15 de julio de 2014

Una interesante aproximación científica al significado ambiental de las catástrofes naturales en la primera década del siglo XXI

 El debate sobre los efectos ambientales del cambio climático siempre permanecerá abierto. Abierto y enriquecido a la vez por las aportaciones derivadas de la acumulación de elocuentes hechos empíricos que avalan la gravedad del fenómeno mediante la comprobación de impactos catastróficos que, analizados científicamente, ponen de relieve la trascendencia de uno de los problemas - centrados en el modelo de relaciones existentes entre la economía, la sociedad y el espacio -  que mayor atención suscitan tanto desde la perspectiva científica como desde la sensibilidad social. Basta efectuar una consulta al último Informe de Naciones Unidas sobre el Desarrollo 2014 para cobrar conciencia de la magnitud de los hechos que centran esta entrada. El capítulo 3 - que desarrolla y ejemplifica el alcance de la noción de vulnerabilidad - constituye una prueba contundente, que invita al conocimiento y a la reflexión. 


Y es que no carece de importancia la constatación de que en la primera década de nuestro siglo se hayan detectado cerca de 3.500 desastres naturales, superando en cinco veces los registrados en la década de los setenta del siglo XX. 

Creo que es interesante, por tanto, traer a colación el debate planteado por la European Association of Geographers, a raiz de la publicación en The Guardian del interesante reportaje " Eight ways climate change is making the world more dangerous". 



Key: Dark blue = floods. Light blue = mass movement wet. Green = storms. Yellow = drought. Magenta = extreme temperature. Orange = Wildfires 

Photograph: /WMO

A través de la documentación gráfica recogida en el articulo, se obtiene una percepción fidedigna, rigurosa y coherente de la importancia alcanzada por los desastres naturales en nuestra época. Constituyen, amén de una oportuna lección, una necesaria advertencia. 


Y en este sentido tampoco estaría de más traer a colación la Resolución A/RES/67/2006 de 21 de diciembre de 2012 de NNUU por la que se crea el Año Internacional de los pequeños Estados insulares en vías de desarrollo (PEID), con un llamamiento de atención al extremo grado de vulnerabilidad en que se encuentran estos países ante los efectos del cambio climático. La tesis doctoral de Isidore Kwandja Ngembo lo expone rigurosamente al estudiar Le regime international des droits de l'homme à l'épreuve du changement climatique: le cas de l'Etat insulaire des Maldives, presentada y defendida en la Universidad de Ottawa en 2013. 

25 de junio de 2014

Poderosos vientos de cambio en la Unión Europea



El Norte de Castilla, 25 de junio 2014

2014 va a ser un año decisivo en la historia de la Unión Europea. Se abre sin duda una etapa crucial en la historia del proyecto comunitario europeo.  Nada volverá a ser igual a partir de ahora, a poco que se tome nota de por dónde se encaminan las sensibilidades políticas de los ciudadanos tras las últimas elecciones al Parlamento Europeo. Todo un modelo de gobierno,  basado en un estilo de gestión escasamente sensible a los problemas de la mayoría social, ajustado a prioridades económicas que profundizaban en la desigualdad y en la exclusión de amplios sectores, se ha venido abajo. El mandato de Durão Barroso, al frente de la Comisión  ha sido una catástrofe sin paliativos, que ha minado los cimientos que en su día dieron sentido y razón de ser a la experiencia de integración supraestatal más importante de la Historia.
            Los factores que han contribuido a su puesta en entredicho han sido varios y se muestran al tiempo concurrentes.  Durante estos años han  aflorado movimientos que han demostrado la resistencia o inoperancia de la Unión Europea para ser fiel a sus objetivos de cohesión y convergencia, que marcaron desde el Acta Única (1986) uno de sus principios esenciales. Era evidente que  los movimientos que en la calle - cimentados en la "indignación" y en la rebeldía consecuente - reclamaban ser escuchados y atendidos,  tenían que hacer mella, tarde o temprano, en los procesos y en las estructuras institucionales. No era previsible que aquello quedase meramente limitado al clamor en las plazas y en las calles. No bastaba con la protesta, con la reivindicación, con la manifestación abierta de la rabia justificada, con la acampada y las proclamas incesantes y reiterativas. La incapacidad de las estructuras de poder para asumir lo que significaba esa oleada de insatisfacción, crecientemente expandida, ha derivado en una actitud de desafección y rechazo que inevitablemente tendría que cristalizar en el apoyo a opciones que  surgían con el propósito de dar cabida a ese malestar, a sabiendas de que transmitir la idea de que “no nos representan”  se mostraba, al fin, incompatible con el voto en blanco o la abstención. La búsqueda de la efectividad frente a la nada: no podían hacer otra cosa. Se trataba con ello de mostrar el desapego hacia los políticos, pero no hacia la política, porque bien se sabe que la política lo impregna todo y al margen de ella, y del poder que procura, nada es posible.       
            Los impactos brutales de la crisis, y su modo de gestionarla, se han encargado de incrementar ese caldo de cultivo, en el que se apoya la voluntad de encontrar alternativas viables a las pautas dominantes. En este empeño han unido sus voces y sus objetivos cuantos se han visto afectados por la devastación. De un lado, los jóvenes, que han asumido un protagonismo incuestionable, conscientes de que el futuro se les va de las manos y desean recuperarlo; de otro, los trabajadores que han acabado perdiendo la percepción de lo que es el trabajo como soporte vital; y también las clases medias, asustadas por el debilitamiento de sus posiciones, por la inseguridad a que se ven expuestas como consecuencia de las situaciones de desprotección que empobrecen su calidad de vida y provocan incertidumbres inasumibles en su visión del futuro. En ese clima de descrédito, desamparo, decepción y miedo se entiende la apertura del abanico electoral, que reduce significativamente el peso de las opciones que, organizadas en función de un bipartidismo muy sólido, hasta hace no mucho suscitaban un confianza que hoy se ha debilitado y, quizá para muchos, irreversiblemente desaparecido. 
            La tipología de esas opciones al alza es variopinta. A su amparo cobran posiciones insólitas los movimientos que cuestionan la misma idea de la integración europea para ampararse en la xenofobia, en el repliegue protector de las fronteras estatales, impermeables a la inmigración o, en el mejor de los casos, disuasorias para el que viene de fuera solo con su fuerza de trabajo. En otros casos, la elección se decanta hacia grupos que preconizan otra forma de hacer política, bien sea desde la izquierda solidaria, denunciadora sistemática de los atropellos y movilizadora de los que quieren dar sentido y concreción a sus sentimientos de indignación que con tanta fuerza han conseguido ilusionar y vertebrar a un sector importante de la juventud, o bien desde las posibilidades que, en las aguas siempre fluctuantes del centro, permiten a sus líderes desmarcarse de los viejos hábitos denostados para erigirse en los pretendidos artífices de una política en la que los compromisos en firme quedan desvaídos o simplificados, sin más estrategias aclaratorias que las que abundan en la apelación reiterativa a favor de la ciudadanía.  Y a ello cabe añadir en el caso de España la forzada simbiosis que el nacionalismo catalán ha pretendido establecer entre la proyección de su voz en Europa con la ruta en pos de la independencia, que es, en esencia, su motivación principal, tratando de ensamblar ambos procesos como parte de una estrategia común, que ha redefinido el mapa político catalán con perfiles nunca conocidos hasta ahora.
            En medio de este profundo ajuste global, la repercusión política de mayor trascendencia hacia el futuro concierne, en mi opinión, a la profunda crisis en que se halla sumida la socialdemocracia, ya que el voto conservador clásico, aunque pueda momentáneamente resentirse, tenderá al restablecimiento, pues en él los intereses siempre priman, a la postre, sobre las disensiones. Pero, ¿qué ocurrirá con la izquierda heredera del pensamiento que tanto ha contribuido a fraguar la Europa moderna y a afianzarla en el mundo como el espacio de la solidaridad y de la integración frente a los riesgos de la desigualdad? Seguramente será este aspecto el que en mayor medida acuse la ruptura - y el horizonte de incógnitas abiertas - que las elecciones al Parlamento Europeo 2014 han traído consigo. Una etapa de intensa y necesaria catarsis se abre para los herederos del socialismo europeo. La disyuntiva a la que se enfrentan es tan urgente como crucial. De su solución depende mucho el futuro de Europa



5 de mayo de 2014

Unas Jornadas a favor de la Solidaridad

 

El Grupo de Investigación CITERIOR (Ciudad y Territorio) ha organizado durante los días 28 y 29 de abril unas Jornadas de Geografía Humana dedicadas en esta ocasión al tema “Marginalidad Social y Espacio Urbano”.  Ha sido la primera vez en que se ha abordado una cuestión de esta naturaleza en la Universidad de Valladolid, motivada por el propósito de profundizar en el conocimiento del problema  y en los métodos aplicados al estudio de una realidad difícil de analizar, pero necesitada de un esclarecimiento científico que haga posible la valoración de su magnitud y el alcance de las medidas orientadas a la corrección de las graves implicaciones sociales, económicas y territoriales que presenta. 



Organizadas por Fernando Manero, Catedrático del Área de Geografía Humana, e Igor Robaina, de la Universidade Federal de Rio de Janeiro (Brasil) y Becario Erasmus Mundus Nobel, en ellas se han planteado y debatido aspectos de gran trascendencia relacionados con la dimensión de los derechos humanos en la ciudad, la labor asistencial llevada a cabo por el Ayuntamiento de Valladolid, el significado de los procesos de exclusión y vulnerabilidad social en Castilla y León, las situaciones de marginalidad y nueva pobreza en los espacios urbanos, la realidad de las personas sin hogar en Rio de Janeiro, la percepción de las Homeless Cities en Rio de Janeiro y Hamburgo, y el impacto espacial de las desigualdades (vecinos sin barrio, personas sin hogar) en la ciudad de Sevilla.  

La Universidad, el Ayuntamiento, las Organizaciones solidarias (Cáritas, European Anti Poverty) han sumado esfuerzos para aproximarse a una realidad que existe, que tenemos delante, que nos afecta de lleno, aunque creamos invisible o irrelevante. La Geografía ha actuado como gozne de ese caudal de ideas que confluyen y se entreveran, a través del debate y de la reflexión comprometida, para avanzar en el conocimiento y demostrar, con la rotundidad que aporta la información y su tratamiento socio-territorializado, que nos encontramos ante un desafío ineludible que a todos concierne: a los responsables públicos, a los científicos, a los ciudadanos. Avanzar en las técnicas de análisis y profundizar en la valoración de la experiencia comparada se convierte en una necesidad, que cobra entidad a medida que se valora en su dimensión objetiva y se proyecta como un aspecto esencial de las medidas abocadas a la defensa de la solidaridad y a la lucha contra la desigualdad, la pobreza y la exclusión. "De una ciudad que segrega a una ciudad que integra": esa es una de las principales conclusiones a las que se ha llegado y cuyo solo enunciado constituye, de cara a la toma de decisiones. 

No en vano, entendemos que la Geografía será comprendida y valorada mientras sea capaz de mostrar sensibilidad, atención y compromiso con los problemas de nuestro tiempo, cuando ante situaciones críticas alce la voz para advertir que existen, para analizar los factores que las provocan y para aportar soluciones que hagan posible mitigar su gravedad o superarlas con las garantías necesarias. El espacio es una realidad compleja, en permanente transformación y sujeta a impactos que tienden a provocar tensión e inestabilidad. Del grado de inteligencia con el que la Geografía sea capaz de abordar esta tendencia y de saberla acreditar al tiempo ante la sociedad va a depender el nivel de reconocimiento y credibilidad que sin duda posee. 

Y es que, como señalé en la presentación de las Jornadas, vivimos en una época en la que quizá se está acentuando con perfiles dramáticos y preocupantes la crisis que ha afectado al conjunto de  las Ciencias Sociales desde la última década del siglo XX.  La globalización ha supuesto un cambio de enfoque en el análisis y la interpretación de los fenómenos  Se ha hablado del fin de la Historia, del fin de los territorios, de la necesidad de asumir un modelo de gestión d elos recursos, de organización del trabajo y de utilización del espacio sujeto a reglas que inexorablemente preconizan la eficiencia a costa de la equidad, la explotación intensa frente a la preservación, la rentabilidad a corto plazo frente a la perspectiva de futuro, la aceptación resignada frente a la actitud de denuncia. Los discursos orientados en esta dirección han sido abrumadores hasta el punto de que han eclipsado o difuminado los enfoques alternativos o pretendidamente alternativos.  Prevalece, en cambio, una tendencia a la banalización del pensamiento, sumido en esa especie de actitud evasiva y descriptiva que emana de la aceptación acrítica de los hechos más problemáticos o se decanta hacia la indiferencia, pensado que quizá lo que no se ve no existe o carece de relevancia. Pero tampoco hay que minimizar el peso de las aportaciones que autorizadamente han dado buena cuenta de los efectos provocados por la crisis. Particular atención ha merecido el análisis de los factores generadores de desigualdades y sus manifestaciones. El año pasado adquirió gran resonancia la obra de Joseph Stiglitz – El precio de la desigualdad – y recientemente los medios de comunicación se han hecho eco del rigor utilizado por Thomas Pikketty con su excelente obra El capital en el siglo XXI, que ha suscitado un gran  debate a ambos lados del Atlántico. En ambos casos las investigaciones en la desigualdad en la distribución de la renta y de la riqueza.

Sin embargo, es evidente que la desigualdad y todas las manifestaciones asociadas a ella, como son la pobreza, la miseria, la marginalidad, la exclusión, son fenómenos espaciales que conciernen de lleno al campo de reflexión y de preocupación intelectual de los geógrafos. No son temas antitéticos con los que ocupan nuestra atención cuando estudiamos las dinámicas territoriales, los procesos innovadores o la configuración de los paisajes. Integrar la variedad de perspectivas temáticas que confluyen en la Geografía como ciencia del conocimiento e interpretación del territorio no sólo se justifica por la interdependencia que se producen en el comportamiento de la realidad espacial sino que al tiempo constituye una necesidad en la medida en que la sociedad así lo exige y plantea. El compromiso social es inherente al quehacer del geógrafo si éste desea estar a la altura del momento histórico que le ha tocado vivir. Desde esta perspectiva conceptos como el de justicia espacial, equidad, solidaridad, cooperación, participación cobran fuerza también como desafíos metodológicos, a sabiendas de que las herramientas técnicas – cuantitativas y cualitativas – que manejan los geógrafos le permiten abordar la dimensión aplicada de estos conceptos y categorías con la solvencia necesaria. 

La Geografía será comprendida y valorada mientras sea capaz de mostrar sensibilidad, atención y compromiso con los problemas de nuestro tiempo, cuando ante situaciones críticas alce la voz para advertir que existen, para analizar los factores que las provocan y para aportar soluciones que hagan posible mitigar su gravedad o superarlas con las garantías necesarias. El espacio es una realidad compleja, en permanente transformación y sujeta a impactos que tienden a provocar tensión e inestabilidad. Del grado de inteligencia con el que la Geografía sea capaz de abordar esta tendencia y de saberla acreditar al tiempo ante la sociedad va a depender su propia supervivencia. Más aún el prestigio social de la geografía en muchos países tal vez sería otro si los geógrafos de mayor resonancia, o sea, los que controlan y tienen influencia sobre sus colegas y discípulos y en las altas esferas políticas, hubieran optado por el fomento de una ciencia progresista, comprometida con los más necesitados de la sociedad y desveladora de los procesos, generalmente ocultos,  que transforman el espacio y se interrelacionan y evolucionan en él.

28 de abril de 2014

Geografía y compromiso social

Este texto corresponde a la intervención realizada como presentación de las Jornadas sobre Marginalidad y Espacio Urbano, que tuvieron lugar en Valladolid entre el 28 y el 30 de abril de 2015 



Después de muchos avatares y algunos contratiempos conseguimos finalmente celebrar las Jornadas que a finales del año pasado Igor Robaina y yo acordamos llevar a cabo como parte de las actividades de proyección del Departamento de Geografía – en esta ocasión del Grupo de Investigación Reconocido CITERIOR, Ciudad y Territorio  – y también relacionadas con la línea de investigación que ha llevado a Robaina a efectuar durante unos meses su estancia en nuestra Universidad como Becario Erasmus Mundus Babel. Cuando me planteó esta iniciativa consideré que se trataba de una oportunidad que no deberíamos desaprovechar. 

Y por una razón que me sigue pareciendo pertinente. Vivimos una época en la que quizá se está acentuando con perfiles dramáticos y preocupantes la crisis que ha afectado al conjunto de  las Ciencias Sociales desde la última década del siglo XX.  La globalización ha supuesto un cambio de enfoque en el análisis y la interpretación de los fenómenos que Se ha hablado del fin de la Historia, del fin de los territorios, de la necesidad de asumir un modelo de gestión delos recursos, de organización del trabajo y de utilización del espacio sujeto a reglas que inexorablemente preconizan la eficiencia a costa de la equidad, la explotación intensa frente a la preservación, la rentabilidad a corto plazo frente a la perspectiva de futuro, la aceptación resignada frente a la actitud de denuncia. Los discursos orientados en esta dirección han sido abrumadores hasta el punto de que han eclipsado o difuminado los enfoques alternativos o pretendidamente alternativos.  Prevalece una tendencia a la banalización del pensamiento, sumido en esa especie de actitud evasiva que emana de la aceptación acrítica de los hechos más problemáticos o se decanta hacia la indiferencia, pensado que quizá lo que no se ve no existe o carece de relevancia. Pero tampoco hay que minimizar el peso de las aportaciones que autorizadamente han dado buena cuenta de los efectos provocados por la crisis. Particular atención ha merecido el análisis de los factores generadores de desigualdades y sus manifestaciones. El año pasado adquirió gran resonancia la obra de Joseph Stiglitz – El precio de la desigualdad – y recientemente los medios de comunicación se han hecho eco del rigor utilizado por Thomas Pikketty con su excelente obra El capital en el siglo XXI, que ha suscitado un gran  debate a ambos lados del Atlántico. En ambos casos las investigaciones en la desigualdad en la distribución de la renta y de la riqueza.

Sin embargo, es evidente que la desigualdad y todas las manifestaciones asociadas a ella, como son la pobreza, la miseria, la marginalidad, la exclusión, son fenómenos espaciales que conciernen de lleno al campo de reflexión y de preocupación intelectual de los geógrafos. No son temas antitéticos con los que ocupan nuestra atención cuando estudiamos las dinámicas territoriales, los procesos innovadores o la configuración de los paisajes. Integrar la variedad de perspectivas temáticas que confluyen en la Geografía como ciencia del conocimiento e interpretación del territorio no sólo se justifica por la interdependencia que se producen en el comportamiento de la realidad espacial sino que al tiempo constituye una necesidad en la medida en que la sociedad así lo exige y plantea. El compromiso social es inherente al quehacer del geógrafo si éste desea estar a la altura del momento histórico que le ha tocado vivir. Desde esta perspectiva conceptos como el de justicia espacial, equidad, solidaridad, cooperación, participación cobran fuerza también como desafíos metodológicos, a sabiendas de que las herramientas técnicas – cuantitativas y cualitativas – que manejan los geógrafos le permiten abordar la dimensión aplicada de estos conceptos y categorías con la solvencia necesaria.

La Geografía será comprendida y valorada mientras sea capaz de mostrar sensibilidad, atención y compromiso con los problemas de nuestro tiempo, cuando ante situaciones críticas alce la voz para advertir que existen, para analizar los factores que las provocan y para aportar soluciones que hagan posible mitigar su gravedad o superarlas con las garantías necesarias. El espacio es una realidad compleja, en permanente transformación y sujeta a impactos que tienden a provocar tensión e inestabilidad. Del grado de inteligencia con el que la Geografía sea capaz de abordar esta tendencia y de saberla acreditar al tiempo ante la sociedad va a depender su propia supervivencia.


12 de diciembre de 2013

Roberto Bustos: De la Amazonia a Bahía Blanca pasando por Peñafiel


A finales de 2013, Marcelo Sili, del Departamento de Geografía de la Universidad Nacional del Sur (Bahía Blanca), me solicitó un texto alusivo a los recuerdos que me ligaban a la figura de Roberto Bustos Cara, geógrafo prestigioso de esa Universidad y con el que he mantenido, desde que nos conocimos en 2004, una buena amistad. Estas son las líneas que le envié. Forman parte de una obra colectiva - Itinerarios geográficos. Experiencias y recuerdos con Roberto Bustos Cara - editada por la Universidad Nacional del Sur: 

Siempre me pareció un hombre sencillo y cordial, amigo leal de sus amigos, compañero sincero con sus compañeros y una persona dotada  de una sensibilidad excepcional  hacia  los problemas de su país y de su tiempo.  Predominaba en su rostro más la sonrisa que el gesto adusto, más la mirada atenta que la expresión evasiva, más la palabra sosegada que las alocuciones ruidosas. Por lo que yo recuerdo y he vivido en su compañía, la conversación con Roberto Bustos Cara siempre transcurre calmosa, impregnada de ese acento argentino inconfundible pero, lo que es más importante, he observado que lo que expone, dice y plantea jamás adolece de banalidad o de reflexión superficial. En las diferentes ocasiones en que he tenido oportunidad de hablar con él  he percibido una actitud respetuosa con las opiniones ajenas, propia de una persona que sabe escuchar y que, mientras escucha los argumentos de su interlocutor, va preparando cuidadosamente la respuesta pertinente y atinada. Por esa razón las conversaciones con él nunca son cortas ni resultan irrelevantes. Transcurren en un ambiente relajado en el que la ausencia de tensión facilita el empleo riguroso de las argumentaciones, el análisis pormenorizado de los hechos, el pertinente tratamiento dialéctico de las cuestiones planteadas. Se trata, en suma, de una relación enriquecedora que progresivamente abre camino a la amistad, cimentada en el trato personal y en las complicidades intelectuales amparadas en el apego común hacia la Geografía.
Mucho antes de que tuviera la oportunidad de conocerle y tratarle personalmente, el nombre de Roberto Bustos me resultaba próximo. Había oído hablar de él a colegas diversos de España, Argentina, México y Francia con los que había comentado cuestiones diversas relacionadas con la realidad geográfica latinoamericana, cuya interpretación es indisociable de las aportaciones efectuadas por los estudiosos más relevantes de ese territorio que tanto me ha interesado y fascinado siempre.  Supe con más detalle de su personalidad intelectual a raíz de la celebración en Valladolid del VI Congreso de Geografía de América Latina, que tuvo lugar a finales de septiembre de 2011 y que contó con una significada representación de geógrafos y arquitectos argentinos, algunos de los cuales me comentaron la labor realizada desde las Universidades de aquel país, entre las que mención especial merecía la Nacional del Sur, en Bahía Blanca, donde trabajaba un plantel relevante de compañeros a los que valía la pena descubrir. Años después, en mayo de 2004, oí de nuevo su nombre en Mendoza, coincidiendo con los días que pasé en esa ciudad, que tan bien le conoce, pues nació en ella, como profesor de una Maestría en Ordenamiento territorial amablemente invitado por Ana Alvarez y Berta Fernández, y posteriormente por Marilyn Gudiño,  de la Universidad Nacional de Cuyo.
Por ese motivo me llamó la atención oír casualmente el nombre de Roberto en un lugar y en un momento que para mí resultan insólitos. Fue a comienzos de junio de 2004 en el barco que transportaba a un nutrido grupo de profesionales ocupados en el estudio de las transformaciones económicas del territorio con destino a la Isla de Marajó, tras haberse producido el agrupamiento de los expedicionarios en la ciudad de Belem, en el estado brasileño de Pará. Yo había llegado días antes, tras un complicado y azaroso viaje desde Madrid, repleto de incomodidades que pronto quedaron subsanadas gracias a los interesantísmos viajes organizados en los días previos a la reunión de Marajó con el fin de conocer aspectos significativos de las economías agrarias en la baja cuenca del río Amazonas. Con ese bagaje previo, la utilidad del viaje a Marajó estaba garantizada,  por más que la casi totalidad de los participantes me fueran desconocidos. Mientras, apoyado en la barandilla del ferry, comentaba la espectacularidad de la travesía en un grupo de compañeros bolivianos, alguien cercano mencionó en alto el nombre de Roberto Bustos. Presté atención a esa voz y al punto hacia el que se dirigía, justo en el otro extremo donde yo me encontraba, para localizar a la persona que entonces me apetecía saludar y conocer personalmente. Me dirigí a él y le saludé con las palabras que formalmente se utilizan en ese tipo de situaciones. Era casi mediodía y el ambiente acusaba el calor propio de la época, aunque dulcificado por la brisa del enorme cauce en el que el barco que nos transportaba avanzaba solitario hacia un destino que jamás pensé que podría llegar a conocer. La conversación con Bustos fue entonces breve, apenas unos comentarios sobre el interés compartido por conocernos, la belleza del entorno, el interés de la iniciativa que nos había llevado hasta allí como partícipes en una Red científica de cerca de cincuenta personas de Universidades y Centros de Investigación de América Latina y la Unión  Europea. La curiosidad que suscitaba la travesía, las conversaciones iniciadas con personas a las que se veía por vez primera y las expectativas por el horizonte de relación y comunicación programado para los días del encuentro impidieron un contacto más prolongado en ese momento.
Sin embargo, los días transcurridos en Marajó, en el magnífico entorno creado en el espacio de ocio de la Posada dos Guarás, ofrecieron durante la semana allí vivida una excelente oportunidad para el descubrimiento de unos y otros, integrados en un ambiente de comunicación para el debate sobre cuestiones de interés común, plasmadas en las presentaciones sobre resultados de los trabajos científicos llevados a cabo por miembros de la red acerca de las transformaciones del espacio provocadas por los frentes pioneros en la cuenca del Amazonas. En ese ambiente la participación era muy activa e intensa, aunque el peso de las intervenciones recaía sobre todo en los colegas latinoamericanos; de entonces tengo anotadas las palabras de Bustos en varias ocasiones, esencialmente sobre aspectos metodológicos y de enfoque de los temas abordados. Las ideas allí vertidas no se limitaban al estricto marco de las sesiones. Como corresponde a una reunión circunscrita a un espacio permanentemente compartido las conversaciones ligadas al oficio adobaban también las mantenidas en las veladas que seguían al almuerzo o a la cena. Fueron momentos gratos y de los que saqué grandes lecciones de calidad humana y  personal, como en concreto sucedió en la visita al Museo de Marajó en un día lluvioso, que nos permitió descubrir la misteriosa belleza de del Norte de la isla o cuando, ya de regreso en Belém, un grupo de compañeros, entre los que se encontraba Roberto, dimos un paseo por la ciudad histórica y el impresionante mercado de Ver-o-Peso. Me llamó la atención un hecho puntual: cuando todo el mundo confiaba en sus máquinas de foto digitales, que por entonces comenzaban a hacer furor, Bustos andaba preocupado por comprar un carrete convencional, a sabiendas de que la calidad de la resolución de la imagen perduraba mucho en ese formato, algo que finalmente consiguió. Recuerdo haberle felicitado por ello.
Los encuentros en la desembocadura del Amazonas sentaron las bases de una relación profesional muy satisfactoria para mí que se prolongó en años sucesivos al participar ambos en las reuniones organizadas en el marco del Programa Alfa y del Proyecto SMART, en las que tanto empeño como excelente organización pusieron Jean François Tourrand, Doris Sayago y sus colaboradores. La confianza adquirida con Roberto cobró mayor entidad en las convocatorias de la Red de Brasilia (2005) y de Puyo (Ecuador) (2006), que mantuvieron viva la llama de los contactos ya consolidados, abiertos al tratamiento de nuevos temas que no hicieron sino profundizar en el conocimiento de las investigaciones realizadas en el seno del grupo. Interesantes fueron sin duda las sesiones que tuvieron lugar en el Centro Cultural de Brasilia en marzo de 2005. Tuvieron un carácter fundamentalmente técnico, a base de largas jornadas de presentaciones y debates, con intervenciones numerosas centradas en la metodología de los modelos multiagentes, en cuya explicación Tourrand ponía un énfasis contagioso del que era imposible evadirse. Recuerdo que en aquella ocasión Roberto y yo mantuvimos conversaciones más habituales, que, entre otros aspectos, me permitieron conocer de manera más detallada sus esfuerzos por impulsar la carrera de Turismo en la Universidad Nacional del Sur, lo que tuve oportunidad de comprobar ese mismo año cuando en el mes de septiembre conocí en Mendoza a Silvia Marenco, su esposa, con motivo de la reunión del CIFOT, en la que presentó los resultados de algunas de las investigaciones que sobre el significado económico-espacial del turismo estaba llevando a cabo con Roberto en Bahia Blanca. Afianzada la relación en Brasilia, el contacto de nuevo en Ecuador, en mayo de 2006, permitió dar un paso más en el conocimiento mutuo, aprovechando el sinfín de sugerencias, comentarios y reflexiones a que se prestaban tanto los debates colectivamente mantenidos  como el conocimiento in situ de una realidad muy interesante que, entre otros episodios memorables, con visitas a un amplio muestrario de formas de explotación agraria, ejemplificaría en la realizada a la cooperativa de aprovechamiento del cacao en Puyo o el encuentro con los responsables locales del gobierno municipal de Baeza.
Al despedirnos en Ecuador, Roberto y yo quedamos en vernos, pues todo parecía indicar que las convocatorias de la Red, tal y como se habían hecho hasta entonces, tocaban ya a su fin. Y la verdad es que la propuesta surtió efectos casi inmediatos. Para mi esposa y para mí fue muy agradable saber de su intención de visitarnos en Valladolid aprovechando la ciudad como punto de tránsito en uno de los viajes que habitualmente ha hecho a Francia. Fue una visita fugaz, que lamento no se prolongase más, ya que muchos eran los hechos que deseaba mostrarle en la Vieja Castilla y los temas que podían aflorar a poco que no afanáramos en ello. Aunque no acompañó el tiempo en aquel ya otoñal mes de octubre de 2006, no desaprovechamos la oportunidad de  efectuar una visita fugaz a una de las áreas más emblemáticas de la economía vitivinícola europea. El viaje a Peñafiel no dio de sí todo lo que yo hubiera deseado, pero tengo la satisfacción de haberle descubierto,  siquiera por un día, los lugares donde adquieren personalidad y prestigio los vinos de la Ribera del Duero, la relevancia histórica de la ciudad medieval de Peñafiel o el poblado de colonización  de Valbuena. No dispongo de imágenes de aquel viaje pero seguro que lo recordará. También esta carencia es un buen pretexto para volver algún día, acompañado de Silvia, a estas tierras donde tanto se les aprecia.
En algunas de las conversaciones mantenidas durante este tiempo me comentó la posibilidad de invitarme a impartir un curso intensivo en la Universidad de Bahía Blanca. Obviamente, me atrajo la idea y acepté de antemano, aunque confieso que no pensaba que iba a ser tan pronto. A mediados de septiembre de 2007, se puso en contacto conmigo para formalizar el compromiso y concertar las fechas. Al coincidir con el inicio de la actividad académica en Valladolid, tuve que modificar rápidamente mi agenda docente, acoplándola a mis días de trabajo en Argentina, pues de ninguna manera quería desaprovechar esa oportunidad. Llegué a Bahía Blanca el 15 de octubre de 2007, tras una escala breve en Buenos Aires. Me esperaban en el aeropuerto Silvia y Roberto. En el camino hacia la ciudad no paramos de hablar, como si faltara el tiempo para abordar todo lo que podía interesarnos en aquel encuentro, para mí inolvidable. Tengo muy presente en la memoria aquel viaje, que anoté con el detalle que la experiencia merecía. El trato recibido fue exquisito y en el recuerdo conservo las atenciones recibidas por los compañeros de aquella Universidad, entre ellos a Ilda Ferrera y Patricia Ercolani, que me dedicaron parte de su tiempo y me enseñaron espacios representativos de la ciudad y su entorno. Al concluir el curso, del que aprendí más de lo que enseñé, Silvia y Roberto me dedicaron todo un fin  de semana para ampliar mis conocimientos y vivencias sobre Argentina y la provincia de Buenos Aires. Es uno de los viajes que más he agradecido en todos los sentidos. Ignoro si  lo habían preparado de antemano, pero lo cierto es que todo salió a la perfección. El recorrido me permitió descubrir los espacios pampeanos, las grandes estancias, los paisajes infinitos de las llanuras donde la vista lo abarca casi todo, y al tiempo apreciar con detenimiento los espacios del turismo de costa de los que sólo tenía noticias vagas y que entonces concreté. El conocimiento de cerca del Complejo Turístico de las Dunas y de la ciudad de Miramar, ilustrada con las explicaciones de un  compañero de Roberto tan solícito como bien informado, culminó con la llegada a Mar del Plata, ciudad que, al fin, tuve la oportunidad de visitar. Desde casi la azotea del hotel Luz y Fuerza, donde nos alojamos, divisé uno de los amaneceres más espectaculares que recuerdo en mi vida. El recorrido a la mañana siguiente a lo largo del impresionante paseo marítimo y la visión a unos pasos del edificio del Casino, que tantas veces había visto en imágenes, para culminar en la última parada en la ciudad de Necochea, tras cruzar su curioso puente colgante, justificaron con creces un viaje que nunca agradeceré suficientemente a los anfitriones que lo hicieron posible.

Desde mi partida de Bahia Blanca  el 22 de octubre de 2007 no he vuelto a ver personalmente a Roberto Bustos Cara. Le he seguido en sus actividades científicas y me complace que se cuente conmigo como evaluador de la Revista de Geografía que edita su Departamento. Hablé de él con Silvia Marenco en Buenos Aires, cuando nos vimos en el Congreso de Geocrítica celebrado en la capital argentina a comienzos de mayo de 2010. Se lo dije entonces y no dejaré de recordárselo: siempre tendrán unos buenos amigos y compañeros en Valladolid. Ellos lo saben bien y espero que no lo olviden cuando en algunos de sus viajes por España o rumbo a Francia, y tras haberse detenido en Burgos, mi ciudad natal y cuyo frío tanto les impresionó, decidan hacer un alto en el camino y ser agasajados como se merecen en la ciudad donde falleció Cristóbal Colón, y que también es la suya.

4 de diciembre de 2013

Problemas de gestión en la Red de Parques Nacionales

 




Intervención realizada en el Seminario sobre Conservación del Patrimonio Natural
Teruel (4 diciembre 2013)



La publicación del informe emitido por la Intervención General del Estado sobre la gestión de los Parques Nacionales españoles ha puesto en evidencia un panorama crítico, que se viene a sumar a la situación preocupante en que en España se encuentra la protección y la salvaguarda de los valores ambientales. Las alarmas detectadas figuran en la Resolución del 15 de noviembre de 2013, que recoge la Cuenta General del Estado correspondiente al ejercicio de 2012 (BOE. 27 de noviembre 2013).  

Resulta sorprendente constatar que cerca del 90 % de los bienes de que dispone el Organismo gestor de Parques Nacionales- que abarca 15 PN más lo de Cabañeros y Tablas de Daimiel (no transferidos a Castilla-La Mancha), y cuyo valor asciende a 247 millones de euros "no están identificados y no se puede comprobar, por falta de control interno, si esos bienes existen y en qué condiciones de uso, por lo que no se ha podido evaluar el efecto que este hecho pudiera tener sobre las cuentas del ejercicio de 2012". Se señala, además, que "no existe un inventario como tal ni un departamento independiente que lleve un control del inventario ni ningún manual de procedimiento". 

En este contexto nada tiene de extraño el malestar surgido en torno a la gestión del Parque Nacional de Doñana, del que se se ha hecho eco el Club Doñana al denunciar la situación de "absoluto estado de abandono" en que se encuentra como consecuencia de la dejación de funciones por parte de las diferentes administraciones con responsabilidades, competencias y obligaciones en la aplicación de la normativa específicamente concebida para la ordenación de dicho espacio singular, "único en el mundo".  Advierten además que el panorama hacia el futuro se muestra especialmente crítico debido a los impactos provocados por "las extracciones ilegales, la falta de actuaciones para la regeneración hídrica, la ocupación y transformación de cauces públicos, la amenaza provocada por el dragado del río Guadalquivir, la mortandad de la avifauna, etc."

23 de junio de 2013

Los fundamentos esenciales de la marca España


El Norte de Castilla, 25 junio 2013


Cuando un país, como ahora sucede en España, persigue fortalecer su imagen mediante una política de acreditación hacia el exterior, que ponga al descubierto la dimensión y la relevancia de sus valores distintivos como factor de atracción, es que quizá algo falla en los rasgos de la proyección que se pretende ofrecer en el momento en el que tal objetivo se plantea. ¿Será porque son numerosos los claroscuros que se ciernen sobre ella? ¿O tal vez porque existe en sus destinatarios una visión distorsionada que, a juicio de quien trata de contrarrestarla, es preciso corregir?
Sea lo que sea, lo cierto es que en estos tiempos en los que prima la mercadotecnia en aras de la elaboración de un producto, amparado en cualidades que favorezcan su consideración positiva, es obvio que las posibilidades del intento están condicionadas por la fortaleza de los mensajes transmitidos y, sobre todo, por la solidez y continuidad de los argumentos en los que se apoyan. No todos los productos son iguales ni revisten la misma complejidad, pues su naturaleza difiere en función de lo que significan y del tipo de demanda hacia la que van destinados. De ahí el riesgo de simplificación que puede suponer el hecho de limitar una imagen a la presentación formal de ideas atractivas, nombres rutilantes  o referencias de gran impacto mediático que, aun no siendo baladíes, tienden más a confundir, dada su diversidad, que a aclarar el valor objetivo de los hechos con los que se trata de identificar, sobre la base de criterios bien definidos, la naturaleza de la “marca“ en cuestión.
            Frente al riesgo de banalización, que resulta de entender el reconocimiento  como la mera comercialización de un producto prefabricado, se impone la necesidad  de ratificarlo más bien como la expresión de una serie de valores intrínsecos que, debidamente relacionados entre sí y fortalecidos a través del conocimiento a gran escala que de ellos se consiga,  permitan su identificación coherente por parte de los destinatarios del mensaje, de modo que se conviertan en referencias sólidas, consistentes y alejadas de la fugacidad  con que habitualmente se plantean las campañas publicitarias.
            La experiencia revalida hasta qué punto el atractivo de un Estado es indisociable de las cualidades que lo caracterizan por encima de las coyunturas, de las modas efímeras o de las circunstancias específicas de una situación determinada. Admitiendo que la historia desempeña a este respecto una importancia decisiva, no es menos patente que la capacidad para sintonizar con los valores que sobreviven a la erosión del tiempo constituye la mejor garantía para entender lo que representa la defensa de unos caracteres firmemente cimentados. Y es que, más que una marca, tan propensa al reduccionismo en función de los limitados perfiles a que conduce su transmisión puntual, la imagen y el prestigio se construyen sobre pilares dotados de la suficiente consistencia como para justificar el hecho de que lo importante no es conseguirlos sino asegurar su perduración.
De ahí la conveniencia de clarificar bien lo que haya de entenderse como la imagen de España, que, más allá de los símbolos o emblemas propalados con tal fin,  no debiera quedar desprovista de los cuatro pilares que han de sustentar una proyección digna a la par que convincente, visible y con seguras perspectivas de futuro. Aunque no es posible detenerse en cada uno dado el espacio disponible, su consideración destaca la utilidad del engarce que entre ellos debiera producirse como fundamento de una estrategia de promoción basada en la calidad y en las credenciales que aportan las cosas bien hechas en aspectos sustanciales de la vida del país y a la vez de gran valor comparativo.
Si es evidente que el desarrollo de la plataforma científica e investigadora ocupa una posición primordial, hasta el punto de que las restricciones efectuadas en este sentido presentan un efecto demoledor para el reconocimiento de la categoría que se pretende, no es menos relevante, por otro lado, el predicamento que a un país proporcionan las aportaciones realizadas en el ámbito de la cultura y de la buena administración de sus valores patrimoniales. En ellos se asientan las formas de expresión que en mayor medida demuestran la capacidad creativa, libre, crítica e innovadora de una sociedad, susceptible de configurar una oferta dotada de la dimensión cualitativa que haga posible su reconocimiento internacional y el apoyo merecido, por encima de las frustraciones que pudieran derivar de un tratamiento basado en medidas sesgadas o entorpecedoras del adecuado despliegue de las fortalezas existentes en este sentido.
Y en la misma línea cabría hacer hincapié en la resonancia que, a efectos de consolidar una imagen favorablemente reconocida, posee el empeño de las administraciones para asegurar el buen funcionamiento de los mecanismos que hagan posible la cohesión social y económica de sus ciudadanos, garantizando la equidad y la eficiencia que procura las buenas prácticas aplicadas a la gestión de los servicios públicos esenciales. Objetivo básico que, para completar el elenco de factores que nos ocupan, no puede ser entendido al margen de los directrices inherentes a la preservación de la calidad y de los comportamientos éticos de su sistema institucional, pues no en vano -  y precisamente cuando se hallan lesionados por los defensores del corto plazo, del sálvese quien pueda y de la visión especulativa aplicada a las actuaciones que afectan a su ámbito de responsabilidad -  de su cumplimiento dependen el margen de respeto, la  seguridad jurídica y la efectividad del marco regulador en los que se amparan tanto los derechos de los propios como la confianza asumible por parte de los ajenos.
En definitiva, ciencia, cultura, cohesión socio-económica y calidad institucional: las cuatro “c” de la marca España, los fundamentos que han de arropar la credibilidad y los méritos objetivos de nuestro país.



24 de enero de 2013

La importancia de la Geografía en la Universidad de Valladolid


El Norte de Castilla, 24 de Febrero 2013


Como corresponde a una institución sensible con los cambios que afectan al entorno que la rodea, la Universidad ha manifestado siempre una voluntad notable para adaptarse a ellos procurando a la vez no poner en peligro los valores que la han prestigiado a lo largo del tiempo. En esa capacidad para lograr un engarce positivo entre la innovación y la tradición, siempre que una y otra estén fundamentadas en pilares consistentes, radica precisamente lo que identifica a la realidad universitaria y la sitúa por encima de las contingencias coyunturales. Más aún, de su fortalecimiento, y en función de las posibilidades que de ello se derivan,  depende el mérito de una Universidad, enriquecida por la confluencia de saberes complementarios, concebidos al servicio de una sociedad cada vez más compleja, con exigencias diversas y en permanente proceso de cambio y readaptación.
Coherente con lo señalado, la Universidad está  obligada a enfrentarse - ayer, hoy y mañana -   a desafíos permanentes que someten a prueba la solidez de sus cimientos y la calidad de los recursos de que dispone para desempeñar de modo satisfactorio su labor en los campos de responsabilidad – en la docencia y en la investigación – que específicamente la competen. Hacerlo en tiempos de crisis no resulta tarea fácil, ya que es entonces cuando, debido a los condicionamientos y a las limitaciones que introduce, las medidas restrictivas tienden a limitar las capacidades existentes, cuando no a debilitarlas e incluso a poner en entredicho el legado que han sabido desarrollar con no poco esfuerzo y en circunstancias muchas veces difíciles, adversas y complicadas.
Conviene traer a colación este aspecto cuando se plantea, como sucede actualmente en Castilla y León, un proceso de reestructuración de la oferta académica que se invoca como necesario al albur de los indicadores habitualmente limitados  a circunscribir la atención en una magnitud – el número de alumnos – que con frecuencia enmascara la realidad de un balance favorable, tanto por los elementos de juicio cualitativos que particularmente lo definen como por los valores intrínsecos acumulados a lo largo de una dilatada trayectoria, construida en momentos incluso más difíciles que los actuales.
En este contexto, y ante un escenario de sensibilización que no puede ser ignorado, deseo llamar la atención sobre la importante y valiosa contribución que la Geografía, sustentada por los profesionales que la han cultivado y la cultivan, ha hecho al bagaje global de la Universidad de Valladolid, aunque siempre,  y como es lógico, con la mirada puesta en las escalas de referencia que, a nivel regional, nacional e internacional, se han nutrido de sus numerosas y reconocidas aportaciones. Profesor de esta Universidad desde el año 1972, dispongo de la suficiente perspectiva y experiencia para destacar la importancia de la tarea realizada y, por tanto, para reclamar que se asuma la fortaleza de este caudal como soporte justificativo de la titulación en Geografía como un elemento acreditado de su estructura docente y científica. Y lo hago no porque se vea amenazada su continuidad sino porque, ante un escenario de imprevisiones no deseadas, siempre es pertinente revalidar el ámbito académico y científico en el que cada cual y quienes con él comparten empeños e ilusiones se desenvuelven  con la sola pretensión de que sus destinatarios principales, es decir, los ciudadanos, conozcan objetivamente la realidad universitaria concebida a su servicio.
Más allá de la información que respalda la envergadura alcanzada, convendría destacar lo que realmente significa el reconocimiento del valor añadido que la Geografía aporta en nuestros días al acervo universitario radicado en Valladolid. Y es que no en vano el estudio de la Geografía – apoyado en el desarrollo de los propios conceptos y en los instrumentos técnicos destinados al tratamiento optimizado de la información espacial y a su correcta representación gráfica y cartográfica - ayuda a  interpretar mejor el mundo que nos rodea, a comprender, en sus diferentes escalas, la diversidad de manifestaciones en las que se proyecta  la acción humana sobre el medio natural, expresada a través de los diferentes tipos de paisaje. Permite asimismo comprender las lógicas en las que se apoyan los impactos que permanentemente modelan el territorio en función de los objetivos que en cada momento de la historia - y con especial intensidad en nuestro tiempo - han orientado las decisiones adoptadas por quienes ostentan la capacidad y el poder para llevarlas a cabo y así proceder a su ordenación racional.
Conocer, entender y expresar el espacio para mejor intervenir sobre él mediante propuestas científicamente bien sustentadas: de eso sustancialmente se trata, merced tanto al  aprendizaje teórico-práctico como a la profesionalización a partir de las destrezas adquiridas, por lo que no está de más invocar el peso adquirido en este sentido por el Colegio de Geógrafos, con más de una década de existencia y con un meritorio caudal de realizaciones en su hoja de servicios. Y de ahí también la justicia de reconocer a la Geografía una posición relevante en el conjunto de los saberes de los que la sociedad debe hacer uso eficaz para ser más consciente de la compleja y contrastada realidad espacial en la que su vida se organiza y desarrolla. Argumentos en este sentido no faltan y la experiencia los avala con holgura, como sucede con la  fraguada concretamente en nuestra Universidad, en la que  no es desestimable en modo alguno ese esfuerzo dilatado e ininterrumpido a favor de la transmisión del conocimiento geográfico sobre cuestiones que permiten a quienes lo reciben adquirir las bases necesarias para abordar el tratamiento de los problemas que afectan a un panorama territorial necesitado de profesionales capaces de interpretarlo con la debida solvencia cultural y científica. 

23 de diciembre de 2012

Exposición Etiopía Kes be Kes, de Borja Santos Porras

Presentación de la Exposición de fotografías sobre Etiopía, realizadas por Borja Santos Porras en el Espacio Joven (Ayuntamiento de Valladolid)  



Si siempre es un placer asistir a una exposición en la que se descubren nuevos mensajes, nuevas perspectivas y nuevas sensaciones, tomar contacto con las que ponen al descubierto la obra fotográfica de Borja Santos Porras constituye sin duda, además de un placer, una experiencia tan gratificante como inolvidable, máxime si al tiempo se comparte con el propio autor, con buenos amigos como Diego Fernández Magdaleno y en un ambiente tan gratificante como éste. Ya tuvimos ocasión de comprobar no hace mucho lo que todo ello representa cuando trajo a este mismo escenario una parte de las percepciones visuales obtenidas en Ecuador, el territorio que Alexander Von Humboldt calificó como el más sorprendente del mundo. Las imágenes de Ecuador permanecen aún indelebles en la memoria, precisamente porque la fotografía de Borja está concebida no como un testimonio fugaz o efímero sino como la demostración de un empeño por ilustrar con fuerza y contundencia sobre  lo que no se conoce para que quien lo perciba sea capaz de entenderlo como algo digno de ser preservado y disfrutado en la memoria.
Todas las fotografías son irrepetibles. Cada una de ellas representa la imagen obtenida en un instante que nunca volverá a manifestarse de la misma manera. Son documentos específicos que evidencian un momento seleccionado con la finalidad de que perdure en la memoria y reproduzca para quien los realiza y para quienes los contemplan las sensaciones que motivaron su registro para siempre. Ahí reside precisamente el valor de esas representaciones que nos llevan a acudir a ellas cuando deseamos dar consistencia al recuerdo y descubrir los matices que, sin disponer de la prueba gráfica,  han quedado difuminados en la mera evocación.
La fotografía es una construcción cultural, concebida con el fin de descifrar, desde la perspectiva de quien la realiza, los matices de una escena que, una vez fijada en la imagen, se abre a toda suerte de interpretaciones. De ahí la capacidad que posee la buena fotografía para vencer su estatismo formal, su rigidez aparente,  y ofrecerse como un panorama de referencias visuales susceptibles de cobrar dinamismo, vida y expresividad cambiante en función de las reacciones adoptadas por cuantos las miran, analizan o simplemente se deleitan con su contemplación. Walter Benjamín en su magnífica “Pequeña historia de la fotografía” nos advierte de la capacidad que esa forma de expresión para revelar o transmitir sensaciones invisibles al ojo corriente.
Cuando la persona comprometida con su sociedad y con su tiempo emprende la tarea de captar con su cámara cuanto sucede a su alrededor consigue en ocasiones brindar muestras formidables de talento que el paso del tiempo no hace sino corroborar. Desde esta perspectiva es de todo punto recomendable apreciar la sensibilidad desplegada por Borja  a través de las fotografías que revelan no solo una destreza excepcional para captar el momento, el lugar, el paisaje o la escena humana  desconocida y que ahora es dada a conocer en una exposición clarificadora de hacia dónde se encauza y dirige  la sensibilidad estética e intelectual de su autor. No es solamente labor de un mero curioso o la de un artista simplemente empeñado en averiguar los matices y colores que un determinado entorno encierra sino, ante todo, la manifestación de la tarea emprendida por un observador, consciente y culto, que en todo momento se ha esforzado por interpretar  la realidad de su época y del espacio en que ha desenvuelto su actividad y asumir los desafíos de todo orden a que se enfrentaba tuvo la coherencia de hacer suyas las posibilidades de una herramienta de expresión, que le ha permitido, a través de la fotografía, asumir para sí mismo las características de un escenario tan difícil como lleno de complejidades con el fin de transmitirlas, sin edulcoraciones ni ambigüedades, a quien desee conocerlas para saber que existen y los valores que encierran, más allá del estereotipo o de la mirada convencional.
Y es que además no es fácil ni frecuente asistir a exposiciones sobre Africa. No es que sea el continente olvidado que algunos afirman, sino el continente desconocido o, lo que es peor, interpretado a base de tópicos, imágenes preconcebidas o valoraciones sesgadas en función de esos tópicos. Es un territorio de contrastes inmensos, repleto de situaciones críticas, de episodios históricos dolorosos, de sociedades que luchan por la supervivencia en un entorno difícil y lleno de posibilidades y recursos al mismo tiempo. Pocos autores han sabido interpretar la realidad africana, más allá de los libros de viajes o de las crónicas sobre acontecimientos históricos determinados, que luego abren paso al silencio como si nada hubiera sucedido. Hay que vivir en Africa para saber lo que és. Conocer el día a día para tener conciencia de una realidad que es cualquier cosa menos simple y elemental. Una realidad que se mastica, como me reconocía un día Borja en una de las conversaciones virtuales que de vez en cuando mantenemos.
Esta muestra, excepcional en nuestra ciudad y digna de ser conocida sin fronteras, es fielmente representativa de lo que da de sí el despliegue de esta sensibilidad. Basta con ser testigo, sincero y objetivo, de lo que significa lo inmediato, lo que se tiene cerca, lo que cambia en el entorno, lo que se renueva y permanece, para dejar constancia de una realidad que acaba trascendiendo al autor para convertirse en una obra de arte imperecedera. Como es el caso que nos convoca aqui. Felicidades a Borja y gratitud por lo que hace y cómo lo hace. Con esa naturalidad tan característica de su persona, con la sonrisa de quien sabe afrontar los problemas sabiendo que puede hacerlo y con la seriedad también de quien no elude el compromiso con el tiempo y con el espacio que le ha tocado vivir, lo que le convierte en un testigo profesionalmente solvente en cuantas tareas ha emprendido hasta ahora y puede llevar a cabo en el futuro, ya que tiene ante sí un larguísimo recorrido vital para el que, como él bien sabe, siempre le he deseado muchísima suerte.



27 de abril de 2012

Tiempos críticos para la Cooperación al Desarrollo




El Norte de Castilla, 26 de abril de 2012



Comienzo a escribir estas líneas motivado por el recuerdo de personas amigas que han dedicado lo mejor de sus vidas al empeño de mejorar la situación de los pueblos empobrecidos de la Tierra. Me vienen a la memoria el nombre de Catalina Montes, cuyo legado en El Salvador nunca será suficientemente valorado; el de Nicolás Castellanos, que en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) ha dejado una huella que rebasa lo inimaginable; el de Borja Santos, colaborador de este diario, y que, antes en Ecuador y ahora en Etiopía, no ha hecho sino contribuir a la mejora de las condiciones de vida de personas que viven en circunstancias imposibles; y me acuerdo, en fin, de mis compañeros de la Fundación para el Desarrollo del Municipio Centroamericano, en San José (Costa Rica), estudiosos infatigables de los problemas a que se enfrenta el municipio en Estados sumidos en la disgregación y la impotencia. Mundo difícil este de la ayuda al desarrollo, abierto al sinfín de dificultades y contradicciones a que conducen la desigualdad, la pobreza, la miseria, el hambre, la corrupción y la explotación del ser humano. Mundo henchido de problemas. Nuestro mundo, sin embargo.
Optimista y prometedor, impregnado por un discurso que enfatizaba sobre el “fin de la Historia” y sobre “el fin de los territorios”, al entender que ya no habría fricciones determinadas por el tiempo y el espacio, el siglo XXI abrió sus calendarios con un llamamiento a la esperanza, que se prometía venturosa.  Representantes de 189 países, entre ellos 147 jefes de Estado – todo el planeta, en fin – la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la archiconocida como Declaración de los Objetivos del Milenio. Integraba ocho grandes propósitos, concebidos con el fin de afrontar sin más dilación los principales problemas que aquejaban a la humanidad (salud, alimentación, enseñanza, situación de la mujer, etc.), asumidos como un gran compromiso mundial, como una vigorosa demostración de solidaridad en la que debieran verse implicados cuantos pudieran ayudar en esa dirección, conscientes además de que, en el escenario de confianza propiciado por la globalización, no parecía aventurado marcar el horizonte de 2015 como el momento en el que los retos existentes estuvieran definitivamente afrontados e incluso corregidos.
A la vista de lo sucedido, todo parece indicar que los primeros diez años del siglo XXI han sido en el tema que nos ocupa, como en otros muchos, una década frustrada. Los avances experimentados no cuestionan la magnitud creciente de los problemas irresueltos, que se perpetúan  a través de manifestaciones elocuentes de que hasta qué punto el desarrollo constituye una meta inalcanzable para una gran mayoría de los seres humanos. Sin duda en todo este tiempo el mundo se ha hecho más complejo, a medida que la mundialización de la economía ha traído consigo una modificación significativa en la estructuración espacial de los modelos de crecimiento, a medida que el fortalecimiento de países en otro tiempo considerados “periféricos” (China y Brasil, fundamentalmente) contribuye a redefinir los límites que marcan la concentración de la riqueza, acelerada por la extraordinaria intensidad de los movimientos financieros de carácter especulativo, en un proceso simultáneo a la acentuación y agravamiento de las desigualdades. Dicho de otro modo, si la globalización  ha modificado  las fronteras, antaño estrictas, del desarrollo es evidente que al tiempo agudiza la dimensión de los contrastes en el seno de las sociedades y resalta aún más la entidad espacial y demográfica de la pobreza,  generalizada en todo tipo de escenarios.
En este contexto, el panorama de la solidaridad internacional se enfrenta a una situación crítica, en la que confluyen dos factores, casi coincidentes en el tiempo. De un lado, se asiste a una corriente revisionista que pone en entredicho la utilidad, al considerarla inefectiva, de la ayuda oficial al desarrollo o, más matizadamente, cuestiona los procedimientos utilizados en la gestión y evaluación de determinados proyectos. Y, de otro, no hay que ignorar el incuestionable impacto que de inmediato ha de tener la drástica disminución aplicada a los fondos solidarios. Mientras observamos cómo se aleja, en los países que pretendían aproximarse a él, el objetivo de situar en el 0’7% del PIB el volumen de las ayudas orientadas a este fin,  los ajustes provocados por la crisis financiera en el mundo desarrollado hacen mella profunda en uno de los capítulos que se consideran más prescindibles del presupuesto. Pocos han levantado la voz contra el fortísimo recorte sufrido en España por las transferencias a la AECID y por las cantidades asignadas al Fondo para la Promoción del  Desarrollo, víctimas de la impresionante reducción aplicada al Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación que, con un 54,4% menos, se singulariza por el hecho de ser el más afectado por el desmoche presupuestario.
Todo parece indicar que estamos asistiendo a una nueva etapa en la trayectoria de la solidaridad internacional, que pocos creen que pueda limitarse a un mero paréntesis, a expensas de una recuperación que aún no se atisba en el horizonte. De ahí que prevalezca esa visión restrictiva que, inducida por los mayores controles aplicados a la selección y gestión de los proyectos y sobre todo por la retracción que la crisis ocasiona, aboca a un escenario en el que, por paradójico que parezca, la globalización de la economía que, a comienzos de siglo, presagiaba un clima de confianza a favor de una mayor justicia en la distribución de la riqueza se ha saldado, a la postre, con el afianzamiento de las posiciones defensoras del “sálvese quien pueda”. Entonces ¿quién hablará ya de los Objetivos del Milenio?