3 de junio de 2018

Aprender a mirar la ciudad





El Norte de Castilla, 3 de junio de 2018


Tomo este título de la idea lanzada por Miguel Ángel Fonseca en una conferencia impartida no hace mucho, junto a Luis Mingo, sobre la Plaza Mayor de Valladolid. De buenos arquitectos como éstos siempre se obtienen aprovechables lecciones y oportunas sugerencias. Entre otras, me ratifican en la que desde hace mucho tiempo practico habitualmente como una costumbre heredada de mi maestro y gracias a la cual he conseguido acumular tantas experiencias como sorpresas en numerosas ciudades. Consiste en hacerse con ellas mediante la andada vigilante para apropiarse intelectualmente de su imagen y de la variedad de los elementos que las componen; o, lo que es lo mismo, de adentrarse en los múltiples recovecos, detalles e insinuaciones callejeras que la ciudad ofrece a la mirada curiosa del observador. El ejercicio de esta tarea, que tiene a su favor el aprovechamiento de las posibilidades que brinda la libertad para orientarla en la dirección apetecida, precisa de un esfuerzo previo de aproximación a  lo que se va a ver, a fin de comprenderlo y asimilarlo adecuadamente. Es ncesario partir de una idea previa de lo que se quiere descubrir, pues todos los espacios presentan singularidades que solo la mirada directa y detallada puede comprender en toda su pluralidad de matices.

            Y es que acercarse al conocimiento de una ciudad precisa de algo más que el mero voluntarismo de lograrlo. El requisito, sin embargo, no es complicado. Basta simplemente con percibir de antemano sus rasgos esenciales, a saber, la localización, los fundamentos históricos que la identifican y su dimensión demográfica. Sobre la base de estos tres aspectos, la indagación voluntaria y discrecional permite encauzar la sensibilidad y hacer mucho más ilustrativa la experiencia hasta enraizarla en la memoria. Representa descubrir realidades nuevas, muchas veces ignoradas, y experimentar la grata sensación que tiene el escrutador cuando se halla ante lo que no espera, para integrarlo en la propia vivencia y, si llegase el caso, poderlo transmitir como desee. Son muchas las referencias y las señales que los itinerarios urbanos procuran, ya que en ellos, como señala Muñoz Molina, las preocupaciones y las obsesiones se disuelven en la observación incesante. De ahí que, cuando uno siente el deseo de asumir  la realidad que potencialmente se abre a la curiosidad de su mirada, dos son las principales sensaciones que experimenta.

            Por un lado, el recorrido trae consigo la ampliación de los “mapas mentales” que cada cual posee de antemano. El mapa mental está construido en este caso a partir de la idea que se tiene de la ciudad en función de los escenarios más acostumbrados en los que se desenvuelve la vida cotidiana. Por lo general, son espacios limitados y con frecuencia simplificados por la costumbre, pues en principio su configuración está delimitada por los hábitos de relación más rutinarios. De ahí que, cuando la vista se abre a otros escenarios, el observador se da cuenta de que existen marcos de convivencia que ha de enjuiciar como complementarios al suyo. Merced a ello la cartografía personal se embarnece y, lo que es más importante, incorpora elementos sin los cuales el propio campo de consideración vital del ciudadano no podría ser entendido. 

            Y, por otro, cuando el caminante deambula por la ciudad cobra conciencia de otro de los aspectos más estimulantes que nutren su percepción crítica del espacio: la apreciación del significado de los contrastes, la estimación de lo mucho que la diferencia significa en la estructura de los elementos – espaciales, económicos y sociales - que la integran. La idea de uniformidad carece de sentido cuando la mirada se detiene en sus recorridos para percatarse de hasta qué punto la variedad prevalece como rasgo dominante. Diferencias drásticas en la arquitectura, en el tratamiento y situación de los edificios de valor histórico, en la tipología de las calles, en la ordenación de las perspectivas, en la simbología de los reclamos publicitarios, en la densidad de los desplazamientos humanos que en ellas se producen, en la relevancia, calidad y uso de los espacios públicos, en los sonidos envolventes. En esta aproximación a la interpretación de la diversidad urbana reviste gran importancia también la tipología ofrecida por los establecimientos comerciales, habida cuenta de que el comercio constituye una de las principales señas de identidad de las ciudades. Detenerse en este aspecto permite valorar la envergadura de las transformaciones experimentadas y las causas que las provocan ya que se trata de la actividad que mayor metamorfosis experimenta en periodos de tiempo muy breves, en los que la sustitución morfológica y estética ha coincidido con la reconversión o el cierre de numerosos locales, que hoy acusan los efectos demoledores a los que se ha visto sometido el llamado comercio de proximidad.

            Y, del mismo modo, es evidente que las ciudades no pueden concebirse sin sus periferias, sin esos ámbitos en los que se plasma el crecimiento difuso, abierto a numerosas modalidades y estrategias de expansión. Francisco Candel escribió  en los años sesenta una obra que marcó una época y una forma de interpretar los márgenes urbanos. Habló de allí “donde la ciudad cambia su nombre”. Aunque las tendencias actuales ofrecen hoy matices respecto a aquella apreciación, no cabe duda de que captar lo que sucede en ese mundo que habitualmente no se ve, tan repleto de contradicciones y a veces de sobresaltos, supone una incitación a las averiguaciones patentes que no debiera eludirse si se pretende ser fiel al objetivo global perseguido.  

            Por todo ello, observar la ciudad es una lección de primer orden, que nadie debe subestimar. Una poderosa lección de ciudadanía activa. Ayuda a valorar fenómenos esenciales de nuestro tiempo y aporta visiones que reavivan permanentemente la curiosidad de quien se empeña en tenerlas. Las ciudades son libros abiertos, que hay que leer poco a poco, y que releer también, pues el paso del tiempo introduce correcciones y somete a revisión lo ya aprendido. Son laboratorios de experimentación de políticas públicas que someten a valoración la calidad de las decisiones de quienes las gobiernan al tiempo que enriquecen la visión comparativa de la realidad. De ahí su enorme valor formativo, cultural y político. En definitiva, aprender a mirar las ciudades nos hace ser conscientemente críticos del mundo y de la sociedad en los que nos ha tocado vivir.  
                      

15 de mayo de 2018

Mayo del 68: la toma de conciencia sobre un mundo que cambiaba






El Norte de Castilla, 15 mayo 2018



Lejos de diluir el significado de los recuerdos impactantes, el paso del tiempo permite valorarlos con mayor rigor y clarividencia. De hecho, su importancia en un momento determinado de la vida, y precisamente porque en cierta medida contribuyeron a modificarla, los convierte en vivencias inolvidables, de las que uno no acabará nunca de desprenderse. De ahí que, cuando se dispone de la suficiente perspectiva, superadas ya las parcialidades de juicio a que a menudo suelen conducir los momentos de tensión, la reflexión se serena y calibra mucho mejor la pluralidad de matices que la experiencia proporciona. Medio siglo ha transcurrido ya de todo aquello.

            Para muchas personas de mi generación, en una época en la que ya nos situábamos en la veintena de la edad y el entorno universitario brindaba la posibilidad de  apertura a nuevas sensibilidades, los sucesos ocurridos en París, y en otras ciudades francesas, durante los meses de Mayo y Junio de 1968, supusieron un momento clave del siglo XX, por lo que tenían de transformación social y de toma de conciencia de un fenómeno histórico excepcional. Quizá no lo fuera de forma inmediata, dadas las condiciones políticas en las que aún se encontraba España, pero sí lo fue a medio plazo, pues, aunque se asumía el retraso con que en nuestro país tenían lugar los acontecimientos de cambio que comenzaban a perturbar los pilares de la realidad europea, la mayoría era consciente de que tarde o temprano esos vientos iban a rebasar los baluartes que hasta entonces los habían dificultado hasta hacerlos desaparecer.

            En principio, no fue fácil, ni quizá posible ni deseado, sustraerse a los señuelos que fluían de allende los Pirineos. Más bien apetecía sentirlos próximos. El conocimiento preferente de la lengua francesa y una cierta admiración por las diversas manifestaciones de su riqueza cultural hicieron sin duda más permeables las imágenes que ninguna censura podía contener. La televisión, aún en blanco y negro, contribuyó a ello en gran medida. No importaban los mensajes críticos y catastrofistas con los que habitualmente se acompañaba en los medios españoles la presentación de los hechos ocurridos. Bastaba con apagar la voz  y centrar la mirada en la imagen trepidante. La verdad es que no siempre era posible descifrarlos correctamente desde la visión con que se había imbuido la educación recibida en las aulas de la época. Sin embargo, por inusuales y sorprendentes, fueron referencias visuales que llamaban mucho la atención, obligando, más que invitando, a su conocimiento e interpretación.

            En un ambiente de dictadura y manipulación informativa como el que entonces envolvía a la sociedad española aquellos acontecimientos hicieron mella en los ciudadanos de manera al principio más bien individualizada para ir cobrando fuerza en grupos reducidos en los que la comunicación y el ambiente  propiciaban el encuentro, hasta conseguir que los sucesos del Mayo francés tuvieran un efecto catalizador de las sensibilidades compartidas. Fue, a mi modo de ver, un proceso que fue creciendo a medida que los afanes particulares confluían en entornos favorables en los que encontraban acomodo y confiada desenvoltura. Al menos, esa fue la experiencia que yo tuve de acercamiento curioso a cuanto ocurría en las calles de París. Fue una vivencia personal que tal vez sirva para traer a colación algunos de los espacios interesantes que en ese momento afloraron en Valladolid, al socaire de aquellas circunstancias. Lozanos en la memoria sobreviven en mí los recuerdos acumulados del espacio surgido en el Colegio Mayor de Santa Cruz, donde confluyeron personas y situaciones que durante un tiempo hicieron posible satisfacer la curiosidad e interpretar, con mayor o menor acierto, lo que iba sucediendo. En ese recinto se dieron cita la inteligencia de José Ortega Valcárcel, la francofilia crítica de Ricardo Martín Valls, la lucidez de José Luis Barrigón, cuando aparecía por allí, y las reflexiones autorizadas y a mesa puesta de dos periodistas singulares, con gran conocimiento de lo que acontecía en Europa. Se trataba de José Antonio Novais, corresponsal de “Le Monde”, invitado a dar varias conferencias sobre el tema, y de Walter Haubrich, que desde 1968 ejerció como corresponsal en España del “Frankfurter Allgemeine Zeitung”, y que durante aquella primavera residió en el Santa Cruz. Fueron encuentros memorables, largas tertulias, comentarios sobre lo que la prensa decía, discusiones sin guión previo, siempre alentadas por las noticias que llegaban de Francia y que acabaron desplazando a las imágenes, porque, en esencia, de lo que se trataba era de valorar su significado y sus implicaciones en aquella etapa tan crucial de la Historia del mundo y, particularmente, de Europa.

            Y lo cierto es que las lecciones aprendidas no fueron baladíes. Muy pronto muchos españoles, aproximados al fenómeno francés cada cual a su modo, se percataron de que Mayo del 68, y más allá de sus contradicciones, abrió ventanas que hasta entonces habían estado cerradas o apenas entreabiertas. Descubrió nuevos horizontes, alentó los debates en los lugares más insospechados y puso al descubierto las carencias de que adolecíamos en España. Supuso, en fin, un cambio cualitativo en la percepción de la política y de la realidad social, así como en el reconocimiento del papel desempeñado por la libertad de pensamiento y de opción ideológica. Por eso, cuando al año siguiente, y ante la prohibición de celebrar en Valladolid un recital de Paco Ibáñez, un grupo de estudiantes nos desplazamos en autobuses a Palencia, donde el acto sí fue autorizado, para oír, musicalizados, los versos de Gabriel Celaya, de Blas de Otero o de Miguel Hernández, todos sentimos que desde ese Mayo emblemático ya nada sería igual que antes. Por cierto, la autorización del recital estaba condicionada a que fuese un acto académico, en el que había que impartir una conferencia. El geógrafo José Ortega Valcárcel fue el encargado de hablar sobre “los paisajes españoles” y de presentar a Paco Ibáñez. Con mayor o menor optimismo, éramos conscientes de que poco a poco también comenzaba la primavera en Valladolid.


 

22 de abril de 2018

Internet, lucha contra la despoblación y desarrollo territorial




El Norte de Castilla, 21 de abril de 2018


 
            Abordar el problema de la despoblación en las áreas rurales se ha convertido en un tema tan reiterado en la estimación de la importancia que tiene como impreciso cuando se trata de acometer medidas encaminadas a su resolución. Observo que, pese a la relevancia que se le otorga, no son aisladas las voces que admiten, con resignación o sin ella, que hay que asumirlo como uno de los efectos ineludibles del signo de los tiempos a favor de la concentración demográfica en áreas urbanas, por más que en una parte significativa de éstas sean también perceptibles los síntomas de la crisis poblacional en que se hallan sumidas las sociedades en Europa. Es probable que, ante este hecho, estemos asistiendo a una modificación de las reflexiones que han encauzado hasta ahora el sentido del debate, a medida que adquiere una dimensión global, asociada a los efectos provocados por la concatenación de los diversos factores a los que atribuir la crisis demográfica detectada en la segunda década del siglo XXI y particularmente a raíz de la crisis desencadenada en 2007. Basta leer el excelente análisis realizado por los geógrafos José María Delgado y Luis Carlos Martínez (Población, Demografía e Inmigración, Consejo Económico y Social de Castilla y León, 2017) para valorar en toda su dimensión, tanto cronológica como espacial, la magnitud del fenómeno a escala nacional y regional.

            Enfrentados a esta perspectiva, y reconociendo que se trata de uno de los más importantes desafíos que ponen a prueba el sentido de la eficacia y la equidad de las políticas públicas y de quienes las gestionan, la cuestión estriba fundamentalmente en valorar el alcance de los instrumentos concebidos para dar respuesta a la regresividad de la tendencia o, mejor aún, para neutralizarla. A la vista de los resultados obtenidos, las estrategias adoptadas en esta dirección han quedado muy lejos de las pretensiones previstas, cuando no se han visto clamorosamente frustradas. Nadie ha justificado hasta ahora el rotundo fracaso de la Ley de Desarrollo Rural Sostenible de 2007, al parecer definitivamente relegada al baúl de los recuerdos. Tampoco se sabe nada de las cincuenta medidas lanzadas a bombo y platillo para luchar contra la despoblación por la Comisión de Entidades Locales del Senado en 2016. Y, por lo que respecta a Castilla y León, ya me he hecho eco en numerosas ocasiones de la sensación de impotencia que provoca la congelación a que se encuentra sometida la aplicación de los métodos y el cumplimiento de los objetivos previstos en las normas relativas a la ordenación integral de su vasto y contrastado territorio. Da la impresión de que en el tratamiento del problema las líneas de actuación que se proclaman, a menudo tan enfáticamente, están caracterizadas por un proceso reiterado en función del cual a la propuesta de iniciativa sucede de inmediato la dilación o el abandono de su puesta en práctica. Dicho de otro modo, nunca ha existido la correspondencia lógica que debiera haber entre la orientación estratégica preconizada y la voluntad de implementarla.

            Es bien sabido que el debilitamiento demográfico de un territorio solo se afronta satisfactoriamente creando las condiciones que disuadan del abandono por parte de quienes residen en él. También la experiencia avala la necesidad de que estas condiciones se encuentren bien complementadas desde el punto de vista económico y social.  De su conjunción dependen las políticas de vitalización demográfica. Las económicas tienen que ver con la posibilidad de empleo y de crecimiento en un contexto de diversificación productiva y de respaldo a la capacidad de iniciativa individual y de grupo. Y las sociales con la existencia de un entorno de confianza, de realización personal y de relación satisfactoria. 

            Si hasta el momento las grandes actuaciones encaminadas a corregir la despoblación se han mostrado fallidas, postergadas o claramente insuficientes... ¿qué importancia cabría asignar a aquellas actuaciones susceptibles de favorecer el aprovechamiento de las posibilidades asociadas a la eliminación de los desequilibrios qué estructuralmente han impedido a amplias áreas del territorio estar debidamente integradas en la sociedad del conocimiento y la información, soportada y estructurada a través de Internet? Y es que, ante la constatación incuestionable de que la mejora de la conectividad virtual permite la difusión del crecimiento y la minoración de los costes tradicionalmente determinados por la distancia, no es difícil llegar a la conclusión de que esforzarse de manera prioritaria en la configuración equitativa y eficiente de esta dotación básica constituye un requisito primordial sobre el que proyectar cuantas medidas adicionales pudieran materializarse de acuerdo con las convincentes lecciones extraídas de la experiencia comparada en escenarios europeos afectados por la desvitalización demográfica o poblacional. 

            Conviene traer a colación este hecho tras la declaración efectuada por el presidente del Gobierno español el 20 de marzo de 2018, cuando afirmó en la ciudad de Teruel que la totalidad de los municipios españoles tendrá conexión de banda ancha antes de 2021 a una velocidad de 300 megas por segundo, con una cobertura que afectaría al 95 por 100 de la población. Se habló entonces de una inversión de 525 millones de euros. No es una iniciativa que deba sorprender, pues ya estaba contemplada como una de las directrices esenciales de la Estrategia Territorial Europea (1999) y la propia Agenda Digital Europea ha fijado el año 2020 como el horizonte temporal  para que todos los ciudadanos de la Unión, residan donde residan,  tengan acceso a conexiones de esta entidad. Y, aunque, en virtud de la experiencia adquirida, el escepticismo parece de momento la actitud más aconsejable, observando además la poca atención que al tema se dedica en el  proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado 2018, habrá que estar atentos a la aplicación de esta importante iniciativa, a sabiendas de que quizá se trate de la (pen)última esperanza.




23 de marzo de 2018

Importancia, valor y utilidad de la formación humanística



Norte de Castilla, 21 marzo 2018



Dedico este artículo a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, que acaba de conmemorar su primer centenario (1917-2017)


Los debates sobre la educación siempre estarán presentes en el panorama político. Por más que la voluntad de acuerdo parezca pertinente y necesaria en torno a un tema de tanta trascendencia, e incluso llegue a cristalizar en grandes compromisos asumidos desde la diversidad ideológica, las posiciones que en torno a él puedan suscitarse tienden a la controversia, al contraste de perspectivas, a la apertura de ese amplio abanico de opciones que tratan de orientar los métodos en función de los objetivos, como corresponde a las exigencias derivadas de la estrategia de adaptación permanente a los cambios del entorno en el que se desenvuelven las sociedades contemporáneas. De ahí que, cuando se analizan las potencialidades de un determinado espacio y de quienes en él residen para afrontar los retos que ese entorno cambiante impone, los valores relacionados con su capacidad formativa desempeñan necesariamente un papel esencial.

            Ahora bien, a la hora de estimar el alcance y la dimensión de dichos valores conviene discernir claramente cuáles son las causas que explican los procesos de transformación económica, social y territorial a fin de analizar con el necesario rigor y mirada prospectiva los rumbos más adecuados de modo que las directrices formativas, asociadas al desarrollo de las habilidades y a la mejora del conocimiento, ofrezcan a sus destinatarios las garantías adecuadas de adaptabilidad, eficiencia y equidad. Tales objetivos, cuya satisfacción redunda satisfactoriamente en la cualificación del trabajo y en el desarrollo de la sociedad y del territorio donde se alcanzan, no son ajenos a los desafíos impuestos por los grandes factores que, en función de las premisas impuestas por la globalización y los impactos de la crisis, han contribuido a modelar las organizaciones contemporáneas, tanto en el campo de la industria como de los servicios. Y es que en los últimos veinte años, el panorama mundial ha trastocado completamente las lógicas de funcionamiento del sistema, con el consiguiente impacto en las exigencias formativas.

            Los análisis empíricos realizados sobre la base de la perspectiva temporal de que actualmente se dispone son insistentes a la hora de resaltar la importancia adquirida por las pautas de comportamiento que tienen que ver con los espectaculares avances de la movilidad, entendida en su dimensión más amplia y en todas sus manifestaciones. La movilidad, esto es, la ausencia de rigidez en las pautas de actuación, se percibe como el factor principal de transformación global, ya que repercute sobre los flujos laborales, sobre la localización de las empresas, sobre las relaciones intersectoriales, sobre los niveles de satisfacción de la ciudadanía, sobre la calidad de los servicios, sobre la competitividad de las actividades y, lo que no es menos importante, sobre las capacidades del espacio para rentabilizarla en un contexto geográfico fuertemente concurrencial. Al amparo de la falta de restricciones a la movilidad y, por tanto, de la relevancia asignada a los procedimientos de evaluación y prospectiva, nuevas competencias se imponen  como forma de asumir el complejo abanico de responsabilidades a que obliga la magnitud de dicha metamorfosis.

            Si es evidente que todo ello se corresponde con la consolidación de un escenario en el que las tecnologías de la información y la comunicación  cobran un predicamento tan vigoroso y generalizado como irreversible, la cuestión se plantea a partir de la orientación que ello imprime en términos formativos, particularmente de acuerdo con la importancia asignada a un principio básico que redefine los conocimientos teóricos adquiridos y su dimensión aplicada. Me refiero concretamente al significado que como principio de cualificación profesional adquieren la formación polivalente, la adaptabilidad y el desarrollo de las competencias cognitivas no rutinarias. Si ambas tendencias han de ser interpretadas como la manifestación explícita de los cambios inducidos por las innovaciones tecnológicas y las que derivan del tratamiento masivo de la información, no es menos cierto que su proyección práctica cobra una dimensión mucho más efectiva cuando se robustece con el caudal de conocimientos que emanan de la correcta interpretación de la realidad mediante la incorporación del enfoque humanístico, frente a la visión injustamente simplificadora con que a veces se interpreta.

            Es así como aparece plenamente justificada, máxime cuando sus beneficios con claramente perceptibles en numerosas experiencias, la necesidad de una formación integral en la que los saberes identificados con la categoría genérica de Humanidades ocupen el papel relevante que ha de corresponderles en un mundo sensible a las exigencias propias de una sociedad compleja y pluridimensional. Una sociedad en la que los mecanismos de preparación polivalente en los diferentes niveles educativos no permanezcan al margen de la adquisición de competencias básicas, como son las relacionadas con el fortalecimiento del espíritu crítico, con la valoración del significado de la dimensión espacio-temporal de los fenómenos, con la sensibilidad que implica el reconocimiento de las diferencias, con la toma de conciencia de las dinámicas sociales y de los derechos humanos, con el acercamiento a las múltiples opciones de enriquecimiento personal que ofrecen la cultura, el patrimonio, la correcta utilización del lenguaje o la evolución del pensamiento, por citar las más significativas. Vistas de esta manera, no son planteamientos desfasados sino la expresión de un propósito fecundo de sintonía con el signo de los tiempos, que enriquece la formación al tiempo que la hace más competitiva y hasta rentable. Y además es lo que permite afrontar “los peligros del populismo tecnológico”, que denuncia Franklin Foer en “Un mundo sin ideas” (Paidos, 2017). 

23 de enero de 2018

Ordenar el territorio: "una ardiente obligación"


El Norte de Castilla, 23 enero 2018




Con esta expresión – “une ardente obligation” – el presidente de la República Francesa, Charles De Gaulle, definió con contundencia lo que significaba la ordenación del territorio en Francia a comienzos de los años sesenta del siglo XX, anticipándose a los grandes cambios que se preveían en un país abierto a una etapa de crecimiento y  a intensas reestructuraciones socio-demográficas, económicas y culturales. Una corriente similar impregnó al tiempo la voluntad política en otros países de la Europa Occidental, de modo que en la cultura ciudadana e institucional cobró fuerza la idea de que las actuaciones que modelan y organizan la realidad espacial no deben quedar supeditadas a la lógica selectiva de los comportamientos del mercado, y a sus impactos ambientalmente regresivos, sino ajustadas a unas pautas racionales de intervención, concebidas a largo plazo, coherentes con los principios de preservación de las cualidades paisajísticas y patrimoniales y de acuerdo con criterios de sostenibilidad que a su vez se apoyaban en la pretensión de que la eficiencia y la equidad fuesen opciones compatibles en el desarrollo integral del territorio.

            Contemplada de manera explícita esta noción en el Artículo 148.3 de la Constitución española y aprobada en Torremolinos (1983) la Carta Europea de la Ordenación del Territorio, promovida por el Consejo de Europa, las Comunidades Autónomas emprendieron en los años ochenta un ambicioso y generalizado proceso regulador con este fin. Un proceso que se plasmó en el prolijo arsenal de Leyes, Reglamentos y demás disposiciones que conforman en España la vasta panoplia de directrices encaminadas a la ordenación del territorio al amparo de las competencias asignadas a las Comunidades Autónomas, que hacen uso de ellas haciendo suyas al propio tiempo las Leyes básicas del Estado en la materia y las pautas que derivan de las Directivas de la Unión Europea.

            Con la perspectiva temporal ya disponible y a partir de la valoración de los resultados obtenidos, no es aventurado afirmar que la experiencia asociada a la pretensión de una ordenación coherente del territorio en España se traduce en una ostensible frustración. Numerosos son los elementos de juicio que así lo ratifican. Basta constatar, entre otros, el alcance los incumplimientos de los objetivos previstos en las leyes, las dilaciones en la puesta en práctica de los mecanismos que los hagan posible, las contradicciones entre lo deseable y lo que finalmente ocurre, la sustitución en la práctica de las medidas planteadas con largo horizonte por las que, en cambio, ofrecen un perfil cortoplacista al margen de las implicaciones que hacia el futuro pudieran generar. En suma, la supeditación de las calidades del territorio a los objetivos de los intereses que de él se aprovechan ha definido, con rasgos en ocasiones escandalosos, muchas de las prácticas de intervención que con harta frecuencia han cristalizado en la configuración de un país profundamente alterado desde el punto de vista paisajístico y urbanístico, debido a las agresiones de que han sido objeto muchos de sus elementos patrimoniales - naturales y culturales – más valiosos.


            El empobrecimiento estético que ello ha traído consigo se revela las más de las veces como un legado difícilmente reversible. Mas el problema no reside solo en la comprobación de estos efectos, muchos de los cuales han sido ya objeto de un inventario escalofriante – “las ruinas modernas” o “la topografía del lucro” en España, descritas por Schulz-Dornburg - sino en el elevado nivel de desatención mostrado por la mayoría de la sociedad. Pese a las enormes implicaciones económicas y sociales que tiene, no es un tema presente en el debate político. Nadie en el panorama institucional habla de ello e incluso es fácil verificar su ausencia o debilidad en los programas de las distintas fuerzas en liza. Da la impresión de que deliberadamente se evita para no incurrir en compromisos cuyo cumplimiento podría provocar, llegado el caso, una posición incómoda. 

            Y, sin embargo, su trascendencia está fuera de toda duda. De ahí que, desde el escenario en el que esta reflexión se plantea, es decir, la Comunidad Autónoma de Castilla y León, cobre fuerza el argumento favorable en pro de la toma de conciencia de lo que una buena, equilibrada y proactiva ordenación del territorio pueda suponer para el ámbito regional que nos ocupa. Y hay que plantearlo desde la perspectiva que lo interpreta como la región europea en la que mayor número de desafíos, ambivalencias y contradicciones se plantean en este sentido. Por su magnitud superficial, por la complejidad y diversidad de sus rasgos ecológicos, por las características del poblamiento, por las críticas tendencias demográficas que la definen, por la diversidad, importancia y vulnerabilidad de sus elementos patrimoniales, por su situación estratégica…Castilla y León adquiere la dimensión de un espacio experimental muy relevante a escala de la Unión Europea o, al menos, de los marcos territoriales con los que es equiparable. 
 
        Se reafirma así su expresividad desde el punto de vista comparativo para el despliegue de actuaciones encaminadas en la doble dirección que conlleva, por un lado, la voluntad de corrección de sus riesgos y situaciones disfuncionales; y, por otro, el aprovechamiento de sus potencialidades, intrínsecas y exógenas, al amparo de los criterios que aparecen bien definidos, a mi juicio, en los instrumentos legales de los que la Comunidad se ha dotado a lo largo del tiempo. Pues no hay que ignorar que tanto la Ley de 1998, pese a las decepciones y flagrantes omisiones que ha deparado su aplicación, como la aprobada en 2013, aún por llevar a la práctica, son normas que personalmente considero muy aprovechables. Sorprende, sin embargo, el impasse a que se hayan sometidas. Y, aunque bien es cierto que son susceptibles de acomodación flexible a la hora de su puesta en práctica, no cabe duda que el futuro de Castilla y León, a la vista de la situación en que se encuentra, pasa necesariamente por la materialización de la voluntad que haga posible la Ordenación efectiva de su territorio asumiendo, con pretensión formativa de la sociedad regional y al tiempo ejemplificadora más allá de sus límites administrativos, lo que esto significa sobre la base de una normativa que se halla irresponsablemente en injustificada hibernación.  

29 de octubre de 2017

Cataluña, imprescindible




Este artículo fue publicado en la edición de El Norte de Castilla del 28 de octubre de 2017, un día después de que el Parlament de Catalunya aprobase por 70 votos de sus 135 miembros una resolución (ilegal) por la que se insta al Govern a la aplicación de los mecanismos encaminados a la puesta en marcha de la independencia de la Comunidad Autónoma como república independiente de acuerdo con una llamada Ley de Transitoriedad, suspendida por el Tribunal Constitucional de España. No fue, por tanto, una declaración de independencia legal ni ha obtenido reconocimiento internacional alguno, pero sí representa una fecha clave en la Historia de España, que atañe decisivamente al futuro del Estado español y a la convivencia entre los españoles. De ahí la necesidad de reflexionar sobre ello:




Las sensibilidades personales se nutren y construyen a partir de las experiencias que la vida depara a lo largo del tiempo en las relaciones con los demás.  Forma parte de un proceso de enriquecimiento gradual de la personalidad que resulta indisociable de las referencias acumuladas a través del encuentro y de la confluencia de sensibilidades, al principio descubiertas y posteriormente compartidas en un juego de reciprocidad creativa que trata de sobrevivir a las circunstancias y a los factores de alteración o distorsión que eventualmente pudieran surgir sin estar previstos de antemano.


            Vienen a cuento estas consideraciones al constatar la importancia que seguramente para muchos españoles han tenido, de una u otra manera, los vínculos mantenidos con Cataluña y quienes residen en ella. La tierra que vio nacer, entre otros, a Salvador Espriu, a Jaume Vicens Vives, a Pau Vila o Isabel Coixet ha ejercido ese papel que el geógrafo Roger Brunet ha calificado, desde su atalaya mediterránea de Montpellier, como “espacio de polarización permanente de flujos multidimensionales”, o, más simplemente, como ámbito al que acudir para satisfacer las apetencias que, en general, se identifican con aquellas opciones de relación susceptibles de proporcionar resultados beneficiosos e interesantes. La verdad es que pocas comunidades como la catalana han desempeñado de forma tan reiterada como masiva esta función en la España integrada que entre todos hemos configurado y sostenido.


            Y no ha sido este atractivo un baluarte apoyado en los distintivos que el nacionalismo ha tratado, selectivamente, de impulsar como fundamento de una carrera conducente a la secesión, sino, por el contrario, lo han sido aquellos valores que resaltan la dimensión universalista y cosmopolita de cuanto se hace, escribe y produce la sociedad catalana. En ellos reside su principal virtualidad, el engarce de elementos y valores que conducen la mirada hacia las tierras nordestinas de la Península ibérica en mayor medida que las orientadas en otras direcciones. Y en este sentido, no es sorprendente recordar cómo, a medida que se tramaba en España el modelo autonómico, las querencias principales repudiaban cuanto sucedía en Madrid, ciudad estigmatizada durante décadas por el centralismo,  para canalizarse prioritariamente hacia los territorios cuyas identidades eran valoradas como signos de progreso, de admiración y de libertad, y en los que muchos de fuera queríamos vernos reflejados. Las calles del país se llenaron durante bastante tiempo con los clamores que reivindicaban Estatutos de Autonomía, particularmente ejemplificados en el de Cataluña, de donde provenían al tiempo, y mientras se celebraba la recuperación de la Generalitat y el regreso de Josep Tarradellas,  las canciones – ay, l' estaca, hoy degradada e inservible,  de Lluis Llach – que, convertidas en símbolos casi mitificados, ejemplificaban en la región articulada en torno a Barcelona  la quintaesencia de la conquista de las libertades en los años inciertos de la Transición.


            Ahora bien, más allá de las actitudes  políticas como expresión de una proximidad y de una solidaridad hacia lo catalán en tiempos convulsos para todos, conviene insistir en aquellos argumentos, sustentados en vivencias, que abundan a favor de lo que significa Cataluña como una realidad de la que resulta muy difícil o, mejor aún, imposible, desprenderse. Y es que, como bien señala Fradera, "la historia del catalanismo es la historia de esta compleja síntesis entre construir el país y definir sus aspiraciones, mientras se participa en el mercado político, administrativo y económico español".  Es obvio que cada cual dispone de una perspectiva propia a partir de la cual extrae los elementos de juicio que le permiten valorar el alcance y el significado de lo que particularmente ha supuesto el contacto con el territorio y la sociedad catalanes. Mas, en cualquier caso, tres aspectos esenciales cobran relevancia en este proceso de valoración. Lo son, en efecto, los que se relacionan con la capacidad empresarial, con la vitalidad cultural y con las posibilidades que derivan de las satisfacciones deparadas por los espacios de acogida, ya ocasionales o permanentes.  

          Sin embargo,  todo ese cúmulo de satisfactorias percepciones, emanadas de un ensamblaje que normalmente ha funcionado bien se ha visto lesionado hasta desembocar  en desavenencias que parecían impensables hace apenas una década. Surge entonces el deseo de encontrar una explicación convincente a la desestructuración de una de las sociedades más dinámicas e innovadoras de España, como ha sido la catalana, sumida hoy en la confrontación, en el insulto, en el rechazo inmisericorde hacia el discrepante. Una sociedad patológicamente fracturada, que se encamina hacia la ruina económica y hacia la marginalidad en el espacio común europeo. El reverso de lo que fue.  proceso que se fragüe en un día, como tampoco lo fue en Euskadi. Se construye a lo largo del tiempo, implacable y destructivo como la gota malaya. El recurso a la tergiversación obsesiva de la historia, al tópico descalificador, al desprecio hacia la diferencia, al rechazo sin precauciones ni restricciones, van creando poco a poco, y sin reversión posible, ese caldo de cultivo que, al fin, cristaliza en el odio sin paliativos hacia "lo español". Es la inoculación gradual del fascismo. Todo, hasta lo nimio y coyuntural, forma parte de un pretexto, todo es aprovechable, para agravar la fisura que no cesa. La identidad como paradigma divisor, la "patria" como refugio exclusivo. Comportamientos reaccionarios, antitéticos del progreso y la solidaridad. Qué hacen los que se dicen de izquierda secundando tanto disparate?

Y, aunque bien es verdad que, por fortuna y a diferencia de Euskadi, la violencia criminal no ha dominado en el espacio catalán, no es menos cierto que las rupturas de la amistad, las disensiones familiares, la pérdida de las confianzas antes construidas, las conversaciones evitadas para no molestar, la prevalencia de la sospecha hacia el que no piensa en clave identitaria como actitud permanente y dogmáticamente asumida, la incapacidad para reconocer que las fronteras lesionan la convivencia, se muestran como legados funestos transmitidos con la velocidad de la pólvora por los aberrantes caminos de irracionalidad hacia los que ha conducido en España, uno de los países más descentralizados del mundo, el nacionalismo de boina y barretina.

          No es un proceso que se fragüe en un día. Se construye desde el poder a lo largo del tiempo, implacable y destructivo como una gota incesante. El recurso a la tergiversación y manipulación obsesivas de la historia, al tópico descalificador, al desprecio hacia la diferencia, al rechazo sin precauciones ni restricciones, van creando poco a poco, y sin reversión posible, ese caldo de cultivo que, al fin, cristaliza en el odio sin paliativos hacia "lo español". Es la inoculación gradual del nacionalismo excluyente. Todo, hasta lo nimio y coyuntural, forma parte de un pretexto, todo es aprovechable, para agravar la fisura creciente. La identidad como paradigma divisor, la "patria" como refugio exclusivo y discriminante. Comportamientos reaccionarios, antitéticos del progreso y la solidaridad. De ahí las rupturas de la amistad, las disensiones familiares, la pérdida de las confianzas antes construidas, las conversaciones evitadas para no molestar, la prevalencia de la sospecha hacia el que no piensa en clave identitaria como actitud permanente y dogmáticamente asumida, la incapacidad para reconocer que las fronteras lesionan la convivencia. Son todos ellos comportamientos que se muestran como legados funestos transmitidos con la velocidad de la pólvora por los aberrantes caminos de irracionalidad hacia los que ha conducido en España, uno de los países más descentralizados del mundo, el nacionalismo que en el caso que nos ocupa ha hecho trizas ese espíritu de apertura, que urge recuperar y restablecer con tacto y firmeza sin más dilación y  que tanto prestigio ha dado a Cataluña en el mundo y que tanto seguimos y seguiremos necesitando.

14 de septiembre de 2017

La Universidad a debate: entre la crítica y la responsabilidad



El Norte de Castilla, 13 septiembre 2017


Si reflexionar sobre la Universidad ha estado siempre justificado, hacerlo en los tiempos que corren se convierte en una aportación indispensable. Por una razón obvia: ninguna Universidad digna de tal nombre puede permanecer indiferente a los efectos comparativos que provoca la globalización de los saberes, tanto en su dimensión educativa como científica, es decir, en los dos pilares indisociables que, enriqueciéndose mutuamente, sustentan la estructura universitaria,  muy transformada en el desempeño de sus funciones por los nuevos métodos aplicados a la generación, transmisión y transferencia del conocimiento. De ahí que, con mirada anticipatoria, no parezca desacertada  la opinión de Gerhard Casper, presidente de la Stanford University, cuando en 2000 afirmó que  “en los inicios del nuevo milenio, la Universidad, como entidad corpórea, no se asemejerá mucho a lo que ha sido hasta hoy, si es que verdaderamente continúa existiendo de forma reconocible”.

            Acreditar las propias posiciones cuando las referencias cualitativas se imponen como criterio discriminante se ha convertido en un objetivo al que ninguna Universidad puede renunciar so pena de caminar hacia la irrelevancia. Por eso, aunque puedan someterse justamente a revisión los indicadores en los que se apoya, la clasificación creada por los rankings internacionales plantea un serio motivo para la reflexión. Pues no se trata de asumir la prelación resultante como algo irrebatible, sino como un revulsivo capaz de motivar una reflexión a fondo en torno a las dos grandes directrices que han de encauzar la trayectoria de una institución que, pese a ser cuestionada en algunos foros no siempre sensibles ni conocedores de la complejidad intrínseca del sistema universitario, resulta fundamental en la cualificación formativa de una sociedad y en el fortalecimiento de sus posibilidades de desarrollo entendidas de manera integrada.

            - La primera tiene que ver con el valor necesariamente asignado a la crítica como herramienta clave en la organización y funcionamiento del sistema y en la toma de decisiones. La crítica y la autocrítica son ineludibles cuando se observa la débil presencia de las Universidades españolas (solo once, todas públicas) en el conjunto de las 500 más destacadas del mundo. Un variopinto argumentario emerge a la hora de significar los factores que han condicionado la situación preocupante en la que desenvuelve el complejo universitario de nuestro país. A las causas que, con una visión coyuntural, inciden en los efectos provocados por la crisis económica y los recortes asociados a ella se suman las que, propiamente estructurales, tienen que ver  con la proliferación de entes universitarios no siempre acomodados en muchos casos a los patrones que identifican los estándares exigibles a una institución de este rango, a la banalizacion de las exigencias formativas que el proceso de Bolonia, tal y como se ha diseñado en España, ha exacerbado, a la infrafinanciacion de las dotaciones presupuestarias o  a los bloqueos aplicados a las políticas de estabilización y rejuvenecimiento de las plantillas. Como tampoco hay que omitir las inercias subsistentes en los comportamientos ante el cambio, a la concepción de algunas iniciativas emprendidas esencialmente como negocio, a la pérdida de confianza en la Universidad por parte de muchos profesionales del sector y, en fin, a ese cúmulo de circunstancias que entorpecen en no pocos casos  su correcta inserción en las pautas que hacen posible la adquisición de posiciones sólidas en un panorama cada vez más exigente en términos de calidad, transparencia, eficacia, competencia, honestidad y solvencia intelectual.

            - En este contexto conviene insistir, por otro lado, en el valor inherente a la  responsabilidad que la Universidad y cuantos la integran deben asumir como institución al servicio de un proyecto integrador de los horizontes a los que se abre la evolución del conocimiento y su proyección competitiva a todas las escalas. Una responsabilidad  estimulada por las potencialidades que en si misma encierra y de las que, dejando de lado las experiencias cuestionables, existen positivos testimonios tanto en la docencia como en la investigación. Si necesaria es la crítica permanente no lo es menos la consideración de las capacidades que proporcionan la libertad de pensamiento, el despliegue de la creatividad para profundizar en las diferentes opciones del saber y la capacidad de iniciativa abierta a un universo de relaciones apoyadas en las ventajas que derivan  de la reciprocidad institucional bien entendida. Son éstas, en esencia, las pautas que identifican el margen de posibilidades que sigue ofreciendo la labor universitaria, y que conviene esgrimir para evitar que el malestar provocado por el deficiente panorama que a veces se percibe llegue a convertirse en un pretexto bajo el que justificar la actitud de desdén a menudo adoptada. El sentido de la responsabilidad implica entender la función universitaria como la expresión de un compromiso individual y colectivo, ligado a la defensa de las premisas del servicio público y, por ende, a los principios de lo que cabría propugnar como una Universidad integral. ¿Y qué es una Universidad integral? Pues aquella que aparece vertebrada en torno a tres ideas esenciales: la plena imbricación entre docencia e investigación, acomodada a los parámetros de calidad internacionalmente reconocidos; la que garantiza una relación estrecha y fecunda, basada en la proximidad y en la sintonía que proporciona – de manera presencial y on line - una voluntad de cualificación compartida, entre el profesor y el alumno; y la que ensambla dentro de su oferta formativa las capacidades que emanan de saberes científico-técnicos y humanísticos, cimentados además en las provechosas complementariedades que entre ellos pudieran establecerse.

 

 

 

11 de agosto de 2017

En las cumbres y al pie de la Peña Amaya




El Norte de Castilla, 11 de agosto de 2017






Siempre nos asombró aquel espacio natural por su belleza, por su espectacularidad y por su incuestionable interés científico. Perspicaz y tesonero como era, Jesús García Fernández, Catedrático de Geografía de la Universidad de Valladolid, y al que considero mi maestro, tuvo muy claro desde los años sesenta que había que descubrir, conocer e interpretar a fondo ese impresionante muestrario de relieves complejos, labrados por el plegamiento, la fractura y la  erosión en las calizas de la Era Secundaria que configuran el sector meridional de la Montaña Cantábrica en las comarcas septentrionales de Burgos y Palencia. A partir de 1966 puso en marcha un innovador programa de cursos de trabajos de campo encaminados a ese fin. Lo hizo sin otra  ayuda que la proporcionada por su esfuerzo, y contando con su capacidad de iniciativa y con la cooperación del equipo que le acompañó en las laboriosas tareas preparatorias y en la realización del curso celebrado siempre durante la primera decena de julio. La organización de estos cursos, con agotadores recorridos desde diferentes lugares de partida - Villarcayo, Aguilar de Campoo, Villadiego, que posteriormente, y hasta su final en 1998, se ampliaron a la villa soriana de San Leonardo para el estudio de formas similares en el tramo burgalés de la Cordillera Ibérica– supuso un notable avance, admitido y destacado científicamente a gran escala, en las investigaciones aplicadas al estudio de la geomorfología estructural en la Península Ibérica. Varias generaciones de geógrafos, procedentes de todo el país, se dieron  cita en unas convocatorias consideradas esenciales para la formación en el conocimiento del paisaje. De aquella experiencia se obtuvieron valiosas aportaciones, plasmadas en las Memorias que anualmente se realizaban, enriquecidas por la gran profusión de gráficos, croquis y textos con que eran presentadas. Merced a ese trabajo fue posible descubrir, analizar y dar a conocer, con el fundamento necesario,  dos espacios naturales de notable relevancia ecológica: las Montañas de Burgos y Las Loras. Numerosos testimonios, bien publicados o inéditos, así lo corroboran.






            Sin embargo, durante mucho tiempo aquellos resultados no obtuvieron el eco y la atención que merecían. A modo de ejemplo, bastaría recordar la anécdota ocurrida en octubre de 2000, cuando García Fernández y yo asistimos en Burgos a una conferencia impartida por el prestigioso economista palentino Enrique  Fuentes Quintana. Al terminar la intervención Fuentes presentó a García Fernández al entonces presidente del gobierno regional, Juan José Lucas Jiménez, que asistió al acto. Puesto que no le conocía, éste le pregunto a qué se dedicaba. Le faltó tiempo al estudioso del territorio para explayarse con cierto detenimiento sobre  el significado de sus trabajos en las montañas que suscitaban su interés. Sin mediar deseo de aclaración alguna por parte de Lucas, sólo planteó una cuestión tan lacónica como sorprendente: “¿y todo eso para qué sirve?” La respuesta de García fue inmediata: “pues para conocer mejor nuestra región; para interpretar y destacar la importancia de sus valores naturales”. No hubo reacción por parte del político regional. Como en el soneto de Cervantes, “miró al soslayo, fuese y no hubo nada”.


            El tiempo transcurrido desde entonces no ha hecho sino ratificar el significado de un espacio singular en el conjunto de los paisajes españoles. Numerosos y convincentes han sido los argumentos utilizados para justificar el marchamo de calidad finalmente concedido en mayo de 2017, cuando la UNESCO otorga al espacio configurado por los relieves que responden a la tipología de  las “loras” (grandes sinclinales colgados, que quedan en realce por desmantelamiento de los anticlinales como consecuencia de la erosión) la condición de Geoparque Mundial, una categoría específica y de excelencia, que se apoya en el reconocimiento de la singularidad paisajística como algo excepcional y digno de ser preservado. Es el primer Geoparque asignado a Castilla y León y el undécimo de los que integran este rango en España. García Fernández no ha llegado a conocerlo (falleció en 2006), pero sí los discípulos que le acompañamos en aquellas aventuras, tan lejanas en el tiempo como presentes en la memoria.






            Por lo que he podido observar, la ilusión y las esperanzas suscitadas por el Geoparque están a la altura de la sociedad encargada de preservarlo y de aprovechar al tiempo sus posibilidades. Se trata de un ámbito conocido, bien estudiado, rigurosamente interpretado en sus componentes esenciales, procesos y transformaciones. Un ámbito geográficamente adscrito a las tendencias características de los espacios de montaña media en un entorno territorial afectado por la despoblación y en el contexto de una economía eminentemente agraria. No se puede calificar de rural profundo, aunque sí presenta los rasgos propios de la ruralidad necesitada de estrategias que faciliten la correcta, efectiva y sostenible utilización de sus recursos. Al amparo de las posibilidades permitidas por una sociedad activa, generadora de ideas y capaz de prefigurar los ejes que han de orientar las decisiones hacia el futuro, no puede pasarse por alto la encomiable iniciativa impulsada por Alberto Saiz Arnaiz, cuando el 15 de julio de 2017 actuó de anfitrión de un encuentro multidisciplinar al que tuve el placer de asistir. Científicos y técnicos de diferentes especialidades, empresarios, responsables públicos con experiencia dilatada, agricultores, estudiosos del patrimonio local y regional se dieron cita para debatir durante una jornada muy intensa sobre la realidad del contexto espacial en el que se inserta el complejo del Geoparque. La reunión tuvo lugar en Villadiego. Previamente al debate, que ocupó la mayor parte de la jornada, se efectuó una visita a la Peña Amaya, lugar emblemático y representativo del espacio natural que motivó el encuentro. Desde la cumbre se divisa un panorama espectacular, una síntesis espléndida del paisaje de las “loras”. Hacía más de treinta años que no lo había visitado. Sentí cercana la presencia del maestro, a sabiendas de lo satisfecho que se hubiera sentido en aquella compañía y entusiasmado ante los desafíos a que se enfrenta ese espacio al fin reconocido como se merece.

           

 

31 de mayo de 2017

La España despoblada. Entre los deseos y la realidad



Castrillo Mota de Judíos (Burgos)


El Norte de Castilla, 31 de mayo de 2017


El interés por el debilitamiento demográfico de los espacios rurales está de moda. En los últimos años el panorama literario se ha enriquecido con obras – algunas de gran éxito editorial - que encuentran en este argumento una motivación para dar a conocer, desde la visión que entrevera el ensayo con  la ficción, las características y las tendencias de una realidad que no pasa desapercibida. Las referencias alusivas al fenómeno de la despoblación son numerosas, las percepciones resultan contundentes cuando el viaje hace suyos esos ámbitos donde el silencio se respira y los comentarios en torno a la soledad en que están sumidos los paisajes emanan del recuerdo y de las vivencias que de ellos se extraen. Lo que sorprende es que esta actitud de sensibilización cobre fuerza y aliente ahora la reflexión cuando del fenómeno hay constancia sobrada desde hace muchísimo tiempo. Numerosos testimonios literarios y científicos así lo atestiguan. Ni es un hecho reciente ni sus manifestaciones deben inducir a la sorpresa. Los análisis sobre la crisis poblacional del campo llenan los anaqueles de las bibliotecas, en las que reposan estudios, informes, pronósticos, debates, opiniones de toda índole. Es una realidad archiconocida, a cuya interpretación la Geografía ha dedicado algunos de sus más destacados afanes, plasmados en  la atención prestada a la investigación de la regresión demográfica en los espacios no urbanos, nutrida de valiosas reflexiones teóricas y metodológicas que mantienen aún su plena vigencia.
            Si el problema es conocido y con creces investigado mucho antes de que suscitara el interés que hoy reviste ¿por qué en la actualidad adquiere tanta resonancia? Me permito acudir a tres razones para explicarlo. La primera tiene que ver con el reconocimiento del territorio, por parte de muchos, como un factor clave en el desarrollo de la cultura social; es decir, se percibe y valora como una realidad cercana, repleta de elementos y referencias que motivan la atención e inducen al descubrimiento de los numerosos e interesantes matices que encierra.  Por otro lado, no es indiferente a esta sensibilidad la constatación de los riesgos y las amenazas a los que se enfrenta,  en el contexto de la despoblación, el patrimonio cultural  localizado en los espacios rurales. Y, finalmente,  influye también la sorprendente proyección mediática alcanzada por el tema, amparada en la atención concedida por los diferentes soportes de comunicación, y que se ha visto reforzada por  los testimonios que desde la literatura han dado prueba fehaciente de una realidad que ofrece tintes dramáticos, provocadores de una atención inexcusable.
            Al amparo de esta toma de conciencia crítica parece razonable  profundizar en las causas a las que obedece la pérdida incesante de población y, sobre todo, valorar la efectividad de las estrategias adoptadas para su corrección ante el escenario de incertidumbre que las condiciona.  Es evidente que la desvitalización demográfica no es sino el resultado de los efectos selectivamente provocados en el espacio por los cambios drásticos del modelo productivo tradicional, responsables directos de los desequilibrios fraguados entre el campo y la ciudad. En esencia, las transformaciones socio-económicas derivadas de la industrialización, de la mecanización de las labores agrícolas y de la diversificación de los servicios han actuado de manera concatenada para explicar  el sesgo demográfico a favor de las ciudades, alimentado por las migraciones procedentes del mundo rural en un proceso de atracción creciente, imposible de neutralizar, acompañado de la racionalización de las tareas de las que anteriormente dependía el mantenimiento de la actividad agraria. A la postre, dicha tendencia, que se ha mantenido invariable a lo largo del tiempo, para hacer mella en los servicios y en la manufactura, ha acabado demostrando su irreversibilidad. El afianzamiento de la ciudad como ámbito primordial de residencia ha calado también en la mentalidad de la población campesina, sin que ello haya supuesto el abandono de las labores agrícolas, merced a la mejora de la movilidad y de las posibilidades de estabilidad económica permitidas por las ayudas a las rentas agrarias procedentes de la Política Agraria de la Unión Europea, con frecuencia utilizadas en fracción nada desdeñable para la realización de inversiones alejadas del entorno rural.
            Contemplado de esta manera, y a tenor de la experiencia contrastada, puede decirse que el fenómeno de la despoblación, definido por el envejecimiento y las “privaciones sensoriales” de que habla Sergio del Molino, admite difícil réplica. Es justo y pertinente preocuparse por ello, respaldar las movilizaciones, los foros  y las actuaciones encaminados a mantener viva la llama a favor de un universo que declina y  no cejar en el empeño en pos de una recuperación cuyos adalides merecen una admiración y un respaldo sin fisuras. Sin embargo, hay que reconocer que no es una tarea sencilla ni permite, valorando las iniciativas puntuales que aportan quienes tratan de contrarrestarlo, perspectivas alentadoras, por más que la lucha a su favor esté plenamente justificada. Entre otras razones, porque no estamos ante una España vacía – pese a todo, la vida se mantiene - sino ante una España reconfigurada definitivamente por la despoblación, que ha dado origen a otras formas de organización del espacio y de la actividad. Y es que contemplarlo en función de los tibios dinamismos observados (utilización por diversas formas de ocio ocasional, reconstrucción de viviendas, producciones artesanales, recuperación de tradiciones, recurso a la historia recreada y al patrimonio como señuelos, etc.) nos lleva a la conclusión de que se trata de un escenario simbólico y representativo de la metamorfosis funcional que ha tenido lugar en el modo de concebir y organizar las relaciones de las sociedades con los espacios, rurales y urbanos, en los que se desenvuelven. Desde esta perspectiva la ruralidad se presenta ya con rasgos muy distintos a los que tradicionalmente – al menos hasta los años sesenta – la habían caracterizado. Es una ruralidad que, envejecida y vulnerable en estos tiempos de distopías, trata de sobrevivir modelada por las pulsiones, las apetencias y los comportamientos urbanos.