuesta entender los motivos que inducen a la contradicción, lo que contribuye a agravar el recelo provocado si además el rumbo emprendido no se explica con la transparencia debida. Es entonces cuando el planteamiento autocrítico ennoblece a quien lo realiza, en la medida en que pone al descubierto la calidad del personaje y la dimensión humanizada de su forma de actuar en un ámbito socialmente tan sensible.


            Por otro lado, son insistentes y justificadas las voces que abundan a favor de que la política sea ejercida como una tarea cimentada en la ejemplaridad pública. Las consideraciones realizadas en torno a este concepto por Javier Gomá precisan bien la importancia de su aplicación en el terreno de las prácticas relacionadas tanto con la utilización de los recursos públicos, concebidos como un bien colectivo que debe ser preservado y gestionado al servicio de la sociedad, como en función de los propios hábitos de conducta, obligadamente referenciales para una sociedad que debe contemplar a sus políticos ajustados a los cánones de dignidad inherentes a la labor que desempeñan y para la que se les elige.

            Y, finalmente, también contribuye a este desapego la tendencia a adoptar decisiones cruciales con un enfoque en el que se entremezclan el oportunismo con el corto plazo, al margen de una estimación rigurosamente evaluada de sus costes y de sus efectos en el tiempo. El hecho de que la prospectiva brille a menudo por su ausencia como criterio determinante de la medida llevada a cabo justifica el panorama de dislates y corrupciones cometidos en nuestro suelo desde el punto de vista territorial. No deja de ser la fiel expresión del arraigo que aún posee ese horizonte de pragmatismo personalista que con demasiada asiduidad  ha derivado en el despilfarro y en la desatención a ese conjunto de problemas todavía irresueltos, que Roberto Velasco ha identificado acertadamente en el libro que dedica  a las numerosas “fisuras del bienestar en España” (Catarata, 2019), y que marcan el sentido de las prioridades realmente beneficiosas para nuestra sociedad.  


19 de junio de 2019

El mundo del libro: entre la profusión y la crisis



El Norte de Castilla, 18 junio 2019




La Librería del Espolón cumple 111 años en Burgos


Si las Ferias dedicadas a la promoción y a la venta del libro son acontecimientos que anual y felizmente marcan un momento destacado a la par que concurrido en la vida cultural de una ciudad, también constituyen, ya cerradas las casetas y recuperada la normalidad en el espacio donde se han ubicado, un buen momento para reflexionar sobre los cambios experimentados en torno a ese producto que tanto ha significado en la historia de la humanidad. Quienes aman los libros, se deleitan con ellos y encuentran en sus páginas el instrumento básico de su preparación ante los retos que la vida presenta, no pueden permanecer indiferentes a las implicaciones que desde hace una década aproximadamente está trayendo consigo la modificación del significado del libro y de cuanto lo rodea en los comportamientos culturales de la sociedad y en la propia transformación del espacio a él destinado.    
       A la vista de las tendencias observadas cabe decir que cuanto sucede en nuestros días en torno al libro ofrece un panorama contradictorio. Nunca se ha publicado tanto (87.262 libros en España, incluidas las reimpresiones, en 2017), nunca ha sido tan elevada la cifra de editoriales (en torno a las 3.000), nunca la oferta tan abundante ni las posibilidades lectoras tan extensas y variadas. Y, sin embargo, el complejo formado por las obras editadas se enfrenta en el mercado a un panorama acusadamente crítico. Basta con analizar los datos ofrecidos por los organismos oficiales o las entidades de carácter privado relacionadas con el sector para percibir con claridad el sentido de una tendencia que, esencialmente, viene marcada por tres rasgos significativos: el descenso de la facturación en las librerías, netamente observada a partir de 2017,  la concentración de la estructura editorial coincidente con la proliferación de pequeñas empresas artífices de un catálogo reducido y el incremento de la piratería, responsable de un lucro cesante estimado en 200 millones de euros. A ello cabría sumar el hecho de que la tercera parte de los ejemplares editados no fueron vendidos y, lo que no es menos significativo, la constatación de que la importancia económica del libro digital mantiene una tendencia progresiva, que eleva hasta el 6% su peso en el volumen de facturación. 
  Los datos son elocuentes y, como es obvio, hay que apoyarse en ellos cuando se trata de reflexionar sobre el significado y el alcance que se deriva de la transformación de cuanto se relaciona con el libro como producto al servicio de la formación y del entretenimiento de una sociedad.  Asistimos, en efecto, a una reestructuración integral derivada de los cambios que están teniendo lugar en los hábitos de lectura y en el funcionamiento de las formas de relación y de los espacios vertebrados en torno a este poderoso instrumento de transmisión cultural.


            Aunque el alcance de tales transformaciones - entre las que la tecnológica (libro electrónico) presenta también un alto nivel de impacto, pese a que no ha contrarrestado las formas convencionales de edición -  ha llevado incluso a hablar del “fin de la civilización del libro”, creo que esta interpretación resulta aún exagerada. Todo parece indicar que lo que realmente se ha producido no es una crisis de la lectura como modalidad de aprehensión del conocimiento sino del modo de llevarla a cabo y, lo que no es menos importante, de las formas de comunicación que el libro ha favorecido históricamente como producto material y a la vez como instrumento creador de relaciones socioculturales, sobre las que es posible construir vínculos permanentes de carácter afectivo.
          Y es que, al tiempo que en las estructuras dominantes de organización empresarial, sujetas a un proceso intensivo de concentración,  dominan los criterios comercialmente selectivos, relegando la posición de las pequeñas editoriales a una función tan encomiable como testimonial,  no es difícil comprobar hasta qué punto tienden a primar los criterios de una demanda en las que la información prevalece sobre el conocimiento ( o, lo que es lo mismo, “el flujo frente a lo patrimonial”·, en acertada expresión de Christian Godin).  Tanto es así que no son infrecuentes las opiniones – como se ha reflejado en uno de las debates de la Feria del Libro de Madrid – que apuntan a que quizá convendría replantearse el peso que el libro puede desempeñar dentro de los paradigmas que rigen la llamada “nueva economía de la cultura”.

            En este contexto no es ocioso ni banal reivindicar con fuerza la necesidad de pervivencia del libro mismo admitiendo de antemano que la competencia entre los dos grandes formatos (electrónico y papel) resulta inexorable y debe ser asumida, al tiempo que aprovechada pues no resulta incompatible merced a las múltiples posibilidades de realización que la lectura permite. Con todo, y en cualquier caso, esta postura reivindicativa obliga a seguir defendiendo las pautas que en el tiempo han afianzado al libro como herramienta de importancia capital en la evolución intelectual de las sociedades y, en función de él, la importancia de las librerías como referencias positivas en la configuración de los espacios de relación y de formación de una sociedad culta y avanzada. No en vano representan ámbitos de comunicación y sociabilidad esenciales en la configuración del espacio urbano, al que enriquecen con su presencia en la medida en que ejercen una positiva capacidad de ensamblaje entre información, comunicación y asesoramiento en un entorno de maravillosa complicidad entre el librero y el cliente. Es una cualidad que debe ser preservada.   





5 de junio de 2019

La Universidad de Burgos: el punto de partida




Diario de Burgos, 5 junio 2019




 
Las efemérides relevantes son siempre una oportuna ocasión para que la memoria reverdezca. Y digo toda la memoria, sin omisiones intencionadas e incomprensibles. Por esa razón, cuando se conmemora felizmente el cuarto de siglo del nacimiento de la Universidad de Burgos, parece lógico, a la par que la congratulación por el hecho, que la mirada se vuelva sinceramente retrospectiva para que lo vivido y lo mucho logrado a lo largo de ese tiempo cobren, asumidos con orgullo y frente al olvido, la fuerza y el reconocimiento que merecen. Tal es el sentido que pretendo dar a esta nota tras comprobar las referencias sesgadas con las que por parte de algunos se ha tratado de abordar la génesis de la Universidad burgalesa, haciendo un tratamiento selectivo de los hechos mediante la sobreconsideración de unos y el olvido deliberado de otros.


Impresionante es sin duda el balance alcanzado por una institución de enseñanza e investigación de rango superior que, conviene recordarlo para que no quede relegado a la desmemoria, hunde sus raíces en el proceso de adaptación a los parámetros de la Universidad pública a partir de un proceso iniciado a comienzos de los años ochenta del siglo XX. Desde esa perspectiva, la trayectoria que culminaría en su creación como Universidad específica hace de la experiencia burgalesa un caso singular en España. Es la primera, y la única, que, partiendo de un Colegio Universitario Adscrito – como estructura aglutinante del núcleo esencial de las enseñanzas universitarias impartidas en Burgos - , acomete una etapa de transición mediante la integración en la Universidad cabecera del distrito al que pertenecía con el fin de incorporar gradualmente los instrumentos, reglas y procedimientos de gestión inherentes a la Universidad pública. Se hizo así porque con este propósito se formalizó el convenio suscrito por el Rectorado de la Universidad de Valladolid con los responsables del Ayuntamiento y la Diputación de Burgos en 1981. Fue, insisto, un caso excepcional  en España.


Todo hubiera transcurrido con normalidad de no ser por la demora en la aplicación del convenio y por la hostilidad que  las autoridades locales del momento mostraron a la hora de cumplir los compromisos de todo orden contraídos con la Universidad vallisoletana, una vez el acuerdo comenzó a ponerse en marcha  por parte del Rectorado de Justino Duque, en el que tuve el honor de asumir dicha tarea -como Director del Colegio Universitario burgalés - a partir del mes de febrero de 1982. Una tarea concebida además como un reto que personalmente entendí beneficioso para mi ciudad natal.


            No dispongo aquí de espacio suficiente para evocar el cúmulo de tensiones, zozobras y anécdotas vividas durante aquellos dos años decisivos. Pero las tengo bien registradas y jamás las olvidaré. Así consta en la hemeroteca del Diario de Burgos y en diversos artículos publicados al respecto. Las decepciones se entremezclaron con los descubrimientos de personas memorables, los avances ilusionados con los bloqueos oficiales inconcebibles. A la postre, arropado por el Rectorado y por los miembros del profesorado y del personal de servicios que siempre encontré a mi lado, acabó prevaleciendo el sentido común y el cumplimiento del compromiso contraído. El apoyo recibido de quienes me acompañaron en aquella responsabilidad –José Luis Cabezas, Carlos Matrán y José María Leal por parte del profesorado del CUI, Gerardo Llana y Miguel Gobernado desde la Gerencia de la UVa y José Luis Puras en las tareas administrativas en  Burgos– me lleva a mantener con ellos, más allá del tiempo transcurrido, una deuda de gratitud que nunca quedará saldada. Relevantes personalidades de la vida burgalesa como Ángel Olivares, Fernando Ortega, Esteban y Octavio Granado, Tino Barriuso o Pablo del Barco sumaron también su apoyo y sus consejos en esos momentos tan difíciles como cruciales. Nadie más con dimensión política y ciudadana movió un dedo entonces a favor de aquella singladura. Su apoyo se echó de menos. A la superación de las trabas institucionales contribuyó, sin embargo, y de forma sustancial,  la reunión mantenida en el Ministerio de Educación el 19 de mayo de 1982 con el propio Ministro, Federico Mayor Zaragoza, y con el Secretario de Estado de Universidades, Saturnino de la Plaza, a quienes agradecí su pertinente y provechosa mediación. En medio de aquellas contrariedades, los cimientos se fueron afianzando irreversiblemente. Se logró que las enseñanzas de Físicas y Matemáticas no desaparecieran, como el convenio establecía, se implantó el segundo ciclo de la Licenciatura de Derecho, germen de la futura Facultad, se incrementaron las dotaciones para Bibliotecas y Laboratorios, se proveyeron las primeras plazas de funcionario del Cuerpo de Profesores Adjuntos, se iniciaron obras de acondicionamiento del edificio de San Amaro, se duplicó el presupuesto a lo largo del bienio, todo el personal, docente y de servicios, fue incorporado a la plantilla normalizada de la Universidad de Valladolid, consolidándola y favoreciendo así su transferencia ulterior, se promovieron iniciativas culturales de gran resonancia dentro y fuera de la ciudad…se sentaron, en fin, los puntales de una estructura que poco a poco adquirió consistencia en un contexto de gran precariedad de medios que quedaba subsanada por la generosidad de un esfuerzo del que convendría dar cuenta precisa alguna vez.

             A la postre, cuando finalicé voluntariamente el ejercicio de aquella responsabilidad en la primavera de 1984, y arropado por quienes me lo reconocieron en un encuentro memorable en el restaurante El Peregrino, tuve la sensación de que el objetivo había quedado satisfecho. Misión cumplida, me dije. Es cierto que quedaba camino por recorrer, toda una década,  si bien iba a serlo con la mirada puesta en un horizonte más propicio y, por tanto, mucho más fácil y menos incómodo, pues la plataforma ya estaba construida. Y es que, tras una etapa que he denominado de la “Universidad sin ley”, se abrían con el desarrollo reglamentario de la Ley Orgánica de Reforma Universitaria (1983) posibilidades inimaginables hasta entonces, que algunos supieron aprovechar casi de manera automática. El nacimiento de nuevas Universidades públicas en todo el país – diecinueve fueron creadas entre 1987 y 1998 - , la normalización de unas reglas de funcionamiento bien definidas, el amplio escenario de expectativas favorecidas por la internacionalización del conocimiento y la previsible integración en las Comunidades Europeas configuraron un panorama de total ruptura con las insuficiencias de la fase precedente. Quedó definitivamente superada esa fase de desafíos que nos tocó vivir y gestionar a cuantos, en un entorno de soledad, incomprensiones e incertidumbres, tuvimos también algo que ver con la historia de la Universidad de Burgos, a la que felicito por su veinticinco aniversario y a la que deseo la mayor de las fortunas. Su actual Rector, a quien conocí cuando era un jovencísimo y brillante profesor de Biología, bien lo sabe y sin duda recuerda.

9 de abril de 2019

El humor gráfico: entre lo conciso y lo perdurable


       








Seguramente, centrado en otro tipo de textos,  nunca hubiera escrito éste de no haber asistido a la conferencia pronunciada recientemente por Rafael Vega, Sansón, acreditado ilustrador de El Norte de Castilla, en el Ateneo de Valladolid. Fue una auténtica y poderosa lección de periodismo y de sensibilidad hacia el mundo que nos rodea. Ilustrada con una presentación aleatoria de algunas de sus viñetas en una trabazón de señales de toda índole, el engarce entre palabra e imagen logró suscitar en el auditorio, o, al menos, en mi caso, la sensación de que nos encontrábamos ante una modalidad de transmisión de la información cuya relevancia es muy superior a la que en apariencia se la concede. Evidentemente, estamos habituados a ella, pero suscitada desde la perspectiva de un autor destacado, la reflexión ofrece una valiosa dimensión interpretativa. Más aún, observando con detalle lo que el dibujo representa como algo inserto en las páginas de un medio de comunicación, la experiencia acumulada con visión temporal suficiente nos acerca a un fenómeno comunicativo de especial trascendencia.


Planteado el tema desde una perspectiva cronológica, la memoria puesta al descubierto mediante la palabra trae de inmediato a colación el inmenso y fecundo inventario de dibujantes que, a través del tiempo, han enriquecido con su creatividad el panorama mediático español, con referencias emblemáticas de enorme calidad e impacto, como todos bien sabemos. Sus nombres emergen con fuerza en el panorama histórico del  humorismo gráfico, como bien se encargó de poner de manifiesto Sansón, haciendo gala de una encomiable demostración de generosidad y reconocimiento hacia quienes comparten con él las mismas sensibilidades. 


Ahora bien, más allá de esta llamada de atención sobre lo que el dibujo como parte de  la información significa, la intervención de Rafa Vega fue ante todo una invitación a la reflexión,  o, lo que es lo mismo, una invitación a considerar de qué manera, y desde el enfoque  del  lector cotidiano de noticias, puede influir esta forma de representación en el contexto de las tendencias que actualmente definen los métodos utilizados para el tratamiento y exposición de los hechos que modelan el conocimiento de lo acaecido.  Y es que, lejos de constituir una forma de expresión complementaria del texto escrito, la viñeta tiende a convertirse en una herramienta básica para el desarrollo interpretativo de los hechos.  


La justificación de esta relevancia viene dada por el hecho de que la representación gráfica puede acomodarse a los dos criterios que, a mi juicio, determinan positivamente las posibilidades de un mensaje transmitido a la sociedad interesada en ampliar su conocimiento de cuanto sucede a su alrededor. Ambos tienen que ver con el valor asignado a la concisión y a la perdurabilidad de una noticia. Lo conciso fortalece su razón de ser cuando la disponibilidad de tiempo se reduce primando en consecuencia la expresividad y concreción del mensaje. No sorprende que esa idea cobre fuerza cuando, como señala Carlos Aganzo, “lo cierto es que lo breve se ha convertido en el signo de distinción de nuestro tiempo”. Si esa tendencia revalida el éxito alcanzado por la palabra escrita a través de la atención creciente que merece el aforismo, justo es admitir que la viñeta constituye a la par la manifestación más representativa desde siempre de lo que supone la plasmación de una idea recogida en una imagen captada de inmediato y aceptada en la integridad de los matices visuales que es capaz de ofrecer de manera simultánea. 


Por otro lado, y junto a la importancia que tiene lo conciso, no es difícil comprobar hasta qué punto un dibujo pertinente y atinado logra sobrevivir mejor al desgaste que comúnmente afecta a la información convencional cuando ésta se enfrenta al paso del tiempo. Personalmente lo he comprobado en numerosas ocasiones al rememorar los hechos sucedidos a través de la interpretación brindada por las viñetas que en su momento los abordaron. Su vigencia pervive al compás de las referencias que su relectura descubre para dar nuevo sentido y dimensión actualizada a los motivos que en su día justificaron su realización. De este modo recuperan un interés que se consideraba desvaído y que ahora permite explicar de nuevo las razones justificativas que indujeron al humorista gráfico a realizar ese dibujo que de ninguna manera se halla obsoleto. Bien lo ha expresado en este sentido el dibujante George Butler, conocido por sus impresionantes diseños relativos a la guerra de Siria, al afirmar que “los dibujos son una excelente herramienta que permite implicar a las personas que son sensibles y comprensivas de lo que se representa, e incluso pienso que pueden quedar grabados en su espíritu durante toda la vida”. 


Por lo demás, son comprobaciones que también pueden verificarse sin ir demasiado lejos. La exposición de José María Nieto en el Teatro Zorrilla, expresivamente titulada “Valladolid se dibuja con dos líneas” constituye una prueba fidedigna del argumento utilizado, corroborado asimismo tras la observación de la secuencia de viñetas presentadas por Rafael Vega en su charla del Ateneo, que encuentran un buen complemento en sus dibujos de PróLogos, expuestos en el Patio Herreriano. Y, desde luego, las valiosas lecciones extraídas de esta forma de analizar la realidad han brindado  un testimonio más que elocuente en el homenaje que la ciudad de Alcalá de Henares ha dedicado  a Antonio Fraguas de Pablo, Forges,  en la exposición que en la primavera de 2019 adornó su Calle Mayor. “Pasacalles Forges”: así se ha denominado y ha visto la luz con motivo del primer aniversario del fallecimiento de uno de los símbolos más relevantes de la historia del humorismo gráfico español.  































14 de diciembre de 2018

Hacia una nueva Geografía de la automoción






El Norte de Castilla, 14 de diciembre de 2018

Los aspectos relacionados con la fabricación automovilística han ocupado siempre una posición primordial en las investigaciones de Geografía Económica. No es posible entender las grandes transformaciones que afectan a la producción, al comercio, al transporte, a la organización del trabajo, a la racionalización de las lógicas empresariales, a las relaciones humanas y a la reestructuración de los procesos territoriales sin aludir al decisivo impacto que la automoción ha provocado en todas estas variables. De ahí que las diferentes formas de movilidad asociadas a la evolución del automóvil lo hayan convertido en uno de los principales emblemas del siglo XX, en virtud de la dimensión alcanzada por las estrategias desplegadas en el mundo por sus empresas más representativas, al compás de las espectaculares innovaciones aplicadas a los procesos de producción, sujetos a la lógica de la competitividad global, a las alianzas interempresariales y a los esfuerzos encaminados al afianzamiento de posiciones de poder en el complejo panorama de las conexiones comerciales. Solo así puede comprenderse esa identidad que la automoción ofrece como “la industria de las industrias”,  una denominación que describí y analicé hace años como reflejo de su capacidad para la integración de procesos e innovaciones tecnológicas multisectoriales.

            Si el automóvil ha tenido una importancia crucial en los procesos socioeconómicos y espaciales de nuestro tiempo, es evidente que su relevancia pervivirá aunque dentro de parámetros – en cuanto a tipo producto,  mercado,  hábitos de uso, consumo, autonomía, pautas de movilidad y seguridad - distintos a los que han regido su funcionamiento hasta nuestros días. No asistimos a  un mero cambio de paradigma sino a una drástica revolución tecnológica en virtud de la cual la fabricación automovilística se inscribe en un escenario de transformaciones ineludiblemente condicionadas por los compromisos a que obliga la puesta en práctica del Acuerdo de Paris contra el Cambio Climático aprobado en 2015, pese a que los nuevos modelos (el  vehículo eléctrico)  no sean ambientalmente inocuos a lo largo de su ciclo de la vida (de la mina al desguace), debido a las necesidades iniciales del proceso de fabricación, a las cantidades de materias primas empleadas en la producción de baterías y al incremento exponencial de la demanda de electricidad a que su implantación masiva obliga. Tanto es así que las economías de energía podrían verse contrarrestadas por el altísimo nivel de producción requerida.

            En cualquier caso, se trata de un panorama en el que el comportamiento del sector ha de gravitar en función de las estrategias empresariales aplicadas a tres factores esenciales: la innovación del producto, las formas de trabajo y la localización de las instalaciones. Pues si, en efecto, la innovación aparece, en principio, concebida al servicio de la ecología, con todo lo que ello implica desde la perspectiva del tipo de producto fabricado – reflejo de la “tecnología última”, en rotunda expresión del expresidente de la Alianza Renault-Nissan-Mitsubishi, Carlos Ghosn-, es evidente que ello va a determinar de manera sustancial la orientación de la política energética y de las infraestructuras de carga, la adaptación de las cualificaciones laborales al tiempo que someterá a rigurosa evaluación el nivel de acogida y adaptabilidad ofrecido por las localizaciones existentes a los desafíos impuestos por las nuevas lógicas productivas.  Observando las pautas del complejo empresarial, cabe pensar que las directrices planteadas por las grandes compañías van a mostrarse proclives a la intensificación de sus capacidades competitivas dentro de una planificación de las actuaciones adaptadas a las exigencias ambientales con la mirada puesta en un horizonte que no admite dilaciones.

            Se inicia así un periodo de transición logísticamente asumida que sin duda va a obligar a la adopción de medidas estratégicas de extraordinario calado y con una dimensión geográfica de primera magnitud. En este sentido cabría centrarse en dos fundamentalmente. Por un lado, y a escala europea, se impone la necesidad de contrarrestar el sesgo que, favorable a la posición de China, reviste el proceso en ciernes, lo que, en concreto, justifica la urgencia de incrementar las capacidades competitivas de Europa en el decisivo campo de la fabricación de baterías, terreno en el que actualmente el peso de Asía es abrumador. Por otro, con la atención puesta en España, y que, por lo que nos atañe, pudiera ejemplificarse en los relevantes enclaves de montaje ubicados en Castilla y León, no cabe duda de que la estrategia a seguir, sin menoscabo de la reflexión que conviene suscitar sin demora, y sobre la base de lo que debiera consistir en acometerla desde una política industrial de Estado, pasa por la defensa y acreditación de las fortalezas sólidamente asentadas en su tradición manufacturera, en el que también descuellan firmas muy solventes en el subsector de componentes. No se trata solo de conjurar el riesgo de la deslocalización sino también de optimizar el enorme potencial ya creado tanto en la fabricación final como en la de bienes intermedios, ratificándolo como una de sus principales ventajas comparativas susceptibles de permitir afrontar con cierta seguridad y con el menor impacto negativo posible el enorme desafío que se avecina.

14 de noviembre de 2018

Ciencia frente a barbarie








El Norte de Castilla, 12 noviembre 2018


Los defensores de la Naturaleza observan en estos momentos un panorama contradictorio. Por un lado, asisten con estupor al triunfo de dirigentes políticos que, bien por el gran poder que ostentan (Trump en Estados Unidos) o por la inmensidad del espacio bajo su responsabilidad (Bolsonaro en Brasil, Putin en Rusia, Duterte en Filipinas), se muestran claramente a favor de las intervenciones desencadenantes de efectos demoledores sobre el medio ambiente y los paisajes mientras desprecian o ignoran los factores que, científicamente fundamentados, revelan los riesgos ecológicos a los que se enfrenta la Tierra, el único planeta habitable y el único que podemos transmitir a quienes nos sucedan en la secuencia de la vida.

            Por otro lado, y frente a esta preocupante tendencia, son muchas las personas que a la par se sienten complacidas ante el reconocimiento otorgado a relevantes personalidades de la comunidad científica, empeñadas en demostrar, con resultados teóricos y empíricos contundentes, la necesidad de mantener posturas de alerta frente a los riesgos o las situaciones de catástrofe previsibles que pueden alterar el funcionamiento de los ecosistemas en ausencia de pautas de control o de no regulación. De ahí la pertinencia de llamar la atención, por el significado que poseen y por su venturosa coincidencia en el tiempo, acerca de los dos galardones que han dado a conocer la labor desarrollada por los científicos estadounidenses William Nordhaus y Sylvia Earle. La trascendencia de la obra de ambos merece ser destacada, tanto por lo que significan las aportaciones respectivas - y la pertinencia de su reconocimiento en una época especialmente crítica - como por el expresivo engarce que, a mi juicio, cabe establecer entre ellas.

             Los modelos desarrollados por Nordhaus, Premio Nobel de Economía 2018, que en esencia gravitan sobre la evaluación integrada plurifactorial del calentamiento global, hacen hincapié decisivo en la dimensión económica de las causas y los impactos asociados al cambio climático como problema incuestionable. Merced a ello, la perspectiva desde la que se analiza este factor, responsable de una alteración ambiental de gran magnitud y con implicaciones a escala planetaria, se enriquece al incorporar de manera rigurosa – mediante los “modelos de valoración integrados” -  los efectos que ocasiona desde el punto de vista económico al tiempo que amplía los horizontes y la utilidad de las medidas susceptibles de aplicación con fines correctores. Entre otros aspectos relevantes, el motivo que ha justificado la concesión del Nobel centra la atención en los trabajos realizados en torno a un aspecto esencial: la regulación de las emisiones de CO2, que son vertidas a la atmósfera sin que los agentes que las provocan abonen un precio por ello. Se plantea, por tanto, la necesidad de que estas externalidades negativas estén sujetas a fiscalización – los impuestos al carbono – recurriendo a un sistema impositivo de implantación global, basado en el principio ético y operativo de corresponsabilidad planetaria, de modo que todos los países quedasen implicados en la lucha contra el cambio climático. Los que, en cambio, no asumieran esta responsabilidad (free ryder) podrían ser penalizados a través de la aplicación de un arancel uniforme sobre las importaciones.  

            Por su parte,  la impresionante tarea llevada a cabo por Earle la sitúa en la posición más avanzada e innovadora de la investigación oceanográfica sobre la base de un dilatado trabajo experimental, plasmado en el estudio minucioso del espacio marino mundial en sus diferentes escenarios bioclimáticos. Los resultados obtenidos, que constituyen la razón de ser de la concesión del Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2018, son espectaculares a tenor de las datos ofrecidos sobre la gravedad de las agresiones sufridas por las masas oceánicas como consecuencia de la contaminación resultante de la ingente y acumulativa cantidad  de residuos tóxicos y no biodegradables que se vierten sin control sobre ellas, amén de las producidas por la sobrepesca y la a menudo errática densificación urbanística del litoral.

            Cuando uno valora la relevancia de las aportaciones efectuadas por uno y otra comprende hasta qué punto de la solidez del conocimiento científico – que muchos políticos y ciudadanos subestiman o desconocen– depende la calidad de las estrategias y la efectividad de los resultados pretendidos con ellas. Y en este caso aprecia también las positivas interacciones que se producen entre ambos campos de investigación, pues  queda en evidencia la importancia que los océanos tienen en el equilibrio climático terrestre, en la medida en que son capaces de absorber cantidades elevadas de dióxido de carbono y del calor acumulado. De ahí su vulnerabilidad ante el incremento de la concentración de gases de efecto invernadero, que precisamente tratan de gestionar económicamente las estimaciones del economista galardonado. Concluyamos, en suma, que los Premios concedidos a William Nordhaus y Sylvia Earle marcan un hito de obligada consideración en la defensa de la calidad ambiental de la Tierra, que es, por cierto, el único planeta oceánico que existe.