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19 de noviembre de 2015

Geografía y experiencia viajera: la mirada atenta y la percepción de los espacios contrastados



Reproduzco aquí la introducción del libro en el que he tratado de relatar las experiencias vividas durante los viajes que, con fines docentes y científicos, he realizado a los países del Cono Sur americano durante varios años. Con ello simplemente persigo dar a conocer el amplio abanico de posibilidades a que se abre la realización de los viajes, como fuente inagotable de enseñanzas, vivencias y situaciones de la más variada índole. 

“En la edad de ordenar por vez primera las emociones bellas, me sobrecogió el paisaje”. Manuel Azaña: El jardín de los frailes, Madrid, Alianza Editorial, 1981

 

“Quien observa termina por ver”

Glenn Murcutt, arquitecto australiano, 2011

 

“Todo lugar es el lugar donde no está otro lugar”, Tony Judt, El refugio de la memoria, Madrid, Taurus Pensamiento, 2011

 

“A la tumba solo nos llevamos los viajes”, palabras dichas al escritor Jorge Carrión por un camionero en un vuelo Ciudad de Guatemala-San Francisco, 2013

 

 

Evocar las experiencias viajeras significa con frecuencia vivirlas de nuevo, sobre todo si se procura mantenerlas en el recuerdo antes de que el tiempo acabe por desleírlas o empobrecerlas. La realización de un viaje entraña temporalmente un cambio de vida, la apertura expectante a otras sensaciones, el descubrimiento de costumbres, escenarios y  hechos insólitos, a veces desconcertantes, que solo quien lo lleva a cabo, y lo acepta asumiendo sus posibilidades, misterios y desafíos, puede comprender en toda su plenitud, en su compleja y plural riqueza de matices. No me refiero obviamente a los viajes forzados, a los que se hacen en contra de la voluntad, por imperativo no deseado o a disgusto. Cuando eso sucede, y ha sucedido siempre y en exceso, la movilidad equivale a traslado obligado por las circunstancias, es decir, por las múltiples causas que llevan a las personas al exilio, al destierro, al  desarraigo o a la búsqueda necesaria, mediante la emigración, de horizontes alternativos.


No es esa, empero, la sensación que procuran los viajes organizados de forma voluntaria, de esos que, como escribió Cees Nooteboom  “salen  de la curiosidad de ver cómo viven los otros”, del deseo de apreciar el valor de la alteridad y de los contrastes entre lo cercano y lo distante, entre lo propio y lo ajeno, de la inquietud que suscita el desafío ante la novedad de lo desconocido. Son viajes justificados en función de los diferentes factores que los motivan y efectuados con el convencimiento previo de que, pese a las vicisitudes, los esfuerzos, los riesgos o las incomodidades que pudieran acaecer o acarrear, el resultado final puede resultar satisfactorio, muy formativo y, a la postre, una gratificante y perenne recompensa vital. Y lo son aún más cuando lo que se decide conocer acusa rasgos diferenciales respecto a lo que es habitual, frecuentado y consabido. Se trata, en suma, del viaje concebido como práctica del espacio, la actividad inherente a los geógrafos; es decir, esa imbricación entre Geografía y aventura que tan bien describe e interpreta Eduardo Martínez de Pisón en sus memorables obras de viaje y de la que con singular acuidad supo dar cuenta  Jesús García Fernández, al comentar sus trabajos de campo, que finalmente recopiló en el libro – Por ambas Castillas. Memorias de un geógrafo -  a cuya publicación en Ámbito Ediciones contribuí en  2005,  como respuesta al deseo del ilustre geógrafo, que además fue mi maestro, de “catar y recatar” lo que a su mirada y a su cuaderno se ofrecía.  

Si, en principio, viajar por Europa no constituye para el europeo una vivencia que sorprenda más allá de las particularidades propias de un territorio en el que abundan las referencias – históricas y geográficas - asumidas o entendibles de antemano, visitar y recorrer el mundo latinoamericano aparece como una opción viajera henchida de retos, incógnitas y alicientes de toda índole.


Confieso que desde la infancia me sentí fascinado por lo que pudiera ocurrir al otro lado del Atlántico, cuya magnitud contemplaba a menudo en los mapas con indisimulada curiosidad. Mi padre, que nunca salió de España, me la transmitió a través de las narraciones de los viajes de Colón, de las descripciones y los comentarios sobre la construcción del Canal de Panamá o los misterios insondables de la Amazonia, de la experiencia vivida en Cuba como monja de una hermana de mi madre, de las peripecias de un viejo amigo de la familia emigrante a  México o de las que él mismo se inventaba, recreándolas con una admirable imaginación, sobre lo que ocurría en aquellas tierras remotas, tan ligadas a nuestra historia y tan próximas, por tanto, a las percepciones que nos hacían sentirlas como algo de lo que culturalmente no podíamos, ni queríamos, desprendernos. Así se fraguaron poco a poco esos lugares embebidos en  la memoria que, buceando en ella,  la propia fantasía se encargaba de mitificar, hasta el punto de convertirlos en un destino viajero, casi como un compromiso,  pendiente de satisfacer en un futuro indeterminado.

Afortunadamente la vida profesional me ha permitido aproximarme, ya como adulto, a su conocimiento y, aunque es bien cierto que la magnitud de ese espacio, su variedad intrínseca en todos los sentidos o el sinfín de referencias que acumula impiden abarcarlo siquiera sea de manera aproximada, no cabe duda que la expresividad de sus manifestaciones, el interés que suscitan, las reflexiones que provocan y los debates alentados crean favorables condiciones para tener la impresión de que se trata de un espacio que, inasible al principio de tomar contacto con él, merece ser descubierto, y además con el convencimiento de que nunca se acabará de conocer por completo ni en toda su riqueza de matices.


En mi caso me apoyo en la frecuencia de las visitas, y de los valiosos horizontes de relación que me han facilitado, para mostrar la visión que de todas ellas he obtenido a través de la aproximación a  la realidad y, lo que es más importante, de la relación con las personas que en ella viven, trabajan y se desenvuelven. Es entonces cuando uno siente la necesidad de no desperdiciar lo mucho que el viaje puede ofrecer, consciente de que solo en la búsqueda deliberada de lo desconocido, y precisamente por el estímulo que crea a favor de su descubrimiento,  es posible encontrar la explicación objetiva a muchos de los interrogantes que  plantea la realidad que se pretende conocer y desentrañar. Como una puerta abierta a posibilidades insospechadas, contemplando los paisajes con “ojos nuevos”,  coherente con la conocida reflexión de Marcel Proust a propósito de lo que significa el “verdadero viaje de descubrimiento”.


No en vano el viaje representa la forma  más evolucionada que el ser humano tiene de conocer el mundo que le ha tocado vivir, habida cuenta además que la historia de la cultura viajera demuestra que no se viaja sin esfuerzo, sin sacrificio, sin ilusión, sin cobrar conciencia previa de que lo que se va a ver siempre revela matices susceptibles de ser conocidos, discutidos y  reinterpretados.  Posibilidad que, por otro lado, está alentada cuando la visión se combina certeramente con la palabra, cuando lo que se ve abre paso, merced al efecto estimulante y creativo de la curiosidad y de la conversación, a comentarios y explicaciones no circunscritos a la mera coincidencia sino amparados en la complementariedad de perspectivas que el propio flujo y contraste de puntos de vista favorece. En ello estriba en buena medida el que la huella dejada por el viaje, el hecho de reparar en detalles que otros no perciben,  sea eficaz y, lo que no es menos importante, satisfactoriamente duradera e intelectualmente fecunda. Y lo afirmo con el convencimiento de que es probable que en todo proyecto viajero yazga siempre la sensación de que lo que se ha de descubrir pueda superar con creces la más motivadora de las intuiciones previas a su realización.


Cuando desgrano y a la vez encadeno en la memoria - evitando que se muestre quebradiza -  las diferentes situaciones y experiencias vividas, hasta descender incluso a esos pequeños detalles que tanto valor tienen y que tan a menudo pasan desatendidos, observo entre ellas un hilo conductor que las aporta el engarce necesario para darlas a conocer de manera coherente y estructurada, contemplada con los ojos del geógrafo y convencido de que, como señala Martínez Ahrens, “Latinoamérica es una incógnita que sólo se explica por la Geografía”. De hecho, y más allá de su diversidad, responden a la misma motivación que justifica la ilusión puesta en no cerrarse a posibilidad alguna en la ejecución del viaje o ante lo que pudiera suceder. Y para ello nada mejor que aceptar de entrada, y a sabiendas de que las que sorpresas pueden aparecer en cualquier momento, los dos requisitos que se precisan cuando el viajero decide emprender el camino a través de las rutas y railes que surcan el inmenso espacio sudamericano.


Se necesita a la par paciencia y mirada perspicaz. Paciencia para aceptar  que las distancias son largas y el tiempo exigido para recorrerlas resulta casi siempre imprevisible, pues no se mide tanto en kilómetros como en horas consumidas. Y, en cuanto a la forma de percibirlo, ¿cómo no extremar la agudeza de la mirada y la finura del oído a fin de evitar incurrir en la monotonía, cuando la realidad está henchida de matices,  de singularidades, de aspectos curiosos e imprevisibles y de personas capaces de descubrirlos y dispuestas para ello? Además, cuando se mira, hay que  evitar  siempre esa propensión a prejuzgar que el escritor viajero argentino Mempo Giardinelli atribuye a los europeos cuando se acercan al mundo que les es ajeno;  por eso, siguiendo sus indicaciones, estoy de acuerdo con él de que se trata ante todo de comprender, sin duda la postura más correcta y respetuosa que quepa adoptar. De nada sirven las posturas preconcebidas si no se parte del principio de que han de estar sometidas a la revisión y al tamiz que la experiencia directa y el sentido del viaje proporcionan.


Con esta actitud ante la dimensión, la imprevisibilidad y la complejidad del espacio que nos ocupa, se impone igualmente la toma en consideración  de los principios que han de inspirar la realización de un viaje hacia lo que está por descubrir, esto es, la ausencia de prejuicios, el rechazo a las obsesiones comparativas, el conocimiento - siquiera sea aproximado - de los factores geográficos, históricos y culturales que lo construyen…amén del espíritu crítico y el reconocimiento de lo que la diferenciación espacial representa. Y, por supuesto, con  la libreta de anotaciones y la cámara fotográfica como compañías inseparables. Dicho en otras palabras, se trata de incorporar el territorio al universo, siempre abierto y expectante, de las sensibilidades personales con la intención de transmitirlas y compartirlas con los demás.


Entre los meses de octubre de 1994 y 2013 he efectuado treinta y dos viajes a la América Central y del Sur. A lo largo de ese período casi todos los años – y siempre en las estaciones equinocciales - he cruzado el océano Atlántico, y hasta varias veces en uno solo. Conozco bien varios de sus aeropuertos, las carreteras, las estaciones de autobús y de tren, las vías fluviales, las ciudades, las áreas rurales, algunos de sus paisajes más singulares y poco conocidos, sus gentes y sus costumbres, sus formas de hablar, de opinar, de discutir, de cantar, de sentir y, en suma, de vivir. Todos estos movimientos han tenido relación con diferentes aspectos de mi actividad profesional, vinculada a mis responsabilidades como docente e investigador en la Universidad de Valladolid, a la que he tratado de representar siempre con dignidad. Ninguno de los viajes a los que me refiero en esta obra ha sido efectuado con fines estrictamente turísticos. Los doy a conocer y describo como parte sustantiva de mi actividad profesional, pues no podría entenderlos sin tener en cuenta lo mucho que han contribuido a desarrollarla cualitativamente, pues no cabe duda que el desplazamiento físico nutre y enriquece el propio trayecto interior. De uno u otro modo han influido de manera decisiva en mi percepción de la realidad espacial, que, desde luego, sería muy distinta de no haber tenido la oportunidad, aprovechándola a conciencia, en grata compañía y bien asesorado, de visitar lugares y paisajes inolvidables, muchas veces alejados de las rutas turísticas convencionales y multitudinarias, observar iniciativas interesantes y curiosas, compartir experiencias y, lo que es más importante y atrayente, descubrir personas, opiniones y estilos de vida que han contribuido a embarnecer sobremanera la propia representación que del mundo he acabado elaborando, desde la atención y el respeto debidos, con el transcurso de los años.


Las causas que han motivado estos viajes y las actividades asociadas a ellos han respondido, como he señalado, a cuestiones de trabajo. En unos casos, la mayoría, he dado cumplimiento a compromisos docentes, en respuesta a amables invitaciones que comúnmente he atendido, y no tanto porque me permitían aplicar mis conocimientos en otros ámbitos sino porque, como los resultados así lo avalan, yo mismo me veía beneficiado por los encuentros con colegas y alumnos formados en diferentes escenarios, con procedencias, hábitos, costumbres y actitudes que ampliaban la perspectiva de la docencia a la que estaba acostumbrado. A decir verdad,  introducían formas novedosas de presentación de las cuestiones objeto de estudio y hacían posible el desarrollo de debates cuyos derroteros y resultados eran con frecuencia imprevisibles, aunque cabía presumir que podrían ser enriquecedores.
 

Pero no siempre la impartición de clases ha sido el objetivo a cumplir. La participación en Congresos y Seminarios, en reuniones relacionadas con proyectos científicos de dimensión internacional, en tribunales de Tesis Doctorales o de Maestría, o simplemente la presencia en reuniones a veces improvisadas aunque justificables en el ambiente de relación propiciado por el encuentro han abierto interesantes posibilidades de conexión con los demás que en la medida de lo posible he intentado no desaprovechar. Y, por supuesto, no he perdido la oportunidad, cuando se presentaba factible e interesante, de comunicarme con las personas que deliberada o casualmente se han cruzado en mi camino. Ocasiones las ha habido con frecuencia  y en las circunstancias más dispares. Basta simplemente con buscarlas, procurando que no se escapen. Y no solo en los ambientes ya citados, sino también en situaciones donde la disponibilidad de tiempo permitía crear un cierto clima de confianza, impulsor de la conversación que emana de la curiosidad por averiguar aspectos que el interlocutor podría poner al descubierto.


La verdad es que esta forma de coadunar vínculos temporales y afectivos ligados a la comunicación a través de la palabra y del escrito ha deparado sorpresas muy gratas en los viajes, especialmente en los autobuses y en sus estaciones, esos lugares proclives a la aparición de relaciones insospechadas que las largas horas ocupadas en el viaje se encargan de alumbrar. La vida está trenzada de experiencias múltiples, que crean una urdimbre de conexiones al cabo del tiempo hasta dejar un poso firme en la memoria, en la actitud ante lo que nos rodea y en la afectividad. Muchas de ellas son fortuitas, producto del azar, quizá irrepetibles, a menudo fugaces e incluso pudiera parecer que hasta inverosímiles. Mas cuando resultan enriquecedoras, y lo son las más de las veces, su recuerdo no se extingue pues permanece fresco y vigente, convencido de que cuanta más memoria más vida.


Y no sólo por lo que pudieran tener de originalidad, sino porque revelan las formidables oportunidades que emanan de las relaciones humanas cuando se abren al descubrimiento de otras personas antes desconocidas, y que de repente, sin preverlo, la casualidad pone en el camino, lamentando no haberlas conocido antes. Y la verdad es que se aprende mucho, pues viajar no sólo amplía horizontes; también aporta madurez, relativiza las opiniones valorativas sobre los hechos y las sociedades y somete a revisión y al necesario tamiz crítico las ideas preconcebidas hasta modificarlas en función del conocimiento obtenido.


No se trata, con todo,  de un texto pensado como una mera descripción de viajes, por más que la iniciativa viajera – esa “metáfora de la vida humana”, en expresión de Francisco Ayala - constituya la evidencia empírica tanto de lo aquí reflejado como de los pormenores y de las explicaciones que lo acompañan. Se trata, eludiendo el harto frecuente solipsismo académico, de aportar ideas y reflexiones susceptibles de facilitar una interpretación de las realidades espaciales cuando fueron visitadas y no a través de la erudición sino de las consideraciones obtenidas in situ, en cuyo conocimiento se entremezclan los hechos con las tendencias propias del contexto específico en el que tuvieron lugar. Son circunstancias heterogéneas e incluso contradictorias, que han ido mucho más allá del conocimiento convencional, pues en el inventario registrado coexisten las situaciones más confortables – discursos oficiales, lugares de la ostentación, rehabilitaciones espectaculares del patrimonio histórico, espacios naturales de gran belleza y espectacularidad, entornos placenteros, en cualquier caso -  con los hechos reveladores de las situaciones críticas – pobreza, desastres naturales, conflictos, desigualdad lacerante, deterioro ambiental, marginalidad – en las que aparece sumido el mundo sudamericano.


Y lo he hecho además persuadido de que la experiencia personal está indefectiblemente unida a la sucesión de los paisajes que se descubre, conoce y valora a lo largo del tiempo. Paisajes urbanos y rurales, paisajes de montaña y de llanura, paisajes intensamente transformados, cuando no agredidos,  por la acción humana o aún preservados de ella. Paisajes contrastados, en fin, que, como el legado patrimonial que representan,  traban el conocimiento del espacio y construyen esa cultura del territorio que cada cual posee y transmite con las herramientas a su alcance; herramientas que perfecciona con el tiempo a medida que las edifica y readapta en función de la utilidad que proporcionan hasta asimilarlas como un ingrediente fundamental de la experiencia viajera,  la que le lleva a descender a detalles que, en ausencia de ellas, pudieran pasar desapercibidos o ignorados. Así contempla el geógrafo viajero cuanto le rodea y así analiza e interpreta lo que ve quien conscientemente no quiere dejar nada a la indiferencia o al desdén, ya que nada, de antemano, es desdeñable, entendido en su momento histórico y en su contexto espacial. En cierto sentido, se trata de aproximarse con la mirada atenta a lo que la realidad  ofrece, más o menos acorde con la intención que, por ejemplo, Vanessa Winship imprime a sus fotografías, entendidas como un viaje al entendimiento de lo previamente desconocido.

 

 No es posible entender un espacio al margen de la época en que es conocido e interpretado ni, menos aún, de la  opinión de quienes viven, se organizan y se esfuerzan en él; de ahí la utilidad del relato personal, el valor de lo que se expone desde la vivencia directa, no mediatizada por el tópico consabido ni la intermediación interesada ni sesgada. Se trata, dicho de otro modo, de captar el significado que las experiencias acumuladas, y debidamente estructuradas, aportan al conocimiento de Latinoamérica, de sus cualidades naturales y procesos históricos, de los problemas que la aquejan, de sus contradicciones y dificultades, y de las transformaciones producidas en una época especialmente crucial de su historia. “No puede haber presente vivo con pasado muerto”, subraya con acierto Carlos Fuentes.  Muchas y complejas son, en efecto, las tendencias que definen su trayectoria histórica al tiempo que introducen factores de tensión y conflicto perceptibles en su evolución política, social, económica y territorial. Son aspectos que justifican sobradamente la atención merecida desde todas estas perspectivas ya que la región que nos ocupa posee esa condición de “edificio de un extraordinario atractivo” que, como señala Tony Judt, se requiere “para que un refugio de la memoria funcione como un almacén de recuerdos infinitamente reorganizados y reagrupados”.


Durante las dos décadas transcurridas en el período abarcado por estos viajes varios acontecimientos de singular importancia han contribuido a modelar el espacio con incidencias muy sensibles en la organización política interna de los Estados,  tras superar trágicas experiencias dictatoriales, en la recomposición de sus estructuras administrativas y de gestión, en su personalidad cultural, en su proyección internacional, en las directrices de crecimiento, en la utilización de sus recursos naturales y en la evolución de las sociedades, marcadas por el agravamiento de la desigualdad, por la pretensión de los esfuerzos encaminados a su mitigación y por las reclamaciones de las comunidades originarias allí donde su número y su fuerza se mantienen. En cualquier caso, la realidad ha acusado durante todo este tiempo los efectos asociados al proceso de globalización, con todas las repercusiones que el fenómeno ha traído consigo.


He querido recopilar todas estas vivencias ante el riesgo de que pudieran ser relegadas al olvido o lamentable e irreversiblemente desleídas en su riqueza de detalles.  “La escritura y la memoria van de la mano”, señala con acierto Enrique Lynch, precisamente porque ambas se exigen cuando se trata de plasmar en el papel los recuerdos que el paso del tiempo difumina sin remedio, y al tiempo convencido, de acuerdo con Miguel Torga, que “no hay espejo más transparente que una página escrita” y de que, como señala Andrés Neuman en su Cómo viajar sin ver,  la “escritura es un método de captura”.  Sabedor del riesgo y estimulado por el efecto que me produjo mi primer viaje a la América del Sur a mediados de los años noventa, punto de partida de una serie continuada durante dos décadas, he efectuado detalladas anotaciones de los hechos a medida que se iban produciendo, sin tener nunca la pretensión de que pudieran cristalizar en un libro de viajes, al menos coherente con los criterios que lo distinguen y que tan acertadamente ha analizado María Rubio en sus reflexiones sobre “los límites de los libros de viajes”. 


Lugares, fechas, acontecimientos, frases, anécdotas, mensajes expresados en la calle - les murs ont la parole, se escribía en el Paris turbulento de finales de los años sesenta - han formado y forman un elenco de constataciones memorables que facilitan la preservación material  de lo vivido y el deseo de transmitirlo en la medida en que rebasan lo estrictamente personal hasta adquirir una dimensión merecedora de proyección colectiva, contemplada en el contexto del  ámbito profesional en el que me desenvuelvo. No han sido extensas pero sí numerosas y, como es lógico, seleccionadas en función del interés que garantizase su vigencia y su expresividad no erosionadas con el paso de los años. Todas ellas aparecen datadas en su fecha precisa y relacionadas con las personas de cuya presencia y observaciones se nutren. Los nombres son reales, lo que convierte a las personas aludidas en testigos fiables y fidedignos de los hechos, así como los lugares en los que se desarrollan los diferentes sucesos mencionados, convencido de la necesidad de dejar constancia de hasta qué punto los resultados de un viaje dependen de la aceptación ofrecida por aquellos a los que se visita o conoce.


He intentado también, cuando se recurre a ello, reflejar con la mayor exactitud posible las frases alusivas a lo que se comenta, del mismo modo que trato también de ser fiel a las circunstancias que lo rodearon y que, por tanto, permiten entenderlo mejor,  pues de otra forma serían inexplicables. Puedo decir, en suma, que lo que presento es una especie de crónica organizada en torno a hechos ocurridos y que aparecen planteados en función de un criterio de coherencia espacial apoyado a su vez en la correspondiente secuencia cronológica. Digamos, recordando a Mario Benedetti, que también en este caso “el juego de las geografías se transforma en curiosa indagación”. Y es que nada de lo que sucede en el territorio, concepto determinante en la formación y transformación de los paisajes, en su dimensión natural y cultural, es indiferente a las apetencias intelectuales del geógrafo cuando decide acometer un viaje, máxime si se tiene en cuenta que el viaje constituye un componente básico de su actividad profesional. Difícilmente es posible entender su labor al margen de las peripecias viajeras que alimentan y embarnecen su experiencia vital.


Salvo a Nicaragua, Perú y Venezuela he viajado a todos los países del ámbito latinoamericano, incluidos los caribeños de habla española. Obviamente, conozco unos más que otros, pero he de decir que, sin perder de vista las particularidades que respectivamente los distinguen, creo haber conseguido captar el significado de los aspectos que justifican su consideración espacialmente integrada en función de los factores – históricos, naturales, socio-económicos, políticos, culturales – determinantes de su personalidad en el mundo tanto a través del tiempo como en nuestros días. Si el enfoque geográfico prevalece como principio rector a la hora de interpretar el alcance de las experiencias obtenidas en los viajes, mi intención en este caso se centra en aquéllas que nos acercan a  la naturaleza, a los paisajes, a las gentes y a las complejidades económico-espaciales del Cono Sur.


Argentina, Uruguay y Chile aparecen, pues, en esta ocasión como los ámbitos a los que se hace referencia expresa. En ellos destacan personajes, lugares, rasgos patrimoniales y tendencias representativos de algunas de las más importantes transformaciones ocurridas en el mundo contemporáneo, del mismo modo que esclarecen el significado de procesos políticos y culturales de reconocida trascendencia en el comportamiento de las respectivas sociedades hasta configurar un reclamo que el viajero interesado por cuanto sucede en su época no debe pasar por alto. Las lecciones recibidas no vienen predeterminadas, por más que el conocimiento que las lecturas previas facilitan permita percibir someramente de antemano lo que esas realidades encierran. Es una base pertinente en la que apoyar lo que verdaderamente importa, es decir, la indagación directa, la comprobación in situ de los hechos, el descubrimiento, a través de la conversaciones, de lo que, no estando escrito, resulta esencial para comprender e interpretar lo que se ve. 


¿Cómo definir una idea, un concepto, que permita dar sentido, entidad  y coherencia a lo que aportan globalmente como espacios visitados? De muchas maneras podrían ser  simbolizados a la hora de encabezar un título como noción aglutinante y catalizadora de las ideas expuestas, aunque no he de recurrir a complicadas elucubraciones para encontrar la expresión que facilite este engarce. Me basta con traer a colación el comentario que en Catriel – anunciada, a modo de reclamo, como “la puerta norte de la Patagonia”, en el límite septentrional de la provincia argentina de Río Negro -  y durante la parada del autobús que a finales de septiembre de 2005 me llevaba a Neuquén procedente de Mendoza, me hizo el hombre joven que atendía a la clientela, formada por trabajadores de las minas y de los pozos petrolíferos cercanos, en un atestado y bullanguero bar de carretera, en el que no me sentí, sin embargo, desconectado.


  A mi pregunta curiosa sobre la enorme fuerza del viento que había percibido a lo largo del trayecto en aquel turbulento mes de septiembre de 2005 me respondió al proviso: “eso es normal; acá el viento nunca para”. Dadas las connotaciones que posee ese fenómeno meteorológico, la invocación que de él hacen autores como Eduardo Galeano o Erico Verissimo en algunas de sus obras más emblemáticas (Los caminos del viento y la trilogía El tiempo y el viento, respectivamente), o el tremendo significado que le da Juan Rulfo en su poema - “… desde que el mundo es mundo / hemos echado a andar con el ombligo pegado al espinazo / y agarrándonos del viento con las uñas…” - ¿cabe acaso otra explicación mejor para dar razón de ser y motivación intelectual a lo que estas páginas pretenden? 


Desde luego, no hubiera sido posible escribirlas sin la ayuda y las ideas de las numerosas personas con las que, por los más variados motivos y en situaciones igualmente dispares, me  he encontrado aquí y allá y  a las que he tenido la fortuna de conocer para compartir el tiempo, los espacios y muchas de las palabras e ideas que en estas páginas se describen. Huelga citarlas de antemano, pues sus nombres aparecen señalados en  el momento y en el lugar que las corresponde. Con  todas ellas he contraído, más allá de la amistad y de la confianza que la brega compartida ha permitido urdir, una deuda de impagable gratitud. Como también quiero dejar constancia de la que me une a mis compañeros del Departamento de Geografía de la Universidad de Valladolid,  a varios  de los cuales he hecho partícipes de los sucesos que aquí se narran, y en particular a los que integran el Grupo de Investigación Reconocido (GIR) CITERIOR (Ciudad y Territorio), del que formo parte, y que amablemente me han brindado la ayuda del GIR para la cofinanciación de esta obra. Todas las fotografías que la ilustran han sido realizadas por quien esto escribe, salvo las tres cuya procedencia se menciona. E igualmente, dejo constancia de mi agradecimiento a la deferencia mostrada como prologuista de esta obra por parte de Gustavo Martín Garzo. Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos galardones, y escritor de gran relevancia en el panorama literario español, es también una excelente persona y un buen amigo al que admiro y con el que desde hace muchos años comparto inquietudes y sensibilidades.  

5 de mayo de 2014

Unas Jornadas a favor de la Solidaridad

 

El Grupo de Investigación CITERIOR (Ciudad y Territorio) ha organizado durante los días 28 y 29 de abril unas Jornadas de Geografía Humana dedicadas en esta ocasión al tema “Marginalidad Social y Espacio Urbano”.  Ha sido la primera vez en que se ha abordado una cuestión de esta naturaleza en la Universidad de Valladolid, motivada por el propósito de profundizar en el conocimiento del problema  y en los métodos aplicados al estudio de una realidad difícil de analizar, pero necesitada de un esclarecimiento científico que haga posible la valoración de su magnitud y el alcance de las medidas orientadas a la corrección de las graves implicaciones sociales, económicas y territoriales que presenta. 



Organizadas por Fernando Manero, Catedrático del Área de Geografía Humana, e Igor Robaina, de la Universidade Federal de Rio de Janeiro (Brasil) y Becario Erasmus Mundus Nobel, en ellas se han planteado y debatido aspectos de gran trascendencia relacionados con la dimensión de los derechos humanos en la ciudad, la labor asistencial llevada a cabo por el Ayuntamiento de Valladolid, el significado de los procesos de exclusión y vulnerabilidad social en Castilla y León, las situaciones de marginalidad y nueva pobreza en los espacios urbanos, la realidad de las personas sin hogar en Rio de Janeiro, la percepción de las Homeless Cities en Rio de Janeiro y Hamburgo, y el impacto espacial de las desigualdades (vecinos sin barrio, personas sin hogar) en la ciudad de Sevilla.  

La Universidad, el Ayuntamiento, las Organizaciones solidarias (Cáritas, European Anti Poverty) han sumado esfuerzos para aproximarse a una realidad que existe, que tenemos delante, que nos afecta de lleno, aunque creamos invisible o irrelevante. La Geografía ha actuado como gozne de ese caudal de ideas que confluyen y se entreveran, a través del debate y de la reflexión comprometida, para avanzar en el conocimiento y demostrar, con la rotundidad que aporta la información y su tratamiento socio-territorializado, que nos encontramos ante un desafío ineludible que a todos concierne: a los responsables públicos, a los científicos, a los ciudadanos. Avanzar en las técnicas de análisis y profundizar en la valoración de la experiencia comparada se convierte en una necesidad, que cobra entidad a medida que se valora en su dimensión objetiva y se proyecta como un aspecto esencial de las medidas abocadas a la defensa de la solidaridad y a la lucha contra la desigualdad, la pobreza y la exclusión. "De una ciudad que segrega a una ciudad que integra": esa es una de las principales conclusiones a las que se ha llegado y cuyo solo enunciado constituye, de cara a la toma de decisiones. 

No en vano, entendemos que la Geografía será comprendida y valorada mientras sea capaz de mostrar sensibilidad, atención y compromiso con los problemas de nuestro tiempo, cuando ante situaciones críticas alce la voz para advertir que existen, para analizar los factores que las provocan y para aportar soluciones que hagan posible mitigar su gravedad o superarlas con las garantías necesarias. El espacio es una realidad compleja, en permanente transformación y sujeta a impactos que tienden a provocar tensión e inestabilidad. Del grado de inteligencia con el que la Geografía sea capaz de abordar esta tendencia y de saberla acreditar al tiempo ante la sociedad va a depender el nivel de reconocimiento y credibilidad que sin duda posee. 

Y es que, como señalé en la presentación de las Jornadas, vivimos en una época en la que quizá se está acentuando con perfiles dramáticos y preocupantes la crisis que ha afectado al conjunto de  las Ciencias Sociales desde la última década del siglo XX.  La globalización ha supuesto un cambio de enfoque en el análisis y la interpretación de los fenómenos  Se ha hablado del fin de la Historia, del fin de los territorios, de la necesidad de asumir un modelo de gestión d elos recursos, de organización del trabajo y de utilización del espacio sujeto a reglas que inexorablemente preconizan la eficiencia a costa de la equidad, la explotación intensa frente a la preservación, la rentabilidad a corto plazo frente a la perspectiva de futuro, la aceptación resignada frente a la actitud de denuncia. Los discursos orientados en esta dirección han sido abrumadores hasta el punto de que han eclipsado o difuminado los enfoques alternativos o pretendidamente alternativos.  Prevalece, en cambio, una tendencia a la banalización del pensamiento, sumido en esa especie de actitud evasiva y descriptiva que emana de la aceptación acrítica de los hechos más problemáticos o se decanta hacia la indiferencia, pensado que quizá lo que no se ve no existe o carece de relevancia. Pero tampoco hay que minimizar el peso de las aportaciones que autorizadamente han dado buena cuenta de los efectos provocados por la crisis. Particular atención ha merecido el análisis de los factores generadores de desigualdades y sus manifestaciones. El año pasado adquirió gran resonancia la obra de Joseph Stiglitz – El precio de la desigualdad – y recientemente los medios de comunicación se han hecho eco del rigor utilizado por Thomas Pikketty con su excelente obra El capital en el siglo XXI, que ha suscitado un gran  debate a ambos lados del Atlántico. En ambos casos las investigaciones en la desigualdad en la distribución de la renta y de la riqueza.

Sin embargo, es evidente que la desigualdad y todas las manifestaciones asociadas a ella, como son la pobreza, la miseria, la marginalidad, la exclusión, son fenómenos espaciales que conciernen de lleno al campo de reflexión y de preocupación intelectual de los geógrafos. No son temas antitéticos con los que ocupan nuestra atención cuando estudiamos las dinámicas territoriales, los procesos innovadores o la configuración de los paisajes. Integrar la variedad de perspectivas temáticas que confluyen en la Geografía como ciencia del conocimiento e interpretación del territorio no sólo se justifica por la interdependencia que se producen en el comportamiento de la realidad espacial sino que al tiempo constituye una necesidad en la medida en que la sociedad así lo exige y plantea. El compromiso social es inherente al quehacer del geógrafo si éste desea estar a la altura del momento histórico que le ha tocado vivir. Desde esta perspectiva conceptos como el de justicia espacial, equidad, solidaridad, cooperación, participación cobran fuerza también como desafíos metodológicos, a sabiendas de que las herramientas técnicas – cuantitativas y cualitativas – que manejan los geógrafos le permiten abordar la dimensión aplicada de estos conceptos y categorías con la solvencia necesaria. 

La Geografía será comprendida y valorada mientras sea capaz de mostrar sensibilidad, atención y compromiso con los problemas de nuestro tiempo, cuando ante situaciones críticas alce la voz para advertir que existen, para analizar los factores que las provocan y para aportar soluciones que hagan posible mitigar su gravedad o superarlas con las garantías necesarias. El espacio es una realidad compleja, en permanente transformación y sujeta a impactos que tienden a provocar tensión e inestabilidad. Del grado de inteligencia con el que la Geografía sea capaz de abordar esta tendencia y de saberla acreditar al tiempo ante la sociedad va a depender su propia supervivencia. Más aún el prestigio social de la geografía en muchos países tal vez sería otro si los geógrafos de mayor resonancia, o sea, los que controlan y tienen influencia sobre sus colegas y discípulos y en las altas esferas políticas, hubieran optado por el fomento de una ciencia progresista, comprometida con los más necesitados de la sociedad y desveladora de los procesos, generalmente ocultos,  que transforman el espacio y se interrelacionan y evolucionan en él.

27 de mayo de 2010

Argentina en su bicentenario: controversias y unanimidades

El Norte de Castilla, 27 de mayo de 2010

La República Argentina conmemora su bicentenario en un ambiente que resulta sorprendente. Como era previsible, las librerías rebosan de publicaciones que recuerdan los acontecimientos del 25 de mayo de 1810. Coexisten en las estanterías el oportunismo con el rigor, la superficialidad con la aparición de aportaciones novedosas; es decir, un caudal ingente de obras que tratan de desentrañar los entresijos de la historia de un país, que, como dijo Tomás Eloy Martínez, encuentra precisamente en esa faceta del saber una herramienta necesaria para liberarse de sus propias obsesiones.

Da la impresión de que cuando se cumplen los dos siglos de existencia la sociedad argentina se siente necesitada de aprovechar la oportunidad que le brinda la efeméride para hacer balance de lo sucedido y tratar de explicar por qué y cómo se ha llegado a una situación crítica, con cuyos perfiles lacerantes casi todos están de acuerdo. Las preguntas afloran por doquier: ¿cuándo comenzó a perder Argentina su peso en el mundo?, ¿cuáles fueron los motivos de su declive, que pocos pudieron prever en los años del primer centenario de la independencia?, ¿seremos los argentinos – se preguntaba recientemente un conocido columnista en el diario Clarín – capaces de tener alguna vez un proyecto cohesionado de país?, sin olvidar aquella reflexión descarnada que en cierta ocasión me hizo un viejo colega de Mar del Plata... “¿por qué y cómo nos hemos latinoamericanizado? “

Sin embargo, cuando se formulan estas preguntas las respuestas difieren sensiblemente. Los puntos de vista discrepan a la hora de asignar responsabilidades a uno u otro momento de la historia argentina. Son tan numerosos los episodios de crisis y perturbación vividos a lo largo de estos dos siglos que las opiniones interpretativas se abren a un panorama de causas, efectos y responsabilidades que satisfacen todas las perspectivas ideológicas, acomodadas a los intereses y autojustificaciones de cada cual. Disparidad que no impide una actitud generalizada de desazón, que tiende a identificarse con la sensación de fracaso histórico indisolublemente asociado al descrédito de la política y de quienes la protagonizan.

De todos modos, el debate principal ha dejado de plantearse hace tiempo en función de una búsqueda remota en el pasado de los motivos explicativos de la opinión pesimista que hoy prevalece en amplios sectores la sociedad argentina para centrar fundamentalmente la atención en circunstancias históricas más cercanas. Circunstancias en cuyo rescate no es irrelevante la postura manifestada por un núcleo muy activo de la intelectualidad, que encuentra en la tragedia vivida por el país en los años setenta y en la evolución política posterior, ya con la democracia recobrada, los fundamentos de una fractura histórica, con implicaciones económicas y sociales cuya gravedad no ha cesado de aumentar.

La tragedia provocada por la dictadura militar en el periodo 1976-1983 aparece asumida como la demostración fehaciente de la incapacidad para reorientar la política del país tras el definitivo hundimiento de la experiencia peronista. En una sociedad culta, desarrollada y activa como era la argentina la brutalidad del régimen militar provocó una desestabilización drástica en las pautas culturales y de comportamiento que sólo pudieron ser contrarrestadas mediante el exilio y la esperanza de recuperar unas capacidades que se creían estructurales y a prueba de cualquier trauma político.

Pero no fue así. Ese régimen, basado en la corrupción y el crimen, introdujo medidas de ajuste que rápidamente dieron al traste con el modelo de Estado de Bienestar fraguado en Argentina en los años cuarenta del siglo XX. La bibliografía lo refleja bien y demuestra hasta qué punto las tensiones vividas habían podido ser mitigadas hasta entonces en el contexto de un país cuya inserción en la economía mundial se mostraba vigorosa. Con una visión más populista que de política basada en la integración social, los logros alcanzados por el peronismo en la atención de los desfavorecidos lo situaron en una posición singular dentro del continente, que daría origen para siempre a la formación de referencias sustantivas en el imaginario argentino. El rostro de Eva Duarte sigue presente en la cartelería que adorna las calles de Buenos Aires, sus mensajes aparecen grabados en las paredes y su nombre suscita un respeto que llama la atención.

Todo parece indicar que la sociedad se ratifica en el mantenimiento de una simbología destinada a neutralizar la sensación de fracaso que emana del hecho comprobado de que entre 1976 y 2002 tanto el régimen militar como los que le sucedieron, bien bajo la égida del justicialismo (personificado en la enajenación masiva de lo público llevada a cabo por Menem) o de la Unión Cívica Radical (un partido cuyos presidentes jamás terminaron sus mandatos), ocasionaron, como recientemente ha señalado Susana Torrado, de la Universidad de Buenos Aires, “el mayor retroceso social de la historia del país”. Más allá de los beneficios que depara su proyección comercial especializada en productos agrarios, los indicadores de bienestar social arrojan un panorama alarmante: desempleo, tendencia a la informalización masiva del trabajo, pobreza en progresión creciente, debilitamiento de la clase media, deterioro de la ética y del espacio público. Un balance que se agrava ante la pérdida de confianza en la clase política y que, con la mirada puesta en el futuro, sólo puede ser contrarrestado no en función de la nostalgia que evoca la independencia conseguida hace dos siglos sino de esa voluntad, de la que Marcos Aguinis se hace eco, de hacer de Argentina un país “donde se prefiera el diálogo a la confrontación, la armonía a la prepotencia, la ley a la trasgresión, el respeto a la ofensa”. Nadie duda que tales objetivos están repletos de dificultades.

23 de diciembre de 2009

Andrzej Dembicz (1939-2009): el geógrafo que descubrió América Latina en la Europa del Este

La primera vez que oí hablar de Andrzej Dembicz  fue en una conversación mantenida a comienzos de los años noventa con Miguel Panadero Moya, Catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Castilla- La Mancha con ocasión de un encuentro en Madrid sobre cuestiones relacionadas con América Latina. Sus comentarios crearon en mí la curiosidad de conocer más a fondo la personalidad de un colega polaco que había dedicado su vida profesional al conocimiento y estudio de la realidad latinoamericana en un país que por entonces estaba abriéndose a nuevos horizontes políticos y culturales y cuya transición a la democracia no dejaba de suscitar también gran interés. Ambas motivaciones me llevaron a asistir en Varsovia, en el verano de 1995, a una reunión del Centro de Estudios Latinoamericanos, convocada por el propio Dembicz, y que por vez primera me permitió conocer aspectos esenciales de Polonia que siempre identificaré con  la figura y la personalidad de Andrzej, así como las gratas experiencias vividas a su lado. Desde entonces mantuve con él una relación muy cordial que, tanto humana como profesionalmente, me deparó numerosas satisfacciones. Tantas como las que pueda proporcionar una personalidad que hizo de la Geografía una preocupación intelectual permanente, enriquecida con el compromiso que al tiempo le llevaría a la defensa de la libertad en su país y al impulso de las investigaciones sobre América Latina con un balance muy meritorio  y aportaciones valiosas, coherentes con una trayectoria académica y científica digna de ser resaltada. 
            Nació en un momento especialmente crítico de la historia polaca: el 3 de julio de 1939 en la ciudad de Kowel, actualmente en la República de Ucrania. En 1963 recibiría el título de Maestro en Geografía en el Instituto de Geografía de la Universidad de Varsovia, actualmente Facultad de Geografía y Estudios Regionales, para alcanzar el grado de Doctor en 1973 y acceder en 1984 a la Cátedra de Geografía de dicha Universidad. La labor realizada en esa Institución ha sido realmente ecomiable. En ella desempeñó la Dirección del  Departamento de Estudios Regionales sobre América Latina (1988-1991) y la del Instituto de las Américas y Europa (2002-2007), que compatibilizó con la responsabilidad máxima del  Centro de Estudios Latinoamericanos (CESLA UV), desde el momento de su creación en 1988. Mas uno de sus mayores orgullos lo tuvo cuando ocupó entre 2001-2007 la Presidencia  del Consejo Europeo de Investigaciones Sociales de Amé­rica Latina (CEISAL), mientras ejerció un protagonismo clave en la organización y promoción de los Congresos Internacionales de Americanistas, entre ellos el celebrado en Varsovia en 2000,  y que recuerdo especialmente por el nivel intelectual y la hospitalidad con que fue realizado. Esta dedicación a las investigaciones sobre América Latina representa una constante en su vida y en el despliegue de su labor intelectual, que ofrece manifestaciones explícitas en sus responsabilidades como director de Revistas científicas, de merecido reconocimiento en el ámbito de esta línea de trabajo. No en vano a Dembicz se debe la proyección de tres importantes publicaciones periódicas: Actas Latinoamericanas de Varsovia (1984-1995), Ameryka Lacinska (1994-2002) y  la Revista del CESLA desde 2000. 
            Esta orientación científica, claramente centrada en la temática latinoamericana, no puede entenderse al margen de una vinculación intelectual muy estrecha con el conocimiento de las realidades territoriales en las que centró sus preocupaciones científicas desde los inicios de su carrera profesional.  El punto de partida habría que encontrarlo en los trabajos realizados a mediados de los sesenta, como becario del gobierno cubano, sobre Cuba y el Caribe, que posteriormente ampliaría a México y a diversos países de la América meridional. Los principales  proyectos llevados a cabo a lo largo de su vida dan fiel testimonio de una especialización bien definida en torno a cuatro líneas de investigación preeminentes, en las que lograría relevantes aportaciones: el análisis de los sistemas de producción y organización de las actividades agrarias en el ámbito tropical; la interpretación de las transformaciones sociales en el contexto de los cambios ocurridos en las actividades económicas y en los procesos de reestructuración territorial asociados a ellas; la valoración del significado de los procesos de integración económica acometidos en el continente, como expresión de una voluntad política sustentada en la necesidad de  fortalecer la articulación de los mercados; y, de forma llamativamente pionera, la explicación de los vínculos interculturales – definido por él como “Diálogo Interregional”- construidos entre América Latina y la Europa Centro-Oriental, lo que, a la postre, hizo de Dembicz un precursor de las iniciativas que en ese sector de Europa supieron comprender la importancia de Latinoamérica como objeto de ininterrumpida preocupación cultural y científica. El balance ofrecido por su obra no le va a la zaga. Trescientos títulos en su bibliografía dan buena idea del formidable esfuerzo efectuado, entre los que destacan un total de 49 libros, bien como autor o editor, y doscientos artículos científicos, cincuenta de ellos en revistas extranjeras.
            Las relaciones con el mundo trasatlántico le abrieron a un amplio abanico de experiencias tanto de trabajos de campo, efectuados periódicamente en una docena de países, como de activa colaboración profesional. Así, tras iniciar su experiencia en este sentido como Profesor visitante en la Academia de Ciencias de Cuba y en la Universidad de la Habana en 1969, desempeñaría funciones similares en México (Universidad Autónoma del Estado de México y en la UNAM), en Argentina (Universidad Nacional del Comahue) y en Brasil (Pontificia Universidade Católica de Săo Paulo y  Universidade do Estado do Rio de Janeiro). Estos vínculos académicos cristalizaron al tiempo en reconocimientos que no hacían sino avalar su prestigio humano y profesional. En 1977 fue condecorado en Cuba con la Medalla del XX Aniversario, recibiendo en 1985 el Doctorado Honoris Causa por la Universidad Autónoma del Estado de México en Toluca. Años después en Perú, donde figuraba desde 1970 como Miembro Correspondiente de la Sociedad Geográfica de Lima, se le otorgó la Orden del Mérito de la República, mientras en Brasil le fue impuesta la Orden Cruzeiro do Sul en 2002, recibiendo un  año después la Medalla de la Universidad de Chile. Méritos de los que, en fin,  también se haría acreedor en la Europa del Este, al serle otorgadas la Medalla de la Universidad Económica de Bratislava (2000) y la  Cruz de Caballero de la Orden del Renacimiento de Polonia (2004).

            En medio de ese panorama de trabajo incesante, tuvo en septiembre de 2001 la oportunidad de acercarse a Valladolid, donde actuó como ponente invitado en el VI Congreso de Geografía de América Latina, que tuvo lugar en esta ciudad y en Tordesillas. Acompañado de su esposa, compartió con nosotros momentos muy agradables, mientras descubría lo mucho que encierran estas tierras que no habia recorrido hasta entonces. Quedó impresionado en la visita que hicimos al Archivo General de Simancas, de cuya importancia en la historia americana tenía noticia cabal. Me confesó sentirse emocionado mientras recorría sus impresionantes salas. “Nunca pensé que iba a estar aquí”, me señaló en voz baja. Es una de las grandes satisfacciones que le deparó uno de sus últimos viajes a España, y que había prometido repetir cuando tuviera ocasión. Desgraciadamente, no ha ocurrido. Por eso, cuando me informaron sus colegas eslovacos de que había fallecido en Varsovia el 29 de noviembre de 2009 tuve, aparte del dolor personal, la sensación de que la Geografía - en particular, la dedicada al conocimiento de la realidad latinoamericana -  había sufrido una grave e irreparable pérdida.  

16 de noviembre de 2009

Veinte años de la tragedia de El Salvador


El Norte de Castilla, 16 de Noviembre de 2009


Han pasado 20 años y parece que fue ayer. Estábamos reunidos en la Sala de Profesores de la Facultad de Derecho de Valladolid en un acto cultural cuando César Aguirre Viani, catedrático de Medicina, nos dio la noticia. Era el 16 de Noviembre de 1989. Ocho personas habían sido asesinadas en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de San Salvador. Entre ellos, los jesuitas españoles Ignacio Ellacuría, Amando López, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes y Juan Ramón Moreno, y el salvadoreño Joaquín López. En la masacre murieron también la señora que les atendía, Elba Ramos, y su hija, Celina, de 16 años. Lo recuerdo como una noticia atroz que, como un mazazo, conmocionó las conciencias y reveló la descarnada dimensión de la tragedia que entonces se cernía sobre aquel país centroamericano.


Durante todo este tiempo ha permanecido como un recuerdo imborrable, causante de esa sensación de impotencia que provocan la impunidad y el frustrado deseo de que se haga justicia. Con frecuencia acudo a la Fundación Segundo y Santiago Montes, que en Valladolid dirige su hermana Catalina, y en la que se llevan a cabo actividades culturales de una extraordinaria calidad, en un ambiente gratísimo, que no me impide nunca evocar la memoria de las víctimas de aquel crimen horrendo con la pesadumbre de que todavía nadie haya sido imputado. En El Salvador se habla poco del tema, salvo en círculos reducidos que sienten cómo la imagen del país sigue lacerada por un hecho que trasciende la historia local para convertirse en otro símbolo más de la barbarie que ha marcado buena parte de la del siglo XX.


Al fin ocurrió hace un año. El 13 de noviembre del 2008 fue presentada por la Asociación Pro Derechos Humanos de España (APDHE) una querella contra 14 miembros del Ejército salvadoreño y respaldada por el Centro de Justicia y Responsabilidad (CJA), que tiene su sede en San Francisco. Amparándose en el principio de justicia universal que permitió en 1998 el arresto del dictador chileno Augusto Pinochet por orden del juez Garzón y en el hecho de que cinco de las víctimas eran españolas, el juez de la Audiencia Nacional, Eloy Velasco, ha admitido a trámite a comienzos de este año la querella que, aunque desestima la imputación del entonces Presidente de la República, Alfredo Cristiani, sí lo hace con los catorce militares - entre ellos, cuatro generales, dos coroneles y tres tenientes - incluidos en la querella de la APDHE.


La instrucción promete ser ambiciosa a fuer de dilatada. Al tiempo que ordena la declaración del ex fiscal general de la República y de los jueces y fiscales asignados al caso cuando, sin resultados, se juzgó en El Salvador, solicita, a través de una comisión rogatoria, la remisión del testimonio completo de la causa penal que en aquel pais se llevó a cabo, con el fin de conocer los "mecanismos de perdón y de extinción de la responsabilidad criminal" de los que pudieron beneficiarse los "autores intelectuales y/o materiales de los asesinatos". Asimismo, solicita a la Justicia de Estados Unidos la toma de declaración de los miembros de la Delegación norteamericana que en representación del Congreso de Estados Unidos investigó, también sin resultados efectivos, los hechos en 1990.


No es fácil hacer pronósticos sobre la evolución del proceso iniciado en España. Apoyado por las organizaciones salvadoreñas de Derechos humanos, aparece, sin embargo, cuestionado por los responsables de la Universidad Centroamericana, partidarios de afrontar ese crimen “mediante los instrumentos legales y de diálogo de El Salvador”, al tiempo que en la sociedad salvadoreña no son pocas las resistencias a que los culpables sean sancionados, al señalar que los horrores del pasado quedaron diluidos en los Acuerdos de Paz con los que se trató de reconciliar a una comunidad fuertemente traumatizada por doce años de guerra civil.


Dos décadas han pasado ya. Catalina Montes, la entrañable Caty para muchos de nosotros, ha declarado que confía en que, al fin, se haga justicia. Es lo que muchos deseamos para que los autores de aquella terrible masacre sean condenados y el dolor que nos produjo reciba el alivio que merece. Suceda lo que suceda, la imagen de la tragedia y de quienes la sufrieron siempre permanecerá viva en la memoria.

12 de noviembre de 2009

El laberinto hondureño


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El Norte de Castilla, 12 de Noviembre de 2009
Entre las capitales centroamericanas, posiblemente la de Honduras sea la menos visitada por quienes se dirigen al istmo que enlaza el Norte con el Sur del continente. Cuando se la contempla desde el aire, a punto de aterrizar en el aeropuerto de Toncontin, Tegucigalpa se muestra como una ciudad donde nada resalta, en la que la expansión desordenada de las construcciones apenas deja entrever elementos de singularidad que llamen la atención, salvo los solares vacíos que salpican el tejido urbano y le aportan un aire casi irreal, inmerso en un entorno en el que la montaña, de un espléndido verdor, establece un espectacular contrapunto natural. Incluso sus edificios nobles ofrecen una modestia que no se ve en los otros países del área. A diferencia de San Pedro Sula, la capital económica próxima al Atlántico, es una ciudad que, pese a su condición capitalina, se muestra más tranquila, algo átona, menos bulliciosa, salvo en los momentos en los que el Boulevard Morazán o el Parque Central, donde se yergue la Catedral, aparecen colmados de gente y presentan el tumulto tan conocido en las ciudades latinoamericanas.

Da la impresión de que el tiempo se hubiera detenido en ella. Tiempo marcado por una evolución histórica en la que los hondureños se han visto despojados de su propio destino. País doblegado a la potencia extranjera que lo ha modelado a su antojo – Estados Unidos, aunque hoy le haya vuelto la espalda- los intentos por salir de esa postración siempre han culminado en el fracaso. Ryszard Kapucinski habló de Honduras como el ejemplo del país donde nunca pasa nada que se note, del territorio sumido en el silencio, el mismo que se percibe cuando se visitan las ruinas mayas de Copán. Los analistas lo describen como la manifestación más clara de lo que representa una república bananera, plegada desde siempre a los intereses de la United Fruit Company y bajo la tutela implacable de un Ejército que ha tolerado la democracia porque jamás ha puesto en peligro las estructuras del poder dominante, a ultranza defendidas por una clase política corrupta, servil a los privilegios de los grandes hacendados, que a comienzos de los ochenta plantearon la posibilidad de convertir a Honduras en Estado Libre Asociado a Estados Unidos.

“Tegus”, como se la conoce entre sus gentes, se limita a seguir creciendo erráticamente, mientras mantiene una actividad económica muy por debajo de las posibilidades de la ciudad, mientras sus habitantes sobreviven como pueden, deleitándose de vez en cuando con su samba típica, que llaman Punta, o con una cocina de tintes caribeños, mucho más variada que en Guatemala o El Salvador. Durante cuatro meses ha estado apartada del mundo, mientras el país se sumergía aún más en las honduras de la miseria. Es la capital de un Estado famélico que de pronto se ha distinguido tristemente en la América atormentada porque el fantasma de las dictaduras que se creían cosa de otro tiempo emerge con la violencia a la que ya nos habíamos desacostumbrado. Es la vuelta a la dictadura sin paliativos. Una dictadura que ha sumido al país en el cerrojazo informativo, en la represión brutal y en la ruina. Significa la extrema endeblez de las democracias en un área que ha visto sucederse en el tiempo todos los despropósitos característicos de una trayectoria política convulsa. El logro de la paz, forzada por las circunstancias, no ha resuelto las situaciones de conflicto larvadas a partir de la desigualdad social más escandalosa del mundo. La respuesta a la tragedia de la pobreza ha sido tan tibia que cualquier intento de amortiguarla sólo ha traído consigo resistencias que han prevalecido al fin. Nada se ha avanzado en ese sentido en Nicaragua, Guatemala y El Salvador, la expresión más patente de la impotencia de gobiernos que hace tiempo declinaron en su voluntad de modificar levemente el estado de las cosas.

A muchos sorprendió que en este contexto Manuel Zelaya, el hacendado de Olancho y dirigente del Partido Liberal, afrontase lo que nadie había intentado hasta entonces. Puso en marcha una política de regulación de las concesiones mineras responsables de grave impacto ambiental, incrementó el salario mínimo, planteó reformas inéditas desde el punto de vista sanitario, mediante iniciativas de protección a la infancia y el impulso a la comercialización de medicamentos genéricos, introdujo mecanismos de control aplicados a las compañías telefónicas…. Estas medidas le granjearon un apoyo popular del que jamás había gozado otro Presidente en el país más pobre del istmo. Intuyó que ese respaldo, unido a su alineamiento con los Estados de la Alianza Bolivariana, iba a permitirle continuar otra legislatura al aventurar el resultado positivo de la encuesta que, con una pretensión consultiva, recabase el apoyo de la opinión pública para una Asamblea Constituyente que reformase la Constitución con vistas a la reelección. ¿Error, riesgo inasumible por sus adversarios, excesiva confianza en sí mismo, transgresión de la ley, pretexto en cualquier caso?. Todo se unió a finales de Junio para justificar su derrocamiento y el inicio de la experiencia golpista que los medios se han encargado de propalar con todo lujo de detalles.

Nadie se esperaba que Lula da Silva, acogiéndole en la embajada de Brasil, iba a socorrer a Zelaya del modo en que lo ha hecho. Ese refugio en tierra hondureña, y arropado por la inviolabilidad de la legación brasileña, ha creado desconcierto y obligado a matizar el empecinamiento que el gobierno golpista, aislado internacionalmente y con el país paralizado, trataba de mantener. Es obvio que el presidente de Brasil juega sus bazas como gran líder regional, de modo que, ocurra lo que ocurra, su gesto será aplaudido en todo el mundo. Entre tanto, el tiempo juega a favor de una solución de la crisis que en todo momento ha estado gestionada, con trampas, mentiras y dilaciones, por un tal Micheletti en cumplimiento del único objetivo para el que fue impuesto: de ninguna manera Zelaya debe volver al poder o, si lo hace, fugazmente y con la sola intención de dar apariencia de legalidad a la investidura del nuevo presidente. El laberinto se complica y despeja a la vez. A sabiendas de que la comunidad internacional acabará aceptando el resultado de unas elecciones efectuadas sin garantías, la nueva legislatura se abrirá titubeante y azarosa tras una experiencia dictatorial miserable, que revela los enormes riesgos que aún corre la democracia en Centroamérica, a la par que se cimentará sobre la tragedia vivida y sobre el recuerdo difícil de eludir hacia un gobernante que, salido de las filas de los poderosos, intentó abrir un horizonte de esperanza a quienes la falta de esperanza ha marcado sus vidas a sangre y fuego sin más expectativa que la de sobrevivir en un mar de injusticias flagrantes y de calamidades irresueltas. Para siempre.