30 de abril de 2017

Un espacio para la confidencia y la sinceridad en la villa de Olmedo



He ahí el Prólogo al  libro publicado por José Antonio Blanco y Marta Rodríguez, que amablemente me invitaron a redactarlo para resumir en pocas palabras el sentido de esta obra, que ambos han realizado con el deseo de dejar constancia de las experiencias vividas en la cantina que regentan José Antonio y su esposa Paqui - cuyas imágenes aparecen en portada - en la villa vallisoletana de Olmedo. Gustoso accedí a hacerlo tanto por amistad como por el interés que la obra me suscitó como un testimonio de las vivencias y las relaciones humanas que se tejen en esos espacios de relación libre y desinhibida que son las cantinas. Tras el texto del Prólogo figura el escrito con motivo del acto de presentación que tuvo lugar en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Olmedo el día 29 de abril de 2017.  

PRÓLOGO
Cuando hace años Julio Valdeón Baruque me presentó a José Antonio Blanco Vallejo en la villa vallisoletana de Olmedo tuve la impresión de que estaba ante un hombre singular. Aunque solo fuera por el hecho de conocer a la persona que había conseguido reconciliar al ilustre medievalista con su pueblo natal, tras muchísimo años de olvido, ausencia y desafección,  aquel  encuentro había merecido la pena. Al tiempo,  no tardé en percibir otros rasgos que le hacían igualmente digno de interés y atención. En apariencia callado y silencioso, discreto y observador,  con la mirada siempre alerta,  la conversación se enriquecía con sus observaciones, atinadas y valiosas, acerca de los temas compartidos. Enseguida me di cuenta de que eran numerosas las cuestiones que suscitaban sus preocupaciones intelectuales, fundamentalmente relacionadas con la cultura y con la política, ambas entendidas desde una postura crítica, refractaria a las simplificaciones y a las posiciones maniqueas de que adolecían las actitudes cultivadas en su entorno de residencia habitual.  Rebelde con causa,  profundamente comprometido con su entorno inmediato y promotor de iniciativas encomiables, José modificaba  con su espíritu abierto el  panorama de mediocridad dominante en el Olmedo de comienzos de los años noventa cuando yo le conocí.


Por esa razón y merced a una relación labrada a lo largo de los años por la confianza y el reconocimiento mutuos, he acogido con agrado la propuesta que en su día me hizo de prologar un texto que ha elaborado con la ilusión de quien sabe que sus experiencias merecen ser dadas a conocer.  Y lo he hecho por tres razones que quiero poner de relieve. La primera tiene que ver con el deseo de no pasar por alto el esfuerzo realizado por alguien que, sin estar específicamente dedicado a la tarea literaria, emprende una iniciativa basada en la voluntad de no dejar difuminadas experiencias personales que de una u otra manera han hecho mella en la percepción de la sociedad con la que convive.  La segunda, porque no podía negarme a aceptar una propuesta que amigablemente me planteó en la conversación que mantuvimos en la Plaza Mayor de Valladolid el mismo día que Julio Valdeón hubiera celebrado, de haber vivido, su ochenta aniversario. Y, la tercera, porque la realización de este empeño se apoya en las reflexiones surgidas en un espacio concreto, en el que dichas vivencias tienen lugar y que opera como marco vertebrador del conjunto, como escenario aglutinante de sucesos, conversaciones y relatos que traban una secuencia curiosa de situaciones, en las que la sorpresa inicial cede paso al reconocimiento de la amplia gama de posibilidades que derivan de la comunicación y del afán de expresar lo que cada cual siente como algo destinado a rebasar el estricto marco de la intimidad.


Sin lugar a dudas ello resulta factible si se dan las circunstancias que lo favorecen a partir de cuanto ocurre en un espacio determinado, asumido como escenario de vida y a la par de intensa y fecunda relación social. Se trata, en este caso, de mostrar las numerosas posibilidades de descubrimiento que propicia y alienta un lugar sencillo, un ámbito de encuentro tan elemental como pueda ser una cantina, en la que confluyen y se dan cita personas de las más variadas sensibilidades. Sorprende comprobar hasta qué punto un escenario donde se va a pasar el rato puede convertirse deliberadamente en un foro de interacción social, promovido y estimulado por el deseo expreso del anfitrión de hacer de su cantina algo más que un simple refugio para el ocio ocasional.


 Si es cierto que todos los lugares que desempeñan esta función propician la afluencia de personas que circunstancialmente acuden a ellos para evadirse, su interés adquiere rasgos tan curiosos como interesantes cuando se ofrece en ellos la oportunidad de dejar constancia de los hechos vividos por los que allí concurren o se dan cita. Es entonces cuando el bar, al margen de su finalidad convencional, cobra la apariencia momentánea de una especie de teatro, de sala de proyección de las inquietudes personales, para abrir camino a una forma particular de representación espontánea en la que el individuo o el grupo manifiestan el protagonismo que ellos mismos desean y que el propio anfitrión, adoptando siempre una actitud de franqueza no mediatizada, les concede sin reservas. Es evidente que para que esta escenografía provocada resulte ilustrativa y memorable se necesita un grado de confianza que sólo un ambiente idóneo, identificado  con la libertad, la comprensión y el respeto, puede proporcionar. Así se comprende, pues, el rico y sugerente panorama que estas páginas brindan al lector interesado en captar lo que sucede en estos espacios mínimos que se engrandecen merced a la dimensión social aportada, como fuente inagotable de experiencias, por quienes se desenvuelven en ese mundo apetecido de vínculos afectivos y con la disposición que emana además del propósito de dar cuenta de lo que sus vidas son, han sido o pueden llegar a ser.


 De ahí el valor de las emociones que en esta obra confluyen, pues no cabe duda de la sensibilidad y la particular visión que cada cual procura dar a los hechos de los que se siente artífice y responsable, con el decidido propósito de transmitirlos a los demás. Recopilar - recordándolo con atención y fidelidad –  lo sucedido, vivido y experimentado constituye una notable aportación al descubrimiento de la complejidad de la vida humana o, lo que no es menos importante, a la toma en consideración de las múltiples sorpresas que con frecuencia depara el simple hecho de hablar y de compartir ideas con la gente que nos rodea. En este empeño han anudado esfuerzos e ilusiones el propio José y Marta Rodríguez, que desde el primer momento participó de la idea y que particularmente ha sabido plasmar con brillantez en la introducción y en varios de los textos aquí presentados, concebidos por ambos con el propósito de que los hechos no quedaran relegados a la desmemoria.


Y hacerlo además con la perspectiva temporal utilizada ayuda a entender mejor de qué manera se entrelazan las evocaciones privadas con las circunstancias específicas de cada momento. Visto de este modo, justo es reconocer que la realidad – pues, en esencia, los hechos aquí descritos son reales – sobrepasa a la ficción, teniendo en cuenta que lo ficticio se nutre tantas veces de las inmensas capacidades creativas extraídas de la realidad. Aunque también conviene señalar que introducir de cuando en cuando un toque imaginativo en la estructura del relato contribuye a estimular la atención del lector sobre todo cuando se provoca en él la sensación inquietante de que cuanto sucede en un espacio repleto de confidencias y  complicidades personales se inscribe también en un proceso en el que lo transmitido como vivencia puede ser objeto de valoraciones diversas en función de la actitud adoptada por el lector a la hora de interpretarlos. ¿Cómo, si no, encontrar un sentido a ese concepto de “demolición”, sugerido por Marta y aplicado a la secuencia temporal de lo ocurrido en una cantina que ha logrado sobrevivir al paso del tiempo? He ahí el mérito, a mi juicio, de José Blanco y de Marta Rodríguez: el haber sabido presentar, como testigos fidedignos, vigilantes e imaginativos, una rica panoplia de experiencias en un contexto cambiante que refleja el sentir de una sociedad confortada con el espacio de sinceridad que esa cantina ha representado a través del tiempo.

PRESENTACIÓN

La presentación de un libro siempre es un acontecimiento importante. Supone la culminación de un proceso intelectual y el inicio de otro. Desde la idea inicial que anima la preparación de la obra hasta el momento en que se publica y se presenta transcurre un período que ocupa una parte significativa de la vida de quien lo realiza. Aunque el panorama editorial nos ofrece títulos y temas de lo más dispares y con diferenciadas calidades, lo cierto es la ejecución de un libro no es tarea fácil. Requiere inspiración,  método,  coherencia, tenacidad y capacidad para superar los altibajos de ánimo o las interrupciones que siempre jalonan la elaboración de una obra. Cuando, al fin, se dispone del libro y se abre a la luz, a la lectura y a la opinión de los autores, solo cabe felicitarlos autores y congratularse con ellos de que todo haya resultado como esperaban.


He de reconocer que entre las experiencias que he tenido en presentaciones de libros, ésta es una de las más peculiares. Es la primera vez que lo hago en Olmedo, una ciudad a la que me han unido vínculos de amistad muy estrechos pero a la que he venido en muy pocas ocasiones; y también es la primera vez en la que obra no tiene un carácter científico o es el resultado de una ficción, sino que responde al deseo de unas personas por dar a conocer negro sobre blanco aspectos importantes de su vida y de sus experiencias personales en el espacio restringido en el que estas experiencias se desenvuelven. Siempre he valorado aquellos libros que reflejan vivencias personales, no por el mero hecho de relatarlas sino porque, desde la perspectiva del autor, merecen  la pena que sean ordenadas, conocidas, valoradas e interpretadas.


Por ese motivo,  en su día acepté la propuesta que José Antonio me hizo de prologar un texto. Y lo he hecho por tres razones que deseo poner de relieve, y que constan en el Prólogo. La primera porque, conociéndole desde hacía tiempo,  valoré positivamente el esfuerzo realizado por alguien que se propone evitar que caigan en el olvido experiencias personales que en mayor o menor medida  han hecho mella en la percepción de la sociedad con la que convive.  La segunda, porque precisamente la propuesta me la hizo en la conversación que mantuvimos en la Plaza Mayor de Valladolid el mismo día que Julio Valdeón, de haber vivido, hubiera celebrado su ochenta aniversario. Y, la tercera, da a conocer las vivencias que tienen lugar en un espacio concreto, como escenario de sucesos, conversaciones y relatos que traban una gama curiosa de situaciones, que derivan de la comunicación y del afán de expresar lo que cada cual siente como algo destinado a rebasar el estricto marco de la intimidad. Y todo ello sucede y da vida a una cantina que, junto a sus fines conocidos,  cobra la dimensión de un espacio teatral, de  de sala de proyección de las inquietudes personales, y en la que el individuo o el grupo manifiestan libremente y en un clima de confianza sus pensamientos y puntos de vista con la libertad que cada cual desean y que el propio anfitrión les otorga. De ahí el atractivo panorama que estas páginas ofrecen al lector interesado en captar lo que ocurre en estos espacios mínimos como fuente inagotable de experiencias, motivadas por el deseo de dejar constancia de lo que las experiencias respectivas son capaces de alumbrar.

Por todas estas razones es un placer para mí estar aquí, en la villa del Caballero, en el espacio de la soberanía ciudadana, acompañando a José Antonio y a Marta, a Marta y José Antonio, un equipo formado por dos personalidades contrastadas, proclives a la discusión y al debate de opciones y puntos de vista. Creo que sólo así es posible fraguar unas relaciones de confianza, de amistad y de confluencia personal y profesional, que se basa precisa en la complementariedad que deriva de la discrepancia. Es, entre otras muchas cosas, lo que ha hecho posible el que esta obra, concluida hace tiempo y durante meses condicionada por una publicación incierta, haya visto al fin la luz.  Y lo ha hecho con el empeño, la ilusión y la complicidad de quienes saben que sus experiencias y las vicisitudes vividas han merecido la pena.



3 de mayo de 2016

La deslocalización industrial: riesgos y reacciones


El Norte de Castilla, 3 de mayo de 2016
 
Villalar 2016. Al pie del monolito que recuerda a los Comuneros de Castilla, se oyó la voz de los trabajadores de las fábricas de Lauki y Dulciora, afectadas por la deslocalización.  



La relación entre globalización económica e intensificación de la movilidad espacial de las actividades industriales y de servicios es en nuestros días una tendencia fuera de toda  duda. Las razones que explican la deslocalización productiva responden a los patrones imperantes en los movimientos de capitales y al flexible comportamiento espacial de las empresas en una economía en la que las estrategias ya no aparecen determinadas por la distancia sino por los equilibrios y la competencia interterritorial, responsables de las actuaciones geográficamente discriminatorias en función de las ventajas comparativas y competitivas de cada territorio. Puede decirse además que es en el marco del amplio margen de opciones permitidas por el capitalismo global, y acentuado además en el caso europeo por la ampliación del mercado integrado hacia los países del Este,  como cabe interpretar el alto nivel de versatilidad de que disponen las empresas para modificar sus localizaciones, lo que introduce una perspectiva renovada cuando se trata de analizar en profundidad y con visión de futuro las capacidades productivas de cada espacio en sintonía con los nuevos paradigmas en los que se desenvuelve la actual empresa sin fronteras.

Ante los desafíos de la globalización las empresas se ven inducidas a aplicar medidas de ajuste integral, que van más allá del enfoque que convencionalmente entendía sus objetivos de acuerdo con  su capacidad para fabricar bienes en mercados controlables, estables y regulados. Además este creciente margen de maniobra espacial se acrecienta sobremanera merced a las posibilidades tecnológicas permitidas por la fragmentación de los procesos de producción, por la configuración de poderosas redes de información que racionalizan la toma de decisiones y por la capacidad que tienen las empresas para optimizar a su favor las actividades de I+D+i al utilizarlas de forma integral dadas las complementariedades que se establecen entre los recursos cognitivos disponibles en los diversos países de implantación.

Ahora bien, las tensiones surgidas en el conjunto de los actores susceptibles de verse afectados son considerables, siempre traumáticos, y provocan una sensación de vulnerabilidad que hace tomar conciencia a las sociedades afectadas del nivel de riesgo y de las amenazas a que se enfrentan y de las negativas implicaciones que puede traer consigo este tipo de  iniciativas. La fragilidad frente a la deslocalización deja inermes a los espacios dependientes poniendo en tela juicio los valores y capacidades de que se creía disponer, al mostrarse insuficientes para neutralizar decisiones externas, que privilegian otros ámbitos, situados en la categoría de espacios-rivales con fortalezas difíciles de contrarrestar.

Entendida de manera dual – bien como competencia desleal entre lugares o como algo inherente al comportamiento espacialmente selectivo la inversión  extranjera directa –, las perspectivas que ofrece la deslocalización adquieren una dimensión que repercute de lleno, al tiempo que las pone a prueba,  sobre la naturaleza y  la solidez de las directrices promovidas desde las políticas públicas, por cuanto ante ellas se abre un escenario de posibilidades a recuperar y a la vez de incertidumbre económica y de malestar social que obliga a la autocrítica y  a la introducción de modificaciones en las estructuras y modelos de gestión aplicados a los recursos disponibles, que siempre existen. Entendida como reto, como riesgo o como amenaza, la deslocalización de las empresas industriales y de los puestos de trabajo asociados a ellas obliga necesariamente a introducir una nueva perspectiva institucional en el modo de entender las relaciones entre la acción pública, la sociedad y el territorio. Se justifica así un proceso de reorganización interna de las estrategias de desarrollo, que al tiempo que somete a revisión la propia estructura y articulación del capital territorial afectado y de los elementos sobre los que se sustenta obliga a replantear muchas de las líneas de actuación llevadas a cabo tradicionalmente en consonancia con las pautas  convencionales y rutinarias de la política industrial.


De ahí que el problema planteado por las deslocalizaciones – a las que no permanece ajena la capacidad industrial de Valladolid y de la región castellano-leonesa–  esté en la  base de un necesario e inaplazable debate que entraña un gran significado político y económico-espacial. No en vano la discusión emerge  al  discernir si las actuaciones deben centrarse meramente en la utilización de instrumentos de ayuda a las empresas o en el relanzamiento de pautas de intervención concebidas al servicio de los actores locales, de modo que los recursos disponibles estimulen la capacidad de iniciativa y contribuyan a crear las condiciones adecuadas para que ésta pueda materializarse en un clima de apoyo y de confianza en el futuro, amparado en las posibilidades de la proximidad, robustecidas además por la conciencia colectiva e integradora de voluntades más o menos dispersas o confrontadas. En este sentido, y a modo de ejemplo, expresamente concebido como un intento de frenar las deslocalizaciones, cabría hacer mención a la ilustrativa experiencia acometida en Francia desde 2004 con el fin de impulsar lo que se interpreta como “una nueva política industrial” – de la que España y la mayor parte de sus Comunidades Autónomas carecen –  articulada sobre la base de los llamados “polos de competitividad, que aplican, dinamizándolos operativamente, los objetivos y las premisas funcionales de los Centros asociados a la innovación, mediante el fortalecimiento de los vínculos nacidos del compromiso entre los agentes empresariales con fuerte compromiso con el territorio, los centros de investigación y los órganos de formación, implicados en programas de cooperación a medio y largo plazo susceptibles de cristalizar en proyectos industriales innovadores y alternativos. Vista así,  la globalización representaría esa especie de revulsivo, de catalizador permanente,  que obliga a las empresas, a los agentes públicos y a la sociedad en general a un proceso de recuperación y redefinición de capacidades subutilizadas o indebidamente aprovechadas.

24 de abril de 2016

Justo de Pablo: el profesor que más sabía de los comicios romanos


La primera vez que oí hablar de Justo de Pablo de las Heras fue en la primavera de 1966 cuando, incapaz yo de aprender algunos aspectos organizativos del mundo romano, recogidos en un infausto manual de imposible asimilación racional, un compañero de clase me comentó que conocía a un profesor que vivía en la provincia de Sevilla al que consideraba un experto cualificadísimo en el tema, indescifrable para mí, de los comicios romanos. Confieso que el nombre de aquel profesor constituyó en ese momento un horizonte de esperanza, a la espera de que algún día pudiera descifrarme aquel galimatías.

Fue la primera vez y, desde luego, no fue la última. Quizá no recuerde bien las fechas, pero la memoria no me traiciona cuando evoco el conocimiento personal de Justo en algunas de las visitas que periódicamente efectuaba a Valladolid mientras estuvo en Andalucía, particularmente aquélla en la que coincidimos Julio Valdeón, Domingo Sánchez Zurro, Felipe Heras y yo con él al poco de llegar el primero a la Universidad de Valladolid. El encuentro, más afable y prolongado que en ocasiones anteriores, tuvo lugar en la Casa de Galicia, donde descubrí a una persona que enseguida identifiqué con el arquetipo del hombre castellano, cordial, simpático, atrevido y con el que era fácil congeniar nada más comenzar la conversación. No era preciso preámbulo necesario para que la empatía aflorase. De inmediato se sintonizaba con él, acaparador como era de la velada frente a la mayor timidez de los demás, aunque quizá en aquella ocasión la cercanía y el ambiente de complicidad venían favorecidos por el tema de conversación, centrado en el castillo de Portillo y en la celebración de la visita que todos los años lleva a cabo a esa espléndida atalaya la Facultad de Filosofía y Letras.

Desde entonces, la personalidad de Justo de Pablo ha formado parte indisociable de mi vida, lo mismo que ha sucedido con quienes durante décadas han configurado su grupo de amigos más estrecho y habitual, y sin duda también de muchos de los que de una u otra manera, y en las ocasiones y lugares más dispares, se han cruzado en su camino, siquiera sea fugazmente. Un camino, el de Justo, personalísimo que ofrecía numerosas trayectorias y un sinfín de particularidades y matices, que motivaban interés y atraían la atención.

Por eso, el día en que emprende el último viaje sin retorno parece procedente, y justo también, reivindicar aquí – creyendo representar también a buena parte de quienes mejor le conocieron y trabaron con él amistad – la categoría personal y profesional de una persona sin la cual nuestras vidas hubieran sido diferentes.

Y es que, si Justo de Pablo fue la sal de la tierra, el hombre de la sonrisa franca, de la palabra ocurrente, de la anécdota sagaz, del humor suscitado con brillantez, el hombre desinteresado, sin el menor atisbo de egoísmo y vanagloria, es evidente que fue todo eso y mucho más. Seguramente quienes os encontráis aquí tenéis múltiples experiencias y anécdotas que pudieran enriquecer mucho más la perspectiva que yo pudiera aquí. Pero no creo equivocarme cuando enfatizo y subrayo tres rasgos fundamentalmente.

En primer lugar, Justo de Pablo fue un buen profesor y un enamorado de la enseñanza pública. Llegó a ser Catedrático de Instituto proveniente de las entrañas del mundo rural profundo de la postguerra española. Nadie podrá negar lo que eso suponía en una época como aquella ni el esfuerzo personal e intelectual que esa promoción representaba. Pasó por el Seminario, llegó a la Universidad, culminó satisfactoriamente una carrera universitaria y accedió a la función pública por sus propios méritos. Nada debió a nadie más que a sí mismo y a su familia. Profesionalmente plasmó en los inicios su actividad en la España del Sur, en Andalucía, en Sevilla, hasta llegar a la Dirección del Instituto de Utrera. Ese universo andaluz – que de cuando en cuando emergía con cierta añoranza en sus recuerdos y manifestaciones - marcó una etapa que perduraría en su carácter y en su sensibilidad de por vida. Imaginando cómo sería aquella tierra en aquellos años, no podemos por menos de reflexionar acerca del mérito que supone ser aceptado como lo fue, admirado, querido y respetado. Dejó una huella indeleble.
Cuando regresó a Valladolid el mundo de la enseñanza pudo beneficiarse, aunque fuese en periodos más breves, de su presencia en Tordesillas y en el Instituto Zorrilla para posteriormente desplegar hasta su jubilación, y a la vera de Domingo Sánchez Zurro, sus responsabilidades en el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad. Su despacho siempre estaba abierto y disponible para la consulta, el asesoramiento y el consejo pertinente. Como responsable del CAP, le recuerdo atendiendo con deferencia a quien se lo pidiera, organizando los Cursos de las diferentes áreas, asistiendo a muchos de ellos, preocupándose por el cumplimiento de los compromisos contraídos con y por los profesores, supervisando la calidad de los aprendizajes en los Centros donde se impartían las prácticas. Nunca aparecía como una autoridad académica, que lo era, sino como el compañero con el que todos querían encontrarse. Y no cabe duda que esa predisposición al diálogo, al encuentro, a la confidencia, a la comunicación distendida y cordial suponía una garantía de que la labor realizada podía ser más eficaz y positiva desde el punto de vista docente. Sin ser un pedagogo, e incluso denostando la pedagogía banal y simplificadora, el exdirector del Instituto de Utrera hacía de la pedagogía práctica y experimental, la que realmente merece la pena, su más relevante aportación a la mejora de la enseñanza.

Por otro lado, la personalidad de Justo de Pablo ha estado siempre asociada a una visión ferviente de la lealtad y la sinceridad en las relaciones con sus amigos.  Paladín incuestionable de ese valor tan amenazado como es la amistad entendida en su acepción más valiosa, Justo la practicaba sin restricciones, a toda prueba y sin riesgo alguno de quebranto siempre que fuera justamente correspondido. Leal hasta la médula, ofreció muestras ejemplificadoras de lo que significa ser un amigo en el que confiar sin temor al desengaño o a la decepción. En alguna ocasión he señalado, incluso por escrito, que pocos ejemplos tan elocuentes y reveladores hay  de lo que eso significa en la realidad como la relación mantenida por Justo de Pablo con Julio Valdeón, con Domingo Sánchez Zurro y con Santiago de los Mozos. Una amistad fusionada con la fraternidad, firme e indeleble como una roca. Una amistad también labrada al calor de experiencias memorables, entre las que cabría destacar las veladas vividas con Julio al caer la tarde en San Benito el Real, propiciadas por la hospitalidad del Dr. Teófanes Egido. Mas igualmente esa sensación de cercanía y confianza amistosa, , que yo procuré observar con atención a lo largo de la vida, era extensible a un sinnúmero de personas, muchas de las cuales se dan cita en el día de la despedida, dejando constancia hasta qué punto Justo logró crear un panorama de relaciones en la que la amistad prevaleció sin fisuras por encima del tiempo y del espacio.

Y, finalmente, en coherencia con esta forma de ser, no podemos pasar por alto su condición de persona transmisora de bondad, alegría y sensibilidades  sin cuento hacia el mundo que le rodeaba. Defensor de la libertad y de la solidaridad, era capaz de construir a su alrededor un ambiente en el que uno se sentía siempre confortado y a gusto. Hablar con él era un placer, una vivencia que siempre podía deparar gratas y llamativas sorpresas. La risa y la sonrisa estallaban a menudo, acompañadas también de la emoción. Humanidad a raudales. Para empezar era una entusiasta de su familia. Las numerosas referencias de cariño hacia Marisol, el orgullo por sus hijos, Elena y Alejandro, con cuyos éxitos se complacía, sin vanidad, sin arrogancia, con la satisfacción del legado que la vida de sus hijos, de los que Luis acabó formando parte, y de su nieta Carolina representaba y podría representar hacia el futuro. Las frecuentes alusiones a sus hermanos y sobrinos nos los hacían más cercanos y entrañables.


Y cómo olvidar la convivencia grata y placentera que aportaban las vivencias compartidas en las diferentes circunstancias en que ello era posible. En los viajes, a la orilla del mar, en las tertulias de los sábados y de los domingos, en los encuentros casuales o esperados, en las posibilidades de relación que permitía la vida cotidiana. Los hijos de sus amigos, que también eran sus amigos, lo recuerdan  bien. Pedro, Arantxa, Álvaro y Pablo; Julio y Fernando; Nerea y Felipe;  Ana y Fernando; Pedro y María Isabel; Guillermo y Andrea; Marta y Juan. Todos han sabido y saben de la generosidad de Justo, de sus ocurrencias para ponerles nombres geniales que no olvidarán, de las complicidades con sus travesuras, de las advertencias aleccionadoras, de las bromas ingeniosas de quien sabe bien lo que a un niño agrada y motiva.

Todo eso ha sido Justo, por más que piense que se podía decir y comentar muchísimo más.  No esperábamos que se fuese tan pronto. Su salud no le acompañaba en los últimos años, pero todos confiábamos en su reciedumbre castellana y en su optimismo innato como garantía de una vida algo más prolongada. Le echaremos mucho de menos. Se ha ido en las fechas en que fallecieron Miguel de Cervantes y William Shakespeare. El Dia del Libro. El Día de Villalar. Un día señalado en la historia de la cultura y de nuestra tierra. “Se ha ido como un jilguero en un día de primavera”,  en atinada metáfora expresada ayer en este mismo lugar por Mariano González. Se ha ido y por eso su ausencia se nos hace más dolorosa e inasumible. Pero mantenemos la memoria para saber lo que su vida representó y dejar constancia de que, ante todo y sobre todo, fue una persona excepcional, henchida de valores que, unidos también a sus contradicciones y defectos, le harán inolvidable. Y siempre lo será así aunque nunca tuvo tiempo para explicarme lo mucho que sabía de los comicios romanos ni para realizar al fin ese viaje tantas veces programado que nos permitiera descubrir las delicias gastronómicas y las bellezas históricas y naturales de la villa vallisoletana de Portillo.

19 de noviembre de 2015

Geografía y experiencia viajera: la mirada atenta y la percepción de los espacios contrastados



Reproduzco aquí la introducción del libro en el que he tratado de relatar las experiencias vividas durante los viajes que, con fines docentes y científicos, he realizado a los países del Cono Sur americano durante varios años. Con ello simplemente persigo dar a conocer el amplio abanico de posibilidades a que se abre la realización de los viajes, como fuente inagotable de enseñanzas, vivencias y situaciones de la más variada índole. 

En la edad de ordenar por vez primera las emociones bellas, me sobrecogió el paisaje”. Manuel Azaña: El jardín de los frailes, Madrid, Alianza Editorial, 1981

 

“Quien observa termina por ver”

Glenn Murcutt, arquitecto australiano, 2011

 

“Todo lugar es el lugar donde no está otro lugar”, Tony Judt, El refugio de la memoria, Madrid, Taurus Pensamiento, 2011

 

“A la tumba solo nos llevamos los viajes”, palabras dichas al escritor Jorge Carrión por un camionero en un vuelo Ciudad de Guatemala-San Francisco, 2013

 

 

Evocar las experiencias viajeras significa con frecuencia vivirlas de nuevo, sobre todo si se procura mantenerlas en el recuerdo antes de que el tiempo acabe por desleírlas o empobrecerlas. La realización de un viaje entraña temporalmente un cambio de vida, la apertura expectante a otras sensaciones, el descubrimiento de costumbres, escenarios y  hechos insólitos, a veces desconcertantes, que solo quien lo lleva a cabo, y lo acepta asumiendo sus posibilidades, misterios y desafíos, puede comprender en toda su plenitud, en su compleja y plural riqueza de matices. No me refiero obviamente a los viajes forzados, a los que se hacen en contra de la voluntad, por imperativo no deseado o a disgusto. Cuando eso sucede, y ha sucedido siempre y en exceso, la movilidad equivale a traslado obligado por las circunstancias, es decir, por las múltiples causas que llevan a las personas al exilio, al destierro, al  desarraigo o a la búsqueda necesaria, mediante la emigración, de horizontes alternativos.


No es esa, empero, la sensación que procuran los viajes organizados de forma voluntaria, de esos que, como escribió Cees Nooteboom  “salen  de la curiosidad de ver cómo viven los otros”, del deseo de apreciar el valor de la alteridad y de los contrastes entre lo cercano y lo distante, entre lo propio y lo ajeno, de la inquietud que suscita el desafío ante la novedad de lo desconocido. Son viajes justificados en función de los diferentes factores que los motivan y efectuados con el convencimiento previo de que, pese a las vicisitudes, los esfuerzos, los riesgos o las incomodidades que pudieran acaecer o acarrear, el resultado final puede resultar satisfactorio, muy formativo y, a la postre, una gratificante y perenne recompensa vital. Y lo son aún más cuando lo que se decide conocer acusa rasgos diferenciales respecto a lo que es habitual, frecuentado y consabido. Se trata, en suma, del viaje concebido como práctica del espacio, la actividad inherente a los geógrafos; es decir, esa imbricación entre Geografía y aventura que tan bien describe e interpreta Eduardo Martínez de Pisón en sus memorables obras de viaje y de la que con singular acuidad supo dar cuenta  Jesús García Fernández, al comentar sus trabajos de campo, que finalmente recopiló en el libro – Por ambas Castillas. Memorias de un geógrafo -  a cuya publicación en Ámbito Ediciones contribuí en  2005,  como respuesta al deseo del ilustre geógrafo, que además fue mi maestro, de “catar y recatar” lo que a su mirada y a su cuaderno se ofrecía.  

Si, en principio, viajar por Europa no constituye para el europeo una vivencia que sorprenda más allá de las particularidades propias de un territorio en el que abundan las referencias – históricas y geográficas - asumidas o entendibles de antemano, visitar y recorrer el mundo latinoamericano aparece como una opción viajera henchida de retos, incógnitas y alicientes de toda índole.


Confieso que desde la infancia me sentí fascinado por lo que pudiera ocurrir al otro lado del Atlántico, cuya magnitud contemplaba a menudo en los mapas con indisimulada curiosidad. Mi padre, que nunca salió de España, me la transmitió a través de las narraciones de los viajes de Colón, de las descripciones y los comentarios sobre la construcción del Canal de Panamá o los misterios insondables de la Amazonia, de la experiencia vivida en Cuba como monja de una hermana de mi madre, de las peripecias de un viejo amigo de la familia emigrante a  México o de las que él mismo se inventaba, recreándolas con una admirable imaginación, sobre lo que ocurría en aquellas tierras remotas, tan ligadas a nuestra historia y tan próximas, por tanto, a las percepciones que nos hacían sentirlas como algo de lo que culturalmente no podíamos, ni queríamos, desprendernos. Así se fraguaron poco a poco esos lugares embebidos en  la memoria que, buceando en ella,  la propia fantasía se encargaba de mitificar, hasta el punto de convertirlos en un destino viajero, casi como un compromiso,  pendiente de satisfacer en un futuro indeterminado.

Afortunadamente la vida profesional me ha permitido aproximarme, ya como adulto, a su conocimiento y, aunque es bien cierto que la magnitud de ese espacio, su variedad intrínseca en todos los sentidos o el sinfín de referencias que acumula impiden abarcarlo siquiera sea de manera aproximada, no cabe duda que la expresividad de sus manifestaciones, el interés que suscitan, las reflexiones que provocan y los debates alentados crean favorables condiciones para tener la impresión de que se trata de un espacio que, inasible al principio de tomar contacto con él, merece ser descubierto, y además con el convencimiento de que nunca se acabará de conocer por completo ni en toda su riqueza de matices.


En mi caso me apoyo en la frecuencia de las visitas, y de los valiosos horizontes de relación que me han facilitado, para mostrar la visión que de todas ellas he obtenido a través de la aproximación a  la realidad y, lo que es más importante, de la relación con las personas que en ella viven, trabajan y se desenvuelven. Es entonces cuando uno siente la necesidad de no desperdiciar lo mucho que el viaje puede ofrecer, consciente de que solo en la búsqueda deliberada de lo desconocido, y precisamente por el estímulo que crea a favor de su descubrimiento,  es posible encontrar la explicación objetiva a muchos de los interrogantes que  plantea la realidad que se pretende conocer y desentrañar. Como una puerta abierta a posibilidades insospechadas, contemplando los paisajes con “ojos nuevos”,  coherente con la conocida reflexión de Marcel Proust a propósito de lo que significa el “verdadero viaje de descubrimiento”.


No en vano el viaje representa la forma  más evolucionada que el ser humano tiene de conocer el mundo que le ha tocado vivir, habida cuenta además que la historia de la cultura viajera demuestra que no se viaja sin esfuerzo, sin sacrificio, sin ilusión, sin cobrar conciencia previa de que lo que se va a ver siempre revela matices susceptibles de ser conocidos, discutidos y  reinterpretados.  Posibilidad que, por otro lado, está alentada cuando la visión se combina certeramente con la palabra, cuando lo que se ve abre paso, merced al efecto estimulante y creativo de la curiosidad y de la conversación, a comentarios y explicaciones no circunscritos a la mera coincidencia sino amparados en la complementariedad de perspectivas que el propio flujo y contraste de puntos de vista favorece. En ello estriba en buena medida el que la huella dejada por el viaje, el hecho de reparar en detalles que otros no perciben,  sea eficaz y, lo que no es menos importante, satisfactoriamente duradera e intelectualmente fecunda. Y lo afirmo con el convencimiento de que es probable que en todo proyecto viajero yazga siempre la sensación de que lo que se ha de descubrir pueda superar con creces la más motivadora de las intuiciones previas a su realización.


Cuando desgrano y a la vez encadeno en la memoria - evitando que se muestre quebradiza -  las diferentes situaciones y experiencias vividas, hasta descender incluso a esos pequeños detalles que tanto valor tienen y que tan a menudo pasan desatendidos, observo entre ellas un hilo conductor que las aporta el engarce necesario para darlas a conocer de manera coherente y estructurada, contemplada con los ojos del geógrafo y convencido de que, como señala Martínez Ahrens, “Latinoamérica es una incógnita que sólo se explica por la Geografía”. De hecho, y más allá de su diversidad, responden a la misma motivación que justifica la ilusión puesta en no cerrarse a posibilidad alguna en la ejecución del viaje o ante lo que pudiera suceder. Y para ello nada mejor que aceptar de entrada, y a sabiendas de que las que sorpresas pueden aparecer en cualquier momento, los dos requisitos que se precisan cuando el viajero decide emprender el camino a través de las rutas y railes que surcan el inmenso espacio sudamericano.


Se necesita a la par paciencia y mirada perspicaz. Paciencia para aceptar  que las distancias son largas y el tiempo exigido para recorrerlas resulta casi siempre imprevisible, pues no se mide tanto en kilómetros como en horas consumidas. Y, en cuanto a la forma de percibirlo, ¿cómo no extremar la agudeza de la mirada y la finura del oído a fin de evitar incurrir en la monotonía, cuando la realidad está henchida de matices,  de singularidades, de aspectos curiosos e imprevisibles y de personas capaces de descubrirlos y dispuestas para ello? Además, cuando se mira, hay que  evitar  siempre esa propensión a prejuzgar que el escritor viajero argentino Mempo Giardinelli atribuye a los europeos cuando se acercan al mundo que les es ajeno;  por eso, siguiendo sus indicaciones, estoy de acuerdo con él de que se trata ante todo de comprender, sin duda la postura más correcta y respetuosa que quepa adoptar. De nada sirven las posturas preconcebidas si no se parte del principio de que han de estar sometidas a la revisión y al tamiz que la experiencia directa y el sentido del viaje proporcionan.


Con esta actitud ante la dimensión, la imprevisibilidad y la complejidad del espacio que nos ocupa, se impone igualmente la toma en consideración  de los principios que han de inspirar la realización de un viaje hacia lo que está por descubrir, esto es, la ausencia de prejuicios, el rechazo a las obsesiones comparativas, el conocimiento - siquiera sea aproximado - de los factores geográficos, históricos y culturales que lo construyen…amén del espíritu crítico y el reconocimiento de lo que la diferenciación espacial representa. Y, por supuesto, con  la libreta de anotaciones y la cámara fotográfica como compañías inseparables. Dicho en otras palabras, se trata de incorporar el territorio al universo, siempre abierto y expectante, de las sensibilidades personales con la intención de transmitirlas y compartirlas con los demás.


Entre los meses de octubre de 1994 y 2013 he efectuado treinta y dos viajes a la América Central y del Sur. A lo largo de ese período casi todos los años – y siempre en las estaciones equinocciales - he cruzado el océano Atlántico, y hasta varias veces en uno solo. Conozco bien varios de sus aeropuertos, las carreteras, las estaciones de autobús y de tren, las vías fluviales, las ciudades, las áreas rurales, algunos de sus paisajes más singulares y poco conocidos, sus gentes y sus costumbres, sus formas de hablar, de opinar, de discutir, de cantar, de sentir y, en suma, de vivir. Todos estos movimientos han tenido relación con diferentes aspectos de mi actividad profesional, vinculada a mis responsabilidades como docente e investigador en la Universidad de Valladolid, a la que he tratado de representar siempre con dignidad. Ninguno de los viajes a los que me refiero en esta obra ha sido efectuado con fines estrictamente turísticos. Los doy a conocer y describo como parte sustantiva de mi actividad profesional, pues no podría entenderlos sin tener en cuenta lo mucho que han contribuido a desarrollarla cualitativamente, pues no cabe duda que el desplazamiento físico nutre y enriquece el propio trayecto interior. De uno u otro modo han influido de manera decisiva en mi percepción de la realidad espacial, que, desde luego, sería muy distinta de no haber tenido la oportunidad, aprovechándola a conciencia, en grata compañía y bien asesorado, de visitar lugares y paisajes inolvidables, muchas veces alejados de las rutas turísticas convencionales y multitudinarias, observar iniciativas interesantes y curiosas, compartir experiencias y, lo que es más importante y atrayente, descubrir personas, opiniones y estilos de vida que han contribuido a embarnecer sobremanera la propia representación que del mundo he acabado elaborando, desde la atención y el respeto debidos, con el transcurso de los años.


Las causas que han motivado estos viajes y las actividades asociadas a ellos han respondido, como he señalado, a cuestiones de trabajo. En unos casos, la mayoría, he dado cumplimiento a compromisos docentes, en respuesta a amables invitaciones que comúnmente he atendido, y no tanto porque me permitían aplicar mis conocimientos en otros ámbitos sino porque, como los resultados así lo avalan, yo mismo me veía beneficiado por los encuentros con colegas y alumnos formados en diferentes escenarios, con procedencias, hábitos, costumbres y actitudes que ampliaban la perspectiva de la docencia a la que estaba acostumbrado. A decir verdad,  introducían formas novedosas de presentación de las cuestiones objeto de estudio y hacían posible el desarrollo de debates cuyos derroteros y resultados eran con frecuencia imprevisibles, aunque cabía presumir que podrían ser enriquecedores.
 

Pero no siempre la impartición de clases ha sido el objetivo a cumplir. La participación en Congresos y Seminarios, en reuniones relacionadas con proyectos científicos de dimensión internacional, en tribunales de Tesis Doctorales o de Maestría, o simplemente la presencia en reuniones a veces improvisadas aunque justificables en el ambiente de relación propiciado por el encuentro han abierto interesantes posibilidades de conexión con los demás que en la medida de lo posible he intentado no desaprovechar. Y, por supuesto, no he perdido la oportunidad, cuando se presentaba factible e interesante, de comunicarme con las personas que deliberada o casualmente se han cruzado en mi camino. Ocasiones las ha habido con frecuencia  y en las circunstancias más dispares. Basta simplemente con buscarlas, procurando que no se escapen. Y no solo en los ambientes ya citados, sino también en situaciones donde la disponibilidad de tiempo permitía crear un cierto clima de confianza, impulsor de la conversación que emana de la curiosidad por averiguar aspectos que el interlocutor podría poner al descubierto.


La verdad es que esta forma de coadunar vínculos temporales y afectivos ligados a la comunicación a través de la palabra y del escrito ha deparado sorpresas muy gratas en los viajes, especialmente en los autobuses y en sus estaciones, esos lugares proclives a la aparición de relaciones insospechadas que las largas horas ocupadas en el viaje se encargan de alumbrar. La vida está trenzada de experiencias múltiples, que crean una urdimbre de conexiones al cabo del tiempo hasta dejar un poso firme en la memoria, en la actitud ante lo que nos rodea y en la afectividad. Muchas de ellas son fortuitas, producto del azar, quizá irrepetibles, a menudo fugaces e incluso pudiera parecer que hasta inverosímiles. Mas cuando resultan enriquecedoras, y lo son las más de las veces, su recuerdo no se extingue pues permanece fresco y vigente, convencido de que cuanta más memoria más vida.


Y no sólo por lo que pudieran tener de originalidad, sino porque revelan las formidables oportunidades que emanan de las relaciones humanas cuando se abren al descubrimiento de otras personas antes desconocidas, y que de repente, sin preverlo, la casualidad pone en el camino, lamentando no haberlas conocido antes. Y la verdad es que se aprende mucho, pues viajar no sólo amplía horizontes; también aporta madurez, relativiza las opiniones valorativas sobre los hechos y las sociedades y somete a revisión y al necesario tamiz crítico las ideas preconcebidas hasta modificarlas en función del conocimiento obtenido.


No se trata, con todo,  de un texto pensado como una mera descripción de viajes, por más que la iniciativa viajera – esa “metáfora de la vida humana”, en expresión de Francisco Ayala - constituya la evidencia empírica tanto de lo aquí reflejado como de los pormenores y de las explicaciones que lo acompañan. Se trata, eludiendo el harto frecuente solipsismo académico, de aportar ideas y reflexiones susceptibles de facilitar una interpretación de las realidades espaciales cuando fueron visitadas y no a través de la erudición sino de las consideraciones obtenidas in situ, en cuyo conocimiento se entremezclan los hechos con las tendencias propias del contexto específico en el que tuvieron lugar. Son circunstancias heterogéneas e incluso contradictorias, que han ido mucho más allá del conocimiento convencional, pues en el inventario registrado coexisten las situaciones más confortables – discursos oficiales, lugares de la ostentación, rehabilitaciones espectaculares del patrimonio histórico, espacios naturales de gran belleza y espectacularidad, entornos placenteros, en cualquier caso -  con los hechos reveladores de las situaciones críticas – pobreza, desastres naturales, conflictos, desigualdad lacerante, deterioro ambiental, marginalidad – en las que aparece sumido el mundo sudamericano.


Y lo he hecho además persuadido de que la experiencia personal está indefectiblemente unida a la sucesión de los paisajes que se descubre, conoce y valora a lo largo del tiempo. Paisajes urbanos y rurales, paisajes de montaña y de llanura, paisajes intensamente transformados, cuando no agredidos,  por la acción humana o aún preservados de ella. Paisajes contrastados, en fin, que, como el legado patrimonial que representan,  traban el conocimiento del espacio y construyen esa cultura del territorio que cada cual posee y transmite con las herramientas a su alcance; herramientas que perfecciona con el tiempo a medida que las edifica y readapta en función de la utilidad que proporcionan hasta asimilarlas como un ingrediente fundamental de la experiencia viajera,  la que le lleva a descender a detalles que, en ausencia de ellas, pudieran pasar desapercibidos o ignorados. Así contempla el geógrafo viajero cuanto le rodea y así analiza e interpreta lo que ve quien conscientemente no quiere dejar nada a la indiferencia o al desdén, ya que nada, de antemano, es desdeñable, entendido en su momento histórico y en su contexto espacial. En cierto sentido, se trata de aproximarse con la mirada atenta a lo que la realidad  ofrece, más o menos acorde con la intención que, por ejemplo, Vanessa Winship imprime a sus fotografías, entendidas como un viaje al entendimiento de lo previamente desconocido.

 

 No es posible entender un espacio al margen de la época en que es conocido e interpretado ni, menos aún, de la  opinión de quienes viven, se organizan y se esfuerzan en él; de ahí la utilidad del relato personal, el valor de lo que se expone desde la vivencia directa, no mediatizada por el tópico consabido ni la intermediación interesada ni sesgada. Se trata, dicho de otro modo, de captar el significado que las experiencias acumuladas, y debidamente estructuradas, aportan al conocimiento de Latinoamérica, de sus cualidades naturales y procesos históricos, de los problemas que la aquejan, de sus contradicciones y dificultades, y de las transformaciones producidas en una época especialmente crucial de su historia. “No puede haber presente vivo con pasado muerto”, subraya con acierto Carlos Fuentes.  Muchas y complejas son, en efecto, las tendencias que definen su trayectoria histórica al tiempo que introducen factores de tensión y conflicto perceptibles en su evolución política, social, económica y territorial. Son aspectos que justifican sobradamente la atención merecida desde todas estas perspectivas ya que la región que nos ocupa posee esa condición de “edificio de un extraordinario atractivo” que, como señala Tony Judt, se requiere “para que un refugio de la memoria funcione como un almacén de recuerdos infinitamente reorganizados y reagrupados”.


Durante las dos décadas transcurridas en el período abarcado por estos viajes varios acontecimientos de singular importancia han contribuido a modelar el espacio con incidencias muy sensibles en la organización política interna de los Estados,  tras superar trágicas experiencias dictatoriales, en la recomposición de sus estructuras administrativas y de gestión, en su personalidad cultural, en su proyección internacional, en las directrices de crecimiento, en la utilización de sus recursos naturales y en la evolución de las sociedades, marcadas por el agravamiento de la desigualdad, por la pretensión de los esfuerzos encaminados a su mitigación y por las reclamaciones de las comunidades originarias allí donde su número y su fuerza se mantienen. En cualquier caso, la realidad ha acusado durante todo este tiempo los efectos asociados al proceso de globalización, con todas las repercusiones que el fenómeno ha traído consigo.


He querido recopilar todas estas vivencias ante el riesgo de que pudieran ser relegadas al olvido o lamentable e irreversiblemente desleídas en su riqueza de detalles.  “La escritura y la memoria van de la mano”, señala con acierto Enrique Lynch, precisamente porque ambas se exigen cuando se trata de plasmar en el papel los recuerdos que el paso del tiempo difumina sin remedio, y al tiempo convencido, de acuerdo con Miguel Torga, que “no hay espejo más transparente que una página escrita” y de que, como señala Andrés Neuman en su Cómo viajar sin ver,  la “escritura es un método de captura”.  Sabedor del riesgo y estimulado por el efecto que me produjo mi primer viaje a la América del Sur a mediados de los años noventa, punto de partida de una serie continuada durante dos décadas, he efectuado detalladas anotaciones de los hechos a medida que se iban produciendo, sin tener nunca la pretensión de que pudieran cristalizar en un libro de viajes, al menos coherente con los criterios que lo distinguen y que tan acertadamente ha analizado María Rubio en sus reflexiones sobre “los límites de los libros de viajes”. 


Lugares, fechas, acontecimientos, frases, anécdotas, mensajes expresados en la calle - les murs ont la parole, se escribía en el Paris turbulento de finales de los años sesenta - han formado y forman un elenco de constataciones memorables que facilitan la preservación material  de lo vivido y el deseo de transmitirlo en la medida en que rebasan lo estrictamente personal hasta adquirir una dimensión merecedora de proyección colectiva, contemplada en el contexto del  ámbito profesional en el que me desenvuelvo. No han sido extensas pero sí numerosas y, como es lógico, seleccionadas en función del interés que garantizase su vigencia y su expresividad no erosionadas con el paso de los años. Todas ellas aparecen datadas en su fecha precisa y relacionadas con las personas de cuya presencia y observaciones se nutren. Los nombres son reales, lo que convierte a las personas aludidas en testigos fiables y fidedignos de los hechos, así como los lugares en los que se desarrollan los diferentes sucesos mencionados, convencido de la necesidad de dejar constancia de hasta qué punto los resultados de un viaje dependen de la aceptación ofrecida por aquellos a los que se visita o conoce.


He intentado también, cuando se recurre a ello, reflejar con la mayor exactitud posible las frases alusivas a lo que se comenta, del mismo modo que trato también de ser fiel a las circunstancias que lo rodearon y que, por tanto, permiten entenderlo mejor,  pues de otra forma serían inexplicables. Puedo decir, en suma, que lo que presento es una especie de crónica organizada en torno a hechos ocurridos y que aparecen planteados en función de un criterio de coherencia espacial apoyado a su vez en la correspondiente secuencia cronológica. Digamos, recordando a Mario Benedetti, que también en este caso “el juego de las geografías se transforma en curiosa indagación”. Y es que nada de lo que sucede en el territorio, concepto determinante en la formación y transformación de los paisajes, en su dimensión natural y cultural, es indiferente a las apetencias intelectuales del geógrafo cuando decide acometer un viaje, máxime si se tiene en cuenta que el viaje constituye un componente básico de su actividad profesional. Difícilmente es posible entender su labor al margen de las peripecias viajeras que alimentan y embarnecen su experiencia vital.


Salvo a Nicaragua, Perú y Venezuela he viajado a todos los países del ámbito latinoamericano, incluidos los caribeños de habla española. Obviamente, conozco unos más que otros, pero he de decir que, sin perder de vista las particularidades que respectivamente los distinguen, creo haber conseguido captar el significado de los aspectos que justifican su consideración espacialmente integrada en función de los factores – históricos, naturales, socio-económicos, políticos, culturales – determinantes de su personalidad en el mundo tanto a través del tiempo como en nuestros días. Si el enfoque geográfico prevalece como principio rector a la hora de interpretar el alcance de las experiencias obtenidas en los viajes, mi intención en este caso se centra en aquéllas que nos acercan a  la naturaleza, a los paisajes, a las gentes y a las complejidades económico-espaciales del Cono Sur.


Argentina, Uruguay y Chile aparecen, pues, en esta ocasión como los ámbitos a los que se hace referencia expresa. En ellos destacan personajes, lugares, rasgos patrimoniales y tendencias representativos de algunas de las más importantes transformaciones ocurridas en el mundo contemporáneo, del mismo modo que esclarecen el significado de procesos políticos y culturales de reconocida trascendencia en el comportamiento de las respectivas sociedades hasta configurar un reclamo que el viajero interesado por cuanto sucede en su época no debe pasar por alto. Las lecciones recibidas no vienen predeterminadas, por más que el conocimiento que las lecturas previas facilitan permita percibir someramente de antemano lo que esas realidades encierran. Es una base pertinente en la que apoyar lo que verdaderamente importa, es decir, la indagación directa, la comprobación in situ de los hechos, el descubrimiento, a través de la conversaciones, de lo que, no estando escrito, resulta esencial para comprender e interpretar lo que se ve. 


¿Cómo definir una idea, un concepto, que permita dar sentido, entidad  y coherencia a lo que aportan globalmente como espacios visitados? De muchas maneras podrían ser  simbolizados a la hora de encabezar un título como noción aglutinante y catalizadora de las ideas expuestas, aunque no he de recurrir a complicadas elucubraciones para encontrar la expresión que facilite este engarce. Me basta con traer a colación el comentario que en Catriel – anunciada, a modo de reclamo, como “la puerta norte de la Patagonia”, en el límite septentrional de la provincia argentina de Río Negro -  y durante la parada del autobús que a finales de septiembre de 2005 me llevaba a Neuquén procedente de Mendoza, me hizo el hombre joven que atendía a la clientela, formada por trabajadores de las minas y de los pozos petrolíferos cercanos, en un atestado y bullanguero bar de carretera, en el que no me sentí, sin embargo, desconectado.


  A mi pregunta curiosa sobre la enorme fuerza del viento que había percibido a lo largo del trayecto en aquel turbulento mes de septiembre de 2005 me respondió al proviso: “eso es normal; acá el viento nunca para”. Dadas las connotaciones que posee ese fenómeno meteorológico, la invocación que de él hacen autores como Eduardo Galeano o Erico Verissimo en algunas de sus obras más emblemáticas (Los caminos del viento y la trilogía El tiempo y el viento, respectivamente), o el tremendo significado que le da Juan Rulfo en su poema - “… desde que el mundo es mundo / hemos echado a andar con el ombligo pegado al espinazo / y agarrándonos del viento con las uñas…” - ¿cabe acaso otra explicación mejor para dar razón de ser y motivación intelectual a lo que estas páginas pretenden? 


Desde luego, no hubiera sido posible escribirlas sin la ayuda y las ideas de las numerosas personas con las que, por los más variados motivos y en situaciones igualmente dispares, me  he encontrado aquí y allá y  a las que he tenido la fortuna de conocer para compartir el tiempo, los espacios y muchas de las palabras e ideas que en estas páginas se describen. Huelga citarlas de antemano, pues sus nombres aparecen señalados en  el momento y en el lugar que las corresponde. Con  todas ellas he contraído, más allá de la amistad y de la confianza que la brega compartida ha permitido urdir, una deuda de impagable gratitud. Como también quiero dejar constancia de la que me une a mis compañeros del Departamento de Geografía de la Universidad de Valladolid,  a varios  de los cuales he hecho partícipes de los sucesos que aquí se narran, y en particular a los que integran el Grupo de Investigación Reconocido (GIR) CITERIOR (Ciudad y Territorio), del que formo parte, y que amablemente me han brindado la ayuda del GIR para la cofinanciación de esta obra. Todas las fotografías que la ilustran han sido realizadas por quien esto escribe, salvo las tres cuya procedencia se menciona. E igualmente, dejo constancia de mi agradecimiento a la deferencia mostrada como prologuista de esta obra por parte de Gustavo Martín Garzo. Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos galardones, y escritor de gran relevancia en el panorama literario español, es también una excelente persona y un buen amigo al que admiro y con el que desde hace muchos años comparto inquietudes y sensibilidades.  

16 de octubre de 2015

El destino de Ámbito: De Zarapicos a Villalar




El Norte de Castilla, 16 de octubre de 2015



Durante años esta placa marcó el lugar de la sede de Ámbito Ediciones en la Calle Héroes de Alcántara de Valladolid 

Difícilmente se puede entender  la Comunidad Autónoma de Castilla y León sin asociarla a la valiosa aportación bibliográfica que la Editorial Ámbito ha llevado a cabo para contribuir a su mejor conocimiento y proyección. Coherente con el momento histórico que la vio nacer a comienzos de los ochenta, fue  el fecundo resultado de una tarea mantenida durante dos décadas y media, a lo largo de las cuales  sacó a la luz  un valioso catálogo de publicaciones con el que fue posible subsanar el vacío hasta entonces existente.   
            Ámbito Ediciones surgió de la confluencia de dos factores: de un lado,  la sensibilidad ante los desafíos del proceso autonómico incipiente, particularmente delicado por lo que respecta a la configuración integrada de ese espacio formado por Castilla y por León; y, de otro,  la necesidad de crear un “ámbito” de encuentro, de reflexión y de clarificación sobre el pasado y el presente de un territorio tan complejo como controvertido. Tal es el espíritu que animó  el despliegue de la idea promovida en principio por Gonzalo Blanco  y Ovidio Fernández Carnero, contando desde el primer momento con  quienes en sus albores nos sumamos a ella. Fue la finalidad de la reunión  efectuada con fines organizativos en la casa que el medievalista José Luis Martín tenía en el pueblo salmantino de Zarapicos, y  a la que asistieron, además de los citados, Julio Valdeón, Domingo Sánchez Zurro, Ángel García Sanz, Javier Paniagua y quien esto escribe.  Anoté la fecha: 18 de abril  de 1981,  a cinco días de la celebración de Villalar.  
            Si desde entonces las vicisitudes fueron numerosas, también el resultado que se iba consiguiendo deparaba satisfacciones indudables. Concebida como una sociedad anónima sin ánimo de lucro, mereció el respaldo desinteresadamente ofrecido por una amplísima relación de socios, que llegó a  alcanzar los seis centenares; comprobar la incorporación como autores de algunos de los mejores escritores y especialistas de la región y fuera de ella; observar de qué manera se avanzaba en el conocimiento de la Historia, de la Geografía, de la Historia del Arte, de la Literatura y de cuantos temas  permitían descubrir aspectos que en muchos casos eran inéditos; y no menos gratificante era  también dejar constancia de la recuperación de obras señeras, editadas en facsímil, y testimonio de un admirable legado que se recuperaba con esmero para que no quedase sumido en el olvido. En conjunto, un catálogo de más de 300 títulos forma el acervo transmitido por Ámbito a la cultura, con resonancias que han desbordado los límites regionales y asegurado su proyección a todas las escalas. La concesión en 1988 del Premio Castilla y León de Humanidades,  con Valdeón y Blanco en la dirección, ratificó el reconocimiento y el éxito de una experiencia que no admitía parangón  en el conjunto de las Comunidades Autónomas españolas.
            La crisis sobrevino en 2006. Fue una crisis financiera, asociada a las dificultades inherentes al mundo del libro y a la par debida a la ausencia de horizontes viables, aunque bien es cierto que el panorama de futuro estaba muy condicionado por el modelo de gestión llevado a cabo y por  su crítico balance desde el punto de vista económico. El asesoramiento legal prestado por Juan Barco y Teodoro Primo ayudó muchísimo a afrontar una situación grave en todos los sentidos. Basta remitirse además a las comprobaciones y cálculos efectuados por el concurso voluntario de acreedores, que necesariamente hubo que presentar, y admitido a trámite el 26 de octubre de 2006. Sus datos lo reflejaron inequívocamente, y así constan en los juzgados.  Por fortuna la salida a la catástrofe pudo ser paliada temporalmente merced a la absorción efectuada por Gráficas Simancas, en la que jugó un gran papel el empeño mostrado por Ricardo Sainz para mantener viva la llama de un proyecto editorial tan arraigado. Fue, con todo,  una salida efímera, que pronto se enfrentó a las circunstancias de esa crisis global que tanta mella ha hecho sobre la cultura en general. A la postre, sobrevino el desastre presagiado y el peor de los riesgos: la posible desaparición de un catálogo de publicaciones tan laboriosamente fraguado.
            De ello fui informado en octubre de 2014 por el administrador concursal encargado de gestionar la crisis de Gráficas Simancas, Oscar Nieto, cuya diligencia y eficacia han sido decisivas. De no mediar ofertas dispuestas a hacerse cargo del fondo, sería destruido como papel: eso me dijo en la reunión celebrada el día 2 de ese mes. Y entonces no las había. Era preciso evitar que sucediera. Muchos han sido los pasos, algunos fallidos, dados en ese sentido en los últimos meses.  Lo creí perdido para siempre hasta que la gestión realizada con el alcalde de Villalar de los Comuneros, Luis Alonso Laguna, ha cumplido el objetivo deseado: asume el compromiso de preservar el mantenimiento de  una colección de todos los títulos disponibles como depósito esencial de una Biblioteca sobre Castilla y León, ubicada en la simbólica villa comunera.  Y lo hace una vez efectuado el inventario y llevada a cabo su adquisición por Maximiano San José, propietario de la librería Maxtor de Valladolid, con vistas a su comercialización y como proveedor de la parte que ha de nutrir la dotación con destino a la Biblioteca de Villalar.   


            Zarapicos (Salamanca). En esta casa se celebró la reunión fundacional del proyecto editorial comentado


Con la conciencia de que el legado de Ámbito quedaba, al fin, asegurado, decidí hace unos días viajar a Zarapicos. Deseaba visitar de nuevo la casa de José Luis Martín y observar su estado actual. Mientras me acercaba a ella, la soledad de las calles era absoluta. Ni un alma. Aunque la casa está cerrada, asomarse al porche, invadido por la vegetación, abandonado  y silente,  permitía evocar  aquella tarde de primavera en la que, treinta y cuatro años antes,  un grupo de amigos nos reunimos allí con el convencimiento de acometer una iniciativa cultural que iba a ser beneficiosa para una Comunidad Autónoma en la que todo estaba por construir.