3 de mayo de 2016

La deslocalización industrial: riesgos y reacciones


El Norte de Castilla, 3 de mayo de 2016
 
Villalar 2016. Al pie del monolito que recuerda a los Comuneros de Castilla, se oyó la voz de los trabajadores de las fábricas de Lauki y Dulciora, afectadas por la deslocalización.  



La relación entre globalización económica e intensificación de la movilidad espacial de las actividades industriales y de servicios es en nuestros días una tendencia fuera de toda  duda. Las razones que explican la deslocalización productiva responden a los patrones imperantes en los movimientos de capitales y al flexible comportamiento espacial de las empresas en una economía en la que las estrategias ya no aparecen determinadas por la distancia sino por los equilibrios y la competencia interterritorial, responsables de las actuaciones geográficamente discriminatorias en función de las ventajas comparativas y competitivas de cada territorio. Puede decirse además que es en el marco del amplio margen de opciones permitidas por el capitalismo global, y acentuado además en el caso europeo por la ampliación del mercado integrado hacia los países del Este,  como cabe interpretar el alto nivel de versatilidad de que disponen las empresas para modificar sus localizaciones, lo que introduce una perspectiva renovada cuando se trata de analizar en profundidad y con visión de futuro las capacidades productivas de cada espacio en sintonía con los nuevos paradigmas en los que se desenvuelve la actual empresa sin fronteras.

Ante los desafíos de la globalización las empresas se ven inducidas a aplicar medidas de ajuste integral, que van más allá del enfoque que convencionalmente entendía sus objetivos de acuerdo con  su capacidad para fabricar bienes en mercados controlables, estables y regulados. Además este creciente margen de maniobra espacial se acrecienta sobremanera merced a las posibilidades tecnológicas permitidas por la fragmentación de los procesos de producción, por la configuración de poderosas redes de información que racionalizan la toma de decisiones y por la capacidad que tienen las empresas para optimizar a su favor las actividades de I+D+i al utilizarlas de forma integral dadas las complementariedades que se establecen entre los recursos cognitivos disponibles en los diversos países de implantación.

Ahora bien, las tensiones surgidas en el conjunto de los actores susceptibles de verse afectados son considerables, siempre traumáticos, y provocan una sensación de vulnerabilidad que hace tomar conciencia a las sociedades afectadas del nivel de riesgo y de las amenazas a que se enfrentan y de las negativas implicaciones que puede traer consigo este tipo de  iniciativas. La fragilidad frente a la deslocalización deja inermes a los espacios dependientes poniendo en tela juicio los valores y capacidades de que se creía disponer, al mostrarse insuficientes para neutralizar decisiones externas, que privilegian otros ámbitos, situados en la categoría de espacios-rivales con fortalezas difíciles de contrarrestar.

Entendida de manera dual – bien como competencia desleal entre lugares o como algo inherente al comportamiento espacialmente selectivo la inversión  extranjera directa –, las perspectivas que ofrece la deslocalización adquieren una dimensión que repercute de lleno, al tiempo que las pone a prueba,  sobre la naturaleza y  la solidez de las directrices promovidas desde las políticas públicas, por cuanto ante ellas se abre un escenario de posibilidades a recuperar y a la vez de incertidumbre económica y de malestar social que obliga a la autocrítica y  a la introducción de modificaciones en las estructuras y modelos de gestión aplicados a los recursos disponibles, que siempre existen. Entendida como reto, como riesgo o como amenaza, la deslocalización de las empresas industriales y de los puestos de trabajo asociados a ellas obliga necesariamente a introducir una nueva perspectiva institucional en el modo de entender las relaciones entre la acción pública, la sociedad y el territorio. Se justifica así un proceso de reorganización interna de las estrategias de desarrollo, que al tiempo que somete a revisión la propia estructura y articulación del capital territorial afectado y de los elementos sobre los que se sustenta obliga a replantear muchas de las líneas de actuación llevadas a cabo tradicionalmente en consonancia con las pautas  convencionales y rutinarias de la política industrial.


De ahí que el problema planteado por las deslocalizaciones – a las que no permanece ajena la capacidad industrial de Valladolid y de la región castellano-leonesa–  esté en la  base de un necesario e inaplazable debate que entraña un gran significado político y económico-espacial. No en vano la discusión emerge  al  discernir si las actuaciones deben centrarse meramente en la utilización de instrumentos de ayuda a las empresas o en el relanzamiento de pautas de intervención concebidas al servicio de los actores locales, de modo que los recursos disponibles estimulen la capacidad de iniciativa y contribuyan a crear las condiciones adecuadas para que ésta pueda materializarse en un clima de apoyo y de confianza en el futuro, amparado en las posibilidades de la proximidad, robustecidas además por la conciencia colectiva e integradora de voluntades más o menos dispersas o confrontadas. En este sentido, y a modo de ejemplo, expresamente concebido como un intento de frenar las deslocalizaciones, cabría hacer mención a la ilustrativa experiencia acometida en Francia desde 2004 con el fin de impulsar lo que se interpreta como “una nueva política industrial” – de la que España y la mayor parte de sus Comunidades Autónomas carecen –  articulada sobre la base de los llamados “polos de competitividad, que aplican, dinamizándolos operativamente, los objetivos y las premisas funcionales de los Centros asociados a la innovación, mediante el fortalecimiento de los vínculos nacidos del compromiso entre los agentes empresariales con fuerte compromiso con el territorio, los centros de investigación y los órganos de formación, implicados en programas de cooperación a medio y largo plazo susceptibles de cristalizar en proyectos industriales innovadores y alternativos. Vista así,  la globalización representaría esa especie de revulsivo, de catalizador permanente,  que obliga a las empresas, a los agentes públicos y a la sociedad en general a un proceso de recuperación y redefinición de capacidades subutilizadas o indebidamente aprovechadas.

24 de abril de 2016

Justo de Pablo: el profesor que más sabía de los comicios romanos


La primera vez que oí hablar de Justo de Pablo de las Heras fue en la primavera de 1966 cuando, incapaz yo de aprender algunos aspectos organizativos del mundo romano, recogidos en un infausto manual de imposible asimilación racional, un compañero de clase me comentó que conocía a un profesor que vivía en la provincia de Sevilla al que consideraba un experto cualificadísimo en el tema, indescifrable para mí, de los comicios romanos. Confieso que el nombre de aquel profesor constituyó en ese momento un horizonte de esperanza, a la espera de que algún día pudiera descifrarme aquel galimatías.

Fue la primera vez y, desde luego, no fue la última. Quizá no recuerde bien las fechas, pero la memoria no me traiciona cuando evoco el conocimiento personal de Justo en algunas de las visitas que periódicamente efectuaba a Valladolid mientras estuvo en Andalucía, particularmente aquélla en la que coincidimos Julio Valdeón, Domingo Sánchez Zurro, Felipe Heras y yo con él al poco de llegar el primero a la Universidad de Valladolid. El encuentro, más afable y prolongado que en ocasiones anteriores, tuvo lugar en la Casa de Galicia, donde descubrí a una persona que enseguida identifiqué con el arquetipo del hombre castellano, cordial, simpático, atrevido y con el que era fácil congeniar nada más comenzar la conversación. No era preciso preámbulo necesario para que la empatía aflorase. De inmediato se sintonizaba con él, acaparador como era de la velada frente a la mayor timidez de los demás, aunque quizá en aquella ocasión la cercanía y el ambiente de complicidad venían favorecidos por el tema de conversación, centrado en el castillo de Portillo y en la celebración de la visita que todos los años lleva a cabo a esa espléndida atalaya la Facultad de Filosofía y Letras.

Desde entonces, la personalidad de Justo de Pablo ha formado parte indisociable de mi vida, lo mismo que ha sucedido con quienes durante décadas han configurado su grupo de amigos más estrecho y habitual, y sin duda también de muchos de los que de una u otra manera, y en las ocasiones y lugares más dispares, se han cruzado en su camino, siquiera sea fugazmente. Un camino, el de Justo, personalísimo que ofrecía numerosas trayectorias y un sinfín de particularidades y matices, que motivaban interés y atraían la atención.

Por eso, el día en que emprende el último viaje sin retorno parece procedente, y justo también, reivindicar aquí – creyendo representar también a buena parte de quienes mejor le conocieron y trabaron con él amistad – la categoría personal y profesional de una persona sin la cual nuestras vidas hubieran sido diferentes.

Y es que, si Justo de Pablo fue la sal de la tierra, el hombre de la sonrisa franca, de la palabra ocurrente, de la anécdota sagaz, del humor suscitado con brillantez, el hombre desinteresado, sin el menor atisbo de egoísmo y vanagloria, es evidente que fue todo eso y mucho más. Seguramente quienes os encontráis aquí tenéis múltiples experiencias y anécdotas que pudieran enriquecer mucho más la perspectiva que yo pudiera aquí. Pero no creo equivocarme cuando enfatizo y subrayo tres rasgos fundamentalmente.

En primer lugar, Justo de Pablo fue un buen profesor y un enamorado de la enseñanza pública. Llegó a ser Catedrático de Instituto proveniente de las entrañas del mundo rural profundo de la postguerra española. Nadie podrá negar lo que eso suponía en una época como aquella ni el esfuerzo personal e intelectual que esa promoción representaba. Pasó por el Seminario, llegó a la Universidad, culminó satisfactoriamente una carrera universitaria y accedió a la función pública por sus propios méritos. Nada debió a nadie más que a sí mismo y a su familia. Profesionalmente plasmó en los inicios su actividad en la España del Sur, en Andalucía, en Sevilla, hasta llegar a la Dirección del Instituto de Utrera. Ese universo andaluz – que de cuando en cuando emergía con cierta añoranza en sus recuerdos y manifestaciones - marcó una etapa que perduraría en su carácter y en su sensibilidad de por vida. Imaginando cómo sería aquella tierra en aquellos años, no podemos por menos de reflexionar acerca del mérito que supone ser aceptado como lo fue, admirado, querido y respetado. Dejó una huella indeleble.
Cuando regresó a Valladolid el mundo de la enseñanza pudo beneficiarse, aunque fuese en periodos más breves, de su presencia en Tordesillas y en el Instituto Zorrilla para posteriormente desplegar hasta su jubilación, y a la vera de Domingo Sánchez Zurro, sus responsabilidades en el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad. Su despacho siempre estaba abierto y disponible para la consulta, el asesoramiento y el consejo pertinente. Como responsable del CAP, le recuerdo atendiendo con deferencia a quien se lo pidiera, organizando los Cursos de las diferentes áreas, asistiendo a muchos de ellos, preocupándose por el cumplimiento de los compromisos contraídos con y por los profesores, supervisando la calidad de los aprendizajes en los Centros donde se impartían las prácticas. Nunca aparecía como una autoridad académica, que lo era, sino como el compañero con el que todos querían encontrarse. Y no cabe duda que esa predisposición al diálogo, al encuentro, a la confidencia, a la comunicación distendida y cordial suponía una garantía de que la labor realizada podía ser más eficaz y positiva desde el punto de vista docente. Sin ser un pedagogo, e incluso denostando la pedagogía banal y simplificadora, el exdirector del Instituto de Utrera hacía de la pedagogía práctica y experimental, la que realmente merece la pena, su más relevante aportación a la mejora de la enseñanza.

Por otro lado, la personalidad de Justo de Pablo ha estado siempre asociada a una visión ferviente de la lealtad y la sinceridad en las relaciones con sus amigos.  Paladín incuestionable de ese valor tan amenazado como es la amistad entendida en su acepción más valiosa, Justo la practicaba sin restricciones, a toda prueba y sin riesgo alguno de quebranto siempre que fuera justamente correspondido. Leal hasta la médula, ofreció muestras ejemplificadoras de lo que significa ser un amigo en el que confiar sin temor al desengaño o a la decepción. En alguna ocasión he señalado, incluso por escrito, que pocos ejemplos tan elocuentes y reveladores hay  de lo que eso significa en la realidad como la relación mantenida por Justo de Pablo con Julio Valdeón, con Domingo Sánchez Zurro y con Santiago de los Mozos. Una amistad fusionada con la fraternidad, firme e indeleble como una roca. Una amistad también labrada al calor de experiencias memorables, entre las que cabría destacar las veladas vividas con Julio al caer la tarde en San Benito el Real, propiciadas por la hospitalidad del Dr. Teófanes Egido. Mas igualmente esa sensación de cercanía y confianza amistosa, , que yo procuré observar con atención a lo largo de la vida, era extensible a un sinnúmero de personas, muchas de las cuales se dan cita en el día de la despedida, dejando constancia hasta qué punto Justo logró crear un panorama de relaciones en la que la amistad prevaleció sin fisuras por encima del tiempo y del espacio.

Y, finalmente, en coherencia con esta forma de ser, no podemos pasar por alto su condición de persona transmisora de bondad, alegría y sensibilidades  sin cuento hacia el mundo que le rodeaba. Defensor de la libertad y de la solidaridad, era capaz de construir a su alrededor un ambiente en el que uno se sentía siempre confortado y a gusto. Hablar con él era un placer, una vivencia que siempre podía deparar gratas y llamativas sorpresas. La risa y la sonrisa estallaban a menudo, acompañadas también de la emoción. Humanidad a raudales. Para empezar era una entusiasta de su familia. Las numerosas referencias de cariño hacia Marisol, el orgullo por sus hijos, Elena y Alejandro, con cuyos éxitos se complacía, sin vanidad, sin arrogancia, con la satisfacción del legado que la vida de sus hijos, de los que Luis acabó formando parte, y de su nieta Carolina representaba y podría representar hacia el futuro. Las frecuentes alusiones a sus hermanos y sobrinos nos los hacían más cercanos y entrañables.


Y cómo olvidar la convivencia grata y placentera que aportaban las vivencias compartidas en las diferentes circunstancias en que ello era posible. En los viajes, a la orilla del mar, en las tertulias de los sábados y de los domingos, en los encuentros casuales o esperados, en las posibilidades de relación que permitía la vida cotidiana. Los hijos de sus amigos, que también eran sus amigos, lo recuerdan  bien. Pedro, Arantxa, Álvaro y Pablo; Julio y Fernando; Nerea y Felipe;  Ana y Fernando; Pedro y María Isabel; Guillermo y Andrea; Marta y Juan. Todos han sabido y saben de la generosidad de Justo, de sus ocurrencias para ponerles nombres geniales que no olvidarán, de las complicidades con sus travesuras, de las advertencias aleccionadoras, de las bromas ingeniosas de quien sabe bien lo que a un niño agrada y motiva.

Todo eso ha sido Justo, por más que piense que se podía decir y comentar muchísimo más.  No esperábamos que se fuese tan pronto. Su salud no le acompañaba en los últimos años, pero todos confiábamos en su reciedumbre castellana y en su optimismo innato como garantía de una vida algo más prolongada. Le echaremos mucho de menos. Se ha ido en las fechas en que fallecieron Miguel de Cervantes y William Shakespeare. El Dia del Libro. El Día de Villalar. Un día señalado en la historia de la cultura y de nuestra tierra. “Se ha ido como un jilguero en un día de primavera”,  en atinada metáfora expresada ayer en este mismo lugar por Mariano González. Se ha ido y por eso su ausencia se nos hace más dolorosa e inasumible. Pero mantenemos la memoria para saber lo que su vida representó y dejar constancia de que, ante todo y sobre todo, fue una persona excepcional, henchida de valores que, unidos también a sus contradicciones y defectos, le harán inolvidable. Y siempre lo será así aunque nunca tuvo tiempo para explicarme lo mucho que sabía de los comicios romanos ni para realizar al fin ese viaje tantas veces programado que nos permitiera descubrir las delicias gastronómicas y las bellezas históricas y naturales de la villa vallisoletana de Portillo.