21 de octubre de 2009

Crisis económica y cultura empresarial


El Norte de Castilla, 21 de Octubre de 2009

Aunque parezca una obviedad, en el desencadenamiento y en la gestión de una crisis económica las causas y los instrumentos son siempre complejos y ni en un caso ni en otro los análisis pueden limitarse a interpretaciones simplificadoras. Joseph Stiglitz ya lo ha señalado hace tiempo al subrayar la conveniencia de que, tanto a la hora de valorar la magnitud de los problemas como de diseñar las estrategias que permitan afrontarlos, prime la honestidad de reconocer los errores cometidos a fin de llegar a puntos de encuentro y de compromiso de suerte que cuantos se hallan implicados asuman la cuota de responsabilidad que les concierne.

Si el diagnóstico sobre los factores de la recesión actual está aún por clarificar en toda su amplitud de perspectivas, y cuando en nuestro marco internacional observamos debates muy abiertos en los que se cuestionan las versiones esquemáticas, lo cierto es que en España prevalece un discurso monocorde, a modo de clave irrebatible en la interpretación de una crisis que afecta a nuestra economía y a nuestra sociedad con niveles de gravedad superiores a los que se registran en la Unión Europea.

Mientras el indicador más preocupante – el desempleo - mantiene cotas elevadísimas y la destrucción del trabajo enrarece el escenario en el que trágicamente se desenvuelven muchas familias españolas, el ambiente está dominado por las ideas que centran la atención en una terapia sin la cual no habría forma de salir de ese pantanal. Todas abundan en un argumento al que se otorgan valores taumatúrgicos: la solución a los problemas ha de venir estrictamente de la reforma drástica e inmediata del mercado de trabajo. En ello coinciden el gobernador del Banco de España, conspicuos profesores de ciencia económica – hace unos días asistí en Valladolid a una conferencia del profesor Barea Tejeiro, que habló decididamente en esa dirección - y, con insistencia obsesiva, el hombre que dirige la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, al que no se le oye otra palabra que la que abunda en la desregulación del trabajo, aunque esta opinión se muestre mucho más matizada por parte del Presidente de la Confederación de la Pequeña y Mediana Empresa.

Si todas las servidumbres de nuestra economía se identifican con las deficiencias subsistentes en el mercado laboral, y al tiempo observamos que los Expedientes de Regulación de Empleo proliferan como hongos mientras las cifras de paro aumentan sin cesar, ¿es justo admitir que en la ordenación del trabajo residen todos los males?. Quizá esta reiteración no pretende otro objetivo que el de fortalecer un pensamiento único, que justifique el abaratamiento del despido, la congelación salarial y la reducción a las cotizaciones a la Seguridad Social. En definitiva, la lógica del recorte de los derechos, las restricciones a cualquier reivindicación que pudiera plantearse y la voluntad de gravitar la solución de la crisis sobre los sacrificios de los trabajadores, pues, dicho de otro modo, si no es a costa de ellos no hay manera de salir a flote.

Sesgado el discurso de modo tan selectivo, no ha lugar en quienes abogan por esta medidas a consideraciones que amplíen racionalmente la casuística del problema, siquiera sea como aproximación a un debate necesitado de un recorrido y de una perspectiva mucho más amplios. En este enfoque dominante nunca aflora la más mínima autocrítica por parte de sus defensores. Da la impresión de que, hallándose en posesión de la verdad y de la lógica más abrumadora, cualquier atisbo de corrección del modelo de crecimiento, de sus instrumentos de gestión o de sus líneas estratégicas están fuera de lugar. No veremos en este panorama reflexión alguna que ponga en entredicho el margen de responsabilidad que, en mayor o menor medida, compete a los agentes que controlan el capital en el origen del desbarajuste que vivimos. Con una convicción sin fisuras, nunca el presidente de la CEOE ha mostrado el mínimo rasgo de apertura a la explicación de un problema que no puede entenderse desde una perspectiva unilateral, para la que los obstáculos provienen exclusivamente del funcionamiento del mercado de trabajo o de la falta de previsión del Gobierno, sin que los otros actores de una escena llena de interdependencias tengan absolutamente nada, o muy poco, que ver.

Todos sabemos que existen en la economía española empresarios ejemplares que merecen pleno reconocimiento, que arriesgan, se esfuerzan y se muestran refractarios al despido masivo, a la venta de su empresa al mejor postor y al abandono del compromiso mantenido con el entorno en el que se insertan. Responden a esa denominación de “capitanes de empresa” que en una de sus novelas utilizó Raúl Guerra para significar ese relevante grupo de promotores de iniciativas, que asumen riesgos, afrontan momentos críticos, crean empleo y dignifican la imagen de sus campos de actividad. Pero también nos consta hasta qué punto la economía española adolece con frecuencia de falta de un empresariado innovador, moderno, con visión de futuro, con proyección internacional, capaz de aprovechar la subvención para emprender nuevos rumbos en un mercado globalizado en vez de utilizar, como se hace, visiones inerciales y carentes de proyección que vayan más allá de la coyuntura favorable y de los beneficios que genera.

En suma, si todos somos conscientes de que a veces prima la cultura especulativa, aferrada al corto plazo, frente a la cultura empresarial moderna, sensible de horizontes más sólidos, ¿no estaríamos de acuerdo en firmar que ese énfasis obsesivo en la reforma del mercado laboral no es sino una especie de cortina de humo destinada a ocultar, en los casos en que así sucede, las ineptitudes y las malas prácticas que ponen en cuestión los principios en que hoy se amparan los rasgos éticos de la “nueva cultura empresarial”, a los que precisamente hacen referencia las aportaciones de Elinor Osrom y Oliver E. Williamson, flamantes Premios Nobel de Economía 2009?.


3 de octubre de 2009

Llegó la hora de Brasil


El Norte de Castilla, 3 de Octubre de 2009


Los últimos Juegos Olímpicos (2008) pusieron al descubierto la extraordinaria potencia económica de la República Popular China, un año antes de que conmemorase con gran pompa y circunstancia su sexagésimo aniversario. Concebidos y diseñados como su gran carta de presentación ante el mundo, aún resuenan en nuestra memoria las imágenes de tan espectacular epopeya, que deslumbró como pocos acontecimientos deportivos lo han hecho hasta ahora. Ocho años después, y tras la edición de Londres (2012) que nos devuelve la antorcha al Viejo Mundo, Brasil tratará de reproducir de nuevo, en 2016, lo mucho que representan en el panorama del siglo XXI los llamados países emergentes, esa categoría de Estados que, secundarios en el panorama internacional hacen apenas veinte años, ahora se erigen como los colosos de una economía que une innovación, enormes potenciales de mercado interno y elevados contingentes de mano de obra “very cheap” y con numerosos efectivos altamente cualificados. A ello habría que sumar una estrategia de proyección internacional dotada de extraordinario pragmatismo, a medida que su presencia en los grandes foros de encuentro y de decisión se ha hecho cada vez más activa e incluso determinante.


Todo ello aparece embarnecido en este caso por la figura de un político singular que, surgido de las filas del sindicalismo más combativo, ha logrado situarse entre los grandes dirigentes del planeta, al tiempo que, adormecidas las críticas internas, le cabe el indudable mérito – más allá del eterno problema ambiental de la Amazonia maltratada- de haber sabido conciliar la sensibilidad por los problemas de los más desfavorecidos con la preocupación de ofrecer una imagen de pais moderno, atractivo y con reconocida capacidad de liderazgo en su región. Todos los ingredientes, pues, para fortalecer la competitividad y la imagen prometedora de Brasil frente a una Europa que se debate en un mar de contradicciones y cuyo futuro admite toda clase de pronósticos.


Rio de Janeiro versus Madrid en la pugna a merced de un olimpismo regido por criterios inmunes a los empeños publicitarios, por muy convincentes que parezcan. Difícil competidor, quizá imposible de antemano. Tengo la impresión de que la suerte ha estado echada hace mucho tiempo. Es la primera vez que el mayor espectáculo del mundo, el más costoso, el más impactante, el más seguido y emblemático, visita la América Latina. Al fin. Y lo hace por la única puerta por la que podía entrar. Rio no será posiblemente la mejor ciudad del mundo para organizar un evento así y nadie duda que ocasionará grandes quebraderos de cabeza a quienes se han lanzado a esta aventura. Pero no es Rio de Janeiro la que ha ganado. Ha ganado Brasil como símbolo de una región que pugna por ser redescubierta y de las nuevas potencias que se afianzan sin apenas réplica en este azaroso e incierto siglo XXI.

20 de septiembre de 2009

Símbolo de la historia europea


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El Norte de Castilla, 18 de Septiembre de 2009
Quizá se ha tomado esta decisión - la de otorgar a Berlín el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia- demasiado tarde, cuando a muchos les dice poco ya lo que significa esta ciudad unificada. Al final, cuando la experiencia de la integración europea parece consolidada, aunque vientos de confusión y desencuentro matizan las opiniones más entusiastas, la recuperación de la memoria de lo que ocurrió hace veinte años nos retrotrae – lo que no está mal - a uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX al tiempo que nos invita a pensar sobre lo que representa la unión de un pueblo que hoy se erige como la expresión de un país y de una sociedad que suscitan admiración y respeto. Ciertamente el proceso de unificación no ha sido fácil ni merece por parte de quienes se han visto implicados o afectados por él el mismo reconocimiento. Mas no cabe duda de que, pese a todas las críticas y observaciones que pudieran hacérsele, la comprobación de lo que fue la República Democrática Alemana nos lleva inevitablemente al convencimiento de que no de otra forma podría haberse zanjado para siempre lo que fue una tragedia histórica.

La Historia de Alemania ha marcado con tanta violencia la de Europa y la del mundo que reconforta pensar que esa agresividad, responsable de tanta muerte y destrucción, ha desaparecido para siempre. El tiempo se ha encargado de desmentir los negros presagios de Günter Grass cuando dijo aquello de que “quiero tanto a Alemania que prefiero que haya dos”. Pues, si nunca olvidaremos su nivel de responsabilidad en el desencadenamiento de las tensiones que dieron origen a la tragedia de los Balcanes, nuestra percepción de lo que el Estado alemán ha aportado a la integración y a la cohesión europeas no debe ser minusvalorado. Su esfuerzo como país contribuyente clave a la dotación de los fondos comunitarios ha sido, lo está siendo aún, más que considerable, de lo que los españoles debemos ser conscientes pues no de otra forma se entiende una parte significativa de la modernización experimentada por el país desde mediados de los ochenta del siglo pasado. Es cierto que ello tiene también su contrapartida favorable, pero cuesta pensar qué hubiera sido de la Unión Europea sin la voluntad política a su favor manifestada desde la Cancillería y el Reichstag.

Alemania es sin duda mucho más que Berlín, pero también la imagen de Berlín rebasa con creces la de su propio Estado para convertirse en un símbolo y en una referencia en el mundo. Y lo es porque el muro que la dividía la situaba en la perspectiva de una ciudad enfrentada, incapaz de ser ella misma, y de escenificar las escenas de odio y rechazo que hacen de la sociedad que las sufre la expresión más patente de las heridas sin cicatrizar provocadas por la historia. Esa experiencia ha pasado factura al porvenir de la ciudad. Ya no es la potencia económica de antaño ni tampoco el motor de la vida cultural de Alemania. Es, lo que no es poco, la sede del poder político y, ante todo, la ciudad donde se respira, mientras se contempla la Puerta de Brandenburgo o se pasea por la Kunfurstedam o el entorno de Alexanderplatz, esa sensación de libertad que deriva de la comprobación de que el muro que fragmentaba a Europa ha sido definitivamente derribado.

9 de septiembre de 2009

Imágenes y espacios para la reflexión


Este texto forma parte de las colaboraciones publicadas en el libro "Espacios para la libertad. Graffiti en el entorno ferroviario de Valladolid", realizado por Carmen María Palenzuela López, con fotografías de Torcuato Cortés de la Rosa. La obra ha sido editada en Valladolid, Museo Patio Herreriano, 2009. ISBN 978-84-613-4644-8
Soy de la opinión de que el debate acerca de si es arte o no lo que se reproduce a través de un graffiti o de un tag carece de sentido. No es procedente recurrir a ellos para interpretar algo que resulta contundente tanto en su forma como en su significado. Entre otras razones porque seguramente no es la artística la motivación principal que anima a quienes deciden plasmar en la pared sus imágenes y sus emociones. Tampoco creo que merezca mucho la pena sentirse llevado a efectuar reflexiones, acaso impertinentes, sobre lo que tal o cual expresión gráfica, casi siempre surgida de la espontaneidad, representa como si de algo elaborado y sujeto a unos cánones preestablecidos se tratase. Me atengo simplemente a las sensaciones que particularmente asaltan al ciudadano que, como yo, se encuentra de pronto ante una pared ocupada por el color y los trazados más inverosímiles e imprevisibles que imaginarse pueda. Pues es entonces cuando ese ciudadano percibe lo que realmente subyace en esa manifestación pictórica que, impactante, a menudo brusca y de obligada atención, abre la visión del espacio a nuevas perspectivas, insinúa mensajes sin descifrar y obliga a contemplarlo con la mirada abierta al descubrimiento de una realidad que rompe drásticamente con aquella, banal, despersonalizada y fútil, sobre la que físicamente se apoya.
Ahí reside, a mi modo de ver, el valor y el alcance de la pintura mural, a la que Carmen Palenzuela homenajea en esta obra de referencias múltiples, casi exhaustivas, sobre la materialización adquirida en un entorno particularmente desangelado de la ciudad de Valladolid. Pues en esencia, al ordenar esas imágenes para exponerlas agrupadas sin un criterio determinante, se trata ante todo de recuperar visualmente un ámbito olvidado o, cuando no, sumido en la indiferencia o, lo que es lo mismo, de servirse del dibujo como elemento capaz de redefinir un entorno que precisamente los graffiti permiten relativizar en función de la idea que cada cual pueda extraer de ellos. Es la voluntad de nueva identificación perceptiva lo que anima a imponer unas pautas de expresión unificadas por la pretensión de transmitir libertad y complejidad a un marco con frecuencia menospreciado.
Y es que la profunda cicatriz que deja el trazado construido para el paso del tren en los tejidos urbanos genera un espacio público que resulta monocorde y que sólo es entendido como ruptura o solución de continuidad de una trama disociada. No se trata, empero, de superarla ni siquiera de reclamar su eliminación. El mero hecho de existir la procura un valor en sí misma, que bien puede inducir a la indiferencia o a la provocación. Frente a la primera actitud se impone la segunda, la que entiende que la expresión libre y errática no admite límites ni barreras, obstáculos o restricciones. No en vano se trata de espacios públicos para la libertad creativa cuya plasmación se convierte, a la postre, en algo efímero que justifica su preservación como testimonio de una idea y de una época que reniegan del vacío y buscan en el impacto visual el valor de las referencias que sobreviven, ya sea en el muro cada vez más desvaído o en la memoria subjetiva que, merced a la imagen provocadora, permanece vigilante.

3 de septiembre de 2009

Lenguas ibéricas, espacios compartidos

El Norte de Castilla, 3 de Septiembre de 2009

Se han esforzado ellos mucho más y antes que nosotros. En realidad lo español nunca ha sido atendido por los hablantes de la lengua portuguesa con el desdén que los cultivadores de la de Cervantes han aplicado durante mucho tiempo a cuanto culturalmente provenía de Portugal o de Brasil. La falta de reciprocidad sólo ha sido superada cuando desde la parte más remisa, la nuestra, se ha comprobado que los valores y las capacidades de la lusofonía poseían un vigor y una calidad que justificaba el esfuerzo de tenerla en cuenta. De hecho ha habido que esperar al cambio de siglo para que ambas culturas fraguasen entre sí los nexos favorecedores de un avance significativo en la toma de conciencia de lo que pueden ser capaces, si operan con objetivos de proyección coordinada, en el mundo globalizado. Y es que la lengua viva es mucho más que una herramienta de comunicación. Bastaría recordar la afirmación de Fernand Braudel cuando señaló que “Francia es la lengua francesa” o la identificación que, a propósito del catalán, establece Joan Solà entre “pueblo y lengua como estamentos inseparables” para concebirla como uno de los elementos nucleares de una sociedad y de su territorio, como uno de los valores más representativos de su identidad patrimonial.

He ahí, pues, la importancia de todo ese amplio muestrario de perspectivas a que se abre el redescubrimiento de lo español y de lo portugués en el seno de la comunidad ibérica a ambos lados del Atlántico. ¿De qué forma pudiera llegar a apreciarse esa voluntad de encuentro en la península del Suroeste europeo?, ¿en qué circunstancias tiende a plantearse como proyecto ambicioso y prometedor en el caso de la América meridional?. Son escenarios distintos, con tradiciones no siempre complementarias ni obedientes a un objetivo común. Pero sin duda definen un aspecto esencial en la trayectoria cultural del mundo, sobre la que conviene hablar de vez en cuando para no perder jamás la perspectiva de lo que representan y, sobre todo, de lo que pudieran llegar a representar.

Todos sabemos que entre España y Portugal las relaciones no han sido fáciles ni es probable que en mucho tiempo logre superarse por completo un desencuentro que hunde sus raíces en un aprendizaje cuestionable de la historia y de la geografía y en posturas de recelo que propenden a la incertidumbre cuando se trata de abordar proyectos e iniciativas de larga singladura en el tiempo. Señalaba Miguel Torga la preocupación que le causaba el no sentirse reconocido en España, pues al escribir su obra siempre sentía la necesidad de que fuera atendida allende la raya. En términos similares se expresan los escritores portugueses cuando se les recibe en nuestro país y resulta una de las advertencias recurrentes de José Saramago, tan sensible a las particularidades de ese espacio diferenciado que concibió como una “balsa de piedra”. No ha sido ésta la postura mantenida por la mayoría de los creadores españoles, que rara vez aluden a Portugal cuando piensan en los destinatarios de sus realizaciones.

Algo , empero, está cambiando. Poco a poco se van abriendo espacios para el encuentro y el engarce de sensibilidades. Mas, si es cierto que la raya ya no es tan impermeable como antaño, todavía marca un hiato que sólo la voluntad política y el esfuerzo empeñado en acometer objetivos económicos y culturales de envergadura podrán ir difuminando para siempre, por más que las discontinuidades en el proceso de acercamiento hayan de definir por algún tiempo la pauta dominante.

En cambio, al visitar Brasil la perspectiva se enriquece tras superar el asombro que suscita un país de tal magnitud. Bien pronto la visión condicionada por la desmesura queda difuminada por el hecho de que, a pesar de su enorme escala, se trata de una sociedad muy desigual pero culturalmente con rasgos de homogeneidad bien marcados. Cobra fuerza la percepción de que ha entendido perfectamente lo que significa la lengua española en el contexto latinoamericano como elemento de oportunidad para ciudadanos que a menudo – en la prensa, en los debates, en los congresos científicos - aluden a la importancia que tiene familiarizarse con una lengua que les relaciona más fácilmente con el Mercosur, con el resto del continente e incluso con la mirada puesta en Europa, al considerar a España como un eslabón más, tan útil como Portugal, en la deseada reafirmación de sus vínculos con la Unión Europea.

Con qué claridad lo entendió en su día Joao Gilberto al asumir el ministerio de Cultura en el primer gobierno de Lula. Apenas dos años transcurrieron desde que éste tomase posesión como Presidente de la República brasileña para que adquiriese carta de naturaleza la voluntad política de hacer de la lengua española un vehículo de transmisión de la palabra en una sociedad que no encontraría grandes dificultades en interiorizarla. A partir del 6 de Agosto de 2005 entró en vigor la Ley – “Ley del Espanhol”, la llaman – por la que todos los centros de enseñanza secundaria deben incluirla en sus planes de formación, como una opción que rápidamente ha sido seleccionada por más de la mitad de los escolares, con la expectativa de que a finales de esta década pueda ser hablada con soltura por más de 70 millones de personas.

Sorprende visitar los Estados del Sur de Brasil y comprobar la enorme difusión de nuestra lengua en las áreas de mayor dinamismo económico y social. Hace no mucho lo destacó Tarso Genro, ex alcalde de Portoalegre, y artífice de una de las ciudades emblemáticas en el fomento de la participación ciudadana aplicada a las políticas públicas urbanas. “El portugués y el español forman parte de nuestra identidad cultural y son nuestra mejor carta de presentación en el mundo”, dijo en un acto municipalista. Resumió perfectamente lo que supone pasar de una historia de confrontación e indiferencia a la voluntad de hacer propias las posibilidades de una experiencia compartida, apoyada en el valor de las lenguas ibéricas y en el reconocimiento de la riqueza de las culturas y de las sociedades que las sustentan.

17 de agosto de 2009

Después del incendio

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El Norte de Castilla, 15 de Agosto de 2009
Pocas imágenes resultan tan dramáticas como las que ofrece un paisaje lacerado por el incendio. Desolación, ruina, fealdad, impotencia, rabia incontenible. Son las sensaciones que se acumulan al comprobar los rastros de la destrucción provocada por el fuego, los efectos catastróficos de su huella tan atroz como inconfundible, tan nefasta como persistente. En estos casos la llama nada purifica, todo queda sumido en la negrura indiferenciada de la naturaleza desprovista de vida y de los matices y contrastes a que esta da lugar.

La tragedia del fuego se ha cebado con España con harta reiteración. Desde que tenemos memoria, el estigma de las llamas devorando el bosque sin control es algo percibido como una realidad insistente en el tiempo, que año tras año se repite como una especie de maleficio, hasta convertirse en una de las manifestaciones más dramáticas de la catástrofe ambiental en España, el país que ostenta la primacía de un hecho tan grave dentro del mundo mediterráneo. Y es que sobrecoge pensar lo que supone la ruina de un escenario natural construido laboriosa y lentamente a lo largo de ese tiempo prolongado que los elementos naturales, vivos y dinámicos, necesitan para configurar la trabazón en la que se asienta su personalidad ecológica, a sabiendas de que las interacciones que tienen lugar en él se encuentran permanentemente amenazadas por la intervención desestabilizadora ejercida por la acción humana o el accidente natural.

La magnitud del problema asociada al fuego, que en este año ha elevado la dimensión de la superficie afectada por encima de las 70.000 Has., hasta duplicar con creces la del año anterior, nos vuelve a situar una vez más ante una tragedia ambiental a la que nunca se podrá responder con la resignación o la indiferencia. No valen estas actitudes cuando la cifra se mantiene en niveles altísimos de incidencia (3.857 incendios a finales de julio 2009), tiende a incrementarse la superficie arrasada, al superar las 500 Has. de promedio, y su impacto desencadena efectos devastadores en áreas de especial calidad paisajística y medioambiental. Todos los incendios son lamentables, pero el hecho de que este año hayan sido pasto de las llamas comarcas tan emblemáticas como la turolense de Aliaga, el sector central de Las Hurdes extremeñas o la isla de La Palma eleva la gravedad del problema a la dimensión más preocupante y crítica, en la medida en que se trata de espacios naturales cuyo acreditado valor ambiental les proporciona ese atractivo en el que se amparan y en torno al cual gravita esa oferta de ocio tan costosamente fabricada como la opción capaz de superar las limitaciones históricas de su nivel de desarrollo.

Definen, desde luego, la misma realidad que al tiempo encontramos en el Valle del Tiétar abulense, víctima también de una catástrofe que se ha saldado con vidas humanas y con la devastación de uno de los ámbitos más singulares y representativos de la riqueza natural de las montañas españolas y de Castilla y León. Basta imaginar la nueva perspectiva que se divisa desde el Puerto de El Pico para sentir una verdadera conmoción. Quien se haya asomado alguna vez a ese balcón que invita a mirar en todas las direcciones, ampliando sobremanera los horizontes hacia los que se abre un riquísimo muestrario de estructuras y formas de vida en uno de los tramos más bellos y espectaculares de la Cordillera Central, no podrá por menos de tener ahora la terrible sensación de que una parte sustancial de sus experiencias viajeras más apetecidas se ha ido para siempre. Cuesta mucho hacerse a la idea de que las encinas, los castaños y los robledales, los alisos, abedules, álamos y fresnos, las pinedas y los piornales, y la interesante masa arbustiva y zoológica que los acompaña, han desaparecido o han sufrido la mella del impacto que dificulta o irreversiblemente paraliza sus procesos vegetativos.

Bien sabemos que el incendio es una ruptura brutal en la historia del paisaje. “Cuando un monte se quema, algo suyo se quema, señor conde”: así decía hace años una afamada viñeta humorística de El Perich, añadiendo esa alusión al aristócrata propietario en un anuncio oficial. No es verdad. Cuando eso ocurre, valores esenciales de nuestra cultura, cimentada en la percepción de una realidad física avalorada, se altera y se destruye. Y, aunque es cierto que la naturaleza es indómita y tiende a regenerarse, lo hace lentamente, los elementos que configuran su personalidad tienden a quedar distorsionados durante mucho tiempo por las consecuencias de una catástrofe que siempre se acompaña de resultados lesivos para el restablecimiento de los equilibrios perdidos y que tanto ha costado mantener.

Ante un escenario de alto riesgo como el que afecta a la España Mediterránea todas las cautelas son pocas cuando se trata de afrontar un riesgo que, aunque en su desencadenamiento se identifica con una determinada época del año, debe formar parte de las estrategias de conservación de la naturaleza de manera permanente, sin solución de continuidad. Conscientes de que el modelo de preservación de los ecosistemas naturales no puede ya responder a las pautas de gestión propias de una sociedad ruralizada, que tampoco, como nos recordaba el conocido poema de Antonio Machado -“el hombre de estos campos que incendia los pinares/ y su despojo aguarda como botín de guerra/ antaño hubo raído los negros encinares/ talado los robustos robledos de la sierra”-, era demasiado respetuosa con el bosque, se impone la búsqueda de la máxima eficacia y operatividad en la aplicación de los instrumentos de lucha contra el riesgo derivado del fuego en función, más allá de las inevitables medidas sancionadoras, de la relación de estrecha complementariedad que quepa establecer entre la investigación científica y la intervención pública, sin olvidar la relevancia que en este compromiso ha de asignarse también a la iniciativa privada.

Pues si hoy sabemos que las técnicas de teledetección permiten advertencias de plena fiabilidad en tiempo real, no es menos cierto que el esfuerzo que en este sentido compete a los programas preventivos, a medio y largo plazo, organizados y financiados sin tibieza por las Comunidades Autónomas resulta de primordial importancia. En suma, serían los que, en buena lógica, debieran sustentar los planes de innovación aplicados a la gestión integral del bosque, la cooperación entre las administraciones públicas implicadas y la sensibilidad ciudadana mediante señales de alerta más efectivas y contundentes que las hasta ahora llevadas a cabo.

24 de julio de 2009

La mirada que pervive

El Norte de Castilla, 24 de Julio de 2009


Todas las fotografías son irrepetibles. Cada una representa la imagen obtenida en un instante que nunca volverá a ser igual. Son documentos específicos que evidencian la elección de un momento con la finalidad de que perdure en la memoria y reproduzca para quien los realiza y quienes los contemplan las sensaciones que motivaron su registro para siempre. Ahí reside precisamente el valor de esas representaciones que nos llevan a acudir a ellas cuando deseamos dar perennidad al recuerdo y preservar los matices que, en ausencia de la prueba gráfica, corren el riesgo de quedar desleídos en la simple evocación.


La fotografía es una construcción cultural, concebida para descifrar, desde la perspectiva de quien la realiza, los matices de una escena que, una vez fijada en la imagen, se abre a toda suerte de interpretaciones. De ahí la capacidad que posee la buena fotografía para vencer su estatismo formal, su rigidez aparente, y ofrecerse como un panorama de referencias visuales susceptibles de cobrar dinamismo, vida y expresividad cambiante en función de las reacciones adoptadas por cuantos las miran, analizan o simplemente se deleitan con su contemplación. Walter Benjamín ya nos advirtió en su excelente Pequeña historia de la fotografía de la capacidad de esa forma de expresión para transmitir sensaciones invisibles al ojo corriente.


Cuando el intelectual comprometido con su sociedad y con su tiempo emprende la tarea de captar con la cámara cuanto sucede a su alrededor logra en ocasiones brindar muestras de un talento que el paso del tiempo no ha hecho sino corroborar. Si ya tuvimos no hace mucho en España la oportunidad de apreciarlo en la exposición de las imágenes recogidas por Ryszard Kapuscinski en África, muy recomendable es apreciar la sensibilidad desplegada por Émile Zola a través de las fotografías que revelan una afición para muchos desconocida y que ahora es dada a conocer en una exposición sencilla y al tiempo clarificadora de hacia dónde se encauzaba la sensibilidad estética del ilustre escritor francés, que tanto hizo por la causa de la libertad y de los derechos humanos.


El intelectual que supo interpretar como pocos la realidad de su época convulsa tuvo la coherencia de hacer suyas las posibilidades aún en ciernes de una asombrosa herramienta de expresión, que le permitió, a través de la fotografía, sintonizar con las ideas impresionistas que marcaron con letras de oro un episodio excepcional en la historia de la pintura europea. No hay que buscar en la muestra grandes escenarios en el despliegue de esta sensibilidad. Basta con ser testigo de lo que representa lo inmediato, lo que se tiene cerca, lo que cambia en el entorno, lo que se renueva y permanece, para dejar constancia de una realidad que acaba trascendiendo al autor para convertirse en una obra de arte imperecedera. La que deriva del compromiso consciente con el momento histórico que le ha tocado vivir y que no podía quedar relegado a la desmemoria.

15 de julio de 2009

El sorprendente blindaje de la lengua catalana


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El Norte de Castilla, 15 de Julio de 2009
Frente a las ambigüedades de que, en opinión de numerosos especialistas, adolecen varios aspectos de la Constitución española hay uno que en su formulación no admite duda. Nada de confusión encierra, en efecto, el Art. 3º cuando, tras subrayar que “el castellano es la lengua española oficial del Estado, que todos los españoles tienen el deber de conocer y el derecho a usar”, ratifica la cooficialidad de las demás en sus respectivas Comunidades Autónomas, identificando a las distintas modalidades lingüísticas de España como un patrimonio cultural “que será objeto de especial respeto y protección”. Tratándose, pues, de una cuestión definida con claridad en la norma básica, lo lógico sería pensar que el paso del tiempo, la consolidación del modelo autonómico, el consenso alcanzado en sus directrices primordiales y la propia evolución de la sociedad, abierta a un panorama en el que las identidades coexisten con el desarrollo de vínculos proyectados a escalas más amplias, se han encargado de eliminar viejas reticencias y asumir las ventajas que derivan de las relaciones de complementariedad y enriquecimiento mutuo en un Estado complejo como el nuestro, donde la defensa de todas las sensibilidades culturales se halla suficientemente garantizada. Decir lo contrario es faltar, interesadamente, a la verdad.
De ahí que no dejen de sorprender las sensaciones contradictorias con las que a menudo uno se topa cuando entra en contacto con la realidad catalana. Al menos son las que yo he experimentado durante una reciente visita a Barcelona por motivos profesionales. De un lado, he tenido la oportunidad de conocer y valorar en directo los impresionantes cambios que están teniendo lugar en esa ciudad y su espacio metropolitano. Cambios expresivos de las nuevas perspectivas en que se inscribe el futuro – económico, social y urbanístico- de Barcelona y su área de influencia y que me han permitido ponerme al día, refrescar los análisis, someter a debate y valoración crítica lo que hay que de realidad y lo que, en cambio, permanece sumido en las buenas intenciones. Y es que Barcelona siempre aporta cosas nuevas, provoca curiosidad e induce a la reflexión. No en vano, sigue siendo esa “ciudad de los prodigios”, que con tanta expresividad describió hace tiempo Eduardo Mendoza en una novela que nadie interesado en la Cataluña y en la España moderna debiera dejar de leer.
Sin embargo, la casualidad ha hecho que también pudiera contemplar en su propio escenario las circunstancias que cuestionan el cumplimiento del compromiso a que, en materia lingüística, obliga la lealtad constitucional. La señal de alarma ha estado, en principio, provocada, por el tono virulento que a menudo aflora en el ambiente político, alentado por un discurso intelectual de marcado signo catastrofista. No de otro modo cabría calificar la intervención del último Premi d’Honor de las Lletres Catalanes, el lingüista Joan Solá, que en el Parlamento del Parc de la Ciutadella ha presentado el 1 de Julio un panorama dramático, instando a los legisladores a “actuar en defensa del catalán para que deje de ser una lengua degradada, subordinada políticamente, incansablemente y de mil maneras atacada por los poderes mediáticos, visceralmente rechazada por los otros pueblos de España”. Incluso llegó a decir que “al pactar la Constitución se aceptó que quedara en situación de inferioridad respecto al castellano” (sic), para finalizar con un diagnóstico desolador: “somos una comunidad lingüísticamente enferma desde hace muchos años”, lo que justifica que “debemos estar dispuestos a llegar hasta donde sea preciso para preservar nuestra personalidad”.
El aplauso mayoritario que recibieron estas palabras encontró eco inmediato en la aprobación el mismo día de la Ley de Educación de Catalunya, con los votos de CiU, ERC y el PSC. Cuán lejos ha estado en este momento el socialismo catalán de la actitud mostrada en 1932 por la Juventud Socialista de Barcelona, dispuesta a defender, como requisito para dar su apoyo al Estatuto de Nùria, que “en las escuelas, en los Institutos, en las Normales y en la Universidad del Estado no debe usarse otro idioma que el español”. Pero ahora no ha ocurrido así. Con esta Ley, el catalán se convierte en la lengua vehicular dominante para la transmisión del conocimiento, eliminando la aplicación de la tercera hora de enseñanza del castellano, que establece la normativa estatal. Se trata, en pocas palabras, de “blindar el modelo de la escuela catalana: en lengua y contenidos”, en expresión rotunda de Irene Rigau, portavoz de Educación de Convergencia i Unió.
Acoso, blindaje, preservación a ultranza de la personalidad cuestionada. Palabras contundentes, con cuyo empleo da la impresión de que se trata de defender una fortaleza asediada. Mas, ¿qué hay de verdad en todo ello?, ¿tan grave es el problema que obliga a transgredir los principios constitucionales como si de una situación de emergencia se tratase?. Puesto que interpretarlo desde la perspectiva de Castilla y León pudiera parecer sesgado y en mi ánimo nunca he abrigado el mínimo atisbo de anticatalanismo, me limitaré a traer a colación las elocuentes palabras vertidas sobre el tema por Baltasar Porcel, fallecido el mismo día que los acontecimientos señalados. En su edición de 2 de Julio, la Vanguardia reproducía estas declaraciones del afamado escritor de Andratx: “el catalanismo ha fracasado políticamente. Se ha aferrado a la cultura, la ha instrumentalizado, pero en este país las empresas colectivas siempre fracasan (…). El problema no es la lengua catalana, el problema es Catalunya. Esta sociedad, incluso una parte que se proclama catalanista, no habla, no lee, no siente en catalán. Esta es una sociedad cargada de autoanálisis, autoodio y autoexcusas. El catalanismo es a veces una superestructura que queda despegada de la realidad, que va por otro lado”. Frente a esta reflexión de quien es considerado una de las figuras preeminentes de la cultura catalana ¿qué podría decir yo como simple observador de una política lingüística que respeto aun sin lograr comprenderla?.

17 de junio de 2009

¿Nos hace la globalización más vulnerables?

El Norte de Castilla, 17 de Junio de 2009

El mundo se ha hecho más pequeño y nosotros hemos agrandado nuestra perspectiva respecto a él. Conseguimos entender la distancia como una variable superada, que en poco condiciona la movilidad a gran escala mientras se afianza en nuestra mente la sensación de que nada de lo que ocurre más allá de nuestras fronteras nos es ajeno. Viajamos a largas distancias y, en apenas unas horas de viaje, lugares geográficamente remotos nos pueden ser tan familiares como las referencias espaciales que habitualmente nos resultan más afines. A medida que esto sucede aumenta en nosotros la sensación de que, controlando la percepción del espacio, los problemas que le aquejan, dada la simultaneidad del tiempo, nos pueden llegar a afectar de una u otra manera sin que podamos evitarlo. Nos hemos hecho inmunes a la distancia. La vecindad en el reconocimiento de los problemas se ha acabado imponiendo sobre la lejanía con que puedan tener lugar. Mc Luhan lo denominó la “aldea global”. Más propiamente cabría entenderlos como expresión del universo de lo inmediato.

Ahora bien, si las posturas ideológicas de cada cual relativizan la sensibilidad mostrada hacia la gravedad de la situación en que se encuentran los más desfavorecidos, generando solidaridades o indiferencias en quienes las sienten como parte o no de su percepción del mundo que les rodea, apenas hay matices entre unos y otros cuando nos damos cuenta de que situaciones críticas distantes en el espacio, que no distintas en la realidad, nos pueden hacer mella en un tiempo que somos incapaces de controlar de antemano. Lo mismo en Nueva York que en Madrid o en Yakarta las reacciones convergen ante un panorama de tragedias, amenazas o incertidumbres.

El impresionante caudal de información de que se dispone ayuda a que eso ocurra. La información es instantánea y, cuando transmite problemas y riesgos globales, lo hace con toda contundencia y con un efecto in crescendo, que no cesa de aumentar la magnitud del hecho hasta hacerlo tan agobiante como insoslayable. La propia noción de catástrofe se ha ido modificando al compás no tanto de sus manifestaciones más traumáticas como de la toma de conciencia de que los factores que las pueden provocar se escapan a los mecanismos habituales de control, lo que lleva a tener la sensación de que, aun no existiendo objetivamente los factores naturales que pudieran ocasionarlas, no se descarta la posibilidad de que ello pudiera ocurrir, al amparo de la visión de proximidad que aporta el conocimiento del hecho con independencia de donde suceda. ç

Hace unos meses la prensa estadounidense se ha hecho eco, algo sorprendente hasta ahora, de la conmoción provocada en la sociedad norteamericana por el terremoto que afectó al centro de Italia, con imágenes sobrecogedoras que han contribuido a la idea de que en Europa también puede suceder tragedias de efectos devastadores. Tragedias de las que tampoco se han visto liberados los Estados Unidos, donde las imágenes de la Nueva Orleáns asolada por el huracán siguen presentes en una sociedad en la que curiosamente son los riesgos los que promueven actitudes de solidaridad con el resto del mundo por encima de las que cupiera atribuir a las sensibilidades con los pobres de la Tierra. Ciertamente vivimos, en suma, en una época en la que la catástrofe, o la idea de poder sufrirla, no deja a casi nadie indiferente.

Y, dentro de las catástrofes, hay tres que con especial acuidad pueden llegar a desestabilizar, ya lo están haciendo, objetiva y subjetivamente, nuestras vidas. Ocurre con las manifestaciones asociadas, directa o indirectamente, a los siniestros de carácter climático en la idea de que pudieran deriva del calentamiento de la Tierra y de sus consecuencias a escala planetaria; está ocurriendo con la crisis económica, que ha convulsionado y puesto totalmente en entredicho la estructura de un modelo de internacionalización del capital apoyado en la especulación y en el descontrol, con gravísimas repercusiones para los trabajadores y las empresas; y ocurre ante todo con el accidente o la enfermedad, sin duda los riesgos que más nos inquietan y aterran. Conmocionados ante los accidentes aéreos, el temor por la pérdida de la salud explica el pánico surgido con la proliferación sorprendente del Ebola, permanentemente aflora cuando se habla del Sida que no cesa, hizo acto de presencia en nuestras pantallas cuando se descubrió el síndrome de Creufeldt-Jakob, el llamado mal de las vacas locas, o nos alarma sobremanera cuando se nos habla de la difusión incontrolada de los virus gripales que, pasando de los animales a las personas, o viceversa, y propensos a mutaciones imprevisibles, nos sitúan en un escenario de indefensión e incertidumbre, que la propia psicosis de alarma se encarga de alentar, incluso irracionalmente, sin dejarnos apenas otra capacidad de respuesta que la de la espera, la resignación o la confianza en que, al fin y con mucha suerte, no llegue a afectarnos.

La globalización y sus secuelas nos han aportado muchas cosas, contradictorias entre sí pero ineludibles en un contexto de mundialización económica e informativa imposible de neutralizar. Mas de lo que no cabe duda es que, en cuanto a la percepción que tenemos del peligro, nos coloca en una posición de gran fragilidad, posiblemente exagerada y no tanto porque a veces podamos desconfiar de los medios capaces de neutralizarlo como por el hecho de que nuestra capacidad psicológica de resistencia se ha ido debilitando a medida que se afianza el convencimiento de que lo que pasa lejos puede ocurrir también cerca, en nuestro entorno más próximo, en cualquier momento y sin que podamos evitarlo.

15 de mayo de 2009

EL TERRITORIO NO SE MERECE ESTO


El Norte de Castilla, 15 de Mayo de 2009


"E l territorio es un bien no renovable, esencial y limitado. La sociedad encuentra en él soporte o sustento material a sus necesidades, así como referente de su identidad y cultura. Las características naturales de cada territorio y las pervivencias en él de trazos y formas que provienen del pasado le confieren singularidad y valores de diversidad. Por ello, el territorio debe ser entendido como recurso, pero también como cultura, historia, memoria colectiva, referente identitario, bien público, espacio de solidaridad y legado. La nueva cultura del territorio debe tener como primera preocupación encontrar la forma para que, en cada lugar, la colectividad pueda disfrutar de los recursos del territorio y preservar sus valores para las generaciones presentes y venideras».

Con esta reflexión comienza el Manifiesto por una Nueva Cultura del Territorio que un grupo de profesionales relacionados con el tema (geógrafos, arquitectos, ingenieros y sociólogos fundamentalmente) suscribimos en Mayo del 2006 con el fin de llamar la atención sobre la gravedad de los impactos que estaban teniendo lugar en España como consecuencia de actuaciones que lesionaban la calidad del territorio, daban origen a procesos de transformación contradictorios con las características del entorno y alteraban de manera irreversible la personalidad distintiva de los paisajes.

Se trataba, en cualquier caso, de poner en evidencia un hecho que por desgracia ha llegado a identificar a nuestro país sobremanera. Me refiero a esa pobreza preocupante que tiene la cultura territorial existente en España, plagada de tópicos, incorrecciones e insensibilidades, sin duda como consecuencia de errores u omisiones inconcebibles en el proceso de formación o posiblemente también como resultado de esa propensión a ver el impacto de los procesos de transformación a corto plazo sin plantearnos, con la seriedad necesaria, sus implicaciones hacia el futuro. Ambas posturas han ido, en mi opinión, entrelazadas; de ahí que, en buena medida, la intensidad de la crisis a que nos enfrentamos tiene mucho que ver con esa actitud renuente a mirar más allá de lo inmediato cuando sus oropeles ocultan lo que puede suceder en el caso de que las coyunturas favorables dejen de serlo.

A esa visión respetuosa con los rasgos que definen a un espacio y clarificadora de hasta dónde y cómo se puede actuar para que los objetivos de desarrollo, calidad y bienestar se cumplan, y con la mirada puesta en la mejor relación posible entre la sociedad, la economía y el entorno, se denomina Ordenación del Territorio. Concepto fraguado en la Europa occidental, más riguroso y pertinente que el de simple 'gestión' con que a veces se plantea, el hecho de ordenar el territorio, como expresión de una voluntad política de regulación de los procesos con incidencia territorial, implica un doble e inexcusable requisito. De un lado, reconocimiento de la trascendencia que acompaña a las intervenciones previstas, a sabiendas de que cualquier actuación indebida puede ocasionar, en virtud de su irreversibilidad, deterioros muy difíciles o imposibles de corregir; y, de otro, sólido rigor en los análisis que sustentan el conocimiento de la realidad, entendiéndola como algo específico, singular, cuyo estudio debe ser abordado con criterios tan claros como bien fundamentados.

La Ordenación del Territorio es siempre un desafío permanente para las administraciones públicas, en los distintos eslabones de la trama decisional. Por tanto, todas las preocupaciones son pocas cuando de planificar las iniciativas de transformación se trata. El crédito de la autoridad institucional se refuerza cuando establece mecanismos de asesoramiento refractarios a la frivolidad y, menos aún, a la estafa de quienes tratan de ofrecer ganga por mena. Y es que la toma de decisiones en este delicado terreno exige información elaborada con plena garantía y fiabilidad, lo que lleva a la consideración de que cuando eso no sucede quienes orientan sobre lo que ha de hacerse sin los requisitos exigibles a un estudio serio pueden partir de la sensación previa de que las cautelas y las exigencias son demasiado laxas o no tan rigurosas como se debiera.

Sabemos que esto ha ocurrido en muchos lugares de España, donde los informes realizados para sustentar las políticas a seguir han carecido de los requisitos de calidad exigibles ya que el nivel de tolerancia que se presumía por parte del destinatario era grande. Quiero pensar, e incluso estoy seguro de ello, de que no es el caso ante la sorpresa provocada por las increíbles deficiencias técnicas que ofrecen las Directrices de Ordenación de la Montaña Cantábrica Central, que, al presentarse a información pública, tras ser aprobadas en primera instancia por la Junta de Castilla y León, han demostrado ser un verdadero despropósito. La responsabilidad de su elaboración ha correspondido a una consultora privada, de frecuente presencia en el panorama de los estudios territoriales en nuestra comunidad autónoma. Carezco de argumentos para saber si lo sucedido es moneda corriente o un caso aislado, pero de lo que no cabe duda es que lo detectado supone una advertencia muy seria que habrá que tener en cuenta.


No se puede tolerar la trivialización con un tema tan sensible y del que dependen la correcta decisión y el buen gobierno del territorio. Efectuar estudios encaminados a la mejor ordenación del espacio no debe ser nunca un ejercicio baladí. Requiere rigor científico, metodologías solventes, credibilidad técnica y seriedad en la presentación de resultados. Hacerlo de otro modo, como ahora ha sucedido en el caso que nos ocupa, supone precisamente todo lo contrario: falta de profesionalidad, ausencia de respeto hacia el cliente y menosprecio por el ámbito espacial que se trata de analizar y ordenar. El territorio no se merece este tipo de prácticas. Castilla y León tampoco.