21 de enero de 1992

Réquiem por la Geografía


El Pais, 21 de Enero de 1992


Los acontecimientos que tan decisivamente están convulsio­nando al mundo contemporáneo revisten, en virtud de sus múltiples manifestaciones y consecuencias, una importancia primordial para explicar la in­tensa remodelación a que se ve sometida la imagen que del pla­neta ha tenido hasta hace bien poco el ciudadano, hoy asom­brado y expectante frente a una realidad mutable y en perma­nente e imprevisible metamor­fosis.

Con especial celeridad, las modificaciones experimentadas en el trazado de fronteras, convencionalmente consideradas como algo inamovible, la apari­ción de nuevos Estados o los in­tentos por afianzar, en otros ca­sos, la edificación de proyectos integradores de carácter supranacional constituyen una de las tendencias más significativas de este periodo de fin de siglo, ci­mentando las bases de un nue­vo esquema interpretativo de las estrategias geopolíticas, cuya valoración va mucho más allá de la descripción superficial de los hechos en su mera se­cuencia diacrónica.

Pero si es cierto que cuanto sucede recientemente va a obli­gar de inmediato a recomponer la cartografía y a replantear muchas de las reflexiones con­cernientes a amplias áreas de la Tierra, no es difícil al propio tiempo comprobar hasta qué punto en los momentos actua­les cobran también especial trascendencia, hasta imbricarse de lleno en las preocupaciones de la sociedad, fenómenos de tanta relevancia como la degra­dación medioambiental, la di­cotomía campo-ciudad, la crisis de las áreas metropolitanas, la internacionalización de las acti­vidades económicas, sin olvi­dar, obviamente, el alcance y dimensión de los antagonismos y desigualdades que, a todas las escalas, fragmentan la configu­ración de la sociedad y del espacio contemporáneos

Noción de espacio

Nos encontramos, en fin, ante un panorama complejo, henchi­do de problemas y comporta­mientos múltiples, cuya consi­deración, intelectualmente su­gestiva, no hace sino revalorizar el significado teórico del concepto sobre el que reposan y en función del cual es necesario concebir los dinamismos que los caracterizan. Tras ellos subyace, en efecto, la noción de es­pacio, como fundamento real y tangible de las diferentes for­mas en que se materializan los diversos modelos- de organiza­ción resultantes de las interac­ciones planteadas entre la sociedad y su entorno.

Son modelos que resultan de la materialización de un proce­so dialéctico, en continua muta­ción, y en el que intervienen un sinfín de variables explicativas de la heterogeneidad espacial, que sólo es posible entender a partir de los condicionantes his­tóricos, de las estructuras socio-demográficas, de las posibilida­des ofrecidas por el potencial ecológico, de los niveles de de­sarrollo económico-tecnológico alcanzados y de la posición co­rrespondiente en el sistema de relaciones construidas a escala mundial.

De ahí que, por encima de la visión unidimensional que cada una de ellas pueda suministrar, el conocimiento del espacio, de sus caracteres y problemas, aparezca siempre ligado a la formulación de una perspectiva integradora que, partiendo de la multiplicidad de factores y elementos que lo conforman e identifican, propicie su intelec­ción con criterios de globalidad e interdependencia.

A tales objetivos y propues­tas metodológicas, de inestima­ble valor formativo y siempre acordes con la pretensión de de­sentrañar los mecanismos que intervienen en la configuración de la realidad espacial, respon­de la razón de ser de esa ciencia que, con el nombre de geografía, se debate en nuestros días entre la renovación de sus plantea­mientos científicos-didácticos y la infraestimación de que adole­ce en el panorama de los saberes con proyección formativa básica.

Y en este sentido no deja de ser tan sorprendente como ina­decuada desde todos los puntos de vista la contradicción en que, a la postre, va a quedar sumida su posición en la estructura del sistema educativo español, don­de, frente al reconocimiento que se le otorga en el rango uni­versitario como titulación con personalidad y entidad específi­cas, se detecta una voluntad de­cidida por relegarla al contexto de las disciplinas marginales, en el que ni siquiera ha de cumplir la finalidad de saber comple­mentario teóricamente otorgado a las asignaturas englobadas bajo el epígrafe genérico de la optatividad.

Pues, ¿cómo, si no, habría que interpretar la irrelevancia que en el nuevo bachillerato va a tener una ciencia que única­mente figura como campo de saber opcional en el segmento de humanidades y ciencias so­ciales, sin que sus contenidos y finalidades aparezcan recogi­dos de forma explícita en ningu­no de los otros bloques que conforman el organigrama pro­yectado? Más aún, la sensación de marginalidad se reafirma al constatar que, dentro de las grandes áreas de conocimiento contempladas en el diseño glo­bal, es precisamente la geogra­fía la que se sitúa en el nivel de representación más ínfimo, ya que la polivalencia que se admi­te para las demás, susceptibles de figurar en varias opciones o en los dos cursos, no es recono­cida para una materia, que, ais­lada y desconectada del resto, puede convertirse en un refe­rente académico no exento de excepcionalidad y de cierta con­notación de atipismo.

Marginalidad

Tan exigua representación, no parangonable con la que al tiempo se la concede en los programas vigentes en los países de nuestro ámbito cultural más próximo, mediatiza sobremanera el desarrollo de los conteni­dos, limitándolos a epígrafes muy concretos del amplio aba­nico temático hacia el que, teó­ricamente, debe proyectarse una adecuada formación geográfica.

Circunscrita a la "lectura y comprensión de lo que significa España y su marco geográfico", los objetivos pretendidos persi­guen algo tan encomiable como el conocimiento de la realidad territorial española, en su doble perspectiva ecológica y huma­na, cuyo análisis se complemen­ta con un apartado referido a la Comunidad Económica Eu­ropea, que se muestra más como un apéndice del progra­ma general que como un núcleo temático con entidad propia. Poco habría que decir, sin em­bargo, de la función asignada a esta disciplina, si no fuera por­que el aprendizaje de los conte­nidos que encierra van destina­dos a una fracción minoritaria • —tal vez residual— de los alumnos que cursan el bachille­rato, al permanecer al margen de los mismos todos aquellos que no canalizan sus preferen­cias hacia la opción de humani­dades y ciencias sociales. Y, desde luego, no deja de ser preocupante asimismo él pro­pósito de que la educación ob­tenida en este nivel haga caso omiso por completo de aspec­tos de gran significado formativo actualmente, como son todos los relacionados con la es­tructuración regional del país (¿cómo justificar la ausencia de un tratamiento más desarrolla­do de la complejidad territorial de España, soporte ineludible para captar el sentido de la construcción autonómica del Estado?) o con la propia regionalización del mundo en gran­des espacios homogéneos.

Los riesgos que se derivan de este empobrecimiento de los sa­beres geográficos en el Bachille­rato no tardarán en aflorar en nuestro panorama educativo. Menoscabando la importancia de-un campo de conocimiento de valor esencial en la tradición cultural europea, se perfila ante nosotros una situación tan la­mentable como la que se mani­fiesta en el hecho de que, si en lo sucesivo la mayoría de los estu­diantes españoles de bachillera­to —y por tanto, de quienes ac­ceden a la Universidad— va a desconocer la realidad geográfi­ca de su propio país, la ignoran­cia será además generalizada y abrumadora cuando se trate de interpretar los procesos y los fe­nómenos que se plantean en el resto del mundo, privándoles así de los elementos de juicio ca­paces de estimular su sensibili­dad por cuanto acontece más allá de sus fronteras.

Cultura aespacial

En otras palabras, asistiremos al progresivo y lamentable fo­mento de una cultura aespacial, en gran parte enajenada de la realidad e indiferente a la pro­blemática que la caracteriza. Con ello no se hará sino agra­var una carencia de formación, que hoy ya muestra indicios francamente críticos.

Si hace unos días este mismo diario se hacía eco de un sondeo efectuado entre universitarios madrileños, donde se señalaba, entre otras conclusiones bien expresivas, que un porcentaje muy elevado desconocía la localización de las repúblicas yu­goslavas o del Estado de Israel, el transcurso del tiempo nos mostrará sin paliativos hasta qué punto esta inopia de cono­cimientos, alentada por un ex­ceso de banalidad en el trata­miento de los fenómenos espa­ciales, será moneda corriente incluso a la hora de situar en un mapa los territorios con los que teóricamente se encuentren más familiarizados.

Carencia a la que, por otro lado, habrá que unir la que, en la mayor parte de los casos y más grave aún, venga inducida por una ostensible incapacidad intelectual para interpretar co­rrectamente las grandes tenden­cias rectoras de las dinámicas espaciales del mundo contem­poráneo, que, baladíes por des­conocidas, tenderán a conver­tirse en realidades sistemática­mente ignoradas en detrimento de un proceso de formación in­tegral, en el que debiera quedar garantizada, como premisa irrenunciable, la necesaria com­patibilidad entre el desarrollo de las habilidades científico-téc­nicas y la rigurosa aprehensión de los conocimientos que sus­tentan la sensibilidad por la me­moria histórica y por los facto­res que, debidamente concate­nados, modelan a las socieda­des y a los espacios de nuestro tiempo.

13 de julio de 1991

Una reflexión sobre la realidad urbana contemporánea


El Norte de Castilla, 19-21 de Mayo de 1991


Muchas de las tensiones que aque­jan a la sociedad contemporánea tie­nen su raíz en los problemas plantea­dos en torno al hecho urbano, verda­dero catalizador de las preocupacio­nes esenciales de nuestro tiempo y fenómeno desencadenante de conflic­tos múltiples, asociados a la compleji­dad de sus dinamismos intrínsecos y a las disparidades de toda índole que, como consecuencia de ello, tienen lu­gar en la ciudad moderna. Mas tam­bién es cierto que a medida que ésta se afianza como el escenario preferente de residencia y el ámbito primordial de relación social y económica de nuestro tiempo, todo lo concerniente al desarrollo y organización de las formas de vida urbanas se inscribe por fuerza en un panorama de afanes com­partidos, convergentes unas veces y enfrentados otras, que a nadie puede dejar indiferente, so pena de incurrir en posturas aislacionistas, que siem­pre van en detrimento de la defensa de los propios intereses, tanto en su ver­tiente particular como colectiva. Bajo estas premisas, la sensación de perte­nencia a un espacio de uso común, vertebrado a partir de una realidad heterogénea, cobra una importancia indiscutible, que se transmite desde el ciudadano individual hasta los órga­nos de decisión política, en un proceso constante de interacción y enriqueci­miento mutuos, sólo realmente fecun­do cuando estas aportaciones, emana­das de uno y otro lado, se organizan en un contexto democrático, abierto y plenamente participativo.


En esencia, la necesidad de alentar al máximo este intercambio fluido de posiciones diversas viene exigida por la progresiva reafirmación de un mo­delo interpretativo de la ciudad, que obligadamente ha de poner fin a la visión restrictiva y en cierto modo unidimensional que tradicionalmente ha caracterizado el entendimiento de las relaciones entre la sociedad y el entorno urbano en que ésta se desen­vuelve. Es decir, asistimos al tránsito desde una concepción unilateralmente dirigista, basada en las pautas impuestas por unos pocos a otra en la que primen los principios de participa­ción, emanados de la propia sociedad y de sus órganos más directamente representativos. Sólo así es posible conceder toda su validez a las reflexio­nes que abogan por la superación de un planteamiento eminentemente centrado en la mera expansión cuanti­tativa de las magnitudes demográficas y económicas, al margen de las impli­caciones sociales y ambientales que a menudo ello traía consigo", para, en su lugar, insistir en la defensa de una actitud más crítica y vigilante frente a las posturas defensoras de la lógica estricta del crecimiento a toda costa. De hecho esta idea no hace sino res­ponder a la comprobación de que más allá de los optimismos que deparan las situaciones expansivas a corto plazo, los comportamientos simplemente acumulativos propenden, cuando se contemplan con un horizonte más amplio, a la génesis de fuertes contra­dicciones y deseconomías internas, que amenazan incluso con poner en entredicho la propia capacidad del entorno urbano para cumplir satisfac­toriamente las necesidades que le im­pone el mismo cuerpo social.


Si estas reflexiones se han incorpo­rado desde hace tiempo a la esfera de actuaciones asumidas por los elemen­tos responsables de la gestión en las ciudades europeas, tardíamente ob­servamos, en cambio, su asimilación decidida al ámbito concreto de la rea­lidad urbana española. Y aunque no cabe duda que el espíritu que anima a la concepción de numerosos planes urbanísticos traduce en teoría una cre­ciente sensibilidad por este tipo de cuestiones, no son infrecuentes, cuan­do se desciende al análisis de casos concretos, los reiterados incumpli­mientos de los objetivos previstos, con frecuencia sacrificados al logro de realizaciones espectaculares inmedia­tas, cuya falta de cohesión y exceso de voluntarismo modifican con brusque­dad la ya ampliamente deteriorada armonía urbana, al tiempo que evi­dencian el mantenimiento de una estrategia todavía en exceso supeditada a la satisfacción de los intereses espe­culativamente defendidos por un sec­tor minoritario de la sociedad.


No es ocioso, en estas circunstan­cias, plantearse hasta qué punto resul­ta preciso modificar con urgencia tales parámetros de conducta y, en conso­nancia con el sentido de las apremian­tes exigencias sociales, subrayar la ne­cesidad de promover estrategias de actuación nuevas capaces de insertar la dinámica de nuestras ciudades en un marco de referencia teórico apoya­do en la idea de solidaridad y en la defensa primordial de los intereses colectivos. No es ésta, en verdad, una pretensión utópica, sino una postura firmemente sustentada en la con­gruencia establecida entre los dos principios que, en mi opinión, mejor identifican en nuestros días la formu­lación explícita de una política urbana progresista, indispensable si realmen­te se desea alcanzar el desarrollo con­diciones de calidad de vida con una proyección socialmente mayoritaria.


Se trata, por un lado, de revitalizar y otorgar su pleno contenido operati­vo al concepto de «Medio Ambiente Urbano», entendido en su acepción más global e integradora. Frente al cúmulo de situaciones de deterioro ambiental en que se hayan incursas prácticamente todas las ciudades, abogar por el despliegue de medidas preventivas y correctoras de las altera­ciones más lesivas para el buen funcio­namiento del entorno constituye no sólo un objetivo irrenunciabie sino a la par el soporte básico en el que se han de apoyar las políticas de intervención programadas. A este respecto, no ha lugar a la improvisación ni a un derro­che de originalidad en la formulación de las propuestas: bastaría simple­mente con hacer efectiva y técnica­mente aplicable la metodología pro­pugnada por el Libro Verde sobre el Medio Ambiente Urbano que el pasa­do año elaboró la Comisión de las Comunidades Europeas en un decidi­do afán por potenciar el nacimiento de una reflexión fecunda sobre el alcance de las dinámicas observadas y de cons­truir, en función de ella, un modelo susceptible de fundamentar las líneas maestras de reorganización del espa­cio urbano, obviamente acomodadas a las particularidades de cada escena­rio concreto y a sus problemáticas específicas.


¿Cómo cuestionar, entonces, la va­lidez de ese desglose, claramente efec­tivo, entre medidas orientadas a la reorganización de la estructura física de la ciudad y las que tienen como finalidad directa el control de las inci­dencias provocadas por las activida­des urbanas sobre el medio ambiente? Bajo ambos epígrafes aparecen con­templados e integrados los grandes temas que hoy preocupan al ciudada­no y frente a los cuales ninguna Admi­nistración puede honestamente per­manecer impasible. Si en el primer caso, las ventajas de una visión globalizadora consigue unificar las induda­bles conexiones existentes entre la pla­nificación del crecimiento, la correc­ción de los problemas de vivienda, la ordenación del transporte, la protección del patrimonio y la revalorización de los espacios de inte­rés ecológico, no es menor la validez que se otorga, en el segundo, a todo lo relacionado con la adecuada articula­ción del espacio de uso industrial, con el abastecimiento y calidad del agua y con el tratamiento de los residuos. Ciertamente tras cada uno de estos epígrafes subyace una casuística com­pleja y una tipología de problemas planteados a diversas escalas, cuya resolución precisa de análisis riguro­sos, sensibles a la realidad territorial y, por supuesto, de la adopción de inicia­tivas abordadas con auténtica volun­tad resolutoria, ya que sólo mediante la firmeza de las decisiones será posi­ble acometer con éxito programas de actuación ambiental verdaderamente efectivos.


Hasta tal punto es importante, en coherencia con lo subrayado en el artículo anterior, el logro de avances significativos desde la perspectiva am­biental que de ello depende en gran medida la posibilidad de efectuar el salto cualitativo hacia el otro de los grandes principios sobre los que se asienta la construcción de una reali­dad urbana solidaria. Me refiero, lógi­camente, al proyecto de hacer de la ciudad del espacio organizativo de una vida comunitaria socialmente integra­da. Este deseo trasciende a la mera consideración de una forma de convi­vencia forzosamente constituida a partir de una multiplicidad de elemen­tos disociados, que especialmente coe­xisten en situaciones de armonía aparente y más o menos estable, relativizadas por la función que cada uno de ellos desempeña en el organigrama socio-productivo. Sin ignorar el valor de los conflictos que difícilmente po­drán ser evitados en un contexto regi­do por la pluralidad de intereses y por la propensión a la defensa de las posi­ciones individualistas, entiendo que jamás una política urbana deberá re­nunciar a la puesta en práctica de los mecanismos que permitan superar esa tendencia a la «sociedad desintegrada en soledades individuales», a la que tan críticamente se ha referido Carlos Gurméndez.


Frente a estas actitudes .sólo cabe reivindicar el valor de contrapeso que sin duda pueden ejercer, no a demasia­do largo plazo, los intentos por crear ese ámbito de convivencia favorece­dor de una identificación del ciudada­no con el espacio en el que vive, compartiendo afanes comunes, inter­viniendo activamente en cuantas ini­ciativas sean capaces de enriquecer un panorama cultural cada vez más abierto a sus preocupaciones y sensibi­lidades, estableciendo, en fin, fórmu­las de cohesión en sus diferentes esfe­ras de comportamiento. Lo cual ha de estar firmemente cimentado en el am­plio margen de posibilidades que sin duda derivan de la conciencia de per­tenecer a un espacio urbano no repul­sivo sino integrador de voluntades heterogéneas y a la vez estimulante para la materialización de proyectos compartidos.


Se trata, dicho de otro modo, de abundar en la idea de «ciudad recupe­rada», durante mucho tiempo maltre­cha o desvaída en nuestro país,, y que sólo desde la democratización de los ayuntamientos está siendo posible rescatar gradualmente del olvido, no sin esfuerzos y vacilaciones. Y es que la «recuperación» de la ciudad por el ciudadano facilita, al sentirse éste par­tícipe y protagonista de cuanto aconte­ce en un contexto espacial concebido como propio, la aparición de potencia­lidades inéditas, que estimulan la for­mulación de propuestas encaminadas tanto a la mejora de la calidad de vida como a la creación de un escenario adecuado para la materialización de alternativas de desarrollo económico. Alternativas especialmente necesarias en una etapa de fuerte competencia interurbana como la que actualmente preside la situación de las ciudades españolas, y sobre todo de aquellas empeñadas en potenciar su atractivo mediante la puesta en práctica de nue­vas expectativas de futuro.


Aplicar los planteamientos señala­dos al caso vallisoletano es una tarea tan ambiciosa como apasionante. Y perentoria también. El diagnóstico que hoy po­demos hacer sobre Valladolid,- ya consolidada su personali­dad y defini­das las gran­des directri­ces que en el tiempo han inspirado su específica ordenación espacial, no arroja un ba­lance optimista, como consecuen­cia de los graves condicionamientos de todo orden hereda­dos de una etapa en la que la respuesta inmediata al crecimiento económico provocó la génesis de una ciudad caó­tica, repleta de contradicciones y dis­parates urbanísticos y ambientales. Muchos de ellos son fenómenos irre­versibles, que marcarán para siempre el deterioro de su fisonomía interna como uno de de sus rasgos más distin­tivos. Pero también es cierto que des­de 1979, por más que la crítica -ese «arma irrenunciable», como diría Malraux- siga estando plenamente justificada, Valladolid ha cobrado una nueva dimensión, en un intento cons­ciente por paliar en lo posible las enormes servidumbres heredadas e insertar a la ciudad en un panorama encaminado a la revitalización de su prestigio y a la creación de un entorno más favorable para la convivencia y la reflexión.


Digamos, en todo caso, que paulati­namente se han ido fraguando los cimientos sobre los que edificar un sentimiento de identificación, del que hasta hace bien poco se carecía. Pues no en vano había sido entorpecido como consecuencia de la actitud de rechazo provocada no tanto por el carácter foráneo de la mayor parte de sus residentes, reproduciendo así los hábitos tan usuales en enclaves masi­vamente nutridos por la emigración, como, sobre todo, por el escaso poder integrador que era capaz de ejercer un tipo de evolución urbanística favora­ble a las segregaciones sociales y a la acentuación de los antagonismos, has­ta cristalizar en un modelo de ciudad constituido por elementos espaciales múltiples con muy deficiente o nula vertebración entre sí. Si, por tanto, la consideración de Valladolid como espacio urbano pro­gresivamente asumido por el conjun­to de la población está ligada al proce­so lógico de asimilación que depara la existencia de una realidad fuertemen­te consolidada y a las ventajas de una forma de actuación que ha manifesta­do en numerosas ocasiones una predisposición clara al reconocimien­to de las demandas planteadas por la base social, el reto que se inicia a partir de ahora resulta crucialmente decisi­vo. Culminar la tarea iniciada en el sentido señalado, sin rupturas ni invo­luciones, tal vez sea uno de los objeti­vos primordiales, como requisito pre­vio para abordar con resultados satis­factorios los tres grandes epígrafes que, a mi juicio, simbolizan las líneas básicas en que ha de encuadrarse el tratamiento de la actual problemática vallisoletana.


De un lado, se ha de abordar con decisión y sensibilidad política las si­tuaciones críticas aún existentes en esa constelación de barrios periféricos, que, componentes fundamentales de la trama urbana y generadores con frecuencia de sólidas cohesiones inter­nas que no se pueden eludir en la toma de decisiones, son al tiempo la expre­sión fidedigna y permanente de las múltiples malformaciones legadas por la etapa desarrollista y más desafora­damente especulativa, y cuyas caren­cias ostensibles deben inscribirse sin demora entre las preocupaciones prio­ritarias de la ciudad, entre otras razo­nes porque albergan el conjunto de­mográfica y sociológicamente más re­presentativo.


De otro, es obvio que las fórmulas orientadas a facilitar la integración de la sociedad tienen en la dimensión cultural de las actuaciones una clave de referencia obligada, apo­yada en la necesaria concertación de propuestas e iniciativas, que la con­viertan en algo plenamente participativo y ajeno a cualquier elitismo excluyente, y a la vez proyec­tada con una visión respetuosa y defensora a ultranza del patri­monio históri­co, que haga po­sible la preser­vación de los testimonios re­siduales de la ri­queza arquitec­tónica que, has­ta hace bien po­co gravemente lesionada en una parte muy significativa por la remodelación o el abandono, sigue representando el so­porte más emblemático de la propia personalidad urbana.


Y, por último, sería un grave error hacer caso omiso de la hipótesis de que el futuro de Valladolid pudiera quedar seriamente mediatizado si no se procede a la corrección drástica de las deficiencias ambientales que tanto alteran y distorsionan sus potenciales capacidades para proporcionar una adecuada cali­dad de vida. Ruido, tráfico y agua definen la trilogía de las medidas de intervención deseables a corto plazo en una ciudad que acusa con especial gravedad los efectos de la difícil armo­nización planteada entre las caracte­rísticas del entorno y los impactos provocados sobre él. Y con un hori­zonte temporal que tampoco puede ser demasiado dilatado, es obvio que la calidad preconizada se identifica plenamente con la resolución de los déficits de que adolece el nivel de equipamientos en las áreas más nece­sitadas y con la búsqueda de solucio­nes efectivas al crónico problema de la vivienda, al que se ven con impoten­cia enfrentados amplios sectores de la sociedad, convirtiéndolo en uno de los aspectos primordiales de cualquier es­trategia de gestión merecedora del apoyo popular.


No son pocas, en suma, las dificul­tades que en los momentos actuales condicionan la reorganización solida­ria de los espacios urbanos contempo­ráneos. Su creciente complejidad y la confrontación de intereses en juego crean un marco de actuación difícil­mente abordable mediante el diseño de fórmulas simplificadoras de la rea­lidad. Se requieren, en cambio, solu­ciones imaginativas, un conocimiento y evaluación rigurosos de los proble­mas existentes, la elaboración de pro­gramas bien vertebrados y, ante todo, la voluntad firme de llevarlos a cabo. Definitivamente cuestionada la etapa de las decisiones unilaterales, casi siempre sostenidas por los grupos de presión más fuertes y exclusivistas, parece llegado el momento de la concertación, como requisito ineludible si se desea hacer de la ciudad un ámbito capaz de favorecer la permanente y fecunda convergencia de los afanes colectivos.


Consciente de ello, el ciu­dadano dispone ya de suficientes ele­mentos de juicio para ponderar el margen de sinceridad de las propues­tas que se le ofrecen y el grado de sintonía y sensibilidad que quienes las brindan manifiestan con la problemá­tica suscitada. Para decantar en nues­tro caso la opinión al respecto, basta­ría tan sólo con analizar la historia reciente de Valladolid, desde los años sesenta hasta nuestros días, para ver hasta qué punto los dos modelos de ciudad que se han configurado en el tiempo, ambos separados por el hiato que inicia el proceso de democratiza­ción de la gestión municipal, respon­den a filosofías antagónicas, cuyas po­sibles líneas de comportamiento y de concepción de la ciudad ha de ser enjuiciadas como criterios estimati­vos de las directrices que una y otra habrán de ser capaces de imprimir hacia un futuro inmediato. Un futuro que, de ningún modo, puede quedar a merced de posiciones demagógicas o de mero arbitrismo político.

24 de junio de 1991

Los diviesos de la democracia


El Mundo-Diario de Valladolid, 24 de Junio de 1991


Si no fuera porque sus gestos, actitudes y decisiones reper­cuten en el funcionamiento de la vida institucional y en la gestión de lo público, ninguna aten­ción habría que prestar a esos funes­tos personajes que, al socaire del con­texto democrático en que viven y del que se aprovechan, proliferan con insólita profusión en nuestra escena política para comportarse en ella a sus anchas, indiferentes y chulescos a los clamores de denuncia o repulsa que surgen a su alrededor. Son como sarpullidos incómodos, molestos y desagradables, que no tienen otra dig­nidad que la que les confiere un tan inexplicable como atípico apoyo popular, conseguido en buena lid pero a menudo con artes impropias de la mínima corrección democrática. Maestros del populismo barriobajero, profesionales avezados de la dema­gogia vulgar, aficionados a la difama­ción gratuita y amigos del chalaneo, son, al tiempo, ejemplares inverecun­dos de la mediocridad más absoluta, de la que, incluso, presumen como reflejo de una incultura consciente­mente asumida y procazmente divul­gada para ofensa y desazón de quie­nes abogan, en cambio, por la dig­nificación de la vida ciudadana.

Y hasta qué punto la crítica les hace mella es algo que no siempre resulta fácil dilucidar, ya que, en apa­riencia inmunes a ella, tienden a arre­meter con violencia verbal ante cual­quier ataque o puesta en entredicho de su particular forma de llevar a cabo la gestión de la cosa pública. Mas no se crean que el debate se resuelve en el terreno de la dialéctica respe­tuosa y civilizada. No, cuando se discute con ellos no ha lugar a la nor­malidad ni al atisbo de posibles inten­tos de concordia. De inmediato, como resortes impulsados por un automa­tismo calculado, casi instintivo, afloran los síntomas de la más completa inco­municación, de un abismo insondable que convierte la pretensión de diá­logo en un vano afán o, peor aún, en una predisposición totalmente esté­ril, que relega a quien la defiende al terreno del más completo ridículo e incomodidad.

Y es que en torno a tan lamentables: Figuras de nuestra realidad cotidiana: se teje un entramado de intereses, una i malla de relaciones tan tupida y críptica, que cualquier intento de homologación con los parámetros inheren­tes a la convivencia normal ha de ser inmediatamente descartado. La incompatibilidad en este sentido es y será siempre absoluta, entre otras razones porque la supervivencia del modelo que representan, así como el clientelismo a que da lugar, no pueden estructuralmente coexistir con el fun­cionamiento normal de las reglas pro­pias del juego democrático, abierto, crítico, transparente y flexible.

Frente a ellas, la rigidez y la opa­cidad constituyen la garantía indispen­sable en la que se han de amparar estos personajes protervos de la polí­tica para mantener intacto ese poder de persuasión banal que tantos bene­ficios les reporta, por más que tras él, a poco que el observador profun­dice en ello, se esconda el recurso sis­temático a una jerigonza repleta de lugares comunes, de frases hechas, de ideas primarias y de expresiones hueras.

Porque, a decir, verdad, ¿qué otra cosa, si no, se esconde bajo el insulto como procedimiento habitual de des­calificación del adversario, de lo que tampoco se halla exento incluso el alia­do, cuando éste comienza a cuestionar los comportamientos de aquél?, ¿a san­to de qué esa defensa enfermiza de las esencias locales como reacción afa­nosamente buscada frente al «enemi­go» exterior, dando prueba en todo momento de una actitud obsesivamen­te misoneísta, en lucha incesante con la marcha de los tiempos?, ¿cabría de otra forma interpretar, en fin, ese pato­lógico victimismo vindicativo, al que se recurre por sistema cuando la con­frontación opositora trata de descender al terreno operativo en el que se evi­dencian las muestras palmarias de la incompetencia y la marrullería en el ejercicio de la gestión?

Pero lo más grave es que, mediante el engaño y la manipulación de los hechos, sesgados siempre al servicio de sus ambiciones soterradas, lo único que consiguen es el medro personal a costa del prestigio buen nombre de los esce­narios donde se desenvuelven. Y así, mediante maniobras distorsionantes de la realidad, tienden a identificar sus ámbitos de actuación con los compor­tamientos consecuentes al espúreo liderazgo que tratan de detentar. Para ello recurren a toda suerte de artima­ñas, comunmente materializadas en la creación de sus propias opciones polí­ticas, que, sumidas en la banalidad pro­gramática y en los slogans de mero artificio, no son más que el reflejo mezquino de un personalismo vacuo en trono al cual se aglutinan los inte­reses particulares del «líder» y de quienes, arropados a su sombra a modo de sumisos y silentes turiferarios, unen su suerte y la de sus intereses par­ticulares a las pingües expectativas que les depara el desenvolvimiento a sus anchas en un auténtico patio de moni­podio.

A pesar de todo, no resulta fácil erradicar tales especímenes de nuestro panorama político, sorprendentemente protegidos a veces por opciones de solvencia reconocida en el juego democrático, que, de forma tan inex­plicable como peligrosa, se pliegan a sus pretensiones, estableciendo con ellos discutibles fórmulas de colabo­ración, sin que el ciudadano pueda captar la efectividad real de tales ope­raciones y las entretelas en que se ela­boran. De ahí que la puesta en entre­dicho de tales prácticas parezca ple­namente justificada, máxime cuando de su generalización pudieran derivar­se serios peligros para la imagen del sistema democrático, de cuyo descré­dito sólo cabe esperar consecuencias lamentables para el correcto funcio­namiento de las relaciones entre la sociedad y quienes la representan.

Se impone la urgencia de persuadir al ciudadano de que, apoyando a ese tipo de pseudodirigentes, poco puede hacer para la resolución de sus pro­blemas y para la recuperación efectiva del protagonismo que merece. Se tra­ta, en otras palabras, de invadir cual­quier tipo de tejemaneje político y de arbitrar, en su lugar, mecanismos en dirección contraria, de suerte que, sólo a través de la denuncia, del desarrollo de la conciencia crítica y de la for­mulación de alternativas fiables y sin­ceras, será posible poner fin a esta pesadilla y alumbrar perspectivas polí­ticas consistentes, que, rescatando la buena imagen que ha de tener el ejer­cicio serio de la política, hagan inne­cesaria de una vez por todas en Espa­ña y Castilla y León la sórdida pre­sencia de estos perjudiciales diviesos de la democracia.

20 de octubre de 1990

VALLADOLID ANTE EL FUTURO: HACIA UN NUEVO MODELO DE CRECIMIENTO


El Norte de Castilla, 20 de Octubre de 1990



Cuando, a finales de junio, escribí en estas mismas páginas que el futuro indus­trial de Valladolid podría verse seriamen­te cuestionado por los proyectos reestructuradores que se ciernen en nuestros días sobre la industria automovilística, no era consciente de que, apenas cuatro meses más tarde, dicha hipótesis vendría avala­da por los indicios que inexorablemente parecen apuntar en esa dirección. Desde entonces han ocurrido acontecimientos que, en efecto, presagian la ruptura y a la vez el presumible inicio de una nueva etapa en la evolución de la economía y de la sociedad vallisoletanas, que distaría de corresponderse en sentido estricto con las líneas maestras que hasta ahora han ci­mentado los pilares básicos de su modelo de crecimiento. A través de un proceso que todavía no ha culminado, la sensa­ción de crisis comienza a imponerse con fuerza al verificar los síntomas que deno­tan el debilitamiento paulatino de una actividad hasta hace poco considerada de forma inequívoca, como el fundamento explicativo de la intensa metamorfosis vivida por Valladolid desde los años se­senta.


A la amenaza de cierre de la antigua Motransa, supeditada a la revisión de las estrategias empresariales acometida por Fiat, se una la drástica política de reajuste que, tras la recientemente formalizada operación de compra, la misma compa­ñía italiana aplicará sin duda a Enasa o, más expresivo aún, la puesta en práctica de los programas previstos con propósi­tos similares por la sede central de Régie Renault, cuyo impacto sobre la factoría más relevante de la Comunidad Autóno­ma ha de materializarse fuera de toda duda a un plazo no excesivamente largo. Todo ello sin olvidar la frustración en que finalmente han cristalizado algunos de los proyectos de fabricación más ambi­ciosos y que tanta ilusión suscitaron en su momento.


Más allá de los argumentos coyunturales sería, desde luego, largo y prolijo alu­dir aquí a los factores de estructura que justifican estás tendencias, pero lo cierto es que, conectados directamente con el actual comportamiento estratégico y con la necesidad de hacer frente a sus proble­máticas específicas, revelan la existencia de cambios previsibles, sobre todo sí se tienen en cuenta los indicadores a la baja que desde hace algún tiempo rigen la dinámica de sus principales variables en los países donde se localizan los grandes centros de decisión. El hecho de que, una vez planteadas en sus respectivos núcleos decisionales, las premisas de reajuste co­miencen a proyectarse de forma encade­nada en nuestro país, donde el funciona­miento de la industria del automóvil se subordina plenamente a las directrices exógenas, pone al descubierto la vulnera­bilidad teórica del sector y las incertidumbres que pudieran aquejar a aquellos en­claves que, como expresivamente sucede en Valladolid, sustentan primordialmente su dinamismo sobre la vitalidad y las vicisitudes de una actividad no exenta, ni liberada, de situaciones críticas.


En estas circunstancias resulta lógico e inevitable reflexionar acerca de los posi­bles mecanismos que permitan hacer frente a los eventuales efectos traumáti­cos ocasionados por el agotamiento de un modelo sometido a revisión e incapaz, por ello mismo, de seguir garantizando los umbrales de crecimiento hasta ahora conocidos. Se trata de una reflexión tan necesaria como perentoria, obligada al mismo tiempo por el hecho de que ha de ser abordada en un contexto singular, netamente distinto del que, en cambio, ha determinado las estrategias compensato­rias de la crisis en los espacio sujetos a los programas públicos de reconversión y reindustrialización. Es decir, frente a las políticas de protección que, como es sabi­do, han auspiciado la superación de los problemas estructurales en las llamadas «regiones industriales en declive», no se contempla esta clase de instrumentos pa­ra las áreas que, al margen de las condicio­nes privativas de aquéllas, se hallan, no obstante, expuestas a la aparición de ten­siones y dificultades análogas.


Surgen así las que, a mi juicio, pudieran ser interpre­tadas como situaciones de «reconversión latente», cuya manifestación más clara la ofrece un sector, como el del automóvil, que si no participa propiamente de la gravedad específica de las actividades con mayores lastres de competitividad, se ve obligado a resolver, sin embargo, los in­convenientes derivados de la sobrecapacidad de la oferta, de la fortísima compe­tencia internacional y de las limitaciones tecnológicas de que aún se resienten algu­nos de sus estadios de fabricación. De ahí que, en virtud de este cúmulo de servi­dumbres y ajenos a los grandes programas que auspician las políticas oficiales de saneamiento de los tejidos fabriles más vulnerables, asistamos a la configuración de una nueva categoría de espacios indus­triales críticos, de los que el tipo que nos ocupa constituye el ejemplo más repre­sentativo y a la vez el de perspectivas más inciertas, a menos que se formulen cuan­to antes modelos alternativos, apoyados en el esfuerzo de imaginación y de deci­sión de que han de hacer gala las instan­cias directamente implicadas tanto en el diagnóstico de la situación como en la promoción de iniciativas destinadas a neutralizar los efectos más contraprodu­centes del problema planteado.


Así las cosas, parece llegado el momen­to de abrir un amplio debate, en el que, desde los diversos sectores afectados y sin eludir el margen de responsabilidad que a cada uno compete, se aborde con rigor el análisis de los grandes ejes sobre los que se han de reposar las bases de la personali­dad vallisoletana hacia el futuro. En tal sentido, y con el simple propósito de alentar esta reflexión colectiva, me per­mito apuntar tres líneas de actuación que considero, al menos como una aproxima­ción inicial al tema, dignas de tener en cuenta.


En primer lugar, es evidente que la capacidad de resistencia ante los impac­tos recesivos se halla estrechamente liga­da a la superación del monolitismo fabril, que normalmente entraña un alto grado de indefensión frente a las coyunturas, por más que las características estructura­les conseguidas ofrezcan en apariencia una notable solidez. Si, como sucede en nuestro caso, esa fortaleza aparece supe­ditada a comportamientos estratégicos que escapan casi por completo al control de sus beneficiarios autóctonos, lógico es pensar que únicamente a través de la diversificación del aparato productivo, en buena parte asentado sobre la iniciati­va endógena como complemento necesa­rio de la promoción externa, será posi­ble alcanzar el indispensable equilibrio que garantice simultáneamente el funcio­namiento coherente del sistema indus­trial y su correcta articulación interna.


De esta forma, se encontrarían debidamente conciliadas, por vez primera en su histo­ria, las dos potencialidades que, merced a su interesante trayectoria industrial y a su excelente renta de situación, convergen plenamente en Valladolid: de un lado, la que le proporciona una rica tradición manufacturera local que en buena parte ha quedado eclipsada o preterida hasta ahora, y, de otro, los efectos de inducción que, decididamente abiertos a otros seg­mentos de la transformación, se derivan de su innegable predicamento como esce­nario privilegiado para la inversión forá­nea.


Mas tampoco conviene descuidar, en segundo lugar, que en los momentos ac­tuales la consecución satisfactoria de es­tos objetivos industriales precisa de un salto cualitativo que aún está pendiente de realización. Pues, en efecto, no cabe duda de que la relevancia lograda en el terreno de la producción dilecta no se corresponde, como debiera ser, con el desarrollo paralelo de ese complejo de actividades que en la terminología al uso se conoce con el nombre genérico y globalizador de «terciario superior». Entendi­do en su acepción más global, cabría incluir dentro de él el amplio abanico de dotación funcional que abarca desde el desarrollo adecuado de las infraestructu­ras de transporte hasta el entramado constituido por la red de servicios de todo orden orientados a las empresas, con todo lo que ello implica para la mejora de la calidad, para la eficiencia en la gestión de los recursos, para el correcto cumpli­miento de los requisitos medioambienta­les y para la idónea aplicación de las corrientes innovadoras. No creo que este paso sea imposible, utópico o falto de fundamento. Partiendo de la realidad presente y al amparo de una mayor sinto­nía entre los distintos agentes socioeco­nómicos y científicos, se trataría de asimi­lar los comportamientos vigentes en las áreas urbanas más desarrolladas, inevitablemente abocadas a propiciar los meca­nismos que favorezcan el tránsito gradual hacia una terciarización dinámica y efi­caz, susceptible de estimular el empleo y de contribuir a la mejora de la producción y de la calidad de vida.


Por último, de toda esta serie de mani­festaciones, uniformemente encamina­das a la creación de lo que D. Maillat define como un «entorno progresivo», sin el cual todo proyecto de reactivación resultaría estéril, se derivan, a la postre, fuerzas difusoras del crecimiento que ha­rían de Valladolid un núcleo capaz de ejercer un impacto positivo tanto sobre la provincia como sobre el conjunto del espacio regional en que se inserta. Dicho, de otro modo, si con el modelo anterior los procesos favorables a la "polarización marcaban la tónica dominante, en detri­mento de los ámbitos lesionados por su capacidad succionadora, no parece des­cartada la hipótesis que, a tenor de otras experiencias conocidas y bajo las premi­sas indicadas, pone en evidencia un com­portamiento distinto de los dinamismos que actúan sobre el territorio.


En este sentido, y sin olvidar que en esencia la operatividad de los fenómenos requiere al propio tiempo la adopción de políticas sensibles y solidarias con el conjunto del espacio hacia el que se proyectan, consi­dero que la transformación de Valladolid en un enclave funcionalmente dinámico y con auténtica capacidad de articulación a gran escala no sólo resolvería las propias contradicciones en que actualmente se debate la ciudad, sino que a su vez sería capaz de desempeñar esa función de en­samblaje regional de que tanto adolece nuestra Comunidad Autónoma y que só­lo la Villa del Pisuerga está en condicio­nes potenciales de llevar a cabo.



20 de junio de 1990

Crisis, sociedad postindustrial y calidad de vida


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Con bastante asombro y no sin cierta ansiedad estamos asistiendo en esta épo­ca de fin de siglo a la formulación de posiciones nuevas que modifican sustancialmente muchos de los postulados que, asumidos con firmeza y seguridad, pare­cían hasta ahora poco menos que intangi­bles. Es evidente que la crisis económica y la serie de manifestaciones asociadas a ella ha contribuido de forma decisiva a replantear gran parte de los axiomas vi­gentes en las sociedades occidentales de­sarrolladas, a medida que se impone con fuerza la necesidad de reorientar las líneas maestras del crecimiento, cuestiona­do en sus implicaciones más contrapro­ducentes y negativas. Surge así toda una corriente de pensamiento que, si emana de los sectores más sensibilizados de la sociedad, aparece también alentada por algunos de los protagonistas principales del sistema, afanados por asentar las ba­ses teóricas sobre las que ha de reposar la construcción de un modelo articulado en torno a los principios de la llamada socie­dad «postindustrial». Es, en suma, el tiempo de las revisiones a fondo, que, más allá del mero ejercicio autocrítico, siempre saludable y necesario, denotan por parte de éstos el verdadero alcance de una resuelta voluntad de cambio, conce­bida al propio tiempo como garantía para la supervivencia de la lógica, ésta sí inva­riable, sustentadora de su misma razón de ser.

Y es que, en efecto, los fundamentos que justifican tal viraje obedecen no sólo a la necesidad de formular propuestas alternativas al cúmulo de contradicciones desencadenadas por el voluntarismo y los inconvenientes de un pretendido crecimiento sin límites, generador de pro­blemas múltiples, como al propósito de lograr un acomodo lo más rápido y eficaz posible a las nuevas reglas de juego im­puestas por la transformación de los fac­tores de producción y por los requeri­mientos de la demanda social, que presio­na también decididamente en esta direc­ción. A la postre, la convergencia de ambas premisas, claramente interrelacionadas, está provocando, con una celeri­dad insólita, la adopción de nuevas pau­tas de conducta, preconizadas por quie­nes, ostentando un gran poder de decisión y con notoria resonancia en los círculos internacionales, se hallan en condiciones de contribuir en un plazo relativamente corto a la redefinición de los modelos de crecimiento imperantes en las sociedades industrializadas y, en virtud de ello, en la propia dinámica interna de los espacios afectados.

Aunque, por supuesto, el tema reviste numerosas dimensiones y variadas pers­pectivas de análisis, me parece oportuno llamar la atención, por las posibles impli­caciones que pueda tener sobre nuestro marco de referencia más próximo, acerca de la envergadura que, en este contexto, comienza a cobrar una de las tendencias más llamativas y esclarecedoras de la etapa de revisión en que nos encontra­mos. Me refiero, en concreto, al creciente significado que progresivamente se con­cede a la variable medioambiental como componente básico de las directrices pro­pugnadas por relevantes figuras del mundo empresarial, vinculado a la industria en su proyección transnacional más am­plia, y, por ende, con un peso específico capaz de conferirles especial crédito co­mo expresión de una actitud digna de proyección a gran escala. Supone, dicho de otro modo, el reconocimiento explíci­to de la responsabilidad ecológica como principio de actuación estratégica, plan­teado a su vez de acuerdo con la tendencia a la fijación de los definidos por Von Weizsácker como los «valores límite» en que ha desenvolverse el frágil equilibrio establecido entre la actividad económica y la sociedad, por encima de los cuales tienden a surgir situaciones de ruptura y confrontación, netamente perjudiciales tanto por el ecosistema como para el logro de una adecuada calidad de vida, entendi­da en su acepción más plena y globalizadora.

A modo de muestra, nada tan elocuen­te en este sentido como las reveladoras afirmaciones hace unos días por persona­lidades señeras de la industria automovi­lística mundial en el expresivo marco del barrio parisino de La Défense, escenario emblemático del capitalismo moderno y punto de encuentro de un Simposio sue­co-francés sobre el Medio Ambiente, al que tuve la oportunidad de asistir con-ocasión de un reciente viaje de estudios a la siempre espléndida capital francesa. Y ha sido precisamente en este foro donde los dirigentes del grupo Volvo y de la Régie-Renault han coincidido en una re­flexión, que testifica el auténtico valor de una postura públicamente defendida y, ya de forma más específica, el posible inicio de una nueva etapa en la trayecto­ria de uno de los sectores claves en la organización del espacio y de la sociedad contemporáneos, y cuya incidencia eco­lógica parece a todas luces incuestionable.

Partiendo de un análisis crítico sobre la gravedad alcanzada por los impactos más negativos derivados de la utilización ma­siva del vehículo individual, no carece de interés el hecho de que sean los portavo­ces de dos de las principales firmas mun­diales del sector quienes aboguen no sólo por la corrección tecnológica de los efec­tos contaminantes, sino, y esto es lo verdaderamente revelador, por la racio­nalización del uso del automóvil, abun­dando incluso en la necesidad de restrin­gir su acceso a las ciudades, con el fin de liberar a éstas del que sin duda se ha convertido en uno de los factores primor­diales de la problemática urbana, con indudables repercusiones lesivas para la calidad de vida y el bienestar de los ciudadanos. Al señalar R. Levy, presiden­te de Renault, «qu'il faudra bien un jour que la ville se débarrase del'automobile» no daba la impresión de estar inducido por una postura demagógica sino por el deseo de sintonizar con la evidencia de una realidad palmaria, cada vez más os­tensible como factor de distorsión de la vida cotidiana y de degradación me­dioambiental. Incidencias, en cualquier caso, de imposible solución si se mantie­nen invariables las premisas que han hecho de este elemento de transporte el soporte básico de la circulación y uno de los principales símbolos de los comporta­mientos y actitudes, no menos cuestiona­bles a su vez, imperantes en las socieda­des occidentales.

Entiendo por ello que la reflexión plan­teada reviste una especial trascendencia, ya que no se limita únicamente a denun­ciar la gravedad de un fenómeno tan conocido como preocupante. A mi juicio, son varias las consideraciones deducibles de esta declaración de principios que, en virtud de su procedencia, no merece ser soslayada, pues responde a algo más que al simple propósito de ofrecer una imagen sensible y solidaria con el medio ambien­te, como testimonio al propio tiempo de un fenómeno al que no ha de permanecer ajena la dinámica general del sistema productivo, supeditado a condiciona­mientos más o menos similares. Revela, en consonancia con los parámetros in­dustriales emergentes tras la crisis, el significado de las tendencias en que se halla sumido un epígrafe clave de la pro­ducción, en cierto modo paradigmático dentro de este proceso.

Pues, en efecto, se trata de una activi­dad forzada a conciliar en su seno la aplicación de altos niveles de racionalización tecnológica con la resolución de los problemas que se derivan de sus destaca­das implicaciones medioambientales a todos los niveles. De ahí que si a corto plazo sus directrices básicas se materiali­zan en la formalización de acuerdos inte­rempresariales y en una inexorable y fe­bril carrera a favor de la productividad máxima, es obvio que a la larga se verá obligada a asumir la evidencia de que sus comportamientos clásicos han entrado ya en contradicción con el margen de tole­rancia que le permite la propia realidad espacial, incapaz de aceptar los niveles de progresión alcanzados hasta ahora. Y es también en este sentido como habría que entender el reconocimiento explícito de que la configuración racional de los espa­cios urbanos exige necesariamente la fun­ción reguladora -entendida en términos de restricción y control- del que sin duda se ha convertido en el principal problema para la satisfacción de los objetivos que identifican la ciudad como un ámbito de uso colectivo y de relación óptima, difícil­mente compatible con el crecimiento ex­ponencial del parque automovilístico y la serie de efectos recurrentes que tal progre­sión implica. Es, por tanto, a partir de este conflicto dialéctico surgido entre trans porte individual y calidad de vida urbana como hay que interpretar la redefinición de las estrategias formuladas, en las que la reivindicación medioambiental se con­vierte en criterio básico de actuación, perfectamente asumible en virtud de las condiciones de versatilidad que caracteri­zan el funcionamiento de la gran empresa moderna y de su capacidad para abrirse a nuevos campos de la producción, sin poner en entredicho, como ya sucede con el grupo Volvo, los pilares de su liderazgo industrial y financiero.

De acuerdo con ello, no resulta ocioso, finalmente, plantearse en qué medida tales comportamientos pueden repercutir sobre el modelo de crecimiento industrial que ha sustentado el afianzamiento de la personalidad fabril vallisoletana. Tal vez sea prematuro hacer aún estimaciones prospectivas sobre el impacto que las nuevas corrientes suscitadas vayan a pro­vocar en enclaves que, como ocurre en nuestra ciudad, han cimentado las líneas maestras de su crecimiento en un sector sometido hoy a controversia o, en todo caso, a la reformulación más o menos intensa de sus esquemas de actuación tradicionales. Pero lo cierto es que el mantenimiento de sus umbrales de vitalidad económico-industrial requiere nece­sariamente la superación de las condicio­nes de dependencia excesiva a la dinámi­ca y a las vicisitudes de una actividad dominante, cuyos riesgos se vislumbran en el horizonte, para, en su lugar y como alternativa necesaria, garantizar la aper­tura a nuevas líneas de actividad, que al tiempo que mitiguen los niveles de incertidumbre propicien la aparición de meca­nismos compensadores antes de que los efectos de la crisis desencadenen los cos­tos sociales que con tanta virulencia han lesionado a las áreas excesivamente vin­culadas a los segmentos más vulnerables del aparato productivo.
Es obvio que ante esta nueva etapa se imponen al tiempo nuevos desafíos, entre los cuales ha de ocupar una posición relevante el lugar que se conceda a la salvaguarda y defensa del medio ambiente como garantía de un funcionamiento satisfactorio de ese difí­cil binomio planteado en las sociedades industrializadas, y en cuya compatibili­dad, ya no tan utópica en el momento actual, descansa la armonización preten­dida entre crecimiento económico y el logro de una auténtica calidad de vida.