4 de agosto de 2015

José Manuel Fernández Delgado, el enamorado de la Naturaleza






Siempre lograba encontrar la palabra justa para cada cosa. El término adecuado, la expresión correcta, la interpretación precisa. Y lo hacía con humildad, con sencillez, envuelto el argumento en la sonrisa, Esa sonrisa que acompaña siempre al que, seguro de lo que dice, sabe decirlo con convicción y con la sensación también de que en la interpretación de los hechos nada es definitivo, todo es revisable. Jamás hubo petulancia en su palabra, sino profundo sentido de la idea pertinente. Era un científico de la Naturaleza, de la realidad física tal cual su ofrece a la mirada curiosa y vigilante de quien la siente como propia con toda su belleza, sus complejidades y sus desafíos para transmitirlos sagazmente a los que deseen aproximarse a ellos hasta sentir el placer y la satisfactoria sensación de entenderlos. Analista riguroso de los elementos que nos rodea y procuran  ese sentimiento de aproximación objetiva al conocimiento siempre formó parte de la esencia intelectual de José Manuel hasta configurar sin duda su capital personal más valioso en ese mundo de comunicaciones en el que supo desenvolverse  sabiendo adquirir  un reconocimiento y un prestigio que nadie discutía.

Era agradable verle sumergido en sus mapas, en sus cartografías multicolores, en sus diagramas bien estructurados, en sus dibujos, en sus interpretaciones coherentes en las que el lenguaje críptico del saber se entreveraba con el valor de la divulgación. Nunca se dio por vencido ante la enfermedad ni en él afloraba el desánimo ni la sensación de punto final. Era un hombre de proyectos siempre abiertos, siempre pendientes, proclive al placer que el descubrimiento procura en el seno de la amistad y  de las complicidades compartidas.
De cuando en cuando nos reuníamos y daba cuenta de ellos Sin atisbo alguno de desaliento. En esas conversaciones afloraba la Naturaleza, la hermosura del roquedo, la magnificencia de los paisajes.  Lo mucho que todavía por quedaba averiguar y dar a conocer. Pero también emergía la amistad que da paso a la confianza y a los comentarios sobre la vida personal como parte sustantiva de su personalidad jovial y positiva.  Demostrando una sensibilidad fuera de la común y el alcance de las satisfacciones e inquietudes propia de la vida. S
Así era José Manuel, así como yo le conocí.  Por eso, valorando su legado y sus mensajes, solo se me ocurre evocar aquellas palabras de Francisco de Quevedo para afirmar que

“su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado”.



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