Mostrando entradas con la etiqueta Jesús García Fernández. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jesús García Fernández. Mostrar todas las entradas

11 de agosto de 2017

En las cumbres y al pie de la Peña Amaya




El Norte de Castilla, 11 de agosto de 2017






Siempre nos asombró aquel espacio natural por su belleza, por su espectacularidad y por su incuestionable interés científico. Perspicaz y tesonero como era, Jesús García Fernández, Catedrático de Geografía de la Universidad de Valladolid, y al que considero mi maestro, tuvo muy claro desde los años sesenta que había que descubrir, conocer e interpretar a fondo ese impresionante muestrario de relieves complejos, labrados por el plegamiento, la fractura y la  erosión en las calizas de la Era Secundaria que configuran el sector meridional de la Montaña Cantábrica en las comarcas septentrionales de Burgos y Palencia. A partir de 1966 puso en marcha un innovador programa de cursos de trabajos de campo encaminados a ese fin. Lo hizo sin otra  ayuda que la proporcionada por su esfuerzo, y contando con su capacidad de iniciativa y con la cooperación del equipo que le acompañó en las laboriosas tareas preparatorias y en la realización del curso celebrado siempre durante la primera decena de julio. La organización de estos cursos, con agotadores recorridos desde diferentes lugares de partida - Villarcayo, Aguilar de Campoo, Villadiego, que posteriormente, y hasta su final en 1998, se ampliaron a la villa soriana de San Leonardo para el estudio de formas similares en el tramo burgalés de la Cordillera Ibérica– supuso un notable avance, admitido y destacado científicamente a gran escala, en las investigaciones aplicadas al estudio de la geomorfología estructural en la Península Ibérica. Varias generaciones de geógrafos, procedentes de todo el país, se dieron  cita en unas convocatorias consideradas esenciales para la formación en el conocimiento del paisaje. De aquella experiencia se obtuvieron valiosas aportaciones, plasmadas en las Memorias que anualmente se realizaban, enriquecidas por la gran profusión de gráficos, croquis y textos con que eran presentadas. Merced a ese trabajo fue posible descubrir, analizar y dar a conocer, con el fundamento necesario,  dos espacios naturales de notable relevancia ecológica: las Montañas de Burgos y Las Loras. Numerosos testimonios, bien publicados o inéditos, así lo corroboran.






            Sin embargo, durante mucho tiempo aquellos resultados no obtuvieron el eco y la atención que merecían. A modo de ejemplo, bastaría recordar la anécdota ocurrida en octubre de 2000, cuando García Fernández y yo asistimos en Burgos a una conferencia impartida por el prestigioso economista palentino Enrique  Fuentes Quintana. Al terminar la intervención Fuentes presentó a García Fernández al entonces presidente del gobierno regional, Juan José Lucas Jiménez, que asistió al acto. Puesto que no le conocía, éste le pregunto a qué se dedicaba. Le faltó tiempo al estudioso del territorio para explayarse con cierto detenimiento sobre  el significado de sus trabajos en las montañas que suscitaban su interés. Sin mediar deseo de aclaración alguna por parte de Lucas, sólo planteó una cuestión tan lacónica como sorprendente: “¿y todo eso para qué sirve?” La respuesta de García fue inmediata: “pues para conocer mejor nuestra región; para interpretar y destacar la importancia de sus valores naturales”. No hubo reacción por parte del político regional. Como en el soneto de Cervantes, “miró al soslayo, fuese y no hubo nada”.


            El tiempo transcurrido desde entonces no ha hecho sino ratificar el significado de un espacio singular en el conjunto de los paisajes españoles. Numerosos y convincentes han sido los argumentos utilizados para justificar el marchamo de calidad finalmente concedido en mayo de 2017, cuando la UNESCO otorga al espacio configurado por los relieves que responden a la tipología de  las “loras” (grandes sinclinales colgados, que quedan en realce por desmantelamiento de los anticlinales como consecuencia de la erosión) la condición de Geoparque Mundial, una categoría específica y de excelencia, que se apoya en el reconocimiento de la singularidad paisajística como algo excepcional y digno de ser preservado. Es el primer Geoparque asignado a Castilla y León y el undécimo de los que integran este rango en España. García Fernández no ha llegado a conocerlo (falleció en 2006), pero sí los discípulos que le acompañamos en aquellas aventuras, tan lejanas en el tiempo como presentes en la memoria.






            Por lo que he podido observar, la ilusión y las esperanzas suscitadas por el Geoparque están a la altura de la sociedad encargada de preservarlo y de aprovechar al tiempo sus posibilidades. Se trata de un ámbito conocido, bien estudiado, rigurosamente interpretado en sus componentes esenciales, procesos y transformaciones. Un ámbito geográficamente adscrito a las tendencias características de los espacios de montaña media en un entorno territorial afectado por la despoblación y en el contexto de una economía eminentemente agraria. No se puede calificar de rural profundo, aunque sí presenta los rasgos propios de la ruralidad necesitada de estrategias que faciliten la correcta, efectiva y sostenible utilización de sus recursos. Al amparo de las posibilidades permitidas por una sociedad activa, generadora de ideas y capaz de prefigurar los ejes que han de orientar las decisiones hacia el futuro, no puede pasarse por alto la encomiable iniciativa impulsada por Alberto Saiz Arnaiz, cuando el 15 de julio de 2017 actuó de anfitrión de un encuentro multidisciplinar al que tuve el placer de asistir. Científicos y técnicos de diferentes especialidades, empresarios, responsables públicos con experiencia dilatada, agricultores, estudiosos del patrimonio local y regional se dieron cita para debatir durante una jornada muy intensa sobre la realidad del contexto espacial en el que se inserta el complejo del Geoparque. La reunión tuvo lugar en Villadiego. Previamente al debate, que ocupó la mayor parte de la jornada, se efectuó una visita a la Peña Amaya, lugar emblemático y representativo del espacio natural que motivó el encuentro. Desde la cumbre se divisa un panorama espectacular, una síntesis espléndida del paisaje de las “loras”. Hacía más de treinta años que no lo había visitado. Sentí cercana la presencia del maestro, a sabiendas de lo satisfecho que se hubiera sentido en aquella compañía y entusiasmado ante los desafíos a que se enfrenta ese espacio al fin reconocido como se merece.

           

 

5 de septiembre de 2006

Jesús García Fernández: Un ejemplo permanente de coherencia e integridad

El Mundo- Diario de Valladolid, 5 de Septiembre de 2006


Imbatible ante el desánimo durante toda su fecunda trayectoria vital, luchador infatigable en momentos difíciles de su vida familiar y profesional, entusiasta emprendedor de iniciativas singulares, alejado siempre de cualquier actitud de oportunismo o de vanidad, hombre animoso frente a las adversidades y entrañable compañero para quienes siempre le sentimos de cerca, Jesús García Fernández no ha podido vencer al único contratiempo frente al que, finalmente, se ha rendido. La muerte le ha sobrevenido tras una larga y denodada lucha contra la enfermedad, que supo afrontar con su entereza de siempre, empeñado hasta el último momento en dar salida a las inquietudes intelectuales que marcaron una de las trayectorias más fecundas y meritorias de la Geografía española y europea.

Recordar su figura en estos momentos no representa sólo la voluntad de dar testimonio de la tristeza que personalmente su desaparición pudiera ocasionar a cuantos, como en mi caso, tuvimos una estrecha relación con su persona y con su magisterio. Supone ante todo el deseo de evocar la personalidad y la obra de quien, como Catedrático de Geografía de la Universidad de Valladolid desde el año 1959, marcó con su esfuerzo y dedicación ininterrumpidos una etapa encomiable en el desarrollo del conocimiento sobre los cambios que han ido modelando la realidad espacial en todos aquellos ámbitos hacia los que se decantaba una curiosidad insaciable, y donde todos los temas de interés geográfico tenían cabida cuando de analizar sus aspectos principales se trataba.

Heredero del pensamiento liberal aplicado a la Geografía por su maestro Manuel de Terán, sus trabajos sobre la España Atlántica permitieron una interpretación global de lo que hasta entonces había sido entendido de manera fragmentaria. Logró también descubrir la importancia de la emigración española al extranjero, al tiempo que supo captar el sentido de las transformaciones ocurridas en los espacios rurales españoles y transmitir con lucidez el alcance de los dinamismos urbanos, logrando en ambos casos conclusiones anticipatorias de las tendencias que posteriormente la propia comprobación de los hechos se ha encargado de ratificar. En muchos aspectos del análisis territorial moderno fue sin duda un reconocido precursor, respaldado por las dos herramientas intelectuales que siempre le acompañaron: una sólida reflexión empírica apoyada en la información e interpretada a partir de una visión crítica frente a las simplificaciones y prejuicios habituales, y el recurso sistemático al trabajo de campo, convencido de que la toma de contacto con la realidad era la mejor garantía de solvencia científica. “¿Cómo entender lo que sucede si no lo examinamos en directo?”, solía decir a menudo.

Si todo ello le llevó a hacer de la Geografía un saber operativo, sensible y decidido a dar respuesta a los numerosos interrogantes que se planteaban en un mundo de intensas transformaciones, hay dos hechos que considero importante subrayar. De un lado, su servicio al reconocimiento de esta disciplina con la fortaleza que merece en la sociedad española e internacional. Impulsor de memorables encuentros de Geografía en la Fundación Juan March, fue el fundador y primer presidente de la Asociación de Geógrafos Españoles, experiencia que tuve el honor de compartir con él en su primera Junta Directiva a finales de los ya lejanos años setenta. Su nombre quedará indisolublemente asociado a una Institución que ha cobrado gran prestigio internacional y que opera como órgano vertebrador de los intereses y estrategias de los geógrafos en el complejo mundo de la actividad científica y profesional.

Y, de otro, especial relevancia merecen sus aportaciones sobre Castilla y León, posiblemente la principal preocupación intelectual a lo largo de su vida. Cuando nuestra Comunidad apenas insinuaba lo que habría de ser en el futuro y casi nadie la entendía como tal, García Fernández emprendió la tarea de dar a conocer las características y los problemas de un territorio del que muy pocos tenían la visión integrada que el proceso autonómico finalmente le ha concedido. Desde el año 1968 puso en práctica una de las iniciativas con mayor resonancia en la formación de los geógrafos y en el conocimiento de la realidad regional. Fueron los famosos Trabajos de Campo que anualmente, y sin ninguna ayuda institucional, se llevaban a cabo (sucesivamente en Villarcayo, en Aguilar de Campoo, en Villadiego, en Salas de los Infantes y en San Leonardo) con la finalidad de estudiar la morfología estructural de las montañas que rodean la región, y que habrían de ser el soporte de una sensibilización hacia los paisajes naturales de la Montaña Cantábrica y de la Cordillera Ibérica, en la que se formaron varias generaciones de geógrafos españoles y de otras áreas del saber.

De esta riquísima experiencia, que se prolongaría durante treinta y dos años, derivó la creación de una prestigiosa escuela de Geomorfología Estructural, con resonancias marcadas en varias Universidades del país, y que con el tiempo se tradujo en el reconocimiento que la de Alicante le hizo como Doctor “honoris causa”, donde su huella se hace hoy patente con especial notoriedad. Asimismo, y con carácter pionero, a él se debe el Congreso de Geografía, celebrado en Burgos en 1982, y considerado como el primer encuentro científico celebrado sobre la región antes de su reconocimiento como Comunidad Autónoma. Y qué decir, evocando su dilatada trayectoria intelectual, el valor de sus análisis sobre la crisis demográfica de Castilla y León, sobre la percepción que del hecho regional se ha tenido a través del tiempo, sobre la calidad de sus espacios naturales y de los riesgos que la amenazaban, o sobre la configuración urbana de Valladolid, que también se afanó por analizar e Interpretar antes que nadie; y, cuando nos remitimos, a su labor académica no es posible omitir su condición de artífice del Departamento de Geografía de la Universidad de Valladolid, cuyo prestigio a gran escala tanto le debe, y a su responsabilidad como Director del Colegio Mayor Santa Cruz, ejercida durante diecisiete años.

Cuidadoso defensor de su independencia y de un espíritu crítico a toda prueba, Don Jesús, como le hemos llamado siempre sus discípulos y alumnos, llevó a cabo su excelente tarea en solitario, a lo sumo aliviada por el esfuerzo de los equipos que le acompañaron en todas sus experiencias. Fue hombre de Universidad y perspicaz vigilante de su tiempo, tenaz en sus empeños y firme en los objetivos que ocupaban sus largas horas en el despacho universitario. Pero mucho me temo que no ha recibido de nuestra sociedad y de quienes la gobiernan el reconocimiento de que hubiera debido ser objeto. Alejado de los ditirambos del y hacia el poder, refractario a cualquier tipo de elación, no se ha cernido sobre él el relumbrón de la notoriedad y la vanagloria, quizá porque tampoco lo buscó. O porque no le interesara, ya que, en esencia, una de las principales razones de su vida no fue otra que la de luchar con coherencia e integridad por lo que creía sin esperar más recompensa que la que procura la satisfacción por la calidad del resultado conseguido.

15 de marzo de 2005

El problema de la despoblación


El Mundo-Diario de Valladolid, 15 de Marzo de 2005



Todo parece indicar que si en los momentos actuales hay alguna cuestión que suscite sin fisuras el interés unánime de las fuerzas políticas principales de Castilla y León es sin duda la referida a la despoblación. Desde los inicios de la actual legislatura las múltiples muestras de atención prestadas a la profunda crisis demográfica en que aparece sumida nuestra Comunidad la han convertido de pronto en un tema prioritario, situado en el epicentro de la atención política y merecedor, por tanto, de una resonancia mediática sin precedentes. Da la impresión de que nos encontramos ante un problema recientemente descubierto, al menos por lo que respecta a las preocupantes perspectivas, a los durísimos perfiles, que ofrece. Y, sin embargo, es un problema de raíces profundas, que ha permanecido latente, apenas insinuado, cuando no eludido, ausente de los grandes debates, ignorado por incómodo. Afrontarlo con energía o, en todo caso, indagar a fondo en las causas que lo motivaban se convertía en tarea fatigosa y seguramente también entorpecedora de resultados aparentes que, a corto plazo, eclipsaban el carácter crítico de una realidad sólo abordable en un horizonte temporal mucho más dilatado y, por ende, susceptible de ser postpuesto “sine die”. Mas, como ocurre siempre, los problemas irresueltos crecen como las bolas de nieve si no se las ataja.


Y lo lamentable es que hace mucho tiempo que las señales de alarma eran tan inequívocas como contundentes. Una de las voces más autorizadas y solventes en el estudio de Castilla y León, la de mi maestro Jesús García Fernández, a quien la Comunidad debiera algún día otorgar el reconocimiento que merece, se mostró rotunda cuando comenzaba a fraguarse el modelo autonómico al señalar – en su magnífica obra “Desarrollo y Atonía en Castilla” (Ariel, 1981) – que “la sangría experimentada por la región se ha hecho a costa principalmente de su población joven, y en especial de sus mujeres jóvenes, sin que las ciudades, salvo excepciones, hayan podido contrarrestar, por su falta de verdadero desarrollo económico, semejante sangría. Así, su población ha quedado completamente descoyuntada en su composición de edades y sexos. En este aspecto, el desequilibrio es verdaderamente alarmante (....) y el vaciamiento amenaza la propia existencia de la región”. Desde entonces ha transcurrido casi un cuarto de siglo, no son pocos los autores que han seguido insistiendo en este hecho y más aún los testimonios explícitos que, en medio de la indiferencia o de la atención sincopada, revelaban la magnitud del proceso de desvitalización demográfica, por más que éste se viera frecuentemente eclipsado por las manifestaciones de cambio y desarrollo derivadas en buena medida de nuestra condición de región comunitaria asistida, lo que la permitía ser “alegre y confiada”, como aquella ciudad de la comedia de Jacinto Benavente.


Hay que admitir que las iniciativas últimamente acometidas – especialmente la que ha llevado a las Cortes regionales a asumir el carácter perentorio del hecho como fundamento de las medidas que hayan de adoptarse – son importantes y, producto de la sinceridad con que son planteadas, permiten abrigar la esperanza de que, al fin, hay una decisión firme para abordar el tema con la diligencia y energía que merece, abierta además a la búsqueda de un consenso institucional. Con todo, y a la espera de conocer con mayor precisión el verdadero alcance de esa constelación de medidas propuestas por cada uno de los dos grandes partidos, interesa destacar que, conocido suficientemente el problema en toda su crudeza y en sus matices más pormenorizados, parece superado el momento de la simple verificación cuantitativa del fenómeno para concretar estrategias que no pueden ni deben limitarse a un mero inventario de ideas más o menos bienintencionadas, y no exentas en muchos casos de ambición e incertidumbre, para proceder a la sistematización de directrices coherentes que, rigurosamente apoyadas en la valoración de los factores que explican el que Castilla y León sea en estos momentos una de las regiones demográficamente más críticas de la Unión Europea, permitan crear en la sociedad un clima de confianza, sin el que resulta imposible dar pasos consistentes en la dirección deseada.


Para ello, y en mi opinión, es preciso partir de la idea de que cuando se habla de despoblación, la perspectiva estrictamente demográfica queda superada por el hecho de que sus manifestaciones no son sino la expresión de un problema global en el que se ven estrechamente imbricados la sociedad, la economía... y el territorio. Se trata, en esencia, de un problema eminentemente territorial, como corresponde, en buena lógica, a la dimensión de los desequilibrios percibidos en una región muy extensa, con fuertes contrastes, estructurales y ecológicos, en su seno que conviene interpretar de acuerdo con la multiplicidad de situaciones que se dan en ella dentro de una visión integradora, que sea capaz de entender la complejidad de acuerdo con un hilo conductor que vertebre la evolución del conjunto sobre los cimientos de un modelo territorial compartido. Y la verdad es que esta sugerencia no hace sino beber de la fuente en la que se inspiran las líneas maestras de las políticas de ordenación territorial aplicadas con cierto éxito en países y regiones europeos y en la mayor parte de las Comunidades Autónomas españolas, afectadas en muchos casos por situaciones problemáticas que urge corregir, entre otras razones porque la inercia y la laxitud frente a los procesos indeseados provocan su inexorable agravamiento más pronto que tarde. Si, como referencia a tener en cuenta no estaría de más echar un vistazo a los instrumentos que la Ley francesa de Orientación nº 95/115 de 4 de febrero de 1995 para la Ordenación y Desarrollo del Territorio prevé para hacer frente a problemas similares al que nos ocupa, tampoco estaría de más profundizar en la experiencia comparada que ofrecen regiones de nuestro país donde las alertas en este sentido han motivado serios intentos de corrección.


Y, desde luego, no hay que ir tampoco demasiado lejos para entender la intencionalidad de los legisladores que en Castilla y León aprobaron en 1998 la Ley de Ordenación del Territorio. Tantas veces he señalado, verbalmente y por escrito, que es una buena Ley, francamente aprovechable, y en plena sintonía con la Carta Europea de 1983 y con los criterios que en estos momentos prevalecen en los países de nuestro entorno, que huelga insistir una vez más en lo dicho.


Pero en lo que sí desearía llamar la atención es en el hecho de que, si existen reticencias para su puesta en práctica, si los obstáculos que la dificultan pueden llegar a primar sobre la voluntad política de ponerla en práctica en aquél aspecto que resulta más decisivo en relación con el tema que nos ocupa - Directrices de Ordenación de Ámbito Subregional, apoyadas en delimitación de espacios supramunicipales coherentes para la mayor eficacia y equidad en la toma de decisiones- de lo que no cabe duda es que de alguna manera habrá que sentar los cimientos que hagan posible una aplicación de los instrumentos previstos, aunque sea de forma gradual y recurriendo al efecto demostración que sus resultados, deseablemente buenos, puedan proporcionar. Y en esta tarea no es menos obvio que se precisa de una pedagogía favorable al fomento de una “cultura territorial”, de la que aún se carece y que lleve a los ciudadanos a asumir que las perspectivas de un desarrollo capaz de fijar la población, evitar el éxodo de cualificados y aumentar la capacidad de atracción, pasan necesariamente por una valorización inteligente de los recursos de que se disponen, por la apreciación positiva de las ventajas producidas por la cooperación intermunicipal, y por la creación de un clima de confianza en lo propio que permita optimizar la capacidad de iniciativa de la sociedad y poner fin a ese pesimismo crónico que tanto daño nos ha hecho desde tiempo inmemorial.

5 de octubre de 1998

ELOGIO DEL MAESTRO


El Norte de Castilla, 5 de Octubre de 1998



Hace algún tiempo, y con ocasión de un debate sobre la situación de la Universidad española, una de los intervinientes, prestigiosa científica madrileña, me señaló que, a su juicio, entre los motivos a los que atribuir la crisis actual de la enseñanza superior no habría que olvidar la falta de reconocimiento de la función del "maestro" como un referente básico de la labor y de los proyectos en ella realizados. Siempre he pensado que esta reflexión, quizá cuestionable hoy para muchos por considerarla equivocadamente reaccionaria, no encerraba ninguna postura nostálgica ni tampoco se hacía eco de añoranzas por la desaparición de los viejos tiempos en que la vida universitaria gravitaba en torno a un limitado número de egregios profesores, que dominaban el ambiente con sus decisiones, ejerciéndolas con esa mezcla de paternalismo y soberbia que tantos sinsabores provocó en quienes se sentían inermes ante dosis excesivas de discrecionalidad. Por suerte, hace tiempo que estos talantes han quedado definitivamente relegados al olvido, aunque a veces se hayan visto sustituidos por intereses y corporativis­mos de nuevo cuño, mucho más mediocres y no menos sectarios que aquéllos.


Pero esa es otra cuestión, en la que ahora no deseo entrar. Mi defensa del maestro universitario, con toda la riqueza de matices y connotaciones que encierra el término, se debe a la convicción de que el proceso formativo del docente y del investigador sólo es realmente sólido y cobra consistencia cuando se fragua al socaire de la relación mantenida con alguien cuya autoridad intelectual, prestigio y profesionalidad le convierten en el depositario de ese enorme caudal de posibilidades capaces de enriquecer una trayectoria que de ninguna manera puede consolidarse en solitario o de forma meramente autodidacta. Da igual que quien merezca este tratamiento se encuentre cercano o distante en el espacio, que la diferencia de edad sea mayor o menor, que la relación se resuelva en un clima de sintonía o de permanente controversia. A la hora de la verdad todo eso es indiferente, porque de lo que se trata es de que la relación entre maestro y discípulo, construida en torno a un equipo y sobre la base de un proyecto sólido de descubrimiento y transmisión del saber, esté claramente definida por el margen de responsabilidades que compete a cada cual y por el propósito compartido de que el contacto sea gratificante para ambas partes y, sobre todo, provechoso para la que, por razones obvias, más tiene que aprender.


Si creo y defiendo estas ideas es porque la fortuna me ha hecho conocer y valorar en toda su plenitud las ventajas que entraña el haber disfrutado de un excelente maestro. Este rango se lo concedo con gratitud y sin reservas de ningún tipo al Profesor D. Jesús García Fernández, Catedrático de Geografía Física, que a finales de este mes concluye por edad su labor académica convencional para encaminarse, ya con todos los parabienes como profesor emérito, hacia una jubilación activa, es decir, sin ruptura alguna con la que ha sido una de las trayectorias científicas más fecundas y meritorias efectuadas en el Alma Mater vallisoletana. No voy a aludir a la importancia que ha tenido para mí una vinculación académica y científica que contabiliza ya siete lustros, en mi caso toda una vida. Circunscribir la valoración a una cuestión meramente personal empequeñecería la talla del personaje, pues la rebasa con holgura para convertirse en algo que, en justicia, no debiera pasar desatendido ni en la ciudad que le vió nacer ni en la región a las que ha dedicado la mayor parte de sus desvelos y muchas de sus contribuciones más conspicuas.


Quienes le conocen sabrán bien de qué estoy hablando y se mostrarán de acuerdo conmigo cuando afirmo que el conocimiento científico de Castilla y León sería muy distinto, y desde luego, mucho más pobre sin la ingente aportación llevada a cabo mucho antes de que se comenzase a hablar con propiedad de lo que hoy constituye, ya sin confusiones para nadie, el territorio de nuestra Comunidad Autónoma, tal y como quedó demostrado en el Primer Congreso sobre la región celebrado en Burgos en 1982, y del que fue su principal artífice. Sus trabajos sobre ella, como parte de una obra muy notable, han definido un modo de entender la realidad en el que encuentran perfecto engranaje la sensibilidad por la tierra y el análisis de los hechos sin concesiones a la especulación vana ni al tópico fácil. Asumiendo los enfoques empiristas y racionalistas que tanto prestigio aportaron a la Geografía Regional francesa, con los mimbres de pensamiento heredados de la Institución Libre de Enseñanza, y fiel albacea intelectual de ese gran maestro de geógrafos que también fue D. Manuel de Terán, su plasmación en el estudio de los ámbitos espaciales que le resultaban más afines - Castilla, como él la ha llamado siempre, la España Atlántica, concepto por él acuñado, o de Valladolid, entre otras líneas cultivadas - hizo de García Fernández un meticuloso indagador de la realidad espacial en todas sus manifestaciones y perspectivas. Una realidad que, tanto en su dimensión histórica como contemporánea, permitió ofrecer de manera integrada, coherente y con una articulación dialéctica sin fisuras la valoración de fenómenos y situaciones que hasta entonces se habían abordado de manera fragmentaria, superficial, más próxima al simple inventario que al documento trabado en el que ha de apoyarse la aportación científica digna de tal nombre.


En sus escritos ha sabido crear además un estilo inconfundible, muy personal, tan original como su letra manuscrita, y con la ventaja añadida de saberlos transmitir con la profundidad y voluntad divulgadora que unicamente pueden provenir de quien está seguro de lo que hace, fiel a unos enfoques que, resistentes al paso del tiempo aunque permeables a la reflexión crítica, han acabado por darle en buena parte la razón. En esta tarea no se ha encontrado sólo, pues, aunque los cambios en la vida universitaria hayan lesionado en los últimos años la supervivencia de la labor en equipo y provocado un exceso de atomización en la forma de organizar el trabajo, la huella de su magisterio se deja sentir, directa o indirectamente, en cuantos en Valladolid y en otras Universidades españolas y extranjeras se sienten tributarios de un entendimiento de la Geografía como ciencia dedicada a la interpretación integradora de las transformaciones espaciales y al servicio de la sociedad. Sin duda, estas cualidades han prevalecido a la postre sobre el contrapunto marcado por un talante peculiar, en el que se entremezclan ciertas dosis de orgullo, de franqueza sin concesiones y de rechazo hacia lo que no se corresponde con su visión estricta de las cosas.


Pero anteponer este argumento a la valoración objetiva de su encomiable bagaje universitario supone una distorsión impropia, sobre todo cuando, por encima de todo ello, prima el balance conseguido y la gallardía demostrada en la defensa de posturas y de actitudes que, en los años dificiles de la dictadura, eran respaldadas excepcionalmente por muy pocos. Tanto entonces como ahora García Fernández ha permanecido fiel a su ideario, sabiendo forjar, con sus iniciativas y su impresionante capacidad de trabajo, un legado que enaltece y prestigia a nuestra Universidad.