29 de enero de 2011

El Oxímoron Perfecto


El Norte de Castilla, 29 de enero de 2011


El Diario Montañés, 7 de febrero de 2011




Las tensiones financieras en España han comenzado a suavizarse desde que pisó suelo ibérico el viceprimer ministro de la República Popular China el pasado 5 de enero. Como el auténtico “rey mago” fue recibido en Madrid. Bastantes quebraderos de cabeza ha superado Mr. Obama a raíz del abrazo que le dio Hu Jintao, Secretario General del PCCh y Presidente de la República, en los salones de la Casa Blanca. Ni aquí ni allá se le mencionó el incómodo nombre de Liu Xiaobo, el profesor de literatura a quien no se permitió desplazarse a Oslo para recoger el Premio Nobel de la Paz 2010. Entre tanto, no parece baladí la noticia de que Telefónica, la principal empresa española, tendrá en su Consejo de Administración a un representante del gobierno de la república asiática, mientras los rumores coinciden en aventurar que la privatización, tras la nacionalización temporal, de las Cajas de Ahorros españolas va a ser pieza codiciada por los tiburones financieros que, desde Sanghai o Hong Kong, muestran su interés por tan apetitoso bocado, una vez que, desprovistas definitivamente de su obra social y reflotadas con varios miles de millones de euros del Fondo creado al efecto, pasen a formar parte del entramado financiero que tan poco hace por la solidaridad en el mundo y en los países donde opera.


El paraguas chino aparece por doquier, como una especie de eficaz y potente ungüento taumatúrgico, que despeja horizontes sombríos y alivia de pesadillas, imposibles de resolver de otra manera. ¿Qué está pasando en el mundo? ¿Qué ocurre para tener la sensación de que los manuales de Historia, de Geografía, de Economía, se nos han quedado obsoletos? ¿Hacia dónde vamos, sumidos en un panorama que nos lleva a observar cada vez con mayor claridad que las convicciones y las certezas de siempre han quedado definitivamente arrumbadas?


No hay matices que valgan. Estamos asistiendo al Oxímoron Perfecto. Es como la “tormenta perfecta”, pero en el ámbito de la economía, de la política, del pensamiento y de la sociedad. Todos sabemos qué quiere decir la palabra oxymoron. Es el término más rotundo para expresar lo que significa una contradicción absoluta, una “contradictio in terminis”, que dirían los latinos, o, mejor aún, y para entendernos, el engarce de dos conceptos opuestos en una sola expresión.


Así es. Un país gobernado por el Partido Comunista de la República Popular asume y desempeña un protagonismo esencial en el apuntalamiento del capitalismo puro y duro. Dicho de otra forma, el modelo chino conduce al “Capitalismo Comunista” o al “Comunismo Capitalista”, que para el caso es lo mismo. ¿Son correctas ambas acepciones? Poco importa, la verdad. Bajo un régimen donde las libertades no existen, donde la explotación del trabajo constituye la pauta dominante en materia social, donde las estructuras de representación reivindicativa están prohibidas, donde la competitividad a ultranza, fundamento de su proyección comercial en el mundo, se basa en el escaso peso de los costes salariales, donde no existe escrúpulo alguno para el espionaje industrial, donde la estrategia financiera consiste en la defensa de prácticas especulativas sin control, donde la presencia internacional está concebida, como sucede en África, al servicio de la explotación de los recursos naturales y del control masivo de las mejores tierras sin el mínimo escrúpulo medioambiental…. bien poco tiene de los principios que antaño preconizaban los defensores de las doctrinas de Marx y Lenin en pro de los “parias de la tierra”, de su “famélica legión”. Que nadie espere, en efecto, oír la voz de ese país cuando afloran los problemas y tragedias de nuestro mundo (el hambre, la pobreza, Palestina, el Sahara Occidental, Darfur…). Prima el pragmatismo a toda costa, la defensa irreversible e insolidaria de las posiciones adquiridas, como bien ha señalado Henning Mankell que observa, atónito, desde Mozambique lo que los chinos están haciendo en África.


Cuando Hong-Kong se integró en la China popular, se habló de “dos modelos, un Estado”. Ya no hay dos modelos, sino uno solo: el capitalismo sin paliativos ni matices, mientras en el frontispicio de la Ciudad Prohibida el Gran Timonel observa el transcurso de los días en una de las ciudades más contaminadas del mundo. La dicotomía histórica que marcó la historia del siglo XX desde la Revolución de Octubre ha definitivamente desaparecido. Pero lo importante del proceso es que los comportamientos económicos y sociales esgrimidos por China se están mostrando, a la postre, como los más beneficiosos para el capitalismo global, que funciona sin rubores mientras permanece ajeno a las contrapartidas que históricamente ha conllevado el Estado de Bienestar en contextos democráticos y de libertades (de prensa, de pensamiento, de asociación, de representación) reconocidas.


Un nuevo epígrafe se abre, en fin, en los enfoques interpretativos del mundo en que vivimos. ¿Cómo tipificarlo? Sin duda es una categoría diferente pero muy poderosa y que nos está llevando al silencio frente al “amigo chino”, pues tiempo ha que dejó de tener tanta importancia el “amigo americano”. En esta categoría, la República fundada por Mao Zedong no está sola. Bajo el mismo rótulo hete aquí a la República Popular de Vietnam, que sigue por los mismos derroteros. ¿Ocupará Cuba otro puesto en ese espacio? Por ahí se encaminan las reformas que ha iniciado Raul Castro y que, de seguir adelante, ofrecerán en un par de años un panorama muy diferente al que hasta ahora ha tenido “la isla más hermosa” que se enorgullecía de tener la mejor asistencia sanitaria y educativa de América Latina y que, víctima de sus propias contradicciones, mira hoy a Sanghai y Hanoi como las referencias dignas de ser emuladas. Los contactos entre Cuba y Vietnam, que recoge de vez en cuando la prensa internacional, apuntan en ese sentido.


17 de diciembre de 2010

Los espacios fronterizos de la lengua española


El Norte de Castilla, 8 de diciembre de 2010




La lengua es mucho más que un factor de identidad cultural. Representa un vehículo esencial de comunicación que trasciende al individuo y a las sociedades para convertirse en un elemento sustantivo del patrimonio que acredita y valoriza a un territorio. Cuando la frontera política se diluye para convertirse en un ámbito de permeabilidades múltiples y en todas las direcciones, es obvio que la lengua hablada a uno y otro lado acusa los efectos de la contigüidad física, modificando sustancialmente el alcance de las manifestaciones con que se acusaban tradicionalmente. El significado de este encuentro admite valoraciones desde múltiples perspectivas, pues diversas son, en efecto, las implicaciones que presenta. Y entre ellas no es irrelevante la que concierne a la interpretación de los efectos percibidos desde el punto de vista socio-territorial en aquellos escenarios donde más expresivamente se acusa un fenómeno de enriquecimiento mutuo que a lo largo del tiempo he tenido ocasión de comprobar in situ, es decir, en los ámbitos de intercambio idiomático construidos entre la lengua española y la lengua portuguesa y en función de los cuales se ha configurado un nuevo tipo de espacio.


Tanto en la frontera que separa Brasil de Uruguay como en la que marca la delimitación histórica entre España y Portugal el tiempo se ha encargado de fraguar vínculos de toda índole, que inevitablemente han repercutido en la formación de una trama lingüística sin la cual serían difícilmente comprensibles. Hace años tuve la oportunidad de conocer de cerca cómo se planteaban estas relaciones en las ciudades uruguayas de Rivera y Tacuarembó. No eran entonces, a finales de los noventa, relaciones simétricas. La preeminencia del portugués era sensible, por más que con frecuencia los términos utilizados por unos y otros se identificasen con ese dialecto característico de las áreas de borde conocido como el “portuñol”. Conviene destacar que en esa urdimbre de relaciones constantes, intensificadas por la pluralidad de circunstancias, de encuentros y desencuentros que confluyen entre los pueblos latinoamericanos, las palabras surgían y evolucionaban en un contexto de plena libertad, ajenas a los cánones convencionales que orientan el funcionamiento normalizado de una lengua. De la mixtura de ambas emanaba esa capacidad para el entendimiento común, que llevaba a descifrar con facilidad el sentido de las transacciones realizadas, hasta el punto de que en ocasiones no resultaba fácil deslindar los umbrales de frecuencia que una y otra lengua presentaban en la conversaciones cotidianas, aunque la complejidad cobraba aún más cuando de operaciones comerciales se trataba.


Sin embargo, las conexiones mantenidas entre España y Portugal a lo largo y ancho de las tierras de frontera han diferido tradicionalmente del esquema asimétrico observado en el Cono Sur. Son numerosos los testimonios directos, avalados por el copioso bagaje científico de que se dispone a propósito de la cooperación transfronteriza, que abundan en la idea de que la difusión de la lengua española ha supuesto un factor de unificación cultural y socio-económica, sin duda motivado por la disposición de los portugueses a utilizarla como un recurso valorizado en franca contraposición con el desinterés mostrado por los españoles hacia la lengua de Pessoa. Tampoco ha surgido, a diferencia del caso anterior, un dialecto basado en la mixtura aleatoria de lenguajes diferentes. Los límites idiomáticos han estado mucho más marcados, salvo la excepción singular de Galicia por razones que huelga comentar. Cuando en la última década del siglo pasado, acometimos el estudio encaminado a fortalecer la cooperación interempresarial en la llamada Región Fluvial del Duero, la asimetría era patente, hasta el punto de que las salas de reunión de la Fundación Rei Afonso Henriques, en Zamora, se convirtieron en testigos fidedignos de ese modo desigual de entender la palabra del otro mediante el aprendizaje correspondiente.


Cambios importantes han sucedido desde entonces y es muy probable que sus manifestaciones actuales, proclives a un nuevo entendimiento de los equilibrios lingüisticos transfronterizos, perduren quizá irreversiblemente. De ello pude percatarme tras la visita efectuada a mediados de este año a Uruguay y asimismo con motivo de las averiguaciones llevadas a cabo en los órganos directivos de la Agrupación Europea de Cooperación Territorial Duero-Douro. En ambos casos la tendencia parece cada vez más clara y decidida a la consideración mutua y a la búsqueda de las sinergias que derivan de la complementariedad. Sabidos son los esfuerzos de Brasil por fomentar el uso de la lengua española, a lo que contribuye sin duda el convencimiento del margen de posibilidades que ellos permite tanto desde la perspectiva de su posición en Mercosur como en la dimensión geopolítica y económica que España reviste para Brasil. Y del mismo modo tampoco parecen desdeñables los esfuerzos realizados por los españoles para conocer y entender el aspecto más sustantivo de la personalidad portuguesa que es precisamente su forma de expresión lingüística. Aunque se trata de un proceso de asimilación de las interdependencias culturales que habrá que analizar con cuidado, no cabe duda de que en esos ámbitos de identidad espacial identificados con las fronteras la lengua española, en sus relaciones con la portuguesa, se ha convertido en un factor de articulación de estrategias, de suerte que, lejos de ser un objeto de conflicto, se ha convertido en un elemento de valorización de las posibilidades territoriales compartidas.

17 de septiembre de 2010

En torno a la "macrorregión" del Noroeste ibérico


El Norte de Castilla, 17 de septiembre de 2010




“La unión hace la fuerza”. Así reza el lema del país de los belgas y así lo reitera la experiencia archiconocida de que el esfuerzo compartido permite alcanzar objetivos que aisladamente serían no sólo más dificultosos sino también de menor consistencia y viabilidad. Aplicada esta premisa al desarrollo territorial de la Unión Europea, su plasmación efectiva goza de una dilatada trayectoria que hunde sus raíces en la propia concepción del espacio europeo como una realidad geográficamente compleja, necesariamente abocada a la integración económica por razones que la historia y la experiencia se han encargado suficientemente de respaldar.


Si es evidente que la construcción europea no puede entenderse al margen de la voluntad demostrada por parte de los Estados a favor de eliminar las barreras fronterizas históricas y establecer espacios de encuentro y de compromiso que no han dejado de afianzarse, no menor importancia conviene asignar a los vínculos que se establecen entre los niveles subestatales del sistema administrativo, es decir, entre las regiones y entre los municipios.


De hecho las actuaciones en este sentido se remontan a momentos anteriores a la puesta en marcha de la política regional comunitaria en 1975, posteriormente identificada bajo el principio de la “cohesión económica y social” sobre la base de la convergencia entre las regiones que integran la Unión. Sorprende observar cómo desde comienzos de los años setenta empiezan a ponerse en práctica iniciativas de cooperación transnacional que comúnmente vienen motivadas por la necesidad de acometer actuaciones conjuntas sobre aspectos sensibles (áreas de montaña, aprovechamiento integral de los ríos, gestión forestal…) que conciernen a las partes implicadas con independencia de la discontinuidad forzada por la frontera.


Defiendo el argumento de que, en gran medida, Europa se ha construido desde las regiones fronterizas. Más que una ruptura, la frontera ha operado como un factor proclive al reforzamiento de la proximidad, al entender que los problemas se resuelven mejor cuando las soluciones se comparten. Sólo así se justifica el formidable apogeo adquirido por las llamadas Eurorregiones, que expresan de manera específica el valor reconocido a los espacios transfronterizos como áreas aglutinantes. En un panorama constituido por más de setenta iniciativas, el panorama es, empero, muy desigual y arroja un balance contradictorio, en el que coexisten experiencias exitosas con otras meramente testimoniales e incluso fallidas.


La Comunidad de Castilla y León se caracteriza por una trayectoria muy activa, aunque no exenta de altibajos, en el marco de la cooperación transfronteriza con las regiones limítrofes portuguesas. Ha sido beneficiaria de fondos europeos en cantidades estimables, que poco a poco han ido favoreciendo una aproximación entre los territorios a ambos lados de la “raya” y permitido un conocimiento de los valores en común del que tradicionalmente se carecía. Pero nunca ha configurado con ellas una Eurorregión. Los instrumentos utilizados han sido más modestos (Comunidad de Trabajo, Consorcios, Asociaciones), de modo que su eficacia se ha visto mediatizada por la discontinuidad en las relaciones, que no siempre han respondido al margen de posibilidades a que hubiera dado lugar una línea de actuación estratégicamente mejor definida y organizada en el tiempo.


Las modificaciones introducidas en la Política de Cohesión de la Unión Europea a partir del periodo 2007-2013 inducen a un fortalecimiento de la cultura de la cooperación territorial. Esta noción aparece definida como un Objetivo específico, es decir, como uno de los pilares esenciales de la estructuración del espacio europeo, sólo entendible desde la perspectiva de la cooperación planteada en sus tres dimensiones: la transfronteriza, la transnacional y la basada en la creación de redes regionales y urbanas, con un fuerte protagonismo descentralizado. Todo un reto, en suma, para las autoridades existentes a estos niveles, obligadas a asumir hasta qué punto la asignación de los fondos europeos ha de estar encauzada en función del grado de asimilación y aplicación de las pautas inherentes a la cooperación con territorios e instituciones ubicados en otros países del espacio comunitario europeo.


La decisión de integrar a Castilla y León en una gran región constituida al tiempo por Galicia y Norte de Portugal guarda coherencia con un enfoque del desarrollo regional vertebrado en torno a las posibilidades del espacio atlántico y a la necesidad de robustecer los vínculos allende la frontera. Me resisto a utilizar la palabra Macrorregión para definir esta estructura de cooperación a media escala, ya que el concepto aparece aún impreciso en la terminología europea o, en todo caso, se utiliza para identificar cooperación entre Estados. Pero seguramente el término es lo de menos, pues de lo que se trata es de avanzar con paso firme en una dirección inexorable. Y a nadie se le oculta que implica desafíos nada desdeñables. Y fundamentalmente uno: la historia de la cooperación entre Galicia y Norte de Portugal es tan dilatada como firme. Partícipes de una Eurorregión dotada de organismos de funcionamiento y gestión muy arraigados y de una Comunidad de Trabajo creada en 1991 y con resultados más que apreciables, constituyeron en febrero de 2008 la primera Agrupación Europea de Cooperación Territorial creada en España, figura importantísima en la que no puedo detenerme y en la que estoy investigando. En suma, nuestra Comunidad se incorpora a un espacio de interrelaciones, sinergias y compromisos ya consolidado. Sin duda tiene mucho que aportar y de lo que beneficiarse. Pero no cabe duda de que la iniciativa debe estar sustentada en una firme voluntad política, inmune al desaliento, a sabiendas de que los procesos no son tan automáticos como parece ni los resultados están garantizados de antemano.



21 de junio de 2010

¿ Hacia una Universidad global?


El Norte de Castilla, 21 de Junio de 2010


La noción misma de Universidad es consustancial a la defensa del principio de universalidad selectiva que debe inspirar sus objetivos y las líneas estratégicas en las que se basan. No cabe entender el alcance de sus aportaciones sin valorar la proyección a gran escala conseguida en un contexto de interdependencias, debates y complementariedades que se renuevan sin cesar y que difícilmente pueden limitar sus horizontes en un mundo en el que el avance del conocimiento y sus metodologías están en permanente transformación. No hay institución tan propensa a la crítica – interna y externa - y a los instrumentos de evaluación cualitativa como la Universidad. Y, aunque bien es cierto que el propio sistema, como sucede en todas las organizaciones, adolece de carencias significativas, de defectos evidentes en el ejercicio de sus responsabilidades o de inercias que se resisten a desaparecer difícilmente se puede admitir la idea de que la Universidad está en una crisis letal – de “situación calamitosa”, la calificó no hace mucho Ignacio Sotelo; en “descomposición”, a juicio del filósofo José Luis Pardo - que no logrará superar por más que se intenten readaptaciones de su organigrama formativo con la pretensión, defendida como un axioma, de racionalizar la transmisión de los saberes y hacerlos más eficientes en un mundo dominado por la lógica imperante de la competitividad.


Es evidente que las posibilidades de recuperación universitaria sólo pueden contemplarse con visos favorables si se logra una plena implicación del profesorado, si las directrices aplicadas se fundamentan en actuaciones empeñadas en valorizar todas las capacidades disponibles y si la financiación que la ha de respaldar asume el compromiso de lo que significa disponer de una estructura universitaria prestigiosa a todas las escalas e integradora de los saberes que en ella comparten espacios y estrategias, donde se imbriquen bien la tradición heredada y las nuevas líneas que derivan de la innovación científica y tecnológica. En cualquier caso, evitando que la nueva singladura pueda incurrir en los riesgos que algunos colegas, haciendo uso de ese espíritu crítico inherente a la actividad universitaria y que tanto necesita, advierten de que pudiera traducirse en un empobrecimiento cultural y en la degradación del conocimiento en mercancía.


A sabiendas, pues, de que la Universidad siempre se encontrará sumida en un panorama de problemas irresueltos, de contradicciones flagrantes y de perspectivas abiertas a desafíos permanentes, la cuestión estriba en lograr definir con claridad y con el nivel de autoexigencia necesario el marco de relaciones en el que estas tendencias pueden ser afrontadas en sus riesgos más patentes y acreditadas en los aspectos que mejor pudieran fortalecer sus propias potencialidades y sus ventajas comparativas más reconocibles.


Sorprende comprobar hasta qué punto la configuración de ese escenario de vínculos potenciales pudiera aparecer ligado a la asombrosa capacidad de convocatoria desplegada por la entidad financiera (Banco de Santander) que con el liderazgo de su presidente ha conseguido lo que ningún grupo de Universidades y, menos aún, de Gobiernos han sido capaces de llevar a cabo. De haberlo intentado unas y otros, la iniciativa no hubiera pasado seguramente de los buenos propósitos. Y es que no es fácil organizar un macroencuentro con tales pretensiones, como el celebrado recientemente por el grupo UNIVERSIA en la ciudad mexicana de Guadalajara. ¿Símbolo de los tiempos? ¿Reflejo palmario de lo mucho que representa el poder económico a la hora de movilizar voluntades cualificadas dispersas? ¿Afán decidido de vertebrar en una red de perfiles casi ilimitados los recursos que en mayor medida pueden contribuir a analizar y resolver los problemas de nuestra época, tan harta de incertidumbres? Puede que todo confluya en esa urdimbre de conexiones que se trata de fraguar, amparado en fines tan encomiables como el intercambio, la movilidad, el conocimiento mutuo, el saber compartido. Es encomiable pensar que, al calor de la proximidad así creada, puedan surgir ideas que favorezcan la búsqueda de puntos de encuentro o la fijación más o menos formalizada de compromisos en un futuro que difícilmente se podrían precisar si no es con la calma y la sabiduría que estas decisiones requieren.


Con todo, las posibilidades de crear una magna comunidad iberoamericana de Universidades han de ser contempladas, en mi opinión, con cautela. A priori un panorama tan complejo y contrastado invita a valorar ese deseo de internacionalización con la mirada puesta en las particularidades de una realidad universitaria que, en no pocos de sus elementos, dista mucho de ajustarse a los niveles de solvencia y credibilidad que se precisan para que los flujos de relación puedan ser recíprocamente satisfactorios y pertinentes.


Partiendo del diagnóstico que cabe hacer del actual panorama universitario implicado en esa estrategia, no cabe duda de las dificultades de unas relaciones que han de conllevar resultados acordes con los umbrales de exigencia y excelencia en que hoy se inscribe el ejercicio de tareas necesitadas de un entorno suficientemente dotado de antemano para que lo que se haga cumpla con los requerimientos inherentes a una función cualitativamente reconocida de manera inequívoca. En suma, hablar de un “Bolonia transatlántico”, que a la postre habrá de traducirse en “un espacio común para la movilidad de profesores y alumnos” me parece una idea feliz, convencido, empero, de que las ideas afortunadas muchas veces tropiezan con los escollos insoslayables de la realidad. De su superación, nada fácil por cierto, depende lógicamente el éxito de tan ambiciosa iniciativa.


27 de mayo de 2010

Argentina en su bicentenario: controversias y unanimidades

El Norte de Castilla, 27 de mayo de 2010

La República Argentina conmemora su bicentenario en un ambiente que resulta sorprendente. Como era previsible, las librerías rebosan de publicaciones que recuerdan los acontecimientos del 25 de mayo de 1810. Coexisten en las estanterías el oportunismo con el rigor, la superficialidad con la aparición de aportaciones novedosas; es decir, un caudal ingente de obras que tratan de desentrañar los entresijos de la historia de un país, que, como dijo Tomás Eloy Martínez, encuentra precisamente en esa faceta del saber una herramienta necesaria para liberarse de sus propias obsesiones.

Da la impresión de que cuando se cumplen los dos siglos de existencia la sociedad argentina se siente necesitada de aprovechar la oportunidad que le brinda la efeméride para hacer balance de lo sucedido y tratar de explicar por qué y cómo se ha llegado a una situación crítica, con cuyos perfiles lacerantes casi todos están de acuerdo. Las preguntas afloran por doquier: ¿cuándo comenzó a perder Argentina su peso en el mundo?, ¿cuáles fueron los motivos de su declive, que pocos pudieron prever en los años del primer centenario de la independencia?, ¿seremos los argentinos – se preguntaba recientemente un conocido columnista en el diario Clarín – capaces de tener alguna vez un proyecto cohesionado de país?, sin olvidar aquella reflexión descarnada que en cierta ocasión me hizo un viejo colega de Mar del Plata... “¿por qué y cómo nos hemos latinoamericanizado? “

Sin embargo, cuando se formulan estas preguntas las respuestas difieren sensiblemente. Los puntos de vista discrepan a la hora de asignar responsabilidades a uno u otro momento de la historia argentina. Son tan numerosos los episodios de crisis y perturbación vividos a lo largo de estos dos siglos que las opiniones interpretativas se abren a un panorama de causas, efectos y responsabilidades que satisfacen todas las perspectivas ideológicas, acomodadas a los intereses y autojustificaciones de cada cual. Disparidad que no impide una actitud generalizada de desazón, que tiende a identificarse con la sensación de fracaso histórico indisolublemente asociado al descrédito de la política y de quienes la protagonizan.

De todos modos, el debate principal ha dejado de plantearse hace tiempo en función de una búsqueda remota en el pasado de los motivos explicativos de la opinión pesimista que hoy prevalece en amplios sectores la sociedad argentina para centrar fundamentalmente la atención en circunstancias históricas más cercanas. Circunstancias en cuyo rescate no es irrelevante la postura manifestada por un núcleo muy activo de la intelectualidad, que encuentra en la tragedia vivida por el país en los años setenta y en la evolución política posterior, ya con la democracia recobrada, los fundamentos de una fractura histórica, con implicaciones económicas y sociales cuya gravedad no ha cesado de aumentar.

La tragedia provocada por la dictadura militar en el periodo 1976-1983 aparece asumida como la demostración fehaciente de la incapacidad para reorientar la política del país tras el definitivo hundimiento de la experiencia peronista. En una sociedad culta, desarrollada y activa como era la argentina la brutalidad del régimen militar provocó una desestabilización drástica en las pautas culturales y de comportamiento que sólo pudieron ser contrarrestadas mediante el exilio y la esperanza de recuperar unas capacidades que se creían estructurales y a prueba de cualquier trauma político.

Pero no fue así. Ese régimen, basado en la corrupción y el crimen, introdujo medidas de ajuste que rápidamente dieron al traste con el modelo de Estado de Bienestar fraguado en Argentina en los años cuarenta del siglo XX. La bibliografía lo refleja bien y demuestra hasta qué punto las tensiones vividas habían podido ser mitigadas hasta entonces en el contexto de un país cuya inserción en la economía mundial se mostraba vigorosa. Con una visión más populista que de política basada en la integración social, los logros alcanzados por el peronismo en la atención de los desfavorecidos lo situaron en una posición singular dentro del continente, que daría origen para siempre a la formación de referencias sustantivas en el imaginario argentino. El rostro de Eva Duarte sigue presente en la cartelería que adorna las calles de Buenos Aires, sus mensajes aparecen grabados en las paredes y su nombre suscita un respeto que llama la atención.

Todo parece indicar que la sociedad se ratifica en el mantenimiento de una simbología destinada a neutralizar la sensación de fracaso que emana del hecho comprobado de que entre 1976 y 2002 tanto el régimen militar como los que le sucedieron, bien bajo la égida del justicialismo (personificado en la enajenación masiva de lo público llevada a cabo por Menem) o de la Unión Cívica Radical (un partido cuyos presidentes jamás terminaron sus mandatos), ocasionaron, como recientemente ha señalado Susana Torrado, de la Universidad de Buenos Aires, “el mayor retroceso social de la historia del país”. Más allá de los beneficios que depara su proyección comercial especializada en productos agrarios, los indicadores de bienestar social arrojan un panorama alarmante: desempleo, tendencia a la informalización masiva del trabajo, pobreza en progresión creciente, debilitamiento de la clase media, deterioro de la ética y del espacio público. Un balance que se agrava ante la pérdida de confianza en la clase política y que, con la mirada puesta en el futuro, sólo puede ser contrarrestado no en función de la nostalgia que evoca la independencia conseguida hace dos siglos sino de esa voluntad, de la que Marcos Aguinis se hace eco, de hacer de Argentina un país “donde se prefiera el diálogo a la confrontación, la armonía a la prepotencia, la ley a la trasgresión, el respeto a la ofensa”. Nadie duda que tales objetivos están repletos de dificultades.

31 de enero de 2010

Intentando controlar el futuro



El Norte de Castilla, 30 de Enero de 2010



Desde hace tiempo se ha impuesto en muchas ciudades la conveniencia de construir el presente para controlar el futuro, haciendo suya esa corriente tan en boga a favor de la prospectiva territorial. Las experiencias son numerosas y el balance ofrecido se abre a toda suerte de resultados y valoraciones. Suponen, en cualquier caso, un ejercicio de voluntad política marcado por el propósito de crear en la sociedad un ambiente propicio a la motivación y a la reflexión sobre lo que su territorio deba ser en un horizonte temporal de medio plazo y en un contexto donde priman más las incógnitas que las certezas.


No es la primera vez que Valladolid emprende una iniciativa de estas características. Ya lo intentó el gobierno municipal en 1993-1994, aunque aquello quedase en un mero propósito, finalmente paralizado tras las elecciones del año siguiente y pese al interés mostrado por los agentes sociales y económicos de la época, que dedicaron muchas horas al debate y a la puesta en común de proyectos que en muchos casos sorprendían por su ambición y novedad. Intervine activamente en aquellos foros, de los que conservo testimonios que hoy resultarían sorprendentes. Loable es que, pasados los años, y en un panorama muy diferente al de entonces, El NORTE DE CASTILLA, coherente con lo que ha sido su compromiso desde sus orígenes con el entorno en que se desenvuelve, invite de nuevo a la sociedad local y provincial a plantearse las preguntas que siempre suelen aflorar en estas circunstancias, con la intención de suscitar el debate en torno a las ideas, propuestas, sugerencias y reflexiones que ayuden a orientar las decisiones o, al menos, a atisbar por dónde debieran ir las más adecuadas en función del diagnóstico que se haga y de los objetivos que se pretendan.


Abordar hoy esta cuestión implica, a mi juicio, la toma en consideración de tres criterios esenciales: de un lado, la clarificación del papel que se pretende asignar a Valladolid en el contexto de la economía globalizada y de la sociedad del conocimiento, pues de ello dependerá, a la postre, su posición en las distintas escalas en que se inserta (europea, española, regional, y, por ende, la que la corresponde como motor de su propia provincia); de otro, una atención preferente a la dimensión cualitativa que deben tener las estrategias previstas, lo que implica asumir con firmeza los principios del buen gobierno local, es decir, de una gobernanza asentada sobre las interrelaciones producidas entre sostenibilidad urbana, integración social y económica y participación ciudadana. En otras palabras, lo que se entiende como “ciudad inclusiva”; y, por último, una estrategia centrada en el fortalecimiento de las redes de cooperación construidas sobre la base de las estructuras sociales, económicas y territoriales en las que la ciudad y sus perspectivas se sustentan.


Ya sé que se trata de objetivos genéricos, mas también es obvio que sin fines de esta naturaleza no es posible efectuar el armazón trabado por los que, más específicos, concretan el rumbo pertinente a seguir en cada caso. Tiempo habrá, según parece, para perfilar hacia dónde encaminar la nave, partiendo del hecho incuestionable de que Valladolid y su entorno encierran potencialidades de primer nivel, cuyo reconocimiento jamás debiera dar lugar a reproches injustificados, como se ha hecho, y que no responden a un análisis riguroso de lo que se tiene y de lo que se carece. Como tampoco cabe duda que en ese proyecto de reflexión abierta tan justificada está la valoración, objetiva y fundamentada, de los recursos y fortalezas disponibles, como la crítica seria e irrestricta, sin la cual es imposible, como bien advertía Max Weber, avanzar en ninguna dirección.


Si, en función de estos parámetros, partimos de la idea de que las perspectivas de futuro de una ciudad como Valladolid están necesariamente ligadas a la corrección de aquellas deficiencias o limitaciones de que adolece, razonable parecería apuntar líneas de atención que pudieran subsanarlas, a sabiendas de que los avances logradas compensarían con creces de los esfuerzos llevados a cabo. Me permito sugerir varias ideas de interés. No hay jerarquía entre ellas, pues son complementarias.


De momento, y por limitaciones de espacio, aludiré únicamente al convencimiento de que la ciudad debe fortalecer su proyección internacional mediante estrategias estables de cooperación interurbana que hasta ahora han sido francamente débiles. Aparte de afectivos, los vínculos han de ser también efectivos y abiertos a las ventajas que derivan de alianzas estratégicas en función de proyectos coordinados. Con la mirada puesta en el desarrollo y en el incremento de la valoración desde el exterior, sorprende que ninguna ciudad de Castilla y León, y a diferencia de lo que sucede en Portugal, participe del amplísimo abanico de posibilidades de interrelación desarrolladas al amparo del programa URBACT, de la Unión Europea. Moviliza en estos momentos a 255 ciudades en torno a iniciativas conjuntas de extraordinario interés, que van desde el desarrollo de la economía del conocimiento hasta aspectos relacionados con la promoción del patrimonio cultural o la gestión de los espacios metropolitanos. Valladolid tendría una excelente cabida en ese espacio de encuentro, del mismo modo que se echa de menos un afianzamiento de los vínculos que en algún momento se pensaron desarrollar con Oporto o con ciudades americanas emblemáticas, tanto del Norte como del Sur, capaces de canalizar, mediante acuerdos de cooperación en firme auspiciados por la Universidad y por el conjunto de los actores, las posibilidades con que hoy cuenta la ciudad y que se hallan, en mi opinión, claramente infrautilizadas.


De las estructuras de articulación en red que considero pueden valorizar las economías de escala de la ciudad desde la perspectiva socio-económica y territorial hablaré en otra ocasión.

12 de enero de 2010

¿Está cambiando la concepción del urbanismo en España?

El Norte de Castilla, 12 de Enero de 2010


Tarde o temprano tenía que suceder. Se veía venir. Tan traumático ha sido en todos los sentidos – económico, social, político, ambiental e incluso cultural - el impacto provocado por la vorágine inmobiliaria en España que sólo en el marco de una reacción lógica pueden ser interpretados los hechos que están poniendo en evidencia, si no un viraje profundo, sí al menos el propósito de reorientar las decisiones sobre esta importante materia en sintonía con los principios inherentes al concepto de “ejemplaridad pública”, bien definidos por Javier Gomá en su interesante ensayo sobre el tema (Taurus, 2009). Y es que en menos de un mes han tenido lugar tres acontecimientos claves que inducen a la defensa de una nueva perspectiva en el modo de entender y desarrollar las relaciones entre el gobierno del territorio y las actuaciones que sobre él se llevan, o pudieran llevarse, a cabo.


El primero nos remite al acuerdo adoptado el 15 de Diciembre de 2009 por la Comisión Ejecutiva de la Federación Española de Municipios y Provincias, en el que se aprobó, por unanimidad de todos los grupos políticos, el Código del Buen Gobierno Local. Se trata de un documento ambicioso que, apoyándose en las recomendaciones del Consejo de Europa, hace una invocación explícita a una serie de principios que llaman la atención. Y así, tras señalar que las actuaciones municipales estarán regidas “por la defensa de los intereses generales con honestidad, objetividad, imparcialidad, confidencialidad, austeridad y cercanía a la ciudadanía”, se insiste tanto en el “fomento de la transparencia y la democracia participativa” como en los esfuerzos “a favor de la inclusión social y el equilibrio territorial”. Esta declaración culmina con una idea fundamental: “incluiremos entre los principales objetivos de las políticas locales la lucha contra el cambio climático, la protección del medio ambiente y la ordenación racional y sostenible del territorio”. Todo un cúmulo, pues, de buenos propósitos impregna el compromiso formalmente desplegado por los alcaldes españoles, que han hecho causa común en torno a un texto que será emitido a todos los gobiernos municipales para que, al amparo de su autonomía, lo ratifiquen y lo integren en sus respectivos cuerpos normativos. A partir de ahora toda la atención sobre lo que ocurra será poca.


En segundo lugar, y cuando el 2009 estaba a punto de concluir, se ha dado a conocer la sentencia 1127/2009 emitida el 29 de Diciembre por el Tribunal Supremo por la que ratifica la condena a los responsables de los escándalos urbanísticos de la ciudad de Andratx, en Mallorca. Sus argumentos no admiten equívoco. “Aunque llega tarde, es un fallo muy claro”, según han señalado cualificados expertos para quienes “es una llamada de atención a los poderes públicos e ilustrativo del grado de impunidad en el que se encuentran las infracciones urbanísticas”. No en vano el Alto Tribunal denuncia sin paliativos "la desastrosa situación a la que, a pesar de la normativa legal y administrativa, se ha llegado en España respecto a la ordenación del territorio, incluida la destrucción paisajística". Por otro lado, la sentencia encierra un planteamiento que se echaba mucho de menos, al afirmar que "la comunidad de ciudadanos es víctima de los despropósitos urbanísticos y que la administración urbanística también experimenta las consecuencias de las infracciones en materia de ordenación del territorio", sin olvidar que, desde el punto de vista de protección del paisaje, es una sentencia que marca un hito, al establecer “que una sola edificación puede suponer un atentado grave al paisaje". Sobre estas bases resulta fácilmente comprensible la insistencia en un aspecto de indudable resonancia jurídica, ya que cuando admite que "ante la inoperancia de la disciplina administrativa, se acuda a la vía penal para que el Derecho Penal y sus jueces deban intervenir directamente", es obvio que estamos asistiendo a la plasmación de una voluntad decidida para que los escándalos urbanísticos sean perseguidos con un mayor nivel de eficacia, lo que, por otra parte, resulta congruente con el espíritu de la Constitución cuando establece que la protección del medioambiente debe contar con sanciones penales.


Y, finalmente, pocos días han transcurrido del 2010 cuando el Ministerio de Cultura ha decidido el 4 de Enero la paralización del “Plan Especial de Protección y Reforma Interior de El Cabanyal-Canyameral”, por el que el Ayuntamiento de Valencia pretendía la demolición de una parte significativa – 400 edificios - del barrio, considerado Bien de Interés Cultural, con el fin de ampliar una gran avenida del siglo XX hasta la costa. Al calificar este Plan como “expolio del patrimonio histórico de El Cabanyal” el Ministerio, en el ejercicio de su competencia, no hace sino aplicar el Art. 149.1.28 de la Constitución española y el Art. 6.b de la Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico. La medida deriva de la sentencia del Tribunal Supremo, de 25 de Mayo de 2009, revocatoria de una anterior, que ha considerado prevalente, frente a la postura del Ayuntamiento, la regeneración de las edificaciones paralelas al mar por representar un legado de gran valor arquitectónico con manifestaciones emblemáticas de la historia económica y cultural valenciana. Es el entorno en el que dibujó Sorolla. Apoyándose en sólidos informes elaborados por la Academia de la Historia y el Consejo Superior de Arquitectos, el Tribunal Supremo instó al Ministerio de Cultura para que se pronunciara sobre el tema y procediese a la aplicación de la sentencia. Y eso es precisamente lo que ha sucedido, al fin, varios meses después.


¿Supone todo esto el inicio de una nueva etapa en la historia del urbanismo español?. Estaremos muy atentos a lo que suceda a partir de ahora.

31 de diciembre de 2009

Lo pequeño es hermoso



El Norte de Castilla, 31 de Diciembre de 2009
No hace mucho comenté en estas páginas que las fotografías son documentos singulares que evidencian la elección de un momento y de un objeto con el propósito de que perduren en la memoria y reproduzcan para quien los realiza y quienes los contemplan las sensaciones que motivaron su registro para siempre. Pero la fotografía es también algo más: sirve para aproximarnos a las realidades y a los valores que a menudo son desestimados o que pasan desapercibidos. Los recupera, los enaltece, a la par que los procura esa perspectiva generadora de nuevas sensibilidades, que nos hacen más cultos y respetuosos con nuestro entorno.


Desde luego, no podría entenderse de otro modo la gran aportación que a la cultura fotográfica ha hecho Justino Diez, cuyas cualidades ya conocía y que he visto de nuevo ratificadas con creces en la magnífica exposición que, con el título “Flora Humilis” ha concebido y presenta en el Centro de Propuestas Ambientales Educativas (PRAE) de la Junta de Castilla y León. Es de visita obligada (hasta el 17 de Enero). He ahí con toda su naturalidad la vegetación en el centro del objetivo, seleccionada con esmero a fin de desentrañar el sinfín de matices que toda planta encierra, incluso la más insignificante. Pues no hay elemento botánico que no merezca ser visualizado tanto en su apariencia externa como en las sutilezas de sus detalles y particularidades, difíciles de descubrir si no se examinan con atención, con el ojo escrutador que se sumerge en el fondo de la forma hasta hacer de ambos una estructura visual de gran poder educativo. Y a su lado aparece el ser humano, entusiasta y sensible, entendido desde la conciencia de lo que tiene entre manos. Rostros de todas las edades, expresiones que denotan experiencia, sabiduría y buen hacer. Placer por encontrarse en el lugar y ante el motivo que da razón a sus vidas. Gentes que mantienen con las plantas vínculos de complicidad que sólo ellos conocen y que cuidadosamente resumen en los textos que acompañan la imagen del binomio construido en cada caso. Son textos expresivos, unidos entre sí por un aspecto que los engarza: la concepción de la planta como recurso natural y como motivo de vida, ya que no otra conclusión se extrae de la intimidad con la que cada persona entiende su relación con el elemento vegetal que le identifica y del que forma parte.


Con todos estos ingredientes, Justino Diez ha puesto la fotografía al servicio de una causa noble, que bien justifica el tesón y la paciencia que normalmente suele requerir la búsqueda de la perfección cuando se trata de valorizar realidades que con harta frecuencia son subestimadas, por más que se acrediten como los pilares de nuestro conocimiento de la realidad natural, dotada de posibilidades – científicas, económicas y culturales - infinitas. Descubrir la riqueza que ofrecen las diferentes formas de relación entre la persona y el hecho vegetal constituye una proeza cuando se evita la simplificación y cada fotografía es merecedora de una interpretación individualizada. Es una de las muestras de fotografía más hermosas e ilustrativas que he visto nunca. Aúna calidad y belleza con lección y sensibilidad. Imbrica referencia científica y advertencia sobre su envergadura ambiental y cultural. Impresionan los motivos elegidos, las técnicas utilizadas, la selección de los textos. Pero el argumento trasciende a la planta como tema central. Es la simbiosis entre la persona, con su rostro y su expresividad específica, y la naturaleza. Esa simbiosis que permite valorar lo que realmente significan las relaciones entre las sociedades y la botánica, fraguadas en los paisajes asombrosos de Castilla y León, al tiempo que consigue transmitir un mensaje en pro de la preservación de los valores que las cosas pequeñas encierran, hasta convertirlas en grandes cuando se las identifica como tales. Y es que, como bien se sabe, the small is beatiful.

23 de diciembre de 2009

Andrzej Dembicz (1939-2009): el geógrafo que descubrió América Latina en la Europa del Este

La primera vez que oí hablar de Andrzej Dembicz  fue en una conversación mantenida a comienzos de los años noventa con Miguel Panadero Moya, Catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Castilla- La Mancha con ocasión de un encuentro en Madrid sobre cuestiones relacionadas con América Latina. Sus comentarios crearon en mí la curiosidad de conocer más a fondo la personalidad de un colega polaco que había dedicado su vida profesional al conocimiento y estudio de la realidad latinoamericana en un país que por entonces estaba abriéndose a nuevos horizontes políticos y culturales y cuya transición a la democracia no dejaba de suscitar también gran interés. Ambas motivaciones me llevaron a asistir en Varsovia, en el verano de 1995, a una reunión del Centro de Estudios Latinoamericanos, convocada por el propio Dembicz, y que por vez primera me permitió conocer aspectos esenciales de Polonia que siempre identificaré con  la figura y la personalidad de Andrzej, así como las gratas experiencias vividas a su lado. Desde entonces mantuve con él una relación muy cordial que, tanto humana como profesionalmente, me deparó numerosas satisfacciones. Tantas como las que pueda proporcionar una personalidad que hizo de la Geografía una preocupación intelectual permanente, enriquecida con el compromiso que al tiempo le llevaría a la defensa de la libertad en su país y al impulso de las investigaciones sobre América Latina con un balance muy meritorio  y aportaciones valiosas, coherentes con una trayectoria académica y científica digna de ser resaltada. 
            Nació en un momento especialmente crítico de la historia polaca: el 3 de julio de 1939 en la ciudad de Kowel, actualmente en la República de Ucrania. En 1963 recibiría el título de Maestro en Geografía en el Instituto de Geografía de la Universidad de Varsovia, actualmente Facultad de Geografía y Estudios Regionales, para alcanzar el grado de Doctor en 1973 y acceder en 1984 a la Cátedra de Geografía de dicha Universidad. La labor realizada en esa Institución ha sido realmente ecomiable. En ella desempeñó la Dirección del  Departamento de Estudios Regionales sobre América Latina (1988-1991) y la del Instituto de las Américas y Europa (2002-2007), que compatibilizó con la responsabilidad máxima del  Centro de Estudios Latinoamericanos (CESLA UV), desde el momento de su creación en 1988. Mas uno de sus mayores orgullos lo tuvo cuando ocupó entre 2001-2007 la Presidencia  del Consejo Europeo de Investigaciones Sociales de Amé­rica Latina (CEISAL), mientras ejerció un protagonismo clave en la organización y promoción de los Congresos Internacionales de Americanistas, entre ellos el celebrado en Varsovia en 2000,  y que recuerdo especialmente por el nivel intelectual y la hospitalidad con que fue realizado. Esta dedicación a las investigaciones sobre América Latina representa una constante en su vida y en el despliegue de su labor intelectual, que ofrece manifestaciones explícitas en sus responsabilidades como director de Revistas científicas, de merecido reconocimiento en el ámbito de esta línea de trabajo. No en vano a Dembicz se debe la proyección de tres importantes publicaciones periódicas: Actas Latinoamericanas de Varsovia (1984-1995), Ameryka Lacinska (1994-2002) y  la Revista del CESLA desde 2000. 
            Esta orientación científica, claramente centrada en la temática latinoamericana, no puede entenderse al margen de una vinculación intelectual muy estrecha con el conocimiento de las realidades territoriales en las que centró sus preocupaciones científicas desde los inicios de su carrera profesional.  El punto de partida habría que encontrarlo en los trabajos realizados a mediados de los sesenta, como becario del gobierno cubano, sobre Cuba y el Caribe, que posteriormente ampliaría a México y a diversos países de la América meridional. Los principales  proyectos llevados a cabo a lo largo de su vida dan fiel testimonio de una especialización bien definida en torno a cuatro líneas de investigación preeminentes, en las que lograría relevantes aportaciones: el análisis de los sistemas de producción y organización de las actividades agrarias en el ámbito tropical; la interpretación de las transformaciones sociales en el contexto de los cambios ocurridos en las actividades económicas y en los procesos de reestructuración territorial asociados a ellas; la valoración del significado de los procesos de integración económica acometidos en el continente, como expresión de una voluntad política sustentada en la necesidad de  fortalecer la articulación de los mercados; y, de forma llamativamente pionera, la explicación de los vínculos interculturales – definido por él como “Diálogo Interregional”- construidos entre América Latina y la Europa Centro-Oriental, lo que, a la postre, hizo de Dembicz un precursor de las iniciativas que en ese sector de Europa supieron comprender la importancia de Latinoamérica como objeto de ininterrumpida preocupación cultural y científica. El balance ofrecido por su obra no le va a la zaga. Trescientos títulos en su bibliografía dan buena idea del formidable esfuerzo efectuado, entre los que destacan un total de 49 libros, bien como autor o editor, y doscientos artículos científicos, cincuenta de ellos en revistas extranjeras.
            Las relaciones con el mundo trasatlántico le abrieron a un amplio abanico de experiencias tanto de trabajos de campo, efectuados periódicamente en una docena de países, como de activa colaboración profesional. Así, tras iniciar su experiencia en este sentido como Profesor visitante en la Academia de Ciencias de Cuba y en la Universidad de la Habana en 1969, desempeñaría funciones similares en México (Universidad Autónoma del Estado de México y en la UNAM), en Argentina (Universidad Nacional del Comahue) y en Brasil (Pontificia Universidade Católica de Săo Paulo y  Universidade do Estado do Rio de Janeiro). Estos vínculos académicos cristalizaron al tiempo en reconocimientos que no hacían sino avalar su prestigio humano y profesional. En 1977 fue condecorado en Cuba con la Medalla del XX Aniversario, recibiendo en 1985 el Doctorado Honoris Causa por la Universidad Autónoma del Estado de México en Toluca. Años después en Perú, donde figuraba desde 1970 como Miembro Correspondiente de la Sociedad Geográfica de Lima, se le otorgó la Orden del Mérito de la República, mientras en Brasil le fue impuesta la Orden Cruzeiro do Sul en 2002, recibiendo un  año después la Medalla de la Universidad de Chile. Méritos de los que, en fin,  también se haría acreedor en la Europa del Este, al serle otorgadas la Medalla de la Universidad Económica de Bratislava (2000) y la  Cruz de Caballero de la Orden del Renacimiento de Polonia (2004).

            En medio de ese panorama de trabajo incesante, tuvo en septiembre de 2001 la oportunidad de acercarse a Valladolid, donde actuó como ponente invitado en el VI Congreso de Geografía de América Latina, que tuvo lugar en esta ciudad y en Tordesillas. Acompañado de su esposa, compartió con nosotros momentos muy agradables, mientras descubría lo mucho que encierran estas tierras que no habia recorrido hasta entonces. Quedó impresionado en la visita que hicimos al Archivo General de Simancas, de cuya importancia en la historia americana tenía noticia cabal. Me confesó sentirse emocionado mientras recorría sus impresionantes salas. “Nunca pensé que iba a estar aquí”, me señaló en voz baja. Es una de las grandes satisfacciones que le deparó uno de sus últimos viajes a España, y que había prometido repetir cuando tuviera ocasión. Desgraciadamente, no ha ocurrido. Por eso, cuando me informaron sus colegas eslovacos de que había fallecido en Varsovia el 29 de noviembre de 2009 tuve, aparte del dolor personal, la sensación de que la Geografía - en particular, la dedicada al conocimiento de la realidad latinoamericana -  había sufrido una grave e irreparable pérdida.  

7 de diciembre de 2009

África a la deriva, África codiciada


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El Norte de Castilla, 7 de Diciembre de 2009
Países que no lo son, sociedades desestructuradas y en conflicto permanente, Estados instrumentalizados por potencias extranjeras e incapaces de controlar sus propios territorios, administraciones corruptas e insensibles a los problemas de sus ciudadanos, catástrofes que perduran en el tiempo sin que el tiempo consiga amortiguarlas ni, menos aún, ponerlas fin. Desolación y sufrimiento sin paliativos, impotencia ante la dificultad, miserias por doquier. Tal es el panorama que impera en el África de nuestros días, en ese continente donde ningún Estado puede homologarse en puridad con lo que entendemos como tal en nuestro mundo de solidaridades internas y estables al amparo de una ley respetada.

¿Qué ha pasado para que el continente en el que aún destaca la figura política ejemplar de Nelson Mandela, y al que Patricio Lumumba definió como el “futuro del mundo”, tras brindar entusiasmado por la independencia del Congo, vague a la deriva, incapaz de asumir su propio futuro y a merced de todas las ambiciones que en torno a él se concitan?. La historia constituye siempre la herramienta a la que recurrir para encontrar una explicación lógica a los procesos que transforman las sociedades y sus espacios, elevando a la categoría de justificación convincente lo que no es sino la interpretación sin ambigüedades de los factores que en su secuencia temporal han ido construyendo las relaciones de poder, complicidad y dominación en un mundo que desde el siglo XVI, desde que el continente africano padeció el terrible desgarro del tráfico humano esclavista, ha encontrado siempre en África las fuentes de provisión de cuanto necesitaba y al menor costo posible. Desposeídos de sus tierras, infravalorados como seres humanos, estigmatizados por los prejuicios raciales más abyectos, los africanos han sido víctimas de su situación geográfica, de la magnitud y variedad de su riqueza y del entramado de intereses exteriores y afanes incontrolados de enriquecimiento de que han hecho gala sus propios dirigentes corruptos. Todo un cúmulo, pues, de circunstancias que han convertido al continente en el escenario propicio para el saqueo permanente, un inmenso botín susceptible de ser obtenido sin pudor mediante procedimientos que siempre han primado el corto plazo y la satisfacción lo más lucrativa posible por parte de quienes lo han controlado a lo largo de las diferentes fases del expolio y en estrecha relación con los ciclos económicos marcados por el aprovechamiento de cada recurso, ya fuese humano, minero, agrario, pesquero o cultural.

Con palabras premonitorias ya lo advirtió a comienzos de los sesenta René Dumont cuando publicó “L’Afrique noire est mal partie” (“África negra ha empezado mal”) una obra emblemática sobre el tema, planteada desde la perspectiva de un agrónomo, con sólidos conocimientos geográficos e históricos, que, tras analizar a fondo las características y resultados del proceso de descolonización, advertía sobre los riesgos y las amenazas a que se enfrentaban los nuevos países. Sus pronósticos se han cumplido al pie de la letra, e incluso en algunos aspectos se han quedado por debajo de lo sucedido realmente si tenemos en cuenta el nivel de degradación a que han llegado las prácticas llevadas a cabo de forma generalizada. Descarnadamente y con meticulosidad las ha descrito François-Xavier Verschave en su impresionante “De la Françafrique à la Mafiafrique” (2004), sobrecogedor compendio de las actuaciones acometidas por Francia en el amplio número de países con los que ha mantenido una vinculación neocolonial durante décadas, incluyendo las relaciones con su gran aliado del Norte, el reino de Marruecos, cuyas actuaciones ilegales y ominosas en el Sahara Occidental, respaldadas sin fisuras por los gobiernos franceses, se inscriben precisamente en este contexto de vínculos inconfesables, aunque decisivos para entender el actual estado de las cosas y su rechazo a la legalidad internacional.

La historia se mantiene porque la base institucional capaz de orientar los procesos de otra manera se ha debilitado enormemente o se ha doblegado a las presiones externas o simplemente ha desaparecido. A los ciclos, ya clásicos, determinados por el expolio minero, agroforestal o marino, e intensificados en función de los comportamientos de una demanda insaciable, se ha superpuesto en nuestros días lo que algunos autores han llegado a denominar el “rapto definitivo de África”. Con ello se hace referencia a la compra masiva de tierras que los Gobiernos enajenan al margen por completo de los intereses y las necesidades de la población, con especial menosprecio a las comunidades indígenas. La FAO ha llamado la atención sobre este tema, que alcanza umbrales escalofriantes, aunque manifiesta no poder hacer nada por evitarlo. En los últimos cuatro años cerca de 70.000 millones de dólares se han invertido en la adquisición de tierras por parte de empresas controladas por los gobiernos (State-Owned Enterprises) al servicio de los intereses de poderosas firmas transnacionales, entre las que sobresalen las grandes de la energía o las auspiciadas por China, cuya presencia en África alcanza niveles de magnitud insospechados y acorde con la lógica del lucro máximo. Ante un panorama en el que el sistema de poder está mediatizado por la corrupción y la connivencia espuria entre lo público y lo privado no cabe entender de otra forma la plena sumisión de África al círculo vicioso del subdesarrollo, responsable de ese caldo de cultivo en el que hacen acto de presencia y se agravan la corrupción, el pillaje y la criminalidad.