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27 de abril de 2012

Tiempos críticos para la Cooperación al Desarrollo




El Norte de Castilla, 26 de abril de 2012



Comienzo a escribir estas líneas motivado por el recuerdo de personas amigas que han dedicado lo mejor de sus vidas al empeño de mejorar la situación de los pueblos empobrecidos de la Tierra. Me vienen a la memoria el nombre de Catalina Montes, cuyo legado en El Salvador nunca será suficientemente valorado; el de Nicolás Castellanos, que en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) ha dejado una huella que rebasa lo inimaginable; el de Borja Santos, colaborador de este diario, y que, antes en Ecuador y ahora en Etiopía, no ha hecho sino contribuir a la mejora de las condiciones de vida de personas que viven en circunstancias imposibles; y me acuerdo, en fin, de mis compañeros de la Fundación para el Desarrollo del Municipio Centroamericano, en San José (Costa Rica), estudiosos infatigables de los problemas a que se enfrenta el municipio en Estados sumidos en la disgregación y la impotencia. Mundo difícil este de la ayuda al desarrollo, abierto al sinfín de dificultades y contradicciones a que conducen la desigualdad, la pobreza, la miseria, el hambre, la corrupción y la explotación del ser humano. Mundo henchido de problemas. Nuestro mundo, sin embargo.
Optimista y prometedor, impregnado por un discurso que enfatizaba sobre el “fin de la Historia” y sobre “el fin de los territorios”, al entender que ya no habría fricciones determinadas por el tiempo y el espacio, el siglo XXI abrió sus calendarios con un llamamiento a la esperanza, que se prometía venturosa.  Representantes de 189 países, entre ellos 147 jefes de Estado – todo el planeta, en fin – la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la archiconocida como Declaración de los Objetivos del Milenio. Integraba ocho grandes propósitos, concebidos con el fin de afrontar sin más dilación los principales problemas que aquejaban a la humanidad (salud, alimentación, enseñanza, situación de la mujer, etc.), asumidos como un gran compromiso mundial, como una vigorosa demostración de solidaridad en la que debieran verse implicados cuantos pudieran ayudar en esa dirección, conscientes además de que, en el escenario de confianza propiciado por la globalización, no parecía aventurado marcar el horizonte de 2015 como el momento en el que los retos existentes estuvieran definitivamente afrontados e incluso corregidos.
A la vista de lo sucedido, todo parece indicar que los primeros diez años del siglo XXI han sido en el tema que nos ocupa, como en otros muchos, una década frustrada. Los avances experimentados no cuestionan la magnitud creciente de los problemas irresueltos, que se perpetúan  a través de manifestaciones elocuentes de que hasta qué punto el desarrollo constituye una meta inalcanzable para una gran mayoría de los seres humanos. Sin duda en todo este tiempo el mundo se ha hecho más complejo, a medida que la mundialización de la economía ha traído consigo una modificación significativa en la estructuración espacial de los modelos de crecimiento, a medida que el fortalecimiento de países en otro tiempo considerados “periféricos” (China y Brasil, fundamentalmente) contribuye a redefinir los límites que marcan la concentración de la riqueza, acelerada por la extraordinaria intensidad de los movimientos financieros de carácter especulativo, en un proceso simultáneo a la acentuación y agravamiento de las desigualdades. Dicho de otro modo, si la globalización  ha modificado  las fronteras, antaño estrictas, del desarrollo es evidente que al tiempo agudiza la dimensión de los contrastes en el seno de las sociedades y resalta aún más la entidad espacial y demográfica de la pobreza,  generalizada en todo tipo de escenarios.
En este contexto, el panorama de la solidaridad internacional se enfrenta a una situación crítica, en la que confluyen dos factores, casi coincidentes en el tiempo. De un lado, se asiste a una corriente revisionista que pone en entredicho la utilidad, al considerarla inefectiva, de la ayuda oficial al desarrollo o, más matizadamente, cuestiona los procedimientos utilizados en la gestión y evaluación de determinados proyectos. Y, de otro, no hay que ignorar el incuestionable impacto que de inmediato ha de tener la drástica disminución aplicada a los fondos solidarios. Mientras observamos cómo se aleja, en los países que pretendían aproximarse a él, el objetivo de situar en el 0’7% del PIB el volumen de las ayudas orientadas a este fin,  los ajustes provocados por la crisis financiera en el mundo desarrollado hacen mella profunda en uno de los capítulos que se consideran más prescindibles del presupuesto. Pocos han levantado la voz contra el fortísimo recorte sufrido en España por las transferencias a la AECID y por las cantidades asignadas al Fondo para la Promoción del  Desarrollo, víctimas de la impresionante reducción aplicada al Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación que, con un 54,4% menos, se singulariza por el hecho de ser el más afectado por el desmoche presupuestario.
Todo parece indicar que estamos asistiendo a una nueva etapa en la trayectoria de la solidaridad internacional, que pocos creen que pueda limitarse a un mero paréntesis, a expensas de una recuperación que aún no se atisba en el horizonte. De ahí que prevalezca esa visión restrictiva que, inducida por los mayores controles aplicados a la selección y gestión de los proyectos y sobre todo por la retracción que la crisis ocasiona, aboca a un escenario en el que, por paradójico que parezca, la globalización de la economía que, a comienzos de siglo, presagiaba un clima de confianza a favor de una mayor justicia en la distribución de la riqueza se ha saldado, a la postre, con el afianzamiento de las posiciones defensoras del “sálvese quien pueda”. Entonces ¿quién hablará ya de los Objetivos del Milenio? 

21 de marzo de 2007

Nicolás Castellanos, Premio "Luis Pastor" a la Solidaridad

En 2007 se otorgó por primera vez el Premio Luis Pastor a la Solidaridad. Fue concedido por unanimidad del Patronato de la Fundación Andrés Coello a Dos Nicolás Castellanos, quien desde hace décadas lleva a cabo una impresionante labor educativa y de apoyo a los más desfavorecidos en la ciudad boliviana de Santa Cruz de la Sierra. Me cupo el honor de justificar la concesión del Premio, lo que hice con estas palabras, pronunciadas en el acto celebrado en el Aula Triste del Palacio de Santa Cruz de la Universidad de Valladolid. 


Hacer del principio de solidaridad una opción de vida ante las desigualdades flagrantes y crecientes que aquejan a nuestro mundo, entender que sólo desde la comprensión de los problemas de los otros, pero que nos son propios y cercanos a la vez,  es posible contribuir a su conocimiento y solución, sentir que, frente al individualismo, la indiferencia o la resignación, la calidad de la persona se valora en función de la sensibilidad que muestre hacia los demás......éstas son las cualidades que han de adornar a las personas merecedoras del Premio a la Solidaridad Luis Pastor, cuya primera edición concede este año la Fundación Andrés Coello.

Dos han sido los objetivos que el Patronato de la Fundación ha querido resaltar especialmente con esta iniciativa: de un lado, el de asociar su imagen a la de un proyecto creativo que entiende el arte y la cultura como la expresión de la sensibilidad hacia los problemas y las necesidades de nuestro tiempo, abriendo la imaginación del artista y sus empeños culturales al descubrimiento de una realidad que en modo alguno nos es ajena;  y, de otro, el de ejemplificar el significado del premio en la figura de Luis Jesús Pastor Antolín que, desde la Universidad y desde los múltiples foros en los que dejó presencia imperecedera de su pensamiento y de su buen hacer, no cesó nunca en su empeño a favor de la causa de los más desfavorecidos. 

Lejos de ser un anacronismo, todos estos valores cobran en nuestro tiempo una dimensión renovada en la medida en que suponen una puesta en entredicho de posturas excluyentes a las que tan proclives son las sociedades contemporáneas, tan frecuentemente motivadas por el egoísmo o el menosprecio hacia los  diferentes. La recuperación de la dignidad humana es indisociable del reconocimiento que debemos otorgar a todas aquellas actitudes que marcan, por su coherencia y honestidad, un estilo de vida y un comportamiento impregnados por los patrones éticos de la solidaridad en escenarios difíciles, lo que muchas veces lleva a la renuncia de privilegios en aras de una voluntad de servicio y entrega que lleva consigo un estilo de vida con numerosas privaciones e incomodidades.

No son hechos frecuentes  pero tampoco excepcionales. Hombres y mujeres en todo el mundo despliegan lo mejor de sus esfuerzos, y durante la mayor parte de su vida, empeñados en mejorar las condiciones de vida de la gente con carencia de recursos y aquejada de dificultades que incluso llegan a limitar cuando no a entorpecer el disfrute de lo que la comunidad internacional asume y entiende como derechos humanos. Una conquista de la humanidad irrenunciable, por más que nos parezca una utopía. Mas el mundo también se construye con utopías, que pierden su carácter ilusorio cuando de realizaciones posibles se trata, y por las que hay necesariamente que luchar. En su discurso de despedida como secretario general de la ONU, Koffi Annan señalaba que “mientras haya una sola persona en el mundo carente de los derechos humanos más elementales, debemos entender que todavía queda mucho camino que recorrer en la erradicación de la justicia”. Y es que este es el gran reto al que siempre ha de estar enfrentada nuestra sociedad del desarrollo, del bienestar y del confort: el de procurar que las injusticias se resuelvan en un marco de cooperación y de toma de conciencia en el que todos y todas debemos estar necesariamente implicados. De ello depende sin duda nuestra dignificación como sociedad desarrollada, el valor de nuestra identidad como personas residentes en Europa y a la par conscientes de que pertenecemos a un mundo interdependiente.


Estos son los fundamentos sobre los que se sustenta el Premio que hoy concede la Fundación Andrés Coello en un lugar emblemático de la Universidad de Valladolid, con cuya colaboración ha contado para que este acto y este encuentro sea posible. Y lo hace por vez primera en la persona de Don Nicolás Castellanos, en la que ha creído encontrar la personificación de los valores, de las actitudes y de la coherencia que más expresivamente se concilian en torno al concepto de solidaridad. De prestigio avalado por una trayectoria muy dilatada, sus contribuciones a esta idea son de sobra conocidas pero es muy probable que nunca lleguen a ser suficientemente valoradas. Quien brillantemente ejerció como obispo de Palencia, hoy desempeña un  magisterio de amplísimo alcance en el Concejo boliviano de Santa Cruz de la Sierra. La labor allí realizada testifica la envergadura de los esfuerzos realizados en materia de vivienda, de asistencia sanitaria y, ante todo, de educación. Impulsor del Movimiento “Ningún niño sin escuela en Santa Cruz y en Bolivia”, ha hecho de la educación la espina dorsal de su proyecto de vida y de trabajo en uno de los países que se identifican como lo más profundo y crítico de la América Latina. De ese continente tan allegado a nosotros, que Luis tanto admiró y al que dedicó algunos de sus mejores afanes intelectuales, y que hoy recuperamos, siquiera sea por unos momentos, en la persona de Nicolás Castellanos, Premio a la Solidaridad Luis Pastor 2006, como símbolo inequívoco de los vínculos que nos unen con el mundo del subdesarrollo y que nuestro homenajeado representa con una dignidad y unos merecimientos universalmente reconocidos.