La lengua es mucho más que un factor de identidad cultural. Representa un vehículo esencial de comunicación que trasciende al individuo y a las sociedades para convertirse en un elemento sustantivo del patrimonio que acredita y valoriza a un territorio. Cuando la frontera política se diluye para convertirse en un ámbito de permeabilidades múltiples y en todas las direcciones, es obvio que la lengua hablada a uno y otro lado acusa los efectos de la contigüidad física, modificando sustancialmente el alcance de las manifestaciones con que se acusaban tradicionalmente. El significado de este encuentro admite valoraciones desde múltiples perspectivas, pues diversas son, en efecto, las implicaciones que presenta. Y entre ellas no es irrelevante la que concierne a la interpretación de los efectos percibidos desde el punto de vista socio-territorial en aquellos escenarios donde más expresivamente se acusa un fenómeno de enriquecimiento mutuo que a lo largo del tiempo he tenido ocasión de comprobar in situ, es decir, en los ámbitos de intercambio idiomático construidos entre la lengua española y la lengua portuguesa y en función de los cuales se ha configurado un nuevo tipo de espacio.
Tanto en la frontera que separa Brasil de Uruguay como en la que marca la delimitación histórica entre España y Portugal el tiempo se ha encargado de fraguar vínculos de toda índole, que inevitablemente han repercutido en la formación de una trama lingüística sin la cual serían difícilmente comprensibles. Hace años tuve la oportunidad de conocer de cerca cómo se planteaban estas relaciones en las ciudades uruguayas de Rivera y Tacuarembó. No eran entonces, a finales de los noventa, relaciones simétricas. La preeminencia del portugués era sensible, por más que con frecuencia los términos utilizados por unos y otros se identificasen con ese dialecto característico de las áreas de borde conocido como el “portuñol”. Conviene destacar que en esa urdimbre de relaciones constantes, intensificadas por la pluralidad de circunstancias, de encuentros y desencuentros que confluyen entre los pueblos latinoamericanos, las palabras surgían y evolucionaban en un contexto de plena libertad, ajenas a los cánones convencionales que orientan el funcionamiento normalizado de una lengua. De la mixtura de ambas emanaba esa capacidad para el entendimiento común, que llevaba a descifrar con facilidad el sentido de las transacciones realizadas, hasta el punto de que en ocasiones no resultaba fácil deslindar los umbrales de frecuencia que una y otra lengua presentaban en la conversaciones cotidianas, aunque la complejidad cobraba aún más cuando de operaciones comerciales se trataba.
Sin embargo, las conexiones mantenidas entre España y Portugal a lo largo y ancho de las tierras de frontera han diferido tradicionalmente del esquema asimétrico observado en el Cono Sur. Son numerosos los testimonios directos, avalados por el copioso bagaje científico de que se dispone a propósito de la cooperación transfronteriza, que abundan en la idea de que la difusión de la lengua española ha supuesto un factor de unificación cultural y socio-económica, sin duda motivado por la disposición de los portugueses a utilizarla como un recurso valorizado en franca contraposición con el desinterés mostrado por los españoles hacia la lengua de Pessoa. Tampoco ha surgido, a diferencia del caso anterior, un dialecto basado en la mixtura aleatoria de lenguajes diferentes. Los límites idiomáticos han estado mucho más marcados, salvo la excepción singular de Galicia por razones que huelga comentar. Cuando en la última década del siglo pasado, acometimos el estudio encaminado a fortalecer la cooperación interempresarial en la llamada Región Fluvial del Duero, la asimetría era patente, hasta el punto de que las salas de reunión de la Fundación Rei Afonso Henriques, en Zamora, se convirtieron en testigos fidedignos de ese modo desigual de entender la palabra del otro mediante el aprendizaje correspondiente.
Cambios importantes han sucedido desde entonces y es muy probable que sus manifestaciones actuales, proclives a un nuevo entendimiento de los equilibrios lingüisticos transfronterizos, perduren quizá irreversiblemente. De ello pude percatarme tras la visita efectuada a mediados de este año a Uruguay y asimismo con motivo de las averiguaciones llevadas a cabo en los órganos directivos de la Agrupación Europea de Cooperación Territorial Duero-Douro. En ambos casos la tendencia parece cada vez más clara y decidida a la consideración mutua y a la búsqueda de las sinergias que derivan de la complementariedad. Sabidos son los esfuerzos de Brasil por fomentar el uso de la lengua española, a lo que contribuye sin duda el convencimiento del margen de posibilidades que ellos permite tanto desde la perspectiva de su posición en Mercosur como en la dimensión geopolítica y económica que España reviste para Brasil. Y del mismo modo tampoco parecen desdeñables los esfuerzos realizados por los españoles para conocer y entender el aspecto más sustantivo de la personalidad portuguesa que es precisamente su forma de expresión lingüística. Aunque se trata de un proceso de asimilación de las interdependencias culturales que habrá que analizar con cuidado, no cabe duda de que en esos ámbitos de identidad espacial identificados con las fronteras la lengua española, en sus relaciones con la portuguesa, se ha convertido en un factor de articulación de estrategias, de suerte que, lejos de ser un objeto de conflicto, se ha convertido en un elemento de valorización de las posibilidades territoriales compartidas.
Tarde o temprano tenía que suceder. Se veía venir. Tan traumático ha sido en todos los sentidos – económico, social, político, ambiental e incluso cultural - el impacto provocado por la vorágine inmobiliaria en España que sólo en el marco de una reacción lógica pueden ser interpretados los hechos que están poniendo en evidencia, si no un viraje profundo, sí al menos el propósito de reorientar las decisiones sobre esta importante materia en sintonía con los principios inherentes al concepto de “ejemplaridad pública”, bien definidos por Javier Gomá en su interesante ensayo sobre el tema (Taurus, 2009). Y es que en menos de un mes han tenido lugar tres acontecimientos claves que inducen a la defensa de una nueva perspectiva en el modo de entender y desarrollar las relaciones entre el gobierno del territorio y las actuaciones que sobre él se llevan, o pudieran llevarse, a cabo.
El primero nos remite al acuerdo adoptado el 15 de Diciembre de 2009 por la Comisión Ejecutiva de la Federación Española de Municipios y Provincias, en el que se aprobó,por unanimidad de todos los grupos políticos, el Código del Buen Gobierno Local. Se trata de un documento ambicioso que, apoyándose en las recomendaciones del Consejo de Europa, hace una invocación explícita a una serie de principios que llaman la atención. Y así, tras señalar que las actuaciones municipales estarán regidas “por la defensa de los intereses generales con honestidad, objetividad, imparcialidad, confidencialidad, austeridad y cercanía a la ciudadanía”, se insiste tanto en el “fomento de la transparencia y la democracia participativa” como en los esfuerzos “a favor de la inclusión social y el equilibrio territorial”. Esta declaración culmina con una idea fundamental: “incluiremos entre los principales objetivos de las políticas locales la lucha contra el cambio climático, la protección del medio ambiente y la ordenación racional y sostenible del territorio”. Todo un cúmulo, pues, de buenos propósitos impregna el compromiso formalmente desplegado por los alcaldes españoles, que han hecho causa común en torno a un texto que será emitido a todos los gobiernos municipales para que, al amparo de su autonomía, lo ratifiquen y lo integren en sus respectivos cuerpos normativos. A partir de ahora toda la atención sobre lo que ocurra será poca.
En segundo lugar, y cuando el 2009 estaba a punto de concluir, se ha dado a conocer la sentencia 1127/2009 emitida el 29 de Diciembre por el Tribunal Supremo por la que ratifica la condena a los responsables de los escándalos urbanísticos de la ciudad de Andratx, en Mallorca. Sus argumentos no admiten equívoco. “Aunque llega tarde, es un fallo muy claro”, según han señalado cualificados expertos para quienes “es una llamada de atención a los poderes públicos e ilustrativo del grado de impunidad en el que se encuentran las infracciones urbanísticas”. No en vano el Alto Tribunal denuncia sin paliativos "la desastrosa situación a la que, a pesar de la normativa legal y administrativa, se ha llegado en España respecto a la ordenación del territorio, incluida la destrucción paisajística". Por otro lado, la sentencia encierra un planteamiento que se echaba mucho de menos, al afirmarque"la comunidad de ciudadanos es víctima de los despropósitos urbanísticos y que la administración urbanística también experimenta las consecuencias de las infracciones en materia de ordenación del territorio", sin olvidar que, desde el punto de vista de protección del paisaje, es una sentencia que marca un hito, al establecer “que una sola edificación puede suponer un atentado grave al paisaje". Sobre estas bases resulta fácilmente comprensible la insistencia en unaspecto de indudable resonancia jurídica, ya que cuando admite que "ante la inoperancia de la disciplina administrativa, se acuda a la vía penal para que el Derecho Penal y sus jueces deban intervenir directamente", es obvio que estamos asistiendo a la plasmación de una voluntad decidida para que los escándalos urbanísticos sean perseguidos con un mayor nivel de eficacia, lo que, por otra parte, resulta congruente con el espíritu de la Constitución cuando establece que la protección del medioambiente debe contar con sanciones penales.
Y, finalmente, pocos días han transcurrido del 2010 cuando el Ministerio de Cultura ha decidido el 4 de Enero la paralización del “Plan Especial de Protección y Reforma Interior de El Cabanyal-Canyameral”, por el que el Ayuntamiento de Valencia pretendía la demolición de una parte significativa – 400 edificios - del barrio, considerado Bien de Interés Cultural, con el fin de ampliar una gran avenida del siglo XX hasta la costa. Al calificar este Plan como “expolio del patrimonio histórico de El Cabanyal” el Ministerio, en el ejercicio de su competencia, no hace sino aplicar el Art. 149.1.28 de la Constitución española y el Art. 6.b de la Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico. La medida deriva de la sentencia del Tribunal Supremo, de 25 de Mayo de 2009, revocatoria de una anterior, que ha considerado prevalente, frente a la postura del Ayuntamiento, la regeneración de las edificaciones paralelas al mar por representar un legado de gran valor arquitectónico con manifestaciones emblemáticas de la historia económica y cultural valenciana. Es el entorno en el que dibujó Sorolla.Apoyándose en sólidos informes elaborados por la Academia de la Historia y el Consejo Superior de Arquitectos, el Tribunal Supremo instó al Ministerio de Cultura para que se pronunciara sobre el tema y procediese a la aplicación de la sentencia. Y eso es precisamente lo que ha sucedido, al fin, varios meses después.
¿Supone todo esto el inicio de una nueva etapa en la historia del urbanismo español?. Estaremos muy atentos a lo que suceda a partir de ahora.
Cuando a finales de mayo asistí en Madrid a la presentación de Andamios, la última novela de Mario Benedetti, tuve ocasión de percibir en directo el impresionante cúmulo de símbolos y sensaciones que se agolpan en torno a la figura del ilustre escritor uruguayo y de los que daba fiel testimonio el magnífico acto concebido y celebrado en el salón del Círculo de Bellas Artes. No fue un acontecimiento banal y rutinario, como tantos otros que, insulsos, se desvanecen rápidamente en el olvido.
Rodeados de un entorno original y entrañable, los asistentes se sentían fácilmente integrados en un ambiente donde el interés por interpretar las evocaciones del pasado, reveladas en esta ocasión a través de la colección de recuerdos del autor, de las primeras ediciones de sus obras o de fotografías elocuentes del transcurso inexorable de los años, era tan intenso como el que inspiraba la satisfacción compartida por el disfrute de lo más sugerente de la literatura latinoamericana contemporánea. De aquélla que, firmemente enraizada en el espacio y en el tiempo, sin concesiones al tópico y a la frase convencional, proyecta, convincente y decidida, hacia el lector las vivencias y avatares de una sociedad que, pese a las sacudidas de la historia, siempre evidencia una actitud proclive a la esperanza, y un profundo apego a la libertad y a la solidaridad humanas, literariamente expresadas además con un cálido sentido del humor.
Con todos estos ingredientes y con esta forma de entender la vida nada tiene de extraño el reclamo y la lozanía que la palabra de un casi octogenario como Benedetti siguen ofreciendo para un sector muy importante de la juventud y la atención que al tiempo le presta una generación que, dentro y fuera de España, no es ajena, por su experiencia propia, a las zozobras políticas y personales que aquél describe de manera tan rotunda como magistral. Y es que, en verdad, toda su obra refleja una estrecha simbiosis con las vicisitudes de su época y con los diferentes escenarios en que se han desenvuelto.
La ficción y la realidad se entrelazan, efectivamente, en una mezcla armoniosa, donde no siempre es fácil distinguir la una de la otra, pues ambas forman parte de esa autenticidad y de ese poder de convicción que, incluso para el entendimiento racional de la fantasía, proporciona el valor inestimable de la experiencia y del compromiso. Lo veremos reflejado con fuerza en varios de sus escritos políticos (Terremoto y después, La realidad y la palabra), en algunas de las novelas más celebradas (La borra del café, La tregua, Gracias por el fuego...), o en los versos de su dignísima producción poética, que, elemento indisociable de casi todos sus escritos, ofrece en Las soledades de Babel o en Viento del exilio, entre otros, páginas de una enorme sensibilidad y frescura.
Pero, desde la perspectiva del geógrafo que soy, el atractivo de Benedetti radica ante todo para mí en su extraordinaria capacidad para sumergir al lector en los infinitos y curiosísimos matices del Uruguay y de su singular centro capitalino. Nos los muestra con singular maestria al tiempo que nos induce a adentrarnos voluntariamente en ese mundo de sensibilidades y matices infinitos, que confluyen en un país pequeño en tamaño mas grande en experiencias de toda índole. Miembro señero de una pléyade de intelectuales y escritores uruguayos, el autor que nos ocupa ha logrado dar a conocer como pocos las peculiaridades de un Estado continuamente obligado a reafirmar su personalidad y su misma razón de ser frente a los dos colosos - Brasil y Argentina- que lo delimitan. Si en alguna ocasión él mismo ha definido al Uruguay como “la única oficina del mundo que ha alcanzado categoría de república”, ese sentimiento de excepción que define el alma uruguaya no equivale a la adopción de una postura de debilidad ante sus poderosos vecinos sino a una actitud de orgullo, alimentada con el coraje y la valentía que resultan de sobreponerse al temor.
Por eso cuando se recorre el país, tan activamente reivindicado en las hermosas canciones de Alfredo Zitarrosa, en los poemas de Circe Maia o en los textos rotundos de Eduardo Galeano, surgen por doquier los indicios de una identidad defendida a toda costa sobre la base de una memoria histórica que permanece incólume a través de signos de un valor testimonial omnipresente. Es la figura de Artigas que, con su busto preside el pórtico de todas las escuelas y se yergue, imponente, en la Plaza de la Independencia de Montevideo; es el recuerdo de Batlle, artífice de la modernización de la República Oriental y de la época en que vería la luz la Constitución de 1917, pieza maestra del constitucionalismo progresista latinoamericano; es el paisaje de las grandes llanuras ganaderas, celosas de una calidad productiva apoyada en la tradición y en un equilibrio comercial extraordinariamente frágil; es, en fin, la imagen reiterativa de una sociedad que en el ámbito no capitalino permanece en su mayoría fiel a costumbres y comportamientos perfumados por los aromas del mate e impávidos al curso del tiempo.
Si de todo ello se hace eco Benedetti en numerosos pasajes de sus obras, lo que realmente la impregna y le da uniformidad es la referencia casi constante a Montevideo, hasta el punto de que, como ha señalado Juan Cruz, la imbricación entre el escritor y su ciudad es absoluta. Y no sorprende que así sea entre otras razones porque la capital del Uruguay es mucho más que un simple núcleo urbano, por más que el propio Benedetti se lamente de los impactos ocasionados en el paisaje por la incuria urbanística de la dictadura que asoló el país durante toda una década y que logró eclipsar para siempre una parte notable de su prestigiosa vivacidad cultural.
Con todo, aún subsisten muchos de los lugares emblemáticos que la significan y que representan otros tantos escenarios argumentales espléndidamente descritos en la colección de cuentos (Montevideanos o Geografías), en los que Montevideo aparece como un marco de alusión permanente, bien a través de las grandezas y miserias de sus gentes o de los espacios que mejor la acreditan ante propios y extraños. No es difícil, en efecto, imaginar a Benedetti pasear por los inmensos parques de la ciudad, desplazarse pausadamente a lo largo de la Dieciocho y de la Plaza Gagancha, detenerse en Sorocabana (lamentablemente hoy a desmano), para culminar, cruzado el impresionante edificio Salvo, en la Plaza de la Independencia y situarse frente al mausoleo de Artigas o, mejor aún, evocar el apasionante historial del Teatro Solís, poco antes de entrar en la Ciudad Vieja que da acceso al puerto, donde el inmenso Río de la Plata se confunde ya con el Atlántico. Como tampoco parecería raro verle bajar a buen paso por Pocitos hasta la Rambla, es decir, el rosario de playas que desde la Ciudadela hasta Carrasco se prolonga a lo largo de 25 kilómetros. Son hitos de un enclave urbano tranquilo, en muchos aspectos similar a cualquier capital media de provincia española, contrapunto a la populosa Buenos Aires, pero con la fuerza propia de una ciudad que necesita vertebrar todo el país y que encierra en algunos de sus edificios más espectaculares (el colosal del Parlamento, el de la Universidad de la República y el más impersonal del Ayuntamiento) los símbolos representativos de una concepción de la historia, de la sociedad y del poder que tiene en Benedetti uno de sus intérpretes más vigorosos y objetivos.
Y éste es el personaje - en el sentido más loable del término - que a partir de mañana se incorporará a la relación de quienes hasta ahora han sido investidos con el rango de doctor "honoris causa" por la Universidad de Valladolid. Decisión sin duda acertada que enriquece el palmarés de nuestros honoríficos, tanto por lo que es como por lo que representa. Es, por un lado, la expresión personal de un escritor honesto, adalid infatigable del progreso y de la libertad, comprometido con su tiempo y con el ambiente convulso que le ha tocado vivir, lo que se ha materializado en algo más que en una obra literaria, celebrada en todos los foros y con toda suerte de merecimientos. Y representa, por otro, la vitalidad de un elenco particularmente interesante y atractivo de la cultura latinoamericana actual que, al margen de las modas, del sensacionalismo o del oportunismo vacuo, ha sabido sobreponerse a un sinfín de adversidades para mostrar ante el mundo el vigor intelectual de una región atormentada pero henchida de esa vitalidad que aporta la sólida conciencia de lo propio y la confianza en los valores más activos de la sociedad y del pensamiento.