20 de junio de 1990

Crisis, sociedad postindustrial y calidad de vida

Con bastante asombro y no sin cierta ansiedad estamos asistiendo en esta épo­ca de fin de siglo a la formulación de posiciones nuevas que modifican sustancialmente muchos de los postulados que, asumidos con firmeza y seguridad, pare­cían hasta ahora poco menos que intangi­bles. Es evidente que la crisis económica y la serie de manifestaciones asociadas a ella ha contribuido de forma decisiva a replantear gran parte de los axiomas vi­gentes en las sociedades occidentales de­sarrolladas, a medida que se impone con fuerza la necesidad de reorientar las líneas maestras del crecimiento, cuestiona­do en sus implicaciones más contrapro­ducentes y negativas. Surge así toda una corriente de pensamiento que, si emana de los sectores más sensibilizados de la sociedad, aparece también alentada por algunos de los protagonistas principales del sistema, afanados por asentar las ba­ses teóricas sobre las que ha de reposar la construcción de un modelo articulado en torno a los principios de la llamada socie­dad «postindustrial». Es, en suma, el tiempo de las revisiones a fondo, que, más allá del mero ejercicio autocrítico, siempre saludable y necesario, denotan por parte de éstos el verdadero alcance de una resuelta voluntad de cambio, conce­bida al propio tiempo como garantía para la supervivencia de la lógica, ésta sí inva­riable, sustentadora de su misma razón de ser.


Y es que, en efecto, los fundamentos que justifican tal viraje obedecen no sólo a la necesidad de formular propuestas alternativas al cúmulo de contradicciones desencadenadas por el voluntarismo y los inconvenientes de un pretendido crecimiento sin límites, generador de pro­blemas múltiples, como al propósito de lograr un acomodo lo más rápido y eficaz posible a las nuevas reglas de juego im­puestas por la transformación de los fac­tores de producción y por los requeri­mientos de la demanda social, que presio­na también decididamente en esta direc­ción. A la postre, la convergencia de ambas premisas, claramente interrelacionadas, está provocando, con una celeri­dad insólita, la adopción de nuevas pau­tas de conducta, preconizadas por quie­nes, ostentando un gran poder de decisión y con notoria resonancia en los círculos internacionales, se hallan en condiciones de contribuir en un plazo relativamente corto a la redefinición de los modelos de crecimiento imperantes en las sociedades industrializadas y, en virtud de ello, en la propia dinámica interna de los espacios afectados.


Aunque, por supuesto, el tema reviste numerosas dimensiones y variadas pers­pectivas de análisis, me parece oportuno llamar la atención, por las posibles impli­caciones que pueda tener sobre nuestro marco de referencia más próximo, acerca de la envergadura que, en este contexto, comienza a cobrar una de las tendencias más llamativas y esclarecedoras de la etapa de revisión en que nos encontra­mos. Me refiero, en concreto, al creciente significado que progresivamente se con­cede a la variable medioambiental como componente básico de las directrices pro­pugnadas por relevantes figuras del mundo empresarial, vinculado a la industria en su proyección transnacional más am­plia, y, por ende, con un peso específico capaz de conferirles especial crédito co­mo expresión de una actitud digna de proyección a gran escala. Supone, dicho de otro modo, el reconocimiento explíci­to de la responsabilidad ecológica como principio de actuación estratégica, plan­teado a su vez de acuerdo con la tendencia a la fijación de los definidos por Von Weizsácker como los «valores límite» en que ha desenvolverse el frágil equilibrio establecido entre la actividad económica y la sociedad, por encima de los cuales tienden a surgir situaciones de ruptura y confrontación, netamente perjudiciales tanto por el ecosistema como para el logro de una adecuada calidad de vida, entendi­da en su acepción más plena y globalizadora.


A modo de muestra, nada tan elocuen­te en este sentido como las reveladoras afirmaciones hace unos días por persona­lidades señeras de la industria automovi­lística mundial en el expresivo marco del barrio parisino de La Défense, escenario emblemático del capitalismo moderno y punto de encuentro de un Simposio sue­co-francés sobre el Medio Ambiente, al que tuve la oportunidad de asistir con-ocasión de un reciente viaje de estudios a la siempre espléndida capital francesa. Y ha sido precisamente en este foro donde los dirigentes del grupo Volvo y de la Régie-Renault han coincidido en una re­flexión, que testifica el auténtico valor de una postura públicamente defendida y, ya de forma más específica, el posible inicio de una nueva etapa en la trayecto­ria de uno de los sectores claves en la organización del espacio y de la sociedad contemporáneos, y cuya incidencia eco­lógica parece a todas luces incuestionable.


Partiendo de un análisis crítico sobre la gravedad alcanzada por los impactos más negativos derivados de la utilización ma­siva del vehículo individual, no carece de interés el hecho de que sean los portavo­ces de dos de las principales firmas mun­diales del sector quienes aboguen no sólo por la corrección tecnológica de los efec­tos contaminantes, sino, y esto es lo verdaderamente revelador, por la racio­nalización del uso del automóvil, abun­dando incluso en la necesidad de restrin­gir su acceso a las ciudades, con el fin de liberar a éstas del que sin duda se ha convertido en uno de los factores primor­diales de la problemática urbana, con indudables repercusiones lesivas para la calidad de vida y el bienestar de los ciudadanos. Al señalar R. Levy, presiden­te de Renault, «qu'il faudra bien un jour que la ville se débarrase del'automobile» no daba la impresión de estar inducido por una postura demagógica sino por el deseo de sintonizar con la evidencia de una realidad palmaria, cada vez más os­tensible como factor de distorsión de la vida cotidiana y de degradación me­dioambiental. Incidencias, en cualquier caso, de imposible solución si se mantie­nen invariables las premisas que han hecho de este elemento de transporte el soporte básico de la circulación y uno de los principales símbolos de los comporta­mientos y actitudes, no menos cuestiona­bles a su vez, imperantes en las socieda­des occidentales.


Entiendo por ello que la reflexión plan­teada reviste una especial trascendencia, ya que no se limita únicamente a denun­ciar la gravedad de un fenómeno tan conocido como preocupante. A mi juicio, son varias las consideraciones deducibles de esta declaración de principios que, en virtud de su procedencia, no merece ser soslayada, pues responde a algo más que al simple propósito de ofrecer una imagen sensible y solidaria con el medio ambien­te, como testimonio al propio tiempo de un fenómeno al que no ha de permanecer ajena la dinámica general del sistema productivo, supeditado a condiciona­mientos más o menos similares. Revela, en consonancia con los parámetros in­dustriales emergentes tras la crisis, el significado de las tendencias en que se halla sumido un epígrafe clave de la pro­ducción, en cierto modo paradigmático dentro de este proceso.


Pues, en efecto, se trata de una activi­dad forzada a conciliar en su seno la aplicación de altos niveles de racionalización tecnológica con la resolución de los problemas que se derivan de sus destaca­das implicaciones medioambientales a todos los niveles. De ahí que si a corto plazo sus directrices básicas se materiali­zan en la formalización de acuerdos inte­rempresariales y en una inexorable y fe­bril carrera a favor de la productividad máxima, es obvio que a la larga se verá obligada a asumir la evidencia de que sus comportamientos clásicos han entrado ya en contradicción con el margen de tole­rancia que le permite la propia realidad espacial, incapaz de aceptar los niveles de progresión alcanzados hasta ahora. Y es también en este sentido como habría que entender el reconocimiento explícito de que la configuración racional de los espa­cios urbanos exige necesariamente la fun­ción reguladora -entendida en términos de restricción y control- del que sin duda se ha convertido en el principal problema para la satisfacción de los objetivos que identifican la ciudad como un ámbito de uso colectivo y de relación óptima, difícil­mente compatible con el crecimiento ex­ponencial del parque automovilístico y la serie de efectos recurrentes que tal progre­sión implica. Es, por tanto, a partir de este conflicto dialéctico surgido entre trans porte individual y calidad de vida urbana como hay que interpretar la redefinición de las estrategias formuladas, en las que la reivindicación medioambiental se con­vierte en criterio básico de actuación, perfectamente asumible en virtud de las condiciones de versatilidad que caracteri­zan el funcionamiento de la gran empresa moderna y de su capacidad para abrirse a nuevos campos de la producción, sin poner en entredicho, como ya sucede con el grupo Volvo, los pilares de su liderazgo industrial y financiero.


De acuerdo con ello, no resulta ocioso, finalmente, plantearse en qué medida tales comportamientos pueden repercutir sobre el modelo de crecimiento industrial que ha sustentado el afianzamiento de la personalidad fabril vallisoletana. Tal vez sea prematuro hacer aún estimaciones prospectivas sobre el impacto que las nuevas corrientes suscitadas vayan a pro­vocar en enclaves que, como ocurre en nuestra ciudad, han cimentado las líneas maestras de su crecimiento en un sector sometido hoy a controversia o, en todo caso, a la reformulación más o menos intensa de sus esquemas de actuación tradicionales. Pero lo cierto es que el mantenimiento de sus umbrales de vitalidad económico-industrial requiere nece­sariamente la superación de las condicio­nes de dependencia excesiva a la dinámi­ca y a las vicisitudes de una actividad dominante, cuyos riesgos se vislumbran en el horizonte, para, en su lugar y como alternativa necesaria, garantizar la aper­tura a nuevas líneas de actividad, que al tiempo que mitiguen los niveles de incertidumbre propicien la aparición de meca­nismos compensadores antes de que los efectos de la crisis desencadenen los cos­tos sociales que con tanta virulencia han lesionado a las áreas excesivamente vin­culadas a los segmentos más vulnerables del aparato productivo.


Es obvio que ante esta nueva etapa se imponen al tiempo nuevos desafíos, entre los cuales ha de ocupar una posición relevante el lugar que se conceda a la salvaguarda y defensa del medio ambiente como garantía de un funcionamiento satisfactorio de ese difí­cil binomio planteado en las sociedades industrializadas, y en cuya compatibili­dad, ya no tan utópica en el momento actual, descansa la armonización preten­dida entre crecimiento económico y el logro de una auténtica calidad de vida.