3 de mayo de 2016

La deslocalización industrial: riesgos y reacciones


El Norte de Castilla, 3 de mayo de 2016
 
Villalar 2016. Al pie del monolito que recuerda a los Comuneros de Castilla, se oyó la voz de los trabajadores de las fábricas de Lauki y Dulciora, afectadas por la deslocalización.  



La relación entre globalización económica e intensificación de la movilidad espacial de las actividades industriales y de servicios es en nuestros días una tendencia fuera de toda  duda. Las razones que explican la deslocalización productiva responden a los patrones imperantes en los movimientos de capitales y al flexible comportamiento espacial de las empresas en una economía en la que las estrategias ya no aparecen determinadas por la distancia sino por los equilibrios y la competencia interterritorial, responsables de las actuaciones geográficamente discriminatorias en función de las ventajas comparativas y competitivas de cada territorio. Puede decirse además que es en el marco del amplio margen de opciones permitidas por el capitalismo global, y acentuado además en el caso europeo por la ampliación del mercado integrado hacia los países del Este,  como cabe interpretar el alto nivel de versatilidad de que disponen las empresas para modificar sus localizaciones, lo que introduce una perspectiva renovada cuando se trata de analizar en profundidad y con visión de futuro las capacidades productivas de cada espacio en sintonía con los nuevos paradigmas en los que se desenvuelve la actual empresa sin fronteras.

Ante los desafíos de la globalización las empresas se ven inducidas a aplicar medidas de ajuste integral, que van más allá del enfoque que convencionalmente entendía sus objetivos de acuerdo con  su capacidad para fabricar bienes en mercados controlables, estables y regulados. Además este creciente margen de maniobra espacial se acrecienta sobremanera merced a las posibilidades tecnológicas permitidas por la fragmentación de los procesos de producción, por la configuración de poderosas redes de información que racionalizan la toma de decisiones y por la capacidad que tienen las empresas para optimizar a su favor las actividades de I+D+i al utilizarlas de forma integral dadas las complementariedades que se establecen entre los recursos cognitivos disponibles en los diversos países de implantación.

Ahora bien, las tensiones surgidas en el conjunto de los actores susceptibles de verse afectados son considerables, siempre traumáticos, y provocan una sensación de vulnerabilidad que hace tomar conciencia a las sociedades afectadas del nivel de riesgo y de las amenazas a que se enfrentan y de las negativas implicaciones que puede traer consigo este tipo de  iniciativas. La fragilidad frente a la deslocalización deja inermes a los espacios dependientes poniendo en tela juicio los valores y capacidades de que se creía disponer, al mostrarse insuficientes para neutralizar decisiones externas, que privilegian otros ámbitos, situados en la categoría de espacios-rivales con fortalezas difíciles de contrarrestar.

Entendida de manera dual – bien como competencia desleal entre lugares o como algo inherente al comportamiento espacialmente selectivo la inversión  extranjera directa –, las perspectivas que ofrece la deslocalización adquieren una dimensión que repercute de lleno, al tiempo que las pone a prueba,  sobre la naturaleza y  la solidez de las directrices promovidas desde las políticas públicas, por cuanto ante ellas se abre un escenario de posibilidades a recuperar y a la vez de incertidumbre económica y de malestar social que obliga a la autocrítica y  a la introducción de modificaciones en las estructuras y modelos de gestión aplicados a los recursos disponibles, que siempre existen. Entendida como reto, como riesgo o como amenaza, la deslocalización de las empresas industriales y de los puestos de trabajo asociados a ellas obliga necesariamente a introducir una nueva perspectiva institucional en el modo de entender las relaciones entre la acción pública, la sociedad y el territorio. Se justifica así un proceso de reorganización interna de las estrategias de desarrollo, que al tiempo que somete a revisión la propia estructura y articulación del capital territorial afectado y de los elementos sobre los que se sustenta obliga a replantear muchas de las líneas de actuación llevadas a cabo tradicionalmente en consonancia con las pautas  convencionales y rutinarias de la política industrial.
De ahí que el problema planteado por las deslocalizaciones – a las que no permanece ajena la capacidad industrial de Valladolid y de la región –  esté en la  base de un necesario e inaplazable debate que entraña un gran significado político y económico-espacial. No en vano la discusión emerge  al  discernir si las actuaciones deben centrarse meramente en la utilización de instrumentos de ayuda a las empresas o en el relanzamiento de pautas de intervención concebidas al servicio de los actores locales, de modo que los recursos disponibles estimulen la capacidad de iniciativa y contribuyan a crear las condiciones adecuadas para que ésta pueda materializarse en un clima de apoyo y de confianza en el futuro, amparado en las posibilidades de la proximidad, robustecidas además por la conciencia colectiva e integradora de voluntades más o menos dispersas o confrontadas. En este sentido, y a modo de ejemplo, expresamente concebido como un intento de frenar las deslocalizaciones, cabría hacer mención a la ilustrativa experiencia acometida en Francia desde 2004 con el fin de impulsar lo que se interpreta como “una nueva política industrial” – de la que España y la mayor parte de sus Comunidades Autónomas carecen –  articulada sobre la base de los llamados “polos de competitividad, que aplican, dinamizándolos operativamente, los objetivos y las premisas funcionales de los Centros asociados a la innovación, mediante el fortalecimiento de los vínculos nacidos del compromiso entre los agentes empresariales con fuerte compromiso con el territorio, los centros de investigación y los órganos de formación, implicados en programas de cooperación a medio y largo plazo susceptibles de cristalizar en proyectos industriales innovadores y alternativos. Vista así,  la globalización representaría esa especie de revulsivo, de catalizador permanente,  que obliga a las empresas, a los agentes públicos y a la sociedad en general a un proceso de recuperación y redefinición de capacidades subutilizadas o indebidamente aprovechadas.

16 de octubre de 2015

El destino de Ámbito: De Zarapicos a Villalar




El Norte de Castilla, 16 de octubre de 2015



Durante años esta placa marcó el lugar de la sede de Ámbito Ediciones en la Calle Héroes de Alcántara de Valladolid 

Difícilmente se puede entender  la Comunidad Autónoma de Castilla y León sin asociarla a la valiosa aportación bibliográfica que la Editorial Ámbito ha llevado a cabo para contribuir a su mejor conocimiento y proyección. Coherente con el momento histórico que la vio nacer a comienzos de los ochenta, fue  el fecundo resultado de una tarea mantenida durante dos décadas y media, a lo largo de las cuales  sacó a la luz  un valioso catálogo de publicaciones con el que fue posible subsanar el vacío hasta entonces existente.   
            Ámbito Ediciones surgió de la confluencia de dos factores: de un lado,  la sensibilidad ante los desafíos del proceso autonómico incipiente, particularmente delicado por lo que respecta a la configuración integrada de ese espacio formado por Castilla y por León; y, de otro,  la necesidad de crear un “ámbito” de encuentro, de reflexión y de clarificación sobre el pasado y el presente de un territorio tan complejo como controvertido. Tal es el espíritu que animó  el despliegue de la idea promovida en principio por Gonzalo Blanco  y Ovidio Fernández Carnero, contando desde el primer momento con  quienes en sus albores nos sumamos a ella. Fue la finalidad de la reunión  efectuada con fines organizativos en la casa que el medievalista José Luis Martín tenía en el pueblo salmantino de Zarapicos, y  a la que asistieron, además de los citados, Julio Valdeón, Domingo Sánchez Zurro, Ángel García Sanz, Javier Paniagua y quien esto escribe.  Anoté la fecha: 18 de abril  de 1981,  a cinco días de la celebración de Villalar.  
            Si desde entonces las vicisitudes fueron numerosas, también el resultado que se iba consiguiendo deparaba satisfacciones indudables. Concebida como una sociedad anónima sin ánimo de lucro, mereció el respaldo desinteresadamente ofrecido por una amplísima relación de socios, que llegó a  alcanzar los seis centenares; comprobar la incorporación como autores de algunos de los mejores escritores y especialistas de la región y fuera de ella; observar de qué manera se avanzaba en el conocimiento de la Historia, de la Geografía, de la Historia del Arte, de la Literatura y de cuantos temas  permitían descubrir aspectos que en muchos casos eran inéditos; y no menos gratificante era  también dejar constancia de la recuperación de obras señeras, editadas en facsímil, y testimonio de un admirable legado que se recuperaba con esmero para que no quedase sumido en el olvido. En conjunto, un catálogo de más de 300 títulos forma el acervo transmitido por Ámbito a la cultura, con resonancias que han desbordado los límites regionales y asegurado su proyección a todas las escalas. La concesión en 1988 del Premio Castilla y León de Humanidades,  con Valdeón y Blanco en la dirección, ratificó el reconocimiento y el éxito de una experiencia que no admitía parangón  en el conjunto de las Comunidades Autónomas españolas.
            La crisis sobrevino en 2006. Fue una crisis financiera, asociada a las dificultades inherentes al mundo del libro y a la par debida a la ausencia de horizontes viables, aunque bien es cierto que el panorama de futuro estaba muy condicionado por el modelo de gestión llevado a cabo y por  su crítico balance desde el punto de vista económico. El asesoramiento legal prestado por Juan Barco y Teodoro Primo ayudó muchísimo a afrontar una situación grave en todos los sentidos. Basta remitirse además a las comprobaciones y cálculos efectuados por el concurso voluntario de acreedores, que necesariamente hubo que presentar, y admitido a trámite el 26 de octubre de 2006. Sus datos lo reflejaron inequívocamente, y así constan en los juzgados.  Por fortuna la salida a la catástrofe pudo ser paliada temporalmente merced a la absorción efectuada por Gráficas Simancas, en la que jugó un gran papel el empeño mostrado por Ricardo Sainz para mantener viva la llama de un proyecto editorial tan arraigado. Fue, con todo,  una salida efímera, que pronto se enfrentó a las circunstancias de esa crisis global que tanta mella ha hecho sobre la cultura en general. A la postre, sobrevino el desastre presagiado y el peor de los riesgos: la posible desaparición de un catálogo de publicaciones tan laboriosamente fraguado.
            De ello fui informado en octubre de 2014 por el administrador concursal encargado de gestionar la crisis de Gráficas Simancas, Oscar Nieto, cuya diligencia y eficacia han sido decisivas. De no mediar ofertas dispuestas a hacerse cargo del fondo, sería destruido como papel: eso me dijo en la reunión celebrada el día 2 de ese mes. Y entonces no las había. Era preciso evitar que sucediera. Muchos han sido los pasos, algunos fallidos, dados en ese sentido en los últimos meses.  Lo creí perdido para siempre hasta que la gestión realizada con el alcalde de Villalar de los Comuneros, Luis Alonso Laguna, ha cumplido el objetivo deseado: asume el compromiso de preservar el mantenimiento de  una colección de todos los títulos disponibles como depósito esencial de una Biblioteca sobre Castilla y León, ubicada en la simbólica villa comunera.  Y lo hace una vez efectuado el inventario y llevada a cabo su adquisición por Maximiano San José, propietario de la librería Maxtor de Valladolid, con vistas a su comercialización y como proveedor de la parte que ha de nutrir la dotación con destino a la Biblioteca de Villalar.   


            Zarapicos (Salamanca). En esta casa se celebró la reunión fundacional del proyecto editorial comentado


Con la conciencia de que el legado de Ámbito quedaba, al fin, asegurado, decidí hace unos días viajar a Zarapicos. Deseaba visitar de nuevo la casa de José Luis Martín y observar su estado actual. Mientras me acercaba a ella, la soledad de las calles era absoluta. Ni un alma. Aunque la casa está cerrada, asomarse al porche, invadido por la vegetación, abandonado  y silente,  permitía evocar  aquella tarde de primavera en la que, treinta y cuatro años antes,  un grupo de amigos nos reunimos allí con el convencimiento de acometer una iniciativa cultural que iba a ser beneficiosa para una Comunidad Autónoma en la que todo estaba por construir. 

19 de septiembre de 2015

Las sensibilidades universitarias de Justino Duque



El Norte de Castilla, 19 de septiembre de 2015





Siempre he deseado dejar constancia de lo que ha significado la personalidad de Justino Duque Domínguez para quienes tuvimos la fortuna de disfrutar de su amistad, de sus consejos, opiniones y advertencias. Desde fuera me ha bastado con observar a lo largo de los años el comportamiento mostrado por sus discípulos más directos para darme cuenta de la valiosa  impronta dejada por su magisterio; una huella que ha logrado resistir el paso del tiempo para convertirse en una de las manifestaciones más relevantes de lo que supone la labor de un buen maestro, fielmente reflejada en sus aportaciones al complejo mundo del Derecho Mercantil, en las efectuadas en la Comisión General de Codificación y en la formación de la prestigiosa escuela jurídica que asumió su legado. Jesús Quijano lo ha dejado bien claro en estas mismas páginas.
Las circunstancias de la vida, alentadas por la sintonía ideológica y la empatía personal, me han permitido conocer y valorar otra perspectiva, que no puede quedar  relegada al olvido  tras su fallecimiento. Mantuve con él una buena relación fraguada en el ambiente crítico surgido a raíz del cierre de la Universidad de Valladolid en el mes de marzo de 1975 y en las frecuentes vivencias compartidas durante la Transición. Desde entonces Justino Duque fue para mí una referencia constante que, apoyada en el valor de la amistad y de la confianza mutuas, me deparó experiencias que siempre dieron testimonio de su calidad humana, de su honestidad,  coherencia y tolerancia así como del empeño por contribuir a un mundo mejor en los ámbitos de relación y responsabilidad en los que estuvo plenamente comprometido. Particularmente considero necesario llamar la atención sobre lo que supuso su dedicación a la Universidad pública a raíz de su elección como Rector en febrero de 1982. Le cupo el honor de ser el primer Rector de la Universidad de Valladolid elegido democráticamente desde la guerra civil.
Sin embargo, nadie como él, persona bondadosa y sencilla donde las hubiera,  sufrió tan duramente los sinsabores, desafecciones, incomprensiones y vapuleos de la vida universitaria. Ciertamente le tocó asumir responsabilidades en un momento complicado, en el más difícil y azaroso de cuantos han marcado la evolución de la Universidad española en las tres últimas décadas. Fue la etapa de la Universidad sin ley, donde todo debía ser improvisado en un contexto de penuria de medios de toda índole y sin horizontes debidamente definidos. Quienes lo gestionaron  antes que él no tuvieron que rendir cuentas ante nadie: les amparaba su condición de mandatarios designados por la voluntad oficial, que sólo les comprometía al mantenimiento del orden y a la preservación de la mediocre parafernalia que les rodeaba. Quienes le sucedieron, consolidado ya el marco  democrático, se beneficiarían de un cambio radical de modelo organizativo, que les permitió gobernar en un panorama mucho más confortable, donde todo estaría normativamente regulado, cada cual sabría a qué atenerse, mientras los momentos de bonanza económica y de generosidad presupuestaria permitían, como hasta entonces jamás había sucedido, amplísimos márgenes de maniobra que hacían posible el logro de resultados arropados por el manto protector de la autonomía universitaria. De nada de esto se pudo beneficiar durante el convulso bienio en que desempeñó la responsabilidad de Rector de la UVa desde el modestísimo despacho de la calle Cárcel Corona que, tan pronto como dejó las riendas del poder, sería sustituido  por el más noble y emblemático del Palacio de Santa Cruz, que nunca llegaría a ocupar. ¿Implica esta experiencia algo reprochable en la vida de Duque, algo que le invalide ahora que su figura pertenece a la memoria? ¿Hasta qué punto es posible, cuando se hace el balance, deslindar la parte que corresponde a su personalidad de la que obedece a los onerosos  bloqueos, cortapisas y resistencias a los que tuvo que enfrentarse?  
La respuesta a ambas preguntas solo puede venir dada por el balance de una gestión que, pese a los condicionamientos vividos, cabe percibir desde la perspectiva actual como digna y satisfactoria. En esencia, supuso una transición entre el modelo autoritario precedente y la nueva época abierta tras  la entrada en vigor de la Ley de Reforma Universitaria (1983), que cristalizaría en los primeros Estatutos democráticos y en la etapa expansiva vivida en todos los sentidos a partir de la segunda mitad de los años ochenta. Fue una transición regida por la normalización de la vida académica, por la corrección de las enormes disfunciones heredadas, por la difícil integración del Colegio Universitario de Burgos, por la voluntad de mejora cualitativa de las plantillas y de  las instalaciones, por el propósito de mejorar la proyección hacia la sociedad, por la prevalencia, en suma, del espíritu de diálogo y la predisposición al acuerdo en la toma de decisiones. Algo insólito hasta entonces.
Mientras me acerco al lugar donde reposa  y contemplo el panorama formado por su familia, sus discípulos, compañeros y amigos recuerdo  la conversación mantenida en un atardecer  memorable cuando, junto a otros compañeros, contemplábamos en Grecia la llanura de Tesalia desde las impresionantes moles de Las Meteoras. Fue en el otoño de 1997. Me hizo entonces una confidencia que no me resisto a evocar: "!Cómo me gustaría,  dijo, tener ahora veinte años menos para ver lo que no he visto y hacer las cosas para las que no tenido tiempo". La disponibilidad de tiempo para culminar los proyectos emprendidos, para cumplir satisfactoriamente los compromisos en los que estaba implicado: ese sería siempre uno de sus principales objetivos. Personalmente creo que los cumplió con creces.    

6 de julio de 2015

Los nuevos horizontes del poder local



El Norte de Castilla, 6 julio 2015



La  Historia revela la enorme importancia que han tenido en la política española las elecciones locales. Numerosas son las experiencias que han puesto de manifiesto hasta qué punto los comportamientos electorales reflejados a esta escala son el preludio de transformaciones importantes en niveles superiores del entramado político. Constituyen, en cierto modo, una especie de ensayo, capaz de transmitir al panorama general las inquietudes y tendencias labradas en el nivel básico de la administración, aquella en la que se  vertebran los conflictos y necesidades de la vida ciudadana a partir de estructuras social, económica y espacialmente complejas.
            De ahí la trascendencia que cabe reconocer a esos procesos de cambio experimentados por la sociedad española y que han cobrado plasmación evidente en las elecciones locales y regionales del 24 de mayo, sin precedentes en la historia democrática de España. Si se observa que en las ciudades de mediano y gran tamaño – salvo en casos muy excepcionales -  han desaparecido las mayorías absolutas y que los pactos que han fraguado las alcaldías se apoyan en compromisos fuertemente supervisados por quienes en la mayoría de los casos no ostentan responsabilidades de gobierno, el ciudadano de a pie asiste expectante a un proceso tan apasionante como repleto de incógnitas o, en todo caso, de preguntas, cuyas respuestas serán cruciales para el futuro del país. No en vano, los Ayuntamientos representan ámbitos primordiales de experimentación de políticas públicas. Cuanto se decida en ellos posee una enorme resonancia social, trasciende el estricto escenario de aplicación, crea referencias representativas del modo de gobernar y fortalece en consecuencia el valor de la experiencia comparada, con efectos aleccionadores decisivos.
            Teniendo en cuenta los factores que determinan los  principales desafíos planteados en el marco municipal,  el observador contempla un escenario condicionado, en principio, por tres horizontes fundamentales, que a la vez se corresponden con sendas pautas desde el punto de vista de la decisión. Aparecen aquí planteadas como líneas de reflexión y trabajo, que invitan al análisis empírico y a la constatación objetiva de los hechos. A saber:

1.         Destaca, en primer lugar, la repercusión que la nueva etapa municipal pueda tener en un campo de tanta trascendencia como es el urbanismo y, por extensión, lo que comúnmente se entiende como la ordenación del territorio a nivel local. Sin duda es en este aspecto donde va a verificarse el nivel de distanciamiento o ruptura respecto a los comportamientos que en la etapa anterior han dado origen a numerosos y generalizados episodios de corrupción y de vulneración de la ley en el ejercicio de la práctica urbanística. Frente a los enfoques cortoplacistas, a la prevalencia de la visión especulativa en el uso del suelo, a la consideración privilegiada de determinados intereses en el diseño del planeamiento o al incumplimiento de las advertencias sobre los impactos ambientales, la autocrítica se impone como mecanismo necesario y a la par como soporte de una actuación más respetuosa con la legalidad y con los necesarios equilibrios a los que ha conducir una gestión integradora y sensible con las distintas realidades sociales y económicas  que conforman la urdimbre urbana.

2.         No es menor, por otro lado, el interés que suscita el proceso de racionalización, ajuste o redistribución aplicado a la gestión presupuestaria, ante la necesidad de adecuar la estructura del gasto a las posibilidades de los ingresos en un contexto supeditado a  los mecanismos de vigilancia del déficit y la deuda contemplados por la Ley. Disciplina coincidente en el tiempo con la reducción de las aportaciones proporcionadas por la actividad inmobiliaria y con la aplicación de las políticas encaminadas a mitigar la gravedad de las carencias sociales y de acentuación de la desigualdad exacerbadas por la crisis, Se impone un reequilibro entre inversión, solidaridad y transparencia que seguramente dará constancia de la destreza de los gobiernos municipales para conseguirlo, lo que tal vez redunde también en la reclamación, hasta ahora desatendida, de una reforma para la adecuada financiación de los Ayuntamientos que garantice la suficiencia financiera en los términos planteados por el frustrado Pacto Local en los años noventa.

3.         Y, finalmente, el observador contempla con atención de qué manera va a influir en la toma de decisiones el reconocimiento explícitamente otorgado a la participación de la ciudadanía, a la que, a tenor de las declaraciones y de los programas propugnados, se trata de conceder un mayor protagonismo y un papel de referencia obligada en el planteamiento de las políticas públicas concebidas como una función social y espacialmente equitativa en las que la persona ha de ser tratada como “ciudadano” y no como “cliente”. Es evidente que en este sentido, la posibilidad de fraguar nuevas pautas de comportamiento en la gestión de los municipios tampoco sea ajena a la necesidad de introducir un proceso de selección, mejora o corrección de los responsables públicos, superando las inercias en los comportamientos así como las mediocridades constatadas y poniendo a prueba su nivel de competencia, honestidad y preparación.

                   No hace mucho he publicado un trabajo alusivo a las estrategias de salida a la crisis. Sin entrar en detalles, las he identificado en torno a dos premisas claves: la cultura del territorio y la calidad institucional. Si por la primera se entiende el buen ejercicio de la acción pública apoyada en una adecuada utilización de los recursos y las potencialidades de un espacio desde el punto de vista sostenible, cuando se habla del papel a desempeñar por los responsables institucionales la autocrítica remite necesariamente a la importancia de sus comportamientos éticos y del nivel de sensibilidad hacia los problemas de las sociedades a cuyo servicio se encuentran. 


10 de abril de 2015

El Departamento de Geografía de la Universidad de Salamanca celebra medio siglo de existencia

El 9 de abril de 2015 se conmemoró en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Salamanca la creación del Departamento de Geografía. Fue un acto memorable que sirvió también para recordar la figura y el legado de quien lo puso en marcha y logró transmitir su magisterio a un equipo de docentes e investigadores, en su mayoría muy reconocidos. Invitado a participar en la mesa redonda en la que se recordaron muchos hechos de esa trayectoria, concluí mi intervención con estas líneas.


Geógrafos de Salamanca

Ciudad remota,  distante,  poco conocida
en la perspectiva de mi infancia y juventud burgalesas
la ciudad de Salamanca tardó mucho
en formar parte de la percepción
de mis realidades afectivas,
de mis apetencias de descubrimientos viajeros

¿Cómo entender el que con el tiempo,
y sin apenas darme cuenta
me fuera haciendo con ella
merced a  la relación, la compañía y el aprendizaje mantenidos
con la Salamanca de los geógrafos
o, mejor aún, con los geógrafos de Salamanca?

La afinidad se impuso enseguida sobre la lejanía
para abrir camino irreversiblemente
a los esfuerzos convenidos, a los espacios de interés común
a las experiencias confluyentes
a las reflexiones extraídas de un discurso
en sintonía con los problemas de un territorio
por analizar, interpretar y dar a conocer

Y, por encima de todo, la fortaleza y el buen hacer
de quienes  cultivan esos afanes esclarecedores
nombres que perviven en la memoria más allá del tiempo
nombres de compañeros y compañeras muchos de ellos entrañables
que han  rebasado la madurez
que lleva al reconocimiento por la labor realizada

Nombres, en fin, asociados a un magisterio inequívoco
el que supo ejercer, y asumido por todos,
el maestro de generaciones de geógrafos,
Angel Cabo Alonso, con sus bondades y destrezas
el hombre de la palabra justa, del conocimiento preciso
de la observación atinada, de las sensibilidades enraizadas
en lo mucho que esta tierra y esta ciudad ofrecen

El geógrafo que con tanta ilusión como inteligencia
ha sabido poner al descubierto
el conocimiento de los campos del Oeste,
de sus fronteras y particularidades,
un saber que no sería el mismo sin el legado del maestro
y de cuantos han seguido su estela y sus mensajes

Como tampoco sería lo mismo cuanto sabemos
del mundo de Castilla y de León ni, por supuesto,
del balance ofrecido por la Geografía española
sin los empeños y el esfuerzo que,
en un contexto difícil y a menudo poco agradecido,
han sabido desplegar los geógrafos de Salamanca,

Geógrafos personalizados con sus rumbos y balances respectivos,
herederos de la tradición labrada
por un hombre bueno, sensible,
inteligente, honesto y cabal
al que tuve la fortuna de conocer,
para entablar posteriormente una amistad  fecunda y sempiterna
un día de primavera, allá por los Arapiles,
hace ya cuarenta y cinco  años.


8 de abril de 2015

José María Martín Patino o la cultura del diálogo



El Norte de Castilla, 8 de abril de 2015



 

El reciente fallecimiento de José María Martín Patino recupera para la memoria una época decisiva en la historia de España y de nuestra Comunidad Autónoma. Siempre supo conciliar de forma magistral las tres facetas que convergían en su personalidad: la de religioso jesuita, la de intelectual comprometido con su tiempo y la de estudioso de la realidad que le rodea. Las tres vertientes fueron desempeñadas con autoridad, con sentido de la responsabilidad, con espíritu de equipo y con admirable capacidad conciliadora de posiciones encontradas. Marcaron con coherencia la trayectoria de una vida finalizada la víspera de su noventa aniversario.

 En la etapa en que le conocí gozaba ya  del notable prestigio que le había proporcionado su papel en la transición a la democracia cuando, como hombre de confianza del cardenal Tarancón, ayudó a éste a afrontar momentos difíciles en ese empeño por ofrecer una imagen diferente de la Iglesia católica española, más comprometida con los objetivos que entrañaba el proceso constitucional emergente. Misión satisfactoriamente cumplida, podía haber considerado que dicha experiencia  bastaba para colmar un proyecto vital que le había proporcionado alto grado de reconocimiento por parte de un amplio sector de la sociedad española. Su nombre en los libros de Historia estaba asegurado y, como se ha visto, con dignidad y respeto.


Sin embargo, aquello no representó una meta satisfecha sino un fecundo punto de partida: el que le llevó a acometer uno de los proyectos intelectuales más relevantes en la España de las últimas décadas del siglo XX. Junto a otros lo he vivido de cerca durante años y puedo dejar constancia de él. He tenido la oportunidad de seguirlo desde el día, ya a finales de los ochenta, en que Justino Duque, Catedrático de Derecho Mercantil y ex Rector de la Universidad de Valladolid, nos convocó  a un grupo de colegas en su despacho para  mantener una reunión de trabajo con Martín Patino. Fue un encuentro memorable. Se trataba de realizar por vez primera un estudio interdisciplinar sobre las implicaciones que habría de tener para Castilla y León la incorporación de España en las Comunidades Europeas. La iniciativa cristalizó en una obra colectiva, integrada en la colección Construir Europa (1991) y prologada por José Jiménez Lozano.


Supuso la primera toma de contacto con la Fundación Encuentro, la gran iniciativa intelectual y organizativa de Martín Patino, que había sido creada en 1985 con la intención de hacer de ella, y con ayuda de un equipo muy solvente de colaboradores directos, un espacio de reflexión y debate sobre las cuestiones  que afectaban a la vida española contemplada como un objetivo abierto a la clarificación de ideas y de horizontes en  sus más diversas perspectivas. Espacio de confluencia de personas de diversa adscripción ideológica, el balance conseguido por la Fundación Encuentro a lo largo de sus treinta años de existencia ha sido impresionante, aunque quizá no sea lo suficientemente conocido y valorado por la sociedad española. A lo largo de sus sucesivas ediciones, el Informe España. Una interpretación de su realidad social ha constituido un documento esencial, sin parangón, para conocer y valorar los cambios ocurridos en la evolución  del país en el amplio abanico de temas y tendencias que los reflejan. No creo que podamos disponer hoy en España de un acervo de información y análisis de tanta calidad y riqueza de contenidos. Cualquier investigación que se realice sobre los aspectos esenciales que estructuran la  realidad española de las últimas décadas no puede hacer caso omiso de este legado.

Junto a esta serie de análisis, cuya presentación pública justificaba año tras año la celebración en Madrid de un acto de gran resonancia social y mediática, la aportación bibliográfica de la Fundación Encuentro se desglosa en un nutrido catálogo de monografías y estudios, que han visto la luz al compás del interés, importancia y actualidad de los temas seleccionados. El hecho de que tales objetivos quedasen plasmados en obras relevantes y sin discontinuidades en el tiempo no puede entenderse al margen del procedimiento utilizado para alcanzarlos. Todo se resume en una expresión tan lapidaria como elocuente: el debate abierto como criterio y principio de actuación primordial. Ninguna de las aportaciones de la Fundación Encuentro veía la luz sin estar previamente sustentada en una reflexión compartida mediante el diálogo, la confrontación de argumentos e informaciones y la clarificación de propuestas a partir de ideas concurrentes. Los trabajos resultantes eran, a la postre, la manifestación de una labor colectiva, de equipo, muy elaborada, en la que la autoría personal quedaba inmersa en una relación de responsabilidades explícitas, cada una de las cuales asumía con su firma el resultado final, dado a conocer públicamente. 

 La coherencia, vertebrada por la importancia reconocida al debate como método de trabajo, marcó también el enfoque aplicado a las contribuciones que la Fundación dirigida por Martin Patino realizó sobre Castilla  y León. La serie de obras referidas a aspectos cruciales de nuestra Comunidad Autónoma (el envejecimiento, la industria agroalimentaria, la formación profesional, el turismo…) revelaron hasta qué punto se sintonizaba con los desafíos planteados por aspectos de gran trascendencia. La misma que tendría, a modo de ejemplo representativo también, el Proyecto Raya Duero o los Foros Pedagógicos impulsados en las áreas más críticas del occidente regional.  Su reconocimiento como Premio Castilla y León a los Valores Humanos 2010, promovido por varios municipios de la provincia de Salamanca, de la que era natural, no hizo sino reconocer unos méritos que sobrevivirán al paso del tiempo.

Todos los años escribía a sus amigos, colaboradores y patronos unas felicitaciones navideñas, de puño y letra, que son memorables. La recibida el pasado diciembre concluía con una reflexión, que en buena medida puede entenderse como el resumen de su legado: “la crisis, especialmente en nuestro ámbito político, suscita en nuestros días una especie de renacimiento de la sociedad civil. Su expresión más frecuente son los foros de diálogo que están surgiendo. Demuestran la inquietud de una sociedad descontenta con sus gestores públicos. Mi experiencia personal me induce a insistir en la cultura del diálogo y del encuentro. En el consenso no renunciamos a nuestras ideas. Las enriquecemos generando un pensamiento más rico y más humano”. Un texto que refleja la quintaesencia de su interesante personalidad. 

6 de octubre de 2014

Del "Espanya ens roba" al "Neccesitem Espanya"


El Norte de Castilla, 6 de octubre de 2014


Una mezcla de hartazgo, rabia y desazón parece haber cundido en una parte significativa de la sociedad española, abrumada por el espectáculo al que está asistiendo con motivo del desafío independentista catalán. Se ha escrito ya tanto sobre el tema, se han sacado a la luz tantos argumentos, emitido tantos sofismas y manifestado tal cúmulo de reiteraciones que difícilmente puede prevalecer la racionalidad en medio de ese descomunal pandemónium. En esencia, todo ha quedado reducido al nivel de simplificación que conlleva el empleo de una terminología simplista, apoyada en frases hechas, que, repetidas hasta la saciedad, dan la impresión de que se ha llegado a un callejón sin salida o, peor aún, a un escenario donde la incomunicación prevalece sobre el diálogo, la desavenencia sobre el encuentro, la ruptura frente a la integración. A la postre, se han levantado murallas, que impiden la reflexión sosegada y la argumentación razonable.
            Somos muchos los que nos preguntamos cómo se ha podido llegar a esta situación mientras, preocupados por ella, nos planteamos la incógnita sobre los factores que la han determinado o, lo que es más importante, si se hubiera podido evitar. Desde luego, no resulta fácil, ante el cúmulo de situaciones y argumentos superpuestos que se esgrimen para explicarlo, encontrar un hilo conductor que las engarce adecuadamente y establezca la necesaria jerarquía capaz de desentrañar la lógica de la secuencia que ha culminado en la transgresión legal en la que se ampara el llamado “derecho a decidir”.  Sin embargo, cabría entender que, en medio de esta maraña, donde las justificaciones redundantes imperan para encontrar una explicación convincente a lo que está sucediendo, no se ha puesto aún el énfasis debido sobre dos aspectos, que considero esenciales y merecedores de una especial atención.
            Uno de ellos tiene mucho que ver con la comprobación del proceso de empobrecimiento cultural que un sector de la sociedad catalana ha vivido como consecuencia de una política educativa sistemáticamente orientada en este sentido. No sorprende constatar hasta qué punto ha calado, especialmente en la juventud, la idea de que el espacio y la cultura de Catalunya nada o muy poco tienen que ver con las que caracterizan al conjunto del Estado. Sin que ello implique restar valor a las singularidades que  distinguen en este sentido a la comunidad catalana, se ha optado deliberadamente por establecer líneas de distanciamiento muy marcadas con todo cuanto pudiera representar los vínculos que la insertan en un contexto sin el que la realidad catalana tiene difícil o, en cualquier caso, insuficiente, explicación. La pérdida de conciencia de un pasado y de un destino compartidos es su secuela más grave.
            La Geografía y la Historia han sido víctimas propiciatorias de esta voluntad excluyente, empeñada en invalidar el papel decisivo que ambas disciplinas desempeñan en la construcción de una sociedad culturalmente cohesionada y debidamente formada. Si, en mi opinión, en ello radica una de las principales carencias e imperfecciones de la construcción intelectual del Estado autonómico, es evidente que cuando las actitudes proclives al reduccionismo y al menosprecio del diferente prevalecen frente al reconocimiento que las interrelaciones que definen la configuración de un territorio común, la trabazón de sus paisajes a la escala que les corresponde y la dimensión de los vínculos históricos, sociales y culturales forjados a través del tiempo,  la tendencia al ensimismamiento deriva en actitudes que acaban haciendo del nacionalismo un fenómeno retrógrado e irracional, hecho que ya denunciaba Kant en su época y que se ha convertido en uno de los pensamientos más nefastos de la historia. En ese caldo de cultivo no sorprende que cobren fuerte capacidad de impacto los slogans que atribuyen al Estado español un papel casi depredador de la cultura y de la economía catalanas. Moverse en el terreno de las frases manidas  deriva en la simplificación y la demagogia. Basta un mensaje elemental, simple y al tiempo contundente para inducir a quien lo escucha a identificar en él sus inquietudes, problemas e incertidumbres. El mensaje de Espanha ens roba ha tenido un impresionante efecto catalizador de las opiniones hasta el  punto de que basta solo mencionarlo para provocar un grado de irritación espontánea que se aviene mal con las comprobaciones que matizan e incluso cuestionan esa idea tan letal como falaz y demoledora.

            El segundo aspecto a considerar nos conduce necesariamente a las ostensibles carencias de que ha adolecido la voluntad de encontrar vías de actuación capaces de afrontar el pulso secesionista con argumentos que vayan mucho más allá de las posiciones archisabidas, esencialmente circunscritas a una batalla legal, en cuya resolución cabe contemplar también el peso que de cara a la sociedad pudieran tener las ideas que sustentan las posiciones defendidas por el Gobierno del Estado y el Gobierno de Catalunya. A este respecto, se echan de menos los esfuerzos por asentar, a través de la argumentación contundente y razonada, las bases que permitan despejar las incógnitas que el proceso plantea y, sobre todo, ilustrar convenientemente sobre sus fundamentos y sus repercusiones potenciales en aras de una mayor voluntad de entendimiento. Invocar la Constitución es sin duda obligado, pero afrontar el problema requiere muchísimo más. Requiere pedagogía política y voluntad de clarificación objetiva de los hechos. Requiere demostrar, con datos fidedignos, que, cuando un Estado se organiza bien, todas sus partes resultan beneficiadas, convirtiendo a la escala de colaboración entre ellas en el factor que permite afrontar los problemas, como sucede en Alemania, un Estado federal de impresionante solidez. En un mundo globalizado y al tiempo marcado por la dimensión de la diversidad, la configuración de un Estado bien articulado y fuerte constituye la mejor garantía de supervivencia individual y colectiva.  ¿Aguantarían los mensajes del nacionalismo rampante un debate riguroso, presentado ante la opinión pública? ¿Por qué no se celebra ese cara a cara tan necesario como ilustrativo entre los políticos defensores de las distintas opciones? Que se haga en la televisión, con la frecuencia necesaria, con datos, con informaciones objetivas, con ideas sólidas y consistentes. Con la verdad, sin demagogias ni tergiversaciones. Tal vez en ese escenario de contrastación sólida de las opiniones, no sería desacertado pensar que para no pocos catalanes el mensaje prevalente conduciría a la consideración de que, frente a las incertidumbres de la fractura, necessiten Espanya

25 de junio de 2014

Poderosos vientos de cambio en la Unión Europea



El Norte de Castilla, 25 de junio 2014

2014 va a ser un año decisivo en la historia de la Unión Europea. Se abre sin duda una etapa crucial en la historia del proyecto comunitario europeo.  Nada volverá a ser igual a partir de ahora, a poco que se tome nota de por dónde se encaminan las sensibilidades políticas de los ciudadanos tras las últimas elecciones al Parlamento Europeo. Todo un modelo de gobierno,  basado en un estilo de gestión escasamente sensible a los problemas de la mayoría social, ajustado a prioridades económicas que profundizaban en la desigualdad y en la exclusión de amplios sectores, se ha venido abajo. El mandato de Durão Barroso, al frente de la Comisión  ha sido una catástrofe sin paliativos, que ha minado los cimientos que en su día dieron sentido y razón de ser a la experiencia de integración supraestatal más importante de la Historia.
            Los factores que han contribuido a su puesta en entredicho han sido varios y se muestran al tiempo concurrentes.  Durante estos años han  aflorado movimientos que han demostrado la resistencia o inoperancia de la Unión Europea para ser fiel a sus objetivos de cohesión y convergencia, que marcaron desde el Acta Única (1986) uno de sus principios esenciales. Era evidente que  los movimientos que en la calle - cimentados en la "indignación" y en la rebeldía consecuente - reclamaban ser escuchados y atendidos,  tenían que hacer mella, tarde o temprano, en los procesos y en las estructuras institucionales. No era previsible que aquello quedase meramente limitado al clamor en las plazas y en las calles. No bastaba con la protesta, con la reivindicación, con la manifestación abierta de la rabia justificada, con la acampada y las proclamas incesantes y reiterativas. La incapacidad de las estructuras de poder para asumir lo que significaba esa oleada de insatisfacción, crecientemente expandida, ha derivado en una actitud de desafección y rechazo que inevitablemente tendría que cristalizar en el apoyo a opciones que  surgían con el propósito de dar cabida a ese malestar, a sabiendas de que transmitir la idea de que “no nos representan”  se mostraba, al fin, incompatible con el voto en blanco o la abstención. La búsqueda de la efectividad frente a la nada: no podían hacer otra cosa. Se trataba con ello de mostrar el desapego hacia los políticos, pero no hacia la política, porque bien se sabe que la política lo impregna todo y al margen de ella, y del poder que procura, nada es posible.       
            Los impactos brutales de la crisis, y su modo de gestionarla, se han encargado de incrementar ese caldo de cultivo, en el que se apoya la voluntad de encontrar alternativas viables a las pautas dominantes. En este empeño han unido sus voces y sus objetivos cuantos se han visto afectados por la devastación. De un lado, los jóvenes, que han asumido un protagonismo incuestionable, conscientes de que el futuro se les va de las manos y desean recuperarlo; de otro, los trabajadores que han acabado perdiendo la percepción de lo que es el trabajo como soporte vital; y también las clases medias, asustadas por el debilitamiento de sus posiciones, por la inseguridad a que se ven expuestas como consecuencia de las situaciones de desprotección que empobrecen su calidad de vida y provocan incertidumbres inasumibles en su visión del futuro. En ese clima de descrédito, desamparo, decepción y miedo se entiende la apertura del abanico electoral, que reduce significativamente el peso de las opciones que, organizadas en función de un bipartidismo muy sólido, hasta hace no mucho suscitaban un confianza que hoy se ha debilitado y, quizá para muchos, irreversiblemente desaparecido. 
            La tipología de esas opciones al alza es variopinta. A su amparo cobran posiciones insólitas los movimientos que cuestionan la misma idea de la integración europea para ampararse en la xenofobia, en el repliegue protector de las fronteras estatales, impermeables a la inmigración o, en el mejor de los casos, disuasorias para el que viene de fuera solo con su fuerza de trabajo. En otros casos, la elección se decanta hacia grupos que preconizan otra forma de hacer política, bien sea desde la izquierda solidaria, denunciadora sistemática de los atropellos y movilizadora de los que quieren dar sentido y concreción a sus sentimientos de indignación que con tanta fuerza han conseguido ilusionar y vertebrar a un sector importante de la juventud, o bien desde las posibilidades que, en las aguas siempre fluctuantes del centro, permiten a sus líderes desmarcarse de los viejos hábitos denostados para erigirse en los pretendidos artífices de una política en la que los compromisos en firme quedan desvaídos o simplificados, sin más estrategias aclaratorias que las que abundan en la apelación reiterativa a favor de la ciudadanía.  Y a ello cabe añadir en el caso de España la forzada simbiosis que el nacionalismo catalán ha pretendido establecer entre la proyección de su voz en Europa con la ruta en pos de la independencia, que es, en esencia, su motivación principal, tratando de ensamblar ambos procesos como parte de una estrategia común, que ha redefinido el mapa político catalán con perfiles nunca conocidos hasta ahora.
            En medio de este profundo ajuste global, la repercusión política de mayor trascendencia hacia el futuro concierne, en mi opinión, a la profunda crisis en que se halla sumida la socialdemocracia, ya que el voto conservador clásico, aunque pueda momentáneamente resentirse, tenderá al restablecimiento, pues en él los intereses siempre priman, a la postre, sobre las disensiones. Pero, ¿qué ocurrirá con la izquierda heredera del pensamiento que tanto ha contribuido a fraguar la Europa moderna y a afianzarla en el mundo como el espacio de la solidaridad y de la integración frente a los riesgos de la desigualdad? Seguramente será este aspecto el que en mayor medida acuse la ruptura - y el horizonte de incógnitas abiertas - que las elecciones al Parlamento Europeo 2014 han traído consigo. Una etapa de intensa y necesaria catarsis se abre para los herederos del socialismo europeo. La disyuntiva a la que se enfrentan es tan urgente como crucial. De su solución depende mucho el futuro de Europa



28 de abril de 2014

Geografía y compromiso social

Este texto corresponde a la intervención realizada como presentación de las Jornadas sobre Marginalidad y Espacio Urbano, que tuvieron lugar en Valladolid entre el 28 y el 30 de abril de 2015 



Después de muchos avatares y algunos contratiempos conseguimos finalmente celebrar las Jornadas que a finales del año pasado Igor Robaina y yo acordamos llevar a cabo como parte de las actividades de proyección del Departamento de Geografía – en esta ocasión del Grupo de Investigación Reconocido CITERIOR, Ciudad y Territorio  – y también relacionadas con la línea de investigación que ha llevado a Robaina a efectuar durante unos meses su estancia en nuestra Universidad como Becario Erasmus Mundus Babel. Cuando me planteó esta iniciativa consideré que se trataba de una oportunidad que no deberíamos desaprovechar. 

Y por una razón que me sigue pareciendo pertinente. Vivimos una época en la que quizá se está acentuando con perfiles dramáticos y preocupantes la crisis que ha afectado al conjunto de  las Ciencias Sociales desde la última década del siglo XX.  La globalización ha supuesto un cambio de enfoque en el análisis y la interpretación de los fenómenos que Se ha hablado del fin de la Historia, del fin de los territorios, de la necesidad de asumir un modelo de gestión delos recursos, de organización del trabajo y de utilización del espacio sujeto a reglas que inexorablemente preconizan la eficiencia a costa de la equidad, la explotación intensa frente a la preservación, la rentabilidad a corto plazo frente a la perspectiva de futuro, la aceptación resignada frente a la actitud de denuncia. Los discursos orientados en esta dirección han sido abrumadores hasta el punto de que han eclipsado o difuminado los enfoques alternativos o pretendidamente alternativos.  Prevalece una tendencia a la banalización del pensamiento, sumido en esa especie de actitud evasiva que emana de la aceptación acrítica de los hechos más problemáticos o se decanta hacia la indiferencia, pensado que quizá lo que no se ve no existe o carece de relevancia. Pero tampoco hay que minimizar el peso de las aportaciones que autorizadamente han dado buena cuenta de los efectos provocados por la crisis. Particular atención ha merecido el análisis de los factores generadores de desigualdades y sus manifestaciones. El año pasado adquirió gran resonancia la obra de Joseph Stiglitz – El precio de la desigualdad – y recientemente los medios de comunicación se han hecho eco del rigor utilizado por Thomas Pikketty con su excelente obra El capital en el siglo XXI, que ha suscitado un gran  debate a ambos lados del Atlántico. En ambos casos las investigaciones en la desigualdad en la distribución de la renta y de la riqueza.

Sin embargo, es evidente que la desigualdad y todas las manifestaciones asociadas a ella, como son la pobreza, la miseria, la marginalidad, la exclusión, son fenómenos espaciales que conciernen de lleno al campo de reflexión y de preocupación intelectual de los geógrafos. No son temas antitéticos con los que ocupan nuestra atención cuando estudiamos las dinámicas territoriales, los procesos innovadores o la configuración de los paisajes. Integrar la variedad de perspectivas temáticas que confluyen en la Geografía como ciencia del conocimiento e interpretación del territorio no sólo se justifica por la interdependencia que se producen en el comportamiento de la realidad espacial sino que al tiempo constituye una necesidad en la medida en que la sociedad así lo exige y plantea. El compromiso social es inherente al quehacer del geógrafo si éste desea estar a la altura del momento histórico que le ha tocado vivir. Desde esta perspectiva conceptos como el de justicia espacial, equidad, solidaridad, cooperación, participación cobran fuerza también como desafíos metodológicos, a sabiendas de que las herramientas técnicas – cuantitativas y cualitativas – que manejan los geógrafos le permiten abordar la dimensión aplicada de estos conceptos y categorías con la solvencia necesaria.

La Geografía será comprendida y valorada mientras sea capaz de mostrar sensibilidad, atención y compromiso con los problemas de nuestro tiempo, cuando ante situaciones críticas alce la voz para advertir que existen, para analizar los factores que las provocan y para aportar soluciones que hagan posible mitigar su gravedad o superarlas con las garantías necesarias. El espacio es una realidad compleja, en permanente transformación y sujeta a impactos que tienden a provocar tensión e inestabilidad. Del grado de inteligencia con el que la Geografía sea capaz de abordar esta tendencia y de saberla acreditar al tiempo ante la sociedad va a depender su propia supervivencia.


12 de diciembre de 2013

Roberto Bustos: De la Amazonia a Bahía Blanca pasando por Peñafiel


A finales de 2013, Marcelo Sili, del Departamento de Geografía de la Universidad Nacional del Sur (Bahía Blanca), me solicitó un texto alusivo a los recuerdos que me ligaban a la figura de Roberto Bustos Cara, geógrafo prestigioso de esa Universidad y con el que he mantenido, desde que nos conocimos en 2004, una buena amistad. Estas son las líneas que le envié. Forman parte de una obra colectiva - Itinerarios geográficos. Experiencias y recuerdos con Roberto Bustos Cara - editada por la Universidad Nacional del Sur: 

Siempre me pareció un hombre sencillo y cordial, amigo leal de sus amigos, compañero sincero con sus compañeros y una persona dotada  de una sensibilidad excepcional  hacia  los problemas de su país y de su tiempo.  Predominaba en su rostro más la sonrisa que el gesto adusto, más la mirada atenta que la expresión evasiva, más la palabra sosegada que las alocuciones ruidosas. Por lo que yo recuerdo y he vivido en su compañía, la conversación con Roberto Bustos Cara siempre transcurre calmosa, impregnada de ese acento argentino inconfundible pero, lo que es más importante, he observado que lo que expone, dice y plantea jamás adolece de banalidad o de reflexión superficial. En las diferentes ocasiones en que he tenido oportunidad de hablar con él  he percibido una actitud respetuosa con las opiniones ajenas, propia de una persona que sabe escuchar y que, mientras escucha los argumentos de su interlocutor, va preparando cuidadosamente la respuesta pertinente y atinada. Por esa razón las conversaciones con él nunca son cortas ni resultan irrelevantes. Transcurren en un ambiente relajado en el que la ausencia de tensión facilita el empleo riguroso de las argumentaciones, el análisis pormenorizado de los hechos, el pertinente tratamiento dialéctico de las cuestiones planteadas. Se trata, en suma, de una relación enriquecedora que progresivamente abre camino a la amistad, cimentada en el trato personal y en las complicidades intelectuales amparadas en el apego común hacia la Geografía.
Mucho antes de que tuviera la oportunidad de conocerle y tratarle personalmente, el nombre de Roberto Bustos me resultaba próximo. Había oído hablar de él a colegas diversos de España, Argentina, México y Francia con los que había comentado cuestiones diversas relacionadas con la realidad geográfica latinoamericana, cuya interpretación es indisociable de las aportaciones efectuadas por los estudiosos más relevantes de ese territorio que tanto me ha interesado y fascinado siempre.  Supe con más detalle de su personalidad intelectual a raíz de la celebración en Valladolid del VI Congreso de Geografía de América Latina, que tuvo lugar a finales de septiembre de 2011 y que contó con una significada representación de geógrafos y arquitectos argentinos, algunos de los cuales me comentaron la labor realizada desde las Universidades de aquel país, entre las que mención especial merecía la Nacional del Sur, en Bahía Blanca, donde trabajaba un plantel relevante de compañeros a los que valía la pena descubrir. Años después, en mayo de 2004, oí de nuevo su nombre en Mendoza, coincidiendo con los días que pasé en esa ciudad, que tan bien le conoce, pues nació en ella, como profesor de una Maestría en Ordenamiento territorial amablemente invitado por Ana Alvarez y Berta Fernández, y posteriormente por Marilyn Gudiño,  de la Universidad Nacional de Cuyo.
Por ese motivo me llamó la atención oír casualmente el nombre de Roberto en un lugar y en un momento que para mí resultan insólitos. Fue a comienzos de junio de 2004 en el barco que transportaba a un nutrido grupo de profesionales ocupados en el estudio de las transformaciones económicas del territorio con destino a la Isla de Marajó, tras haberse producido el agrupamiento de los expedicionarios en la ciudad de Belem, en el estado brasileño de Pará. Yo había llegado días antes, tras un complicado y azaroso viaje desde Madrid, repleto de incomodidades que pronto quedaron subsanadas gracias a los interesantísmos viajes organizados en los días previos a la reunión de Marajó con el fin de conocer aspectos significativos de las economías agrarias en la baja cuenca del río Amazonas. Con ese bagaje previo, la utilidad del viaje a Marajó estaba garantizada,  por más que la casi totalidad de los participantes me fueran desconocidos. Mientras, apoyado en la barandilla del ferry, comentaba la espectacularidad de la travesía en un grupo de compañeros bolivianos, alguien cercano mencionó en alto el nombre de Roberto Bustos. Presté atención a esa voz y al punto hacia el que se dirigía, justo en el otro extremo donde yo me encontraba, para localizar a la persona que entonces me apetecía saludar y conocer personalmente. Me dirigí a él y le saludé con las palabras que formalmente se utilizan en ese tipo de situaciones. Era casi mediodía y el ambiente acusaba el calor propio de la época, aunque dulcificado por la brisa del enorme cauce en el que el barco que nos transportaba avanzaba solitario hacia un destino que jamás pensé que podría llegar a conocer. La conversación con Bustos fue entonces breve, apenas unos comentarios sobre el interés compartido por conocernos, la belleza del entorno, el interés de la iniciativa que nos había llevado hasta allí como partícipes en una Red científica de cerca de cincuenta personas de Universidades y Centros de Investigación de América Latina y la Unión  Europea. La curiosidad que suscitaba la travesía, las conversaciones iniciadas con personas a las que se veía por vez primera y las expectativas por el horizonte de relación y comunicación programado para los días del encuentro impidieron un contacto más prolongado en ese momento.
Sin embargo, los días transcurridos en Marajó, en el magnífico entorno creado en el espacio de ocio de la Posada dos Guarás, ofrecieron durante la semana allí vivida una excelente oportunidad para el descubrimiento de unos y otros, integrados en un ambiente de comunicación para el debate sobre cuestiones de interés común, plasmadas en las presentaciones sobre resultados de los trabajos científicos llevados a cabo por miembros de la red acerca de las transformaciones del espacio provocadas por los frentes pioneros en la cuenca del Amazonas. En ese ambiente la participación era muy activa e intensa, aunque el peso de las intervenciones recaía sobre todo en los colegas latinoamericanos; de entonces tengo anotadas las palabras de Bustos en varias ocasiones, esencialmente sobre aspectos metodológicos y de enfoque de los temas abordados. Las ideas allí vertidas no se limitaban al estricto marco de las sesiones. Como corresponde a una reunión circunscrita a un espacio permanentemente compartido las conversaciones ligadas al oficio adobaban también las mantenidas en las veladas que seguían al almuerzo o a la cena. Fueron momentos gratos y de los que saqué grandes lecciones de calidad humana y  personal, como en concreto sucedió en la visita al Museo de Marajó en un día lluvioso, que nos permitió descubrir la misteriosa belleza de del Norte de la isla o cuando, ya de regreso en Belém, un grupo de compañeros, entre los que se encontraba Roberto, dimos un paseo por la ciudad histórica y el impresionante mercado de Ver-o-Peso. Me llamó la atención un hecho puntual: cuando todo el mundo confiaba en sus máquinas de foto digitales, que por entonces comenzaban a hacer furor, Bustos andaba preocupado por comprar un carrete convencional, a sabiendas de que la calidad de la resolución de la imagen perduraba mucho en ese formato, algo que finalmente consiguió. Recuerdo haberle felicitado por ello.
Los encuentros en la desembocadura del Amazonas sentaron las bases de una relación profesional muy satisfactoria para mí que se prolongó en años sucesivos al participar ambos en las reuniones organizadas en el marco del Programa Alfa y del Proyecto SMART, en las que tanto empeño como excelente organización pusieron Jean François Tourrand, Doris Sayago y sus colaboradores. La confianza adquirida con Roberto cobró mayor entidad en las convocatorias de la Red de Brasilia (2005) y de Puyo (Ecuador) (2006), que mantuvieron viva la llama de los contactos ya consolidados, abiertos al tratamiento de nuevos temas que no hicieron sino profundizar en el conocimiento de las investigaciones realizadas en el seno del grupo. Interesantes fueron sin duda las sesiones que tuvieron lugar en el Centro Cultural de Brasilia en marzo de 2005. Tuvieron un carácter fundamentalmente técnico, a base de largas jornadas de presentaciones y debates, con intervenciones numerosas centradas en la metodología de los modelos multiagentes, en cuya explicación Tourrand ponía un énfasis contagioso del que era imposible evadirse. Recuerdo que en aquella ocasión Roberto y yo mantuvimos conversaciones más habituales, que, entre otros aspectos, me permitieron conocer de manera más detallada sus esfuerzos por impulsar la carrera de Turismo en la Universidad Nacional del Sur, lo que tuve oportunidad de comprobar ese mismo año cuando en el mes de septiembre conocí en Mendoza a Silvia Marenco, su esposa, con motivo de la reunión del CIFOT, en la que presentó los resultados de algunas de las investigaciones que sobre el significado económico-espacial del turismo estaba llevando a cabo con Roberto en Bahia Blanca. Afianzada la relación en Brasilia, el contacto de nuevo en Ecuador, en mayo de 2006, permitió dar un paso más en el conocimiento mutuo, aprovechando el sinfín de sugerencias, comentarios y reflexiones a que se prestaban tanto los debates colectivamente mantenidos  como el conocimiento in situ de una realidad muy interesante que, entre otros episodios memorables, con visitas a un amplio muestrario de formas de explotación agraria, ejemplificaría en la realizada a la cooperativa de aprovechamiento del cacao en Puyo o el encuentro con los responsables locales del gobierno municipal de Baeza.
Al despedirnos en Ecuador, Roberto y yo quedamos en vernos, pues todo parecía indicar que las convocatorias de la Red, tal y como se habían hecho hasta entonces, tocaban ya a su fin. Y la verdad es que la propuesta surtió efectos casi inmediatos. Para mi esposa y para mí fue muy agradable saber de su intención de visitarnos en Valladolid aprovechando la ciudad como punto de tránsito en uno de los viajes que habitualmente ha hecho a Francia. Fue una visita fugaz, que lamento no se prolongase más, ya que muchos eran los hechos que deseaba mostrarle en la Vieja Castilla y los temas que podían aflorar a poco que no afanáramos en ello. Aunque no acompañó el tiempo en aquel ya otoñal mes de octubre de 2006, no desaprovechamos la oportunidad de  efectuar una visita fugaz a una de las áreas más emblemáticas de la economía vitivinícola europea. El viaje a Peñafiel no dio de sí todo lo que yo hubiera deseado, pero tengo la satisfacción de haberle descubierto,  siquiera por un día, los lugares donde adquieren personalidad y prestigio los vinos de la Ribera del Duero, la relevancia histórica de la ciudad medieval de Peñafiel o el poblado de colonización  de Valbuena. No dispongo de imágenes de aquel viaje pero seguro que lo recordará. También esta carencia es un buen pretexto para volver algún día, acompañado de Silvia, a estas tierras donde tanto se les aprecia.
En algunas de las conversaciones mantenidas durante este tiempo me comentó la posibilidad de invitarme a impartir un curso intensivo en la Universidad de Bahía Blanca. Obviamente, me atrajo la idea y acepté de antemano, aunque confieso que no pensaba que iba a ser tan pronto. A mediados de septiembre de 2007, se puso en contacto conmigo para formalizar el compromiso y concertar las fechas. Al coincidir con el inicio de la actividad académica en Valladolid, tuve que modificar rápidamente mi agenda docente, acoplándola a mis días de trabajo en Argentina, pues de ninguna manera quería desaprovechar esa oportunidad. Llegué a Bahía Blanca el 15 de octubre de 2007, tras una escala breve en Buenos Aires. Me esperaban en el aeropuerto Silvia y Roberto. En el camino hacia la ciudad no paramos de hablar, como si faltara el tiempo para abordar todo lo que podía interesarnos en aquel encuentro, para mí inolvidable. Tengo muy presente en la memoria aquel viaje, que anoté con el detalle que la experiencia merecía. El trato recibido fue exquisito y en el recuerdo conservo las atenciones recibidas por los compañeros de aquella Universidad, entre ellos a Ilda Ferrera y Patricia Ercolani, que me dedicaron parte de su tiempo y me enseñaron espacios representativos de la ciudad y su entorno. Al concluir el curso, del que aprendí más de lo que enseñé, Silvia y Roberto me dedicaron todo un fin  de semana para ampliar mis conocimientos y vivencias sobre Argentina y la provincia de Buenos Aires. Es uno de los viajes que más he agradecido en todos los sentidos. Ignoro si  lo habían preparado de antemano, pero lo cierto es que todo salió a la perfección. El recorrido me permitió descubrir los espacios pampeanos, las grandes estancias, los paisajes infinitos de las llanuras donde la vista lo abarca casi todo, y al tiempo apreciar con detenimiento los espacios del turismo de costa de los que sólo tenía noticias vagas y que entonces concreté. El conocimiento de cerca del Complejo Turístico de las Dunas y de la ciudad de Miramar, ilustrada con las explicaciones de un  compañero de Roberto tan solícito como bien informado, culminó con la llegada a Mar del Plata, ciudad que, al fin, tuve la oportunidad de visitar. Desde casi la azotea del hotel Luz y Fuerza, donde nos alojamos, divisé uno de los amaneceres más espectaculares que recuerdo en mi vida. El recorrido a la mañana siguiente a lo largo del impresionante paseo marítimo y la visión a unos pasos del edificio del Casino, que tantas veces había visto en imágenes, para culminar en la última parada en la ciudad de Necochea, tras cruzar su curioso puente colgante, justificaron con creces un viaje que nunca agradeceré suficientemente a los anfitriones que lo hicieron posible.

Desde mi partida de Bahia Blanca  el 22 de octubre de 2007 no he vuelto a ver personalmente a Roberto Bustos Cara. Le he seguido en sus actividades científicas y me complace que se cuente conmigo como evaluador de la Revista de Geografía que edita su Departamento. Hablé de él con Silvia Marenco en Buenos Aires, cuando nos vimos en el Congreso de Geocrítica celebrado en la capital argentina a comienzos de mayo de 2010. Se lo dije entonces y no dejaré de recordárselo: siempre tendrán unos buenos amigos y compañeros en Valladolid. Ellos lo saben bien y espero que no lo olviden cuando en algunos de sus viajes por España o rumbo a Francia, y tras haberse detenido en Burgos, mi ciudad natal y cuyo frío tanto les impresionó, decidan hacer un alto en el camino y ser agasajados como se merecen en la ciudad donde falleció Cristóbal Colón, y que también es la suya.