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25 de marzo de 2020

Una aproximación a los impactos geoeconómicos de la pandemia: el afianzamiento de la potencia industrial de China







Este texto participa del debate organizado por la Asociación de Geógrafos Españoles sobre la dimensión espacial de la epidemia por coronavirus


La magnitud alcanzada por la pandemia del Covid-19 representa un desafío ineludible, que incide, por sus múltiples implicaciones, sobre el compromiso intelectual de los geógrafos. En modo alguno, nuestra disciplina y quienes la cultivan pueden permanecer ajenos ante un hecho de tanta trascendencia territorial, pues no cabe duda de que la crisis epidémica provocada por el coronavirus ha de marcar un hito clave en la evolución histórica de la Tierra y en la reestructuración del espacio y de las relaciones internacionales que en él tienen lugar a escala global.  Evidentes y de enorme envergadura son, en efecto, los impactos espaciales, ya constatados y previsibles, que derivan de su dimensión holística, total, ostensible tanto en la generalización de sus efectos traumáticos sobre la salud a escala planetaria como en las profundas alteraciones provocadas en el sistema productivo, en la estructura y reorientación estratégica y locacional de las empresas, en la organización de las relaciones interempresariales, en las formas de trabajo, en el comportamiento del empleo y en la justicia espacial. Nos enfrentamos, por tanto, a un cúmulo de transformaciones concatenadas y decisivas, de enorme alcance geográfico  y sobre los que habremos de profundizar con el fin de sentar las bases interpretativas de las nuevas lógicas asociadas a la mayor crisis sanitaria que ha vivido el mundo desde la Segunda Guerra Mundial.
Entre ellos, y dada su trascendencia, quisiera centrarme de momento en el análisis y la valoración del significado adquirido por la República Popular de China en este dramático y convulso panorama.  La mera verificación de los hechos, en sus diversas variables y manifestaciones, sitúa a dicho país en el foco de la atención, debido a las múltiples ramificaciones que ofrece. Desde la aparición de los primeros contagios en la ciudad de Wuhan en los últimos días del mes de enero de 2020 hasta la aplicación de las medidas de lucha contra el coronavirus, que movilizan la acción de los gobiernos, en la casi totalidad de los Estados del mundo en el primer tercio del año, la referencia a la posición de China, y a sus políticas reactivas, se muestra omnipresente. Sin perder de vista el margen de responsabilidad que la concierne en el desencadenamiento de pandemia – potencialmente atribuible a las alteraciones ecológicas y a las manipulaciones llevadas a cabo en la vida animal (Sonia Shah, 2020)[1] -  la relevancia del peso alcanzado por el país asiático justifica la toma en consideración de una tendencia que se reafirma de manera inequívoca, al comprobar que la lucha contra la pandemia está contribuyendo a robustecer sobremanera su hegemonía en el contexto de la mundialización.  Ello supone un salto cuantitativo y estratégico de primer orden en el proceso que a lo largo de las dos últimas décadas ha convertido a China en uno de los centros neurálgicos capitales de la economía globalizada. En este sentido conviene recordar que, a comienzos del siglo XXI, cuando se desencadenó el SRAS (Síndrome Respiratorio Agudo Severo) la participación de China en el Producto Interior Bruto mundial apenas representaba el 5 %. Su ingreso en 2001 en la Organización Mundial del Comercio propició un aumento progresivo de su entidad en las estructuras comerciales internacionales hasta el punto de que dos décadas después esa participación se había cuadriplicado. Concentrando la quinta parte de la riqueza mundial, su mayor relevancia en términos relativos cobra entidad cuando se calcula que en los inicios del actual decenio de China proviene la tercera parte del crecimiento económico del mundo, un porcentaje similar al volumen alcanzado por las transacciones comerciales y, lo que es aún más significativo, el 36 % de la fabricación manufacturera. Este poderío industrial, que no cesa de crecer, está en la base de su liderazgo como expresión, entre otros factores primordiales, de los efectos que, tras la integración en la OMC, han traído consigo las estrategias de deslocalización llevadas a cabo por firmas muy representativas de la industria europea, cuyos capitales han fluido en esa dirección bajo el señuelo de los bajos costes de mano de obra y la elevada productividad consecuente, ligada a su vez a la dureza de las condiciones de trabajo.
No sorprende, pues, la afirmación de Philippe Waetcher[2] cuando resume estos hechos con una conclusión – “China condiciona el mundo” - tan contundente como difícilmente rebatible. Y es que, a la postre, y en un periodo muy corto, el país que nos ocupa, y que actualmente domina el escenario mediático con enorme profusión, se ha convertido en la “fábrica del mundo”, en el foco prevalente de la economía mundial hasta el punto de elevar de manera sensible la dependencia que ésta tiene de China. En realidad, se trata de una dependencia superior a la que su presencia cuantitativa en la industria mundial la concede, ya que conviene subrayar, como indicador de prevalencia, su elevado umbral de participación en las cadenas de valor de los productos fabriles de alto valor añadido, como es el caso del automóvil, de los componentes electrónicos, del textil, del juguete…y del sector farmacéutico. En todos ellos, y sin agotar la relación, su posición es esencial a la par que condicionante, insistiendo en la idea de Waetcher. Por lo que respecta al mundo de la farmacia, baste señalar, a modo de ejemplo, que, en estos momentos, y aunque la industria del medicamento presenta aún firmas muy potentes en Estados Unidos y Europa, los principios activos están mayoritariamente fabricados en China, donde se produce el 90 % de la penicilina, el 60% del paracetamol y la mitad del ibuprofeno, lo que les confiere una importancia clave en las importaciones realizadas por los países del desarrollo, por lo que la posibilidad de ralentización productiva constituye un riesgo con frecuencia señalado. De ahí que el funcionamiento de la industria farmacéutica en el mundo y su adecuación a las necesidades de un mercado permanentemente expansivo son tributarios de la producción obtenida en China y del enorme potencial científico configurado al amparo de esta enorme ventaja comparativa. 
Cuando el estudioso de la realidad internacional contempla este escenario no puede por menos de sorprenderse de una fortaleza impensable en los años setenta, cuando China aparecía sumida en una profunda crisis económica, política y social. El viraje producido en los años ochenta fu determinante. Consistió en el tránsito del totalitarismo y de una economía semiautárquica a un modelo de economía de mercado sujeta a una estrategia dirigista, eficientemente controlada, con la mirada puesta en su progresiva integración en los mercados internacionales, en un primer momento con destino a su propia región y posteriormente al resto del mundo. El éxito de la experiencia, vigorosamente afianzada en el siglo XXI, es congruente con una voluntad de internacionalización que encuentra en las líneas estratégicas planteadas por el Estado el soporte de su posición en el mundo. En este sentido, resulta evidente la fortaleza aportada por la capacidad del Estado chino para superar ventajosamente para él las dependencias y fragilidades de las que en el contexto de la globalización adolecen las estructuras políticas y de gestión estratégica cuando se encuentran estatalmente debilitadas. China, en cambio, ha sabido aprovechar las posibilidades del mercado global de forma que los movimientos de capital y los beneficios asociados a los flujos comerciales redundaran en su propio beneficio.  Son aspectos que me parece interesante subrayar cuando observamos que, ante la crisis epidémica que la expansión planetaria del coronavirus, la forma más efectiva de afrontarlo es a través de la intervención vigorosa, firme y disciplinada, ejercida por los Estados. Sin ella, es decir, cuando las estructuras estatales son frágiles o no existen, los impactos sobre la economía y la sociedad pueden llegar a ser desastrosos. Desde esta perspectiva, y como corolario añadido de lo que China representa en la lucha contra la crisis epidémica, y haciendo gala de cómo la ha afrontado, no parece desacertado considerar que para ese país esa tragedia constituye una oportunidad para mostrarse ante el mundo como un socio del que no se puede prescindir.
De todos modos, me atrevo a afirmar que la conmoción provocada por esta pandemia tal vez obligue a reflexionar sobre el modelo de globalización que actualmente estructura la articulación del espacio mundial. Y es hasta probable que no tardemos en ver aflorar en el escenario político e intelectual reflexiones, tan interesantes como necesarias, sobre las localizaciones industriales, las interdependencias generadas, las desigualdades que se han producido, los costes sociales a que han dado lugar y, lo que también considero importante, el papel que cabe desempeñar a los Estados, una vez comprobado que sólo con Estados sólidos, y necesariamente democráticos, es posible mitigar los tremendos efectos ocasionados por la catástrofe.




[1] Sonia Shah: “Contre les pandémies…l’écologie”. Le Monde Diplomatique. Mars, 2020. Muy interesante también David Quammen: Spillover: Animal Infection and the Next Human Pandemic. Norton, 2012, 592 pp.  Sobre los efectos espaciales de las epidemias, cabe destacar la obra de Andrew Cliff y Peter Haggett: Spatial aspects of influenza epidemics. London, Pion Limited, 1986. 280 pp. 


28 de febrero de 2020

El clamor (justificado) de la España desvitalizada








Versión en español del texto remitido a la consulta realizada 
sobre el tema por la Université de Paris IV (enero 2020) 



No existe una España vacía ni tampoco vaciada, expresiones utilizadas hasta la saciedad y, a mi juicio, e indebidamente.  Puestos a interpretar con rigor la situación, la denominación más pertinente remite a las tendencias propias de un territorio que, habitado y, por tanto, con vida y actividad, se debilita social, económica y culturalmente al tiempo que pierde entidad demográfica mientras quienes aún lo habitan observan, con sensación de impotencia, que sus perspectivas de futuro aparecen ensombrecidas por un proceso de dualización del desarrollo, que privilegia sobremanera a unos territorios en detrimento de otros. Como espacios vivos que aún son, la toma de conciencia crítica de la realidad en la que se desenvuelven no debe sorprender. Explica la motivación de las sensibilidades que subyacen en las reacciones que de manera cada vez más frecuente, se plasman en movilizaciones de muy diversa índole, con un nivel de motivación al alza que no hace sino poner de manifiesto la dimensión de una preocupación que reclama una respuesta ineludible. Pero lo cierto es que no estamos ante un problema de fácil solución, máxime cuando los diagnósticos se hacen más contundentes y muchas de las politicas puestas en práctica, comunmente henchidas de buenas intenciones, ofrecen un balance muy limitado. Y es que lo que en términos genéricos se identifica como “despoblación” constituye una realidad compleja, multicausal, con matices que trascienden el estricto ámbito en el que específicamente se producen para adquirir una dimensión a gran escala, que sólo puede interpretarse en función de los cambios ocurridos en los factores sociales, económicos y culturales que, directa e indirectamente, alteran con efectos de extraordinario alcance las estructuras territoriales contemporáneas.
            Es obvio que la aplicación del enfoque territorial, preconizado por la Geografía, permite entender mejor el significado de las causas que han dado origen a la acentuación de los desequilibrios en la distribución de la población, coherentes con las circunstancias que la han motivado a lo largo del tiempo. Son circunstancias que han evolucionado al compás de un contexto en permanente metamorfosis, y al que hay que recurrir cuando se trata de ofrecer una explicación lógica sobre la decisiva modificación ocurrida en los comportamientos y la movilidad de la población, bien perceptible en la etapa previa y posterior al cambio de siglo. En esencia, la discontinuidad cronológica, que gradualmente aparece perfilada ya en los años noventa, coincide con el tránsito de los desplazamientos asociados al éxodo rural masivo y a la intensificación de los flujos que, con dimensión generalizada, emanan no solamente del mundo centrado en la economía agraria sino también de los espacios urbanos que ocupan una posición intermedia en la estructuración de un territorio funcionalmente cohesionados en función de las jerarquías heredadas, y que sobreviven dentro de un equilibrio permanentemente amenazado. No en balde el proceso no puede entenderse al margen de una redefinción de la ruralidad como "categoría de las representaciones sociales presente en el debate político y en la acción pública relacionada con la ordenación del territorio" (Bontron, 1996)
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Si los movimientos del campo a la ciudad están en la base de un crecimiento urbano generalizado, coexistente con la mecanización de las labores agrarias y la drástica reducción de la mano de obra ocupada en el campo, los síntomas de la despoblación y sus efectos demográficos – envejecimiento y declive reproductor natural -  comenzaron a ofrecer sus rasgos más preocupantes cuando se intensifica  la polarización del crecimiento a favor de un reducido número de núcleos urbanos cuyo poder de atracción se incrementa al compás de las ventajas inherentes  a la mejora de la movilidad y al incremento de las ventajas comparativas que introducen las economías de aglomeración primordialmente decantadas a su favor en espacios altamente selectivos. Las reflexiones apuntadas a comienzos de los noventa por Benko y Lipietz  a propósito de los nuevos paradigmas de la Geografía Económica, centrados en el análisis de los mecanismos que determinan la diferenciación entre “espacios ganadores” y “espacios perdedores”, no hacen sino sentar asentar las tendencias explicativas del vaciamiento poblacional en aquellas áreas donde las oportunidades de trabajo decaen en contraposición a las que distinguen a los lugares – porque de una localización puntualmente privilegiada se trata – mejor acomodados a los principios de la economía global y a las nuevas dinámicas funcionales, asociadas a las fortalezas del terciario superior y a la mejora de la conectividad,  que de ella se derivan.
 La hipermetropolización – identificado en España por la inequívoca prevalencia de Madrid como vigorosa ciudad global, cuya capacidad polarizadora desde el punto de vista económico y funcional no deja de reafirmarse - constituye su corolario más ostensible, ejerciendo un poderoso efecto succionador de recursos de toda índole que al tiempo que prima la rentabilidad de los propios desestabiliza con fuerza implacable los de sus áreas de influencia cuya dimensión física, superado el condicionamiento de la distancia, no cesa de crecer. El fenómeno coincide, como bien se sabe, con la tendencia a la reconversión drástica de los aparatos productivos regionales, tanto agrarios como industriales bajo las premisas de la competitividad que amenaza la supervivencia de muchas de las iniciativas sobre las que se había sustentado su capacidad para generar y mantener el empleo. A medida que se difuminan las líneas distintivas que tradicionalmente habían distinguido la actividad agraria de la industrial, el declive de las pequeñas y medianas explotaciones agrarias coexiste en el tiempo con las incertidumbres a las que se enfrentan numerosas empresas industriales, tanto transnacionales como no pocas de las nacidas al amparo de la promoción fabril de carácter endógeno, enfrentadas a un escenario mediatizado por la obsolescencia, por la remodelación energética, por las dificultades para afianzar su presencia en los mercados o por las decisiones proclives al ajuste y a la deslocalización.
En cualquier caso, se trata de un horizonte muy crítico que, si culmina el crónico vaciamiento provocado por el éxodo rural, contribuye a la par  al declive vertebrador de las cabeceras comarcales mientras se asiste al estancamiento poblacional de una parte significativa de las ciudades medias, con inclusión de las capitales provinciales, con todo lo que ello implica de desestructuración gradual de los equilibrios asociados a la ordenación más o menos estable de la red tradicional de asentamientos, en buena medida pericilitada.  Mas la magnitud del problema no estriba solo en un debilitamiento cuantitativo de los potenciales demográficos globales. También se asiste a una seria crisis cualitativa, que no admite paliativos ante su manifestación más preocupante o lesiva de cara a los pretendidos intentos de dinamización del territorio afectado, como es la descapitalización del talento regionalizado. Ha sido la dureza de esta constatación la que ha izado todas las señales de alarma y puesto fin a las ambigüedades a las que se ha recurrido en exceso para minimizar la gravedad del fenómeno por parte de quienes habrían de asumir su cuota de responsabilidad. 
La reacción popular va a persistir con la fuerza que aportan las apremiantes demandas y las convicciones de sus protagonistas, en sintonía con la voluntad de impulsar estrategias de lucha contra la despoblación, destacadas en el riguroso informe sobre el tema realizado por ESPON. Tomando, en suma,  como referencia el caso elocuente de la Comunidad de Castilla y León, que ejemplifica con notoria expresividad cuanto sucede al respecto y ante el hecho incuestionable  de que se trata de un problema ligado a la desigualdad espacial de las oportunidades laborales, no es difícil llegar a la conclusión de que, sin estímulo de la capacidad de iniciativa, ya sea endógena o exógena, sin fortalecimiento de la voluntad asociativa de cuantos pugnan por ello y en ausencia de entorno institucional que la arrope, no es posible recuperar las potencialidades latentes, haciendo un uso positivo a su favor de las tecnologías innovadoras. Pues es necesario reconocer que, incluso en un contexto de desvitalización como el observado, siguen existiendo recursos y elementos de oportunidad a la espera de que sean valorizados como se merecen. He ahí, por tanto, uno de los principales desafíos de la acción política, es decir, de una política territorial firme, decidida y bien articulada, que no cierre el camino a la esperanza.

25 de octubre de 2019

¿Y porqué no un Manifiesto por la Geografía?

 


La Geografía española necesita pronunciamientos contundentes que den a conocer y respalden la relevante función formativa y social que esta Ciencia desempeña. Poco conocida, a menudo infravalorada cuando no intencionalmente tergiversada, los argumentos a su favor son tan numerosos como necesarios. Y siempre oportunos.


Sin embargo, la fragmentación que, por motivos académicos fundamentalmente, se ha hecho en España entre "Geografía Física", "Geografía Humana" y "Análisis Geográfico Regional" ha traído consigo una visión errónea y, lo que es peor, contraproducente a la hora de valorar la labor global de los geógrafos, máxime cuando son profesionales proclives a la integración de enfoques metodológicos debidamente vertebrados al servicio del conocimiento e interpretación del territorio, en el que convergen las técnicas que, al margen de esa delimitación, dan coherencia a los objetivos inherentes a la disciplina. Aunque es evidente que las líneas de especialización cultivadas por los geógrafos les han decantado hacia temas susceptibles de una diferenciación en ese sentido, mantengo la opinión a favor de que resulta contraproducente ofrecer a la sociedad una imagen disociada de la Geografía. Nada más elocuente que el espíritu que animó en su día a proclamar el Manifiesto por una Nueva Cultura del Territorio, cuyo enlace encabeza la finalidad de este blog.


Flaco favor ha hecho a ese empeño unitario, del que muchos geógrafos participamos el XXVI Congreso de la Asociación Española de Geografía, recientemente celebrado en Valencia. En él se han presentado dos Manifiestos:

- el destinado a la sensibilización por los problemas de la cuenca amazónica, y denominado Manifiesto por la Amazonia

-  el que específicamente se centra en una de estas ramas convencionales.  Se trata del "Manifiesto por la Geografía Física"


Ambos pueden consultarse en la referencia correspondiente a su presentación en el XXVI Congreso


Estoy de acuerdo con sus contenidos, pues proceden del trabajo realizado por colegas prestigiosos. Cuestiono, no obstante, el que se haya desaprovechado la oportunidad de elaborar y presentar un MANIFIESTO POR LA GEOGRAFÍA, que tanto se necesita y que tan esclarecedor de su importancia y de su propia coherencia hubiera sido.

14 de diciembre de 2018

Hacia una nueva Geografía de la automoción






El Norte de Castilla, 14 de diciembre de 2018

Los aspectos relacionados con la fabricación automovilística han ocupado siempre una posición primordial en las investigaciones de Geografía Económica. No es posible entender las grandes transformaciones que afectan a la producción, al comercio, al transporte, a la organización del trabajo, a la racionalización de las lógicas empresariales, a las relaciones humanas y a la reestructuración de los procesos territoriales sin aludir al decisivo impacto que la automoción ha provocado en todas estas variables. De ahí que las diferentes formas de movilidad asociadas a la evolución del automóvil lo hayan convertido en uno de los principales emblemas del siglo XX, en virtud de la dimensión alcanzada por las estrategias desplegadas en el mundo por sus empresas más representativas, al compás de las espectaculares innovaciones aplicadas a los procesos de producción, sujetos a la lógica de la competitividad global, a las alianzas interempresariales y a los esfuerzos encaminados al afianzamiento de posiciones de poder en el complejo panorama de las conexiones comerciales. Solo así puede comprenderse esa identidad que la automoción ofrece como “la industria de las industrias”,  una denominación que describí y analicé hace años como reflejo de su capacidad para la integración de procesos e innovaciones tecnológicas multisectoriales.

            Si el automóvil ha tenido una importancia crucial en los procesos socioeconómicos y espaciales de nuestro tiempo, es evidente que su relevancia pervivirá aunque dentro de parámetros – en cuanto a tipo producto,  mercado,  hábitos de uso, consumo, autonomía, pautas de movilidad y seguridad - distintos a los que han regido su funcionamiento hasta nuestros días. No asistimos a  un mero cambio de paradigma sino a una drástica revolución tecnológica en virtud de la cual la fabricación automovilística se inscribe en un escenario de transformaciones ineludiblemente condicionadas por los compromisos a que obliga la puesta en práctica del Acuerdo de Paris contra el Cambio Climático aprobado en 2015, pese a que los nuevos modelos (el  vehículo eléctrico)  no sean ambientalmente inocuos a lo largo de su ciclo de la vida (de la mina al desguace), debido a las necesidades iniciales del proceso de fabricación, a las cantidades de materias primas empleadas en la producción de baterías y al incremento exponencial de la demanda de electricidad a que su implantación masiva obliga. Tanto es así que las economías de energía podrían verse contrarrestadas por el altísimo nivel de producción requerida.

            En cualquier caso, se trata de un panorama en el que el comportamiento del sector ha de gravitar en función de las estrategias empresariales aplicadas a tres factores esenciales: la innovación del producto, las formas de trabajo y la localización de las instalaciones. Pues si, en efecto, la innovación aparece, en principio, concebida al servicio de la ecología, con todo lo que ello implica desde la perspectiva del tipo de producto fabricado – reflejo de la “tecnología última”, en rotunda expresión del expresidente de la Alianza Renault-Nissan-Mitsubishi, Carlos Ghosn-, es evidente que ello va a determinar de manera sustancial la orientación de la política energética y de las infraestructuras de carga, la adaptación de las cualificaciones laborales al tiempo que someterá a rigurosa evaluación el nivel de acogida y adaptabilidad ofrecido por las localizaciones existentes a los desafíos impuestos por las nuevas lógicas productivas.  Observando las pautas del complejo empresarial, cabe pensar que las directrices planteadas por las grandes compañías van a mostrarse proclives a la intensificación de sus capacidades competitivas dentro de una planificación de las actuaciones adaptadas a las exigencias ambientales con la mirada puesta en un horizonte que no admite dilaciones.

            Se inicia así un periodo de transición logísticamente asumida que sin duda va a obligar a la adopción de medidas estratégicas de extraordinario calado y con una dimensión geográfica de primera magnitud. En este sentido cabría centrarse en dos fundamentalmente. Por un lado, y a escala europea, se impone la necesidad de contrarrestar el sesgo que, favorable a la posición de China, reviste el proceso en ciernes, lo que, en concreto, justifica la urgencia de incrementar las capacidades competitivas de Europa en el decisivo campo de la fabricación de baterías, terreno en el que actualmente el peso de Asía es abrumador. Por otro, con la atención puesta en España, y que, por lo que nos atañe, pudiera ejemplificarse en los relevantes enclaves de montaje ubicados en Castilla y León, no cabe duda de que la estrategia a seguir, sin menoscabo de la reflexión que conviene suscitar sin demora, y sobre la base de lo que debiera consistir en acometerla desde una política industrial de Estado, pasa por la defensa y acreditación de las fortalezas sólidamente asentadas en su tradición manufacturera, en el que también descuellan firmas muy solventes en el subsector de componentes. No se trata solo de conjurar el riesgo de la deslocalización sino también de optimizar el enorme potencial ya creado tanto en la fabricación final como en la de bienes intermedios, ratificándolo como una de sus principales ventajas comparativas susceptibles de permitir afrontar con cierta seguridad y con el menor impacto negativo posible el enorme desafío que se avecina.

3 de junio de 2018

Aprender a mirar la ciudad





El Norte de Castilla, 3 de junio de 2018


Tomo este título de la idea lanzada por Miguel Ángel Fonseca en una conferencia impartida no hace mucho, junto a Luis Mingo, sobre la Plaza Mayor de Valladolid. De buenos arquitectos como éstos siempre se obtienen aprovechables lecciones y oportunas sugerencias. Entre otras, me ratifican en la que desde hace mucho tiempo practico habitualmente como una costumbre heredada de mi maestro y gracias a la cual he conseguido acumular tantas experiencias como sorpresas en numerosas ciudades. Consiste en hacerse con ellas mediante la andada vigilante para apropiarse intelectualmente de su imagen y de la variedad de los elementos que las componen; o, lo que es lo mismo, de adentrarse en los múltiples recovecos, detalles e insinuaciones callejeras que la ciudad ofrece a la mirada curiosa del observador. El ejercicio de esta tarea, que tiene a su favor el aprovechamiento de las posibilidades que brinda la libertad para orientarla en la dirección apetecida, precisa de un esfuerzo previo de aproximación a  lo que se va a ver, a fin de comprenderlo y asimilarlo adecuadamente. Es ncesario partir de una idea previa de lo que se quiere descubrir, pues todos los espacios presentan singularidades que solo la mirada directa y detallada puede comprender en toda su pluralidad de matices.

            Y es que acercarse al conocimiento de una ciudad precisa de algo más que el mero voluntarismo de lograrlo. El requisito, sin embargo, no es complicado. Basta simplemente con percibir de antemano sus rasgos esenciales, a saber, la localización, los fundamentos históricos que la identifican y su dimensión demográfica. Sobre la base de estos tres aspectos, la indagación voluntaria y discrecional permite encauzar la sensibilidad y hacer mucho más ilustrativa la experiencia hasta enraizarla en la memoria. Representa descubrir realidades nuevas, muchas veces ignoradas, y experimentar la grata sensación que tiene el escrutador cuando se halla ante lo que no espera, para integrarlo en la propia vivencia y, si llegase el caso, poderlo transmitir como desee. Son muchas las referencias y las señales que los itinerarios urbanos procuran, ya que en ellos, como señala Muñoz Molina, las preocupaciones y las obsesiones se disuelven en la observación incesante. De ahí que, cuando uno siente el deseo de asumir  la realidad que potencialmente se abre a la curiosidad de su mirada, dos son las principales sensaciones que experimenta.

            Por un lado, el recorrido trae consigo la ampliación de los “mapas mentales” que cada cual posee de antemano. El mapa mental está construido en este caso a partir de la idea que se tiene de la ciudad en función de los escenarios más acostumbrados en los que se desenvuelve la vida cotidiana. Por lo general, son espacios limitados y con frecuencia simplificados por la costumbre, pues en principio su configuración está delimitada por los hábitos de relación más rutinarios. De ahí que, cuando la vista se abre a otros escenarios, el observador se da cuenta de que existen marcos de convivencia que ha de enjuiciar como complementarios al suyo. Merced a ello la cartografía personal se embarnece y, lo que es más importante, incorpora elementos sin los cuales el propio campo de consideración vital del ciudadano no podría ser entendido. 

            Y, por otro, cuando el caminante deambula por la ciudad cobra conciencia de otro de los aspectos más estimulantes que nutren su percepción crítica del espacio: la apreciación del significado de los contrastes, la estimación de lo mucho que la diferencia significa en la estructura de los elementos – espaciales, económicos y sociales - que la integran. La idea de uniformidad carece de sentido cuando la mirada se detiene en sus recorridos para percatarse de hasta qué punto la variedad prevalece como rasgo dominante. Diferencias drásticas en la arquitectura, en el tratamiento y situación de los edificios de valor histórico, en la tipología de las calles, en la ordenación de las perspectivas, en la simbología de los reclamos publicitarios, en la densidad de los desplazamientos humanos que en ellas se producen, en la relevancia, calidad y uso de los espacios públicos, en los sonidos envolventes. En esta aproximación a la interpretación de la diversidad urbana reviste gran importancia también la tipología ofrecida por los establecimientos comerciales, habida cuenta de que el comercio constituye una de las principales señas de identidad de las ciudades. Detenerse en este aspecto permite valorar la envergadura de las transformaciones experimentadas y las causas que las provocan ya que se trata de la actividad que mayor metamorfosis experimenta en periodos de tiempo muy breves, en los que la sustitución morfológica y estética ha coincidido con la reconversión o el cierre de numerosos locales, que hoy acusan los efectos demoledores a los que se ha visto sometido el llamado comercio de proximidad.

            Y, del mismo modo, es evidente que las ciudades no pueden concebirse sin sus periferias, sin esos ámbitos en los que se plasma el crecimiento difuso, abierto a numerosas modalidades y estrategias de expansión. Francisco Candel escribió  en los años sesenta una obra que marcó una época y una forma de interpretar los márgenes urbanos. Habló de allí “donde la ciudad cambia su nombre”. Aunque las tendencias actuales ofrecen hoy matices respecto a aquella apreciación, no cabe duda de que captar lo que sucede en ese mundo que habitualmente no se ve, tan repleto de contradicciones y a veces de sobresaltos, supone una incitación a las averiguaciones patentes que no debiera eludirse si se pretende ser fiel al objetivo global perseguido.  

            Por todo ello, observar la ciudad es una lección de primer orden, que nadie debe subestimar. Una poderosa lección de ciudadanía activa. Ayuda a valorar fenómenos esenciales de nuestro tiempo y aporta visiones que reavivan permanentemente la curiosidad de quien se empeña en tenerlas. Las ciudades son libros abiertos, que hay que leer poco a poco, y que releer también, pues el paso del tiempo introduce correcciones y somete a revisión lo ya aprendido. Son laboratorios de experimentación de políticas públicas que someten a valoración la calidad de las decisiones de quienes las gobiernan al tiempo que enriquecen la visión comparativa de la realidad. De ahí su enorme valor formativo, cultural y político. En definitiva, aprender a mirar las ciudades nos hace ser conscientemente críticos del mundo y de la sociedad en los que nos ha tocado vivir.  
                      

23 de enero de 2018

Ordenar el territorio: "una ardiente obligación"


El Norte de Castilla, 23 enero 2018




El concepto de Ordenación del Territorio define el significado de la idea de que las actuaciones que modelan y organizan la realidad espacial no deben quedar supeditadas a la lógica selectiva de los comportamientos del mercado, y a sus impactos ambientalmente regresivos, sino ajustadas a unas pautas racionales de intervención, concebidas a largo plazo, coherentes con los principios de preservación de las cualidades paisajísticas y patrimoniales y de acuerdo con criterios de sostenibilidad que a su vez se apoyaban en la pretensión de que la eficiencia y la equidad fuesen opciones compatibles en el desarrollo integral del territorio.

            Contemplada de manera explícita esta noción en el Artículo 148.3 de la Constitución española y aprobada en Torremolinos (1983) la Carta Europea de la Ordenación del Territorio, promovida por el Consejo de Europa, las Comunidades Autónomas emprendieron en los años ochenta un ambicioso y generalizado proceso regulador con este fin. Un proceso que se plasmó en el prolijo arsenal de Leyes, Reglamentos y demás disposiciones que conforman en España la vasta panoplia de directrices encaminadas a la ordenación del territorio al amparo de las competencias asignadas a las Comunidades Autónomas, que hacen uso de ellas haciendo suyas al propio tiempo las Leyes básicas del Estado en la materia y las pautas que derivan de las Directivas de la Unión Europea.

            Con la perspectiva temporal ya disponible y a partir de la valoración de los resultados obtenidos, no es aventurado afirmar que la experiencia asociada a la pretensión de una ordenación coherente del territorio en España se traduce en una ostensible frustración. Numerosos son los elementos de juicio que así lo ratifican. Basta constatar, entre otros, el alcance los incumplimientos de los objetivos previstos en las leyes, las dilaciones en la puesta en práctica de los mecanismos que los hagan posible, las contradicciones entre lo deseable y lo que finalmente ocurre, la sustitución en la práctica de las medidas planteadas con largo horizonte por las que, en cambio, ofrecen un perfil cortoplacista al margen de las implicaciones que hacia el futuro pudieran generar. En suma, la supeditación de las calidades del territorio a los objetivos de los intereses que de él se aprovechan ha definido, con rasgos en ocasiones escandalosos, muchas de las prácticas de intervención que con harta frecuencia han cristalizado en la configuración de un país profundamente alterado desde el punto de vista paisajístico y urbanístico, debido a las agresiones de que han sido objeto muchos de sus elementos patrimoniales - naturales y culturales – más valiosos.


            El empobrecimiento estético que ello ha traído consigo se revela las más de las veces como un legado difícilmente reversible. Mas el problema no reside solo en la comprobación de estos efectos, muchos de los cuales han sido ya objeto de un inventario escalofriante – “las ruinas modernas” o “la topografía del lucro” en España, descritas por Schulz-Dornburg - sino en el elevado nivel de desatención mostrado por la mayoría de la sociedad. Pese a las enormes implicaciones económicas y sociales que tiene, no es un tema presente en el debate político. Nadie en el panorama institucional habla de ello e incluso es fácil verificar su ausencia o debilidad en los programas de las distintas fuerzas en liza. Da la impresión de que deliberadamente se evita para no incurrir en compromisos cuyo cumplimiento podría provocar, llegado el caso, una posición incómoda. 

            Y, sin embargo, su trascendencia está fuera de toda duda. De ahí que, desde el escenario en el que esta reflexión se plantea, es decir, la Comunidad Autónoma de Castilla y León, cobre fuerza el argumento favorable en pro de la toma de conciencia de lo que una buena, equilibrada y proactiva ordenación del territorio pueda suponer para el ámbito regional que nos ocupa. Y hay que plantearlo desde la perspectiva que lo interpreta como la región europea en la que mayor número de desafíos, ambivalencias y contradicciones se plantean en este sentido. Por su magnitud superficial, por la complejidad y diversidad de sus rasgos ecológicos, por las características del poblamiento, por las críticas tendencias demográficas que la definen, por la diversidad, importancia y vulnerabilidad de sus elementos patrimoniales, por su situación estratégica…Castilla y León adquiere la dimensión de un espacio experimental muy relevante a escala de la Unión Europea o, al menos, de los marcos territoriales con los que es equiparable. 
 
        Se reafirma así su expresividad desde el punto de vista comparativo para el despliegue de actuaciones encaminadas en la doble dirección que conlleva, por un lado, la voluntad de corrección de sus riesgos y situaciones disfuncionales; y, por otro, el aprovechamiento de sus potencialidades, intrínsecas y exógenas, al amparo de los criterios que aparecen bien definidos, a mi juicio, en los instrumentos legales de los que la Comunidad se ha dotado a lo largo del tiempo. Pues no hay que ignorar que tanto la Ley de 1998, pese a las decepciones y flagrantes omisiones que ha deparado su aplicación, como la aprobada en 2013, aún por llevar a la práctica, son normas que personalmente considero muy aprovechables. Sorprende, sin embargo, el impasse a que se hayan sometidas. Y, aunque bien es cierto que son susceptibles de acomodación flexible a la hora de su puesta en práctica, no cabe duda que el futuro de Castilla y León, a la vista de la situación en que se encuentra, pasa necesariamente por la materialización de la voluntad que haga posible la Ordenación efectiva de su territorio asumiendo, con pretensión formativa de la sociedad regional y al tiempo ejemplificadora más allá de sus límites administrativos, lo que esto significa sobre la base de una normativa que se halla irresponsablemente en injustificada hibernación.  

11 de agosto de 2017

En las cumbres y al pie de la Peña Amaya




El Norte de Castilla, 11 de agosto de 2017






Siempre nos asombró aquel espacio natural por su belleza, por su espectacularidad y por su incuestionable interés científico. Perspicaz y tesonero como era, Jesús García Fernández, Catedrático de Geografía de la Universidad de Valladolid, y al que considero mi maestro, tuvo muy claro desde los años sesenta que había que descubrir, conocer e interpretar a fondo ese impresionante muestrario de relieves complejos, labrados por el plegamiento, la fractura y la  erosión en las calizas de la Era Secundaria que configuran el sector meridional de la Montaña Cantábrica en las comarcas septentrionales de Burgos y Palencia. A partir de 1966 puso en marcha un innovador programa de cursos de trabajos de campo encaminados a ese fin. Lo hizo sin otra  ayuda que la proporcionada por su esfuerzo, y contando con su capacidad de iniciativa y con la cooperación del equipo que le acompañó en las laboriosas tareas preparatorias y en la realización del curso celebrado siempre durante la primera decena de julio. La organización de estos cursos, con agotadores recorridos desde diferentes lugares de partida - Villarcayo, Aguilar de Campoo, Villadiego, que posteriormente, y hasta su final en 1998, se ampliaron a la villa soriana de San Leonardo para el estudio de formas similares en el tramo burgalés de la Cordillera Ibérica– supuso un notable avance, admitido y destacado científicamente a gran escala, en las investigaciones aplicadas al estudio de la geomorfología estructural en la Península Ibérica. Varias generaciones de geógrafos, procedentes de todo el país, se dieron  cita en unas convocatorias consideradas esenciales para la formación en el conocimiento del paisaje. De aquella experiencia se obtuvieron valiosas aportaciones, plasmadas en las Memorias que anualmente se realizaban, enriquecidas por la gran profusión de gráficos, croquis y textos con que eran presentadas. Merced a ese trabajo fue posible descubrir, analizar y dar a conocer, con el fundamento necesario,  dos espacios naturales de notable relevancia ecológica: las Montañas de Burgos y Las Loras. Numerosos testimonios, bien publicados o inéditos, así lo corroboran.






            Sin embargo, durante mucho tiempo aquellos resultados no obtuvieron el eco y la atención que merecían. A modo de ejemplo, bastaría recordar la anécdota ocurrida en octubre de 2000, cuando García Fernández y yo asistimos en Burgos a una conferencia impartida por el prestigioso economista palentino Enrique  Fuentes Quintana. Al terminar la intervención Fuentes presentó a García Fernández al entonces presidente del gobierno regional, Juan José Lucas Jiménez, que asistió al acto. Puesto que no le conocía, éste le pregunto a qué se dedicaba. Le faltó tiempo al estudioso del territorio para explayarse con cierto detenimiento sobre  el significado de sus trabajos en las montañas que suscitaban su interés. Sin mediar deseo de aclaración alguna por parte de Lucas, sólo planteó una cuestión tan lacónica como sorprendente: “¿y todo eso para qué sirve?” La respuesta de García fue inmediata: “pues para conocer mejor nuestra región; para interpretar y destacar la importancia de sus valores naturales”. No hubo reacción por parte del político regional. Como en el soneto de Cervantes, “miró al soslayo, fuese y no hubo nada”.


            El tiempo transcurrido desde entonces no ha hecho sino ratificar el significado de un espacio singular en el conjunto de los paisajes españoles. Numerosos y convincentes han sido los argumentos utilizados para justificar el marchamo de calidad finalmente concedido en mayo de 2017, cuando la UNESCO otorga al espacio configurado por los relieves que responden a la tipología de  las “loras” (grandes sinclinales colgados, que quedan en realce por desmantelamiento de los anticlinales como consecuencia de la erosión) la condición de Geoparque Mundial, una categoría específica y de excelencia, que se apoya en el reconocimiento de la singularidad paisajística como algo excepcional y digno de ser preservado. Es el primer Geoparque asignado a Castilla y León y el undécimo de los que integran este rango en España. García Fernández no ha llegado a conocerlo (falleció en 2006), pero sí los discípulos que le acompañamos en aquellas aventuras, tan lejanas en el tiempo como presentes en la memoria.






            Por lo que he podido observar, la ilusión y las esperanzas suscitadas por el Geoparque están a la altura de la sociedad encargada de preservarlo y de aprovechar al tiempo sus posibilidades. Se trata de un ámbito conocido, bien estudiado, rigurosamente interpretado en sus componentes esenciales, procesos y transformaciones. Un ámbito geográficamente adscrito a las tendencias características de los espacios de montaña media en un entorno territorial afectado por la despoblación y en el contexto de una economía eminentemente agraria. No se puede calificar de rural profundo, aunque sí presenta los rasgos propios de la ruralidad necesitada de estrategias que faciliten la correcta, efectiva y sostenible utilización de sus recursos. Al amparo de las posibilidades permitidas por una sociedad activa, generadora de ideas y capaz de prefigurar los ejes que han de orientar las decisiones hacia el futuro, no puede pasarse por alto la encomiable iniciativa impulsada por Alberto Saiz Arnaiz, cuando el 15 de julio de 2017 actuó de anfitrión de un encuentro multidisciplinar al que tuve el placer de asistir. Científicos y técnicos de diferentes especialidades, empresarios, responsables públicos con experiencia dilatada, agricultores, estudiosos del patrimonio local y regional se dieron cita para debatir durante una jornada muy intensa sobre la realidad del contexto espacial en el que se inserta el complejo del Geoparque. La reunión tuvo lugar en Villadiego. Previamente al debate, que ocupó la mayor parte de la jornada, se efectuó una visita a la Peña Amaya, lugar emblemático y representativo del espacio natural que motivó el encuentro. Desde la cumbre se divisa un panorama espectacular, una síntesis espléndida del paisaje de las “loras”. Hacía más de treinta años que no lo había visitado. Sentí cercana la presencia del maestro, a sabiendas de lo satisfecho que se hubiera sentido en aquella compañía y entusiasmado ante los desafíos a que se enfrenta ese espacio al fin reconocido como se merece.

           

 

19 de noviembre de 2015

Geografía y experiencia viajera: la mirada atenta y la percepción de los espacios contrastados



Reproduzco aquí la introducción del libro en el que he tratado de relatar las experiencias vividas durante los viajes que, con fines docentes y científicos, he realizado a los países del Cono Sur americano durante varios años. Con ello simplemente persigo dar a conocer el amplio abanico de posibilidades a que se abre la realización de los viajes, como fuente inagotable de enseñanzas, vivencias y situaciones de la más variada índole. 

“En la edad de ordenar por vez primera las emociones bellas, me sobrecogió el paisaje”. Manuel Azaña: El jardín de los frailes, Madrid, Alianza Editorial, 1981

 

“Quien observa termina por ver”

Glenn Murcutt, arquitecto australiano, 2011

 

“Todo lugar es el lugar donde no está otro lugar”, Tony Judt, El refugio de la memoria, Madrid, Taurus Pensamiento, 2011

 

“A la tumba solo nos llevamos los viajes”, palabras dichas al escritor Jorge Carrión por un camionero en un vuelo Ciudad de Guatemala-San Francisco, 2013

 

 

Evocar las experiencias viajeras significa con frecuencia vivirlas de nuevo, sobre todo si se procura mantenerlas en el recuerdo antes de que el tiempo acabe por desleírlas o empobrecerlas. La realización de un viaje entraña temporalmente un cambio de vida, la apertura expectante a otras sensaciones, el descubrimiento de costumbres, escenarios y  hechos insólitos, a veces desconcertantes, que solo quien lo lleva a cabo, y lo acepta asumiendo sus posibilidades, misterios y desafíos, puede comprender en toda su plenitud, en su compleja y plural riqueza de matices. No me refiero obviamente a los viajes forzados, a los que se hacen en contra de la voluntad, por imperativo no deseado o a disgusto. Cuando eso sucede, y ha sucedido siempre y en exceso, la movilidad equivale a traslado obligado por las circunstancias, es decir, por las múltiples causas que llevan a las personas al exilio, al destierro, al  desarraigo o a la búsqueda necesaria, mediante la emigración, de horizontes alternativos.


No es esa, empero, la sensación que procuran los viajes organizados de forma voluntaria, de esos que, como escribió Cees Nooteboom  “salen  de la curiosidad de ver cómo viven los otros”, del deseo de apreciar el valor de la alteridad y de los contrastes entre lo cercano y lo distante, entre lo propio y lo ajeno, de la inquietud que suscita el desafío ante la novedad de lo desconocido. Son viajes justificados en función de los diferentes factores que los motivan y efectuados con el convencimiento previo de que, pese a las vicisitudes, los esfuerzos, los riesgos o las incomodidades que pudieran acaecer o acarrear, el resultado final puede resultar satisfactorio, muy formativo y, a la postre, una gratificante y perenne recompensa vital. Y lo son aún más cuando lo que se decide conocer acusa rasgos diferenciales respecto a lo que es habitual, frecuentado y consabido. Se trata, en suma, del viaje concebido como práctica del espacio, la actividad inherente a los geógrafos; es decir, esa imbricación entre Geografía y aventura que tan bien describe e interpreta Eduardo Martínez de Pisón en sus memorables obras de viaje y de la que con singular acuidad supo dar cuenta  Jesús García Fernández, al comentar sus trabajos de campo, que finalmente recopiló en el libro – Por ambas Castillas. Memorias de un geógrafo -  a cuya publicación en Ámbito Ediciones contribuí en  2005,  como respuesta al deseo del ilustre geógrafo, que además fue mi maestro, de “catar y recatar” lo que a su mirada y a su cuaderno se ofrecía.  

Si, en principio, viajar por Europa no constituye para el europeo una vivencia que sorprenda más allá de las particularidades propias de un territorio en el que abundan las referencias – históricas y geográficas - asumidas o entendibles de antemano, visitar y recorrer el mundo latinoamericano aparece como una opción viajera henchida de retos, incógnitas y alicientes de toda índole.


Confieso que desde la infancia me sentí fascinado por lo que pudiera ocurrir al otro lado del Atlántico, cuya magnitud contemplaba a menudo en los mapas con indisimulada curiosidad. Mi padre, que nunca salió de España, me la transmitió a través de las narraciones de los viajes de Colón, de las descripciones y los comentarios sobre la construcción del Canal de Panamá o los misterios insondables de la Amazonia, de la experiencia vivida en Cuba como monja de una hermana de mi madre, de las peripecias de un viejo amigo de la familia emigrante a  México o de las que él mismo se inventaba, recreándolas con una admirable imaginación, sobre lo que ocurría en aquellas tierras remotas, tan ligadas a nuestra historia y tan próximas, por tanto, a las percepciones que nos hacían sentirlas como algo de lo que culturalmente no podíamos, ni queríamos, desprendernos. Así se fraguaron poco a poco esos lugares embebidos en  la memoria que, buceando en ella,  la propia fantasía se encargaba de mitificar, hasta el punto de convertirlos en un destino viajero, casi como un compromiso,  pendiente de satisfacer en un futuro indeterminado.

Afortunadamente la vida profesional me ha permitido aproximarme, ya como adulto, a su conocimiento y, aunque es bien cierto que la magnitud de ese espacio, su variedad intrínseca en todos los sentidos o el sinfín de referencias que acumula impiden abarcarlo siquiera sea de manera aproximada, no cabe duda que la expresividad de sus manifestaciones, el interés que suscitan, las reflexiones que provocan y los debates alentados crean favorables condiciones para tener la impresión de que se trata de un espacio que, inasible al principio de tomar contacto con él, merece ser descubierto, y además con el convencimiento de que nunca se acabará de conocer por completo ni en toda su riqueza de matices.


En mi caso me apoyo en la frecuencia de las visitas, y de los valiosos horizontes de relación que me han facilitado, para mostrar la visión que de todas ellas he obtenido a través de la aproximación a  la realidad y, lo que es más importante, de la relación con las personas que en ella viven, trabajan y se desenvuelven. Es entonces cuando uno siente la necesidad de no desperdiciar lo mucho que el viaje puede ofrecer, consciente de que solo en la búsqueda deliberada de lo desconocido, y precisamente por el estímulo que crea a favor de su descubrimiento,  es posible encontrar la explicación objetiva a muchos de los interrogantes que  plantea la realidad que se pretende conocer y desentrañar. Como una puerta abierta a posibilidades insospechadas, contemplando los paisajes con “ojos nuevos”,  coherente con la conocida reflexión de Marcel Proust a propósito de lo que significa el “verdadero viaje de descubrimiento”.


No en vano el viaje representa la forma  más evolucionada que el ser humano tiene de conocer el mundo que le ha tocado vivir, habida cuenta además que la historia de la cultura viajera demuestra que no se viaja sin esfuerzo, sin sacrificio, sin ilusión, sin cobrar conciencia previa de que lo que se va a ver siempre revela matices susceptibles de ser conocidos, discutidos y  reinterpretados.  Posibilidad que, por otro lado, está alentada cuando la visión se combina certeramente con la palabra, cuando lo que se ve abre paso, merced al efecto estimulante y creativo de la curiosidad y de la conversación, a comentarios y explicaciones no circunscritos a la mera coincidencia sino amparados en la complementariedad de perspectivas que el propio flujo y contraste de puntos de vista favorece. En ello estriba en buena medida el que la huella dejada por el viaje, el hecho de reparar en detalles que otros no perciben,  sea eficaz y, lo que no es menos importante, satisfactoriamente duradera e intelectualmente fecunda. Y lo afirmo con el convencimiento de que es probable que en todo proyecto viajero yazga siempre la sensación de que lo que se ha de descubrir pueda superar con creces la más motivadora de las intuiciones previas a su realización.


Cuando desgrano y a la vez encadeno en la memoria - evitando que se muestre quebradiza -  las diferentes situaciones y experiencias vividas, hasta descender incluso a esos pequeños detalles que tanto valor tienen y que tan a menudo pasan desatendidos, observo entre ellas un hilo conductor que las aporta el engarce necesario para darlas a conocer de manera coherente y estructurada, contemplada con los ojos del geógrafo y convencido de que, como señala Martínez Ahrens, “Latinoamérica es una incógnita que sólo se explica por la Geografía”. De hecho, y más allá de su diversidad, responden a la misma motivación que justifica la ilusión puesta en no cerrarse a posibilidad alguna en la ejecución del viaje o ante lo que pudiera suceder. Y para ello nada mejor que aceptar de entrada, y a sabiendas de que las que sorpresas pueden aparecer en cualquier momento, los dos requisitos que se precisan cuando el viajero decide emprender el camino a través de las rutas y railes que surcan el inmenso espacio sudamericano.


Se necesita a la par paciencia y mirada perspicaz. Paciencia para aceptar  que las distancias son largas y el tiempo exigido para recorrerlas resulta casi siempre imprevisible, pues no se mide tanto en kilómetros como en horas consumidas. Y, en cuanto a la forma de percibirlo, ¿cómo no extremar la agudeza de la mirada y la finura del oído a fin de evitar incurrir en la monotonía, cuando la realidad está henchida de matices,  de singularidades, de aspectos curiosos e imprevisibles y de personas capaces de descubrirlos y dispuestas para ello? Además, cuando se mira, hay que  evitar  siempre esa propensión a prejuzgar que el escritor viajero argentino Mempo Giardinelli atribuye a los europeos cuando se acercan al mundo que les es ajeno;  por eso, siguiendo sus indicaciones, estoy de acuerdo con él de que se trata ante todo de comprender, sin duda la postura más correcta y respetuosa que quepa adoptar. De nada sirven las posturas preconcebidas si no se parte del principio de que han de estar sometidas a la revisión y al tamiz que la experiencia directa y el sentido del viaje proporcionan.


Con esta actitud ante la dimensión, la imprevisibilidad y la complejidad del espacio que nos ocupa, se impone igualmente la toma en consideración  de los principios que han de inspirar la realización de un viaje hacia lo que está por descubrir, esto es, la ausencia de prejuicios, el rechazo a las obsesiones comparativas, el conocimiento - siquiera sea aproximado - de los factores geográficos, históricos y culturales que lo construyen…amén del espíritu crítico y el reconocimiento de lo que la diferenciación espacial representa. Y, por supuesto, con  la libreta de anotaciones y la cámara fotográfica como compañías inseparables. Dicho en otras palabras, se trata de incorporar el territorio al universo, siempre abierto y expectante, de las sensibilidades personales con la intención de transmitirlas y compartirlas con los demás.


Entre los meses de octubre de 1994 y 2013 he efectuado treinta y dos viajes a la América Central y del Sur. A lo largo de ese período casi todos los años – y siempre en las estaciones equinocciales - he cruzado el océano Atlántico, y hasta varias veces en uno solo. Conozco bien varios de sus aeropuertos, las carreteras, las estaciones de autobús y de tren, las vías fluviales, las ciudades, las áreas rurales, algunos de sus paisajes más singulares y poco conocidos, sus gentes y sus costumbres, sus formas de hablar, de opinar, de discutir, de cantar, de sentir y, en suma, de vivir. Todos estos movimientos han tenido relación con diferentes aspectos de mi actividad profesional, vinculada a mis responsabilidades como docente e investigador en la Universidad de Valladolid, a la que he tratado de representar siempre con dignidad. Ninguno de los viajes a los que me refiero en esta obra ha sido efectuado con fines estrictamente turísticos. Los doy a conocer y describo como parte sustantiva de mi actividad profesional, pues no podría entenderlos sin tener en cuenta lo mucho que han contribuido a desarrollarla cualitativamente, pues no cabe duda que el desplazamiento físico nutre y enriquece el propio trayecto interior. De uno u otro modo han influido de manera decisiva en mi percepción de la realidad espacial, que, desde luego, sería muy distinta de no haber tenido la oportunidad, aprovechándola a conciencia, en grata compañía y bien asesorado, de visitar lugares y paisajes inolvidables, muchas veces alejados de las rutas turísticas convencionales y multitudinarias, observar iniciativas interesantes y curiosas, compartir experiencias y, lo que es más importante y atrayente, descubrir personas, opiniones y estilos de vida que han contribuido a embarnecer sobremanera la propia representación que del mundo he acabado elaborando, desde la atención y el respeto debidos, con el transcurso de los años.


Las causas que han motivado estos viajes y las actividades asociadas a ellos han respondido, como he señalado, a cuestiones de trabajo. En unos casos, la mayoría, he dado cumplimiento a compromisos docentes, en respuesta a amables invitaciones que comúnmente he atendido, y no tanto porque me permitían aplicar mis conocimientos en otros ámbitos sino porque, como los resultados así lo avalan, yo mismo me veía beneficiado por los encuentros con colegas y alumnos formados en diferentes escenarios, con procedencias, hábitos, costumbres y actitudes que ampliaban la perspectiva de la docencia a la que estaba acostumbrado. A decir verdad,  introducían formas novedosas de presentación de las cuestiones objeto de estudio y hacían posible el desarrollo de debates cuyos derroteros y resultados eran con frecuencia imprevisibles, aunque cabía presumir que podrían ser enriquecedores.
 

Pero no siempre la impartición de clases ha sido el objetivo a cumplir. La participación en Congresos y Seminarios, en reuniones relacionadas con proyectos científicos de dimensión internacional, en tribunales de Tesis Doctorales o de Maestría, o simplemente la presencia en reuniones a veces improvisadas aunque justificables en el ambiente de relación propiciado por el encuentro han abierto interesantes posibilidades de conexión con los demás que en la medida de lo posible he intentado no desaprovechar. Y, por supuesto, no he perdido la oportunidad, cuando se presentaba factible e interesante, de comunicarme con las personas que deliberada o casualmente se han cruzado en mi camino. Ocasiones las ha habido con frecuencia  y en las circunstancias más dispares. Basta simplemente con buscarlas, procurando que no se escapen. Y no solo en los ambientes ya citados, sino también en situaciones donde la disponibilidad de tiempo permitía crear un cierto clima de confianza, impulsor de la conversación que emana de la curiosidad por averiguar aspectos que el interlocutor podría poner al descubierto.


La verdad es que esta forma de coadunar vínculos temporales y afectivos ligados a la comunicación a través de la palabra y del escrito ha deparado sorpresas muy gratas en los viajes, especialmente en los autobuses y en sus estaciones, esos lugares proclives a la aparición de relaciones insospechadas que las largas horas ocupadas en el viaje se encargan de alumbrar. La vida está trenzada de experiencias múltiples, que crean una urdimbre de conexiones al cabo del tiempo hasta dejar un poso firme en la memoria, en la actitud ante lo que nos rodea y en la afectividad. Muchas de ellas son fortuitas, producto del azar, quizá irrepetibles, a menudo fugaces e incluso pudiera parecer que hasta inverosímiles. Mas cuando resultan enriquecedoras, y lo son las más de las veces, su recuerdo no se extingue pues permanece fresco y vigente, convencido de que cuanta más memoria más vida.


Y no sólo por lo que pudieran tener de originalidad, sino porque revelan las formidables oportunidades que emanan de las relaciones humanas cuando se abren al descubrimiento de otras personas antes desconocidas, y que de repente, sin preverlo, la casualidad pone en el camino, lamentando no haberlas conocido antes. Y la verdad es que se aprende mucho, pues viajar no sólo amplía horizontes; también aporta madurez, relativiza las opiniones valorativas sobre los hechos y las sociedades y somete a revisión y al necesario tamiz crítico las ideas preconcebidas hasta modificarlas en función del conocimiento obtenido.


No se trata, con todo,  de un texto pensado como una mera descripción de viajes, por más que la iniciativa viajera – esa “metáfora de la vida humana”, en expresión de Francisco Ayala - constituya la evidencia empírica tanto de lo aquí reflejado como de los pormenores y de las explicaciones que lo acompañan. Se trata, eludiendo el harto frecuente solipsismo académico, de aportar ideas y reflexiones susceptibles de facilitar una interpretación de las realidades espaciales cuando fueron visitadas y no a través de la erudición sino de las consideraciones obtenidas in situ, en cuyo conocimiento se entremezclan los hechos con las tendencias propias del contexto específico en el que tuvieron lugar. Son circunstancias heterogéneas e incluso contradictorias, que han ido mucho más allá del conocimiento convencional, pues en el inventario registrado coexisten las situaciones más confortables – discursos oficiales, lugares de la ostentación, rehabilitaciones espectaculares del patrimonio histórico, espacios naturales de gran belleza y espectacularidad, entornos placenteros, en cualquier caso -  con los hechos reveladores de las situaciones críticas – pobreza, desastres naturales, conflictos, desigualdad lacerante, deterioro ambiental, marginalidad – en las que aparece sumido el mundo sudamericano.


Y lo he hecho además persuadido de que la experiencia personal está indefectiblemente unida a la sucesión de los paisajes que se descubre, conoce y valora a lo largo del tiempo. Paisajes urbanos y rurales, paisajes de montaña y de llanura, paisajes intensamente transformados, cuando no agredidos,  por la acción humana o aún preservados de ella. Paisajes contrastados, en fin, que, como el legado patrimonial que representan,  traban el conocimiento del espacio y construyen esa cultura del territorio que cada cual posee y transmite con las herramientas a su alcance; herramientas que perfecciona con el tiempo a medida que las edifica y readapta en función de la utilidad que proporcionan hasta asimilarlas como un ingrediente fundamental de la experiencia viajera,  la que le lleva a descender a detalles que, en ausencia de ellas, pudieran pasar desapercibidos o ignorados. Así contempla el geógrafo viajero cuanto le rodea y así analiza e interpreta lo que ve quien conscientemente no quiere dejar nada a la indiferencia o al desdén, ya que nada, de antemano, es desdeñable, entendido en su momento histórico y en su contexto espacial. En cierto sentido, se trata de aproximarse con la mirada atenta a lo que la realidad  ofrece, más o menos acorde con la intención que, por ejemplo, Vanessa Winship imprime a sus fotografías, entendidas como un viaje al entendimiento de lo previamente desconocido.

 

 No es posible entender un espacio al margen de la época en que es conocido e interpretado ni, menos aún, de la  opinión de quienes viven, se organizan y se esfuerzan en él; de ahí la utilidad del relato personal, el valor de lo que se expone desde la vivencia directa, no mediatizada por el tópico consabido ni la intermediación interesada ni sesgada. Se trata, dicho de otro modo, de captar el significado que las experiencias acumuladas, y debidamente estructuradas, aportan al conocimiento de Latinoamérica, de sus cualidades naturales y procesos históricos, de los problemas que la aquejan, de sus contradicciones y dificultades, y de las transformaciones producidas en una época especialmente crucial de su historia. “No puede haber presente vivo con pasado muerto”, subraya con acierto Carlos Fuentes.  Muchas y complejas son, en efecto, las tendencias que definen su trayectoria histórica al tiempo que introducen factores de tensión y conflicto perceptibles en su evolución política, social, económica y territorial. Son aspectos que justifican sobradamente la atención merecida desde todas estas perspectivas ya que la región que nos ocupa posee esa condición de “edificio de un extraordinario atractivo” que, como señala Tony Judt, se requiere “para que un refugio de la memoria funcione como un almacén de recuerdos infinitamente reorganizados y reagrupados”.


Durante las dos décadas transcurridas en el período abarcado por estos viajes varios acontecimientos de singular importancia han contribuido a modelar el espacio con incidencias muy sensibles en la organización política interna de los Estados,  tras superar trágicas experiencias dictatoriales, en la recomposición de sus estructuras administrativas y de gestión, en su personalidad cultural, en su proyección internacional, en las directrices de crecimiento, en la utilización de sus recursos naturales y en la evolución de las sociedades, marcadas por el agravamiento de la desigualdad, por la pretensión de los esfuerzos encaminados a su mitigación y por las reclamaciones de las comunidades originarias allí donde su número y su fuerza se mantienen. En cualquier caso, la realidad ha acusado durante todo este tiempo los efectos asociados al proceso de globalización, con todas las repercusiones que el fenómeno ha traído consigo.


He querido recopilar todas estas vivencias ante el riesgo de que pudieran ser relegadas al olvido o lamentable e irreversiblemente desleídas en su riqueza de detalles.  “La escritura y la memoria van de la mano”, señala con acierto Enrique Lynch, precisamente porque ambas se exigen cuando se trata de plasmar en el papel los recuerdos que el paso del tiempo difumina sin remedio, y al tiempo convencido, de acuerdo con Miguel Torga, que “no hay espejo más transparente que una página escrita” y de que, como señala Andrés Neuman en su Cómo viajar sin ver,  la “escritura es un método de captura”.  Sabedor del riesgo y estimulado por el efecto que me produjo mi primer viaje a la América del Sur a mediados de los años noventa, punto de partida de una serie continuada durante dos décadas, he efectuado detalladas anotaciones de los hechos a medida que se iban produciendo, sin tener nunca la pretensión de que pudieran cristalizar en un libro de viajes, al menos coherente con los criterios que lo distinguen y que tan acertadamente ha analizado María Rubio en sus reflexiones sobre “los límites de los libros de viajes”. 


Lugares, fechas, acontecimientos, frases, anécdotas, mensajes expresados en la calle - les murs ont la parole, se escribía en el Paris turbulento de finales de los años sesenta - han formado y forman un elenco de constataciones memorables que facilitan la preservación material  de lo vivido y el deseo de transmitirlo en la medida en que rebasan lo estrictamente personal hasta adquirir una dimensión merecedora de proyección colectiva, contemplada en el contexto del  ámbito profesional en el que me desenvuelvo. No han sido extensas pero sí numerosas y, como es lógico, seleccionadas en función del interés que garantizase su vigencia y su expresividad no erosionadas con el paso de los años. Todas ellas aparecen datadas en su fecha precisa y relacionadas con las personas de cuya presencia y observaciones se nutren. Los nombres son reales, lo que convierte a las personas aludidas en testigos fiables y fidedignos de los hechos, así como los lugares en los que se desarrollan los diferentes sucesos mencionados, convencido de la necesidad de dejar constancia de hasta qué punto los resultados de un viaje dependen de la aceptación ofrecida por aquellos a los que se visita o conoce.


He intentado también, cuando se recurre a ello, reflejar con la mayor exactitud posible las frases alusivas a lo que se comenta, del mismo modo que trato también de ser fiel a las circunstancias que lo rodearon y que, por tanto, permiten entenderlo mejor,  pues de otra forma serían inexplicables. Puedo decir, en suma, que lo que presento es una especie de crónica organizada en torno a hechos ocurridos y que aparecen planteados en función de un criterio de coherencia espacial apoyado a su vez en la correspondiente secuencia cronológica. Digamos, recordando a Mario Benedetti, que también en este caso “el juego de las geografías se transforma en curiosa indagación”. Y es que nada de lo que sucede en el territorio, concepto determinante en la formación y transformación de los paisajes, en su dimensión natural y cultural, es indiferente a las apetencias intelectuales del geógrafo cuando decide acometer un viaje, máxime si se tiene en cuenta que el viaje constituye un componente básico de su actividad profesional. Difícilmente es posible entender su labor al margen de las peripecias viajeras que alimentan y embarnecen su experiencia vital.


Salvo a Nicaragua, Perú y Venezuela he viajado a todos los países del ámbito latinoamericano, incluidos los caribeños de habla española. Obviamente, conozco unos más que otros, pero he de decir que, sin perder de vista las particularidades que respectivamente los distinguen, creo haber conseguido captar el significado de los aspectos que justifican su consideración espacialmente integrada en función de los factores – históricos, naturales, socio-económicos, políticos, culturales – determinantes de su personalidad en el mundo tanto a través del tiempo como en nuestros días. Si el enfoque geográfico prevalece como principio rector a la hora de interpretar el alcance de las experiencias obtenidas en los viajes, mi intención en este caso se centra en aquéllas que nos acercan a  la naturaleza, a los paisajes, a las gentes y a las complejidades económico-espaciales del Cono Sur.


Argentina, Uruguay y Chile aparecen, pues, en esta ocasión como los ámbitos a los que se hace referencia expresa. En ellos destacan personajes, lugares, rasgos patrimoniales y tendencias representativos de algunas de las más importantes transformaciones ocurridas en el mundo contemporáneo, del mismo modo que esclarecen el significado de procesos políticos y culturales de reconocida trascendencia en el comportamiento de las respectivas sociedades hasta configurar un reclamo que el viajero interesado por cuanto sucede en su época no debe pasar por alto. Las lecciones recibidas no vienen predeterminadas, por más que el conocimiento que las lecturas previas facilitan permita percibir someramente de antemano lo que esas realidades encierran. Es una base pertinente en la que apoyar lo que verdaderamente importa, es decir, la indagación directa, la comprobación in situ de los hechos, el descubrimiento, a través de la conversaciones, de lo que, no estando escrito, resulta esencial para comprender e interpretar lo que se ve. 


¿Cómo definir una idea, un concepto, que permita dar sentido, entidad  y coherencia a lo que aportan globalmente como espacios visitados? De muchas maneras podrían ser  simbolizados a la hora de encabezar un título como noción aglutinante y catalizadora de las ideas expuestas, aunque no he de recurrir a complicadas elucubraciones para encontrar la expresión que facilite este engarce. Me basta con traer a colación el comentario que en Catriel – anunciada, a modo de reclamo, como “la puerta norte de la Patagonia”, en el límite septentrional de la provincia argentina de Río Negro -  y durante la parada del autobús que a finales de septiembre de 2005 me llevaba a Neuquén procedente de Mendoza, me hizo el hombre joven que atendía a la clientela, formada por trabajadores de las minas y de los pozos petrolíferos cercanos, en un atestado y bullanguero bar de carretera, en el que no me sentí, sin embargo, desconectado.


  A mi pregunta curiosa sobre la enorme fuerza del viento que había percibido a lo largo del trayecto en aquel turbulento mes de septiembre de 2005 me respondió al proviso: “eso es normal; acá el viento nunca para”. Dadas las connotaciones que posee ese fenómeno meteorológico, la invocación que de él hacen autores como Eduardo Galeano o Erico Verissimo en algunas de sus obras más emblemáticas (Los caminos del viento y la trilogía El tiempo y el viento, respectivamente), o el tremendo significado que le da Juan Rulfo en su poema - “… desde que el mundo es mundo / hemos echado a andar con el ombligo pegado al espinazo / y agarrándonos del viento con las uñas…” - ¿cabe acaso otra explicación mejor para dar razón de ser y motivación intelectual a lo que estas páginas pretenden? 


Desde luego, no hubiera sido posible escribirlas sin la ayuda y las ideas de las numerosas personas con las que, por los más variados motivos y en situaciones igualmente dispares, me  he encontrado aquí y allá y  a las que he tenido la fortuna de conocer para compartir el tiempo, los espacios y muchas de las palabras e ideas que en estas páginas se describen. Huelga citarlas de antemano, pues sus nombres aparecen señalados en  el momento y en el lugar que las corresponde. Con  todas ellas he contraído, más allá de la amistad y de la confianza que la brega compartida ha permitido urdir, una deuda de impagable gratitud. Como también quiero dejar constancia de la que me une a mis compañeros del Departamento de Geografía de la Universidad de Valladolid,  a varios  de los cuales he hecho partícipes de los sucesos que aquí se narran, y en particular a los que integran el Grupo de Investigación Reconocido (GIR) CITERIOR (Ciudad y Territorio), del que formo parte, y que amablemente me han brindado la ayuda del GIR para la cofinanciación de esta obra. Todas las fotografías que la ilustran han sido realizadas por quien esto escribe, salvo las tres cuya procedencia se menciona. E igualmente, dejo constancia de mi agradecimiento a la deferencia mostrada como prologuista de esta obra por parte de Gustavo Martín Garzo. Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos galardones, y escritor de gran relevancia en el panorama literario español, es también una excelente persona y un buen amigo al que admiro y con el que desde hace muchos años comparto inquietudes y sensibilidades.