19 de junio de 2019

El mundo del libro: entre la profusión y la crisis



El Norte de Castilla, 18 junio 2019




La Librería del Espolón cumple 111 años en Burgos


Si las Ferias dedicadas a la promoción y a la venta del libro son acontecimientos que anual y felizmente marcan un momento destacado en la vida cultural de una ciudad, también constituyen, ya cerradas las casetas y recuperada la normalidad en el espacio donde se han ubicado, un buen momento para reflexionar sobre los cambios experimentados en torno a ese producto que tanto ha significado en la historia de la humanidad. Quienes aman los libros, se deleitan con ellos y encuentran en sus páginas el instrumento básico de su preparación ante los retos que la vida presenta, no pueden permanecer indiferentes a las implicaciones que desde hace una década aproximadamente está trayendo consigo la modificación del significado del libro y de cuanto lo rodea en los comportamientos culturales de la sociedad y en la propia transformación del espacio a él destinado.



            A la vista de las tendencias observadas cabe decir que cuanto sucede en nuestros días en torno al libro ofrece un panorama contradictorio. Nunca se ha publicado tanto (87.262 libros en España, incluidas las reimpresiones, en 2017), nunca ha sido tan elevada la cifra de editoriales (en torno a las 3.000), nunca la oferta tan abundante ni las posibilidades lectoras tan extensas y variadas. Y, sin embargo, el complejo formado por las obras editadas se enfrenta en el mercado a un panorama acusadamente crítico. Basta con analizar los datos ofrecidos por los organismos oficiales o las entidades de carácter privado relacionadas con el sector para percibir con claridad el sentido de una tendencia que, esencialmente, viene marcada por tres rasgos significativos: el descenso de la facturación en las librerías, netamente observada a partir de 2017,  la concentración de la estructura editorial coincidente con la proliferación de pequeñas empresas artífices de un catálogo reducido y el incremento de la piratería, responsable de un lucro cesante estimado en 200 millones de euros. A ello cabría sumar el hecho de que la tercera parte de los ejemplares editados no fueron vendidos y, lo que no es menos significativo, la constatación de que la importancia económica del libro digital mantiene una tendencia progresiva, que eleva hasta el 6% su peso en el volumen de facturación.

            Los datos son elocuentes y, como es obvio, hay que apoyarse en ellos cuando se trata de reflexionar sobre el significado y el alcance que se deriva de la transformación de cuanto se relaciona con el libro como producto al servicio de la formación y del entretenimiento de una sociedad.  Asistimos, en efecto, a una reestructuración integral derivada de los cambios que están teniendo lugar en los hábitos de lectura y en el funcionamiento de las formas de relación y de los espacios vertebrados en torno a este poderoso instrumento de transmisión cultural.

            Aunque el alcance de tales transformaciones - entre las que la tecnológica (libro electrónico) presenta también un alto nivel de impacto, pese a que no ha contrarrestado las formas convencionales de edición -  ha llevado incluso a hablar del “fin de la civilización del libro”, creo que esta interpretación resulta aún exagerada. Todo parece indicar que lo que realmente se ha producido no es una crisis de la lectura como modalidad de aprehensión del conocimiento sino del modo de llevarla a cabo y, lo que no es menos importante, de las formas de comunicación que el libro ha favorecido históricamente como producto material y a la vez como instrumento creador de relaciones socioculturales, sobre las que es posible construir vínculos permanentes de carácter afectivo.
          Y es que, al tiempo que en las estructuras dominantes de organización empresarial, sujetas a un proceso intensivo de concentración,  dominan los criterios comercialmente selectivos, relegando la posición de las pequeñas editoriales a una función tan encomiable como testimonial,  no es difícil comprobar hasta qué punto tienden a primar los criterios de una demanda en las que la información prevalece sobre el conocimiento ( o, lo que es lo mismo, “el flujo frente a lo patrimonial”·, en acertada expresión de Christian Godin).  Tanto es así que no son infrecuentes las opiniones – como se ha reflejado en uno de las debates de la Feria del Libro de Madrid – que apuntan a que quizá convendría replantearse el peso que el libro puede desempeñar dentro de los paradigmas que rigen la llamada “nueva economía de la cultura”.

            En este contexto no es ocioso ni banal reivindicar con fuerza la necesidad de pervivencia del libro mismo admitiendo de antemano que la competencia entre los dos grandes formatos (electrónico y papel) resulta inexorable y debe ser asumida. Con todo, esta idea reivindicativa obliga a seguir defendiendo las pautas que en el tiempo han afianzado al libro como herramienta de importancia capital en la evolución intelectual de las sociedades y, en función de él, la importancia de las librerías como referencias positivas en la configuración de los espacios de relación y de formación de una sociedad culta y avanzada. No en vano representan ámbitos de comunicación y sociabilidad esenciales en la configuración del espacio urbano, al que enriquecen con su presencia en la medida en que ejercen una positiva capacidad de ensamblaje entre información, comunicación y asesoramiento en un entorno de maravillosa complicidad entre el librero y el cliente. Es una cualidad que debe ser preservada.   





5 de junio de 2019

La Universidad de Burgos: el punto de partida




Diario de Burgos, 5 junio 2019




 
Las efemérides relevantes son siempre una oportuna ocasión para que la memoria reverdezca. Y digo toda la memoria, sin omisiones intencionadas e incomprensibles. Por esa razón, cuando se conmemora felizmente el cuarto de siglo del nacimiento de la Universidad de Burgos, parece lógico, a la par que la congratulación por el hecho, que la mirada se vuelva sinceramente retrospectiva para que lo vivido y lo mucho logrado a lo largo de ese tiempo cobren, asumidos con orgullo y frente al olvido, la fuerza y el reconocimiento que merecen. 


Impresionante es sin duda el balance alcanzado por una institución de enseñanza e investigación de rango superior que, conviene recordarlo, hunde sus raíces en el proceso de adaptación a los parámetros de la Universidad pública a partir de un proceso iniciado a comienzos de los años ochenta del siglo XX. Desde esa perspectiva, la trayectoria que culminaría en su creación como Universidad específica hace de la experiencia burgalesa un caso singular en España. Es la primera, y la única, que, partiendo de un Colegio Universitario Adscrito – como estructura aglutinante del núcleo esencial de las enseñanzas universitarias impartidas en Burgos - , acomete una etapa de transición mediante la integración en la Universidad cabecera del distrito al que pertenecía con el fin de incorporar gradualmente los instrumentos, reglas y procedimientos de gestión inherentes a la Universidad pública. Se hizo así porque con este propósito se formalizó el convenio suscrito por el Rectorado de la Universidad de Valladolid con los responsables del Ayuntamiento y la Diputación de Burgos en 1981. Fue, insisto, un caso excepcional  en España.


Todo hubiera transcurrido con normalidad de no ser por la demora en la aplicación del convenio y por la hostilidad que  las autoridades locales del momento mostraron a la hora de cumplir los compromisos de todo orden contraídos con la Universidad vallisoletana, una vez el acuerdo comenzó a ponerse en marcha  por parte del Rectorado de Justino Duque, en el que tuve el honor de asumir dicha tarea -como Director del Colegio Universitario burgalés - a partir del mes de febrero de 1982. Una tarea concebida además como un reto que personalmente entendí beneficioso para mi ciudad natal.


            No dispongo aquí de espacio suficiente para evocar el cúmulo de tensiones, zozobras y anécdotas vividas durante aquellos dos años decisivos. Pero las tengo bien registradas y jamás las olvidaré. Así consta en la hemeroteca del Diario de Burgos y en diversos artículos publicados al respecto. Las decepciones se entremezclaron con los descubrimientos de personas memorables, los avances ilusionados con los bloqueos oficiales inconcebibles. A la postre, arropado por el Rectorado y por los miembros del profesorado y del personal de servicios que siempre encontré a mi lado, acabó prevaleciendo el sentido común y el cumplimiento del compromiso contraído. El apoyo recibido de quienes me acompañaron en aquella responsabilidad –José Luis Cabezas, Carlos Matrán y José María Leal por parte del profesorado del CUI, Gerardo Llana y Miguel Gobernado desde la Gerencia de la UVa y José Luis Puras en las tareas administrativas en  Burgos– me lleva a mantener con ellos, más allá del tiempo transcurrido, una deuda de gratitud que nunca quedará saldada. Relevantes personalidades de la vida burgalesa como Ángel Olivares, Fernando Ortega, Esteban y Octavio Granado, Tino Barriuso o Pablo del Barco sumaron también su apoyo y sus consejos en esos momentos tan difíciles como cruciales. Nadie más con dimensión política y ciudadana movió un dedo entonces a favor de aquella singladura. Su apoyo se echó de menos. A la superación de las trabas institucionales contribuyó, sin embargo, y de forma sustancial,  la reunión mantenida en el Ministerio de Educación el 19 de mayo de 1982 con el propio Ministro, Federico Mayor Zaragoza, y con el Secretario de Estado de Universidades, Saturnino de la Plaza, a quienes agradecí su pertinente y provechosa mediación. En medio de aquellas contrariedades, los cimientos se fueron afianzando irreversiblemente. Se logró que las enseñanzas de Físicas y Matemáticas no desaparecieran, como el convenio establecía, se implantó el segundo ciclo de la Licenciatura de Derecho, germen de la futura Facultad, se incrementaron las dotaciones para Bibliotecas y Laboratorios, se proveyeron las primeras plazas de funcionario del Cuerpo de Profesores Adjuntos, se iniciaron obras de acondicionamiento del edificio de San Amaro, se duplicó el presupuesto a lo largo del bienio, todo el personal, docente y de servicios, fue incorporado a la plantilla normalizada de la Universidad de Valladolid, consolidándola y favoreciendo así su transferencia ulterior, se promovieron iniciativas culturales de gran resonancia dentro y fuera de la ciudad…se sentaron, en fin, los puntales de una estructura que poco a poco adquirió consistencia en un contexto de gran precariedad de medios que quedaba subsanada por la generosidad de un esfuerzo del que convendría dar cuenta precisa alguna vez.

             A la postre, cuando finalicé voluntariamente el ejercicio de aquella responsabilidad en la primavera de 1984, y arropado por quienes me lo reconocieron en un encuentro memorable en el restaurante El Peregrino, tuve la sensación de que el objetivo había quedado satisfecho. Misión cumplida, me dije. Es cierto que quedaba camino por recorrer, toda una década,  si bien iba a serlo con la mirada puesta en un horizonte más propicio y, por tanto, mucho más fácil y menos incómodo, pues la plataforma ya estaba construida. Y es que, tras una etapa que he denominado de la “Universidad sin ley”, se abrían con el desarrollo reglamentario de la Ley Orgánica de Reforma Universitaria (1983) posibilidades inimaginables hasta entonces, que algunos supieron aprovechar casi de manera automática. El nacimiento de nuevas Universidades públicas en todo el país – diecinueve fueron creadas entre 1987 y 1998 - , la normalización de unas reglas de funcionamiento bien definidas, el amplio escenario de expectativas favorecidas por la internacionalización del conocimiento y la previsible integración en las Comunidades Europeas configuraron un panorama de total ruptura con las insuficiencias de la fase precedente. Quedó definitivamente superada esa fase de desafíos que nos tocó vivir y gestionar a cuantos, en un entorno de soledad, incomprensiones e incertidumbres, tuvimos también algo que ver con la historia de la Universidad de Burgos, a la que felicito por su veinticinco aniversario y a la que deseo la mayor de las fortunas. Su actual Rector, a quien conocí cuando era un jovencísimo y brillante profesor de Biología, bien lo sabe y sin duda recuerda.

9 de abril de 2019

El humor gráfico: entre lo conciso y lo perdurable


       










Seguramente, centrado en otro tipo de textos,  nunca hubiera escrito éste de no haber asistido a la conferencia pronunciada recientemente por Rafael Vega, Sansón, acreditado ilustrador de El Norte de Castilla, en el Ateneo de Valladolid. Fue una auténtica y poderosa lección de periodismo y de sensibilidad hacia el mundo que nos rodea. Ilustrada con una presentación aleatoria de algunas de sus viñetas en una trabazón de señales de toda índole, el engarce entre palabra e imagen logró suscitar en el auditorio, o, al menos, en mi caso, la sensación de que nos encontrábamos ante una modalidad de transmisión de la información cuya relevancia es muy superior a la que en apariencia se la concede. Evidentemente, estamos habituados a ella, pero suscitada desde la perspectiva de un autor destacado, la reflexión ofrece una valiosa dimensión interpretativa. Más aún, observando con detalle lo que el dibujo representa como algo inserto en las páginas de un medio de comunicación, la experiencia acumulada con visión temporal suficiente nos acerca a un fenómeno comunicativo de especial trascendencia.


Planteado el tema desde una perspectiva cronológica, la memoria puesta al descubierto mediante la palabra trae de inmediato a colación el inmenso y fecundo inventario de dibujantes que, a través del tiempo, han enriquecido con su creatividad el panorama mediático español, con referencias emblemáticas de enorme calidad e impacto, como todos bien sabemos. Sus nombres emergen con fuerza en el panorama histórico del  humorismo gráfico, como bien se encargó de poner de manifiesto Sansón, haciendo gala de una encomiable demostración de generosidad y reconocimiento hacia quienes comparten con él las mismas sensibilidades. 


Ahora bien, más allá de esta llamada de atención sobre lo que el dibujo como parte de  la información significa, la intervención de Rafa Vega fue ante todo una invitación a la reflexión,  o, lo que es lo mismo, una invitación a considerar de qué manera, y desde el enfoque  del  lector cotidiano de noticias, puede influir esta forma de representación en el contexto de las tendencias que actualmente definen los métodos utilizados para el tratamiento y exposición de los hechos que modelan el conocimiento de lo acaecido.  Y es que, lejos de constituir una forma de expresión complementaria del texto escrito, la viñeta tiende a convertirse en una herramienta básica para el desarrollo interpretativo de los hechos.  


La justificación de esta relevancia viene dada por el hecho de que la representación gráfica puede acomodarse a los dos criterios que, a mi juicio, determinan positivamente las posibilidades de un mensaje transmitido a la sociedad interesada en ampliar su conocimiento de cuanto sucede a su alrededor. Ambos tienen que ver con el valor asignado a la concisión y a la perdurabilidad de una noticia. Lo conciso fortalece su razón de ser cuando la disponibilidad de tiempo se reduce primando en consecuencia la expresividad y concreción del mensaje. No sorprende que esa idea cobre fuerza cuando, como señala Carlos Aganzo, “lo cierto es que lo breve se ha convertido en el signo de distinción de nuestro tiempo”. Si esa tendencia revalida el éxito alcanzado por la palabra escrita a través de la atención creciente que merece el aforismo, justo es admitir que la viñeta constituye a la par la manifestación más representativa desde siempre de lo que supone la plasmación de una idea recogida en una imagen captada de inmediato y aceptada en la integridad de los matices visuales que es capaz de ofrecer de manera simultánea. 


Por otro lado, y junto a la importancia que tiene lo conciso, no es difícil comprobar hasta qué punto un dibujo pertinente y atinado logra sobrevivir mejor al desgaste que comúnmente afecta a la información convencional cuando ésta se enfrenta al paso del tiempo. Personalmente lo he comprobado en numerosas ocasiones al rememorar los hechos sucedidos a través de la interpretación brindada por las viñetas que en su momento los abordaron. Su vigencia pervive al compás de las referencias que su relectura descubre para dar nuevo sentido y dimensión actualizada a los motivos que en su día justificaron su realización. De este modo recuperan un interés que se consideraba desvaído y que ahora permite explicar de nuevo las razones justificativas que indujeron al humorista gráfico a realizar ese dibujo que de ninguna manera se halla obsoleto. Bien lo ha expresado en este sentido el dibujante George Butler, conocido por sus impresionantes diseños relativos a la guerra de Siria, al afirmar que “los dibujos son una excelente herramienta que permite implicar a las personas que son sensibles y comprensivas de lo que se representa, e incluso pienso que pueden quedar grabados en su espíritu durante toda la vida”. 


Por lo demás, son comprobaciones que también pueden verificarse sin ir demasiado lejos. La exposición de José María Nieto en el Teatro Zorrilla, expresivamente titulada “Valladolid se dibuja con dos líneas” constituye una prueba fidedigna del argumento utilizado, corroborado asimismo tras la observación de la secuencia de viñetas presentadas por Rafael Vega en su charla del Ateneo, que encuentran un buen complemento en sus dibujos de “PróLogos”, expuestos en el Patio Herreriano. Y, desde luego, las valiosas lecciones extraídas de esta forma de analizar la realidad ofrecen un testimonio más que elocuente en el homenaje que la ciudad de Alcalá de Henares rinde actualmente a Forges en la exposición que adorna su Calle Mayor. “Pasacalles Forges”: así se denomina y ve la luz con motivo del primer aniversario del fallecimiento de uno de los símbolos más relevantes de la historia del humorismo gráfico español.  































14 de diciembre de 2018

Hacia una nueva Geografía de la automoción






El Norte de Castilla, 14 de diciembre de 2018

Los aspectos relacionados con la fabricación automovilística han ocupado siempre una posición primordial en las investigaciones de Geografía Económica. No es posible entender las grandes transformaciones que afectan a la producción, al comercio, al transporte, a la organización del trabajo, a la racionalización de las lógicas empresariales, a las relaciones humanas y a la reestructuración de los procesos territoriales sin aludir al decisivo impacto que la automoción ha provocado en todas estas variables. De ahí que las diferentes formas de movilidad asociadas a la evolución del automóvil lo hayan convertido en uno de los principales emblemas del siglo XX, en virtud de la dimensión alcanzada por las estrategias desplegadas en el mundo por sus empresas más representativas, al compás de las espectaculares innovaciones aplicadas a los procesos de producción, sujetos a la lógica de la competitividad global, a las alianzas interempresariales y a los esfuerzos encaminados al afianzamiento de posiciones de poder en el complejo panorama de las conexiones comerciales. Solo así puede comprenderse esa identidad que la automoción ofrece como “la industria de las industrias”,  una denominación que describí y analicé hace años como reflejo de su capacidad para la integración de procesos e innovaciones tecnológicas multisectoriales.

            Si el automóvil ha tenido una importancia crucial en los procesos socioeconómicos y espaciales de nuestro tiempo, es evidente que su relevancia pervivirá aunque dentro de parámetros – en cuanto a tipo producto,  mercado,  hábitos de uso, consumo, autonomía, pautas de movilidad y seguridad - distintos a los que han regido su funcionamiento hasta nuestros días. No asistimos a  un mero cambio de paradigma sino a una drástica revolución tecnológica en virtud de la cual la fabricación automovilística se inscribe en un escenario de transformaciones ineludiblemente condicionadas por los compromisos a que obliga la puesta en práctica del Acuerdo de Paris contra el Cambio Climático aprobado en 2015, pese a que los nuevos modelos (el  vehículo eléctrico)  no sean ambientalmente inocuos a lo largo de su ciclo de la vida (de la mina al desguace), debido a las necesidades iniciales del proceso de fabricación, a las cantidades de materias primas empleadas en la producción de baterías y al incremento exponencial de la demanda de electricidad a que su implantación masiva obliga. Tanto es así que las economías de energía podrían verse contrarrestadas por el altísimo nivel de producción requerida.

            En cualquier caso, se trata de un panorama en el que el comportamiento del sector ha de gravitar en función de las estrategias empresariales aplicadas a tres factores esenciales: la innovación del producto, las formas de trabajo y la localización de las instalaciones. Pues si, en efecto, la innovación aparece, en principio, concebida al servicio de la ecología, con todo lo que ello implica desde la perspectiva del tipo de producto fabricado – reflejo de la “tecnología última”, en rotunda expresión del expresidente de la Alianza Renault-Nissan-Mitsubishi, Carlos Ghosn-, es evidente que ello va a determinar de manera sustancial la orientación de la política energética y de las infraestructuras de carga, la adaptación de las cualificaciones laborales al tiempo que someterá a rigurosa evaluación el nivel de acogida y adaptabilidad ofrecido por las localizaciones existentes a los desafíos impuestos por las nuevas lógicas productivas.  Observando las pautas del complejo empresarial, cabe pensar que las directrices planteadas por las grandes compañías van a mostrarse proclives a la intensificación de sus capacidades competitivas dentro de una planificación de las actuaciones adaptadas a las exigencias ambientales con la mirada puesta en un horizonte que no admite dilaciones.

            Se inicia así un periodo de transición logísticamente asumida que sin duda va a obligar a la adopción de medidas estratégicas de extraordinario calado y con una dimensión geográfica de primera magnitud. En este sentido cabría centrarse en dos fundamentalmente. Por un lado, y a escala europea, se impone la necesidad de contrarrestar el sesgo que, favorable a la posición de China, reviste el proceso en ciernes, lo que, en concreto, justifica la urgencia de incrementar las capacidades competitivas de Europa en el decisivo campo de la fabricación de baterías, terreno en el que actualmente el peso de Asía es abrumador. Por otro, con la atención puesta en España, y que, por lo que nos atañe, pudiera ejemplificarse en los relevantes enclaves de montaje ubicados en Castilla y León, no cabe duda de que la estrategia a seguir, sin menoscabo de la reflexión que conviene suscitar sin demora, y sobre la base de lo que debiera consistir en acometerla desde una política industrial de Estado, pasa por la defensa y acreditación de las fortalezas sólidamente asentadas en su tradición manufacturera, en el que también descuellan firmas muy solventes en el subsector de componentes. No se trata solo de conjurar el riesgo de la deslocalización sino también de optimizar el enorme potencial ya creado tanto en la fabricación final como en la de bienes intermedios, ratificándolo como una de sus principales ventajas comparativas susceptibles de permitir afrontar con cierta seguridad y con el menor impacto negativo posible el enorme desafío que se avecina.

14 de noviembre de 2018

Ciencia frente a barbarie








El Norte de Castilla, 12 noviembre 2018


Los defensores de la Naturaleza observan en estos momentos un panorama contradictorio. Por un lado, asisten con estupor al triunfo de dirigentes políticos que, bien por el gran poder que ostentan (Trump en Estados Unidos) o por la inmensidad del espacio bajo su responsabilidad (Bolsonaro en Brasil, Putin en Rusia, Duterte en Filipinas), se muestran claramente a favor de las intervenciones desencadenantes de efectos demoledores sobre el medio ambiente y los paisajes mientras desprecian o ignoran los factores que, científicamente fundamentados, revelan los riesgos ecológicos a los que se enfrenta la Tierra, el único planeta habitable y el único que podemos transmitir a quienes nos sucedan en la secuencia de la vida.

            Por otro lado, y frente a esta preocupante tendencia, son muchas las personas que a la par se sienten complacidas ante el reconocimiento otorgado a relevantes personalidades de la comunidad científica, empeñadas en demostrar, con resultados teóricos y empíricos contundentes, la necesidad de mantener posturas de alerta frente a los riesgos o las situaciones de catástrofe previsibles que pueden alterar el funcionamiento de los ecosistemas en ausencia de pautas de control o de no regulación. De ahí la pertinencia de llamar la atención, por el significado que poseen y por su venturosa coincidencia en el tiempo, acerca de los dos galardones que han dado a conocer la labor desarrollada por los científicos estadounidenses William Nordhaus y Sylvia Earle. La trascendencia de la obra de ambos merece ser destacada, tanto por lo que significan las aportaciones respectivas - y la pertinencia de su reconocimiento en una época especialmente crítica - como por el expresivo engarce que, a mi juicio, cabe establecer entre ellas.

             Los modelos desarrollados por Nordhaus, Premio Nobel de Economía 2018, que en esencia gravitan sobre la evaluación integrada plurifactorial del calentamiento global, hacen hincapié decisivo en la dimensión económica de las causas y los impactos asociados al cambio climático como problema incuestionable. Merced a ello, la perspectiva desde la que se analiza este factor, responsable de una alteración ambiental de gran magnitud y con implicaciones a escala planetaria, se enriquece al incorporar de manera rigurosa – mediante los “modelos de valoración integrados” -  los efectos que ocasiona desde el punto de vista económico al tiempo que amplía los horizontes y la utilidad de las medidas susceptibles de aplicación con fines correctores. Entre otros aspectos relevantes, el motivo que ha justificado la concesión del Nobel centra la atención en los trabajos realizados en torno a un aspecto esencial: la regulación de las emisiones de CO2, que son vertidas a la atmósfera sin que los agentes que las provocan abonen un precio por ello. Se plantea, por tanto, la necesidad de que estas externalidades negativas estén sujetas a fiscalización – los impuestos al carbono – recurriendo a un sistema impositivo de implantación global, basado en el principio ético y operativo de corresponsabilidad planetaria, de modo que todos los países quedasen implicados en la lucha contra el cambio climático. Los que, en cambio, no asumieran esta responsabilidad (free ryder) podrían ser penalizados a través de la aplicación de un arancel uniforme sobre las importaciones.  

            Por su parte,  la impresionante tarea llevada a cabo por Earle la sitúa en la posición más avanzada e innovadora de la investigación oceanográfica sobre la base de un dilatado trabajo experimental, plasmado en el estudio minucioso del espacio marino mundial en sus diferentes escenarios bioclimáticos. Los resultados obtenidos, que constituyen la razón de ser de la concesión del Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2018, son espectaculares a tenor de las datos ofrecidos sobre la gravedad de las agresiones sufridas por las masas oceánicas como consecuencia de la contaminación resultante de la ingente y acumulativa cantidad  de residuos tóxicos y no biodegradables que se vierten sin control sobre ellas, amén de las producidas por la sobrepesca y la a menudo errática densificación urbanística del litoral.

            Cuando uno valora la relevancia de las aportaciones efectuadas por uno y otra comprende hasta qué punto de la solidez del conocimiento científico – que muchos políticos y ciudadanos subestiman o desconocen– depende la calidad de las estrategias y la efectividad de los resultados pretendidos con ellas. Y en este caso aprecia también las positivas interacciones que se producen entre ambos campos de investigación, pues  queda en evidencia la importancia que los océanos tienen en el equilibrio climático terrestre, en la medida en que son capaces de absorber cantidades elevadas de dióxido de carbono y del calor acumulado. De ahí su vulnerabilidad ante el incremento de la concentración de gases de efecto invernadero, que precisamente tratan de gestionar económicamente las estimaciones del economista galardonado. Concluyamos, en suma, que los Premios concedidos a William Nordhaus y Sylvia Earle marcan un hito de obligada consideración en la defensa de la calidad ambiental de la Tierra, que es, por cierto, el único planeta oceánico que existe.

 

23 de septiembre de 2018

La Universidad en entredicho: riesgo y ejemplaridad




El Norte de Castilla, 24 septiembre 2018


Mantener el prestigio de una Institución requiere no solo una conciencia clara de lo que significa dentro del contexto en el que se integra sino también el convencimiento de que cualquier escándalo que la afecte  puede implicar un descrédito que, llegando a repercutir en  el conjunto del sistema, supone un lastre con impactos lesivos en el tiempo si no se adoptan las medidas que permitan neutralizarlo. Y es que, merced al nivel de sensibilidad existente en un entorno de información abierta e incesante como el actual, la sociedad no permanece indiferente cuando tiene lugar la vulneración de los  principios que aseguran la satisfacción de sus objetivos institucionales en coherencia con la labor desempeñada y con los recursos destinados al cumplimiento satisfactorio de dicha finalidad.

                Admitamos, como afirmaba Weber, que el riesgo de deterioro de la imagen y de la fortaleza comparativa es consustancial a todas las organizaciones. Es un peligro al que se hallan expuestas permanentemente. Por eso, cuando se parte de  la relevancia que el sector público desempeña en sus diferentes formas de manifestación, las deficiencias y situaciones de corrupción, cohecho o malversación observadas resultan particularmente lacerantes en la medida en que revelan conductas impropias, irresponsablemente ejercidas, que ponen al descubierto la falta de correspondencia entre los recursos asignados y la efectividad de los resultados conseguidos. Aunque el perjuicio que ello ocasiona reviste diferentes niveles de magnitud, es obvio que la resonancia de sus efectos varía en virtud del impacto provocado sobre el apoyo y la confianza socialmente merecidos, pues es obvio que no todas las Instituciones reciben de la sociedad el mismo nivel de valoración y reconocimiento.

                Tradicionalmente son destacables las altas cotas de respaldo y confianza que la sociedad española ha otorgado a las Universidades públicas y su profesorado en los rankings de ponderación efectuados por los órganos demoscópicos. Figurando en los primeros lugares de la serie estimativa, hay que subrayar  que han sido también las estructuras sujetas a niveles de evaluación  más sistemáticos, rigurosos, amén de transparentes,  de cuantos se han llevado a cabo en el conjunto institucional. Todo en ellas está sometido a valoraciones periódicas, afines a criterios e indicadores internacionalmente homologados y en permanente adaptación al desarrollo del conocimiento. Encuestas docentes, calidad y capacidad de transferencia de los proyectos de investigación, naturaleza, objetivos y rendimiento de las titulaciones, selección del profesorado, mecanismos de vigilancia y supervisión de las actividades asociadas a la obtención de Masters y Doctorados forman  una amplia  gama de instrumentos de garantía expresamente contemplados en la Ley, en los Reglamentos y en los Estatutos.

                Sin embargo, la experiencia acumulada lleva a la conclusión de que los resultados obtenidos son muy variables e incluso contradictorios. En muchos casos los mecanismos de control funcionan y en otros menos, cuando no son ostensiblemente  desdeñados.  El hecho de que en ocasiones sean inoperantes e incluso contravenidos no indica que, a priori,  su existencia ponga en tela de juicio la voluntad potencial que justifica la existencia  de la norma, concebida con el propósito explicito de evitar el fraude o el incumplimiento de los objetivos que son consustanciales a la Enseñanza y la Investigación Superiores. De ahí que, si las cautelas y las prevenciones están claras de antemano, no es posible hacer caso omiso, a la hora de verificar su cumplimiento,  del altísimo margen de responsabilidad que corresponde a la ética tanto individual como colectiva de cuantos organizan el  desarrollo de sus actividades, en la medida en que han de procurar, al amparo de su capacidad de iniciativa y sobre la base de una firme voluntad de autocrítica, el mejor uso posible de la autonomía  de la que constitucionalmente gozan las Universidades. Dicho de otro modo, resulta esencial  la toma en consideración de la honestidad profesional  aplicada a  la generación y transmisión del conocimiento, que en esencia  constituyen sus objetivos  básicos  y su misma razón de ser, como tantos profesionales se encargan de poner en evidencia cada día con tanta efectividad como discreción. 

                Los graves hechos ocurridos en una de las Universidades públicas de la Comunidad de Madrid, cuyo Rectorado radica en la ciudad de Móstoles, han lesionado  el prestigio y la credibilidad de las Universidades públicas españolas. Aunque sus efectos puedan ser demoledores a corto plazo, no es menos cierto que las señales de alarma puestas al descubierto son a la vez, y hacia el futuro,  advertencias contundentes que no deben caer en saco roto. A la vista de la resonancia alcanzada  sería sorprendente que no repercutieran en una movilización conjunta e inmediata  de la estructura universitaria para que ese tipo de situaciones quedase definitivamente erradicado. Lo que está en juego es mucho y muy importante. Pues, si en buena medida, las Universidades,  especialmente las de acreditada conciencia de servicio público, representan  uno de los pilares esenciales en los que se sustenta  el predicamento  de una sociedad,  difícilmente podrían ser fieles a la tarea y a la responsabilidad social que las compete si no asumieran el valor de la ejemplaridad como principio rector de su funcionamiento.  
                 

3 de junio de 2018

Aprender a mirar la ciudad





El Norte de Castilla, 3 de junio de 2018


Tomo este título de la idea lanzada por Miguel Ángel Fonseca en una conferencia impartida no hace mucho, junto a Luis Mingo, sobre la Plaza Mayor de Valladolid. De buenos arquitectos como éstos siempre se obtienen aprovechables lecciones y oportunas sugerencias. Entre otras, me ratifican en la que desde hace mucho tiempo practico habitualmente como una costumbre heredada de mi maestro y gracias a la cual he conseguido acumular tantas experiencias como sorpresas en numerosas ciudades. Consiste en hacerse con ellas mediante la andada vigilante para apropiarse intelectualmente de su imagen y de la variedad de los elementos que las componen; o, lo que es lo mismo, de adentrarse en los múltiples recovecos, detalles e insinuaciones callejeras que la ciudad ofrece a la mirada curiosa del observador. El ejercicio de esta tarea, que tiene a su favor el aprovechamiento de las posibilidades que brinda la libertad para orientarla en la dirección apetecida, precisa de un esfuerzo previo de aproximación a  lo que se va a ver, a fin de comprenderlo y asimilarlo adecuadamente. Es ncesario partir de una idea previa de lo que se quiere descubrir, pues todos los espacios presentan singularidades que solo la mirada directa y detallada puede comprender en toda su pluralidad de matices.

            Y es que acercarse al conocimiento de una ciudad precisa de algo más que el mero voluntarismo de lograrlo. El requisito, sin embargo, no es complicado. Basta simplemente con percibir de antemano sus rasgos esenciales, a saber, la localización, los fundamentos históricos que la identifican y su dimensión demográfica. Sobre la base de estos tres aspectos, la indagación voluntaria y discrecional permite encauzar la sensibilidad y hacer mucho más ilustrativa la experiencia hasta enraizarla en la memoria. Representa descubrir realidades nuevas, muchas veces ignoradas, y experimentar la grata sensación que tiene el escrutador cuando se halla ante lo que no espera, para integrarlo en la propia vivencia y, si llegase el caso, poderlo transmitir como desee. Son muchas las referencias y las señales que los itinerarios urbanos procuran, ya que en ellos, como señala Muñoz Molina, las preocupaciones y las obsesiones se disuelven en la observación incesante. De ahí que, cuando uno siente el deseo de asumir  la realidad que potencialmente se abre a la curiosidad de su mirada, dos son las principales sensaciones que experimenta.

            Por un lado, el recorrido trae consigo la ampliación de los “mapas mentales” que cada cual posee de antemano. El mapa mental está construido en este caso a partir de la idea que se tiene de la ciudad en función de los escenarios más acostumbrados en los que se desenvuelve la vida cotidiana. Por lo general, son espacios limitados y con frecuencia simplificados por la costumbre, pues en principio su configuración está delimitada por los hábitos de relación más rutinarios. De ahí que, cuando la vista se abre a otros escenarios, el observador se da cuenta de que existen marcos de convivencia que ha de enjuiciar como complementarios al suyo. Merced a ello la cartografía personal se embarnece y, lo que es más importante, incorpora elementos sin los cuales el propio campo de consideración vital del ciudadano no podría ser entendido. 

            Y, por otro, cuando el caminante deambula por la ciudad cobra conciencia de otro de los aspectos más estimulantes que nutren su percepción crítica del espacio: la apreciación del significado de los contrastes, la estimación de lo mucho que la diferencia significa en la estructura de los elementos – espaciales, económicos y sociales - que la integran. La idea de uniformidad carece de sentido cuando la mirada se detiene en sus recorridos para percatarse de hasta qué punto la variedad prevalece como rasgo dominante. Diferencias drásticas en la arquitectura, en el tratamiento y situación de los edificios de valor histórico, en la tipología de las calles, en la ordenación de las perspectivas, en la simbología de los reclamos publicitarios, en la densidad de los desplazamientos humanos que en ellas se producen, en la relevancia, calidad y uso de los espacios públicos, en los sonidos envolventes. En esta aproximación a la interpretación de la diversidad urbana reviste gran importancia también la tipología ofrecida por los establecimientos comerciales, habida cuenta de que el comercio constituye una de las principales señas de identidad de las ciudades. Detenerse en este aspecto permite valorar la envergadura de las transformaciones experimentadas y las causas que las provocan ya que se trata de la actividad que mayor metamorfosis experimenta en periodos de tiempo muy breves, en los que la sustitución morfológica y estética ha coincidido con la reconversión o el cierre de numerosos locales, que hoy acusan los efectos demoledores a los que se ha visto sometido el llamado comercio de proximidad.

            Y, del mismo modo, es evidente que las ciudades no pueden concebirse sin sus periferias, sin esos ámbitos en los que se plasma el crecimiento difuso, abierto a numerosas modalidades y estrategias de expansión. Francisco Candel escribió  en los años sesenta una obra que marcó una época y una forma de interpretar los márgenes urbanos. Habló de allí “donde la ciudad cambia su nombre”. Aunque las tendencias actuales ofrecen hoy matices respecto a aquella apreciación, no cabe duda de que captar lo que sucede en ese mundo que habitualmente no se ve, tan repleto de contradicciones y a veces de sobresaltos, supone una incitación a las averiguaciones patentes que no debiera eludirse si se pretende ser fiel al objetivo global perseguido.  

            Por todo ello, observar la ciudad es una lección de primer orden, que nadie debe subestimar. Una poderosa lección de ciudadanía activa. Ayuda a valorar fenómenos esenciales de nuestro tiempo y aporta visiones que reavivan permanentemente la curiosidad de quien se empeña en tenerlas. Las ciudades son libros abiertos, que hay que leer poco a poco, y que releer también, pues el paso del tiempo introduce correcciones y somete a revisión lo ya aprendido. Son laboratorios de experimentación de políticas públicas que someten a valoración la calidad de las decisiones de quienes las gobiernan al tiempo que enriquecen la visión comparativa de la realidad. De ahí su enorme valor formativo, cultural y político. En definitiva, aprender a mirar las ciudades nos hace ser conscientemente críticos del mundo y de la sociedad en los que nos ha tocado vivir.  
                      

15 de mayo de 2018

Mayo del 68: la toma de conciencia sobre un mundo que cambiaba






El Norte de Castilla, 15 mayo 2018



Lejos de diluir el significado de los recuerdos impactantes, el paso del tiempo permite valorarlos con mayor rigor y clarividencia. De hecho, su importancia en un momento determinado de la vida, y precisamente porque en cierta medida contribuyeron a modificarla, los convierte en vivencias inolvidables, de las que uno no acabará nunca de desprenderse. De ahí que, cuando se dispone de la suficiente perspectiva, superadas ya las parcialidades de juicio a que a menudo suelen conducir los momentos de tensión, la reflexión se serena y calibra mucho mejor la pluralidad de matices que la experiencia proporciona. Medio siglo ha transcurrido ya de todo aquello.

            Para muchas personas de mi generación, en una época en la que ya nos situábamos en la veintena de la edad y el entorno universitario brindaba la posibilidad de  apertura a nuevas sensibilidades, los sucesos ocurridos en París, y en otras ciudades francesas, durante los meses de Mayo y Junio de 1968, supusieron un momento clave del siglo XX, por lo que tenían de transformación social y de toma de conciencia de un fenómeno histórico excepcional. Quizá no lo fuera de forma inmediata, dadas las condiciones políticas en las que aún se encontraba España, pero sí lo fue a medio plazo, pues, aunque se asumía el retraso con que en nuestro país tenían lugar los acontecimientos de cambio que comenzaban a perturbar los pilares de la realidad europea, la mayoría era consciente de que tarde o temprano esos vientos iban a rebasar los baluartes que hasta entonces los habían dificultado hasta hacerlos desaparecer.

            En principio, no fue fácil, ni quizá posible ni deseado, sustraerse a los señuelos que fluían de allende los Pirineos. Más bien apetecía sentirlos próximos. El conocimiento preferente de la lengua francesa y una cierta admiración por las diversas manifestaciones de su riqueza cultural hicieron sin duda más permeables las imágenes que ninguna censura podía contener. La televisión, aún en blanco y negro, contribuyó a ello en gran medida. No importaban los mensajes críticos y catastrofistas con los que habitualmente se acompañaba en los medios españoles la presentación de los hechos ocurridos. Bastaba con apagar la voz  y centrar la mirada en la imagen trepidante. La verdad es que no siempre era posible descifrarlos correctamente desde la visión con que se había imbuido la educación recibida en las aulas de la época. Sin embargo, por inusuales y sorprendentes, fueron referencias visuales que llamaban mucho la atención, obligando, más que invitando, a su conocimiento e interpretación.

            En un ambiente de dictadura y manipulación informativa como el que entonces envolvía a la sociedad española aquellos acontecimientos hicieron mella en los ciudadanos de manera al principio más bien individualizada para ir cobrando fuerza en grupos reducidos en los que la comunicación y el ambiente  propiciaban el encuentro, hasta conseguir que los sucesos del Mayo francés tuvieran un efecto catalizador de las sensibilidades compartidas. Fue, a mi modo de ver, un proceso que fue creciendo a medida que los afanes particulares confluían en entornos favorables en los que encontraban acomodo y confiada desenvoltura. Al menos, esa fue la experiencia que yo tuve de acercamiento curioso a cuanto ocurría en las calles de París. Fue una vivencia personal que tal vez sirva para traer a colación algunos de los espacios interesantes que en ese momento afloraron en Valladolid, al socaire de aquellas circunstancias. Lozanos en la memoria sobreviven en mí los recuerdos acumulados del espacio surgido en el Colegio Mayor de Santa Cruz, donde confluyeron personas y situaciones que durante un tiempo hicieron posible satisfacer la curiosidad e interpretar, con mayor o menor acierto, lo que iba sucediendo. En ese recinto se dieron cita la inteligencia de José Ortega Valcárcel, la francofilia crítica de Ricardo Martín Valls, la lucidez de José Luis Barrigón, cuando aparecía por allí, y las reflexiones autorizadas y a mesa puesta de dos periodistas singulares, con gran conocimiento de lo que acontecía en Europa. Se trataba de José Antonio Novais, corresponsal de “Le Monde”, invitado a dar varias conferencias sobre el tema, y de Walter Haubrich, que desde 1968 ejerció como corresponsal en España del “Frankfurter Allgemeine Zeitung”, y que durante aquella primavera residió en el Santa Cruz. Fueron encuentros memorables, largas tertulias, comentarios sobre lo que la prensa decía, discusiones sin guión previo, siempre alentadas por las noticias que llegaban de Francia y que acabaron desplazando a las imágenes, porque, en esencia, de lo que se trataba era de valorar su significado y sus implicaciones en aquella etapa tan crucial de la Historia del mundo y, particularmente, de Europa.

            Y lo cierto es que las lecciones aprendidas no fueron baladíes. Muy pronto muchos españoles, aproximados al fenómeno francés cada cual a su modo, se percataron de que Mayo del 68, y más allá de sus contradicciones, abrió ventanas que hasta entonces habían estado cerradas o apenas entreabiertas. Descubrió nuevos horizontes, alentó los debates en los lugares más insospechados y puso al descubierto las carencias de que adolecíamos en España. Supuso, en fin, un cambio cualitativo en la percepción de la política y de la realidad social, así como en el reconocimiento del papel desempeñado por la libertad de pensamiento y de opción ideológica. Por eso, cuando al año siguiente, y ante la prohibición de celebrar en Valladolid un recital de Paco Ibáñez, un grupo de estudiantes nos desplazamos en autobuses a Palencia, donde el acto sí fue autorizado, para oír, musicalizados, los versos de Gabriel Celaya, de Blas de Otero o de Miguel Hernández, todos sentimos que desde ese Mayo emblemático ya nada sería igual que antes. Por cierto, la autorización del recital estaba condicionada a que fuese un acto académico, en el que había que impartir una conferencia. El geógrafo José Ortega Valcárcel fue el encargado de hablar sobre “los paisajes españoles” y de presentar a Paco Ibáñez. Con mayor o menor optimismo, éramos conscientes de que poco a poco también comenzaba la primavera en Valladolid.


 

22 de abril de 2018

Internet, lucha contra la despoblación y desarrollo territorial




El Norte de Castilla, 21 de abril de 2018


 
            Abordar el problema de la despoblación en las áreas rurales se ha convertido en un tema tan reiterado en la estimación de la importancia que tiene como impreciso cuando se trata de acometer medidas encaminadas a su resolución. Observo que, pese a la relevancia que se le otorga, no son aisladas las voces que admiten, con resignación o sin ella, que hay que asumirlo como uno de los efectos ineludibles del signo de los tiempos a favor de la concentración demográfica en áreas urbanas, por más que en una parte significativa de éstas sean también perceptibles los síntomas de la crisis poblacional en que se hallan sumidas las sociedades en Europa. Es probable que, ante este hecho, estemos asistiendo a una modificación de las reflexiones que han encauzado hasta ahora el sentido del debate, a medida que adquiere una dimensión global, asociada a los efectos provocados por la concatenación de los diversos factores a los que atribuir la crisis demográfica detectada en la segunda década del siglo XXI y particularmente a raíz de la crisis desencadenada en 2007. Basta leer el excelente análisis realizado por los geógrafos José María Delgado y Luis Carlos Martínez (Población, Demografía e Inmigración, Consejo Económico y Social de Castilla y León, 2017) para valorar en toda su dimensión, tanto cronológica como espacial, la magnitud del fenómeno a escala nacional y regional.

            Enfrentados a esta perspectiva, y reconociendo que se trata de uno de los más importantes desafíos que ponen a prueba el sentido de la eficacia y la equidad de las políticas públicas y de quienes las gestionan, la cuestión estriba fundamentalmente en valorar el alcance de los instrumentos concebidos para dar respuesta a la regresividad de la tendencia o, mejor aún, para neutralizarla. A la vista de los resultados obtenidos, las estrategias adoptadas en esta dirección han quedado muy lejos de las pretensiones previstas, cuando no se han visto clamorosamente frustradas. Nadie ha justificado hasta ahora el rotundo fracaso de la Ley de Desarrollo Rural Sostenible de 2007, al parecer definitivamente relegada al baúl de los recuerdos. Tampoco se sabe nada de las cincuenta medidas lanzadas a bombo y platillo para luchar contra la despoblación por la Comisión de Entidades Locales del Senado en 2016. Y, por lo que respecta a Castilla y León, ya me he hecho eco en numerosas ocasiones de la sensación de impotencia que provoca la congelación a que se encuentra sometida la aplicación de los métodos y el cumplimiento de los objetivos previstos en las normas relativas a la ordenación integral de su vasto y contrastado territorio. Da la impresión de que en el tratamiento del problema las líneas de actuación que se proclaman, a menudo tan enfáticamente, están caracterizadas por un proceso reiterado en función del cual a la propuesta de iniciativa sucede de inmediato la dilación o el abandono de su puesta en práctica. Dicho de otro modo, nunca ha existido la correspondencia lógica que debiera haber entre la orientación estratégica preconizada y la voluntad de implementarla.

            Es bien sabido que el debilitamiento demográfico de un territorio solo se afronta satisfactoriamente creando las condiciones que disuadan del abandono por parte de quienes residen en él. También la experiencia avala la necesidad de que estas condiciones se encuentren bien complementadas desde el punto de vista económico y social.  De su conjunción dependen las políticas de vitalización demográfica. Las económicas tienen que ver con la posibilidad de empleo y de crecimiento en un contexto de diversificación productiva y de respaldo a la capacidad de iniciativa individual y de grupo. Y las sociales con la existencia de un entorno de confianza, de realización personal y de relación satisfactoria. 

            Si hasta el momento las grandes actuaciones encaminadas a corregir la despoblación se han mostrado fallidas, postergadas o claramente insuficientes... ¿qué importancia cabría asignar a aquellas actuaciones susceptibles de favorecer el aprovechamiento de las posibilidades asociadas a la eliminación de los desequilibrios qué estructuralmente han impedido a amplias áreas del territorio estar debidamente integradas en la sociedad del conocimiento y la información, soportada y estructurada a través de Internet? Y es que, ante la constatación incuestionable de que la mejora de la conectividad virtual permite la difusión del crecimiento y la minoración de los costes tradicionalmente determinados por la distancia, no es difícil llegar a la conclusión de que esforzarse de manera prioritaria en la configuración equitativa y eficiente de esta dotación básica constituye un requisito primordial sobre el que proyectar cuantas medidas adicionales pudieran materializarse de acuerdo con las convincentes lecciones extraídas de la experiencia comparada en escenarios europeos afectados por la desvitalización demográfica o poblacional. 

            Conviene traer a colación este hecho tras la declaración efectuada por el presidente del Gobierno español el 20 de marzo de 2018, cuando afirmó en la ciudad de Teruel que la totalidad de los municipios españoles tendrá conexión de banda ancha antes de 2021 a una velocidad de 300 megas por segundo, con una cobertura que afectaría al 95 por 100 de la población. Se habló entonces de una inversión de 525 millones de euros. No es una iniciativa que deba sorprender, pues ya estaba contemplada como una de las directrices esenciales de la Estrategia Territorial Europea (1999) y la propia Agenda Digital Europea ha fijado el año 2020 como el horizonte temporal  para que todos los ciudadanos de la Unión, residan donde residan,  tengan acceso a conexiones de esta entidad. Su impacto espacial será relevante, ya que afectará a cuatro millones de hogares y a nueve millones de personas residentes en el mundo rural. Y, aunque, en virtud de la experiencia adquirida, el escepticismo parece de momento la actitud más aconsejable, observando además la poca atención que al tema se dedica en el  proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado 2018, habrá que estar atentos a la aplicación de esta importante iniciativa, a sabiendas de que quizá se trate de la (pen)última esperanza.