Lejos
de diluir el significado de los recuerdos impactantes, el paso del tiempo permite
valorarlos con mayor rigor y clarividencia. De hecho, su importancia en un
momento determinado de la vida, y precisamente porque en cierta medida
contribuyeron a modificarla, los convierte en vivencias inolvidables, de las
que uno no acabará nunca de desprenderse. De ahí que, cuando se dispone de la
suficiente perspectiva, superadas ya las parcialidades de juicio a que a menudo
suelen conducir los momentos de tensión, la reflexión se serena y calibra mucho
mejor la pluralidad de matices que la experiencia proporciona. Medio siglo ha
transcurrido ya de todo aquello.
Para muchas personas de mi
generación, en una época en la que ya nos situábamos en la veintena de la edad
y el entorno universitario brindaba la posibilidad de apertura a nuevas sensibilidades, los sucesos
ocurridos en París, y en otras ciudades francesas, durante los meses de Mayo y
Junio de 1968, supusieron un momento clave del siglo XX, por lo que tenían de
transformación social y de toma de conciencia de un fenómeno histórico
excepcional. Quizá no lo fuera de forma inmediata, dadas las condiciones
políticas en las que aún se encontraba España, pero sí lo fue a medio plazo,
pues, aunque se asumía el retraso con que en nuestro país tenían lugar los
acontecimientos de cambio que comenzaban a perturbar los pilares de la realidad
europea, la mayoría era consciente de que tarde o temprano esos vientos iban a
rebasar los baluartes que hasta entonces los habían dificultado hasta hacerlos
desaparecer.
En principio, no fue fácil, ni quizá
posible ni deseado, sustraerse a los señuelos que fluían de allende los
Pirineos. Más bien apetecía sentirlos próximos. El conocimiento preferente de
la lengua francesa y una cierta admiración por las diversas manifestaciones de
su riqueza cultural hicieron sin duda más permeables las imágenes que ninguna
censura podía contener. La televisión, aún en blanco y negro, contribuyó a ello
en gran medida. No importaban los mensajes críticos y catastrofistas con los
que habitualmente se acompañaba en los medios españoles la presentación de los
hechos ocurridos. Bastaba con apagar la voz y centrar la mirada en la imagen trepidante.
La verdad es que no siempre era posible descifrarlos correctamente desde la visión
con que se había imbuido la educación recibida en las aulas de la época. Sin
embargo, por inusuales y sorprendentes, fueron referencias visuales que
llamaban mucho la atención, obligando, más que invitando, a su conocimiento e
interpretación.
En un ambiente de dictadura y
manipulación informativa como el que entonces envolvía a la sociedad española
aquellos acontecimientos hicieron mella en los ciudadanos de manera al
principio más bien individualizada para ir cobrando fuerza en grupos reducidos en
los que la comunicación y el ambientepropiciaban
el encuentro, hasta conseguir que los sucesos del Mayo francés tuvieran un
efecto catalizador de las sensibilidades compartidas. Fue, a mi modo de ver, un
proceso que fue creciendo a medida que los afanes particulares confluían en
entornos favorables en los que encontraban acomodo y confiada desenvoltura. Al
menos, esa fue la experiencia que yo tuve de acercamiento curioso a cuanto
ocurría en las calles de París. Fue una vivencia personal que tal vez sirva
para traer a colación algunos de los espacios interesantes que en ese momento
afloraron en Valladolid, al socaire de aquellas circunstancias. Lozanos en la
memoria sobreviven en mí los recuerdos acumulados del espacio surgido en el
Colegio Mayor de Santa Cruz, donde confluyeron personas y situaciones que
durante un tiempo hicieron posible satisfacer la curiosidad e interpretar, con
mayor o menor acierto, lo que iba sucediendo. En ese recinto se dieron cita la
inteligencia de José Ortega Valcárcel, la francofilia crítica de Ricardo Martín
Valls, la lucidez de José Luis Barrigón, cuando aparecía por allí, y las
reflexiones autorizadas y a mesa puesta de dos periodistas singulares, con gran
conocimiento de lo que acontecía en Europa. Se trataba de José Antonio Novais,
corresponsal de “Le Monde”, invitado a dar varias conferencias sobre el tema, y
de Walter Haubrich, que desde 1968 ejerció como corresponsal en España del “Frankfurter
Allgemeine Zeitung”, y que durante aquella primavera residió en el Santa Cruz.
Fueron encuentros memorables, largas tertulias, comentarios sobre lo que la
prensa decía, discusiones sin guión previo, siempre alentadas por las noticias
que llegaban de Francia y que acabaron desplazando a las imágenes, porque, en
esencia, de lo que se trataba era de valorar su significado y sus implicaciones
en aquella etapa tan crucial de la Historia del mundo y, particularmente, de
Europa.
Y lo cierto es que las lecciones
aprendidas no fueron baladíes. Muy pronto muchos españoles, aproximados al
fenómeno francés cada cual a su modo, se percataron de que Mayo del 68, y más
allá de sus contradicciones, abrió ventanas que hasta entonces habían estado
cerradas o apenas entreabiertas. Descubrió nuevos horizontes, alentó los
debates en los lugares más insospechados y puso al descubierto las carencias de
que adolecíamos en España. Supuso, en fin, un cambio cualitativo en la
percepción de la política y de la realidad social, así como en el
reconocimiento del papel desempeñado por la libertad de pensamiento y de opción
ideológica. Por eso, cuando al año siguiente, y ante la prohibición de celebrar
en Valladolid un recital de Paco Ibáñez, un grupo de estudiantes nos
desplazamos en autobuses a Palencia, donde el acto sí fue autorizado, para oír,
musicalizados, los versos de Gabriel Celaya, de Blas de Otero o de Miguel
Hernández, todos sentimos que desde ese Mayo emblemático ya nada sería igual
que antes. Por cierto, la autorización del recital estaba condicionada a que
fuese un acto académico, en el que había que impartir una conferencia. El
geógrafo José Ortega Valcárcel fue el encargado de hablar sobre “los paisajes
españoles” y de presentar a Paco Ibáñez. Con mayor o menor optimismo, éramos
conscientes de que poco a poco también comenzaba la primavera en Valladolid.
Cuando un gran maestro desaparece, algo de nuestras vidas se va con él. En los últimos años hemos visto tristemente partir la nave sin retorno de nombres emblemáticos en la historia de la Universidad de Valladolid. Personas relevantes como Jesús García Fernández, mi maestro, Ángel Alberola, Juan José Barbolla, José Casanova, José Antonio Garrido, Fidel Mato, Carlos de Miguel, Olegario Ortiz, Ernesto Sánchez Villares, Ignacio Serrano o Miguel Martín- que, aunque terminó su vida activa en la Complutense, dejó en la de Valladolid una huella imborrable- marcaron una época y un modo de entender la Universidad que, más allá de las opiniones particulares que cada uno de ellos pudiera merecer, aportaron en sus diferentes especialidades, tanto para sus discípulos como para quienes aún nos dedicamos a ella, una deuda impagable. Es el mismo reconocimiento que ahora debemos otorgar a la figura de Pedro Gómez Bosque, que silenciosamente se ha ido cuando comienza el verano, dejando un vacío al que será difícil acostumbrarnos.
Hablar de Don Pedro no es tarea sencilla, pero sí muy gratificante. Como es obvio, no seré yo quien aluda a sus méritos y aportaciones a la ciencia médica, a la que dedicó su vida y sus ilusiones como Catedrático de Anatomía de la Universidad vallisoletana durante muchísimos años. Generaciones de alumnos habrán pasado por sus clases y dejarán testimonio de un legado que le trasciende en el tiempo para convertirse en un capital intelectual de enorme valor tanto para ellos como para la Medicina española. Los reconocimientos y galardones recibidos lo demuestran con creces. Tampoco entraré a considerar sus cualidades como persona con responsabilidad en las distintas tareas académicas que le concernieron en un panorama de precariedad de medios e incertidumbres de todo tipo. Digamos que en ambos casos quienes disponen de la experiencia cotidiana, directa, son los más idóneos para calibrar aspectos esenciales de la calidad humana del Dr. Gómez Bosque, a sabiendas de que estaría sobradamente a la altura de las circunstancias y que de ellas se beneficiaría el conjunto de la Universidad.
La relevancia profesional y humana de Don Pedro rebasó con creces el estricto ámbito universitario, y es en esa dimensión donde dispongo de elementos de juicio y experiencias que me permiten opinar de él con conocimiento de causa. Gómez Bosque fue ante todo y sobre todo un hombre comprometido, profundamente comprometido, con su época y con el entorno hacia el que proyectaba su fecunda actividad intelectual. Nada de lo que ocurrió en la España que luchaba por acceder a la democracia desde finales de los sesenta estuvo ajeno a sus preocupaciones y a sus iniciativas. Fue una suerte que todo el mundo le reconociera la autoridad que se necesita para en un momento determinado servir de aglutinante de personalidades heterogéneas, discrepantes en modos de entender la realidad y de tratar de mejorarla, y que sin duda hubieran derivado hacia la confrontación de no haber sido por la enorme paciencia y capacidad de diálogo desplegadas por Don Pedro. Y las utilizaba para hacer entender que la lucha por la libertad debía ir asociada no sólo a la firmeza de las convicciones democráticas sino a la credibilidad que aporta el trabajo serio y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace: “saber transmitir a los demás nuestras ideas con el poder de convicción que nos proporciona la firmeza y la seriedad con que lo decimos”, esa era una idea que aún conservo anotada en mis libretas de entonces. Conclusiones como éstas, que hoy pueden parecer baladíes, tuvieron, cuando se plantearon, un efecto muy positivo en la maduración de posturas y actitudes que de otra forma, sin la toma en consideración de estas ideas, hubieran abocado en el ridículo.
Primero como estudiante y después como colega me cupo siempre el honor de disfrutar de la amistad del profesor Gómez Bosque, que él siempre correspondió con la bondad, la comprensión y la sabiduría que le caracterizaban. En varias ocasiones tuve la oportunidad de comprobar de cerca su inalterable firmeza con la causa de la libertad en España y en la vida universitaria. Lo dejó bien patente a raíz del cierre a que fue sometida la Universidad de Valladolid en Febrero de 1975, momento en el que hizo valer su prestigio en las numerosas reuniones que se celebraron para mostrar el rechazo a tal arbitrariedad y dar salida a una situación aberrante. En una de ellas, celebrada en su casa de Sanz y Fores el jueves 6 de Marzo, y a la que asistimos Marino Barbero, Justino Duque, Miguel Martín, José Luis Barrigón y yo mismo, se acordó ponernos en contacto con las autoridades de la época – sindicatos verticales incluidos – con el fin de recabar el mayor apoyo posible a la exigencia de reapertura. La iniciativa no tuvo éxito pero contribuyó a fraguar una buena relación.
Durante la transición fueron también varias las ocasiones que tuve de apreciar su especial sensibilidad política. La plasmó en su compromiso con el Partido Socialista, en cuyas listas figuró como Senador en la etapa constituyente. Le vi en varios mítines y el recuerdo de aquello no se puede borrar: no eran peroratas al uso, sino verdaderas clases de educación cívica, en la que se mezclaban ideas referidas siempre a la defensa de los débiles y al efecto liberador de la cultura. Recuerdo especialmente un mitin en las Delicias contra la pena de muerte, previo al referéndum constitucional, que, de haberlo grabado, podría pasar a los anales de la historia de los derechos humanos.
Tras su etapa de senador, y de vuelta a las aulas, vivió momentos muy dolorosos en su vida personal. Poco a poco se fue quedando solo en su familia, circunstancia que particularmente sentí muchísimo cuando falleció su hija Maria Eugenia, a la que me unía una gran amistad y a la que dediqué una pequeña nota de recuerdo (EL NORTE DE CASTILLA de 12 de Octubre de 1990), que siempre me agradeció. Con la ayuda de sus amigos y el apoyo generoso de Teresa, supo afrontar el último tramo de su vida con el coraje y la lucidez de siempre. Conferenciante solicitado, su palabra era escuchada siempre con respeto y admiración. La última vez que hablé con él fue en la Librería Margen, en Marzo de este año, cuando fue invitado a hablar del efecto terapéutico de la música. Prácticamente ciego, sin poder andar, pero con la voz potente de siempre, explicó con detalle la estructura del cerebro y del sistema nervioso, concluyendo la charla con el sonido ambiente de la Sinfonía Pastoral de Beethoven. A la salida, le dije: "Pedro, cada día eres más maestro". "¿Y qué es para ti ser maestro?", me preguntó. "Lo que siempre has sido tú", le contesté, "alguien que enseña lo mejor sin que se note".
“Podrán destruir todas las flores, pero nunca detendrán la primavera” (Pablo Neruda, 1973)
Sucedió en Valladolid hace ya tres décadas, y, a pesar del tiempo transcurrido, permanece todavía lúcida en la memoria de quienes la compartimos la experiencia vivida cuando José Ramón Recalde pronunció una conferencia sobre “ Derechos Humanos y Sociedad Democrática” en la Facultad de Derecho. No hace mucho tuve ocasión de comprobarlo cuando, a comienzos de este año, salió a relucir la evocación y el significado de aquel acto en una agradable conversación mantenida con uno de sus hijos, con motivo de su presencia en nuestra Universidad como profesor invitado en uno de los Cursos del Centro Buendía. Según me dijo, habían sido muchos los testimonios recibidos sobre el alcance que las palabras pronunciadas por su padre habían tenido en el recinto vallisoletano a finales de los sesenta, cuando la intervención del entonces joven jurista constituyó un soplo de libertad y una prueba de rigor intelectual de los que tan necesitado se encontraba el mediocre ambiente universitario de la época.
No fue, en principio, un acto sencillo ni cómodo para sus organizadores. La tozuda resistencia del rector de entonces, un tal Suárez Fernández, habituado a reprobar con su conocida petulancia cualquier atisbo de crítica a la dictadura declinante, supuso un obstáculo que dilató en varias semanas la celebración de la iniciativa, finalmente posible merced a la firme actitud del Decano de Derecho, profesor José Antonio Rubio Sacristán, que una vez más hizo gala de su honestidad intelectual y de su inequívoca libertad de pensamiento. En realidad, se limitó, lo que no era poco en aquella situación, a autorizar la iniciativa propuesta por un activo grupo de alumnos universitarios del que, entre otros y como preludio de los prestigiosos profesionales que habrían de ser al cabo de los años, formaban parte destacada Gaudencio Esteban, Juan José Solozábal, Jorge Letamendía, Luis Arroyo y, cómo no, el inolvidable José Luis Barrigón.
Habituado a tomar notas de cuanto considero merece la pena, aún conservo fidedigno el testimonio de algunas de las opiniones y de los argumentos expresados por Recalde aquella tarde a lo largo de una intervención que se prolongó durante cerca de dos horas y media. Que yo recuerde era la primera vez que en la Universidad de Valladolid se aludía a ese tipo de cuestiones. Particularmente me viene a la memoria el impacto que, en un aula a rebosar, tuvieron sobre el auditorio dos reflexiones que, por infrecuentes en los foros académicos convencionales, resultaban tan novedosas como incitadoras del debate que comenzaba tímidamente a insinuarse en la vida política española. Tras hacer alusión a lo que podría suponer en España la necesidad de garantizar con ciertas posibilidades de éxito el tránsito a la democracia, más allá de las confrontaciones sociales, sobre los fundamentos de una Constitución apoyada en el consenso y en la reconciliación, insistió con fuerza en la convicción de que el afianzamiento de un régimen de libertades era inseparable de una solución decidida del problema vasco, consciente de que, de no ser así, el proceso desembocaría en una situación de inestabilidad y de riesgo para la supervivencia de un sistema democrático fuertemente condicionado en sus orígenes por la dilatada duración del régimen franquista. Evocadas ahora, ambas aparecen como ideas premonitorias de una realidad que, en líneas generales, ha ido evolucionando por los derroteros presagiados por Recalde, lo que no era si no la demostración de una gran perspicacia política y de una profunda sensibilidad por cuanto afectaba a la compleja realidad del País Vasco, que por entonces emergía como un problema del que muy pocos como él eran tan conscientes ni se mostraban tan alertados de sus implicaciones futuras.
Traigo a colación estos recuerdos y vivencias, conmocionado por el intento de asesinato de José Ramón Recalde y movido también por el deseo de situar aquel lejano acontecimiento ocurrido en Valladolid en la doble perspectiva que me lleva a valorarlo ahora no sólo como un homenaje a un demócrata ejemplar, sino como la expresión de la vertiente simbólica que encierra su figura en el panorama de extorsión y barbarie que está quebrantando el funcionamiento de la sociedad vasca y perturbando sin cesar la vida política española. Quien conozca lo que significa el matrimonio Recalde-Castells en Euskadi, y sobre todo en San Sebastián, podrá entender bien la idea que deseo subrayar. Si la trayectoria de José Ramón ejemplifica sin paliativos el sentido de la coherencia marcada siempre por una voluntad de lucha insobornable a favor de la libertad y de la tolerancia, en las mismas premisas se desenvuelven los esfuerzos llevados a cabo por María Teresa como artífice de un proyecto cultural progresista (la librería “Lagun”, situada en la donostiarra Plaza de la Constitución), frente al que se han cebado, con la maldad propia de los miserables, quienes, desde la ultraderecha ayer o desde el nacionalismo fascista en nuestros días, consideran a la libre expresión de las ideas como la diana hacia la que proyectar su fanatismo y brutalidad. Por eso, atentar contra lo que esta pareja significa supone el más alto grado de perversidad hacia el que podía orientarse el terrorismo, precisamente porque en el centro de sus acciones de muerte ha situado a los símbolos más representativos de la democracia y de la libertad, imponiendo así una escala de terror que desborda con creces los atroces perfiles de la agresión individualizada.
La intención de asesinar a Recalde se inscribe, efectivamente, en esa estrategia que desde el vil asesinato de Gregorio Ordóñez no ha tenido otro objetivo que la aniquilación de figuras altamente representativas de la democracia municipal, de la intelectualidad progresista y del empresariado: en suma, de lo mejor y más creativo de la sociedad vasca, de lo que en mayor medida la prestigia y avala en España y el mundo, nombres emblemáticos cuya relación se suma a la de cuantos, con idénticas cualidades y connotaciones, han sido víctimas de la violencia mortífera en innumerables puntos del país. Cuando se observa tamaña vesania, y su persistente reiteración, no es fácil resistirse a la sensación de abatimiento, miedo e incertidumbre, por más que a veces quede contrarrestada por las manifestaciones de repulsa y condena promovidas por la ciudadanía con la intermitencia que ocasionan los atentados.
Es el reflejo de un sentir popular que progresiva e irreversiblemente ha ido ganando fuerza en la calle para mostrar que, con el solo poder de la palabra o con la fuerza elocuente del silencio, somos siempre muchos más. No es fácil hacer previsiones ni anticipar el rumbo de los acontecimientos, pero de lo que tampoco cabe duda es de que, cuando son tantos los pilares amenazados del edificio social, político y económico vasco, cuando un sector del nacionalismo democrático se rebela contra la destrucción implacable de sus elementos más valiosos y considera como suyos a todos los perseguidos por la vileza terrorista, y cuando incluso, de seguir así, el Partido Nacionalista Vasco corre el riesgo de romperse de nuevo,algo, más pronto que tarde, tendrá que moverse en la dirección adecuada. Y lo hará necesariamente de la mano de todas las opciones democráticas responsables (incluido un PNV renovado), de la inquebrantable movilización ciudadana y de cuantos, como Recalde, sigan enarbolando la bandera de la paz, de la tolerancia, de la libertad y del desarrollo frente a la desolación, la muerte, la tribu y la ruina.
Este texto fue redactado a sugerencia de mi buen amigo Manuel Conde del Río, con la intención de que formase parte de una obra en la que se recogiesen testimonios de las personas que habían tenido relación con José Luis. No llegó a publicarse como tal, sino a través de una edición limitada, destinada a los amigos y fundamentalmente a Julia Rodriguez de Diego, su esposa, archivera de Simancas, con la que compartió su vida, y a sus hijos.
Por más que lo he intentado, no consigo precisar el momento ni el lugar en los que tuve la fortuna de conocer a José Luis Barrigón. Y no es que la memoria me traicione, pues suelo recordar con bastante exactitud, así en el tiempo como en el espacio, los sucesos más entrañables de la etapa de mi vida, por lo que, aunque no consiga precisar el detalle, sí estoy seguro del momento y de las circunstancias en que él se cruzó en mi camino. La verdad es que tampoco me importa mucho presumir ahora de capacidad memorística, ya que la figura y la imagen de José Luis han estado siempre para mí presentes al margen de un acontecimiento o de una situación determinados. No ha sido, desde luego, una amistad fugaz ni nuestras conversaciones, con independencia del tal vez excesivo tiempo transcurrido entre una y otra en los últimos años, dejaban de estar sólidamente cimentadas en entrañables vivencias episódicas o en puntos de afinidad trenzados con el recuerdo compartido, que siempre permanecía incólume. Eran, para ser exacto, el resultado de una relación con mucha carga histórica detrás, que se mantenía firme pese a los riesgos que ha implicado llegar a la madurez en una época tan propensa al olvido, al individualismo exacerbado o a la fugacidad de los sentimientos solidarios.. Ninguna de esas tres facetas me permiten asociar en el recuerdo ni en la vivencia lo que para mí ha llegado a representar la sintonía personal de tantos años con José Luis.
Aunque de distinto origen - el vallisoletano, yo de Burgos - ambos fuimos madurando bajo los cielos de una ciudad que, si en los primeros años tuvo para mí algo de inhóspito y mucho de inexpresivo, con el tiempo se convertiría en el ámbito donde me siento más a gusto y con el que mejor hoy me identifico. Pero no tuvieron fácil acomodo los afanes de libertad en el Valladolid de finales de los sesenta, cuando el reducido número de estudiantes que nos interesábamos por la Filosofía y por la creatividad cultural en todas sus manifestaciones estábamos obligados a aprovechar encuentros efímeros y ocasionales, en los que en vano vencíamos el frío a base de discusiones acaloradas, que casi siempre terminaban en algunas de las tascas, sórdidas y entrañables, que salpicaban los aledaños de la Plaza de la Universidad. Seguramente en una de esas reuniones, casi siempre celebradas a media tarde del sábado, coincidí con José Luis, del que me había hablado de manera elogiosa un compañero de “comunes”, quien más tarde marcharía a estudiar a Oviedo y del que sólo recuerdo sus ademanes tan rotundos como poco convincentes.
Los que vivimos esa época sabemos lo mucho que representaba la posibilidad de asistir a foros de ese tipo, que, interminables y agotadores, considerábamos un bálsamo enriquecedor o un auténtico oasis en medio de la mediocridad que nos rodeaba en las clases y contra la que en balde pugnábamos cuantos estábamos enamorados de la Filosofía, opción que encaminó mis pasos hacia la Facultad de Letras, alentado por el desafío que en el verano del 64 me había llevado sin éxito a intentar el estudio de esta especialidad en la Universidad de Valencia. Con estos antecedentes, y movido por el afán de aprender “filosofía”, no podía desperdiciar la oportunidad de conversar con quien, un año mayor que yo, era considerado un verdadero maestro, que sabía transmitir al tiempo serenidad y coherencia, sólo explicables sobre la base de un impresionante caudal de conocimientos que sinceramente me causaban tanta admiración como “envidia”. Considero a José Luis uno de mis guías en el dificil pero apasionante arte del pensar, y lo tengo entronizado como una de las personas de las que más he aprendido en una fase crítica de mi vida, pues no tardaría en surgir en mí una sensación de fracaso por el camino universitario emprendido, en el que la enseñanza de la Filosofía suscitaba cualquier cosa menos apasionamiento e interés.
El gusto común por la ciencia del pensamiento pronto se convirtió en el asidero de una relación cordial que se mantendría perenne y sin fisuras, pese a que me viera obligado a modificar enseguida mi rumbo formativo hacia la Geografía, incapaz de seguir asimilando tanta estulticia en los campos del saber que originariamente habían presidido mis horizontes universitarios. Este viraje no supuso frustración alguna, pues en cierto modo el desencanto sufrido fue compensado con creces por mi relación con un verdadero pensador, quien de vez en cuando me comentaba aspectos muy interesantes relacionados con la preparación de su Tesis Doctoral, que seguí con tanta atención que durante algún tiempo mi Biblioteca personal se vería enriquecida con algunas de las obras que él mismo me aconsejaba para ampliar mis conocimientos sobre el pensamiento marxista de la época. Aprendí mucho sin duda, y, por tanto, no me sorprendió nada el éxito cosechado por José Luis el día de la lectura de su Tesis.
Lo recuerdo perfectamente. Era una mañana primaveral y el acto se celebraba en el salón de grados de la Facultad de Derecho, a rebosar. El Doctorado, severo como solía, pero con esa risa campechana que le afloraba al menor comentario, estaba situado a la derecha del estrado, el Tribunal enfrente. Fue una delicia, pues más que una crítica académica y convencional, el momento fue aprovechado para dar rienda suelta a la reflexión y al debate, en el que algunos de los presentes eran verdaderos maestros. No sé si fue en esa ocasión cuando conocí a Gregorio Peces-Barba, pero, desde luego, lo que sí es cierto es que me lo presentó por esas fechas, pues uno de los motivos de la conversación estuvo centrado en torno a la Tesis, que, a juicio de quien fue el artífice y durante mucho tiempo Rector de la Universidad Carlos III, podía ser considerado como “un monumento a la calidad intelectual”.
Pero no fue éste el único encuentro feliz que me procuró la complicidad con el amigo. También me vienen a la memoria algunas experiencias comunes que no desearía pasar por alto. La primera se relaciona con dos o tres conversaciones que ambos mantuvimos con D. José Antonio Rubio Sacristán, prócer vallisoletano donde los haya, empresario de los de antes, de una cultura impresionante y a la sazón creo que Decano de la Facultad de Derecho. Estudiando Letras, yo sentía a veces la curiosidad de conocer otros Centros, otras asignaturas, otras formas de entender la docencia . En el primer curso de la carrera, y aprovechado paréntesis en el horario, asistí a clases de Anatomía, en las que conocí a Pedro Gómez Bosque, de Psicología (ay, el inefable Alfonso Candau), de Matemáticas (acogedor José Martínez Salas) y hasta de Magisterio. Pero, como Derecho me quedaba más cerca, la frecuencia a las aulas de la Facultad vecina se haría más asidua. En una de éstas, y a sugerencia de José Luis, me colé en el recinto donde se impartía una lección de Historia del Derecho.
La decepción fue absoluta, pero el estilo me pareció distinto a la espesura que yo veía en algunos de mis docentes de la planta superior. A la salida, me lo presentó. Lejos de incomodarse por mi intrusismo, Rubio se sintió halagado e incluso bromeó con la posibilidad de que, habiéndome convencido, su fortuito magisterio podría obligarme a reorientar mis pasos hacia la ciencia jurídica. A veces he pensado en cómo habría sido mi vida de atender tal sugerencia, pero los tiempos eran diferentes y no era fácil convencer en mi casa de cualquier veleidad en este sentido. No lo hice y, a la vista de las cosas, tampoco me arrepiento de ello, aunque el Derecho me guste y, a decir verdad, los vínculos actuales con bastantes de sus cultivadores en Valladolid son más estrechos que los que mantengo con mis colegas humanistas.
En aquella ocasión, el conocimiento de Rubio hubiera sido irrelevante, si no es porque, acompañado de Barrigón, nos ofreció la posibilidad de conocer la biblioteca personal que embarnecía su domicilio en la calle de Santiago. Aceptamos, y lo vivido entonces fue una de las experiencias más impactantes de mi hasta ese momento breve estancia en la ciudad del Pisuerga. Fue la primera vivienda particular que yo visité en Valladolid y, desde luego, me impresionó no por este hecho circunstancial sino porque de repente me encontré ante alguien y ante algo que, si en aquel entonces no percibí, más tardía me daría cuenta de su carácter insólito y excepcional. No he vuelto a ver una Biblioteca personal parecida ni una casa decorada de esta manera. Impresionante, magnífica la primera, la segunda era el símbolo paradigmático de un estilo de vida que pálidamente quedaba reflejado en las novelas sobre la gran burguesía europea. Pero lo más curioso es que, en ese marco deslumbrante de dinero y de confort, el anfitrión, quien, por cierto, se limitó a enseñarnos sus estanterías repletas de libros sin brindar refrigerio alguno, nos hizo el sorprendente comentario de que aquellos momentos sus afanes como lector estaban centrados, no en algún tratado jurídico o en selectas obras de ficción coherentes con su clase, sino en el ¡Anti Dhuring de F. Engels!, lo que nos provocó una sorpresa mayúscula que, una vez asimilada, no haría, al menos en mi caso, sino enriquecer al personaje y robustecer sus perfiles como hombre tolerante y de gran amplitud cultural de miras.
Mas, aparte de las relaciones en torno a la Filosofía y al mundo académico, nuestra amistad se fue fraguando también al compás de las tensiones políticas de la época. Las vivencias conjuntas en este sentido no fueron muchas, pero sí llenas de contenido. A menudo coincidí con él en acontecimientos que tuvieron bastante resonancia en la historia de la transición democrática en Valladolid. Los conservo bastante frescos en mi cabeza, y sólo con tiempo podría describirlos con la atención que en su momento merecieron y con el valor de nostalgia que me provocan. Pendiente de ello cuando pueda, me limitaré tan sólo a subrayar ahora la importancia que tuvieron para mí algunos encuentros claves, en los que ambos participamos en compañía de otros amigos, cuya relación sería prolija y tal vez arriesgado comentar.
Destacaré los realizados con José Ramón Recalde, infatigable luchador vasco, más tarde consejero socialista en el Gobierno autónomo y esposo de la propietaria de la Libreria Lagun de San Sebastián, objetivo reiterado del fascismo etarra; con Carlos París, en la trastiende de la hoy casi olvidada Librería Villalar, de la que yo era consejero; con Luis Carandell, a quien invitamos a cenar en el Restaurante Rojo, situado en la Plaza de España, y donde descubrimos la vacuidad y pedantería del personaje; con Pilar Brabo, dirigente estudiantil ya fallecida, con la que compartimos varios cafés y algunas confidencias en las mesas de Granja Terra; con Roberto Fernández de la Reguera, para tratar de imprimir, sin éxito, un nuevo rumbo, más vivo y progresista, a la Librería Villalar; con Pedro Gómez Bosque y Miguel Martín, en los primeros albores de la Junta Democrática, siempre recelosos de las intenciones y artimañas de García Trevijano etc. etc.
Y, por supuesto, cómo olvidar las reuniones organizadas por el Instituto Regional Castellano-Leonés, al que tanta vida dió y tanto tiempo dedicó Manolo Conde, artífice de una de las experiencias más interesantes de la epoca y que debiera ser restacada del olvido. José Luis fue en este sentido firme y decidido. Consciente de que la iniciativa del Instituto Regional era la que mejor se identificaba con los intereses de la región y podía abrir un futuro de esperanza, en el que eran impensables, por ausentes o desconocidos, muchos de los que después se han apropiado de la mortecina entidad regionalista, mi amigo Barrigón supo desde el momento dejar claro su distanciamiento frente a los propósitos de un tal Gonzalo Martínez, fanático debelador de democrátas y enemigo furibundo de la inteligencia, de embarcar en su proyecto de Partido regionalista, o algo así, a alguien tan distanciado de él como pueda estarlo España de Nueva Zelanda.
Es probable que, si dispusiera de más tiempo, la lista de sucesos o anécdotas vividas con José Luis daría para mucho más. Pues, aparte de cuanto me relacionó con él en los tiempos remotísimos ya del fin de franquismo y los inicios de la transición a la democracia, los vínculos se han enriquecido al compartirlos con Maria Antonia, tras unirme a ella en 1975, acompañado en el acontecimiento también por José Luis, quien, tal vez esto no lo sepa nadie, compró la cuna de madera pintada de azul en la que Ana y Fernando durmieron en sus primeros años. Son recuerdos de amigos, de amistad en la inquietud por los problemas vividos en la juventud y de amistad apoyada en la satisfacción pura y simple de la compañía.
Por eso, los nos sumamos a su felicidad cuando se casó, sabedores de la calidad de Julia y de lo bien que le iban a ir con ella las cosas; sentimos que dejara la Universidad, aunque no nos sorprendió en aquel ambiente de miseria y mediocridad en el que se le obligaba a trabajar; conocimos del feliz nacimiento de sus hijos; admiramos su esfuerzo para acceder al cuerpo de Registradores de la Propiedad; seguimos de cerca su periplo de idas y venidas, de destinos y proyectos. Nunca nos serían indiferentes ni su persona ni su familia, por más que las relaciones se distanciaran y los encuentros, cuando se realizaban de tarde en tarde, estuvieran sumidos en la fugacidad. Pero el afecto, a pesar de todo, no sufrió mella alguna. Por eso, cuando supimos de su enfermedad, el impacto fue tan brutal que quisimos rebelarnos contra el destino y el infortunio a que a veces están expuestos los seres a los que queremos. ¿Qué hacer en estas circunstancias?. Permanecer alerta, mostrar solidaridades y desear lo mejor.
Nos vimos por última vez un día de abril del año 1997. En el Café España, de la plaza de Fuente Dorada, a las 12 del mediodía. Cuando María Antonia y yo llegamos no nos sorprendió que estuviera hablando con alguien. Lo hacía apoyado en la barra y gesticulando con la sonrisa y la amabilidad de siempre. No recuerdo a quién nos presentó, pero lo que sí tenemos impresa en la memoria es una conversación increíble e inolvidable. Nada de enfermedad, nada de médicos, nada de tratamiento, nada de dolor, nada de tristeza. Sólo literatura, amor por la vida, recuerdos de los hijos, evocación de los amigos, placer por la conversación, anécdotas del trabajo. No había cambiado un ápice y hasta tal punto nos impresionó su coraje y su distanciamiento de los problemas que le aquejaban que llegamos a pensar que se había afortunadamente recuperado. Por eso, aunque no superaremos nunca su desaparición, tampoco se extinguirán jamás en nuestra memoria su cálido sentido del humor, la persuasión de su palabra y la ternura de su sonrisa.